lunes, 9 de junio de 2014

La Veillée

A ambos márgenes del recorrido, flanquean campos de paja.
Imagino incendios terribles allá por el mes de julio. Imagino los pueblos vecinos, deshabitados y lentos. Sitios con fantasmas escondidos en el viento y en los espinos rodantes. En las marañas de paja y briznas de yerba seca que se atoran en las maltrechas esquinas. La memoria de las voces engañando a las tormentas de verano: gritos marchitos y amarillentos. Lugares que ya nadie quiere y que nunca nadie quiso.
Como hay movimiento y vamos hacia el Norte, el paisaje da giros y se sienten los brincos del planeta, del caos y la casualidad y la necesidad. Una cabezada y rocas. Una cabezada y ríos. Una cabezada y pinares, campos de fresas, amapolas, lluvia que salpica mi ventana. Borrosas casas de techos rojizos. Tembliqueante ganado rumiando el verde de un suelo con olas, cielos grises y tráfico rodado. Gotas patinadoras movidas por la velocidad y el miedo. Un cuervo... casi seguro, un cuervo. Árboles altos y frondosos como secuoyas. Algo que parece un lago, algo que parece nieve. Una ciudad. Edificios altos y gente y más gente. Una cabezada. Música y voces. Una cabezada, una manada de gente. Una cabezada, el mar, la parada. ¿Me apeo? Todo es azul y dorado. ¿Me apeo? No me queda otra. Me largan de una patada. Todo es azul y amarillo como un campo de paja bajo un cielo discreto.