De repente, escuchando las ideas de otro, muy ajeno y suyo y, si me apuran, hasta raro; pues escuchándolo (y leyéndolo), me doy cuenta del ruido que hay tras el aparente silencio. Y viceversa, claro. Y aquí sola, cerrada en este lugar que también tiene su tiempo, y también fue esclavo y dueño, impostura y propaganda, y después agujero, vacío y silencio, culpo quizás al cansancio, la fiebre, el dolor multiforme y otras posibles maneras de perturbación.
Tras tanto hablar y hablar, detrás del aquí-estoy-yo bombardeo y del agotar recursos y paciencias, entablando conversaciones con uno mismo si hace falta, extrovertiendo al mundo cada pensamiento, cada ocurrencia. Infinita lista de ingeniosidades. Con ideas al respecto de todo y con el imperativo vicioso de hacerlas llegar a cuantos más mejor. Detrás, después de ese torbellino de apariencias, no hay nada, está todo apagado, callado, muerto.
Y he estado allí, más tranquila. Y después no he estado en ninguna parte. Y ahora estoy en la otra punta de la mesa gritando sin nada que decir. Disimulando. Y de repente, caigo en la cuenta de que hay poco silencio también en el otro lado y de que echo de menos el no estar. Ni tranquila ni intranquila. Ni lunes ni sábado. Ni historias ni poemas ni explicarme ni tertulias ni vosotros ni ellos. Y que los esfuerzos cada vez más forzados me agotan y tengo al otro, de nuevo y siempre, enfrente y lo veo claro. Yo podría ser, haber sido, ese otro. Ayer (que aquí escrito se convierte en cualquier cosa menos ayer) viendo aquella película tuve que admitir que no tengo casa, ni fe, ni hermanas, ni paz, ni objeto y que cargo con un saco vacío de palabras y no sé por qué pesa tanto.
A esta hora el otro estará de sobremesa, quizás recogiendo para volver a casa en un coche reluciente lleno de niños, o con dos caniches, o con un equipo de fotografía carísimo llevándose en un pequeño y aplastado plastiquito el fruto de horas atrapando belleza. Lo imagino despidiéndose de alguien: el dueño del restaurante, el músico de la mesa de al lado, sus sobrinos que han comido estupendamente. Todos saben que es domingo. Todos saben dónde van después y qué hacer o no hacer en las horas siguientes. Exotismo del mundo en que viven, tan insólito y diferente, tan pequeño y lento, tan sigiloso y sin embargo alegre. No me apetece, pero tomo notas. Como antropóloga extraterrestre, como forastera molesta, como observadora impaciente (o sea, mala observadora). Como fantasma que se asoma a la vida de los vivos.
(1).jpg)



