M. es una bomba. Cada cosa, lo que sea, resuena en su mente prodigio como un ciento de campanadas de iglesias sincronizadas para alertar. Como un San Gimignano de fábula. Piensa y hace todo como si fuese su responsabilidad salvar el mundo, como si lo que Natura ordena dependiese de él, como si siempre se pudiese solucionar lo que dictan los dioses, como si no fuésemos diminutas motas de polvo que el viento mueve a su loco antojo, como si fuese posible lo imposible, como si no fuésemos humanos y se pudiese sortear la muerte, los imponderables de la vida, los contrarios a nuestra voluntad.
A veces, chocar contra lo que somos le resulta intolerable. Su ánimo se rebela contra los relojes y las caravanas y los imprevistos y las cerraduras en las que su llave no entra. A veces, se le olvidan las partidas de ajedrez perdidas, el balón que por un milímetro da en el poste, la línea borrada de la carretera que te hace perder la salida correcta.
El mundo masacra su ensoñación y su paz se ve amenazada por lo que acontece sin permiso. Y busca explicación y cordura en lo que es y será ingobernablemente la puta realidad.
Me gustaría contar que finalmente nuestro protagonista encuentra un modo de bregar con la vida de las hormigas, de los mosquitos, de la caducidad de los yogures, del moho de la comida abandonada en refrigeradores. Me gustaría contar que al final sí que puede dominar a la naturaleza y que salva a todos y a todo.
Me gustaría un final feliz, como esos que él desea y en los que yo no creo. Me gustarían tantas cosas: volver atrás en el tiempo, al viernes pasado a medio día, a Florencia, incluso a tener fiebre de 40°, a aquel día postcovid en el Marlin, a cualquier momento de paellas e indigestiones, a cuando perdí un tren en Soria y lloré desconsolada, a mi regreso de un viaje cuando me querías tanto (pasamos a la segunda persona, joder), pero sé que no puedo, no importa, estamos, ahora. Ahora. Incluso ahora. Aunque solos. Y más solos porque cada uno está sin ayuda posible del otro.
Y me digo por qué no hacer de este lugar una casa pequeña y deshabitada, donde encerrar nuestro dolor, donde no inventar nada, donde desaparecer un rato antes de dormir, quizás para siempre. Y que el que entre, tome asiento y se siente. Dando igual lo que piense. Que al menos se siente, por más que no pueda nadie controlar nada, al menos se siente. Y que esos intrusos estén sentados ese rato eterno en que te anclas.
Y, sin embargo, (música) te quiero.
3 comentarios:
Viva la puta vida que nos ha tocado tener que vivir.
Yo no sé por qué me acordé de un verso, o lo que sea, de un poema, o lo que sea, de un poeta, o lo que fuera, llamado Izet Sarajlic, o como se escriba: "Hablo de la sartén, pero en realidad estoy llorando," A lo mejor tiene algo que ver, o a lo mejor no. Mi espíritu, o lo que sea, está contigo.
Entre ambos comentarios, o lo que sea, me ha venido la cancioncita de Coldplay a la cabeza y ya lo que me faltaba. Con la que está cayendo, uff.
Yo también te quiero, Ricardo.
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