Para mí ahora, un ahora largo como una endodoncia, el tiempo camina delante y yo tras de él con la lengua fuera, viendo como, según pasa, se va borrando. Y llegará el momento en que no haya rastro que seguir. Y me quede corriendo en el vacío. Perdida. Sin saber bien si voy al pasado o doy vueltas en círculos por un presente protagonizado por otra. Otra que se llama como yo, que huele como yo, que posiblemente a estas alturas oiga la misma música que yo, que vote al mismo partido, que ame al mismo hombre. Así que tengo que correr más. Para no perder de vista el tiempo que avanza raudo y me deja atrás y sola. Y va a doler. Y el dolor empieza en un momento casi definible, posible de señalar en calendarios, pero no acaba. O al menos no para mí, no desde que comenzó hace una vida entera, una generación, diez viajes, 3000 martinis, 20.000 euros en gasolina. Un millar de exámenes. Cuatro tesis doctorales. Antes de las relativas semilibres, mucho antes de las ORAE, del optimismo, del amor. Tanto tiempo que no se puede medir porque está en el agua y llena tus pulmones de un líquido espeso como de arena de relojes que cronometran tu respuesta. Así que tengo que correr más y estoy cansada, pero si me quedo atrás, dejaré de existir aquí en tu misma dimensión o, quizás, veré como el universo se achica, embebe, deja sin espacio al espacio, me aprieta como una faja de acero con tornillos de inquisición y va comprimiendo todo, haciendo de mí un amasijo de carne, huesos, vísceras, sangre, ruido. Ruido del no respirar, del dolor; ruido de despedida.
lunes, 30 de marzo de 2026
domingo, 22 de marzo de 2026
Estaciones vacías
Me huelen las manos a plástico azul. Goma aislante. Guantes de hospital. Me pitan los oídos de tráfico y semáforos y avenidas de repartidores y soledad.
Sale agua por esquinas prometiendo larga vida de humedad. Olor. Moho. Hongos. Libros podridos. Llamadas absurdas que me cuentan mi vida.
Paso por curvas llenas de pilotos de emergencia. De broncas de tráfico. De gente con móviles en mano y zetas que van como flechas.
Hay extractores de aire tóxico sonando por la ventana de la habitación en la que no estoy de verdad. Máscaras de oxígeno piensan en lo relativo del tiempo.
Un pico de luz. Un cambio de tiempo. Primavera fría y sucedáneos de conocidos. Una llaga tras la oreja de mascarillas salvavidas.
Comidas que no se comen. Tirando sopas por el desagüe y tú escribiendo amenazas o despedidas o alegatos en mi contra.
Os estoy grabando. Órdenes de alejamiento. Gasolineras cerradas. Fotos de alguien haciendo deportes acuáticos. Hoy no salen trenes.
El desastre de que no se acabe el mundo. Cajeros automáticos. Amables mentirosos. Ahogos que necesitan certezas.
Vuelvo a lavarme las manos. Tenía el pelo limpio y ahora está grasiento. Su cabello completamente cano. Tenía un confidente y ahora tengo juez y verdugo.
Mientras ella no acaba de morir, me escribes con reproches. Tus vacaciones. Mi collar sin gema jarcha. Guerras y más guerras.
Todos hablando idiomas distintos. Y haciéndose propaganda. El día que cierra la semana. Que abre la primavera. El grillo que no calla. Tú que no existes ya y yo que no debería. Telas de araña sobre recuerdos inventados
Pasos de peatones y frío y estamos vivos. La cárcel de tenerte vigilando. No poder huir. Los intentos fallidos en los sueños de ella.
Dónde estamos ahora. Y dónde vamos después. Locos sin parar de escribir locuras. Echando la gota esa que colma copas.
Gente que habla susurrando. Que no sé quiénes son. Que viven mundos paralelos. Fingiendo. Todos.
domingo, 1 de marzo de 2026
Domingos
De repente, escuchando las ideas de otro, muy ajeno y suyo y, si me apuran, hasta raro; pues escuchándolo (y leyéndolo), me doy cuenta del ruido que hay tras el aparente silencio. Y viceversa, claro. Y aquí sola, cerrada en este lugar que también tiene su tiempo, y también fue esclavo y dueño, impostura y propaganda, y después agujero, vacío y silencio, culpo quizás al cansancio, la fiebre, el dolor multiforme y otras posibles maneras de perturbación.
Tras tanto hablar y hablar, detrás del aquí-estoy-yo bombardeo y del agotar recursos y paciencias, entablando conversaciones con uno mismo si hace falta, extrovertiendo al mundo cada pensamiento, cada ocurrencia, infinita lista de ingeniosidades. Con ideas al respecto de todo y con el imperativo vicioso de hacerlas llegar a cuantos más mejor. Detrás, después de ese torbellino de apariencias, no hay nada, está todo apagado, callado, muerto.
Y he estado allí, más tranquila. Y después no he estado en ninguna parte. Y ahora estoy en la otra punta de la mesa gritando sin nada que decir. Disimulando. Y de repente, caigo en la cuenta de que hay poco silencio también en el otro lado y de que echo de menos el no estar. Ni tranquila ni intranquila. Ni lunes ni sábado. Ni historias ni poemas ni explicarme ni tertulias ni vosotros ni ellos. Y que los esfuerzos cada vez más forzados me agotan y tengo al otro, de nuevo y siempre, enfrente y lo veo claro. Yo podría ser, haber sido, ese otro. Ayer (que aquí escrito se convierte en cualquier cosa menos ayer) viendo aquella película tuve que admitir que no tengo casa, ni fe, ni hermanas, ni paz, ni objeto y que cargo con un saco vacío de palabras y no sé por qué pesa tanto.
A esta hora, el otro estará de sobremesa, quizás recogiendo para volver a casa en un coche reluciente lleno de niños, o con dos caniches, o con un equipo de fotografía carísimo llevándose en un pequeño y aplastado plastiquito el fruto de horas atrapando belleza. Lo imagino despidiéndose de alguien: el dueño del restaurante, el músico de la mesa de al lado, sus sobrinos que han comido estupendamente. Todos saben que es domingo. Todos saben dónde van después y qué hacer o no hacer en las horas siguientes. Exotismo del mundo en que viven, tan insólito y diferente, tan pequeño y lento, tan cauteloso y, sin embargo, alegre. No me apetece, pero tomo notas. Como antropóloga extraterrestre, como forastera molesta, como observadora impaciente (o sea, mala observadora). Como fantasma que se asoma a la vida de los vivos.