jueves, 29 de abril de 2010

Verdades de "lógica aromática"

Es clamar en el desierto.
Disparates con alas blancas.
Ruido inocente a la deriva.

Los famas, faltos de pasión.
Gente confusa, obtusa, difusa.

Me refugio en unas finísimas,
casi imperceptibles, grietas,
defectos en una pared
que no es cobijo ni sujeta
casa ni sirve para nada.

Prefiero cronopios
de espíritu indómito
en amor de América.

¿Se puede echar de menos
lo que nunca se tuvo,
lo que nunca se supo,
donde nunca estuvimos?

Las verdades
de lógica aromática.
Ruina de ideas
en piedra cristalina.

***

Siempre los famas
A veces me parece que la vida y ciertos días solo sirven para desesperar.
Si pierdo la cuenta de las discusiones, los reproches, los insultos, las mentiras, las promesas rotas, cambios a peor, falsos intentos de empezar de cero, de hacer algo bien.
Un antiguo amigo me enseñó que, si se puede, hay que mejorar el mundo, si no, mejor no hacer NADA. Nunca empeorarlo. Hay días en que el espectáculo del egoísmo y la mezquindad puede con mi espíritu optimista. Voy a respirar y respirar y respirar. Pero estoy de los famas hasta...

lunes, 26 de abril de 2010

La pasión es mi excusa

Llevo cuatro años viendo pasar un tren que no cesa. Su recorrido empieza y acaba aquí, no pocas veces he intentado completarlo. Es una vía de tren donde llegan algunos vagones. Tienen un acabado perfecto, aunque también un problema, y es que siempre están vacíos. No creo que haya corazón capaz de llenar tantos asientos llenos de nada. Tampoco hay vino, aunque sí lujosas botellas; tampoco hay libros, aunque sí hojas en blanco. Las que entramos nos perdemos y, aunque encantadas, huimos de aquel desierto de vagones. Después, cualquier tren es oasis.

"Pasión como excusa", Víctor Ángel Vergara Cuenca (2010)


 

He aquí un relato (mi predilecto) de los 24 que, por ahora, participan en el I Concurso de Relatos breves "El filólogo no nace, se hace" de 1º de Filología Hispánica de la UMA (2010), organizado para mis alumnos y cuya repercusión mediática es esta y los comentarios de los niños por los pasillos de nuestra desvaída Facultad.

Este relato fue el primero. Fue un alivio inmenso pues temía que nadie secundase mi iniciativa. Pero no. Estos alumnos escriben, hablan, discuten, participan y se han volcado en la carrera con devoción y entusiasmo. Pongo este relato en el blog por eso; pero no sólo por eso.

 

Este relato me hizo pensar en mí.

Es la metáfora del profesor. Por nosotros pasan ellos, los alumnos, como hojas en blanco, y desean, muchos sin saberlo, recibir una sola palabra. Ansiando descubrir el mundo y confiando en que nosotros les guiaremos de la mano por recorridos desconocidos que, pisados una vez, serán suyos para siempre. Sea Historia sea Literatura, sea lo que sea, el conocimiento ha de ser una aventura. Y la Universidad, una inspiración que nos debe cambiar y que está ahí para mejorar el mundo. Y aquí mi sensación de vértigo. Porque yo tengo la pasión y se nota; lo he disimulado mejor o peor a lo largo del tiempo pero es lo más evidente de mi escuálido ser. Mi miedo es que, tras esa pasión, no haya nada.

Leí aquellas palabras de Víctor, referidas quizás a lo que espera de la vida, al amor o a la amistad, a las relaciones personales, como dijo Alfonso (siempre tan penetrante), y yo supe que eran para mí. Que esas hojas que revolotean encantadas por mis vagones saldrán quizás, si no le pongo remedio, tal y como entraron.

Shylock

“El Mal engendra el Mal” (Padre Cornelius. El Quinto elemento, Luc Beson. 1997)
(Se ha reído de mis pérdidas y burlado de mis ganancias, ha afrentado a mi nación, ha desalentado a mis amigos y azuzado a mis enemigos. ¿Y cuál es su motivo? Que soy judío).
“Hath not a Jew eyes? Hath not a Jew hands, organs, dimensions, senses, affections, passions; fed with the same food, hurt with the same weapons, subject to the same diseases, heal'd by the same means, warm'd and cool'd by the same winter and summer as a Christian is? If you prick us, do we not bleed? If you tickle us, do we not laugh? If you poison us, do we not die? And if you wrong us, shall we not revenge? If we are like you in the rest, we will resemble you in that. If a Jew wrong a Christian, what is his humility? Revenge. If a Christian wrong a Jew, what should his sufferance be by Christian example? Why, revenge. The villainy you teach me, I will execute, and it shall go hard but I will better the instruction”.
The Merchant of Venice, W. Shakespeare —Act III, scene I
“¿Acaso un judío no tiene ojos? ¿no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No es alimentado con la misma comida y herido por las mismas armas?, víctima de las mismas enfermedades y curado por los mismos medios, ¿no tiene calor en verano y frío en invierno, como el cristiano? ¿Si lo pinchan, no sangra? ¿No ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos? ¿Si nos hacéis daño, no nos vengaremos? Si somos iguales a vosotros en lo demás, también en eso hemos de parecernos. Si un judío agravia a un cristiano, ¿qué mansedumbre muestra éste? La venganza. Si un cristiano agravia a un judío, ¿cuál tendría que ser su resignación, a ejemplo del cristiano? Pues la venganza. La infamia que me enseñáis la pondré en ejecución, y mal habrá de irme para que no mejore la instrucción” (alegato de Shylock).


Shakespeare en El Mercader de Venecia no muestra ninguna simpatía por los judíos y, como hombre de su tiempo, tiene sentimientos antisemitas (Shylock es un avaro, un prestamista usurero y despreciable, y se muestra vil y cruel, clasista y, en el final, incluso ridículo). Sin embargo, Shakespeare es justo con Shylock: le da la oportunidad de explicar por qué actúa como actúa; generosamente le cede la palabra, magistralmente se pone en su piel.

domingo, 25 de abril de 2010

Málaga y sus festivales, sus maratones, su agenda cultural y su "pervenismo"

Hoy he decidido llevar a Diego de paseo a Málaga. No es la primera vez, pero es tan pequeño que todo lo que no ocurra cada día se le olvida enseguida. Hemos ido al Centro sin saber, -yo, siempre en otro mundo-, que era la clausura del Festival de cine, la concentración a favor del juez Garzón y el III Maratón fotográfico de la ciudad. Llegamos temprano, en zapatillas de deportes y vaqueros, y dejamos el coche en el aparcamiento de calle Camas, antiguo prostíbulo urbano que aún me da repelús. Nada más salir de allí, nos recibe una inesperada procesión infantil con tronos diminutos acompañados de otros niños algo mayores con tambores y trompetas a los que alegremente seguimos un rato hasta que nos separamos en calle Larios. Al llegar a la Alameda del Parque oímos un griterío: la entrada del Málaga Palacio (o como se llame ahora) está llena de jovenzuelas gritonas que, asumo, esperan a algún famoso de los del festival. Sigo caminando a una distancia prudencial de semejante locura, y me dirijo a los puestecillos de la Feria de la Interculturalidad, donde se exponen para su venta objetos procedentes de otros países, sobre todo, uruguayos, argentinos, bolivianos,... de Marruecos, pero también de Rusia, Polonia y otros lugares lejanos y diferentes. Como Diego se aburría (ya volveremos cuando empiecen los espectáculos de baile en el Eduardo Ocón), cruzamos de nuevo decididos a subir por calle Alcazabilla y ver qué nos encontramos por allí en un día tan elegante y caótico. Al pasar por la puerta del Rectorado, un tumulto de fotografos a la caza de algún famoso o quizás a la espera de una situación emotiva y tierna o violenta y brutal, rezando por un cataclismo que les haga testigos gráficos de un momento único y los convierta en otra celebridad de tantas. La visión de esos hombretones a la carrera, cámara en mano, me pone nerviosa.
Calle Alcazabilla no es lo que era. El ser peatonal la ha convertido en una gran terraza, como ya ocurre por doquier en España tal como Nancy pudo constatar mientras hacía su tesis. Sin embargo, he notado que esta calle no es una terraza cualquiera tipo Bajondillo, plagada de guiris o indígenas domingueros tostándose al sol y tomando cervezas con afán de concurso americano, hablando a gritos, cada cual a lo suyo. No. En el Centro habrá, seguro, lugares así, pero la calle Alcazabilla está para lucimiento de palmitos; allí sentados, elegantes, maquilladas, engominados, con atuendos harto elegantes, aunque primaverales e, incluso, casuales, gafas de sol gigantescas y brillantes, con algún logo que explicita chillonamente el desorbitado precio que esos maniquíes, que no hablan entre ellos y apenas apuran sus aguas con gas, han debido pagar por ellas. Andar por allí en medio incomoda a una nativa como yo, pues todos esos personajes, medio de verdad, medio de ficción, miran con desprecio y calculada frialdad a los que pasan y no están a la altura, en cuestión de peinados y vestimenta, de lo que en algún sitio ignoto han debido escribir ciertos ridículos presentadores de televisión o bobalicones y engreídos jugadores de fútbol.
Aliviada cuando llego a la plaza de la Merced ignoro qué se cuece bajo aquella carpa y me dirijo a la plaza Uncibay, en busca de una librería de viejo que no cierra los sábados por la tarde donde pueda comprar algún libro releído que me ayude a no pensar en lo tontísima que se ha puesto alguna
gente en Málaga.
La visita a la librería me hace recordar los lejanos días bohemios en que yo era una estudiante y frecuentaba el Centro de Málaga, que yo recuerdo más sucio, más cutre y provinciano. Como lo éramos también nosotros entonces. Después de comprar una joya de César Vallejo por dos euros me reconcilio con la Humanidad. Para la vuelta elijo un recorrido menos glamuroso pues ya he tenido bastante y no quisiera toparme con el joven protagonista de alguna serie de televisión y ser arrollada por una cuadrilla de locas fans en busca de un autógrafo.
Después, de vuelta al coche, nos encontramos la concentración de un grupúsculo de personas en la Plaza de la Constitución que se reúnen para apoyar a Garzón; pasan, los pobres, desapercibidos entre las masas de gentes que van de un lado al otro en la tarde de sábado malagueña, de procesiones, festivales, y tapeo. Por poco ni los veo.
Por fin, salimos del Centro (y de calle Camas) y recorremos los benditos kilómetros que nos conducen a la tranquilidad de la Axarquía, al sonido del viento en los árboles, al olor de flores y tierra húmeda. A la alegría del color plateado del mar en contraste con el rosa del atardecer que lo corona, sin edificios que nos estorben la vista.
Le pregunto a Diego que qué tal lo ha pasado y me dice que maravillosamente, que le gusta "Mágala", que es muy grande y "parece como una fiesta". Es verdad, es como una fiesta.
Mi ciudad, que no es la ciudad de mi hijo. Ciudad del Paraíso. Cómo ha crecido y cambiado; cómo, para bien o para mal, es ahora el ojo de un huracán de colores, de música, de olores. Miles de matices, miles de personas. Todos los lugares del mundo. Una continua fiesta.

viernes, 23 de abril de 2010

23 de abril. Día del libro

Aquí un regalo por el Día del Libro:

Dejan caer el libro, porque ya saben
que son las personas del libro.
(Lo serán de otro, el máximo,
pero eso qué puede importarles.)
Ahora son Paolo y Francesca,
no dos amigos que comparten
el sabor de una fábula.
Se miran con incrédula maravilla.
Las manos no se tocan.
Han descubierto el único tesoro;
han encontrado al otro.
No traicionan a Malatesta,
porque la traición requiere un tercero
y sólo existen ellos dos en el mundo.
Son Paolo y Francesca
y también la reina y su amante
y todos los amantes que han sido
desde aquel Adán y su Eva
en el pasto del Paraíso.
Un libro, un sueño les revela
que son formas de un sueño que fue soñado
en tierras de Bretaña.
Otro libro hará que los hombres,
sueños también, los sueñen.


Jorge Luis Borges, 1981

sábado, 17 de abril de 2010

¿Una mujer de mi tiempo?

Hombre de mi tiempo, soy de mi tiempo y mi tiempo trascendente es el de la Revolución cubana (Carpentier, Conciencia e identidad de América, 1975).

Ser hombres y mujeres de nuestro tiempo requiere saber cuál es la esencia de ese tiempo, de esta época a la que pertenecemos. No será empresa vana intentar discernir lo trascendente, lo que cambiará el mundo al que llegamos, lo que definirá nuestro tiempo.
¿Será el nuestro el tiempo trascendente de la Revolución social, de Internet como instrumento del individuo contra la Máquina del Poder que aun en la mejor de las democracias nos oprime y nos descuida y nos olvida?
¿Será, por fin, el del nacimiento de una Humanidad con conciencia humana solidaria, responsable de sus actos? ¿Será un incipiente futuro que llega rápido y, sin embargo, se nos pasa desapercibido?
¿Podré decir algún día: "Mujer de mi tiempo soy, soy de mi tiempo y mi tiempo trascendente es el de la Revolución social de los Pueblos del mundo"?
Espero actuar en consecuencia cuando consiga discernir la esencia de nuestros días. Con mis limitaciones físicas (tantas) e intelectuales (tantísimas).

miércoles, 14 de abril de 2010

Martes y trece

Ayer fue martes y trece. Yo, como todos, no soy supersticiosa y tuve un día normalísimo. Sin caravana, inspirada tras un sueño reparador; llegué a tiempo a clases, citas y cafés. Todos atendían mi llamada, contestaban mis e-mails, me sonreían por los pasillos. Normalísimo.
Hoy es 14, y miércoles, además. He dormido fatal, pesadillas, calor, ruidos de vecinos desaprensivos. Amaneció lloviznando, atascos para llegar al cole, para salir del cole, calle cortada: rodeos que me cuestan media hora. Llego con prisas, despeinada; me reciben caras largas (será por el nublado). Pierdo las llaves. Bostezos, saludos a regañadientes, frío en el despacho. Cuando me marcho tras una jornada extenuante y muy poco productiva, me golpeo en la sien con la puerta del coche. Qué torpe, Dios. Y qué dolor. Me mareo pero aun así subo en el coche y salgo a la autovía donde me espera un inesperado atasco de hora y media, parece que por un accidente. Llego tardísimo, almuerzo a las cinco, me duele la cabeza, el chichón se me nota muchísimo y se me ha inflamado hasta la ceja. Y, entonces, caigo en la cuenta: mi mala suerte atrasa, como los espejos al oeste de la Isla de Pascua.

martes, 13 de abril de 2010

Primero

Víctor, Alfonso, Sara, Enrique, al que siempre imagino vestido de época; Leticia, Irene, Eva, Lucía. Patricia, Estefanía. Amina, mi valiente Amina. Isa y Carmen Rocío. Felipe que no viene, pero está. Cristina, madura y niña, ¡tan trabajadora! Sonia, intensa y sabia. Diana, Ana Rosa. Rosa María. Carmen, la chiquitina, que escribió sobre el amor un precioso ensayo plagado de entusiasmo, faltas de ortografía y dulzura. Tan joven. La risa de Irene, los ojos de Lorena. Ana que me dice que a partir de ahora lo va a debatir todo en su mente, va a repensar todas sus certezas. Yolanda que me recuerda a una muy joven y esbelta Maryl Streep, la de Manhattan. Cristian con esa carita de no haber roto un plato. Leticia que es todo menos masa se mire por donde se mire, porque un intelectual no es nunca masa. Y Sergio que no calla le pongas a quien le pongas al lado. Marta, de Ronda. Alba tan modesta. Marina tan revoltosa. Anita con esos caracoles rubios. ¡Niños!, digo. Y Francisco, contemporáneo, me mira con guasa. A Alejandro le gustaría la foto de mi blog, de sabor oriental, que no es más que un rincón bien enfocado del Zoo de Fuengirola.
Y dice Crespillo que el profesor no deber despistarse, no debe perderse en las tonterías, en los detalles, en el Campus Virtual. Y para mí su opinión pesa como una losa. Pero me preocupa que Alfonso, solo por un par de años, se vaya de friegaplatos en vez de como profesor de español bien pagado, como debe ser.
Que aprendan a escribir leyendo es lo que quiero yo. Que lean, que escriban. Y que les vaya bien.

Después me los encontraré ya en tercero o en cuarto, como a los de ahora, con sus quejas y sus portátiles, con sus risas y sus secretos. Como Alba o Yanira, con esa mecha rosa; Carmen, tan tranquila, pequeña y dulce; Eva, Alejandro, Ignacio, las Cristinas. José, que no se entera. O la nueva, Pili, que es lista como un zorro y, al final, ha resultado ser un encanto, que cuando sonríe ilumina la clase entera.

lunes, 5 de abril de 2010

Sin ti

Se acabó verte despertar por la mañana. Se acabó el olor del pan tostado, tener las puertas abiertas, saber que todos están en casa.
Hasta que te vuelva a ver pasará una eternidad de frío y silencio. Ya no deseo estar aquí; no quiero descansar entre sábanas de tacto suave y cálido; no deseo jugar si no es contigo.
Detesto el insignificante reloj que guía mi día entero; detesto cada segundo, cada minuto, cada hora; odio este grano de arena que no pasa al otro lado.

domingo, 4 de abril de 2010

El cuento de nunca acabar

7:30 de la mañana, despeinada y con el chiquillo somnoliento en el asiento de atrás, arranco mi Clío rojo-duna y salgo con prisa camino del colegio para dejar a mi peque en el Aula Matinal; a ver si, a pesar de la caravana, puedo llegar a tiempo a clase. Nos recibe una cálida mañana primaveral, miro por el espejo retrovisor: el crío se ha dormido. A las 7:35 paso bajo el puente que cruza la autovía únicamente para unir las dos partes del campo de golf. Miro hacia arriba y allí están, con sus carritos llenos de palos y sus camisas rosas y anaranjadas. Los guiris octogenarios, morenos cuales marengos axarcos, son muy madrugadores. Y yo que he apagado cinco veces el despertador, todavía noto las legañas, y he tenido que vestir al niño dormido, siento una fugaz sensación ácida hacia los campechanos y felices golfistas.
Llego al cole, bajo al crío dormido como un tronco, le doy quince besos en un segundo (con esos besos ruidosos como de viejas). Le dejo toda la carita rosa del pintalabios y salgo corriendo hacia el coche.
De nuevo en la autovía, las 7:50. En la radio todos son chistes de mal gusto y bromas pesadas de novias desconfiadas; no me apetece oír sandeces pero tampoco estoy para noticias y “análisis políticos” de la última metedura de pata de alguno/a; tras unos minutos, acabo encontrando algo de música que me agrada y, ya metida en caravana, a la altura de El Palo miro el reloj: 8:05. Allí saco el neceser, muevo el espejo retrovisor y acabo de peinarme y quitarme el exceso de coloretes con el que salí de casa. Me da tiempo de sobra de ponerme dos tonos de sombra de ojos, colirio y rímel. La del coche de al lado hace lo mismo. El que se incorpora por la derecha, me da las gracias por dejarle pasar.
Por fin, pasamos el túnel de Cerrado y se aligera la retención. Las 8:30. Esto dura poco. A las 8:35, a pocos metros de la salida del túnel de Las Pedrizas, comienza de nuevo el tráfico lento: la feria de luces de emergencia mezcladas con las de frenos y los bailes de coches cambiando de carril, los de la izquierda deciden que la derecha va más rápido; los de la derecha, viceversa; el carril del centro no parece servir más que como paso de tránsfugas que van de un lado al otro. En unos segundos estaremos todos atascados, dondequiera que hayamos ido a parar, y esto será así ya hasta el final del recorrido que concluirá cuando por fin llegue a Teatinos.
Saco mi zumo y el bollo. Desayuno oyendo el parte radiofónico del tráfico que dice que la retención llega hasta el túnel desde el Polígono de Santa Bárbara dirección Málaga. Vaya, gracias. 8:50. El lunes es el peor día: tengo que acordarme de echar dos bollos. Vamos en primera durante varios kilómetros. Ya harta, me paso al carril de la derecha, el que va a Carlos de Haya, y apuro descaradamente hasta que el carril se agota, saco el intermitente, freno, me pego a la izquierda y pongo cara de mucha desesperación y pena, busco alguien que me mire directamente, pues -a mí al menos- lo de mirar a los ojos con carita de pena me falla pocas veces, y vuelvo a donde me corresponde ya casi cerca de la desviación hacia Teatinos, Universidad, Clínico, Polígono, Parcemasa,… Todos parece que vayamos al mismo lugar.
Las 9:15. Abro la carpeta en el asiento del copiloto para repasar la clase, ya nerviosa porque nada me gusta menos que llegar tarde. Andamos despacito, pero andamos. Poquito a poco, alcanzamos el cruce y la subida a la Facultad llena de socavones por las lluvias de los últimos meses y porque no solo pesan los kilos, pesan los años. Llego al aparcamiento. ¡Sí! Las 9:29. Cojo mi carpeta y voy directa al aula 32. Paso por delante de mis alumnas, buenos días, buenos días. Oigo “¿pero no teníamos Literatura? No, tía, no ves a ésta aquí (vaya por Dios; “ésta” seré yo). ¿Qué hacemos, tía, entramos?”. Dejo de oír, por fortuna, la conversación cuando cruzo la puerta del aula y la cierro tras de mí.
Allí, familiares rostros brillantes, ojos grandes, pieles claras, manitas de uñas mordidas que sacan perezosamente lápices, cuadernos y hasta ordenadores portátiles de las mochilas; juventud; lucidez; expectativas; responsabilidad. Encuentro una mirada sonriente que me saluda. Respiro. Miro el reloj. Las 9:30.