Resultó que era sábado y era una corriente de aire y un gato negro okupa que no me deja acercarme, porque es un capullo desconfiado y muy gato. Y baja el día de cualquier manera, robando vida, rápido y cabrón el tiempo, que me toca ya merendar y aún no cené. Menos mal que es otoño. Menos mal que no estoy sola. Menos mal que, al final, no morí del todo.
Hay una esquina contra la que siempre me doy. En la frente, además. Una esquina que está maldita, que es, seguro, Virgo y se hace la útil por dar paso a un salón donde estoy media vida.
Hay también una mesa, una de madera, redonda, con sus cuatro patas la mesa, llenita de papeles, porque la vida se cuenta en papeles, y en otoño los puedes ir tirando al suelo con las manos para ver caer las hojas y eso es romántico lo veáis o no.
Y hay también un momento mensaje que responder. Y un vídeo con una canción medio de amor un poco borderline (o no, que es discutible y lo sabemos), una obra maestra de un grupo de verdad, con talento de verdad que deja a muchos en la cola de la cola de la cola de la mediocridad.
Y tienes ahí justo tres minutos y 45 segundos tan arte que vas cual niña y respondes con él al mensaje de ese alguien. Y te das cuenta, caes, paras mientes... Hacía siglos que no enviaba a un alguien concreto una canción.
Y recuerdas qué es eso de mandar canciones para no tener que usar palabras, que todo lo lían y confunden, además de tener el peligro de hacerla a una rodar por la cuesta del ridículo.
Y mañana, igual, volvemos a vernos e, igual, nos cogemos de la mano. Y preguntaré, quizá, por la canción, que da mucho gustito, que viene con su vídeo que es el directo de hace mil con la carita y la pinta adorable de R. S.
Y ya que es otoño y se nota porque las tardes son naranja y el sol está perezosísimo y no sube, no pienso dejar clara mi parte del mensaje. Que vendría a decir: "Hola, soy viejísima, esta es la mejor música del mundo y si no te encanta, suelta mi mano de inmediato. Y, por cierto, me gustas mucho y por eso esta canción y no otra". (A lo mejor no soy tan viejísima).
Y casi que me dejo llevar por el aire hasta el balcón, para oler el jazmín y ver la puesta de sol imprimida en mi fachada que se dora cada tarde y ya, de paso, saludar (de lejos) al puto gato, mientras pongo en bucle la canción.
