miércoles, 9 de agosto de 2017

Stultita

Y así fue como un día desperté.  Sin comas. Es lo que hay recién  despiertas. Dándote cuenta de que todo (y todos) lo que creías conocer era una mierda. Pero no era una retoricidad ni un espejismo... No, era una mierda. Aquellos que pensaron o dijeron en voz alta que eras una brava guerrera u otras sandeces, ahora te volvían la cara. Calvos, pijos, antiguas promesas, amigos de amigos. Gente, figurantes, iguales que todos, te vilipendiaban y ahí estabas tú, haciendo lo peor y dándoles la razón. Y, claro, es que según  se mire, razón  tenían... Tú no eras de este mundo y el que decía que quería cosas de otro mundo,  mentía. Ahora. Despierta a ratos, a ratos despierta, pienso en cómo despellejar a esas mierdas. Pero no... No es legal, ni moral, ni se puede aunque quieras. A lo mejor todos esos payasos, piojos e innecesarios son muy queridos por alguna madre en algún relato del más  allá. Así que no los puedo matar, ni en mis sueños ni en verdad. Son intocables. Son tantos, además.  Es tan difícil desahogarse sin poder patear el culo a los idiotas que por miles van y vienen por nuestras vidas, ¿verdad?

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