Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

martes, 11 de agosto de 2015

Vladimir y Estragon comparten una zanahoria bajo un árbol

Puse todas mis esperanzas en un hotel de carretera. No pudo ir mejor. Desde el primer día, lleno de viajantes que van pasando de un lado a otro sin dar explicación. Así que ahí lo tienen. Un final feliz para variar.
Llaman: "Un vodka para la 117". 
No lo tengo muy claro, pero hago que lo suba la colombiana.

Abajo, más allá del patio, abrimos el café-bar (donde servimos una comida excelente) a la parte Este, que daba a una carretera secundaria y a una explanada usada mayormente por los cabreros. El motivo de este empeño ampliador estrictamente comercial es el siguiente: Siendo este el único local de los alrededores cuando ubicaron el nuevo colegio en la explanada, quedó en privilegio con solo tirar un muro y poner un letrero.

El pueblo había crecido mucho a base del propio esfuerzo reproductor de nuestros jóvenes y más por la gente de la ciudad que, buscando paz, tranquilidad, comida ecológica y cosas de ese estilo, se había instalado por doquier en casitas que salpicaban el paisaje. Fue imperativo hacer un colegio más grande para tanto crío que andaba suelto y sin cultivar, como los cerdos vietnamitas que se crían aquí pero no se puede decir que sean de aquí ni, me temo, se podrá decir jamás.

Una historia comienza con un niño entrando por las puertas de un colegio como otro cualquiera. Un niño como otro cualquiera. Baja unas escaleras. El policía apresura el tráfico que atesta el carril de entrada y da paso al bus escolar. Mira el reloj. Unas madres de apariencia juvenil entran en la cafetería de la esquina como cada día. Ocupan la última mesa, alborotan y toman su café mientras intiman a base de inverosímiles confidencias e inocentes calumnias, secretos y bromas y consejos y consejos y consejos.

De todos los síntomas que anuncian el fin definitivo del mundo, el que más me molesta es la proliferación cuantitativa de cucarachas. Todo dios se la pasaba dando de beber agua con azúcar a las abejas o muriendo fatalmente de hambre y sed en el mundo. Había menos pájaros y mucha basura. Y las cucarachas campaban a sus anchas por doquier.

Eso me recuerda una de las recurrentes conversaciones de las madres del café. Algunos niños, hijos de algunas mujeres y posiblemente ciertos hombres, no tenían apetito. Ninguno. Cero. Otra cosa que se comentaba, y no era infrecuente, eran las noticias diarias de madres que masacraban a sus bebés o padres que los mataban de dos en dos o de tres en tres, u hombres que mataban a sus mujeres y a sus hijos también. Eso pasaba más o se comentaba más o importaba más en algunos lugares. En otros se las veían y se las deseaban para mantener a sus hijos con vida. Pero en la tertulia de diario en el único bar donde se podía fumar y pasar dos o más horas hablando, esto último no centraba las conversaciones. Ni lo de las abejas ni lo de los glaciares.

Entiendo que hay problemas que en la distancia corta se ven y si, digamos, no te quedan cerca pues ni los notas. Eso es así. Por ejemplo, lo de las docenas y docenas de cerdos vietnamitas que además se multiplican retozando con sus homólogos autóctonos no preocupa tanto aquí, claro. Los cerdos vietnamitas prefieren mil veces las zonas boscosas catalanas a las playas, campos de golf, parques acuáticos a reventar de turistas y desiertos donde podría rodar Tarantino su próximo Spaghetti Western.

Tampoco es esto ideal para hacer surf, con lo que nos ahorramos un montón de problemas. Como es bien sabido el surf es un deporte de riesgo que atrae a tiburones. Sin embargo, al ponerse de moda algunos sobrinos e incluso ahijados de mujeres de aquí practican ese deporte para lo que, tras comprarse trajes, zapatillas, tablas, cremas y otros enseres, necesitan conducir varias horas en SUV de seis marchas hasta llegar al menos a Tarifa.

A las 17h todos los niños suben las escaleras de vuelta con sus padres, abuelos, vecinos y así. Pero aquel niño como cualquier otro que entró en el cole lentamente no sale con el resto. Nadie sabe dónde se ha metido. Esperan hasta las 17:45. Comprueban que no se ha escondido, jugando; comprueban que no se ha caído y está herido en alguno de los puntos muertos del recinto. Comprueban que no se les ha ido de modo descuidado con otro de los niños telefoneando una a a una a las madres de todos los compañeros de clase. Y entonces a las 19:04 con la familia al completo allí, la policía, el director, la secretaria y todos los maestros empiezan a ponerse muy nerviosos.

En el lugar, hay campo y caminos y carreteras secundarias, así que se decide hacer una búsqueda masiva. El niño podría haberse escapado. A veces la puerta de la Secretaría se queda abierta. La gente camina mientras habla y habla mientras camina, campo atraviesa, ya a esas horas con linternas.

Al día siguiente, todos en el colegio lo saben y hacen sus cábalas. Mientras, han traído más policías con perros, un helicóptero y han puesto muchos controles. El pueblo se ha llenado de periodistas. El bar lo tengo a reventar de gente y he tenido que contratar a dos primos de Juan, el cocinero, para poder alimentar a tanto galgo.

El padre está con un comisario en una habitación del cuartel de la Torre. A ver si sacan algo en claro y porque últimamente ya se sabe. La madre estaría sedada, seguramente en casa de su hermana.

Montones de desconocidos compartían fotos del niño en las redes sociales. La noticia seguía en primera página, aunque el titular pasaba un poco más abajo y un poco más a la derecha y disminuía en tamaño conforme pasaban los días.

Después, un hombre de 70 años asestó varios hachazos a su pareja. La noticia cubrió la primera página. Había sido la décima mujer asesinada por un hombre (uno diferente en cada caso) en los últimos dos días y, claro, la alarma social exigía más hueco.

Esa tarde, con la señora de los hachazos de cuerpo presente en la capilla de Nuestra Señora del Perdón de Fuencarriles, miles de mujeres salían a las calles de la capital para protestar contra la violencia machista o violencia de género. 

La prensa digital cambió rápidamente su portada incluyendo una foto de unas manifestantes portando un cartel que pedía poner "FRENO a este GENOCIDIO". Estaban visiblemente afectadas. Alguien comentó que un "genocidio" era otra cosa. Pero los gritos no me dejaron discernir la lógica de las respuestas. La gente se enfada mucho cuando pasan estas cosas y es mejor no andarles en esos momentos con delicadezas semánticas.

Casualidades de la vida: varios de los homicidios habían ocurrido en Lérida, donde, salvo que lograsen extinguirla, había nacido una nueva especie fruto del amor, el azar y la necesidad de tener mascotas exóticas y soltarlas cuando pesan cien kilos. Como las toronjas tropicales, los jabalíes-cerdos vietcatalanes eran algo propio, especiales. "La vida se abre paso", que dijo el Dr. Ian Malcom, seguramente pensando en las cucarachas de mi barrio.



sábado, 2 de mayo de 2015

Basado en hechos reales

Durante un tiempo indeterminado me preocupé porque mi sombrero era el más feo. Todos miraban al suelo y sudaban y el ruido lo silenciaba todo. También lo agrandaba. Además del sombrero, también era la única mujer, la única blanca, la única mayor de 40, la única vestida como una parguela occidental de vacaciones y la única, creo, que no rezaba. Estar en cuclillas nunca me ha gustado, ni cuando era una niña y podía sin que las piernas me temblasen doloridas. Siempre he preferido sentarme o, si no queda más remedio, ponerme de rodillas, aunque a mí las rodillas también me duelen, y no poco, al rato. Pero allí todos estábamos en cuclillas. Yo, porque los demás lo estaban. Los demás, quién sabe... por costumbre, imagino, o para poder saltar en un momento dado y salir por patas. Una hora y cuarto después, seguíamos en cuclillas; algunos habían parado de rezar y otros, siempre en cuclillas, iban hacia acá con tazas repartiendo lo que me temí que fuera (y fue) té. Merci, merci, god bless you, dios te lo pague, tesekkular, assalam alaykum, efgaristíes. Di un trago que falta me hacía. Oiga, este, me preguntaba hasta cuando piensan ustedes que habrá que estar aquí, yo, verá, es que necesito ir al baño y estirar las piernas, que tengo reúma, y también, bueno, yo, si no es mucha molestia, con todos mis respetos, querría preguntarles si sabrían explicarme qué está pasando. Yo no sé de terremotos, tsunamis, explosiones de gas y derrumbes de edificios en mal estado, pero nada de esto se parece a nada y desde aquí abajo no se ve y el estruendo es inquietante y poco claro. La cara del que seguía allí mirándome era de perplejidad y entendí que debía explicarme mejor. Eran los nervios, el cansancio, el dolor y la ausencia de conocimientos sobre los protocolos sociales en aquellos lugares entre no nativos y lugareños en situaciones de emergencia. Proseguí hablando más despacio y agachando ligeramente el mentón, tratando de proyectar un simbólico mensaje de respeto y sumisión al ser él un varón y yo, no. Por si acaso. Just in case. Verá usted, no es mi intención entrometerme, joven, pero siento la necesidad de saber qué está pasando. El joven parecía tardar un poco en procesar aquel output-->input, probablemente muy mal emitido. Culpa mía. Además, de verdad, de verdad que necesito ir al baño. Por fin reaccionó. Need to go to embassy. L'ambassade. Votre non garantis ici. Tú aquí no segura. Cela va durer longtemps, femme. Vale, mercy. Y, perdone, una última cosilla, usted por dónde cree que debo salir de aquí. Parpadeé tratando de parecer más indefensa y desvalida y, cuando abrí los ojos, el joven multilíngüe se había esfumado. Cómo, me preguntaba y me sigo preguntando, cómo una criatura humana sin superpoderes, en cuclillas, se pudo mover tan rápido, allí abajo, en medio del surco de gravilla y barro. Aún me lo ando preguntando y aún lo ando maldiciendo. Podría mostrarme más agradecida en mi recuerdo, pues el muchacho se explicó en varios idiomas y perdió 37 segundos atendiendo a una extranjera impertinente y desconocida, pero lo que no puede ser, no puede ser, así que si algún día lo vuelvo a ver y me pregunta algo, lo que sea, le daré solo la mitad de la respuesta y hasta más ver.

viernes, 24 de abril de 2015

El horizonte miope

Un sinfín de motas diminutas flotan sinuosas cruzando mi horizonte miope, como pequeñísimas gotas de aguanieve ligeras decididas a no sucumbir ante la gravedad de mi suelo de piedra, moléculas de existencia desvariando ante mí, el desfile de lo ínfimo. El espectáculo de un desvaído rayo de sol desafiando un día nublado de diario en medio de la primavera. Detrás, el árbol borroso, la grúa borrosa, el borroso eco de operarios y motores. Más allá de todo esto debe estar el mar fundido con el cielo; el color casi blanco, casi ciego. Yo sé que allí hay una torre vigía abandonada, rocas que sirven para medir las destrezas de los niños solitarios, casas blancas y una antigua carretera.
Pocos metros y pocos minutos antes, en la ruta diaria que recorro para hacer uno de mis rutinarios quehaceres, paseo ante un brote rojo de amapolas que precede al cúmulo ya marchito que hace unos días estaba en la otra margen. No siento la sorpresa del relevo de este campo antes blanco de almendros en flor y ahora salpicado de colores efímeros como analogía simplona de los círculos viciosos de la vida y los años.
Las volutas del humo de mi cigarro compiten con las brillantes partículas de los algos visibles. Me alegro de que la araña esté en el otro lado del cristal y me siento a salvo. Una figura de mujer se estira inquietantemente hacia delante en forma de carrito de bebé y el estridente grito de algún pájaro sin matrícula se interpone entre ambos. Los operarios mascullan no sé qué sobre el cuerpo del vertedero y algún aparato de radio resuena en quejidos parlamentarios.
Es una calle curiosa: ricos despreocupados vuelven de jugar al golf y saludan alegremente a los oscuros camellos tatuados de esvásticas que se ocultan por aquí. El vertedero queda como a 20 km; han detenido al vecino del 2ºh; la madre ya está en casa. Por lo visto, hay un periodista de guardia y un repartidor de La Nevera Roja se para y me pregunta algo que no entiendo porque no llevo las gafas. Pongo esa cara que ponemos los miopes y me siento impotente, molesta y atrapada por la sonrisa boba y el balbuceo de todo idiota.
Vecinas en corrillo esperan que me acerque. Yo no me acerco. Asumo que hay cosas que no llegaré a saber. Asumo que no veo y que siempre estaré al margen de todo esto. Y sigo con mi rutina: el papel viejo, el boli prestado, la bolsa de viaje con el pijama y el cepillo de dientes y unas compresas. Sin pensarlo demasiado, poniendo el despertador, contratando el taxi, respondiendo e-mails, dejando las gafas en la mesa.
Imagino un vertedero, como una inmensidad informe de bolsas y deshechos y montañas de tornillos y pañales y olores infestos y casualidades humanas entre restos de muñecos.

jueves, 23 de abril de 2015

Maldita sea mi suerte, maldita mi estampa, maldita insoportable gravedad del ser y malditas letras

Me pasé al lado tenebroso de la fuerza y viajé en primera clase, comí langosta, dormí largas siestas y me deleité en interminables masajes. A veces, me dolieron los pies a causa de los calzados elegantes y las fiestas, pero nada que impidiese, tras un providencial descanso entre almohadas a la carta y las sábanas más ligeras y suaves, disfrutar de mis alturas de esos momentos festivos y leves y veleidosos.
Después, como suele ocurrir, vino un hada a mí en sueños y me recordó que debería escribir, escribirte, escribirlo, escribirnos. Y las estrellas del hotel fueron cayendo una a una hasta quedar en tan mal estado que fuera un B&B destartalado donde despertase para acabar de nuevo en este lado.

viernes, 20 de marzo de 2015

"No me queda otra alternativa que decir que abundan los mediocres", Paco dixit.

Yo no lo conozco a usted y usted no me conoce a mí. En esto, estará usted de acuerdo en que estemos de acuerdo. Como un punto de partida. Como un principio que no promete nada ni niega un futuro ni tanto así un pasado, perfecto o, más bien, no. Así, y hasta este punto, habrá notado usted el ritmo placentero y cortés de mis afirmaciones, en presente histórico, por decir algo.
Yo no sé nada de usted ni de su Jekyll. Ni del mío, en realidad. Es el pacto, la convención, el acuerdo civilizado. Ninguno conoce a su Jekyll, ninguno está en disposición de hacerse responsable de sus actos nocturnos y oscuros, marginales y antisociales. Porque esa es otra, somos sociales, usted y yo, digo. Entes, seres, criaturas que viven en sociedad cumpliendo cada una de las convenciones estipuladas aquí y ahora (nada que ver con las de las demás coordenadas, que no somos físicos nosotros precisamente). Y usted en su silla y yo en mi ruido moderado somos buenos vecinos, prometedores padres, pastantes omnívoros, hijos, esposas, nietos, padres, tíos y primos, sobre todo esto último. Y quedamos, compramos, regalamos, acumulamos y nos quejamos entre risas aquí y allá, mientras envejecemos sin dejar de sentir the soil falling over our heads. Vaya, ya sabe, todo se acaba y no sabemos qué hicimos en nuestras noches hipnóticas, overdosicals, fantásticas. Y por doquier cambio de código y mentiras realmente divertidas, novelas con premios y buenas críticas que no dan para una buena hoguera, el Quijano, el Guiller, Dora y las margaritas, Dorita y las matematicas, faldas levadizas, barcos que valen una pasta, la vida hecha de viajes que nunca usted se permitió blindado en unas ideas basadas en una triste falacia. Oh la argumentación y sus maravillas. Como el rimell que no se corre, como el bótox que no se consume, como el bastón con un pincho en la punta y una petaca en el puño. Tantas cosas que usted debe saber y yo debería admitir saber y aún no sé ni quién es usted ni, menos,  quién sea yo. Y así con una polisíndeton que ya cansa y años que ya bastardean a la luz del mediodía y penas secretas y quejas proliferadas y elecciones a cada paso y casas sin pagar o pagadas mas apagadas, somos usted y yo dos desconocidos que ni ganas, pues el esfuerzo no rinde la ganancia. Así, cuando su Jekill se encuentre con el mío en la noche de la destrucción y los extremismos, no nos reconoceremos en lo que creemos, nos reconoceremos en lo que somos y, al salir el sol, ya por Antequera, ya por Ronda o el puto Vélez-Málaga, nos consumiremos en la absurda normalidad de nuestros Hydes despeinados, confusos y avergonzados, con un punto de maldad ínfima aún en sus ojos ensangrentados, preguntándose cada cual para sí qué demonios hace este cuchillo jamonero en mi mano.

Por otra parte.... hagámoslo entretenido, divirtámonos, seamos sinceros... bueno usted no existe, lo haré yo por los dos. Realmente un personaje de un barrio mediocre, de un sitio sin puertas ni ventanas, donde salir puede costarte el ojo que te queda, tiene el valor de admitir cierta inquietud no animal ni violenta sino todo lo contrario y, tras sentir una vez más que le rompen las piernas, tras ganarse el enésimo mote, la enésima humillación y subsecuente bronca de la madre normal que no entiende ni comprende, escribe en papel del wc un poema precioso, único y tan brillante que nadie cabalmente en el mundo que usted y yo conocemos valoraría jamás, y lo envía por la terraza dentro de una no tan imaginaria botella de Fontbella en busca del Sur y, detrás de él, se lanza así como para salir en un diario digital al minuto y medio.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Del infame y triste Aloc

Hablando de carteras de cocodrilo y zapatos de piel de serpiente, de lágrimas y criaturas que mudan piel mas no costumbres, de tratos y arreglos menesterosos para el resto de la vida, de la política vital del buen karma, de llevar al viejo Salinsky al hospital en pijama, del primer plato y el postre, del perdón y la paz de los justos... Y ecco que por allí resopla, justo cuando hablábamos de ella, creyendo que un día llegó a obsesionar a alguno. Y, en esas, se llega la enorme criatura con su aliento cerca de un gigantesco espejo que algún dios de crueles intenciones hubiera dejado en su camino; de tal suerte que, al mirarse, el animal se ve oscuro y consumido, más parecido al maldito Ahab que a ningún mamífero marino conocido. Y ahí está la criatura enfrente de sí misma, ante su mismísima imagen, confusa, incrédula, vieja, alterada, empalmada ante la cara y el cuello y el cuerpo flaco y alargado y cubierto de trapos negros y un ojo de menos y un arpón en la mano; una mano, que resulta al girar (porque gira) el cuello que es su mano. Debe ser, -piensa-, una broma del destino. Una fatal treta de los dioses que se aburren y no se conforman ya con verme por siempre sufriendo. Y entonces, mientras late el corazón del monstruo con ritmo violento como de tambores que anuncian un inminente sacrificio, una explosión, un final terrible, pasa por allí una ballena que parece de verdad; y pasa -oh, fatídica suerte, luna de cristal- ante las narices del ser de ambos lados del espejo que se le lanza detrás impulsado por un odio y un sentimiento de venganza que no sabe si son nuevos o si es que ya no recordaba, y la sigue y la arponea y la increpa: "puta ballena nueva". Y la lástima de sí misma y el deseo de sobrevivir se disipan en un par de páginas mojadas para que conste que no hay duda de quién es quién en este cuento y en estas aguas.

lunes, 13 de octubre de 2014

"Dormiría mucho mejor si fusilasen a la mujer que hizo una parodia sobre mí", ministra ucraniana dixit, (creo...)

Abdul sobrevivió a la tormenta. Cosas que pasan. Llegó a la costa sobre una pila cadáveres entre los que asomaba parte de la cara de su hermana. Quién sabría si su sobrino estaría ahí dentro aún con vida. La meta de Abdul era llegar a un país donde poder hacerse una operación de cambio de sexo. Era una persona sencilla que sabía bien lo que quería: tenía una meta. Vivía, como por decir, en una misión trascendental y, quizás, fue por lo que Alá (aquí Dios) le salvó la vida. A los demás no debió notarles esa convicción, ese afán, esa necesidad. No habría nadie más en esa patera que no dudase y seguramente todos tenían algo así como un plan B.

La cuestión es que en aquel preciso instante a cientos de kilómetros al norte de donde a la hermana de Abdul le caminaba la cara un cangrejo ermitaño, una presidenta de una comunidad autónoma se hacía lipoescultura en horas de despacho. Junto a ella, la esposa de un exministro, actual consejero de una importante entidad bancaria, se sometía a criolipólisis, mientras las empleadas del "centro médico" les servían solícitas unos tés con propiedades relajantes, dietéticas, rejuvenecedoras y mágicas. Casualmente hablaban de los inmigrantes ilegales y las posibilidades de contagio de enfermedades raras e incurables y la incapacidad de los progres de ver más allá de sus narices (opinión de la una) y/o la falta de cojones que han tenido siempre esos rojos (opinión de la otra).

Más al norte, en una playa bien distinta, un pescador pisaba un pegajoso trozo de alquitrán, que algunos llaman chapapote, del que, según las noticias, ya no había más restos desde hacía cinco años. "Las costas más limpias de Europa" habían dicho en los telediarios de todas las cadenas con inusitada e idéntica parafernalia verbal, como si leyesen todos el mismo comunicado. La cincuentona de La 1, con sus cosas ya en una caja de cartón. La rubia de Tele5, que se parece a la que había antes, pero no, es otra. El calvito de Cuatro que antes, creo, estaba en Canal+ y parecía simpático. La joven de los ojazos y voz potente de la Sexta que parece que te va a dar un cate... Después de maldecir en su lengua originaria todo lo que pudo, masculló el honrado pescador algo significativamente relevante por ser reflejo del bondadoso espíritu patrio en general: "bueno, ¡qué vamos a hacer! Por lo menos por aquí no nos entran los moros esos, que eso sí que es un problema y no esto, que sale con aceite". Y es verdad, un poco de aceite en un algodón y el alquitrán sale sin problema.

Increíblemente (por la coincidencia, digo), al mismo tiempo, en Ucrania, donde no se sabe qué problema no tienen, la ministra de cultura de Lugansk pide que fusilen a la directora y guionista de un corto de animación para adultos donde parodia todo lo parodiable, que no es poco. Queda fuera de la cuestión que, desde que tienen esos problemillas con sus vecinos rusos (los de dentro y los de fuera), ha menguado (mediáticamente, al menos) el otro problema, el de la inmigración ilegal de tránsito, aunque, para ser sinceros y puestos a decir lo que nos salga de las verduras, para mí que a río revuelto... y que si los desesperados de acá y de allá se cruzan el mar en una balsa, de qué no van a atravesar un país en guerra (fría, caliente o templada), con cada cual a lo suyo y sin tener cabeza para un meritito problema más. Y encima con los USA preparando en Turquía la enésima carnavalada...


domingo, 4 de mayo de 2014

keine lust

Estamos jodidos. Del todo. Jodidos. Es, en verdad, y de verdad, una forma muy vulgar de expresar el pensamiento común de todo cristo que, por aquí, cree, y con razón, que hemos llegado al fin y al final de una etapa de mierda y que esto no solo no tiene vuelta atrás sino que, también y además, no tiene remedio en un futuro que siempre fue una aspiración y una esperanza para mejor, o para igual.  
Lo sé porque he consultado a las estrellas y a los dioses y a los santos y a mi tía abuela Samanta que lleva muerta sesenta años y aún me habla. Y todos, toditos, me han dicho que deje ya de preguntar.
La cosa empezó, como todo empieza, con una racha bestial de mala suerte en la que absolutamente cada cosa que decía o hacía se revenía en mi contra para mal, indefectible y totalmente, para mal.
Cojo el coche, me doy una hostia, me ponen una multa, dos, tres, cuatro,...; otra piña, ¿para qué más?  Doy gloria bendita a mis invitados y todos vomitan en mis alfombras, en mis colchas, encima de mí, ¿para qué más? Los dioses han hablado. ¿Floki? Ah, no... En realidad, los tíos llevan hablando desde que existe memoria en la humanidad; otra cosa no, pero hablar, hablan y, en serio, hablan siempre para mal. Igual son varios o son uno, mas por más que ruegue, me acojone y me haga de ellos, todo me sale fatal.
Una vez, en propósito de enmienda, dejo de beber y de fumar y de ir con mujeres malas (de esas que cobran y tal) y decido decir siempre la simple verdad. Vaya desastre eso de decir la verdad. No lo hagan jamás. Al menos pasados los 30, con un trabajo, vecinos, siendo del AMPA y con familia mayor aún viva. 
Nadie quiere la verdad. Te quieren mona, sonriente, enfermita, solidaria, casadita (o casta), mas nada de verdades y menos dichas con la boca de una persona de carne y hueso y experiencias que hacen que una de cada tres palabras sean un hueso duro de tragar. Todo quisque sabe y lo sabe bien sabido. Pero no quiere que nadie se lo recuerde o se lo diga. Estamos jodidos y bien jodidos. 
Hermanas, guarden el secreto y pónganse cremita, porque la cosa no va de LUJURIA, va de mentir y va de mentir bien y estar muy guapas, además.


domingo, 27 de abril de 2014

Cambios en la decoración del país de los cuerdos

Nos hallamos sumidos inconscientemente en una invisible red de ondas de pensamiento ajeno. Circundados por un atronador ruido mudo que llena una dimensión probable y nos traspasa, nos envuelve y nos abarca, sin que lo sepamos. Es, para que se entienda, como cuando estás en un atasco, rodeado de otros que se sientan tras un volante, pensando. Y entonces lo notas. Notas algo. Y, rápidamente, lo descartas porque nadie nunca en ningún lugar te ha autorizado. Pero lo has sentido: Todos esos murmullos inteligibles, rozando los tuyos, mezclándose e interfiriendo; volviendo posible una dimensión exclusivamente intelectual y caótica. Y un día, un día de diario, una revista científica de prestigio, de publicación periódica, artículos en varios idiomas y revisión por pares, confirma lo que Cooper, con relación a las ondas electromagnéticas, una vez medio-dijo en la Scientific American Magazine.
Multitud de voluntarios en el Monasterio de la lobotomía con frascos anestésicos y billeteras en las manos. Inventores de cascos aislantes. Místicas transcriptoras, coleccionistas de ideas como telegramas al azar. Citas y más citas sin contexto ni autoría. Un mundo de aforismos, de greguerías, de haikús, comentarios crípticos, frases hechas, fragmentos de jingles. Palabras sueltas flotando en una especie de espacio imaginario que ya no es imaginario porque ha sido autorizado por algún magazine. 



Dmitry Ligay

...porque siempre me pasa lo mismo

En primavera siempre escribías bien. Cada año. Después, o antes, escribías con las mismas faltas, mas sin pizca de inspiración. Las mismas bromas, las mismas quejas, los mismos polvos..., pero sin gracia. Y, de nuevo, abril. Se ve que allí llueve en abril o la fruta madura en abril o ponen 3x2 en tequila, en abril. Algo que hace que valga la pena cruzar un trecho para ir a verte y pasar unas páginas, mientras tú despachas a tus visitas y caldeas el ambiente con bromas educadas y la voz suavita del que parece no entender que estos de aquí al lado también te leen. 




jueves, 9 de enero de 2014

Navidad en Tony2 (VI)

―¡Ajá!―, dije, jodidísimo.
―¡Te dije que cerrásemos con llave!―, añadió el maléfico puritano.
―Michel, hombre, no seas borde, es un compañero y puede disfrutar de nuestros cigarros y nuestra charla...

Allí estaban los malditos. En una sala divina, diáfana y bien decorada. Un salón de estar con varios sofás floridos de relajantes rosas y beiges y una barra americana con bancas altas que dividían la estancia de la enorme y mejor equipada cocina Plankblaunt. Ellos, sentados en torno a la cocina vitrocerámica con el extractor encendido para absorber el humo de los Habanos, deferencia seguramente de los falsísimos cubanos, se regodeaban en su fumar y charlar y confabularse contra mí mismo. Entre ambos, sobre la vitro, un ingenioso cenicero de Jabba the hutt, ancho, asideros y con tapa. ¡16! Los americanos habían estado aquí, al menos 16 veces! Cuestión interesante que podría ocupar mi mente, ¡si no, estuviese tan ofendido! ¡Oh, Dios! ¡Cuántos misterios te guardas en la manga y qué pequeño me siento y qué ganas de reventar a Michel y escupir a Yuri! ¡Oh!



martes, 7 de enero de 2014

Navidad en Tony2 (V)

Un apretón bestial... Dos apretones, ¡tres! Parto raudo a la Stuxnet. Nadie sabe lo duro que es ser astronauta. Maldito salmón. Jodidos suecos. Mala es el hambre...

Pasadas un par de horas de dificultades intestinales, floto ante la réplica de la Capilla Sixtina y caigo en la cuenta. Ya sé dónde está Yuri. Ya me salen las cuentas. ¡Maldita sea, maldita sea, maldita sea! Me aproximo lo más velozmente que puedo a la base estelar y paso una estancia tras otra, hasta llegar a la #1, el compartimiento de gravedad artificial, la sala de Michel. Tras la descompresión de rigor, me saco el casco, las perneras, los guantes y el tronco, para acceder sin molestias ni estorbos... Y ¡ahí están! Como lo había sospechado. La gran cocina americana, la barra, los taburetes altos, el humo y el olor...
La traición y el deshonor me dejan paralizado.




jueves, 2 de enero de 2014

Navidad en Tony2 (IV)


       Después del salmón, me debatía entre las muñecas taiwanesas y el vodka. Con las manos sobre ambas cosas, me sorprende con sus chillidos el negro pájaro de mal agüero: Michel.
―¡Ladrón! No hay vicio que no tengas...
―Esto estaba aquí abandonado, desperdiciado. No lo querías, era solo la acumulación propia de tu extirpe corrupta. ¿Y dónde has metido el satélite?
―¿Es que ahora no respetáis la propiedad privada? ¿Habéis vuelto al comunismo? 
― ...
―¿Qué satélite? Ya estás totalmente ebrio...
―No he abierto ni una botella, Mikhail, puerco mormón, secuestrador lleno de ira. Solo he tocado el salmón porque me moría de hambre al ser tú el peor anfitrión de la Historia y el más rácano de los luterianos.
―¡No soy mormón! Y tú, lujurioso, perezoso y ladrón, saca tus manos de mi propiedad y no me llames así. Hace mucho que no somos parte de vuestra URSS y bien que os dio igual entonces.

           Las razones no valen nada contra la soberbia, así que no hay discusión posible. Aprovecho que no está Yuri por aquí para no frenarme, y me lanzo a su cuello. Para estar tan delgado, devuelve con fiereza y fuerza los golpes. Sonrío. Poco me gusta más que una pelea. A él, no. Sonrío. Dos directos al gaznate, en el centro, justo donde sobresale esa nuez de pajarraco sin carne. Miro con satisfacción cómo se asfixia. 

―¿Dónde está Yuri?
―¿Quién demonios es Yuri?

          Me desmayo.

          Despierto y no sé cuánto tiempo he estado sin conocimiento. No ha habido pelea y sí que había abierto el vodka. Es imposible una pelea así en gravedad cero; y es imposible asestar dos golpes en el cuello de Michel (ni en el de nadie) con los trajes puestos.
          Me voy, dando tumbos antigravitacionales, a buscar a Yuri... Qué significan los sueños.


Motor antigravítico en una nave (Pedro Gómez-Esteban).



lunes, 30 de diciembre de 2013

Navidad en Tony2 (III)

A las 15:47, aún sin noticias de Yuri y tras una infame discusión sobre el contenido del almuerzo (una alita de pollo sin denominación de origen y una cabeza de 23 gramos de brócoli chino), localizo en el compartimento B-225 de la cabina #3 un arsenal de regalos sin abrir, entre los que destacan:
-25 muñecas inflables made in Taiwan
-35 botellas de Chianti
-18 botellitas de licor de Ginseng
-10 blísters de salmón ahumado escandinavo caducados + 10 botes de mostaza con eneldo a punto de caducar
-14 botellas de Beefeater
-15 botellas de Bourbon procedentes del mismísimo condado de Bourbon en Kentucky (USA)
-135 muñecas surtidas de porcelana y tejidos de alta calidad de toreros y flamencas
-1 mamushka dentro de la que, finalmente, había un dibujo de unos genitales masculinos
-10 botellas de Stolichnaya (¡PREMIO!)

Conclusiones:
1) Bien por los chinos, mal por Michel.
2) Me como el salmón, aunque hubiese caducado hacía 17 años.
3) Inquietante que los norteamericanos hubieran estado allí 15 veces, estando su estación espacial mucho mejor equipada que esta y quedando increíblemente más céntrica... Habría que estudiarlo.
4) Si Yuri no aparece, toco a 10 botellas de vodka para mí solo; después, 15 de bourbon y después 14 de ginebra.
5) Habría que preguntar a Michel por el satélite, ¿no?


                       

domingo, 29 de diciembre de 2013

Navidad en Tony2 (II)

Yuri no aparece por ningún lado.
Michel está recalentando pollo con verduras en el compartimento de gravedad artificial, mientras yo, con disimulo, floto en la cabina #2 buscando licor en cada hueco del cubículo.
Es la costumbre estelar que cada quien que llegue a la estación espacial traiga un presente y nada más apropiado en todas las fechas que una botellita de tal o cual cosa propia de la nación del astronauta visitante en cuestión. Así, como el plasta de Michel es abstemio y nadie en su sano juicio viene para quedarse más del tiempo de repostar o arreglar algún desperfecto o refugiarse de una lluvia de basura espacial que se acerca a toda leche y evitar que te joda vivo, la deducción lógica es que en algún sitio de la estación debe haber un mini bar enorme.
Me pregunto dónde estará Yuri.


viernes, 27 de diciembre de 2013

Navidad en Tony2 (I)

    La Tony2 es la estación espacial de Luteranian, una de las naciones más ricas del planeta Tierra. El espíritu ahorrativo, trabajador y severo de los luterianos convirtió el diminuto Ducado en una de las principales potencias mundiales en todos los sentidos posibles... Son admirables, a la par que insoportables. Y, de todos, el que más, Michel: el comandante, tripulante y personal de abordo de la Tony2, el hombre que ahora yace a mis pies, sangrando a causa de una serie de golpes de los cuales solo me hago responsable de uno, pues el resto (se) los di en estado de enajenación mental.
    Nosotros, Yuri y yo, íbamos en una misión rutinaria: la comprobación anual del funcionamiento de uno de nuestros satélites en activo. Era Navidad, pero el gobierno ruso ni en estos ni en tiempos mejores ha tenido muy en cuenta las necesidades familiares de los componentes de nuestras fuerzas armadas ni, por supuesto, ha dudado de nuestra lealtad, patriotismo y absoluta disponibilidad. Y la verdad es que a mí no me vino mal; ese año la celebración tocaba en casa de mi cuñado: la encarnación ucraniana del Mal. 
     Así pues, partimos y navegamos sin novedad. Dulces horas en piloto automático, mientras Yuri y yo acabábamos de pintar el techo de la nave en una (está feo que yo lo diga) magnífica réplica a escala de la Capilla Sixtina. Y, si bien confieso que la gravedad cero nos había sido de gran ayuda en este y otros menesteres, nuestro flamante fresco dejaría sin palabras al mismo Michelangelo. Todo iba bien, Yuri Kandinski y yo mismo, relajados, tomábamos cada tanto un poquín de vodka al son de la solemne obertura 1812 del maestro Tchaikovsky, mientras nuestros corazones gozaban de un modo que me es francamente imposible expresar aquí. A las 14:21, hora zulú, el piloto automático avisó a la tripulación de que estábamos en el destino. Yuri y yo, de modo algo apático, comenzamos el procedimiento como habíamos hecho ciento de veces, pero imagínense cuál no sería nuestra sorpresa al comprobar que el satélite no estaba. No estaba donde lo dejamos. 
     Dimos noticia por radio a la Base, que no daba crédito. Textualmente. No nos creyó. Se ve que en la voz de Yuri se notaba cierta afectación por el vodka: "Pero las coordenadas no mienten y la tecnología de nuestra nave es infalible". Mas, tras cierta discusión, Base repite: "No damos crédito. Busque el satélite y vuelva en el tiempo estipulado". Y colgaron.
    Francamente, mi patriotismo en aquellos momentos estaba en horas bajas. No teníamos suficiente combustible ni asesoramiento de Base y el vodka se había terminado. Además, quedaba el problema del satélite... Miré a Yuri, trémulo, sabiendo qué tocaba a continuación. No nos hizo falta hablar. Pusimos rumbo al destino más cercano a la ubicación (es un decir) de nuestro satélite: la estación espacial Tony2. 
    Ya al ponernos en contacto con Michel, empezaron los problemas:
―Nave Stuxnet pidiendo permiso para...
―La contraseña.
―No jodas, Michel. Somos nosotros. Nos estás viendo.
―La contraseña.
―No pienso decir esa sandez.
―Bueno, allá usted.
―Michel, abre. ¿Qué ha pasado con nuestro satélite? Seguro que has visto algo...
―La contraseña.
―Hijodep...

    En ese momento, Yuri, a pesar de ser yo mayor por unos meses, me relevó de forma expedita:
―Hola, Michel. Soy Yuri.
―La contraseña.
―¡Está bien! "La Tierra es plana".
―Adelante.

      Tras unos veinticinco minutos discutiendo sobre el sinsentido de la contraseña viendo como veíamos la Tierra y su forma claramente desde allí y, con una inusitada paciencia por mi parte, tener que escuchar una salmodia pretenciosa al tiempo que llena de displicente desdén, cuyo argumento principal era la ridícula afirmación de que nuestros sentidos nos engañan, el que más la vista y, sobre todo, la mía después de que evidentemente había estado bebiendo y... Entonces, Yuri nos paró en seco y logró evitar que respondiese cuatro cosas al puritano, mojigato e hipócrita aquel. Pacientemente, le explicó la situación (como si aquel mamón no lo supiera todo) y le pidió de modo protocolario el auxilio acordado en casos como este, lo que incluía asilo, alimentos y suficiente combustible para volver a la Tierra.
    Así llegamos a la Tony2, la nave peor decorada de todo el universo, sin nadie excepto Michel, el ser menos cooperativo de todas las galaxias, a quien poder recurrir. Sin satélite a la vista y con mi sangre hirviendo a cada despectivo comentario que el luteriano no paraba de lanzar contra toda costumbre humana que no fuese vestir de negro, comer frugalmente, dormir poco y cobrar por todo.



domingo, 17 de noviembre de 2013

La lámpara

Comenzaba el día a una hora indefinida que agotaba de claridad; el sol, tan alto; los niños del vecindario, incendiarios; las ollas, pitando. Comenzaba el día, sin mirarse al espejo ni lavarse los dientes: orinar a oscuras, salir a la sala, colocarse los cascos: allí no hay nada: café recalentado y magdalenas.
En el cuarto, la cama espera deshecha su vuelta. En el pasillo, un largo banco cargado de ropa arrugada. En la cocina, pulcritud y soledad. Un altillo de la entrada rebosa de medicinas, justo al lado de atestadas perchas. Radiohead, 4 minutes. Just like everybody. Se tiende en el sofá. Cierra los ojos. Escucha atenta.
―Debo estar incubando algo, ―se dice, mientras ve manchas pululando tras los párpados cerrados―. No hay resaca que dure tanto.
Es cierto, los dientes apretados ya empiezan a doler. Se incorpora: asoma al ordenador y empieza a trabajar; hoy, extrañamente a desganas, con un sufrimiento agudo y brillante que va in crescendo hasta que no puede más. Las náuseas le vencen: vomita entre el escritorio y el sofá. Salpica ambos muebles y dios sabe qué más. Se limpia con la manga de la bata... Camina encogida hasta la cama, se tiende, alarga la mano y alcanza la botella de agua que vive allí abajo: un litro y medio azul con boca ancha. Bebe, se echa, se duele... Se duerme.
―Debería llamarla, ―parece pensar entre brumas.
*

La puerta cede tras varios intentos. El piso apesta. Nota cómo las rodillas no aguantan su propio peso y eso que ha debido perder al menos diez kilos durante estos días. Camina temblando. Y tiembla tanto que deja de caminar. Deja de moverse, se queda clavada bajo una lámpara oscura que cuelga como un murciélago. Es como un test de Rorschach, una piel de oso, un animal despellejado y abierto flotando en medio de la nada. Qué diseñador loco de mierda haría semejante lámpara. Y allí, bajo un sinfín de connotaciones, recuerdos e interpretaciones, se queda. Allí, se petrifica y se acostumbra al olor a putrefacción, a carne muerta, a fin del mundo. Allí, se olvida un instante de todo y de ella.
Al cabo, la idea de un amuleto indio, la sensación de ser miércoles, de tener hambre a pesar de todo la despiertan. No parece el mismo día, la luz ha menguado; también los ruidos de fuera. Recuerda quién es y dónde está y qué hace allí. Grita de impotencia. No se puede mover, lucha y lo intenta: pero solo consigue caer. Al menos ahora es capaz de gritar, aunque nadie viene. Consigue arrastrarse, cruzar varios umbrales polvorientos conforme el olor es más y más insoportable... Ella ya lo sabe, lo sabía incluso antes de entrar, antes de llegar hasta allí, antes de dejar que pasaran 4 días sin atreverse a ir a verla. Por fin, logra alzarse y moverse y anda encogida hasta la cama, se tiende a su lado, coloca la cara sobre su cabellera, alarga la mano y alcanza la botella. Bebe, se duele, se duerme.


sábado, 12 de octubre de 2013

WELCOME TO SABANA'S VILLE

      Hammer termina de limpiar la Sauer 38 y la coloca en la vitrina antes de salir de la cabaña, 1,90 m., vaqueros negros, camiseta de RaHoWa. Sube en su Mustang plateado del 68, un coche que sería perfecto si no fuera porque la perfección para Hammer  es el 69 (sobre todo si la fuente es Georgia), pero que, de todas maneras, levanta el camino hasta la carretera, dejando una espesa nube de polvo amarillento cuyo sino es caer sobre un asfixiado seto que parece esculpido en granito, como una lápida borrosa que se fundiera con el paisaje reseco. 
      Unos 50 metros y se alcanza el camino asfaltado, carretera secundaria y estrecha donde acelerar. Hammer sube la música buscando acallar los latidos de la bomba que lleva en el estómago. Desde niño, la velocidad le ayuda a calmarse. De hecho, se pasó la infancia corriendo y dando saltos y destrozando objetos de todo tipo a cámara rápida. Su mamá decía a todos, en una especie de alegato de defensa, que era porque ella había tomado montones de ansiolíticos durante el último trimestre del embarazo, pero no era verdad. 
      A Hammer le molesta que los recuerdos se cuelen en su cabeza sin invitación, como si alguien entrase en su casa sin llamar y se sentase a su lado y no parase de hablar. Y el trayecto no ayuda. El trayecto hasta el pueblo no es nada estimulante: una poco sinuosa plancha negra cuyas márgenes son un páramo partido por la mitad, un desierto salpicado de esqueléticos arbustos, donde una gasolinera y, poco después, el embustero cartel de WELCOME TO SABANA'S VILLE anuncian la llegada a un lugar habitado por unas 1500 personas. 
      Al pasar por delante del Drugstore, Hammer se asegura de que Sammy Junior sigue sentado en la banca de madera de la entrada. Está allí desde siempre y lo curioso es que no ha cambiado en absoluto, ni siquiera se ha convertido en Sam o en Sammy Senior. No: sigue estando ahí sentado mirando a ningún lado y siendo Sammy Jr., el negro flaco que se la pasa en la puerta del Drugstore; la única diferencia entre el Sammy Jr. de ahora y el de hace 40 años es una especie de capa de polvo de talco, una telaraña que se le ha puesto por encima y que le hace parecer gris de pies a cabeza. A Hammer le gusta imaginar que un día por fin sale la araña dueña de la tela que lo retiene allí y se lo zampa vivo justo en el momento en que él y su Mustang pasan. 
       Son las 12 y Hammer entra en el Bar, que acaba de abrir y está vacío excepto por Mou, al que todos llaman Gordo y del que no se sabe si es el propietario o solo un barman muy puteado que hace absolutamente de todo. Hammer se sienta en la barra y pide una cerveza de barril y un tequila. Lo toma rápido y pronto se encuentra mucho mejor. Mira el bar despacio. Es un sitio limpio y agradable, el sitio típico con lámparas de techo sobre cada mesa. Huele a beicon frito, whiskie y madera. 
      A las 4 y media parejas de jóvenes llenarán las mesas. También habrá grupos de amigos, familias (pocas) y gente de mediana edad, pero Hammer piensa en las parejas. Mira la mesa de enfrente de su lugar en la barra y visualiza a una pareja: la chica, una belleza delgada, piernas larguísimas, melena suave y rubia (aunque no demasiado: casi castaña) y cutis como la porcelana antes de golpearla, pero no tan blanca. Y la imagina levantándose después de zamparse una hamburguesa con queso regada con una cerveza y acompañada por patatas fritas con ketchup y seguida por una tarta strawberry cheese cake y un café aguado. Y la chica se marcha al baño y se arrodilla ante el retrete y se mete la mano en la boca hasta que no se le ve la muñeca y echa afuera toda la ingesta aún sin pagar. Entonces se dirige al espejo y se lava con cuidado las manos y saca del bolso unas toallitas odorfresh para erradicar el persistente olor del vómito y de nuevo saca del bolso un neceser con cepillo y pasta de dientes y elixir bucal 'tamaño viaje' y hace los honores al dios de los odontólogos y estomatólogos. Y, después, se echa colirio, se retoca el maquillaje, se repinta los ojos y los labios y sale del baño hecha una maravilla. El chico la ve al volver él también del baño, de mear de pie y sin haberse lavado las manos ni antes ni después, y la desea tanto que la besa sin saber que mete la lengua en el sitio por donde un montón de basura acaba de pasar y acaricia su rostro con las manos pringosas de ketchup y pis. 
   Hammer sonríe mientras pide la décima cerveza, esta vez con ginebra. Mou le sugiere algo de almorzar sin éxito: en ese momento a Hammer ya no le golpea el interior y piensa con claridad. Se levanta y se marcha del bar sin pagar. Conduce en piloto automático, haciendo eses hasta la cabaña y deja el Mustang arrancado y las puertas abiertas. 
   Están chillando lo que parecen miles de grillos y Hammer saca la H y mete el cañón en su boca pensando que está mucho más limpio que la lengua de la chica guapa del bar a la que algún gilipollas se estará tirando en un coche japonés recién comprado.




jueves, 22 de agosto de 2013

El don de la cena

Está aquí sin hacer nada, solo meciéndose levemente al compás del viento y observando el baile de las hojas de los enormes árboles que conforman el paisaje que tiene justo enfrente, árboles sin nombre, cada uno distinto del otro por pequeños detalles en los que se sume y por los que se aleja.
Se llama Amanda, mas no recuerda sus apellidos. Se sienta en un sillón de mimbre o en una mecedora de madera lacada, resguardada en la terraza de entrada de un imponente edificio de ladrillo rojizo que está como incrustado en medio de una serenidad de montañas. La palabra que le viene a la memoria es valle. Valle podría ser un apellido, una clave, una sugerencia de sí misma...
Qué hace durante todos esos días y todas esas horas, cuyo escenario cambia apenas, tal y como cambia su atuendo de rebecas de hilo fino o de lana gruesa y vestidos de colores suaves y toreritas. Qué hacen los otros, en otros lugares, con otras vestiduras, en otras circunstancias, sabiendo los nombres de los árboles y las estrellas. Las insignificantes palabras que ocultan el significado de las cosas...
El verano había transcurrido entre una huida de la confusión y el esfuerzo titánico del autor americano llamado Wallace y el asomarse a Oriente con Mo Yan... Mo Yan dejaba testimonio de forma natural y generosa de un tiempo que quedaba atrás calladamente, olvidado y desconocido, cruel como todos los tiempos... No es tan distinto el miedo, el equívoco, el rodeo que unos y otros dan en pos de contar lo que necesitan contar; pero qué distinto el resultado. Y que claro el uno y qué dolorido y confuso el otro, y así siempre unos hombres sobre otros, como escondidos allí mismo entre la sombra de los abetos.
Pero... ¿es esa ella? ¿Es Amanda quien lee y quien piensa, al borde del bosque, rodeada de yedra? Si Amanda a duras penas sale de la mecedora para recibir el don de la cena... Si Amanda no sabe cómo se desviste y no sale del verdor o el ardor de las yemas que surgen de la arboleda... Amanda no morirá preguntándose dónde estuvo ni dónde está, Amanda sencillamente se evaporará... Y cuando el ratón deje de roer el pensamiento, ¿quién sabrá que fue de la lectura ardua y escueta, olvidada y triste, de la muerte y la pena?
Recuerda a Pedro Páramo (porque la muerte siempre es la Muerte) y, después, a Faulkner; la historia de las desdichas de mundos concretos contada de forma genial; así, se aleja de relatos con atisbos de una imaginación frondosa, donde lo fantástico queda destrozado por una prosa cansina y deficiente... Pero ¿qué hay de Mishima? No es imposible traducir con belleza y cierta eficiencia un texto brillante de aquellas latitudes. Toma aliento cada vez con más trabajo; así como llegaba Carpentier, en una voz única y difícil, plena de detalles que resonaba en su cabeza, entonces tan densa, ahora tan llena de lagunas. Y sin venir a qué, anoche mismo, la versión de Menéndez Pelayo de Macbeth. Empieza el baile del viento y las hojas y los ojos de la noche la miran de soslayo en la hora en que lo que se evoca, se solidifica... 
La mujer sale dejando salir con ella un calor doméstico, olores mezclados y un murmullo ajeno al bosque y al lago. Carraspea para hacerse notar, no querría sobresaltarla.
-Amanda, la cena está servida... Hay una sopa de picadillo... para sus manos que están heladas. ¡Y Lubina al horno de segundo! No se quejará, mi amiga; sus manos están heladas... ¿Quién sabe qué trama usted aquí fuera tantas horas con la mirada perdida? Vamos, vamos, ¿es que nunca siente frío? Además, hoy de postre tengo un poco de Flannery O'Connor vívida y destilada... Vamos, Amanda, parpadee, ¡que el hambre no deja atrás ni a las arañas! Una no se puede pasar el día mirando las montañas. Hay que comer. ¡Picatostes, Amanda!  Regáleme una sonrisa, que es lo que merece tamaño banquete... Démonos prisa, que los demás están ya en la mesa y, como no nos andemos listas, se acaban también su plato, ¡que esos sí que tienen hambre!




miércoles, 17 de julio de 2013

There is a light that never goes out

Creo que era en un bar en el Trópico, pero no sé cuál trópico. Yo tomaba cervezas con Morrisey, que hablaba animadamente sin que yo, debido a mi oído cansado y al rumor de las olas y a la estridencia de la música, entendiese una palabra. Siguiendo mi intuición, asentía y sonreía y volvía a asentir, hasta que, por un gesto microscópico tras sus gafas de pasta, noté que no procedía asentir; lo noté, lo notó y cambió de interlocutor. Después me concentré unos segundos. Seguro que fueron pocos segundos en los que pensé en los motivos que podría tener para encerrarme en una concha con vocación de desaparecer. 
Zarpó el barco que llevaba a Madame Zazie a una isla cercana, mientras mirábamos en silencio, algunos ya medio borrachos. Como en una novela de misterios, todos excepto quizás una persona de las sentadas alrededor de aquella mesa desnivelada y maltrecha con rastros de mil visitas, codos, gotas, ecos de uñas impacientes que repiquetean, se dedicaban a portarse de una manera. Las posturas, las sonrisas, las palabras medidas. 
Recuerdo que hablamos de esas películas de los años cincuenta en las que un personaje secundario dice lo que piensa desmedidamente, mientras los demás cumplen con el ritual de ser los personajes que están predestinados a ser. Es siempre un personaje secundario ridículo y vencido por la vida; ningún héroe se presta a derrumbarse ante las cámaras, ninguna heroína se arriesga a despeinarse y mostrar imprudente y ligeramente su arrogancia y su impertinencia. Quién querría ser ese monstruo del que quedaría tan solo un comentario enterrado en algún prólogo de una edición de bolsillo. 
No hubo respuesta. Cada cual se guardó para sí la que fuera su conjetura al respecto y preferimos saltar de las sillas e ir a lanzar piedritas planas a la orilla de la mar llana, a contar cuántas veces rebotaban y ver cómo temblaban las aguas y cambiaba el reflejo de la luna por nuestra causa. Alguien admitió que éramos importantes, que alterar la tranquilidad del mar y la impresión de la luna por nuestra obra y voluntad era trascendental. 
A esa hora todos estábamos lo suficientemente borrachos como para avenirnos con el personaje secundario, las damas descalzas y despeinadas, los héroes desamparados, Morrisey a lo lejos aullando, casi todos flotando en un fondo azul donde los símbolos danzan burlones y desnudos sin intención de significar nada.