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lunes, 13 de octubre de 2014

"Dormiría mucho mejor si fusilasen a la mujer que hizo una parodia sobre mí", ministra ucraniana dixit, (creo...)

Abdul sobrevivió a la tormenta. Cosas que pasan. Llegó a la costa sobre una pila cadáveres entre los que asomaba parte de la cara de su hermana. Quién sabría si su sobrino estaría ahí dentro aún con vida. La meta de Abdul era llegar a un país donde poder hacerse una operación de cambio de sexo. Era una persona sencilla que sabía bien lo que quería: tenía una meta. Vivía, como por decir, en una misión trascendental y, quizás, fue por lo que Alá (aquí Dios) le salvó la vida. A los demás no debió notarles esa convicción, ese afán, esa necesidad. No habría nadie más en esa patera que no dudase y seguramente todos tenían algo así como un plan B.

La cuestión es que en aquel preciso instante a cientos de kilómetros al norte de donde a la hermana de Abdul le caminaba la cara un cangrejo ermitaño, una presidenta de una comunidad autónoma se hacía lipoescultura en horas de despacho. Junto a ella, la esposa de un exministro, actual consejero de una importante entidad bancaria, se sometía a criolipólisis, mientras las empleadas del "centro médico" les servían solícitas unos tés con propiedades relajantes, dietéticas, rejuvenecedoras y mágicas. Casualmente hablaban de los inmigrantes ilegales y las posibilidades de contagio de enfermedades raras e incurables y la incapacidad de los progres de ver más allá de sus narices (opinión de la una) y/o la falta de cojones que han tenido siempre esos rojos (opinión de la otra).

Más al norte, en una playa bien distinta, un pescador pisaba un pegajoso trozo de alquitrán, que algunos llaman chapapote, del que, según las noticias, ya no había más restos desde hacía cinco años. "Las costas más limpias de Europa" habían dicho en los telediarios de todas las cadenas con inusitada e idéntica parafernalia verbal, como si leyesen todos el mismo comunicado. La cincuentona de La 1, con sus cosas ya en una caja de cartón. La rubia de Tele5, que se parece a la que había antes, pero no, es otra. El calvito de Cuatro que antes, creo, estaba en Canal+ y parecía simpático. La joven de los ojazos y voz potente de la Sexta que parece que te va a dar un cate... Después de maldecir en su lengua originaria todo lo que pudo, masculló el honrado pescador algo significativamente relevante por ser reflejo del bondadoso espíritu patrio en general: "bueno, ¡qué vamos a hacer! Por lo menos por aquí no nos entran los moros esos, que eso sí que es un problema y no esto, que sale con aceite". Y es verdad, un poco de aceite en un algodón y el alquitrán sale sin problema.

Increíblemente (por la coincidencia, digo), al mismo tiempo, en Ucrania, donde no se sabe qué problema no tienen, la ministra de cultura de Lugansk pide que fusilen a la directora y guionista de un corto de animación para adultos donde parodia todo lo parodiable, que no es poco. Queda fuera de la cuestión que, desde que tienen esos problemillas con sus vecinos rusos (los de dentro y los de fuera), ha menguado (mediáticamente, al menos) el otro problema, el de la inmigración ilegal de tránsito, aunque, para ser sinceros y puestos a decir lo que nos salga de las verduras, para mí que a río revuelto... y que si los desesperados de acá y de allá se cruzan el mar en una balsa, de qué no van a atravesar un país en guerra (fría, caliente o templada), con cada cual a lo suyo y sin tener cabeza para un meritito problema más. Y encima con los USA preparando en Turquía la enésima carnavalada...


domingo, 27 de abril de 2014

Cambios en la decoración del país de los cuerdos

Nos hallamos sumidos inconscientemente en una invisible red de ondas de pensamiento ajeno. Circundados por un atronador ruido mudo que llena una dimensión probable y nos traspasa, nos envuelve y nos abarca, sin que lo sepamos. Es, para que se entienda, como cuando estás en un atasco, rodeado de otros que se sientan tras un volante, pensando. Y entonces lo notas. Notas algo. Y, rápidamente, lo descartas porque nadie nunca en ningún lugar te ha autorizado. Pero lo has sentido: Todos esos murmullos inteligibles, rozando los tuyos, mezclándose e interfiriendo; volviendo posible una dimensión exclusivamente intelectual y caótica. Y un día, un día de diario, una revista científica de prestigio, de publicación periódica, artículos en varios idiomas y revisión por pares, confirma lo que Cooper, con relación a las ondas electromagnéticas, una vez medio-dijo en la Scientific American Magazine.
Multitud de voluntarios en el Monasterio de la lobotomía con frascos anestésicos y billeteras en las manos. Inventores de cascos aislantes. Místicas transcriptoras, coleccionistas de ideas como telegramas al azar. Citas y más citas sin contexto ni autoría. Un mundo de aforismos, de greguerías, de haikús, comentarios crípticos, frases hechas, fragmentos de jingles. Palabras sueltas flotando en una especie de espacio imaginario que ya no es imaginario porque ha sido autorizado por algún magazine



Dmitry Ligay

lunes, 20 de mayo de 2013

Mi propio personal infierno


No hace falta estar muerto para ir al Infierno. A veces, basta con abrir los ojos por la mañana y atravesar la membrana que te separa de los ríos de lava. Muchos ya habitan en un sitio que excede lo aterrador y cada día y cada noche se enfrentan solos a monstruos en tierras de horror. Algunos ni siquiera están seguros de tener tierra bajo sus pies y, confusos, ignoran lo que pisan, si agua, vapor o barro, sabiendo que las arenas movedizas son transporte a otro nivel de Lo Mismo, un lugar hecho a la medida de miedos aún desconocidos.
Siempre que alguien cree que el infierno que habita es único y suyo, este muta hacia un lugar más terrible, frío y solo, más espeso, oscuro y turbio, con más dolor y más crueldad, hediondo e insoportable desde dentro. Esos que habitan el Infierno en sus corruptas moradas, en las ciudades quemadas, en sus cabezas perturbadas, en sus cuerpos mil veces destrozados, en los países malditos donde moran como seres eternos los que debieran estar muertos, saben que en su propio y personal infierno solo pueden estar en secreto, pues el infierno verdadero es intolerable y ajeno y nuevo y se va descubriendo... Y así como allí no se puede estar muerto, uno no se puede acostumbrar a estar en el Infierno, ya que entonces sería soportable: sería desagradable y molesto y doloroso y estos son adjetivos de la moderación, de la que nada sabe el verdadero infierno. Entonces, si tienes un lugar al que llamas tu propio y personal infierno, entérate bien que no estás ni de lejos en el lugar que te aguarda y que tarde o temprano se abrirá paso entre la espesura de la niebla que en todas las esquinas de las vidas miserables espera, el lugar del que saldrá algo indescriptible que convierte las palabras en velos negros invisibles y que se instalará para crecer y crecer y ocupar todo el espacio incluyendo tu cuerpo y el aire que necesitarías para respirar y, una vez dentro y por doquier, explotará.

domingo, 19 de mayo de 2013

La escoba del sistema


La literatura debe mover montañas, crear montañas y moldearlas hasta formar algo que podría ser un mundo nuevo, que podría no serlo, que podría parecerlo o no parecerlo, pero que sin duda es. Si planos de ficción se mezclan, enredándose entre ellos, tensando las cuerdas, imbricándose los unos en los otros como planos tridimensionales que encajan como mamushkas, mientras algo como una música suena y desvela un secreto íntimo e inverosímil e inexactamente expresado por las notas que van calando los párpados, y aparece entre las sombras un contador de cuentos, se abre el telón y una historia comienza. Una línea se percibe cada vez más nítida en la estructura entretejida de miles de líneas. Una destaca, como si la corriente eléctrica fallara, como si la electricidad y el calor se concentrara por alguna razón en ella. Por alguna razón. Todo parte de una anomalía. Todo comienza por alguna razón desconocida, olvidada, escurridiza. Así de inespecífica y absurda es la vida. Ahora él está en el final de una historia de AMOR, la quiere acabar, la quiere dejar, la quiere cerrar... ¿Cómo deshacerse de Lenore? El amor de su vida, la mujer perfecta... ¿Cómo deshacerse de ella? Si ella se resiste a dejarse, si ella rehúsa ser un personaje, no se deja manipular... si le obsesiona ser un personaje hasta el punto de oponerse a todo. Y además él la hizo tan perfecta, tan deseable, tan inaccesible... 
Así nace Lang, así su pasado en común, así un mundo tras otro todos compartidos y relacionados: Jay el psiquiatra y la conspiración de la bisabuela Beadsman, la retorcida relación de los ancianos desaparecidos y el negocio familiar y, de nuevo, el psiquiatra y una vez más la voluntad de acabar con la relación de R.V. y Lenore. Así aparece Mindy y se desvela el pasado humbertiano de R.V. que ahora es impotente, inseguro, y recuerda a todos a un escarabajo pelotero, en contraste con Lang y sus ojos verdes y su ocasión de volver a empezar y elegir un nuevo camino, otro camino en lugar de la vía Metalman (quién no querría, qué hombre no ha deseado volver a un punto concreto de su vida y tomar una decisión distinta, probar una ruta alternativa pues aquella por la que optó le trajo a un presente siempre y en todo caso desdichado, un presente tan absorbente y deprimente que le niega cualquier posibilidad de un futuro). 
Y de fondo, un GOD (Grand Ohio Desert) que es el germen de la Concavidad (véase La broma infinita) que es la montaña creada por voluntad de un hombre, solo posible (¿o no?) si cedemos a la coyotización. Un GOD que simboliza la posibilidad del hombre de alterar el medio natural: expropiando, maquinando, creando el juego de las políticas fantasmales. Un desierto que ha de devolver el espíritu de Ohio a los aletargados y acomodados paisanos, ajenos ya a un pasado glorioso y heroico. Un GOD cuyo destino es, cómo no, ser algo turístico, comercial y blando, un centro lúdico atestado de turistas, excursionistas y autobuses, ridiculizado por la masa extremadamente rutinaria, mansa y complaciente. Absolutamente patético y, desde luego, lo contrario de siniestro. El sentido del humor de DFW.

Y Vlad el Empalador y la bisabuela y toda la teoría wittgenstiana como una metáfora útil sobre la teoría literaria y la circularidad del proceso y el eterno retorno como posibilidad de fondo, el proceso creativo y la autoconciencia de estar haciendo y ser ficción.... Y de nuevo Vlad hablando y repitiendo y hablando,...
Al fin, con el GOD como escenario la historia de AMOR se deja terminar. R.V. consigue acabar a Lenore, acabar a Lenore y a Lang juntos. En un último exceso, de regreso al edificio inverosímil donde la historia se había estancado, todo ocurre. Entre las sombras del edificio Erieview: una sombra densa, anómala, simbólica, extraña y omnipresente, una sombra que cada día barre toda la realidad del edificio Bombardini, a través de la que observa R.V., aparecido de la nada, ahí despidiéndose, observando, mientras todos los personajes insustanciales y una Lenore ya totalmente difusa, y un imposible cúmulo de situaciones absurdas van acabándose las unas a las otras, hasta sencillamente no estar. Ya no hay relato, ya no hay sistema que supere a los individuos. Todo se ha evaporado. Todo menos R.V. y una preciosa Mindy que parece más dispuesta a cooperar como personaje, una Mindy cuyas piernas brillan en la oscuridad, una Mindy que provoca el deseo y anuncia una recuperación de la hombría de R.V., una Mindy a la que R.V. promete "contarlo" pues es un hombre de... ¿palabra(s)? 


sábado, 11 de mayo de 2013

Sion Sono: Cold Fish


Se lo pone difícil la imaginación de los límites al triste mundo de la ONAN[i] y sus países satélite y culturalmente afines. Por aquí, hace tiempo que todos lo hacen todo con una conciencia absoluta de estar en la plaza pública donde cada quien que asoma juzga al vecino de manera implacable, y como si de ese juicio dependiese la continuidad de la especie. Esa es la principal causa de que vivamos una gran mentira y de que para soportar mirarnos al espejo tengamos una violenta necesidad de algún tipo de droga que puede ser trabajo, sexo, chocolate o solo un poco de ginebra barata. Adictos a razones, al orden, al desorden, a una sensación de control, a una sensación de libertad, a una sensación placentera, a una máquina tragaperras, a una o varias putas bien formadas.
En este mundo habitado por vegetales que se esconden de la luz, solo unos pocos logran hacer algo que da igual y al mismo tiempo se salva. Algunos que no piensan que estar en un mundo-espectáculo es una presión añadida a la mera falta de ganas, a la barriga llena, a la acumulación y el despilfarro; y se resisten a hacer cosas solo porque te las van a pagar y entonces idearlas de manera que gusten a la masa, que normalmente es de un previsible que da náuseas.
La historia de Cold fish venía hecha. Estaba dada por cómo son las cosas pues esta historia ya ha pasado. Contarla sin piedad era más difícil. Y Sion Sonno ya abundó (Guilty of love) en la sutil necesidad de algunas mujeres de ser libres a través de la sexualidad, de estar confusas entre el fingimiento y la sumisión y el loco deseo de romper todos los papeles que se le han asignado. Y es posible que sea un asunto cultural de determinadas coordenadas pero la contención y la decencia, la fórmula del ser bueno y actuar según los cánones de lo que una conciencia colectiva aprueba está tan viva aquí como en cualquier lugar. Y esas ellas pueden ser el detonante de toda la violencia con la que un desdichado como Syamoto salpica y mancha de sangre la pantalla.
Así, del choque entre un hombre naturalmente bondadoso, presuntamente leal y cuerdamente débil y un hombre que ha traspasado todos los límites en pos de la satisfacción de sus deseos más animales nace el verdadero mal. Si el viudo que briega con la hija adolescente, mimada y descerebrada; si el viudo que confía en el amor de la joven sucesora de su esposa muerta y vive como todo el mundo y es tan normal que su vida no tiene mácula ni tan siquiera cuando sueña; si este viudo, digo, duerme y tiene pesadillas, sus pesadillas nunca serán tan terribles como su propia estela al traspasar el espejo donde asiste a la ruptura con la creencia de dónde empiezan y acaban sus propios límites.
Los hombres somos un saco medio vacío que se va llenando de arroz, declaraciones de la renta y películas, de noches de teleseries y paseos por el parque con hijos en carrito. Un saco que en el fondo alberga algo que el propio hombre desconoce, un poso de deseos incontrolados, de orgullo y de arrogancia que, dependiendo de quién, está más o menos contenida. Y si ese poso se adereza con la visión inesperada de una realidad infernal que puede ser una masacre, un atropello o los capítulos inenarrables de una guerra, si ese poso es removido con la cuchara de la crueldad o con un enorme palo de metal y reflejos de sangre y corrupción y trozos de la propia miseria, ese poso se eleva, sale del saco, lo llena, lo colma y resbala en forma de espuma de cerveza, ese poso lo es todo, es un veneno alado, es el hombre que golpea e incendia y la mujer que se prostituye, corrompe y muere o mata, y es la madre o la hija de los desesperados suicidas que, ante el espectáculo grotesco, se sacuden el polvo y siguen como si nada.






[i] Véase La broma infinita (David Foster Wallace).

martes, 4 de diciembre de 2012

No es este un mundo para la nieta bastarda del Jorobado de Notre Dame

Por motivos ajenos a mi voluntad, ando explicando la formación de palabras en lugar de hablar del mucho más interesante tema de la deformación de palabras. Pero no es este un mundo para la nieta bastarda del jorobado de Notre Dame. Y así, ocupando mi tiempo en cosas banales, en cosas que hago con empeño pero sin ganas, en cosas que me permiten ganar algo de pasta, veo la luz y aclaro algunos términos del contrato que alguien, por poderes, firmó en mi nombre el día en que me escupieron a este basurero llamado Mundo. Oigo una voz cavernosa que me dice que entre un montón de dinero y la Verdad, entre un montón de dinero y el Amor, entre un montón de dinero y Dios,... no hay dudas en la elección. Y ahí, paro de escuchar. Tomo mi cuerpo flaco y lo llevo al congelador en que se ha convertido mi terraza, fumo para dañar mi integridad y mi salud y mi apariencia y me dedico a leer el destino de los tiempos en la forma de las nubes, que es la profesión para la que yo venía predestinada. Hace un frío de cojones. Las nubes están espesas y aisladas, sus límites como pocas veces marcados, la leyenda más clara que el I Ching en sus mejores días como de aquí a Júpiter y volver, e ir y volver, e ir y volver infinitamente. Diría lo que he visto y mis predicciones, así, gratis, porque sí, pero hoy no me da la gana, a lo mejor lo digo mañana. 

lunes, 3 de diciembre de 2012

La agonía de Pobre Tony


Pobre Tony acaba reventando en la parte de atrás de un vagón de metro, rodeado de sus propios excrementos, tras tragarse su lengua, en pleno delirium tremens, después de semanas de vivir en un WC, después de semanas de degeneración y dolor.
Antes de ello, Tony sería un niño; después, un adolescente amanerado y, al cabo, un hermoso joven totalmente extravagante y gay. En un momento indefinido, Tony -como todos por aquí- necesitaría darle un sentido a su vida y no tuvo tiempo de pensar, se topó con la felicidad cuasi gratuita (por la falta de esfuerzo, digo), la felicidad brillante que todo lo compensa, el amor, la ebriedad, la consecución de los deseos conocidos y desconocidos, el brillo de la verdad, la música y la poesía, la amiga y la amante, y la buena cocina, y la cama perfecta. Y Pobre Tony se hizo asiduo a varias sustancias. Podría haber sido solo una. Podría, y su suerte habría sido la misma, si hubiera sido solamente alcohol. Pero no. No fue una, sino varias sustancias las que dieron sentido a su existencia. Y, por momentos, Pobre Tony sería como un rey de la noche (o, más bien, una reina) y, por momentos, sería terriblemente egoísta. Y se sentiría bello y perfecto y fuerte y joven y completo. Y crecería en sí mismo de felicidad y, disimuladamente o no, se cerraría a los demás, pues los demás no son necesarios (aunque no son, tampoco, prescindibles; son, digamos, accesorios) cuando tú y las sustancias formáis un todo con sentido y se supera el insoportable vacío de la existencia.
Y Pobre Tony lograría superar su vacío durante un tiempo cada vez más corto, y comprobaría que, cuando vuelve a la normalidad, el vacío es aun más profundo, más negro y está más vacío, y no solo es angustioso y desesperante y asqueroso, sino que ahora es terrorífico de verdad y cada vez se hace más y más insoportable, no se puede soportar, no es tolerable ya; y llega un momento en que puede ser enloquecedor enfrentarse al vacío. Después, el vacío lo llena todo y acaba por ser la única cosa real.

Seguramente, D. F. W. reconoció la subida a la completa felicidad, la ausencia de miedo, la comprensión de sí y de todo, el descenso más arrastrado por los infiernos de la humillación, e imaginó una muerte lenta y dolorosa como un larguísimo proceso de congelación desde dentro, millones de cuchillos de hielo entrando y saliendo.

Reconocer todo ese sufrimiento y meterte en él, acostarte con él, levantarte con él, mirar a los ojos al horror y, después, salir a la calle y ver las luces navideñas que acompañan fingidas capas de nieve en los portales de los centros comerciales donde enormes carteles de LED  verde cantan a la unidad familiar, al tiempo de hogar, al consumir como dar. Y cantan al amor y a la paz y a la esperanza. Y la intermitente defensa de los clichés debe debatirse en el fondo, como un deseo desesperado de creer en algo asible; aunque, después de haber paladeado la verdadera amargura, después de haber digerido la agonía de Pobre Tony, después de haberse sumergido en ese pantanoso mundo real y haber visto cómo son y serán las cosas de verdad, los clichés no sirven de nada.
Y ver acercarse al monstruo y reconocer la enfermedad e, incluso, intuir cómo sería toparse en mitad de la nada con la Abstinencia. Y aun comprender que hay pocas alternativas al vacío... Dan ganas, no digáis que no, dan ganas de sacar de alguna parte unas fuerzas animales, unas fuerzas irracionales, destructivas, sobrehumanas, ira en estado puro que lo tire todo abajo y bañe de escombros ese mundo de colorines y campanillas; actuar de un modo apocalíptico e irreversible, aunque solo sea irreversible para ti, aunque solo sea apocalíptico para el que en ese instante se cruce en tu camino.

jueves, 15 de noviembre de 2012

In between days...

Porque perder puede ser un motivo tan bueno como ganar para festejar..., celebremos que no hay nada que celebrar, que nadie perdió ni nadie ganó, que nadie nació ni nadie murió, que nada cambió, que nadie cambió, que las palabras siguen teniendo el mismo valor, que los hombres siguen teniendo el mismo valor. Que el visceral teclear del ordenador te recuerda el glorioso pasado de la máquina de escribir de tu infancia (si es que tu abuelo fue Hemingway).
Y si a ti te posee la inspiración y el licor, todo es digno de celebrar. Que ayer hubo algo así como una fiesta y unos dicen que tal y otros opinan que cual. Y los que creen nadar contracorriente y aquellos que se saben mejores, distintos, más fieles, más lindos..., se sientan al lado de Napoleón en la sala del televisor del hospital de la Santísima Gracia, sito aquí a la vuelta donde sí que hay talento a espuertas. Que la mayoría no sabe usar ni los refranes, que casi todos pierden pelo y que lo único que va a más con la edad es la pereza. Que algunos son locos a secas y otros son obtusos y no se enteran: oyen pero no escuchan y cuando escuchan, más valdría que nadie lo supiera. Celebremos la mediocridad y el miedo y el fracaso y la estupidez, la ebriedad y la incompetencia, la autocomplacencia, la autosuficiencia, la automedicación, la locomoción, la emoción de ser estúpidos y la broma ontológica de que hasta los más hijos de puta (sí, he dicho "puta") pueden ser padres y profesores y gobernantes y gobernadores. Cuántas cosas para celebrar y qué poco tiempo, ¿verdad?


miércoles, 25 de abril de 2012

Por Nel y por mí


Mientras las autoridades desbarran, nubes negras se ciernen sobre nuestro cielo y todo parece haberse tornado oscuro e incierto, trato de escribir algo que mantenga un aspecto de optimismo. Porque hace mucho tiempo que no lo hago. Porque no quiero poner en tu muro un trozo de tristeza que haga del mundo un sitio aún peor.
Pienso entonces en el momento en que, tras un día de locos, egoísmos y situaciones ridículas, he visto cómo los alumnos tomaban la Facultad. Pienso también en que toda la sensación de desencanto se evapora al leer un cuento de mi hijo de 7 años al volver a casa; en el momento mágico en que me asomo a saludar a Venus que se pone cada noche frente a mi ventana como diciendo “yo no voy a cambiar”. 
Me embarga la tranquilidad. El hogar acalla las voces chillonas de la crispante realidad: me pongo cómoda, leo algo, acuesto a mi niño-futuro espléndido- y regreso a mí, para ver que no hay nada de cierto en todo ese malestar. 

viernes, 13 de abril de 2012

Lobos con piel de cordero o De personas "non gratas" va a estar lleno el mundo en 3, 2, 1...


No hay que desestimar el poder de las palabras: ni por asomo un acto de violencia o una acción, cuya valoración pueda ser falseada por los medios de comunicación al servicio del sistema y/o del que más paga, será más claro que una declaración como la de Günther Grass. De las reacciones o la falta de ellas de unos y otros se ha puesto en evidencia un torrente de miedo que es el que gobierna el mundo, y no solo el occidental. Cada palabra escrita por el poeta tiene sentido y valentía y no encierra nada que todos ya no supieran y algunos ya habían dicho. La intención, además, trasciende al ataque de las mentiras conocidas y silenciadas, pues es un mensaje de paz.
La diferencia y lo que ha despertado el malestar o la algarabía de unos y otros (que evidentemente no saben leer) es que lo dice Günther Grass, un premio Nobel, alguien cuyas palabras van a ser escuchadas por muchas personas. La repercusión de algo dicho por una persona de reconocido prestigio intelectual es algo que temen los que tienen algo que ocultar. El siguiente paso es silenciarlo mediante las interpretaciones bastardas y la difamación.
Lo que ocurre a continuación es peor. La falta de interés del común de los ciudadanos de occidente cuyos gobiernos acogen las mentiras y las miman y alimentan como si de un bebé enorme de sus mismas entrañas salido se tratase. Hace unos días esto fue un arrebato mediático. Después se ha comenzado a olvidar. Ha dado lugar a unas tertulias anoréxicas y al hablar por hablar de siempre. El mismo tono para esto que para las declaraciones del entrenador de un equipo de fútbol.
Coincide que en este tiempo ventoso, amparados por una crisis económica que —quizás— ellos mismos han creado y magnificado, hay un “recorte” de las libertades que incluye, por supuesto y principalmente, la libertad de expresión. Y no es nada que nos sea ajeno pues por aquí ya se empieza a bajar la voz para decir determinadas cosas.


A la capacidad de relacionar cosas diferentes por algunas circunstancias parecidas lo llamamos analogía. Hagamos un ejercicio y asimilemos estos hechos con los que nos rodean en nuestra rutinaria y pequeña vida. No estamos sordos ni ciegos. Podemos aprender a decir lo que debe ser dicho y sin más armas que las palabras justas veremos el mundo cambiar, o al menos los lobos con piel de cordero se mostrarán.


lunes, 9 de abril de 2012

Los sinsabores del verdadero policía



¿Qué demonios es Los sinsabores del verdadero policía?
Yo creo saber lo que no es. No es una novela, no son una serie de relatos, no es justo para Bolaño que hayan destripado su disco duro pero... gracias.
Para cualquiera que haya leído los cuentos de Bolaño, sus Detectives, 2666, Amuleto,... es una pista más de lo que podría haber llegado a ser y no fue. Y no fue, porque sabía que se moría y porque quería dar una forma verosímil al puzle inacabado de su gran proyecto que no llegó a ser pero que está.
Los Sinsabores podría haber sido el título de su obra mayor, aquella que tiene como centro los crímenes de Sonora y cuya amplitud abarca personajes de otras latitudes y otras épocas y que lleva a Santa María la triste y salvaje imposibilidad de luchar contra el mal. Eso es, creo, aquel proyecto ambicioso que habría ocupado miles de páginas. 
En Los sinsabores del verdadero policía tenemos unas pistas más: el pasado de Amalfitano, el desdibujado principio de Lalo Cura (que ya conocíamos por algún relato de los leídos y releídos en  Putas asesinas) y sus mentores, la terrible realidad en que un hombre por bravo no está predestinado a cambiar el destino de un lugar que podría ser cualquier otro.
Nadie que no sea lector adicto de Bolaño gaste su pasta en esto, pero, a pesar de mi inicial desprecio por los editores, yo he sacado algo en claro. Una idea, una perspectiva, una intuición de lo que trataba y a punto estuvo de hacer Bolaño. Lo tenía todo preparado, pensado, estudiado. Pero la muerte tocó a su puerta. Lástima.

jueves, 22 de marzo de 2012

Hastío y esperanza

Escribir sobre nada, pensar nada, comer y vomitar, consumir hasta el hartazgo y la somnolencia. Grandes siestas, todos dormidos, encerrados en la cueva. El hombre apedreado. El estado de las cosas. El estado del hombre acobardado que vegeta.
Necesitamos despertar, renunciar al banquete, al desvarío del consumismo idiotizador. Del televisor y las telenovelas. De los best sellers y su mensaje. Publicidad y pestañas más largas. Bolsos y absurdas polémicas. Propagandas del sistema.
Cuando no discernimos dónde está el camino sin mácula, estamos tan perdidos que renunciamos a nuestra humanidad. Y cómo hallar el camino en medio de la falta de dignidad humana. En el pasillo de iluminación artificial donde la corriente engañosa nos hace pensar que estamos al aire libre recorriendo un camino. Sin un ápice de curiosidad, con las manos atadas.
Con los ojos vendados, no habrá mirada nueva. Y necesitamos una mirada nueva.
El pecado de hoy es la pereza: nos conformamos, nos engañamos porque es más fácil dejarse llevar.
No obtenemos conciencia de lo espiritual, incapaces de pensar, educados en la mediocridad, hiperespecializados. Alejándonos de una visión completa, se nos idiotiza, se nos convierte en un rebaño manejable y encantado de haberse conocido. Y cuál es la respuesta ante la poca exigencia de los que nos gobiernan: el agrado por la facilidad con la que se nos regala la ignorancia.
Está “de moda” ser vanos, superficiales, chillones, ambiciosos. Todo se justifica si se triunfa, lo que se traduce en ganar mucho dinero. Purgamos nuestra culpa además siendo falsamente solidarios. La lágrima fácil del culebrón, una vulgar y breve pena por la desgracia ajena. Un comentario en el patio de vecindad. Anécdotas.
Necesitamos parar. Tener la mirada atenta contra la dosis diaria de noticias insignificantes. Informaciones que no revelan nada de la realidad. Confusa y contradictoria, la pasarela de la vida que acaece fuera se nos desdibuja en la mente tras ver una buena dosis de televisión. 
Necesitamos ser conscientes de que la propaganda y la publicidad son solo eso: propaganda y publicidad. Vivir esos mundos de alteridad nos impide luchar contra la falta de ética y nos atrae a la indolencia: ¿Qué más da lo que les pase a los demás?

Necesitamos una mirada nueva. Una mirada amable pero implacable, una ardiente pasión que nos mueva. No quiero vivir tanto tiempo. No deseo una estéril vida longeva. Quiero vivir. Vivir la pasión y el entusiasmo de una mirada nueva. 
Esperanza. Lucha y entusiasmo.
Necesitamos con urgencia girar a ambos lados la cabeza y observar lo que ocurre a nuestro alrededor. Con la energía de la fe en una humanidad efímera pero verdadera.
Si llegase algún loco, algún poeta. Si el sitio de los hombres justos floreciera. Si una voz se elevase para contar una historia eterna. Recontar las estrellas, los mitos que dieron nombres a las elevadas praderas, a las cumbres nevadas, a la marcha hacia un sistema de ideas, caótico pero con sentido. Un nuevo orden, que girase en torno a las personas. Para conocerlas y comprenderlas.
Una mirada justa, sanada de la enfermedad de avaricia, nihilismo, codicia salvaje y aspiraciones insustanciales. Algo se salvaría, algo volvería a su lugar sobre esta tierra.

martes, 31 de enero de 2012

Fuente: georgia. Alineado: justificado

Hoy han sido varios los castigos, y yo como una niña he acabado llorando. No hay decepción más grande que saberse desamparado de uno mismo. Sin la fuerza necesaria para seguir sin dudar, sin sufrir, sin pestañear. Mañana plantaré cara, plantaré un árbol, ¿empollaré un huevo? y simularé una fuerza que no tengo. Ahora estoy aquí derrumbada entre los restos de las crueldades. Convertida en lo que más detesto: una víctima. Otra vez, una vez más. La falta de sentido de este mundo lleno de escollos. El minucioso protocolo de absurdos y la falsa democracia, la falsa libertad, la falsa falsedad de aquellos que miran para otro lado sin más ni más. 
Iba bien, fui con mi niño a comer en el jardín detrás de los despachos bajo un sol de bendición: un breve picnic, abrazaditos en un banco, mirando el Jardín botánico. Subíamos las escaleras planeando imposibles viajes, desaparecidos de horarios y colegios, desaparecidos de telediarios y calendarios. Mientras, yo sabía que no podría ni siquiera sacarlo del cole sin que pegasen a mi puerta un par de vigilantes del sistema que me amenazaran con quitármelo. Pero, a pesar de todo, de la mierda burocrática de renovar carnés, pagar impuestos, rellenar currículos, asistir a mil entierros, bautizos y comuniones; a pesar de esto, digo, iba bien. La barriga llena, el cuerpo caliente, la risa del niño feliz. 
Pero la escala de paranoia y el aroma del mundo en que nos toca vivir se abrió paso al fin y todo recobró su lugar y se hizo claro.

Si te distingues, estás estigmatizado; si te vas, serás perseguido; y no hay modo de escapar o perderse; como no te alistes en un ejército invisible de mercenarios, y vendas tu alma, no te moverás y aun así sabes que ficharás, rendirás cuentas y el ojo vigilante contabilizará cada bala, cada suspiro, cada mirada perdida. 
Te quedas y sonríes mientras miras escaparates y gastas lo que ganas en tristes sucedáneos de vida. Te quedas y los demás asienten con la cabeza complacidos por tu digna conformidad, ejemplo ejemplar, buena madre, buen vecino, ciudadano ejemplar, buen perro, siéntate. Te quedas y te hipotecas y te haces un lifting, o visitas a la tía de la prima de tu abuela para contarlo en la iglesia. Te quedas y copias el modo en que hablan los otros padres, los otros profes, los otros otros. Te quedas y llevas un corte de pelo, unas gafas, un abriguito de Zara, un libro bajo el brazo. Te quedas y hablas en susurros. Te metes en una nevera. Te jactas de pasar desapercibido mientras el mundo muta y quien se señala corre riesgos y además cae en el ridículo de creer en el sentido de este mundo de payasos alterados, fantasmas que van de puntillas, y malos de opereta que gritan entre aspavientos para nivelar la escena. Todos y cada uno de los resortes, tornillos y tuercas, cada uno de los muelles del mundo que nos empuerca, cada tú y cada yo que estamos aquí perdiendo el paso, atufando, un pelele sudado, una vieja marioneta que se oxidó en un cajón, un grotesco número de la seguridad social...

Voy a seguir llorando.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Astillas

En la determinación de Larsen, en su sueño y sus planes, en los de todos ellos, no hay nada más que decisiones y cambios de opinión. Llegar a un lugar, tras mucho caminar, y darse la vuelta sin más ni más antes de rendirse, antes de pensar. Llenarse de esperanzas un día. Desear vengarse al otro. Renunciar a la venganza al cabo.


El astillero (Luis Pérez Ortiz)
Todo es confuso, todo es tan verosímil que no parece real. La literatura no sabe de no ir a ninguna parte, de desesperar y recuperar la esperanza, así como un niño llora y se consuela. La vida se crea como una suma de trazos, de principios y finales, de historias que llevan un curso: como si nuestras vidas fueran tan naturales, tan precisas, tan acordes con la geografía como un río.
Tan solo, no hay historia más pueril que la del suicida que encuentra sentido a todo, nada tan fantasioso como una mujer perdida, nada más tranquilo que un muerto recién amortajado.
El resto... el resto no existe hasta que no se cumpla. El resto es casualidad, torpeza y voluntad. Juego y más juego revestido de verdad, de mentira, de piedad, de humildad, de crueldad. Todos los disfraces que puedas imaginar. 
Sí, no van a ningún lugar, no hay más final que la tumba porque lo demás nos lo hemos inventado nosotros para fantasear. Y no digo que no existamos, digo que no importamos; y no digo que no ocurran cosas, digo que lo normal es que no ocurra nada y los ríos desemboquen en el mar y el cadáver salga a flote sin más. 
Otra cosa es que pongamos el punto y final aquí o allá.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Tras leer y padecer: no hay vida después de Onetti



No me queda aire. En su juego se queda todo el aire. El aire que le obsesiona, que le persigue, al que persigue. Que trata de desvelar sobre los objetos y a través de la respiración de mujeres fracasadas de grandes pechos; voluminosas, glamurosas exprostitutas. Jóvenes violinistas ansiosas de aventura, mujeres extrañas, manipuladoras, obsesionadas, sinceras yonquis. Aburridos hombres insignificantes, pobres observadores, que encuentran la vida en el aire de una habitación. Paladean un momento. Un momento de lucidez que igual fue un espejismo, un sueño, un error, que se les va y tras el que salen como si todo el castillo de naipes que es su vida dependiese de ese poquísimo aire.
Dalí me habla del aire como elemento pictórico y Onetti pinta su cuadro extraño, escena sobre escena, hombre sobre hombre, sobre hombre. Mujeres al fondo junto con el río y la ciudad. La ciudad inventada del todo y a la que aun así se puede llegar.
La vida no es solo breve, es irreal, es como un sueño, es apenas un sueño. Lo sé bien. Yo confundo mis sueños con la realidad cada día. Te lo conté. Te lo he contado todo. 
Nada que no se pueda soportar. La gran confusión, el hartazgo, el deseo nítido y loco de vivir más y de verdad. El simular que estás muerto por el puro deseo de estar más vivo.
Todas las renuncias de Brausen, su vida arrastrada como por la corriente del río que empuja cierta fuerza enemiga que él no podrá controlar, salvo si fuera un dios. Y eso hace: se ve como un dios, mata a Brausen, nace Arce, un ser mal hecho, borroso, hijo de un dios en prácticas y que no llega más que a emular al personaje. Porque la vida es un sueño y Brausen ansía despertar y como un Segismundo que odia con fuerza después se amansa y deja de odiar. 
Es más real Díaz Grey, más hombre de verdad y al tiempo el gran pelele de Lagos. El tramposo, el embaucador, el embustero, el traidor, el encantador, el que, cómo no, en un tiempo breve devendrá el envejecido fracasado.
Al fin, es la historia de un lugar. Un sitio que no existe donde van a parar los personajes y las personas para lo mismo. Una ciudad donde todos andan de la mano de su barrio, del reloj, de la mujer oronda y los niños que le atan, o la prostituta que los embelesa y a la que desprecian. El tiempo y la ciudad que transcurre como el río que la cruza como los habitantes que la pueblan, sin culpa y sin falta a la mediocridad y el contraste de lo burgués con lo demás. El tiempo del hombre de mediana edad que no sabe quién es y cuál es su finalidad. Que se sale del camino: enloquece, sin ser él  mismo el detonante de esta rebeldía, de esta fantasía, de esta determinación de dejar de ser una marioneta.


miércoles, 31 de agosto de 2011

Siempre fui una egoísta y no lo supe. Tampoco era tan feliz pero sí más que después cuando ya todo me preocupó para el resto de mi vida. El día que nació mi hijo cambié en eso y en todo. Sigo enamorándome. Sintiendo celos. Amando como loca. Luchando como loca. Pero ahora, además, miro a ambos lados antes de cruzar la calle. No por miedo al dolor del golpe, del atropello y de la extirpación. Sino por miedo a no estar el día que él me busque y me necesite. Es solo por él que a veces sobrevivo a cosas letales, a palabras que vienen como espadas, a silencios, al vacío, a la nada.
Pienso hoy que quizás deba comer mejor, no beber, no fumar, dormir más. Para que me coja fuerte y sana el día que sin duda llegará. El día de su fuga, de su encarcelamiento, de su hacerse de una secta. Un día que siempre llega. Acaso una ventolera venga y se lo lleve lejos y solo tendrá mi palabra que lo aliente y la necesitará. Ese día quiero pensar que estaré de su parte, ante todo. Que recordaré mi infancia, mi adolescencia, mis errores, mi humanidad. Pagaré fianzas e hipotecaré mi casa. Te diré adiós aunque después me crea morir de pena cada pequeño instante que me pare a pensar. Lo sacaré del agujero y lo salvaré para que siga solo, para que por fin me olvide y tenga su mujer, sus hijos, sus problemas y su vida. Ya entonces y solo entonces tendrá sentido morir o quizás vivir de nuevo únicamente para mí.

jueves, 7 de abril de 2011

La elocuencia del silencio

"Torturados y asesinados"



La elocuencia del silencio. Baja del cielo lentamente la oscuridad y el silencio. Una pena inmensa recorre el Océano Atlántico y se deposita y reparte por petroleros, cruceros de lujo y barcos de pesca. Queda en islas desiertas, rocas en medio de la nada. Como si del desierto se tratara, el mar cambia su fisonomía y las olas ora enormes ora diminutas, no dejan orientarse por el paisaje. Sin embargo, la pena sabe buscar, sobrevuela hacia el Este miles de kilómetros sin necesidad de oasis ni remansos de paz. Bajo nubarrones negros que presagian tormentas magníficas y devastadoras que amenazan con la explosión última que hará tábula rasa y nos pondrá a todos en el mismo lugar.
La pena llega. En forma de noticia, de comentario, de carta, de llamada telefónica. Siempre inesperada. Llega al primero que encuentra, como la Parca que deambula ociosamente por doquier y caprichosa elige sin razón ni motivo un quién y un cómo para cubrir su misión diaria. El cupo de la muerte.
Cómo debe ser eso, cómo debe ser vivir, ser padre, en México o en Colombia. Y cómo debe ser eso de morir acribillado a tiros tras ser torturado. Detalles sin importancia. 35.000 muertes violentas, --sentencia el periódico--, de tal a cual periodo. 9000 cadáveres sin identificar. 5.000 desaparecidos, con familias que temen lo peor, cuyas 5.000 madres, padres y hermanos o hijos van olvidando, yendo a sus trabajos de 12 horas, caminando para ahorrarse los pesos del autobús. Avejentados, entristecidos, aletargados. Aquí los gritos de rabia y dolor subirían hasta el mismo cielo; allí a duras penas se reclama justicia, venganza, explicaciones. Muchachos de 17 años, asesinados en plena calle; niñas de doce desaparecen cada día para no dejar más rastro que el de una zapatilla tirada en el camino o una hermana pesada que acude al comisario cada dos meses a preguntar. No me imagino cómo debe ser la bolsa de plástico en la cabeza, ser asfixiado para ahorrar balas, no puedo figurarme siquiera cómo los cadáveres no pueden ser identificados por los familiares y se entierran sin lápida ni nombre en fosas comunes. No entiendo cómo se toleran 5.000 desaparecidos y un panorama desolador donde jóvenes comunes y corrientes no pueden salir a pasear sin poner en riesgo su vida que allí, por cosas que no entiendo, vale mucho muchísimo menos que aquí.
La elocuencia del silencio. En nuestros noticieros, en nuestras conversaciones, en nuestras preocupaciones. En nuestros sindicatos y nuestra crisis, en nuestro no llegar a fin de mes. La pena llega a Europa y pasa de largo, dejando un atropello con fuga y dos enfermos de cáncer en estado terminal, subida de hipotecas y miles de parados, ruina económica, estado protector apoyado en la magia salvadora de la economía de la UE.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Ponle título tú, si quieres

Cuando la política consiste en adular a la masa consumidora, obtusa, contante y votante, todo se vuelve turbio.

Esta semana he pasado de rellenar formularios y más formularios de los que depende cierta subvención y que consisten en dar cuenta de las actividades que se llevan a cabo en plataformas virtuales; en cómo, cuándo y con qué "herramientas" he planeado una asignatura, si esta está en el Campus Virtual; detalles, más detalles: cómo, qué, por qué, cuántos, cuándo.
También, claro, es pertinente explicar si he publicado algo, sea o no de interés para mi "labor docente", sea o no de interés (y punto). Y es que se impone publicar, publicar, publicar; publicar cualquier cosa: se valora de modo cuantitativo no cualitativo.
Se hace evidente, aunque nadie lo dice, que todo esto es un chantaje: si no publicas, si no colaboras, si no haces nuestros cursillos, si no haces "méritos", no te damos la acreditación, no te subvencionamos, no te concedemos la beca, etc., amparados en el término "calidad" y la palabra mágica "innovación". Si con la pasta que dedican a proyectos de innovación docente que reinventan lo habido (y no lo por haber) se hiciera algo útil, otro gallo nos cantaría.
Mientras evalúan a los profesores mediante parámetros falseables y que solo sirven para entorpecer nuestra tarea ahogándonos en papeleo, los alumnos de 1º se hacinan en un aula donde la profesora les enseña una Historia que no quieren aprender.
Yo pensaba que el Grado sería una adaptación realista a las necesidades del momento: grupos pequeños, enseñanza cuidada; tutorías y contacto con el alumnado; dar confianza y motivación: ayudarles y ser compensados con su interés. Verlos entender y crecer. Darles una guía y dejarlos comprender, porque si están ahí es porque quieren. Dignificar la Universidad y obligar a que algunos se renovasen y atendiesen a su profesión que hay mucho caradura y mucho vividor, y poquísimos trabajadores y luchadores que hagan esto por vocación de mejorar el mundo.
Pero, no.
Los que fueron los primeros defensores -acérrimos- del grado son ahora vice-esto de nosécuántos y vice-aqueso de noséqué y -qué cosas- se dedican a asentir con la cabeza mientras se mete a 140 donde tendría que haber, como mucho, 50. ¿Hola? ¿Y la calidad? Los desdoblamientos y las tutorías me suenan ahora a cachondeo. Corregir un trabajo semanal de 140 alumnos y darles un trato en condiciones así no es posible. Hubo la oportunidad de hacer dos grupos pero "no se financiaban". Claro. Todo lo gastamos en evaluaciones de la titulación, cursillos de sobre cómo rellenar un CV (sí, hijos) y financiación de proyectos de innovación.
¿Todo, entonces, era para la foto? ¿Para que lo que el grado y Bolonia significaban quedase en el papel , sin ninguna intención de llevarlo a cabo?
Encima los jóvenes no cooperan. Los más de ellos. Y así no hay quien crea en el futuro.
Le dicen los de Arte a B. (y me dice I. que ya viene del Instituto) que no quieren estudiar Literatura, que eso no es lo que necesitan, que no están aquí para eso. Y no sabemos cómo consolarnos mutuamente. Estos tienen suerte. Una suerte que desperdician de un modo infinitamente torpe.
La cultura no interesa a nadie. Los alumnos vienen (se les adiestra para ello) buscando una salida laboral. Todo lo que se salga de la estricta especialización profesional está fuera de lugar para los malenseñados espíritus posmodernos tan banales e insustanciales.
La mala educación va entrando por las puertas de la Universidad y viene de la mano de una reforma educativa hecha por políticos inútiles, asesorados por pelotas y cuya solución para todo es bajar el listón...
Aquí, como en casi todo, cuando algo no funciona, no hay reflexión sobre cuáles son las causas del fracaso ni -quizás- un intento sincero de darles una solución razonable que implique el esfuerzo de todos. Lo que ya, de camino, abriría la puerta a la responsabilidad individual y colectiva en todos los problemas que nos atañen y tan graves son. No, aquí la culpa siempre es de otro. Nadie recapacita sobre lo que podría hacer sino sobre lo que los otros no hacen o deberían hacer o no hacer. Y si algo no nos va bien a corto plazo, no dudamos en tirarlo abajo y levantar uno nuevo, más caro, más aparente. Y vuelta a empezar de cero.
No nos movemos.
Y, desde luego, no son solo los políticos y sus mentiras, y esta destrucción como fórmula mágica en manos de alquimistas ignorantes.
Algunos jóvenes se topan contra muros menos pasajeros. Ahora, dependiendo de la suerte, tienen que padecer a quienes no adaptan el temario a los requisitos de la titulación y el curso que "enseñan", con la mente más en afianzar su puesto de trabajo (publicar, opositar,...) que en cumplir razonablemente con su obligación de profesores. Tienen hipotecas, hijos y preocupaciones, lo sé; pero no somos oficinistas, reponedoras de supermercado ni trabajamos en una fábrica de Donuts.
De algún modo, tendríamos que dejar de ser corporativistas. Pero esto, decir esto, esta mera afirmación está mal vista.
La sensación es de un pesimismo agobiante y una decepción asfixiante. Estamos perdidos del todo. Nuestros políticos son unos ignorantes y unos cutres que van solucionando problemas con parches, y además prestan atención a los problemas equivocados (y me abstengo de decir nada a este respecto, que podría). Tal como lo veo yo, hacen el caldo de cultivo a los aprovechados y a los trepas y matan las ganas de hacer las cosas bien de quienes -cobardes y llenos de deudas- nos sentamos a observar cómo nos adentramos en una sociedad sin norte, y sin más deseo que el de enriquecerse, comprar la enésima gilipollez y tener una Visa Oro.
Medimos a nuestro semejante por la ropa que viste o por el coche que conduce. Medimos a las personas. No las escuchamos cuando tienen algo que decir.
El único reducto pensante de la sociedad esta consumista y endogámica que hemos heredado era la Universidad. Con sus defectos y sus virtudes, con su ser obsoleto, anticuado, lento pero -al menos- seguro. Y ajena o no a los alumnos (podría ser discutible), no ajena al conocimiento, a la cultura y a la superación del ser humano.
Ahora el pensamiento independiente, el individuo crítico está acorralado y moribundo. Dentro de unas lamentables décadas, esto será el campo de cultivo de hiperespecializados e ignorantes. Que solo saben del tornillo que les toca apretar y no quieren saber nada más. Esperando a su cheque a fin de mes para gastarlo en lo que diga la TV en ese momento. La primavera llegará cuando lo diga El Corte Inglés y algunos tendrán mejores coches, y sus hijos irán a colegios de pago y a universidades británicas mientras aquí la gente votará a quien diga Antena 3.
Decidme que me equivoco.

lunes, 17 de enero de 2011

Experiencia

Observo las intimidades y fantasías de otros que como yo tienen sus blogs atestados de palabras. Con una intención. Sin ninguna intención. No lo sé. Yo solo leo. Me suscribo a sitios que ofrecen la etimología de la palabra fascismo. La palabra del día. Atorrante. Voyeur. Sé que en la Patagonia hace frío, que los gobiernos abusan, que los jóvenes se enamoran. Que tú adoras la poesía. Que Sayak es una luchadora. Que el capitalismo es gore. Que existen millones de cuadros que no he visto y millones que no veré. Que jamás podré recordar todo esto.

La experiencia lo es todo, escribió Bolaño.
Si quieres escribir, tienes que tener experiencia, haber vivido, haber ido a la guerra, haber caminado por ciudades y haber absorbido el espíritu de aceras y puentes, subir muy alto para ver el color de los tejados de la parte vieja. Oler la podredumbre, pasar frío, sentirte solo. Hacer el amor con muchas mujeres y muchos hombres. Experiencia.
Yo tengo una ventana. Ya lo he dicho. Un agujero en la pared de mi casa por el que fisgar, mirar, observar, espiar. Tengo libros subrayados. Tengo muy poco tiempo.
Acaso podría hablar del dolor. Describir durante quinientas páginas cómo es una deshidratación, una punción, dar detalles de la sensación física de la inflamación de algún órgano. O quizás podría contar el viaje en el ascensor cada mañana.
Una vez vi un buitre morir. Me perdí en Katowice, con más frío del que pueda soportar alguien del Sur. Abrí una cuenta corriente en Carlisle (Pensilvania). Creo que salvé la vida de mi hermano cuando tenía nueve años. A veces, me falta el aire cuando recuerdo los ataques de asma de mi hijo. Atropellé un poco a un nazi una noche. Nada.

Puede que haya que recurrir a la observación cuando la experiencia es insuficiente o la memoria se ha borrado. Hay vidas o compendios de vidas.
Mis vecinos son como hormigas. Van al súper, hacen la compra, sacan la basura, tienden la ropa. Yo solo miro. Intuyo que las amas de casa se aburren. Cosen, planchan, cocinan. Preparan cenas de Navidad y dan meriendas. No lo sé cierto, solo me lo parece. Cada seis meses, en el hospital, veo enfermeras atareadas, con prisas, disimulando mal su antipatía, impacientes. Médicos sin piernas que firman recetas y apuntan en papeles mientras te hacen muchas preguntas y no te dan ninguna respuesta. No hay respuestas, esto es así. Vecinos, enfermeras, médicos, alumnos y profesores, madres e hijos.

Vivo en una caravana, en una cola de la seguridad social, en la sala de espera del especialista. En la desesperación de una cuenta atrás, observando cómo los demás reaccionan ante las malas noticias, ante las obligaciones desbordantes, ante la mirada de piedad de los que allí estamos.

Tengo impresiones confusas o de apariencia diáfana; claras intuiciones que no sirven para nada. Mi experiencia se limita a un recorrido diario de carretera. A un día de verano. A lo que veo desde la ventana de mi despacho con la calefacción puesta. A lo que leo en el diario. A lo que me cuentan. A mis pocos viajes.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Geodesia o De por qué parece que algunas carreteras las trazó un árbitro de fútbol ebrio


Y algunos se preguntarán el porqué serpenteante de esta carretera de cuyo nombre no puedo acordarme. Yo también durante algún tiempo en mi lejana juventud me pregunté tan obscura cuestión que despertaba en mí inquietud y ansiedad. Y finalmente encontré una respuesta. Un guapísimo aunque algo confuso estudiante de Ciencias me informó recientemente de que la distancia más corta entre dos puntos no puede ser una línea recta ya que el espacio-tiempo esta curvado; por lo tanto, todas esas carreteras llenitas ellas de puntos negros, curvas y cambios de rasante, que recorremos cada día plenos de felicidad, aunque reconcentrados para no estamparnos, están en perfecta consonancia con el espacio circundante, con el Universo; en armonía con la madre naturaleza.
Nosotros, no.