domingo, 30 de enero de 2011

muerta de miedo

Hay personas que dan miedo.
Pretenden dar miedo y buscan dar miedo pero es que, además, dan miedo. Sus nombres dan miedo, sus narices dan miedo, el ancho de sus espaldas da miedo. Su mirada helaría el infierno. Sus palabras son puritita agresividad, su inteligencia se utiliza únicamente para humillar a los demás. Tiranos en un mundo políticamente correcto que ven justificada su espantosa y terrorífica existencia por rebeldía. LA culpa es, claro, del absurdo y la estupidez circundante.
¿Qué no pueden aportar más belleza al mundo que alguna frase ingeniosa e intimidante? Algunos no tienen culpa, nacieron así: dieron miedo a sus madres, a sus padres y a sus abuelitas. Atemorizaron y apalearon a sus hermanos y dominaron a sus amigos, tiranizaron a sus novios.
Jamás los dejéis a solas con un gatito. ¡Joder, qué miedo!

sábado, 29 de enero de 2011

caso de estudio 32456-A


Se diagnostica a la paciente una notable tendencia a (re)caer en una adicción.




El primer paso es reconocer que se tiene un problema. Bien, pues yo tengo un problema. Fui alcohólica, bulímica, anoréxica, adicta a los somníferos, alcohólica otra vez. Fui supersticiosa, mística, erotómana, agregada cultural en una importante cadena de supermercados y, algo que me avergüenza, afiliada a un sindicato liberal. Sufrí agorafobia y pánico escénico. Padecí de miedo a los perros, odio a los gatos, asco a las arañas. Tuve fijación con un vecino al que, al parecer, acosé. El juez determinó una orden de alejamiento y tuve que irme. Emigré, inmigré. Retorné. Me exilié. Llegué a no saber dónde estaba, de dónde era.
Después vinieron las pastillas, más alcohol, las compras compulsivas, la adicción a la literatura. Internet. Una perversión tras otra. Las etapas de la degradación, la humillación, la deshumanización.
Adicto se puede ser a todo, al amor en cualquiera de sus formas o a la ira en cualquiera de sus formas. Nada es inocente, ni siquiera una manzana, una flor, un hotel. Todo puede causar un irrefrenable deseo de repetición. Todo puede causarte una sensación de felicidad suma. Algo relativo al placer y su búsqueda pero distorsionado por una personalidad débil y viciosa.
Los psicólogos me ayudaron y creo que me curé. Entendí que todo es peligroso para las personas como yo. He de huir de lo que me gusta en demasía. Hay técnicas que pueden ayudar: tener un hombro en el que llorar, alguien con quien hablar. Pero mi experiencia dice que esto siempre acaba mal. Te acabas haciendo dependiente de ellos y eso conduce, de nuevo e indefectiblemente, a la adicción.

lunes, 24 de enero de 2011

Defíneme. Ponme límites. Amordázame

foto: sstarami

Tantas normas me alteran. Límites formales, corsés, reglas. Lo que es y lo que no es.


Factores, claves, giros, moralejas. Me falta una décima, me sobra una sílaba; hacerlo de izquierda a derecha (¿o era de derecha a izquierda?).

No me ajusto al género. A veces me gusta arriba, a veces prefiero abajo.

No quiero formar parte. Ni ser de ningún lugar.

Ni grupos poéticos, ni facciones, generaciones, congregaciones, clubes, partidos, sectas ni hermandades.

jueves, 20 de enero de 2011

manos de barro

Miguel y Josefina (Jaén, 1937)
Aquí donde en invierno no hace frío,
jadeo del destino hasta el camino.
Terco el lugar en el que ahora vivo,
sin orgullo, sin rencor, sin olvido.

Hoy en este sitio sin veneno,
pararía el tiempo con mis manos
llenas de tierra; en vivo anhelo
de volverte a sus dulces brazos.

Mas alégrate: aún enero
enblanquece los almendros
y da paisajes nevados.
Y ya no hay soldados
Ni cielo ni infierno.
Acaso un poso de recelo.
Quizás nos falte la memoria;
Deudas, miserias de la historia.
Pero tú no dudes de la gloria
de tu casa, pintada, no vacía,
donde el odio se amortigua
y no hay miedo,
solo orilla.

lunes, 17 de enero de 2011

Experiencia

Observo las intimidades y fantasías de otros que como yo tienen sus blogs atestados de palabras. Con una intención. Sin ninguna intención. No lo sé. Yo solo leo. Me suscribo a sitios que ofrecen la etimología de la palabra fascismo. La palabra del día. Atorrante. Voyeur. Sé que en la Patagonia hace frío, que los gobiernos abusan, que los jóvenes se enamoran. Que tú adoras la poesía. Que Sayak es una luchadora. Que el capitalismo es gore. Que existen millones de cuadros que no he visto y millones que no veré. Que jamás podré recordar todo esto.

La experiencia lo es todo, escribió Bolaño.
Si quieres escribir, tienes que tener experiencia, haber vivido, haber ido a la guerra, haber caminado por ciudades y haber absorbido el espíritu de aceras y puentes, subir muy alto para ver el color de los tejados de la parte vieja. Oler la podredumbre, pasar frío, sentirte solo. Hacer el amor con muchas mujeres y muchos hombres. Experiencia.
Yo tengo una ventana. Ya lo he dicho. Un agujero en la pared de mi casa por el que fisgar, mirar, observar, espiar. Tengo libros subrayados. Tengo muy poco tiempo.
Acaso podría hablar del dolor. Describir durante quinientas páginas cómo es una deshidratación, una punción, dar detalles de la sensación física de la inflamación de algún órgano. O quizás podría contar el viaje en el ascensor cada mañana.
Una vez vi un buitre morir. Me perdí en Katowice, con más frío del que pueda soportar alguien del Sur. Abrí una cuenta corriente en Carlisle (Pensilvania). Creo que salvé la vida de mi hermano cuando tenía nueve años. A veces, me falta el aire cuando recuerdo los ataques de asma de mi hijo. Atropellé un poco a un nazi una noche. Nada.

Puede que haya que recurrir a la observación cuando la experiencia es insuficiente o la memoria se ha borrado. Hay vidas o compendios de vidas.
Mis vecinos son como hormigas. Van al súper, hacen la compra, sacan la basura, tienden la ropa. Yo solo miro. Intuyo que las amas de casa se aburren. Cosen, planchan, cocinan. Preparan cenas de Navidad y dan meriendas. No lo sé cierto, solo me lo parece. Cada seis meses, en el hospital, veo enfermeras atareadas, con prisas, disimulando mal su antipatía, impacientes. Médicos sin piernas que firman recetas y apuntan en papeles mientras te hacen muchas preguntas y no te dan ninguna respuesta. No hay respuestas, esto es así. Vecinos, enfermeras, médicos, alumnos y profesores, madres e hijos.

Vivo en una caravana, en una cola de la seguridad social, en la sala de espera del especialista. En la desesperación de una cuenta atrás, observando cómo los demás reaccionan ante las malas noticias, ante las obligaciones desbordantes, ante la mirada de piedad de los que allí estamos.

Tengo impresiones confusas o de apariencia diáfana; claras intuiciones que no sirven para nada. Mi experiencia se limita a un recorrido diario de carretera. A un día de verano. A lo que veo desde la ventana de mi despacho con la calefacción puesta. A lo que leo en el diario. A lo que me cuentan. A mis pocos viajes.

sábado, 15 de enero de 2011

Hay que decidirse. Ni modo estar siempre en stand by. Es que ya se impacienta una.
Hay que decidirse. Subirse en este tren, que quizás sea el último de la noche, o dejarlo pasar. En el siguiente, si lo hay, quizás estés tú.
Es difícil aclararse, tomar un camino u otro. Por fin, optar por una senda y que, al cabo de tan solo unos pasos, ya se te presente otra encrucijada. Yo preferiría ser como otras. Ver claro el rumbo que debo seguir. Sentir que acierto porque el juego tiene unas reglas que conoces y obedeces. Yo quisiera ser como esa amiga perfecta que camina recto y siempre adelante. Quisiera no pararme, no pensar, no dudar. Solo avanzar, con un halo glorioso que haga que los demás se aparten. Ser admirable y justa.
Quisiera ser así, de verdad. Pero no puedo. Mi camino se bifurca más que otros. Cada decisión podría cambiar todo. Y yo no creo en nada. No obedezco leyes, decálogos ni reglas. Nada me sirve de guía. Y siempre otra encrucijada.
La peor de todas es esta. Esta que tengo ante mí. Ahora mismo. Con mi yo de este momento. Contra ese tú que toca en este lugar y esta fecha. Otro tú diferente, pero siempre tú.
Este tren ya no espera más, debe partir. Hay que decidirse: el jefe de la estación me mira mal.

viernes, 14 de enero de 2011

Malísima del todo

Cada domingo almuerzo en casa de mis padres y en un descuido, mientras recogen la mesa o preparan café o juegan con el nietecito, yo me acerco a la biblioteca y cojo un par de libros. La semana pasada me hice con El jugador y El Dios Escorpión.
No piensen mal. No es tanto robar. Bueno, quizás sea algo despreciable pero qué son dos libros, que están ahí sin que nadie los lea. Objetos del trabajo de mi madre y su muchacha que les quitan, hacendosas, el polvo acumulado.
El polvo en los libros nunca se va del todo. No sé si lo sabrán. Se queda ahí como si fuera la memoria de su historia, las marcas de la edad. Como el olor a humo o a humedad. Como manchas de sangre en las alfombras. Como el semen en colchones de habitación de hotel. Ahí adherido para siempre.
Vamos, no me miren así. No me juzguen. Coger un par de libros cada domingo no es tan malo: solo me adelanto en el disfrute de mi herencia.
Y, sí, desde luego, todos los libros son para mí. Ni que decir tiene. Mi hermano no lee (profesionalmente) y solo quiere el coche, las casas, los cuadros y las antigüedades. Pero libros, ni uno.

domingo, 9 de enero de 2011

Antes del incendio


A veces no verlo todo es la única opción. Percibir apenas; captar una impresión. Fugaz y leve. Después, quedarte ahí con los ojos abiertos, la mirada perdida, la imaginación en pause, posada en el borde de alguna copa, quizás una taza, que inestable sobre una mesa de papel se romperá en mil pedazos en cuanto el viento sople. Y el viento siempre sopla. Siempre sopla.
El corazón del pájaro está cansado. Simula que nada le preocupa excepto su alimento. Sin embargo, presiente el peligro del lugar donde se halla, un fuego que lo devorará, pero del que por ahora no puede escapar. No hay jaula ni hay trampa ni ataduras que le impidan volar. Solo el deseo de quedarse ahí. Ahí mismo, quieto sobre esa taza de bordes cálidos que aún huelen a tus labios, que todavía saben ligeramente a ti.


Ilustración de Clarulina, Miss Celánea.
Colaboración en "Escríbeme una ilustración"

jueves, 6 de enero de 2011

Todo es raro en Edimburgo. En el día más frío de la historia, cuando los autos se paran congelados y el piso convertido en resbaladizo espejo refleja el albísimo cielo. El relojero se afana en arreglar todos los relojes para que el tiempo no se detenga; será su misión del día de hoy y puede que siga así por siempre.
Los ciudadanos no pueden ir a trabajar: las puertas están bloquedas por la nieve. Según barrios, el frío cala los huesos, el día se hace eterno, duele el segundo sostenido en que todo se detuvo. Tantos al unísono se preguntan cómo es posible que la vida sea tan corta cuando algunos días son tan largos que Dios siente la tentación de contestar.
Ayer fue perfecto. No sentí hambre ni hastío, no hubo sombras acechando, no perdí nada que no quisiera perder. Ayer, doloroso contraste, tuve calor y jugué en la calle y hablé sobre las galaxias que planeo visitar. Me trajiste a casa ya al atardecer, aún el sol calentaba mi espalda cuando nos despedimos. Después empezó la tormenta.
No poder salir significa no verte. Me asomo mil veces a las ventanas. Tengo tres. Abro y cierro las cortinas como si de eso dependiera que tú desafíes la tempestad y te acerques a mí. ¿Te arriesgarías solo para cruzar unas palabras, unas caricias, largos besos?
La respuesta la sé. Ojalá no la supiera. Preferiría mil veces un incendio que lo arrasara todo. Quedarme sin techo bajo el que cobijarme. Vivir para siempre en la calle.

miércoles, 5 de enero de 2011

Si el pájaro se posa con perfección y elegancia en el borde de una copa es porque está ciego y ha desarrollado una habilidad como la del murciélago que le permite hacerse una idea del mundo sin verlo.
Si ese mismo pájaro se bebe el vino que puse para ti en la copa, morirá de seguro.
Pobre, solo tendría sed. Solo buscaría un lugar donde reposar de tanto vuelo a ninguna parte.
Solo, por una vez, tras mirar de frente al Sol, consciente -oh sí- de lo inútil de su movimiento, de su búsqueda constante, de su alzar la vista y observar el suave fluir de las nubes en el cielo. 
No es posible que el pájaro supiera que se quemaría los ojos y que mi vino estaba envenenado, aunque siempre me quedará la duda. 

lunes, 3 de enero de 2011

Conocerse a uno mismo: el mejor regalo

Escogí un mal día para dejar de fumar, empezar la dieta, parar en seco mi ludopatía y mi adicción a los ansiolíticos; apuntarme a pilates, a un curso de alemán en la otra punta de la ciudad, a clases de cocina (sin poder comer); leer enterita la nueva ortografía de la RAE y cumplir mi propósito de ser mejor madre y pasar más tiempo con mis ocho hijos.
Todo empezó un martes. Uno de enero.
Para el día cuatro ya estaba más delgada, con los nervios a flor de piel y la voz, agudísima, varios decibelios más altos. A punto de asesinar a algunos de mis churumbeles queridos, me quité del medio con uno de esos suplementos que regalan con el periódico los domingos y que ofrecen tan variopintas lecturas útiles. La revista en cuestión, en celebración del adviento y el solsticio de invierno, ofrecía el doble de información publicitaria y algunos reportajes especiales sobre como maquillarse estas fiestas, los mejores regalos para cada estilo de persona y un especial psicología que me interesó sobremanera pues hablaba sobre la frustración y cómo evitarla.
Explicaba el abajo firmante, tras leer e interpretar el último libro de la mejor psicóloga del mundo, que nos exigimos demasiado.
-Es posible, es posible, -dije, mientras cerraba con llave el baño, donde me había refugiado huyendo del jaleo de mi hogar.
Al parecer, -seguía la reseña- al ponernos demasiados objetivos al mismo tiempo, corremos el riesgo de colapsarnos ya que "a nuestro consciente no se le dan bien las multitareas".
¡Pues claro! Por eso todas las amigas de mi hija mayor están con depresión: la carrera les causa estrés porque se exigen demasiado. No toleran la frustración.
La solución, leyendo entre líneas: no pedir tanto a nuestra parte consciente. Actuar casi sin pensar. Hacer sin pensar. Eso -entendí- sería lo recomendable.
Sin embargo, a pesar de la aplastante lógica subyacente, el hambre y el síndrome de abstinencia sumado al ruido de fondo me tenían de mal humor así que tuve un momento de, digamos, rebeldía. Vi, no sé, un riesgo, un peligro, una pega: ¿Y si el subconsciente dejase de hacer lo que nuestra mente (por decirlo de algún modo) quiere y se inclinase más bien por cubrir los imperativos del estómago o la libido, mucho más apetecibles a corto plazo? Sin voluntad ni consciencia que lo domine, nuestro ego subyugado por los placeres más básicos, pasaría muchísimo de ponerse a estudiar, hacer flexiones o cualquier cosa que no nos causara un placer inmediato. Pero ¿quién era yo para dudar de lo que el dominical aseveraba de un modo tan convincente?
 La cosa es que el consciente no será multitarea pero yo -pensé-, mientras conduzco (quizás de modo ¿inconsciente?), cambio la música (¿no conscientemente?), me pinto los labios varias veces (es que me como el rouge) y planeo la clase de primera hora y la comida que voy a cuasi-improvisar a la vuelta a casa, además de reprocharme todas las torpezas del fin de semana, ensayar mentalmente el discurso de apertura del congreso, etc. A veces, incluso desayuno con cuidado de no mancharme.
Y no solo yo. Conozco a una señora en Benagalbón (Arkansas) que por muy pocos pesos te da consejos buenísimos sobre cualquier tema al tiempo que te plancha las camisas que ya querría Mary Poppins. Y me podrían decir: es que plancha en modo automático. Pues no creo. Que le llevo trajes con volantes y todo tipo de tejidos ultrasensibles y no se le pasa un detalle. Y es capaz de ir diciéndole a su hija los ingredientes y el exacto procedimiento para hacer la comida y advertir a su marido (de espaldas, ¡sin mirarlo!) cuando va a tropezar o a tirar algo y hasta cuando necesita ir al baño.

Confieso que tuve un momento de descreimiento, vanidad y soberbia y llegué a pensar que estos consejos los había inventado algún vago para otros vagos rematados, gente -en fin- sin ningún afán de superación que le escucharían babeando, viéndose consentidos en su autoindulgencia.
Claro que después de un mes pensándolo bien, muerta de hambre, agotada de la gimnasia y de hacer los deberes con mis niños, loca con el alemán, nerviosa perdida sin mi Lexatín y mi partidita de bingo, supe que aquello no había sido un artículo más en una revista más. Que había sido una advertencia y una señal de los dioses. Me di cuenta de que era una conductora temeraria y de que la señora de la plancha era un espíritu de otro mundo imposible de entender y emular. Que nadie iba a leerse entera la Ortografía y que siempre podía decir que me había declarado en rebeldía contra la RAE y que mis posibles faltas ortográficas son una muestra de mi solidaridad con algo que ya pensaría más adelante.
Volví a fumar, a comer a dos carrillos y a pasar todas las tardes en el casino mientras mis padres se quedan con los niños. Soy tan feliz. Incluso estoy en racha y cuando no hago línea, canto bingo.

PAZ

sábado, 1 de enero de 2011

Solo pido una ventana
¿Acaso es tanto pedir?

Una ventana desde la que ver las sombras venir
Una por la que entre el sol
Por donde escapar si se tercia
Por la que mirar las formas de las nubes cambiar

¿Acaso es tanto pedir?

Un agujero en la pared valdría
Una grieta en la roca
Yo soy flaca, una brecha bastaría
Un hueco pequeño en que cupiese mi espalda

Que diese a algún camino o una carretera
Por el que viese ir y venir la vida y la muerte
Coches, árboles, la yedra pegada a aquel muro
Cuestas, pendientes, el horizonte borroso

La lluvia me golpearía la cara mientras bostezo
Contaría las tristes flores que caen 
Las que brotan, las que barre el barrendero
Agotaría mis ojos mirando la vida. Lo juro

Aunque diese a un callejón sucio y húmedo
Donde un gordo borracho se acurrucase entre cartones
Donde la dulce prostituta hiciera su negocio
Donde el perro escuálido se escondiese para morir 

¿Acaso es tanto pedir?