Suena un maullido dentro del bolso. La compra. Llega el lunes, de 15 a 17.00 h. ¿Estará ella ya muerta? ¿Estaremos aquí o en el velatorio? ¿Quién le abrirá al repartidor? Buscas la opción de cancelar por defunción. Pero puede que aún estemos así, y no hay leche ni papel higiénico, ni cereales de chocolate para los niños. Estaremos en la misa. Porque quizás haya misa. Estaremos aquí o en el tanatorio del pueblo. ¿Qué quería ella? ¿Lo diría antes de no poder ya hablar? ¿Lo sabrá alguno de los otros dos miembros de la familia? ¿Y por qué no lo sé yo? ¿Es una opción preguntar? Esas cosas se preguntan, supones, en condiciones normales, supones. A gente normal con quien no dé miedo hablar. O a ella misma, si hubiese querido hablar del tema. Maúlla el bolso, de nuevo. El metotrexato. Pasas. Llevas pasando desde hace... puede que dos meses. Del metotrexato, del dolquine, de las vitaminas. Has perdido la cuenta, pero la acumulación de cajas en el botiquín te delata. Cajas que habrá que llevar a reciclar (o lo que sea) a la farmacia. Y ya bajar las pilas gastadas que voy echando en un jarrón desde que nos mudamos. Se hará. En algún momento. Cuando todo pase. O no. Porque quizás no pase. Nunca. Igual no sabemos que estamos estancados, atrapados así, para siempre. Que vendrán miles de compras, se acumularán cientos de miles de cajas de dolquine y pilas contaminantes. Cambiarán estaciones. Volverán los mosquitos, las hormigas, el sol no apto para lunares, los veraneantes y los parientes de veraneantes. Y después, de nuevo, el curso, que comienza en plena ola de calor, que aumenta cada año por delante y por detrás. Todo ocurriendo mientras seguimos en eterno ínterin. Suspendidos en silencios. Esperando la hora de ducharse y salir y aparcar entre dos enormes coches imposibles y salir para cruzar la avenida, para subir una escalera con gente en pijama fumando. Sentir la mirada del primero de los cerberos, cuyos ojos paran en la tarjeta cogida en la chaqueta. De tus ojos al pase y vuelta. Y subir en ascensores con otros desconocidos. Y parar en la 5ª planta. Y pasar un casting que requiere llamadas, permisos, cejas que lo desaprueban. Conseguir, como en un videojuego, vencer esa pantalla y entrar en el túnel donde, si fueses Sandra Bullock, te vestirán para salir al espacio y apretar un tornillo de la nave, en gravedad cero, a vida o muerte. Si pasas ese pasillo, vuelves a ser tú, con unas protecciones sobre tu vestimenta, te acompaña un uniforme azul y una coleta como el péndulo oscilante de un reloj de pie. Efecto hipnótico. Gracias. Media hora. Gracias, gracias.
Suena el maullido. En el bolso, en el bolsillo del pantalón vaquero, en la mano, en la mesa, en el cabecero de la cama, en el hueco para vasos del coche, encima de la mesa donde como, en el lavabo mientras me cepillo los dientes, en clase, en la calle, en una terraza, en la silla mientras me baño.
Tengo una inmarcesible imagen de ella tomando del brazo a mi hijo, al mayor. Sonríe, como es ella, sin excesos. La mirada entre feliz y tranquila. El niño está mirando a cualquier lugar, sonriendo como sonreímos nosotros con todo el cuerpo. Es una imagen como de foto de perfil para la eternidad. Y está detrás de mis párpados.
Sueño con gatos asesinos, adiestrados para abrir la puerta y colocar la compra. Sueño que suena el teléfono, el tono que trae de serie, el que tiene todo el mundo, y que responde uno de los gatos y es la llamada que acaba con los maullidos, y los gatos que viven en mi casa también se enfadan conmigo, me retiran la palabra, cambian la cerradura y es ahí cuando acaba todo.
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