Ahora no puedo, porque estoy gozando cada palabra de Moby Dick, y me da igual lo que piense usted. La "pérdida" de tiempo es hermosa. También es inevitable. Recuerde que esto es una cuenta atrás. No nos pongamos optimistas. Esto viene a que tengo mil cosas entre urgentes y muy urgentes que hacer. Entre básicas, importantes, necesarias y esenciales para nuestra supervivencia, obligadas por ley no escrita.
Un buen día, después de resistirme lo mío, volé por los aires, me hice trizas contra una perla, desperté sin querer, perdida la memoria, la dignidad y otros cientos de cosas intangibles. La única recompensa por haber resucitado fue la lectura desordenada, ordenada, religiosa, ritual, compensatoria (esto es para el tipo de los adjetivos, al que sigo detestando; me temo que detesto muchas cosas y a mucha gente).
Lo deje donde lo deje, a la mañana siguiente vuelvo a "Llamadme Ismael", ese "Call me Ishmael” tan pequeño y grande, y leo un poco cómo este llega a un punto, ese punto, en que mira la tienda de ataúdes como quien mira un escaparate de trajes de novia (¿sabría ya que uno le salvaría al final?). Ya después sigo un rato más, hasta que estoy lista para meterme en el barco yo también. Por suerte, desde mi cómodo estar bajo techo y sentada o tendida en mullidas superficies primermundistas, vuelvo donde indica el marcapáginas. Y desaparezco. Me esfumo. Me olvido de usted y de todos. Inexisto (palabra necesaria y quizá inexistente, hasta ahora que la inexistencia es no estar ni ser ni morir ni estar muerta).
Y, claro, no puedo. No puedo atender obligaciones, ir a reuniones, hacer 15 minutos de yoga, cocinar, poner lavadoras, preparar clases, charlas, entre otras actividades inminentes que requieren preparación. No puedo levantarme y dejar lo que estoy haciendo para lavarme la cara y echarme mil sérums y cremas efectobótox ni cepillarme los dientes ni hacer la cama (porque casi siempre sigo dentro). Vestirme para estar vestida. Lavarme para estar lavada. Peinarme para estar peinada. Porque es lo que hay que hacer. Por si suena el timbre y me da por abrir. Improbable. Pero nunca lo sabremos porque nunca ocurre que suene el timbre.
Desconecto. Porque, en esencia, conecto completamente con la ira y la obsesión. La siento. Me lleno de ella. Yo también voy acumulando "un loco sentimiento místico de compenetración y el infinito agravio de Ahab" se hace mío. No es una ballena es la perla gigante contra la que me deshollé. Atrás. Vade retro. Mientras Queequeg se afeita con un arpón pido comida por teléfono. Siento que, al ser polinesio, podría ser mencionado en una comunicación. Las islas del pacífico son todas más o menos nuestras para este caso. Él, el cabestrante, las drizas e incluso el dulce esperma de ballena. Llegan los noodles antes de que el carpintero acabe su ataúd. La mano blanca acude en ayuda de la negra sin que una sepa lo que hace la otra ni tenga menos miedo ni más cordura. Los noodles están de muerte. Deben tener más de 50000 kcal y me arrepiento en seguida de no haber sido más como Ismael y sobrevivir en palabras.
Gana la blanca y gigante perla, ballena blanca, idea de monstruo, representación de la maldad y lo sobrenatural, el invencible eterno. Gana porque hace lo que tiene que hacer. Gana porque el otro pierde. Gana, en el fondo, porque es inmortal y los hombres vamos a morir y porque lo suyo es perder (el juicio) o, solo y por poco tiempo, vivir para contarlo.
Y eso
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