domingo, 27 de marzo de 2011

Yo querría escribir una única poesía, pero no tengo talento. Es la verdad. Y lo sé. Sin embargo, querría escribir una poesía. Una sola. Una que fuese bastante y suficiente. Algo que te llenase de mí y saciase mis ganas de ti. Un poema, solo uno. Y ya. Es, lo sé, un capricho bobo, un deseo infantil y romántico; puede que incluso una necesidad muy pobre. Algo que hacer antes de morir. Unos poquísimos versos. Un poema, pequeño y claro, que te enviase en un correo y una mañana nublada tú encontrases ahí, en ese disco duro atestado de historias, música, mensajes y olvido. Y que fuera para ti, que nadie excepto tú leyese, que nadie más que tú supiese. Escrito para ti y por ti. Y que entonces tú decidieses destruirlo, borrarlo, eliminarlo, suprimirlo. Pero antes te tomases la molestia de leerlo y recordarlo. Y cuando al fin tú murieses ya de verdad y para siempre, --años, décadas, después de mi muerte--, el poema también desapareciese.

lunes, 21 de marzo de 2011

Sofía y el muchacho sin nombre

Las hermanas miraban por la ventana. Alguien podaba el viejo ficus. Sus rostros mostraban una melancolía, una curiosidad y, quizás, no sé, unas expectativas. El sonido de la sierra mecánica las hipnotiza ba.Ramas enormes cayendo. Ramas por las que ellas habían trepado, donde colgaron sus columpios, en las que anidaron aves de paso. Donde en la noche la lechuza las miraba impasible en silencio, esperando que algún ratón saliese de su agujero. Ramas como troncos milenarios. ¿Tendrían recuerdos las ramas, las hojas, el muñón blanco y húmedo que quedaba goteante por el miembro amputado? Las chicas miraban y compartían pensamientos, sin saberlo, conectadas desde la infancia como una sola mente.
Había, como en toda historia de adolescentes, un instituto. Había, como en toda historia de chicas, un muchacho de vaqueros mugrientos y camiseta arrugada. Todo tan normal, tan anodino, tan banal. Y sin embargo, una tensión imposible de relatar impregnaba el aire de aquel barrio de clase media-alta. Algo que era sobre todo locura, encubierta por la mentira de lo cotidiano. Una verdad latiente deseando salir tras el segundo trago, tras el primer beso, tras la mano bajo la falda, después de la riña con los padres, después de la traición de la hermana o la amiga. El demonio en los cuerpos que toman las riendas hagamos lo que hagamos.
El instituto era un continente de hormonas y electricidad estática. La gente reía, fumaba hierba, llegaba tarde, se sentaba en el suelo, comía y después vomitaba, maldecía a sus padres, a sus profesores, a los de la clase de al lado. La población de la secundaria se agrupa tribalmente y encuentra ahí la protección y puede que la identidad que se supone que han de tener y no tienen. Todos igual. Todos menos Sofía, que no se inquietaba al caminar sola por los largos pasillos del edificio, por los vericuetos de la institución, por los lavabos del amago de sociedad. Ni parecía darse cuenta de que estaba en un campo de batalla. Las bombas caían a su alrededor, las balas le pasaban rozando pero ninguna le tocaba.
Así iba la vida, en el barrio, en el instituto, en la casa. Padres que funcionaban como relojes. Todo limpio, la comida a su hora; la rutina, esa manta protectora que los arropaba. El gato, el perro, el jardín siempre limpio, las flores jamás marchitas. Las hermanas, creciendo bellas.
Ahora ocurre que como en toda historia viene el cambio. Ese cambio que lo jode todo. Que parte el corazón de alguien, que arruina vidas, por el que algunos triunfan y otros mueren. Ese cambio sin el que no hay historia ni hay nada. Ese volcán que erupciona, esa falla que se abre, esa ola que se traga a miles y no a ti. Esa carta. Ese beso. Esa violación. Esos cuernos. Esa cosa externa que es un ataque, como un bombardeo que viene a salvarte del tirano, pero te da en la cabeza. Otro modo de liberarte, hermano.
También el cambio, la convulsión, puede llegar desde dentro. Algo químico que falla. Una posesión demoniaca. Y es igual, igualito, que el terremoto que todo lo arrasa, solo que ahí el motor fuiste tú.
Aquí el punto de inflexión ocurre en el interior de la hermana mayor, Sofía, que siente un deseo absolutamente natural pero no sabe contra qué o contra quién. El pelo suelto y la mirada límpida acaban por ser un reclamo y un aviso. Y su caminar solitario por los pasillos del colegio se va convirtiendo en un desafío. Una constante matemática a la que hacer frente. Una ecuación. Una x que despejar. El chico antes mentado estaba atento y preparado. Ya desde mucho antes, listo para resolver y resolverla. Se planteaba la cuestión del cómo. Nada más sencillo, grabado genéticamente a fuego, el muchacho tenía todas las respuestas. Y las dio generosamente en noches de cine de verano, en coches de papá prestados. Acompañaba a la ninfa y saludaba con la mano a las otras, agolpadas en la misma ventana a través de la que espiaron al jardinero. En comunión con su hermana y sus avances. Todas desearon lo que ella poseía.
El problema, evidentemente, no está en lo que ocurriera, en que cada una de las cuatro hermanas se pasase por la piedra al muchacho de pantalones sucios y besos ardientes. No. Por supuesto que no. El problema deviene de mucho más adentro, de la mentalidad de Sofía, del hábito adquirido, de lo aprendido, de la vulgaridad de lo normal y consecuentemente admitido. Un novio no se comparte. Lo contrario es infidelidad. Engaño. Traición. Por eso. Porque todos en el cuento sabían esto, no se prodigaban en confidencias y las hermanas empezaron a tener secretos. Pero, como ya se ha dicho, la conexión de sus mentes era un hecho. Y todas conocían, o intuían, que había una verdad detrás de las sonrisas, de las meriendas, de las caricias, del recoger la mesa o cepillarse el pelo mutuamente.
Sofía se envenenó poco a poco de recelos y sospechas. La desdicha no le sentaba bien. Ni su carácter ni su rostro se veían favorecidos por aquellos sentimientos. Y una especie de torbellino, un huracán sucio y canceroso, la llevaba a lo más bajo. Se armó de ira y razones y exigió al muchacho una confesión, una disculpa, un arrodillarse y negarlo todo. Pero lo que obtuvo no fue remotamente cualquiera de las reacciones que entraban dentro de lo posible.

–Ya no te quiero –dijo el chico–. Lo sabes que ya no te quiero. Nunca te quise. Solo... eres tan bonita y me deseabas tanto. Pero no estamos atados, ninguna promesa te hice, nada me obliga. Tus reproches y quejas no me dejan indiferente. Me encienden, pero solo es calor. Si me quedo muy quieto y tomo un refresco, dejo de estar caliente. ¿Entiendes?

Sí. Crueldad en estado puro. Sinceridad brutal, insuperable modo de zanjar una discusión que no deseamos tener. La joven dio media vuelta y se marchó lentamente, tratando de mover las caderas, en un último acto de coquetería hostil. Pero él ya no la miraba. Decidido a no volver a relacionarse con ninguna de las hermanas, encendía un cigarrillo y comprobaba si tenía alguna llamada perdida en el móvil.

jueves, 17 de marzo de 2011

La taquígrafa a la que poseyó Wittgenstein

Carmen, morena, ojos oscuros. Aún en paro con 34 años. Viviendo en casa de sus padres, con sus tres hermanos menores y tocapelotas, la abuela (sorda como una tapia), un loro, dos gatos y un chihuahua feísimo que le regaló su exnovio, a mala leche.
Taquígrafa. Una profesión en vías de extinción. Su madre se lo dijo, su padre se lo dijo, su exnovio se lo dijo. Eso no tenía salida laboral, eso no servía para nada, eso ahora ya con las grabaciones digitales en audio y vídeo quién lo iba a necesitar. Pero a ella no le gustaba estudiar, se le dio mal en el colegio, en el instituto aun peor, y cuando de casualidad hizo un cursillo del sistema Gregg en la academia donde mamá la apuntó a aprender mecanografía, encontró que aquello se le daba de miedo. El profesor le dijo que tenía un don. Que era la mejor taquígrafa que nunca conoció. La invitó a su casa y le enseñó orgulloso su ejemplar de la Taquigrafía fonética Gregg-Pani de 1904.
Ya harta de vivir en la casa familiar, empezó a recorrer –personalmente, ojo– todos los juzgados de su Comunidad Autónoma y aun de las vecinas; incluso mandó por correo postal su CV al Parlamento y al Senado en los que, siempre que hay una baja maternal, contratan taquígrafas a tiempo parcial. Y cuando la baja es por depresión, te puedes quedar años en el puesto.
Después de varios meses enviando CV, cartas y rellenando impresos, recibió una llamada nada menos que de la Secretaría de Recursos Humanos del Parlamento. El Parlamento, mamá. El Parlamento ¡español! Adonde se dicen de todo los del PP y los otros. ¿Estás segura, niña? Que ahí hay mucha gentuza. Mamá, un trabajo es un trabajo. Tú verás, pero para mí que esos sitios no son para muchachas decentes. ¿No podías haberte hecho peluquera o algo normal? Hija, de verdad, de verdad, que me vas a matar.
Tenía una entrevista el martes a las ocho y media en el Edificio Bipolar, sito en c./Gutembergplagiador, 92. Allí se presentó Carmencita, arregladísima. Falda estrecha negra, medias, tacones altos, blusa blanca, colgante egipcio, pendientes de plata a juego. Nerviosa como nunca, miró el reloj: las nueve y cuarenta, 70 minutos de espera en una sala atestada de jovencísimas taquígrafas rubias. La visión de alguna, así cuarentona, la relajaba. Aunque, por otra parte, le inquietaba que buscasen ante todo experiencia, de la que ella carecía absolutamente. Fue al servicio tomó tres cápsulas de Lexatín 3, un Alapril y un Myolastán, para relajarse. Se retocó el maquillaje, más perfume, más rojo en los labios, más rímel. Tendría que haber traído la petaca. Le vendría de perlas un traguito de vodka ahora. Vuelta a la sala.
Por fin, después de otra media hora más, su turno. El despacho era enorme; en medio, una mesa redonda donde un señor de unos cincuenta años, pelo no demasiado corto, alto y corpulento, ojos rasgados y mirada penetrante, le pidió que se sentase en una diminuta sillita que la colocaba justo enfrente de él. Al fondo, mirando unos papeles de pie junto a un archivador, un joven de veintipocos, muy rubio, ojos azules, alto y delgado, tenía un gesto de desprecio que helaba los huesos de los que estaban en la calle. Se le sabía listo, inteligente, culto e ingenioso, solo por ese mirar de vanidad infinita. Carmen estaba aterrada. Menos mal que iba puesta de tranquilizantes.
El Sr. González, el nombre del guapo hombre de mediana edad que la entrevistaba, le ofreció un café. No, gracias. Las preguntas normales: ¿qué sistemas domina?; ¿palabras por minuto? ¿Mecanografía? ?Conocimientos administrativos generales? Después le haría una prueba. ¿Idiomas? ¿Cartas comerciales? ¿Terminología judicial y/o administrativa? Ella decía que sí a todo. Aunque de terminología judicial, sabía lo que había visto en las películas. Ya tendría tiempo de aprender. La cosa es que, mientras asentía a cada cuestión del Sr. González, sintió claramente la presencia de una cuarta persona en la habitación. Como si oyese respirar a alguien detrás de ella, el roce de movimientos como de pantalones y zapatos que crujen levísimamente. Con disimulo, miró a todos los lados de la habitación. No. Solo estaban el efebo altivo, el Sr. González y ella misma. Quizás tantas pastillas... Sin embargo, cuando ya comentaba las ventajas del sistema Gregg sobre el Pitman, cruzando las piernas con intención de impresionar a su interlocutor por varias vías y atraer su atención sobre cuestiones no por poco técnicas desdeñables, Carmen sintió una presión en la espalda, llegada desde el exterior y súbitamente una sensación de que algo se le había metido dentro.
El Sr. González tenía sus ojos fijos en el impreso que rellenaba y no se percató de los estremecimientos de Carmen, que ya se sentía perfectamente. A su mente llegaban ideas que no reconocía del todo como propias, y de sus labios salían palabras que no recordaba haber aprendido jamás. Cuando pasaron al psicotécnico, se descubrió cómoda dando respuestas del todo inapropiadas. A la pregunta de cuáles eran sus hobbies, preferencias y gustos en la vida, Carmencita dijo que era fetichista, y no practicaba deporte o pasatiempo alguno, con excepción del voyeurismo. El Sr. González no estaba seguro de haber oído bien, pero, no obstante, absorto ya en el escote de la fetichista, dijo: “Hace ya rato que pedí un café para la señorita”. El muchacho rubio salió de mala gana.
Ya a solas con el Sr. González, habló francamente. Era una taquígrafa excelente. Sería una secretaria abnegada, no tenía nada que hacer, podría pasarse las horas allí o donde le dijesen. Era muy habilidosa en varios menesteres y solícita en aprender nuevas técnicas en cualquier campo que fuera necesario. “Entiéndame, usted no estaría contratando a una mujer de piel rosada, caliente, perfumada (particular), y que es taquígrafa (propiedad comprobable). No: usted podría emplear a una taquígrafa excelente que le daría muchos otros servicios de modo gratuito y alegre y en sus manos está hacer de esta posibilidad una realidad, esto es, convertir el asunto en hecho (o Tatsache). Y no olvidemos que el lenguaje disfraza al pensamiento; por fortuna esta argumentación no plantea problema ontológico alguno ya que es empíricamente comprobable, aquí, ahora, en la postura que a usted más convenga y en el lenguaje universal de la naturaleza tangible”.
Bueno, así fue la cosa. Cuando Iván, que así se llamaba el joven biondo que fue a por café, volvió al despacho encontró al Sr. González en una postura que le resultó harto conocida con Carmen hablando fluidamente en alemán mientras disfrutaba como una gacelilla que corre libre por la pradera. El trabajo, huelga decir, fue para ella y para el ser, fuera quien fuese, que la poseyó aquel día y ya se le quedó dentro para siempre jamás.

jueves, 3 de marzo de 2011

Princesa inclemente busca venganza

Es la princesa inclemente,
Medusa mancillada
por un dios vengativo y devastador.
La belleza ajada.
El dolor la hizo un monstruo,
Robó el rubor de sus mejillas,
Le dio fuerza sobrehumana.

pongamos que hablamos de adicción

Es la princesa indolente, hija de la vanidad y la soberbia. Reverso de mi amor. La adoré mientras no la conocía. La imaginé conmovedora, intensa, cálida. La soñé compañera. La fui desnudando en mis visitas, ciego de su belleza; la besé en silencio, entre suspiros que ocultaban su falta sentido, su falta de fe. Tras la explosión del deseo, hablamos. La decepción fue inundando mi pecho, ahogándome. Tan loca, tan vacía. Cada conversación nos alejaba, en cada  discusión nuestros puntos de vista chocaban. Nada tenía en común con ella, tan superficial, tan hija de su época, solo preocupada por sí misma. Comencé a sentir aversión por su carácter y sus convicciones, si es que podemos llamarlas así, y un día la abandoné. No pasó mucho tiempo, ni un solo día a decir verdad, sin que me sintiera morir. Me reproché querer tanto a alguien a quien despreciaba, me reproché haberla dejado, me reproché no poder tenerla conmigo en la noche, me reproché no poder besar sus pechos y acariciar la suavidad de su rostro. Bebí hasta caer rendido y desperté consciente por primera vez de no conocerme a mí mismo.