Hemos tomado la costumbre de mirar el móvil. En mitad de una frase. Siempre encima de la mesa, echado en la cama cuerpo con cuerpo. Hemos ido aprendiendo a hablar con el mago que lo habita. Preguntando qué hacer con nuestra vida. Solapando un tema con otro. Mirando bailar a gente igual en lados distintos del mundo. Sintiendo que nos importa eso que pasa en un lugar que no sabríamos señalar en el mapa ni deletrear ni nos acerca a nada. Hoy me dice que si me acuerdo de un viaje y me muestra a mí, a la que era yo hace unos años. La cosa es que normalmente no hago tanto caso, pero ahora todo es diferente y me llevo bien con este trasto y le agradezco el detalle y le pregunto por aquel director de cine que no me viene el nombre. Así que el día fragmentado en habitaciones distintas, en necesidades y desesperación, en entretenimiento vacío o novelas deslumbrantes, en pijama o camisa, pensando o no tanto, se muestra indiferente y el mismo, siempre a la luz de los litros de agua que gasta mi conversación con él.
Los libros también están en su interior. La música la lleva dentro y yo lo tengo en mi mano. Sé porque lo veo que casi todos lo hacemos. Aquí hay amigos y buenos que te hablan mientras se bañan en el mar, cocinan, juegan al póquer online o están sentados en la taza de wc, igual demasiado rato. Aquí planeas modos de escaparte que no llevarás a cabo, ves parajes y apartamentos y torres y dúplex y desayunos bufet y comida y te entra hambre y vas, con el mundo entero bien agarrado a la cocina y te preparas algo en cantidades poco adecuadas.
La abogada te dice, impaciente, que tengas paciencia y Dostoiesky que perdones a D. y en silencio no vuelvas a verle. Algo sobre Zapatero y fútbol, algo sobre el colesterol bueno, algo sobre medir tu IQ, algo sobre los aguacates, mientras una rubia flaca y sonriente que no llega a los 20 años explica en 3 minutos la íntegra vida de Nefertiti y cómo le complace haber conocido no sé qué dato. Y de verdad que no sé qué dato, porque no la entiendo, no sé por qué sonríe, y habla muy rápido. Como si valorase mi tiempo, más que ingenua yo por otro lado, sobre todas las cosas. Gano tiempo perdiéndolo y creo que voy a hacer caso a Dostoiesky y a la abogada y voy a pedir a mi móvil que me diga cómo hacer y qué hacer. Me descargo una muestra del nuevo libro de un escritor al que le cunde sospechosamente. La curiosidad me puede.
Caigo en la cuenta de que hemos dejado la ensalada a medio hacer, hemos cambiado de habitación, hemos subido y nos hemos lavado los dientes, y lo sé por cómo me sabe la boca, nos hemos cambiado y, espero, aseado antes. El café ya no está en la mesita de café (odio el té, así que no puedo evitarlo). Jacob ha aparecido por fin entre todos los personajes, ritos y calles intrincadas. Del Danubio crece un castillo con 26 torres como si una semilla de arquitectura defensiva hubiese germinado en sus orillas. El centro de una Europa desconocida buye de comerciantes, viajeros, místicos y magia. Olga debe estar regando sus plantas. Me da que ella no está manoseando su móvil. Me da que el otro escritor, sí. Me da que ella me cae mucho mejor.
Entre todos los modos de sentarme y estar muy quieta y no hacer ruido, admito que este está bien. Pero también admito que conforme pasen las semanas, los meses, quizás, volveré a dejarte en el bolso o allí en aquella mesa del fondo y terminaré la ensalada y dormiré de día y vagaré y divagaré en silencio, muteándome. Será seguramente como cuando quité el chupete a mi niño. Un par de días con un mono horrible y, al cabo, un corrector dental durante un par de años.
Hemos adquirido muchas costumbres, muchas adictivas y absurdas, otras útiles salvavidas. No sé si al planeta le va a salir a cuenta, la verdad. No es urgente, o sí, mudar costumbres, adoptar tradiciones, resumir el día en papel pautado. Querido diario. Santificaré las fiestas, pondré nombres a las cosas, asumiré que ha pasado y dejaré al lado del camino a D. Tendré que descubrir qué pasa con el rabino de Busk. Voy a escuchar el audio de Miguelito, antes de firmar ese contrato conmigo misma. Es domingo y estamos vivos. Laus Deo.