Nunca tuvimos complicidad, confianza, simpatía. Cada cual andaba en sus cosas y tuve que hacernos independientes. Un día me quedé dormida y al despertar no estabas porque me había ido. No noté diferencia, no tuve miedo ni añoranza. Dejé de pensarte y tú, igual o más, viviste la mejor época de tu vida, fugaz no porque fuese poco sino porque voló por los aires de tantos lugares. Lógicamente, no lo vi. Yo andaba en otra gloria diferente. Repitiendo con otros civiles el mismo ritual en que me iniciaron ustedes y así hasta hoy, ahorita, escribiendo para nadie y pensando que tantas veces he hablado sola que recuerdo perfectamente las que no. Contadas. Contaditas. Dos, igual tres.
Ahora. Precisamente ahora. Vas despidiéndote y vuelves. Educadamente. Como si siempre mi vida no hubiese carecido de tu presencia, de tu ser ahí, de tu tomarme de la mano sin motivo de logística y responsabilidad. Se hace raro tu estar ahora todo el rato en mi cabeza, dentro de mis sueños, en mis horarios, mis conversaciones, mis planes a corto-medio plazo. Ocupando mi lugar, desplazándome de mi vida. Omnipresente. Amagando la marcha definitiva.
Me hice una casa. De mi estilo. Con mis recursos. Colgué unas sábanas del tendedero, hice un nudo en la alambrada y la entrada se sujetaba con una pinza de la ropa, rosa, en la rama de un jazmín. Olía bien. El suelo fueron mantas robadas de las abuelas, de mercadillos, de las calles los días de mucho viento. Se entiende que no eran muy pesadas, pero al cabo la cantidad importa y así fue quedando un hogar, lejos de ti y de todos. Tan pequeño que a duras penas cabían mi pocas cosas y yo misma.
No conté con los climas, las estaciones, las mareas. No conté con que algún día pasaría por tu puerta chorreando, muerta de hambre, sin saber dónde ir. Y pasaría de largo.
Por lo que fuese, yo tampoco quería estar contigo. Quizás como reflejo rencoroso de tu desinterés. Ya no te puedo contar esas cosas. No serviría de nada. No estás. Y si estuvieras, heriría, quizás, no sé yo, tus sentimientos. No llevaría a ninguna parte y tu tiempo no es para mí, para desahogos, para confidencias, para terapias.
Leo epitafios, notas fúnebres. Síntesis de vidas. Vidas en tres palabras. Alegre, futbolero, cofrade. Profesiones destacadas, si las hubiese habido. Adjetivos y más adjetivos. Veo un vídeo por ahí en el que un especialista de algo dice que cuanto menos "adjetives", mejor escribes (parafraseo con rima, mío). Pues vale. Bloqueo y denuncio al ser humano (podría no serlo, ojo), malhumorada por tu ausencia, la de ahora, la de antes y la que se ve venir. Odio al tipo porque te pierdo y no puedo dedicarte un millón de adjetivos.
Me quedo sola. A una hora fatal. Dolorida por mil causas, enferma, aturdida, triste, inflamable. No puedo llamarte para que, te guste o no, vengas a salvarme.
Dicen que se pasa. Que el tiempo todo lo cura. Dicen tantas cosas. Tan inútiles todas.
2 comentarios:
"tu alma tibia sin ti que no te entiende"
Ay, mi pobre Federico.
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