domingo, 31 de mayo de 2026

Yo ya noy soy yo

 Saco como puedo la escoba y el recogedor. Como puedo. Habrá quien no lo entienda, pero ese es su problema. Y barro los pedazos que por mi boca salen como cristal roto. Como techos de nipa tras un tornado. Y el corazón que noto. Y el maullido que todo lo pone en su sitio...

Los trozos de mí, transparentes, transparentes porque no tengo sangre, acaban en alguna papelera y sé que no pesan, ni tantito lo que el aire pesa cuando se exhala tras el último suspiro. Tantos últimos suspiros. Tantos trozos transparentes por los suelos. Tantos zapatos rotos. Tanta gente inútil. 

De mí va quedando la carcasa. Ya ni a ti te tengo para fingir que existo entre toda la confusión y el ruido.

Esa misma confusión desde que soy consciente y los demás hacían algo normal con su tiempo. Esa confusión que se hace un mundo del que me protegías, con tilde porque lleva tilde. Un mundo al que no querría pertenecer. Al que no quise pertenecer y al que pertenezco por ti, mientras los demás hacen algo normal con su tiempo.

domingo, 17 de mayo de 2026

Lámparas de aceite

 Estoy nadando en fotos y apuntes. Arial punto 12 y padres cenando con Manolo y Maribel. Sonrientes, ajenos al destino que los introdujo en otro siglo solo para expulsarlos de un plumazo casi digital, en la soledad de una sala aséptica, llena de vacío. Los sangleyes también fueron expulsados al menos unas pocas veces. La fe, que a lo mejor mueve montañas, tiende a desalojar a los que la ignoran. Imagino a ese buen hombre calculando la compra en gantas (el vino), mascando buyo con carísimos dientes nuevos, adelgazando por el exceso de los polos, nativo vestido más decentemente encima de unas islas pintadas para la eternidad, ahora en nubes invisibles. No sabe que un arrecife protege a la mayor que se tarda en bojear casi un día con su noche. 

Lo imagino, ya desnudo, flotando en aguas cristalinas, tópico que se deja navegar de espaldas. Lo imagino en fotos sepia moreno y sin miedo al sol. Lo imagino tirando del copo que allí debe llamarse de otro modo. Lo imagino volando como polvo por las rocas del Cantal prohibido. Lo imagino esperando 8 días por cortesía inimaginable. Las mujeres y los niños primero. Sus madres no pensaron, como no lo pensé yo, como no lo piensa nadie, que si das a luz a mediado de un siglo condenas al bebé a ser un viejo perdido en el futuro, discutiendo con máquinas por teléfono, amagando citas en línea sin éxito, escribiendo durante horas un micromensaje de WhatsApp, obsesionados porque Alexa les espía,  redactando cartas de reclamación que no encuentran buzón que se las trague porque el único (buzón) que queda en el pueblo está invisibilizado por una furgoneta de reparto que siempre aparca delante, y siempre es siempre, como si repartiese aire, frente al Banco de Santander y, curiosamente, el estanco.

Sigo con las fotos, que los estancos tienen también sus días contados como los buzones, los corralones, las lámparas de aceite, las cisternas con cadena, los chanquetes de verdad, el arroz con pollo los domingos, las cabinas telefónicas. Y él piensa mirando al mar que ya no se mueve que Superman no puede ser Clark Kent y viceversa porque no tiene donde cambiarse. Que el mundo se ha quedado sin héroes y que nadie necesita ya la criptonita. Mete el dinero bajo el colchón. No sabe si bajar a votar porque hace un día precioso y salir lo entristece. Se calza las zapatillas. Ve un telediario tras otro. Mira otra vez el calendario y planea comidas que no van a ocurrir y cenas navideñas canceladas. En las fotos está también Lázaro que parece un pícaro inventado por Quevedo. El otro Quevedo. Eso. El otro Quevedo.

jueves, 7 de mayo de 2026

M.

 M. es una bomba. Cada cosa, lo que sea, resuena en su mente prodigio como un ciento de campanadas de iglesias sincronizadas para alertar. Como un San Gimignano de fábula. Piensa y hace todo como si fuese su responsabilidad salvar el mundo, como si lo que Natura ordena dependiese de él, como si siempre se pudiese solucionar lo que dictan los dioses, como si no fuésemos diminutas motas de polvo que el viento mueve a su loco antojo, como si fuese posible lo imposible,  como si no fuésemos humanos y se pudiese sortear la muerte, los imponderables de la vida, los contrarios a nuestra voluntad. 

A veces, chocar contra lo que somos le resulta intolerable. Su ánimo se rebela contra los relojes y las caravanas y los imprevistos y las cerraduras en las que su llave no entra. A veces, se le olvidan las partidas de ajedrez perdidas, el balón que por un milímetro da en el poste, la línea borrada de la carretera que te hace perder la salida correcta.

El mundo masacra su ensoñación y su paz se ve amenazada por lo que acontece sin permiso. Y busca explicación y cordura en lo que es y será ingobernablemente la puta realidad.

Me gustaría contar que finalmente nuestro protagonista encuentra un modo de bregar con la vida de las hormigas, de los mosquitos,  de la caducidad de los yogures, del moho de la comida abandonada en refrigeradores. Me gustaría contar que al final sí que puede dominar a la naturaleza y que salva a todos y a todo.

Me gustaría un final feliz, como esos que él desea y en los que yo no creo. Me gustarían tantas cosas: volver atrás en el tiempo, al viernes pasado a medio día, a Florencia, incluso a tener fiebre de 40°, a aquel día postcovid en el Marlin, a cualquier momento de paellas e indigestiones, a cuando perdí un tren en Soria y lloré desconsolada, a mi regreso de un viaje cuando me querías tanto (pasamos a la segunda persona, joder), pero sé que no puedo, no importa, estamos, ahora. Ahora. Incluso ahora. Aunque solos. Y más solos porque cada uno está sin  ayuda posible del otro. 

Y me digo por qué no hacer de este lugar una casa pequeña y deshabitada, donde encerrar nuestro dolor, donde no inventar nada, donde desaparecer un rato antes de dormir, quizás para siempre. Y que el que entre, tome asiento y se siente. Dando igual lo que piense. Que al menos se siente, por más que no pueda nadie controlar nada, al menos se siente. Y que esos intrusos estén sentados ese rato eterno en que te anclas.


Y, sin embargo, (música) te quiero.