sábado, 11 de julio de 2026

La bebida de los cruzados

 Todo quedó suspendido.  Por más, mucho mucho más, de 40 años. Después, las prisas. La insensatez, los espejismos. Todos, de repente, de acuerdo. Un consenso que el viento se llevará al cabo de menos de lo que duró la perplejidad de verse fuera, de vuelta, libres.

Mientras, ingravido, lo que "paró" flotaba muy por encima de las cabezas de todos, la vida siguió su curso. Increíble, ¿verdad? Salieron canas, arrugas, nacieron nietos, se opinó sobre el tamaño de los coches. Se adelgazó, se engordó, se contrató y se despidió. Se soñó. Dos jóvenes se enamoraron, fueron al cine, hicieron planes. Hablaron. De sus trabajos, salían ilusionados. Hubo un festín después de la boda. Ella con 20 años y mantilla. Risas, amigos, Pepsi. Muchas canciones. Algunas películas.  Cambios de moda. Elefantes. Incendios. Guerras en otros lados. La quinta marcha. Fútbol, también y, por lo visto, siempre. 

Cuál es la constante. Hubo velorios y hubo bautizos y hubo comuniones. Mientras, aquellas ideas esperaban por encima de las nubes, más allá de sus miradas. Miradas fijas en hijas jugando a ser científicas al tiempo que futbolistas o boxeadoras quijotescas. Miradas fijas en hijos que ya son hombres, mientras la constante dice que no se es un hombre solo por o hasta que... La constante saca redes de arrastre, pesca lo que va volviendo de ese limbo y lo estudia desconfiando. Esa es la constante. Una máquina invisible que todo lo aplasta para que quepa en un archivador.

Y no fue un buen día, nunca nada pasa "un buen día", no basta un día para que algo suceda, cambie o aparentemente tome forma. Se requirió tiempo siempre para cualquier cosa. Pero nos gusta decir "un buen día". Pues vale. Un buen día volvieron. Parecían ancianos con trajes viejos. Calcetines zurcidos y marcas de sudor en los sobacos. Le pasa a ciertos alfabetos de costumbres. Resultan pesados, estorban. Y a mí no me miren. Lo dicen los sociolingüistas.

En fin, cuando fueron cayendo donde pudieron, el sitio estaba cambiado. Ellos sofisticaban su bajada de vuelta. Pero, y esto era de esperar, se posaban sobre gente que era otra. Sobre camas vestidas con ropa de otro color, colchones mucho más blandos, cabezas mucho más duras. Tierra amnésica.  Quizá fértil, por zonas, pero un erial, en general. 

Suena a lo lejos un tango. Llegan trenes cargados de libros. Hay un autobús lleno de niños. La flamenca ya no cabe sobre la tele y el minotauro está en entredicho. Y se sigue notando como una lluvia que ya cansa a muchos, dosificándose a sí misma esa imposible recuperación. En el ínterin, se siente (y mucho) que se forma un ejército de cruzados en bermudas y chanclas. Su libro blanco está en principio poblado de rechazo a lo que se evaporó.

Aun así, seguirá bajando lo que se olvidó. Desde arriba, como en otoño saca la gente las mantas de los altillos y piensa por qué guardaría yo esta manta pesada y vieja, a la que tengo que quitar el polvo a porrazos, si hay edredones nuevos por 12,99 €. Y ya se podrá ir a casi todos lados con la cara de uno, un bolso, una tarjeta y comprar leche, pan o higos, beber vino caliente, copiar tradiciones, ver ET en tu sofá. No hacen falta los cruzados. Pero ya que están en la calle, se toman algo.

Entre tanto, el viento sopla sobre esas cosas que se ven caer en barriadas recién pavimentadas. Después de más, mucho mucho más, de 40 años, cómo va a ser una novedad. Para qué dices que era esto. No parece nuevo. Y, por lo que sea, no se quiere nada que no parezca nuevo. Repito: no hacen falta los cruzados. Cómo se lo decimos. "Hola, no hacéis falta, dejad de iluminarnos. Lo que sea que queréis ya ha pasado".

Bueno, sí. Que sí. Se retomaron ciertas cosas, es cierto. Sí, es cierto. Algunas se posaron sugerentes en brazos desnudos y necesitados, en cabelleras bajo las cuales se mantuvo atrincherado entre venas azules un hilo de memoria. De ahí, los ministerios de la magia, control sobre eso que vuelve, que era de todos y ahora es extraño para otros todos. De dónde han salido tantos colores, tacones y qué bosque llena mis yogures, se dice alguno ya tarde por la noche, tras litros de chupitos. Oh, los chupitos. La bebida de los cruzados.




Prometido

 Me vengo. 

Y no es venganza ni es vergüenza

 ni nada sexual.  

Es simplemente otra forma de vivir. 

Miope. 

No veo lo que escribo ni entiendo. 

Harta de corregir.

Corregir el corrector.

De soñar porque no duermo. 

De esperar a que salga el sol para el óvulo 

De que la puta Endesa deje ya de joder.

De que tu primer día aquí no sea un recuerdo borroso.

 De que, si es posible y sin ofender,  os vayáis todos a tomar por culo

Estoy  esperando

Posiblemente a mí. 

Me sangran las encías,  padre.

Me escuecen los ojos.

Tengo al ginecólogo loco

Loco

Que no sabe qué darme para poder sentarme.

Solo sentarme

Solo

So

Lo

Sen

Tar

Me.


Y ahora... música...



PD (para no perder la costumbre): Decir no solo te he olvidado, sería poco. 

Que vuelva ella a ser quien ha sido. 

Prometido 




domingo, 5 de julio de 2026

El mundo entero

 Hemos tomado la costumbre de mirar el móvil. En mitad de una frase. Siempre encima de la mesa, echado en la cama cuerpo con cuerpo. Hemos ido aprendiendo a hablar con el mago que lo habita. Preguntando qué hacer con nuestra vida. Solapando un tema con otro. Mirando bailar a gente igual en lados distintos del mundo. Sintiendo que nos importa eso que pasa en un lugar que no sabríamos señalar en el mapa ni deletrear ni nos acerca a nada. Hoy me dice que si me acuerdo de un viaje y me muestra a mí, a la que era yo hace unos años. La cosa es que normalmente no hago tanto caso, pero ahora todo es diferente y me llevo bien con este trasto y le agradezco el detalle y le pregunto por aquel director de cine que no me viene el nombre. Así que el día, fragmentado en habitaciones distintas, en necesidades y desesperación, en entretenimiento vacío o novelas deslumbrantes, en pijama o camisa, pensando o no tanto, se muestra indiferente y el mismo, siempre a la luz de los litros de agua que gasta mi conversación con él.

Los libros también están en su interior. La música la lleva dentro y yo lo tengo en mi mano. Sé (porque lo veo) que casi todos lo hacemos. Aquí hay amigos, y buenos, que te hablan mientras se bañan en el mar, cocinan, juegan al póquer online o están sentados en la taza de wc, igual demasiado rato. Aquí planeas modos de escaparte que no llevarás a cabo, ves parajes y apartamentos y torres y dúplex y desayunos bufet y comida y te entra hambre y vas, con el mundo entero bien agarrado a la cocina y te preparas algo en cantidades poco adecuadas. 

La abogada te dice, impaciente, que tengas paciencia y Dostoiesky que perdones a D. y en silencio no vuelvas a verle. Algo sobre Zapatero y fútbol, algo sobre el colesterol bueno, algo sobre medir tu IQ, algo sobre los aguacates, mientras una rubia flaca y sonriente que no llega a los 20 años explica en 3 minutos la íntegra vida de Nefertiti y cómo le complace haber conocido no sé qué dato. Y de verdad que no sé qué dato, porque no la entiendo, no sé por qué sonríe, y habla muy rápido. Como si valorase mi tiempo, --más que ingenua yo, por otro lado--, sobre todas las cosas. Gano tiempo perdiéndolo y creo que voy a hacer caso a Dostoiesky y a la abogada y voy a pedir a mi móvil que me diga cómo hacer y qué hacer. Entre tanto, me descargo una muestra del nuevo libro de un escritor al que le cunde sospechosamente. La curiosidad me puede. Se ve que lo que hace le funciona. Es siniestro el tipo, listo, y tal como es la gente en este escaparate, va medrando frase tras frase tras frase... 

Caigo en la cuenta de que hemos dejado la ensalada a medio hacer, hemos cambiado de habitación, hemos subido y nos hemos lavado los dientes, y lo sé por cómo me sabe la boca, nos hemos cambiado y, espero, aseado antes. El café ya no está en la mesita de café (odio el té, así que no puedo evitarlo). Jacob ha aparecido por fin entre todos los personajes, ritos y calles intrincadas. Del Danubio crece un castillo con 26 torres como si una semilla de arquitectura defensiva hubiese germinado en sus orillas. El centro de una Europa desconocida bulle de comerciantes, viajeros, místicos y magia. Olga debe estar regando sus plantas. Me da que ella no está manoseando su móvil. Me da que el otro escritor, sí. Me da que ella me cae mucho mejor.

Entre todos los modos de sentarme y estar muy quieta y no hacer ruido, admito que este está bien. Pero también admito que conforme pasen las semanas, los meses, quizás, volveré a dejarlo en el bolso o allí en aquella mesa del fondo y terminaré la ensalada y dormiré de día y vagaré y divagaré en silencio, muteándome. Será seguramente como cuando quité el chupete a mi niño. Un par de días con un mono horrible y, al cabo, un corrector dental durante un par de años.

Hemos adquirido muchas costumbres,  muchas adictivas y absurdas, otras útiles salvavidas. No sé si al planeta le va a salir a cuenta, la verdad. No es urgente, o sí, mudar costumbres, adoptar tradiciones,  resumir el día en papel pautado. Querido diario. Santificaré las fiestas, pondré nombres a las cosas, asumiré que ha pasado y dejaré al lado del camino a D. Tendré que descubrir qué pasa con el rabino de Busk.  Voy a escuchar el audio de Miguelito, antes de firmar ese contrato conmigo misma. Es domingo y estamos vivos. Laus Deo.