Me pregunto, porque me lo pregunto de forma inevitable, sin desear preguntármelo, como imposición de aquello que habita en mi cabeza, tras las gafas y los globos oculares. Y, así, me pregunto cómo sabrá mi primer helado cuando te hayas ido. Ido del todo. Ido para siempre. Dónde pondré la ropa que campa a sus anchas por toda la casa, cuando vuelva de tu despedida oficial y pública, donde sea que decidan hacer los últimos gestos/aspavientos dedicados a ti y, quizá, me temo, al respetable.
Y cómo llevaré el pelo a partir de ese momento. Y si viajar en tren, ver una serie, ir al cine, rascarme o carraspear será igual o siempre distinto. Si volveré a El Corte Inglés, si lo primero que coma sabrá a ti.
Me preocupa súbitamente si me saldrán peor los potajes. Y ya, de camino, me sobreviene la duda estúpida de si haré, por fin, nuevos agujeros a las correas y, peor, si haré la declaración de hacienda y por error pondré tu nombre.
Me voy a la cama, a presunta y alevosamente dormir, y se llenan los oídos con interrogantes: ¿cómo serán las caravanas? ¿Cambiaré de lado preferido de la cama? Se me olvidarán definitivamente los nombres de las cosas? ¿Seré capaz de tragar el primer bocado cuando pida un espeto?, y ¿con quién compartiré esa mesa al lado de la playa a kilómetros de tu nueva casa?
Imagino, creo, que, casi seguro por si me ves, haré finalmente un seguro a mi casa, como hablo con la abuela o enciendo velas por tus hermanos según la noche.
Me pregunto todo. Todo el tiempo. Lo que más, lo del helado.
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