miércoles, 21 de enero de 2026

Mi vida sin ti

 Nunca tuvimos complicidad, confianza, simpatía. Cada cual andaba en sus cosas y tuve que hacernos independientes.  Un día me quedé dormida y al despertar no estabas porque me había ido. No noté diferencia, no tuve miedo ni añoranza. Dejé de pensarte y tú,  igual o más, viviste la mejor época de tu vida, fugaz no porque fuese poco sino porque voló por los aires de tantos lugares. Lógicamente,  no lo vi. Yo andaba en otra gloria diferente. Repitiendo con otros civiles el mismo ritual en que me iniciaron ustedes y así hasta hoy, ahorita, escribiendo para nadie y pensando que tantas veces he hablado sola que recuerdo perfectamente las que no. Contadas. Contaditas. Dos, igual tres.

Ahora. Precisamente ahora.  Vas despidiéndote y vuelves. Educadamente. Como si siempre mi vida no hubiese carecido de tu presencia, de tu ser ahí, de tu tomarme de la mano sin motivo de logística y responsabilidad.  Se hace raro tu estar ahora todo el rato en mi cabeza, dentro de mis sueños, en mis horarios, mis conversaciones,  mis planes a corto-medio plazo. Ocupando mi lugar, desplazándome de mi vida. Omnipresente. Amagando la marcha definitiva.

Me hice una casa. De mi estilo. Con mis recursos. Colgué unas sábanas del tendedero, hice un nudo en la alambrada y la entrada se sujetaba con una pinza de la ropa, rosa, en la rama de un jazmín. Olía bien. El suelo fueron mantas robadas de las abuelas, de mercadillos, de las calles los días de mucho viento. Se entiende que no eran muy pesadas, pero al cabo la cantidad importa y así fue quedando un hogar, lejos de ti y de todos. Tan pequeño que a duras penas cabían mi pocas cosas y yo misma. 

No conté con los climas, las estaciones, las mareas. No conté con que algún día pasaría por tu puerta chorreando, muerta de hambre, sin saber dónde ir. Y pasaría de largo.

Por lo que fuese, yo tampoco quería estar contigo. Quizás como reflejo rencoroso de tu desinterés. Ya no te puedo contar esas cosas. No serviría de nada. No estás. Y si estuvieras, heriría, quizás, no sé yo, tus sentimientos. No llevaría a ninguna parte y tu tiempo no es para mí,  para desahogos, para confidencias, para terapias.

Leo epitafios, notas fúnebres. Síntesis de vidas. Vidas en tres palabras. Alegre, futbolero, cofrade. Profesiones destacadas, si las hubiese habido. Adjetivos y más adjetivos. Veo un vídeo por ahí en el que un especialista de algo dice que cuanto menos "adjetives", mejor escribes (parafraseo con rima, mío). Pues vale. Bloqueo y denuncio al ser humano (podría no serlo, ojo), malhumorada por tu ausencia, la de ahora, la de antes y la que se ve venir. Odio al tipo porque te pierdo y no puedo dedicarte un millón de adjetivos.

Me quedo sola. A una hora fatal. Dolorida por mil causas, enferma, aturdida, triste, inflamable. No puedo llamarte para que, te guste o no, vengas a salvarme.

Dicen que se pasa. Que el tiempo todo lo cura. Dicen tantas cosas. Tan inútiles todas.

domingo, 4 de enero de 2026

Círculos viciosos y telas de araña

 ¿Qué os dije yo, eh? ¿¿Qué os dije??

Ni dos días y ya es "el amanecer de una nueva era", la narrativa (palabra del año por huevos) dice que a buen entendedor..., la línea roja nosécuántos tiene agobiado a un perro danés. Los buenos, los malos y los mandados, anónimos a favor o en contra vs. mercaderes apolíticos, viajeros indiferentes y malos amantes (si hubiesen sido buenos, nada de esto habría pasado). Tipos con razón empujando literalmente a tipos con otra razón. Ambos con sus razones, explicadas con la simpleza semántica del verbo poder, que se dice (de nuevo) "narrativa". En el mundo, todos nos hemos vuelto espías de todos. Y problemas de sueño, y repetición embotada, y miedo. Muchos lo que hacen es desfogar como buenamente pueden, a veces, como bestias demoniacas, para aliviar la humillación que supone el mero hecho de existir (gracias, Páyer, desde tu inexistencia).

El tango satánico ya fue. Ahora todos los de la explotación andan bajo la lluvia hacia un lugar en ruinas a ser nuevamente engañados. Lo saben. En las pesadillas de cada uno se unen las palabras como ellos mismos durmiendo en la carcasa de un castillo. Quizás, echen de menos la fonda, donde mágicamente en segundos se forma una tupida tela de araña sobre todas las cosas quietas. No hay arañas. Solo la tela. Y el fondista, como empujando una roca cuesta arriba, limpia una y otra vez cada espacio, cada llave, cada vaso, cada plato, cada cuchara, cada anillo olvidado. Nihilismo entre blancos lenzuelos de neblina y visiones. Y transitan, muertos, por caminos embarrados o miserables ciudades en venta, mientras lo escribe el notario de la memoria.

jueves, 1 de enero de 2026

Alegría a raudales

 Vaya añito nos acaba de dejar, hermanas. Entre redes trenzadas por el odio gratuito, los locos con acceso al botón rojo y los trucos de magia que salen mal, nos quedamos secas, decrépitas, agotadas y, sobre todo, hartas. Amanece un nuevo día, -gris, gélido, con mucha ge para el Mediterráneo-, y desde luego que no es poco, pero tampoco es tanto. Que las casillas del calendario están pintadas por hombres, no por dioses, y hoy es el mañana de ayer y el ayer de mañana. Mucho habría que arreglar para que 2026 no fuese un 2025 algo más redondito. 

A mí, personalmente,  me han matado solemnemente las matanzas, los terrorismos de estado, los unidos y los nuestros, que son una pantomima. Micrófonos y cámaras hasta en la sopa para nada, bolsillos esquilmados para menos, estar a favor o en contra sin más palabras y esa petit "moda" de volvernos a mandar a callar tan ricamente.

Un año, que seguro no es el único, en que las ratas han abandonado el barco. Muchas ratas y muchos barcos.  Y en que las políticas de la globalización y la demagogia han empezado a verle su buen color a años de suavoneo. Supongo que no todo ha sido malo. Hay por ahí gente que ha encontrado un cofre donde acaba el arcoíris y al abrirlo en lugar de monedas de oro, tuvo otra cosa, mucho mejor. Y me alegro. Muy poco. Pero me alegro.

Arde Ámsterdam como arde Suiza como ardió esa casita de Alhaurín allá por el año pasado. No sé cómo hace la gente para no quedarse en la cama el resto de su vida ni cómo consigue enamorarse una y otra vez, cómo les ilusiona peinarse por la mañana y meterse en caravana dando las gracias por haber salido ilesos de las 7 horas en urgencias con su padre con Alzheimer.  Yo creo que saben que podría ser peor. Lo saben sin saberlo. Como pían los pollitos cuando tienen hambre o tiritan los cachorros cuando tienen frío. 

Volviendo a las ratas, tienen gracia nadando. Las veo desde la borda desde la que no me dejan saltar, huir del fuego. Las imagino llegando a una orilla, volviendo a juntarse, buscar calor y comida, mientras nuestra nave arde.

Desastre con mujer de rojo al fondo