domingo, 13 de septiembre de 2026

A otra cosa

 Javi reservó con tiempo el salón de abajo. El reservado. Seríamos 12, igual habrían debido ser 11, porque a mí me colaron al final sin mucho criterio, como se pudo constatar al cabo. Conste que yo lo había advertido. Comimos mucha carne. Ningún vegano se manifestó. Fue un festín entre poco hecho y crudo de los de siempre. Como algunos tienen una edad y un estatus, lo del vino también se resolvió a favor de los taurinos. Tradicional y delicioso, supongo. 

Segregación. Mechas, pulseras de España y tímidas, inaudibles, peticiones de no hablar de política por parte de los de siempre, que no engañan a nadie. Les digo tranquis alguna vez he hablado de política en sitios con cuchillos y nos hemos entendido. Convencernos ni de coña, pero cabrearnos, tampoco. Ante la ausencia absoluta de atención que mi aporte recibió y la mirada reprobatoria de Javi, meti el cuchillo (precioso) en mi bolso, junto a una servilleta bordada y una panera pequeñita. La panera no la uso. El cuchillo es lo mejor que me ha pasado en mi vida.

Ella había confeccionado aquellas cortinas de la foto. Ella había apuntado a alemán a la nena, no sin dudas. Otra ella bostezaba y miraba el reloj. La de pelo corto estaba reeducando su lenguaje. Después de un rato, tras proferir yo incontables tacos, se inhibió, ojos como platos, y empezó a no estar: entre delgadísima y muy sola y muy quieta, toda ojos. Frente a mí, que ya había pasado del reglamento interno del grupo, la etiqueta a la mierda, la ella del pelo corto y ojos asentía en perímetro hacia el resto de ellas. 

Como toda formación humana consolidada durante años, aquel bien organizado conjunto tenía su jefe-jefe, su sargento piripi, su mascota, su veterano bonachón y su librepensador de pega. Todo españoles, blancos y con dos coches, empresas y autónomos (unos mucho más que otros). Todos con sus esposas de verdad, monísimas, educadas, discretas, bebiendo agua porque les tocaba conducir. Yo, de nuevo hablando a nadie, expliqué que yo no tenía que conducir y me pedí 5 cervezas Alhambra verdes del tirón para compensar.

Los postres muy ricos. En su punta de la mesa unas cuantas botellas con su cubitera y vasos que me gritaban entrar pacíficamente en mi bolso. No hubo modo. No estaban a mi alcance. Había mucha experiencia entre aquel entrenadísimo equipo en su día navideño de maniobras. Al final alguien pagó. Gracias a Dios. Nos levantamos, salimos a la noche. Y nos despedimos desconsolados por no poder seguirla si no querían tenerla con las mujeres. Allí, en esas, la de los ojos era yo. Pero ya daba igual.

Tras despedirnos para siempre, cada cual asumió lo suyo, tuvo peor o mejor digestión, escuchó retahíla de quejas, se quedó frito de vuelta a casa. Siguió arreglando el mundo con gente sin alma que siempre está disponible. O lo que fuera.

Era casi Navidad. En abril (o antes) hubo un brote de muertes que, al que más y al que menos, le llegó como el agua en la orilla llega, suave, a los pies. Algunos se cayeron en una zanja, otros habían tenido una larga y feliz vida, otros se fueron uno detrás del otro, a alguno lo ayudaron bastante. Y así. Como siempre, pero epidemialmente en un coto restringido que acababa, casi siempre, en Parcemasa. Tristemente, en el sorteo de la parca para ese día navideño y hostil hubo reparto de papeletas. Resultó que ni yo ni Javi ganamos nada nunca. Por suerte, en esta ocasión. Le tocó, plena y exclusivamente, al falso macho alfa. Que le sea la tierra leve al hombre.

Quizás lo tendríamos que haber visto venir. Si no fue al baño 20 veces, no fue ni una. Pero esto me lo callo, que la gente es muy cabrona y ya sabemos lo que se suele pensar. Y, ojito, no acabó con él una taquicardia, sino un/otro cáncer, sigiloso como un ninja y eficaz como el gobierno chino. Na. Que me lo dijeron el otro día en una larga y, esta sí, infinita sobremesa. Y lo sentí. Entre miedo y culpa (preguntas a otra) sentí. Punzada gorda en la boca del estómago sentí. Nos palmeamos las espaldas. Dejamos las bocas abiertas un tiempo. Uf. Joder. Qué putadón. Bueno. 

 Y no solo yo, que lo conocí solo de ese día y con el que tuve que meterme mucho porque le caí espantosamente. No solo yo. Todos. Toditos volvimos a nuestro sitio, pedimos más aceitunas y a otra cosa. 


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