Todo quedó suspendido. Por más, más, de 40 años. Después, las prisas. La insensatez, los espejismos. Todos, de repente, de acuerdo. Un consenso que el viento se llevará al cabo de menos de lo que duró la perplejidad de verse fuera, de vuelta, libres.
Mientras ingravidamento lo que "paró" flotaba muy por encima de las cabezas de todos, la vida siguió su curso. Increíble, ¿verdad? Salieron canas, arrugas, nacieron nietos, se opinó sobre el tamaño de los coches. Se adelgazó, se engordó, se contrató y se despidió. Se soñó. Dos jóvenes se enamoraron, fueron al cine, hicieron planes. Hablaron. De sus trabajos, salían ilusionados. Hubo un festín después de la boda. Ella con 20 años y mantilla. Risas, amigos, Pepsi. Muchas canciones. Algunas películas. Cambios de moda. Elefantes. Incendios. Guerras en otros lados. La quinta marcha. Fútbol, también y, por lo visto, siempre.
Cuál es la constante. Hubo velorios y hubo bautizos y hubo comuniones. Mientras aquellas ideas esperaban por encima de las nubes, más allá de sus miradas. Fijas en hijas jugando a ser científicas y, por qué no, futbolistas. Boxeadoras quijotescas. Fijas en hijos que ya son hombres, mientras la constante dice que no se es un hombre solo por... La constante saca redes de arrastre, pesca lo que va volviendo de ese limbo y lo estudia desconfiando. Esa es la constante. Una máquina invisible que todo lo aplasta para que quepa en un archivador.
Y no fue un buen día, nunca nada pasa "un buen día", no basta un día para que algo suceda, cambie o aparentemente tome forma. Se requirió tiempo siempre para cualquier cosa. Pero nos gusta decir "un buen día". Pues vale. Un buen día volvieron. Parecían ancianos con trajes viejos. Calcetines zurcidos y marcas de sudor en los sobacos. Le pasa a ciertos alfabetos de costumbres. Resultan pesados, estorban. Y a mí no me miren. Lo dicen los sociolingüístas.
En fin, cuando fueron cayendo donde pudieron, el sitio estaba cambiado. Ellos sofisticaban su bajada de vuelta. Pero, y esto era de esperar, se posaban sobre gente que era otra. Sobre camas vestidas con ropa de otro color, colchones mucho más blandos, cabezas mucho más duras. Tierra amnésica. Quizá fértil, por zonas, pero un erial, en general.
Suena a lo lejos un tango. Llegan trenes cargados de libros. Hay un autobús lleno de niños. La flamenca ya no cabe sobre la tele y el minotauro está en entredicho. Y se sigue notando como una lluvia que ya cansa a muchos, dosificándose a sí misma esa imposible recuperación. En el ínterin, se siente (y mucho) que se forma un ejército de cruzados en bermudas y chanclas. Su libro blanco está en principio poblado de rechazo a lo que se evaporó.
Aun así, seguirá bajando lo que se olvidó. Desde arriba, como en otoño saca la gente las mantas de los altillos y piensa por qué guardaría yo esta manta pesada y vieja, a la que tengo que quitar el polvo a porrazos, si hay edredones nuevos por 12,99 €. Y ya se podrá ir a casi todos lados con la cara de uno, un bolso, una tarjeta y comprar leche, pan o higos, beber vino caliente, copiar tradiciones, ver ET en tu sofá. No hacen falta los cruzados. Pero ya que están en la calle, se toman algo.
Entre tanto, el viento sopla sobre esas cosas que se ven caer en barriadas recién pavimentadas. Después de más de 40 años, cómo va a ser una novedad. Para qué dices que era esto. No parece nuevo. Y, por lo que sea, no se quiere nada que no parezca nuevo. Repito: no hacen falta los cruzados. Cómo se lo decimos. "Hola, no hacéis falta, dejad de iluminarnos. Lo que sea que queréis ya ha pasado".
Bueno, sí. Que sí. Se retomaron ciertas cosas, es cierto. Sí, es cierto. Algunas se posaron sugerentes en brazos desnudos y necesitados, en cabelleras bajo las cuales se mantuvo atrincherado entre venas azules un hilo de memoria. De ahí, los ministerios de la magia, control sobre eso que vuelve, que era de todos y ahora es extraño para otros todos. De dónde han salido tantos colores, tacones y qué bosque llena mis yogures, se dice alguno ya tarde por la noche, tras litros de chupitos. Oh, los chupitos. La bebida de los cruzados.
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