viernes, 30 de julio de 2010

Rojo o negro

La cosa es que me gusta el verde. Pero tiene que ser rojo o negro.
En mil vidas que viva no entenderé nada. Pero así es como son las cosas, las personas, el mundo. Todos juntos en viaje alrededor del sol. Una y otra vez la misma ruta.

Entiendo que queráis seguir haciendo lo mismo que vuestros tatarabuelos. Soy partidaria de la dieta mediterránea, de la siesta, de la sobremesa, de un buen vino tinto, de una fiesta donde se baila, de una obra de arte, de un espectáculo de danza, de una peli francesa, del flamenco, de los guitarristas, de las hogueras en San Juan. Respeto al que no pasa por debajo de una escalera, al que se santigua cuando entra en la Catedral, al que cuando piensa que el avión va a estrellarse reza, a quienes tienen familia numerosa, a quienes no tienen hijos, ni perro; a quienes se manifiestan, a quienes votan en blanco, a quienes votan; a los políticos que nos representan; a que esos políticos democráticamente lleven al Parlamento cuestiones decisivas y, con la potestad que les hemos dado y en representación del pueblo soberano, voten y que lo que la mayoría decida se lleve a cabo; respeto, con todas sus pegas, la democracia en que vivimos.
Y ahora para que se vea como soy, diré alguna cosa de mí misma. No me gusta el fútbol, nada (¡sacrilegio! Después de la gesta de nuestros valientes). No me gusta el tenis ni el ciclismo; no práctico pero tampoco estorbo.
Detesto a quienes son crueles; no quiero cerca a quienes disfrutan no de lo que ganan sino de lo que pierde su adversario. Odio el uso de la fuerza, el ser violento que el hombre (ser humano) lleva dentro y no controla a veces. Perdona, pero ¿no éramos seres racionales?
Odio al vecino que borracho grita a su familia; odio al cobarde que atropella y se da a la fuga; odio al hombre que da una paliza a su cachorro por no saltar en el momento preciso. Odio el espectáculo de la sangre; el miedo terrible de que ese gigantesco animal mate al torero, el dolor de la pobre bestia al sentir cada punzada, los empellones a los caballos, la suerte de varas. No soporto cuando el matador no remata en firme y deja al toro agonizante frente a la cámara. No comprendo cómo nadie puede olvidarse de ser humano y abstraerse como si eso fuera una “representación” de la realidad y no una realidad misma.
Mira que entiendo cosas, pero no le veo el sentido a no querer superar el pasado. Sí, ya sé, quieres hacer lo que hacían tus tatarabuelos: pues no puedes divorciarte y casarte con tu secretaria; y tú, mujer, ni siquiera podrías votar, y así podría yo seguir y no parar hasta dar la razón a todo aquel que por “tener” un animal se siente en el derecho de pegarle hasta matarlo porque es “suyo”.
Yo me pregunto si es que no saben hacer una fiesta sin acribillar a un ser vivo. ¿Aguafiestas? Menuda treta (lo siento pero es lo que pienso).

Y de verdad, de verdad, que tengo mis dudas al respecto y quien me conoce lo sabe, pero cuando los veo tan seguros tan llenos de razones…
Argumentos seguro que hay tantos a favor como en contra. Y depende de la astucia, el grado de preparación y la habilidad lingüística y persuasiva de cada cual. De nada sirve discutir; hoy todos repiten las tres mismas ideas. ¿Seré yo uno de ellos?

sábado, 24 de julio de 2010

WALT WHITMAN- NO TE DETENGAS

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tú puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...

martes, 20 de julio de 2010

Sacrilegio

ADVIENTO

Empuja el viento rebaños de copos
por el bosque invernal como un pastor,
y más de un abeto siente que pronto
se hallará nimbado de luz y amor;
y escucha un rumor distante. Resuelto
tiende sus ramas por senderos blancos,
y hace frente al viento y crece soñando
una noche de gloria y majestad.


Rilke escribió este poema en Munich en enero de 1897; y le dio la redacción definitiva a finales de 1897, en Berlín.

Empuja el viento arrobas de tropos
que más de un amor lo siente roto
por el bosque virginal como un poeta.
Lo hallarás de luz y deseo turbado
y provocarás su latido lastimado.
Resuelto tiende sus brazos por caderas
blancas y hace frente a tu belleza
soñando en el frío otoño ya invernal
con una noche de gloriosa eternidad.

lunes, 19 de julio de 2010

E. E. Cummings (1894-1962)

Since feeling is first



since feeling is first
who pays any attention
to the syntax of things
will never wholly kiss you;
wholly to be a fool
while Spring is in the world

my blood approves,
and kisses are a better fate
than wisdom
lady i swear by all flowers. Don’t cry
—the best gesture of my brain is less than
your eyelids’ flutter which says
we are for each other: then
laugh, leaning back in my arms
for life’s not a paragraph

And death i think is no parenthesis

Porque sentir es lo primero,
quien se distraiga
en la sintaxis de las cosas
no se dará por completo a besarte;
por completo será un idiota
ante la primavera del mundo

que mi sangre entiende, joven dama;
y juro por todas las flores
que un beso es mejor destino que la sabiduría.
No llores que el más grande momento
de mi cerebro vale menos que ese parpadeo
que insinúa que somos uno del otro:
Ríe, ahora, déjate en mis brazos
pues la vida no es un párrafo
y la muerte, me temo, no es paréntesis.
(la traducción es mía; no se ha de esperar demasiado)

Estaba justito en eso de pensar o sentir de Oliveira y me topo con esto.
Sí, otra casualidad.
Cómo están seguros los poetas de que lo que debemos es amarnos y sentir caricias, abrazos y besos, (¡sí!) la brisa, el aroma de la flor, del pan recién hecho, el alivio de la primavera, el suave tacto del gatito, la mirada cómplice, amiga, compasiva, lasciva.
El amor de cualquier tipo.
Ahí luchan, los desdichados, con su propio ser intelectual que los tortura. Pero los mejores saben que antes tiene que ser sentir que pensar.
Algunos -muchos- nos envidian al tiempo que nos desprecian, Maga, pero unos pocos nos amarán sinceramente. Ellos no pueden ser como tú: para gente como tú "el misterio empieza precisamente con la explicación".

domingo, 18 de julio de 2010

Rilke (Poemas tempranos-1899)

Ésta es la nostalgia: morar en la onda
y no tener patria en el tiempo.
Y éstos son los deseos: quedos diálogos
de las horas cotidianas con la eternidad.

Y eso es la vida. Hasta que de un ayer
suba la hora más solitaria de todas,
la que sonriendo, distinta a sus hermanas,
guarde silencio en presencia de lo eterno.

sábado, 17 de julio de 2010

Experimental III

Perderse y buscarse: dos modos de ser reflexivos
Te encuentras en las páginas del libro que lees, porque te buscas en ellas. Te buscas. Buscas.
Un libro que es una comunión, que compartimos sin tener por qué.
Y no entiendes que yo me pierda en él.
Tan racional, tan inteligente, tan acertado siempre.
Y preguntas por qué yo -que creo saber quién soy- me pierdo en las palabras, en los versos, en poemas, que a duras penas entiendo.
No comprendes el miedo de ver demasiado cerca el punto de no retorno, que con la mente abierta y los ojos cerrados te pierdas inexorablemente, no comprendes todavía el vértigo de intuir quién eres. Y sin embargo comprendes tantas otras cosas.

viernes, 16 de julio de 2010

Experimental II

Escribe, desde dentro de ti, sobre algo que conoces, sobre algo pequeño, cotidiano, subjetivamente despedaza el minuto en sesenta ocasiones. ¿Que no ocurre nada? Espera.
Piensa, calla; escucha atentamente los sonidos de tu día, los vecinos que pelean, el agua de algún grifo que podría ser cascada, un perrito que ladra, un televisor lejano emitiendo alguna bobada; ruidos.
Una imagen -acústica- del vecino penetra por tus párpados cerrados (pues de pensar ya dormitas); reforma el apartamento con sus propias manos y ella le ayuda, no ponen la música para no molestar, no ponen el aire acondicionado por no gastar; al final, cómo no, destruyen una tubería y llaman urgentemente a un fontanero.
Sigue, sigue. Eso no lo tendremos en cuenta.

Siente atenta el aliento de la brisa, el rayo de sol que quema, el latido desde dentro. ¡Ahí está! ¡Eso viene de dentro!
Las palpitaciones y el rumor de los intestinos que avisan de algo, intuyen el hambre, presagian la muerte. Hacen daño cuando el peligro se cierne sobre nosotros y entonces las palpitaciones invaden todo el pecho y toman también el estómago, las costillas, la garganta. Ves que viene algo, qué, no sabes, pero el cuerpo te avisa, te avisa. Anda, corre. Escóndete en algún lugar. Guarda tus niños en algún armario. Cierra las puertas y ventanas. Y ahora, sal y escucha lo que viene. El corazón que ya salta, que ya sale casi. Te sujetas el pecho, te sujetas el cuello, te sujetas el estómago por si por ahí se escapa. Intenta escuchar atenta, porque de ello puede depender tu vida pero el miedo tiene un efecto extraño: el que lo sintió lo sabe; como de cámara vacía; hace que tus oídos piten. Entonces recurres al sentido rey, y miras alrededor, los ojos muy abiertos, rápido, de un lado al otro de la habitación, a las escaleras, a la puerta y las ventanas. Sin embargo, aunque rápidos, en su enfoque hay algo deficiente, algo -de nuevo- familiar; una niebla, un oscurecerse de pronto las cosas. Confirmas que estás aturdida de miedo y agotada de latir, e incapaz de una reacción rápida y eficaz; y tanto ruido hace tu corazón desbocado que sabes que el merodeador te va a oír, y tus ojos empañados no lo verán venir, y tus oídos embotados no te avisarán. Las lágrimas de impotencia ahora bajan por tus mejillas, mojan la blusa ya empapada en el sudor del pánico, y el respirar profundo del llanto te hace aún más notable. Escondes tu cuerpo tembloroso en un rincón del cuarto, cerca del armario donde escondiste a tus hijos y esperas que lo peor llegue, deseando que quizás pase de largo el peligro o, si no, que al menos no vaya a por los niños.
Tras largo tiempo escondida, agotada de tanto estar aterrorizada, te quedarás dormida. Siempre, para los desesperados lo digo, siempre si no te mueres de miedo, si tu corazón no se para, te quedas dormido (no hay necesidad de suicidarse: nunca creas que la noche no terminará, pues termina siempre).

Al despertar, ya lo tienes. Eso era lo que había dentro.

Maldito poeta, si no estuvieras ya muerto...

jueves, 15 de julio de 2010

El lamento de Portnoy: Air doll (2009), de Hirokazu Kore-eda

El lamento de Portnoy: Air doll (2009), de Hirokazu Kore-eda

Experimental I

Cómo son distintos estos mis amigos
Cómo me acompañan cada cual con su paso
Subo y bajo escaleras de caracol,
con vértigo,
descalza, desnuda, vampira.

Cada fecha, cada pared, cada filo,
cada muñeca, cada armario, cada ocaso,
todas esas vuelta en torno al sol
ubérrimo
abarcan un trozo de vida.

Entre páginas de libros,
entre sueños y recuerdos olvidados,
entre historia de pasados
tan presentes y vivos.

En las palabras hechas de viento,
en las vocales hechas de labios,
¿no encuentras el sencillo ritmo
de la consonante perdida para siempre?
En la conquista de aquellas tierras
donde una t nunca ya fue una t,
donde una j rebelde -como el beso robado-
perturba el paladar de hombres fuertes
que luchan a su modo contra la lengua extranjera
desvirtuándola, cambiándola, ablandándola.
Pues ese beso forzado
fue al fin la victoria del vencido;
el romano derrotado
acepta el gótico paladar
húmedo y africado.
Del beso a la caricia
de la caricia al abrazo
del abrazo a la cedilla
y después, del mismo modo,
la aridez se convierte sonora, blanda, suave,
y dura siglos de gloriosa dicha,
en su vibración sibilante, triste;
algo rehilada cadencia
como de puente que cae.

martes, 13 de julio de 2010

A veces se me olvida que es verano.
Se me olvida peinarme
y mirarme en el espejo.
Y vestirme para salir a la terraza.
Se me olvida el jardín y el sol de mediodía.
Se me olvida la jábega,
el mar, la brisa...
Y llego temprano a la arena tibia.

Como si fuera noviembre me abrazo
a tu almohada.
Fingiendo recuerdos de días tan helados.

Abro el buzón de tarde en tarde.
De veinte mensajes solo uno me lastima.
Se me olvida el nombre de los reproches.
Se me olvida la rima que no rima.

Se me olvidan las fechas, los deportes,
los colores de las banderas
y las flores,
los himnos y las aceras
tan vacías.

Y me salgo del mundo con mis huesos
y mi carne y mi sangre
que sube y baja por mi cuerpo,
ajena de veranos y de inviernos,
de horas y convenciones,
de fechas y de muertos.
Que solo transita tan caliente
a un ritmo, inseguro pero cuerdo,
que dejará de latir algún jueves
yo preferiría que de invierno.

lunes, 12 de julio de 2010

El Libro

El libro relataba con detalle lo que acababa de ocurrir. El orden de las caricias, el lugar de los besos, el tono de los suspiros, el color de su piel, el tacto tan suave. Sus verdaderos nombres y lo que se dijeron en la despedida. Cómo sabría nadie con una pluma y unas cuartillas que aquello iba a pasar exactamente así; cómo, si ni ellos mismos lo sabían.
Qué libro podía ser aquel.
Pasé las hojas con curiosidad. En la primera cubierta no se explicitaba el año, ni el autor, ni un título; sólo unas explicaciones confusas sobre el asunto del libro. Al final, nada, ni índice, ni rúbrica, ni colofón. La portada era un grabado dorado de una doncella de rostro dulce, ojos cerrados y boca entreabierta con el cabello largo y alborotado, echada sobre una especie de litera floreada. Sólo una palabra perdida y difusa entre el artificio que la rodeaba: Lei.

Había yo de imaginar por alguna razón que se trataba de italiano.

Así que ella; una ella idéntica a mí, cuyo relato sería el mío.
Como desconocía mi futuro, hice lo que nadie habría hecho, sospechando como sospechaba que se trataba de Mi Libro: miré el pasado.
Allí estaba el tiempo de mi niñez. Mi hermano, mi madre, los insultos, mi padre violento, borracho, enajenado. Los gritos. Mi abuelo. La puerta destrozada. Sí. Todo. Todo visto con mis ojos. Oscurecía y la noche me ahogaba y sentí tanto miedo y no tuve a quien contarlo; uno de esos días, después de un horrible episodio, cuando salimos a la calle todos de la mano y saludamos a los vecinos sonriendo.

Cerré de golpe el libro. Yo no estaba loca. A pesar de todo. No estaba loca. Aquel libro era imposible. No existía. Yo no lo había escrito, y nadie podía saber aquello y lo de hoy mismo.
Pero, además, el libro seguía. Ya sí sentí la necesidad de mirar más allá. Recordé el cuento que había leído sobre el libro de los destinos. Pero aquello era ficción manifiesta y no explicaba cómo ni por qué, solo reflexionaba sobre la reacción de los individuos ante el Libro. Yo, que había juzgado a aquellos personajes, pensé que debía tener cuidado, había de pensar bien qué hacer, qué utilidad dar al libro, qué partes me permitiría mirar y si evitaría o no el final.
Salí al balcón. Respiré profundamente. Cerré los ojos e intenté recordar cómo unas horas antes me había olvidado del tiempo en brazos de aquel desconocido. ¿Tendría esa extraña conducta mía algo que ver con aquello? Sólo lo había visto un par de veces, siempre serio, alto y fuerte. Yo no esperaba que me siguiese durante un descansito de la lectura de poemas de nuestros amigos comunes y me dijese que le acompañase al despacho del librero anfitrión del evento. Él solo quería un beso. Pero el beso duró el resto de la velada y después -no recuerdo cómo- ya estaba aquí en casa y por vez primera reparé en este ejemplar antiguo de la repisa que debía llevar aquí desde la muerte de mis padres.
Así pues, tenía relación. Nunca vi el libro hasta hoy y lo abrí justo por el momento presente.
Entonces busqué la página siguiente al encuentro furtivo sobre el escritorio del librero y ahí estaba ella leyendo el libro.
Me vino bien leer para aclararme en mi confusión porque -emociones al margen- la redacción impecable del libro expresaba mis sentimientos a la perfección. Ya estaba más tranquila, me decía el libro, empezaba a recuperar la calma. Creía en lo fantástico. Siempre había esperado que algo ilógico e irracional, acaso absurdo, ocurriese y aquí estaba al fin.
Hojeé un poco más allá pero no leí. Conocía como acaba. No los detalles y circunstancias pero sí el desenlace.
Pasé unas hojas, pocas, con cuidado de dejar aún lejos el final. Miré con cierto miedo, ligeramente, saltando palabras; encontré un recital, otro encuentro fortuito; no distinguí si con él otra vez. Unas cuantas hojas más: caricias en sus brazos, ¿él de nuevo? Ahora en mi habitación.
De verdad que me alegraba el placer futuro, pero no era eso lo que buscaba: quería saber, entender, comprender, poner nombres y caras a los sucesos, orientarme en ese futuro. ¿Estaba eligiendo mal las páginas? ¿O no era propicia una lectura desordenada?
Pasé unas cuantas hojas más... Un entierro.
Por fin, algo.
Ella está triste pero disimula su tristeza. El difunto es ese amante tan fuerte al que no puede llorar abiertamente porque allí está su marido. Y todos aquellos poetas amigos de ambos. Ella ahora odia a los poetas, porque supone que saben todo del idilio. Y ¡oh! teme al marido. ¿Por qué?, ¿por qué temeré a mi marido?

Paré. Esto no iba bien. Ahora sentía una inquietud terrible. El miedo, tan familiar, de nuevo.

La conciencia del paso del tiempo, del conocimiento vacío de hechos inexplicados, del nacimiento de una desdicha nueva e innecesaria me hizo retirarme del Libro. Lo dejé en la estantería y me senté unos minutos. Recuperé la tranquilidad recordando el tacto del hombre alto, las preguntas que me hizo al oído. Tratando de recordar su nombre que musité al acabar. La enorme dicha.

Otra vez respiré profundamente. Imaginé qué haría con el Libro. Miré en mi bolso, busqué teléfonos de amigos de amigos y le localicé. Ahora no quería confiar en nadie más, pues en mi libro solo aparecía él y en su muerte sentí una inmensa soledad, un profundo desamparo. Lo llamé y le expliqué algo de lo que había encontrado y qué creía que era. Él rio de la historia que le contaba y me dijo que vendría y hablaríamos.

Llegó rápido. No entendí cómo sabía donde yo vivía. Me gustó mucho como me trataba. Sentí confianza.
Expliqué, sin que él preguntara, que mi marido no estaba.
Se lo pedí y leyó el Libro. Dijo que era una historia de amor.
Leyó en voz alta un pasaje donde ella pensaba en él y en su amor hacia él y en su deseo hacia él y en todo el sexo cómplice, tierno, a veces doloroso, a veces agónico, que era como bálsamo para olvidar.
-¿Por qué lees eso precisamente ahora?
-Para que recuerdes.
-Cómo habría de recordar lo que no ha ocurrido, lo que aún no he sentido si es que lo sentiré.
Él sin atender mis palabras, me fue desnudando mientras yo hablaba, y me hizo el amor a pesar de mis comentarios, mis quejas. Ahí recordé su nombre y cómo lo quería, confusa.

Después tras un tiempo abrazados, siguió leyendo en voz alta. Y llegó a su propia muerte. No le tembló la voz, no se inquietó. ¿Por qué no se inquietó?
Yo, sin embargo, sentí un dolor intolerable y lloré por la futura muerte de aquel hombre al que apenas conocía y con el que compartía dos encuentros y el intenso deseo de un tercero.
Él me consoló tiernamente, largamente, eficazmente.
Retomó, al cabo, la lectura, saltando capítulos enteros, preguntando ¿no te acuerdas?
Casi llegando al final, los detalles de los días se hicieron anodinos. Las lámparas con flequitos, los juegos de mesa, el camisón almidonado, las sábanas blancas. Planchaba con el yerro ardiente y pensaba en ponerlo sobre mi piel.
-¿No te acuerdas? ¿No te acuerdas?
Pero qué iba a recordar. Qué iba a recordar. No comprendí qué significaba su insistencia, su complicidad con el Libro.
Continuó la lectura larguísima. Nada me sorprendía, nada me entristecía después de la muerte de él.
El final se acercaba; llena de curiosidad, escuché. Lo último que oiría sería un insulto: todo acabaría como empezó.
Mi marido llegaría un día y tendría el rostro de mi padre. Me golpearía hasta matarme, borracho y eufórico de razones borrosas, etílicas, maniáticas, paranoicas.
-¿Te acuerdas ahora?

Me levanté del sofá. Salí al balcón una vez más. Notaba la mirada de él en mi espalda. Sí. Ahora me acordaba. Por fin, sabía cómo acababa, cómo empezaba, cómo pasaría el resto de la eternidad entre los brazos de aquel fantasma alternando lágrimas y suspiros, el amor y los recuerdos.
Allí los dos solos, por deseo de mi voluntad inmortal. Ya nuestros cuerpos deshechos, nuestra memoria desmenuzada, nuestra desdicha consumada. Solo la voluntad persistente como un eco en un futuro eterno, infinito, subjetivo.

domingo, 11 de julio de 2010

Experimental

Ponga usted en un lado de la balanza el amor.
En el otro lado, ponga los eufemismos,
las noches de verano, la perezosa tarde de sexo,
el atardecer en silencio.

Ahora olvídese. Tiéndase
y respire apenas.
Imíteme en mi hablar afrancesado y grave.
Salga a la calle
y busque la verdad posible.
Mientras busca, yo me marcharé hacia mi destino
en otra casa de misiones menos fugaces,
pasajero del tiempo suyo y mío.

miércoles, 7 de julio de 2010

Hoy

El olor indescriptible de las cenizas humanas. El llanto perfumado, cansado, intrascendente. La viuda marchita aturdida, incinerada, también, a cierto paso del valor de la vida. Se van las amistades, se mueren los testigos, quemamos recuerdos, despedimos posibilidades. Nos quejamos porque nos queman.
Nos queman, amigo, nos queman. Después de todos estos años, después de todos los desvelos, las sonrisas, los amables esfuerzos cotidianos, gestos de dulce luz de luna, creciente, silente. Después de todo. Nos queman.

lunes, 5 de julio de 2010

Un tiempo, un lugar, un deseo

Hubo un tiempo y un lugar y dos personas que, después de amarse, se quedaban echados en la hierba, callados, abrazados, teniendo ganas de recuperar el aliento para amarse de nuevo otra vez. Hubo momentos para los amantes que, exhaustos, solo querían descansar el uno sobre el otro. Momentos en que conversaban y se comprendían. Comprendían el mundo que les rodeaba; o eso creían o eso intentaban.
El deseo de diálogo ese intercambio de ideas, opiniones, recomendaciones, donde cada uno pueda sincerarse y no dejar de ser único, respetar y ser respetado, ser civilizado, ser libre a partir de la comunión intelectual con otro. Puede ocurrir también, aquí, ahora, en esta sociedad ridícula.

Encontrar la amistad más pura y desinteresada con personas de otro tiempo, de otra raza, de otro país, de otra clase social, de otra religión, de otro sexo... de la misma raza, de la misma religión, de la misma clase social, del mismo sexo y, quizás, incluso, del mismo país.

Aun, después de amarse, con el amante. Como aquellos dos que en un tiempo y un lugar remoto existieron en el fuego y en el aire, en el agua y en la tierra.

jueves, 1 de julio de 2010

Qué día más largo, amor

Tras el largo día,
el hombre alto, moreno,
ameno, exgamberro,
atento.
Me abre la puerta
toma mi bolso.

Con caricias me consuela.
Me compensa.
Como a una niña,
me cuida.
Le gusta, sin entenderla,
mi excentricidad, mi risa.

Lee mis poemas:
“No lo entiendo, amor”.
Sabes qué. Así es mejor.
Yo no quiero saber
los detalles de tu día.

Este es nuestro tiempo,
hablemos en silencio.
Soñemos, descansemos.

Esperemos a que se duerma el niño.

Compartimos
Dos mil libros
Llantos, noches en vela.
Viajes, mudanzas,
Ausencias,
viento del este,
arena, desiertos,
mar templado y denso.