domingo, 28 de marzo de 2010

La niña y el mar

0
Su hermano tenía los ojos abiertos incluso mientras dormía. Ella no lo supo hasta ese verano en que compartieron habitación. Le costó entenderlo. Al principio creyó que estaba despierto, pensando en sus cosas. Como ella.

1
La luna miraba a la niña desde el cielo. Si pudiera hablar me diría algo oscuro, un secreto.
-¿Qué hacemos contigo esta semana, nena?
La madre interrumpió los pensamientos perdidos.
-¿Qué?
Niña atolondrada, siempre en la luna. -¿Quieres pasar la semana con nosotros y perder las primeras clases o ir a casa de tu tía el domingo?
Una especie de puerta chirriante se abrió despacio en la cabeza de Elena ¿Perder clase? ¿Está mamá loca? Ni hablar, llevaba esperando la vuelta al colegio desde hacía una eternidad. Tenía los libros nuevos regastados ya de tanto olerlos y hojearlos. Necesitaba ir al cole.
-La casa de la tita, -dijo.

2
La tía era rubia de bote; el color del pelo era dorado, era como el color de las pesetas. Pasaron el día en la playa y por la tarde de domingo dominguero se marcharon para no pillar la caravana. Nunca sabía qué decir fuera de su casa, lejos de los padres y el hermano que no parpadeaba y que era más pequeño un año y que era el favorito de mamá, pero que cuando estaban solos lo pasaban muy bien y entonces ella sí sabía qué decir y qué hacer.
El hermano se quedó en el apartamento la última semana de vacaciones de papá, y Elena se fue en el Renault 12 del tito que sonaba cuando te movías porque el asiento era de plástico y se quedaban las piernas pegadas si llevabas pantalones cortos. La prima Lorena a un lado y la otra, la chica, que era tan tonta, al otro lado. Iba aplastada y no podía protestar, ni podía moverse porque estaba adherida al coche, y el perro detrás, con el hocico en su nuca. Le daban miedo los perros, aquel no mucho, pero tampoco quería tenerlo cerca. Sintió nauseas y empujó a la chica con el codo.

3
El piso de la tita lo conocía bien, había almorzado allí algunas veces. Estaba nerviosa porque llevaba mucho rato sin hablar; no sabía qué decir. Sudaba por todas partes cuando bajaron del coche.
-¿Estás bien, tesoro?
-Sí, tita.
-Estás muy blanca. Ahora vamos a subir, nos vamos a duchar y vamos a merendar. Después os podéis ir a la calle un ratito, ¿vale, tesoro?
-Sí, tita.
Subieron las cuatro en el ascensor con el perro Frisquis, mientras el tío aparcaba el coche en el garaje que estaba debajo del bloque. En el garaje tenía el tito una bici muy grande que era suya, y las bicis de la prima Lorena y de la chica, y tenía también tablas e hierros y herramientas porque él era carpintero o fontanero y sabía arreglar las cosas. El tío arreglaba las cosas de su propia casa y las de las casas de los otros tíos.
También montaba en bici, el tío. Era la única persona mayor que ella conocía que montaba en bici. Iba por ahí en bicicleta con los amigos, igual que ella pero a él le dejaban salir del barrio. Se iba muy lejos y además se vestía como los del Tour y se afeitaba las piernas como mamá. A ella no le importaba, tardó mucho en enterarse y nunca lo habría sabido si su hermano no se lo hubiese contado. A veces se le olvidaba, lo de las piernas, pero aquel día esperando a que la chica terminase de ducharse se acordó.
-¿Te quieres duchar con Lorena, tesoro?
Pero, ¿por qué? ¿es qué no queda gas para el termo y tenemos que ahorrar? No, ni hablar.
-Me da igual, tita.
-¡Ah! Qué bien. Venga las dos, ahora os toca, después de la Susi.
Lorena tenía los ojos entornados, era su expresión normal, y bostezaba mucho. No parecía sufrir con nada. Se quitó la ropa lentamente y se metió en la bañera, sonriente y tranquila. Elena miró en el espejo un rostro de 9 años que ya tenía mucho que olvidar. ¿Cómo se estarían llevando mamá y papá? ¿Que estaría haciendo Miguelito ahora? "Venga, que se va a hacer de noche y no vamos a poder ir a la calle", dijo su prima. Se metió en la bañera disgustada de su propia timidez. Tengo que aprender a decir que no. Lorena empezó a cantar y Elena la miró: "You are so beautiful to me". Vaya, si sabe inglés.
-El bocadillo os lo coméis abajo si queréis.
-Bueeno. Y en la calle lo tiraron muertas de risa en la primera papelera semichamuscada que encontraron. Lorena corrió hacía el callejón y Elena, encantada, la siguió.
Todos los amigos de Lorena tenían doce años o más; eran muy mayores y uno de ellos fumaba y todo. Jugaban al Sota, caballo, rayo. Un alivio inmenso sintió cuando vio que nadie la miraba, ni siquiera las saludaron. Sólo una niña canija, con gafas y pelirroja con pecas le dijo hola a Lorena.
-Ésta es mi prima Elena.
-Hola.
Bien, todo iba bien. La pelirroja no la agobiaba, y los otros no se fijaban.
-¿Jugáis? Jugaron al Guiso al lado de los demás chicos. Lorena y su amiga no parecían preocupadas ni asustadas por nada, así que Elena se unió a la tranquilidad de las niñas que convivían con los demás.
-¿Esos niños son amigos tuyos?
-Sí. Se sentía cada vez más valiente y le dieron ganas de jugar con ellos y las niñas mayores. Pero, para entonces, ya se había hecho de noche y tenían que subir a cenar.

4
Nunca había estado en aquella casa de noche. Pensó en su madre preparando la cena. Olía raro. Se sentó donde le dijeron mientras cada uno hacía lo que solía hacer: la chica jugaba con una barbie negra, el padre veía el telediario y Lorena ayudaba a la madre en la cocina. El salón era pequeño, y una lámpara, que parecía de mimbre, colgaba sobre la mesa camilla vestida de paño marrón. Era un fracaso de lámpara que no daba luz y parecía robar todo el oxígeno de la habitación. El pecho de Elena empezó a apretar hacia fuera y un calor mojado la invadió; invadió sus ojos. Intentó evitarlo pero no pudo. Tras unos suspiros profundos destinados a disipar la angustia, unas gotas saladas y calientes comenzaron a caer por sus mejillas de niña orgullosa. Agachó la cabeza y ocultó su rostro a sus parientes con las manos de dedos cortos y recomidas uñas de color púrpura.
Su tío se percató cuando los sollozos no le dejaron escuchar el televisor:
-Pero qué te pasa, Elena. ¿Estás enferma? Marta, ven, corre. La Elena que está mala o algo, no sé lo que le pasa.
La tía llegó corriendo con un paño de cocina en la mano.
-¿Qué le habéis dicho?
Miró a la niña y se dio cuenta de que estaba morada, que lloraba con desesperación. La cogió entre sus brazos y la besó. Trató de tranquilizarla.
-¿Qué quieres, tesoro? Dime lo que te pasa.
Nada, ni palabra dijo y lloró durante veinte minutos. Lo que tardaron en decidir meterse en carretera. El tío dijo que la llevaría con sus padres aunque se acostara a las tres de la mañana. La tía, al final, consintió porque, si no, la iban a tener que llevar al hospital. Y Elena sólo pudo parar de llorar cuando salió del portal y vio el cielo estrellado con la luna partida que le sonreía. Ya no sentía el miedo y se quedó tranquila esperando a que el tío sacase el coche del garaje, cogida de la mano de la tía medio cariñosa, medio preocupada e impaciente que ya no la miraba.
-¿Estás mejor? ¿Qué te ha dado, chiquilla?
-No lo sé, tita.
-Bueno, aquí está tu tío. Dame un beso. Adiós, hija.
Metió a la niña en el coche.
-Ten cuidadito, Paco, y llámame cuando llegues, y no te entretengas con tu hermana después, que mañana tienes que madrugar.
Esperó a que arrancase y los vio alejarse.
-Vaya tela.
Suspiró y dio media vuelta. Las chanclas hacían un ruido de chasquidos y chirridos cuando andaba. Elena desde el coche casi pudo oírlo. Era la primera vez que iba sentada en la parte de delante. Era mucho mejor. Nadie te rozaba, ni se te echaba encima en las curvas.
El tío no le preguntó. La vio tranquila y se resignó a no descansar aquella víspera de lunes de trabajo, de polígono, de madrugón, de chiste malo y chismorreo. La niña se parecía a su hermana. Cuando la vio tan asustada, comprendió que aquella niña tenía un ataque de ansiedad. Era una chica sensible la Elena, como su madre y la familia en general. El cuñado era un poco más ceporro. Seguro que no lo entiende, pensó Paco, que todavía andaba encelado de aquel chaval de tupé que se llevó a la hermana pequeña con su chulería, y después ella dejó de estudiar. Con lo que prometía, la única que servía para estudiar de todos y la única que tuvo posibilidad, y fue conocerlo a él y dejarlo todo. Vamos, es que se ponía malo cada vez que se acordaba.
La verdad era que Pepe no era malo del todo, sólo un poco impertinente con los demás; pero a él no le había faltado el respeto. Además a su hija la adoraba y, aunque no entendería lo del ataque de angustia, seguro que prefería tenerla en casa con él.

5
La madre hacía la cena. Iban siempre con retraso con respecto a las demás familias, incluyendo las de la tele. Ella exorcizaba todos sus supuestos defectos cantándolos a voz en grito. El hermano jugaba con el futbolín y molestaba al padre que intentaba ver el televisor. ¿Estará la niña bien?
-Niño, vete a jugar a otra parte o no hagas tanto ruido.
Una semana de vacaciones y vuelta a la guerra. El trabajo le suponía un montón de problemas. Problemas que no tenían que ver exactamente con el trabajo.
-Niño, que te calles.
El niño retransmitía el partido como si fuera José María García pero con la voz más aguda que se pueda imaginar.

6
El tío puso la radio para escuchar los deportes. Se acordó de que no había cenado por el ruido estrepitoso y el burbujeo que sintió en sus tripas. Recordó el hambre. Procuraba siempre comer a tiempo para no tener aquella sensación que le recordaba la infancia de huérfano de padre en la ciudad de la pobreza. Su madre era menuda pero entonces le parecía enorme y siempre andaba planchando y cargando todos esos montones de ropa blanca de un lado para otro, calle abajo, calle arriba. Y cantando, que todavía cantaba Manoli. Cantaba muy dulce, muy flojito, mientras planchaba.
-Mamá tengo hambre.
-Ahora, hijo. Cuando termine de planchar, voy a la calle a buscar algo de comida.
La miseria de aquellos días se la debían a la muerte del padre, a la bondad de su madre, a la indolencia de unos familiares ricos que a veces les llevaban ropa usada, a la mala suerte de haber estado en el lado equivocado de la contienda.
Su madre hacía lo que podía: recogía la ropa de las casas, la traía a la suya, la planchaba y la volvía a cargar, y sólo cuando llegaba, cobraba lo que le permitía comer ese día. De pronto, el tío sintió un escalofrío, pensó en su madre, muerta hacía dos años, cómo debió de ser feliz y recién casada con el joven de las fotos. Mirándose el uno al otro en una casa bonita y vacía de niños y carencias. Amándose en 1935, cuando se casaron, y el hombre de la foto tenía trabajo en el Puerto de Málaga, y ella estaba tan joven y guapa con el pelo rizado y pendientes, y las uñas largas y un mantón de Manila.
-Te pareces a la abuela Manoli... cuando era joven.
La aclaración era para no confundir a la niña que sólo había conocido a la abuela estando vieja y enferma, sin dientes, toda arrugada. Pero el tío no se daba cuenta de que la niña no le estaba escuchando, ni le prestaba atención. Hacía rato que miraba por la ventanilla y se concentraba en el espectáculo del mar reflejando la luna amarilla. El mar que se movía hacia ellos y les traía la imagen de las estrellas y el olor familiar, y el ruido que la había arrullado durante las noches de aquel verano. Contando los segundos que tardaban las olas en arrastrar su espuma adentro de nuevo, a la oscuridad brillante del mar.

7
-Ya estamos llegando, Elenita. Despierta, anda.
La niña abrió los ojos y recordó el colegio, y el llanto y la cara de la Lorena y la Susi, mirándola sin comprender nada. Se arrepintió mucho de haber llorado y sintió un conocido pellizco en el estómago. ¿Qué diría ahora su madre?

La madre abrió la puerta apresuradamente porque eran más de las doce y se encontró a su hija con los ojos hinchados y a su hermano diciendo que le tenía que dar de cenar.
-¿Se ha puesto nerviosa?
-Sí.
-Anda, entra, que te voy a freír unos huevos con ajito.
-Y una cervecita de mientras.
-Claro que sí.
Cogió a la niña en brazos, aunque pesaba, y le dio un centenar de besos por la cara. Y el pellizco desapareció. Elena se olvidó del cole y pensó en la playa y en los dibujos animados del desayuno. Entonces, salió el padre sin camiseta.
-¿Qué ha pasado? ¿Qué le pasa a la niña?
-Nada, nada, no te alarmes. El Paco nos la ha traido porque se asustó cuando se hizo de noche, pero ya está bien, ¿verdad, hija? Venga a la cama.
El padre le acarició el pelo. ¿Estás bien, nena?

8
Marta apagó la luz. Las doce y media. En la cama sola se estaba bastante a gusto y más ahora con el calor. A veces pensaba que no tendría que haberse casado con el Paco, que su novio de antes era mejor, por lo menos no tenía tantos hermanos. Claro que aquel no se parecía a Charlton Heston y su Paco sí.

9
El hermano ya estaba acostado. Dormido, con los ojos abiertos.
Cuando entró en el cuarto de la mano de su madre sintió aquel olor de su casa que era su hermano respirando y el pelo de mamá. De fondo, el sonido profundo de la voz del padre interrogando al pobre tío en la cocina.

10
El lunes no había nadie en la playa. Solos, su hermano y ella hacían un castillo en la orilla. El padre y la madre tomaban el sol en las hamacas grandes. Papá leía el periódico y, de vez en cuando, levantaba la mirada y sonreía.
-Mira lo bien que se llevan los niños, chata.
-A ver lo que duran así.
-Tú y yo también nos llevamos muy bien cuando queremos, ¿verdad?
La mujer sonrió y los ojos le brillaron de felicidad.
-A ver lo que duramos así.
Lo dijo riendo, medio en broma, medio en serio, deseando que la semana se convirtiera en años de aislamiento y vacación.

sábado, 27 de marzo de 2010

En la caverna

Soy persona curiosa pero con brotes de cobardía. Mala combinación. Me debato en una terrible lucha interior. Me asaltan continuas dudas sobre lo que hago o dejo de hacer. La existencia se torna pesada, no duermo, como mal.
Si entrase en la caverna, ¿saldría con vida?, ¿perdería algún miembro medio devorado por las bestias que pueden habitarla? Si nunca cruzo su umbral, ¿cómo sabré las respuestas?, ¿podría vivir sin saber qué hay dentro?, ¿quién o qué hace esos ruidos? Me aburro. Estoy solo en este paraíso y ahí creo oír vida.
Un día despierto sin miedo y, sin permitirme pensar, corro hacia la boca que me atrae. Me asomo; está oscuro, el silencio es ahora aterrador. No distingo el suelo de las paredes, tan negro es el interior de la caverna. Doy un paso, dos, tres. Entro.
Poco a poco mis ojos perciben formas rocosas, el suelo encharcado, oigo mis pasos sobre algo que parece gravilla. El olor a intensa humedad me desagrada. Me era desconocido pues solo había conocido la vida al aire libre sin techo, sin paredes. Tardo en acostumbrarme. Cada vez veo con mayor nitidez, mis pasos son ahora más firmes. Vislumbro una especie de encrucijada, la ruta se diversifica en tres posibilidades, tres caminos que, intuyo, me conducirán a tres lugares diferentes.
Decido tomar el primero que está a mi derecha. Es el mayor y supongo que el principal. Ando con cuidado. Pierdo la noción del tiempo, hasta que siento hambre y me doy cuenta de que han pasado horas. En una parte resbaladiza, el paso se estrecha. Salgo, por fin, a una bifurcación. De nuevo tengo que decidir, y otra vez elijo el ramal más ancho. Sigo adelante.
Caigo en la cuenta de que me he acostumbrado de manera inverosímil a la oscuridad total que me rodea. ¿Por qué puedo ver?
Paro agotado, escucho con atención. Gotas que caen a lo lejos. ¿Era eso lo que oía cada día? Me siento desfallecer. Tengo hambre, sed, estoy cansado. Me percato de que me hallo en un punto sin retorno. No tengo fuerzas para dar media vuelta: es demasiado tarde para salir.
Quizás me equivoqué de camino, quizás no tendría que haber tomado el de la derecha, sino otro. No el mayor, sino otro. Quizás debí hacer una primera incursión, calcular las posibilidades y volver una segunda vez preparado.
Me siento en una viscosidad desagradable y fría. Me arrepiento. Me arrepiento. Me arrepiento.
-Ayuda, digo con un hilo de voz, sabedor de que nadie me oirá, porque nadie existe ahí. Ni en ningún lugar. Pienso en lo que me había empujado a adentrarme en la caverna; la curiosidad, la soledad, la convicción de que había algo más. El miedo a no entrar, a no saber.
Muero de hambre, de sed, de frío, de miedo. No siento dolor, solo me duermo en la oscuridad. Perdido en ese laberinto que era una trampa puesta allí para tentarme a abandonarlo todo en pos de lo desconocido. Una trampa mortal.