Estoy nadando en fotos y apuntes. Arial punto 12 y padres cenando con Manolo y Maribel. Sonrientes, ajenos al destino que los introdujo en otro siglo solo para expulsarlos de un plumazo casi digital, en la soledad de una sala aséptica, llena de vacío. Los sangleyes también fueron expulsados al menos unas pocas veces. La fe, que a lo mejor mueve montañas, tiende a desalojar a los que la ignoran. Imagino a ese buen hombre calculando la compra en gantas (el vino), mascando buyo con carísimos dientes nuevos, adelgazando por el exceso de los polos, nativo vestido más decentemente encima de unas islas pintadas para la eternidad, ahora en nubes invisibles. No sabe que un arrecife protege a la mayor que se tarda en bojear casi un día con su noche.
Lo imagino, ya desnudo, flotando en aguas cristalinas tópico que se deja navegar de espaldas. Lo imagino en fotos sepia moreno y sin miedo al sol. Lo imagino tirando del copo que allí debe llamarse de otro modo. Lo imagino volando como polvo por las rocas del Cantal prohibido. Lo imagino esperando 8 días por cortesía inimaginable. Las mujeres y los niños primero. Sus madres no pensaron, como no lo pensé yo, como no lo piensa nadie, que si das a luz a mediado de un siglo condenas al bebé a ser un viejo perdido en el futuro, discutiendo con máquinas por teléfono, amagando citas en línea sin éxito, escribiendo durante horas un micromensaje de WhatsApp, obsesionados porque Alexa les espía, redactando cartas de reclamación que no encuentran buzón que se las trague porque el único (buzón) que queda en el pueblo está invisibilizado por una furgoneta de reparto que siempre aparca delante, y siempre es siempre, como si repartiese aire, frente al Banco de Santander y, curiosamente, el estanco.
Sigo con las fotos que los estancos tienen también sus días contados como los buzones, los corralones, las lámparas de aceite, las cisternas con cadena, los chanquetes de verdad, el arroz con pollo los domingos, las cabinas telefónicas. Y él piensa mirando al mar que ya no se mueve que Superman no puede ser Clark Kent y viceversa porque no tiene donde cambiarse. Que el mundo se ha quedado sin héroes y que nadie necesita ya la criptonita. Mete el dinero bajo el colchón. No sabe si bajar a votar porque hace un día precioso y salir le entristece. Se calza las zapatillas. Ve un telediario tras otro. Mira otra vez el calendario y planea comidas que no van a ocurrir y cenas navideñas canceladas. En las fotos está también Lázaro que parece un pícaro inventado por Quevedo. El otro Quevedo. Eso. El otro Quevedo.
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