domingo, 27 de abril de 2014

Cambios en la decoración del país de los cuerdos

Nos hallamos sumidos inconscientemente en una invisible red de ondas de pensamiento ajeno. Circundados por un atronador ruido mudo que llena una dimensión probable y nos traspasa, nos envuelve y nos abarca, sin que lo sepamos. Es, para que se entienda, como cuando estás en un atasco, rodeado de otros que se sientan tras un volante, pensando. Y entonces lo notas. Notas algo. Y, rápidamente, lo descartas porque nadie nunca en ningún lugar te ha autorizado. Pero lo has sentido: Todos esos murmullos inteligibles, rozando los tuyos, mezclándose e interfiriendo; volviendo posible una dimensión exclusivamente intelectual y caótica. Y un día, un día de diario, una revista científica de prestigio, de publicación periódica, artículos en varios idiomas y revisión por pares, confirma lo que Cooper, con relación a las ondas electromagnéticas, una vez medio-dijo en la Scientific American Magazine.
Multitud de voluntarios en el Monasterio de la lobotomía con frascos anestésicos y billeteras en las manos. Inventores de cascos aislantes. Místicas transcriptoras, coleccionistas de ideas como telegramas al azar. Citas y más citas sin contexto ni autoría. Un mundo de aforismos, de greguerías, de haikús, comentarios crípticos, frases hechas, fragmentos de jingles. Palabras sueltas flotando en una especie de espacio imaginario que ya no es imaginario porque ha sido autorizado por algún magazine



Dmitry Ligay

...porque siempre me pasa lo mismo

En primavera siempre escribías bien. Cada año. Después, o antes, escribías con las mismas faltas, mas sin pizca de inspiración. Las mismas bromas, las mismas quejas, los mismos polvos..., pero sin gracia. Y, de nuevo, abril. Se ve que allí llueve en abril o la fruta madura en abril o ponen 3x2 en tequila, en abril. Algo que hace que valga la pena cruzar un trecho para ir a verte y pasar unas páginas, mientras tú despachas a tus visitas y caldeas el ambiente con bromas educadas y la voz suavita del que parece no entender que estos de aquí al lado también te leen. 




viernes, 25 de abril de 2014

Un niño con un pañuelo

Tiene que haber caminos hermosos,
como los de las postales o las imaginaciones o los sueños.
Caminos flanqueados de tulipanes rojos
y arbustos esponjosos
y árboles sin nombre ni espinas ni caras,
con ramas frondosas y amables,
plenas de hojas brillantes,
que reflejen dulcemente la luz de un sol templado.
Puntos dorados que salpiquen la vista.
El aroma del verde y las violetas.
Caminos intransitados y armoniosos,
donde pises por primera vez la hojarasca
que crujiera bajo tus pies
como una bienvenida.

Tiene que haber caminos hermosos,
sencillos,
como los de las postales, las imaginaciones,
los sueños.

Y tiene que haber muchos.
Y tienen que existir por doquier.
Y, en algún punto entre las flores, los árboles y los arbustos,
debe correr un arroyo
o surgir, de entre dos piedras,
un breve manantial
que sirva a nuestra naturaleza.

Seguro. Los hay.
Tiene que haberlos.
Caminos sin miseria.
Caminos que no den miedo.
Seguro. Tiene que haberlos.