El hombre vampiro avanza con ritmo lento, confinado en una gruta donde la exigua atmósfera solo permite monótonas cadencias: un sordo ronquido, un goteo sobre la piedra, el temblor del sicomoro a cada golpe de la tierra. Un paso tras otro, el vampiro rodea el tronco amarillo, salpica la roca, arrastra la arenilla desprendida de la grieta, se mueve para fingir que aún busca. Sediento, se cuestiona cuántos días más, cuántos como este en el que está. El apetito lo trastorna. Lo trastorna vivir sumido en tinieblas: en su destierro no hay puestas de sol que avisen y la luz no es mayor que una bujía de aceite sobre una mesa de piedra. Ahora, las imágenes penetran en su cerebro como si fuesen los metros de una película vieja. Sus recuerdos emergen en blanco y negro: nubes sobre un cielo pesado y oscuro, la coreografía de la noche reflejada en el blanco piso de piedra. El ritmo de las horas se impone de súbito y el hombre vampiro siente los latidos del hambre. Él, que olvidó los colores, siempre tiene presente el tiempo y, como un autómata, gira el brazo y mira su muñeca vacía, revisa sus bolsillos vacíos, se observa el cuerpo vacío; sus ojos se pierden en un horizonte tan insoportable, tan asfixiante, tan negro, tan pequeño y mezquino que el páramo oscuro se ha de disfrazar de avenida de transeúntes de otro mundo: mujeres serpiente y místicos pasajeros, felices inviernos ebrios ocultos en grandes coches de cristales de humo. El hombre vampiro baja en el muelle, donde las cantinas arden atestadas de carne con que alimentarse. Baila con vestidos rojos hasta que las velas se extinguen y la sirena avisa y el sol raya el cielo: el viaje acaba y se hace el silencio. El hombre vampiro se derrumba a los pies del sicomoro, se estira, esfuerza el brazo para arrancar una rama mientras aprieta la sien contra la roca helada. Respira el aire del puerto y el alboroto festivo del lupanar lo anima. Exhausto, se arrebuja en torno al tronco y se clava la rama en el pecho.
sábado, 20 de octubre de 2012
sábado, 6 de octubre de 2012
Ghosts in the photograph
Suna esperaba. Una ola
despejó la orilla dejando en su retirada cientos de burbujas huérfanas. El tiempo arrastra la vida de los que temen
a la muerte. El litoral quedaba limpio de algas y de pedrezuelas y de
caracolas y de conchas rotas, e iba mermando en favor de la única palmera. Remolinos
de viento le alborotaban los cabellos mientras un hatajo de gaviotas insistía
en sus ingratos graznidos.
Adelantó los pies sobre
el fondo revuelto, los brazos pegados al cuerpo. Tras de sí, nadie: un grupo de
rocas como único testigo impasible y somnoliento, sobre el cual se alargaba la
sombra de la torre que parecía difuminarse como un anuncio del ocaso del día. Ella
no sentía miedo. Su cuerpo ligero se mantenía erguido ante las embestidas del
mar que se iba embraveciendo para, después, calmarse de nuevo. Pronto pasaría
el frío que la agarrotaba por dentro, solo un lío de ropa mojada enredado en el
rompiente, solo un coche abandonado entre las dunas, solo silencio y alguna
carta y un espectador con nariz de payaso tocando a su puerta de madrugada,
solo su voluntad ante el peso de las atareadas horas.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Flores invisibles palpitan bajo la tierra
Nuestra
estación languidece,
se
agosta, se muere.
El
sueño de verano
nos
condena sin remedio
e,
implacable, nos despierta
del
error de sentirnos eternos.
Seremos
solo restos
en
los lejanos días venideros:
otoño
en crujientes hojas,
plácidamente
colocadas
como
piezas de una colcha.
Tan
solo espero que el frío,
que
se abate sobre las exhaustas cosas,
me
descubra en el blanco invierno,
partiendo
hacia el verde y pálido día de mañana
que,
incrédulo, aguarda,
entre
las manos, nada.
Y
quizás el tiempo,
insólito
centinela
que
vigila nuestra puerta,
abra
un camino,
limpie
la nieve de nuestra senda,
eche
sal a nuestro paso,
sea, de repente, un aliado
y
decida dar una oportunidad
a
estos del lado donde nos hallamos.
Momento,
pues, de desperezarse,
estirarse,
palparse
los miembros,
entumecidos y yermos,
alzarse
el cuerpo, ajeno,
hacerlo
caminar en círculos
hasta
acostumbrarse al movimiento.
Hora
de calzarse y salir
donde
las estaciones siguen su concierto.
Y
ver si está el suelo lleno.
Lleno
de yerba, lleno de cielo.
Si
está pleno de hojas
o,
acaso, lo anega el cieno.
Y
hacer un hueco en el
cálido fango.
Y,
con los brazos cansados,
cavar
un pozo y construir un tejado,
esperando
que el tiempo nos acaricie
en
lugar de fustigarnos.
Y
persistir, distraídos en la abeja
que liba la flor inquieta.
Ser simplemente parte,
como las hojas que cuelgan,
como las hojas del sauce
o las hojas del roble
o las del arce.
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| Pier Toffoletti |
viernes, 10 de agosto de 2012
Vagabunda y extranjera
Yo, que apenas he conocido la ciudad ni el campo, que desconozco los
misterios de la simiente y los ladrillos, que espero despierta en la noche
ladridos y aullidos, música de chicharras y grillos; que, sin salir de este
laberinto, he imaginado las guerras y los partos, la mezquina condición del
hombre y sus juegos; que, sin marchar, he vagabundeado; y, junto con otros
mendigos, he bailado, tocado la flauta, robado; que he dado masajes en salones
de té en mi época extranjera; que nadé en una playa de Tailanda donde los
dioses escondieron el paraíso y su secreto; que, confusa, he vivido mil vidas
todas falsas, todas plenas, soñadas en el bosque o en sucios locales, rompiendo
la promesa de ser yo, vagabunda y extranjera.
| Linguaggio dei corpi-Pier Toffoletti |
lunes, 6 de agosto de 2012
Desierto
Yo, que
apenas he vivido, podría fingir haber confiado en un hombre, persiguiendo algún
goce animal, sabiendo que no sirve de mucho hablar; podría soñar con ruinas y
caravanas de beduinos; el calor y el temblor del paisaje embustero; la tormenta
de arena y la sed; la pérdida de la memoria, los labios ulcerados, llenos de
costras y llagas resecas; la mirada perdida; abandonada por todos, esperando el
cese del pesar, de la angustia y del miedo; consciente de lo terrible que es
vivir mientras las horas se eternizan en la resistencia de mi cuerpo a la mera
nada que espera, como un alivio, el momento en que la tormenta se disipa y
queda el espectáculo deslumbrante, punzante, dorado, inefable del sueño.
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| Automat-Edward Hopper |
En una mano, la cabeza; en la otra, la pluma; en la otra, la cerveza. Irish blues
Tengo el cerebro inflamado
y mi cabeza toma tintes cómicos; deseo escribir o tomar la botella o, ¡mejor!,
ambas cosas para desfogar mi alma y que mi mente retorne a sus dimensiones
cabalmente humanas, estéticamente contemporáneas. Quizás, al escribir, vomite el pensamiento que se acumula
físicamente haciendo bulto y aleje de mí dolores, angustias, excesos y
protuberancias.
En verdad, me siento
diferente. Honrado por un don precioso, fatídico, delirante, canallesco, ante
todo, grotesco genio. Es, sin duda, por esta cabeza tan gorda, por esta
megaloencefalia parcial e inversa, no catalogable ni reconocida, —por la que
desgraciadamente no tendré una baja ni una mísera paguita—, que los
pensamientos se agolpan y la verborrea permite que, una de tantas veces, diga
algo magnífico, heroico y universal.
Genio y desorden: todo con tanta dignidad como un falso funeral con falsa
incineración y falsa misa, ataúd vacío y dolientes hartos de whisky y cerveza
negra.
Mi señora, Ifigenia,
siempre fue enemiga de la venta de alcohol en cementerios y parques infantiles;
hospitales y centros de acogida. Lástima.
Al fin, acabó cambiando de opinión. Acaudilló, bravísima, una causa con tales
argumentos que a punto estuvo de llegar al Parlament. Fue justo cuando el hígado le explotó. Desde
ese día, festejo a los dioses y conduzco con cuidado, recibo mi ebriedad como
una suerte de destino y alivio, una vida feliz en todo excepto en tener que ir
dando tumbos hasta caer redondo en el arcén o en la acera. En ese momento, no
obstante, carezco de miedo y, aun sin conciencia, obtengo un don profético solo
dado a los sabios y a los locos. Derrocho levedad, la salpico, la regalo y mi
existencia se torna un don para los esquivos viandantes. A la sazón, me recibe
una lluvia de flores de jacaranda, el turbador color bastardo, el pegamento de
su zona erógena. ¡Oh, visión celestial, dulce dormir sin soñar, dulce vivir sin
pensar!
Mas el tiempo del verdear
siempre acaba y el verano trae la hoja seca, el crujir de la rama, el hostil
cacto, y de mi inspiración y mi gracia no queda nada; despierto en algún extraño
lugar y recobro, a mi pesar, la cordura; consciente del orden y la amenaza,
miro a mi alrededor y cargo con mi testa hasta la siguiente página.
martes, 24 de julio de 2012
Muerte de un soldado
Noté el proyectil atravesar mis costillas. No sentí dolor solo presión, calor, pero aun así caí. La sensación fue la misma de un puñetazo, un golpe bajo, aunque después escocía. Quedé boca arriba unos segundos mirando las nubes nuevamente, preguntándome cómo podía ser el cielo tan azul aquel día en que el suelo ensangrentado dolía los ojos del que cobarde o abatido los bajaba.
El cielo nos ignora y hace bien. ¿Cómo el azul infinito no nos distrae de esta carnicería?
Oí unos pasos y unas palabras en aquel idioma extranjero que odiaba. Un metro noventa, quizás noventa kilos, empezó a patearme en la espalda, en el estómago, en los costados. Y yo le decía: "No me haces daño, cabrón. Tú no sabes lo que es el dolor. No puedes herirme. Golpea a placer". Y lo miraba y me reía y le preguntaba en mi lengua antigua y bella: "¿Has leído a Kafka, Hesse, Goethe, Schiller?". Ignorante bastardo. Ni sabría leer.
Cuando se cansó de golpear mi cuerpo, avisó a otros como él. Me agarraron y me metieron en un camión lleno de otros como yo: heridos, prisioneros, sucios de barro, sangre, oliendo a humo, ceniza y carne quemada. Algunos podían sentarse; otros nos amontonábamos en el suelo del vehículo.
Llegamos al cabo de algunas horas. Muchos llegaron muertos. Yo, no.
Aquel lugar que vi entre brumas era un castillo convertido en campo de prisioneros. Me empujaron y arrastraron hasta una celda. Me lanzaron, me encadenaron, cerraron la puerta.
Yo para entonces ya no podía mover las piernas. Pero solo me preocupaba la sed. La sed te hace sentir mareado, te duele el estómago, te da calambres.
Me desvanecí.
Al despertar, estaba en una cama, en una sala que parecía un improvisado hospital, blanquísimo, limpísimo, con unas gigantescas ventanas a través de las que entraba el sol y una brisa suave que movía las finas cortinas y los visillos que tapaban las paredes. A mi lado, sentada, una mujer joven que supuse enfermera me miró y sonrió. Se acercó y susurró palabras ininteligibles en otro de esos idiomas desconocidos para mí. Sus cabellos, largos, rubios, suaves y perfumados, fueron suficiente. Los ojos, azules, me mostraban confianza y simpatía.
Seguía sin poder mover las piernas ni casi los brazos, pero alcancé a levantar una mano y acariciar sus cabellos. Ella se inclinó y besó mi frente. Al levantarse, sin embargo, no vestía uniforme sino vendas. Unas vendas que no ocultaban su belleza y su juventud. Cerré los ojos. Aún sentía sed y no podía hablar. Volví a desmayarme.
No sé cuánto tiempo pasó. Me despertaron los latidos desbocados de mi corazón y un fuerte dolor de cabeza. Curioso: no me dolía la herida. No suelo quejarme; sin embargo, no pude evitar gritar aunque más me habría valido no hacerlo porque la boca se me rasgó por dentro. El sabor de la sangre, inconfundible, me alimentó y pronto me sentí capaz de mirar a mi alrededor. Había vuelto a la celda, y ella estaba allí, conmigo. Sus vendas medio desarmadas me hicieron pensar que la habrían maltratado pero su aspecto era radiante, sus cabellos no se veían despeinados. Nada de dolor, tristeza, vergüenza, miedo en su mirada, como ocurre cuando a una mujer la han dañado.
Me alegré de que no la hubieran roto.
Ella se acercó despacio y me acarició el rostro. Pensé: "!Qué pena no tener fuerzas!" Me besó en los labios, pero mis labios estaban secos y mi boca llena de sangre, así que me aparté y me eché hacia atrás, para que pudiese besarme, pero no en los labios.
Ojalá hubiera podido levantar la cabeza y mirarla. Ver cómo con su amor me quitaba el dolor y la pena. Ver su rubio cabello acariciando mi vientre y sus labios absorbiendo la vida en ruinas y solo dejando una sensación de placer inconmensurable.
Abrí los ojos por última vez y me encontré bajo el azul infinito que ya había visto antes.
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| El ángel herido, de Hugo Simberg |
miércoles, 18 de julio de 2012
El hombre insustancial y el otro. Alienación, peloteo y muerte por asco
En un
triste trayecto de autobús, Filólogo se sentó junto a Ministro.
-Buenas
tardes.
-Si usted
lo dice...
Al fondo
los árboles perdían sus hojas mientras banderas rojigualdas celebraban alguna
victoria. El camino iba a ser largo. Algunos “indignados” (N. del T.: el retintín
gráfico a modo de comillas NO es mío es del autobusero)
habían tenido el feo detalle de cortar la Alameda.
-Qué asco.
Qué asco. Esta gentuza va a arruinar el país.
-Breve et irreparabile tempus omnibus est vitae.
-¿Qué
masculla usted, desconocido? ¿Quién es el que a mí se dirige en una sospechosa
jerga extranjera?
-Mi nombre
es Filólogo
-¡Qué
nombre más extraño! ¿No será griego o moro o algo peor?
-Pues no.
-Menos
mal. Ya le veía yo impecablemente vestido, algo poco frecuente en estos
vehículos más propios del populacho.
-No
recordaba dónde había aparcado el coche anoche y me aventuré a probar este
medio de transporte. Más por curiosidad y por pereza que por deseo de llegar a
mi destino. Todo sea dicho.
-Yo soy el
ministro Wert. Me puede llamar Sr. Ministro. ¿Puedo llamarlo Phil? Es que el
otro nombre se me hace antipático, no sé bien decirle a usted por qué.
-Como
guste, Sr. Ministro. Y dígame ¿qué hace Su Dignidad en un transporte público,
si no es atrevimiento preguntar?
-Estoy de
Penitencia. He cometido unos pecados que expío mediante esta tortura
intolerable.
-Pensaba
yo que estos asuntos se resolvían flagelándose o caminando descalzo tras tal o
cual Cristo en Semana Santa.
-Sí, no va
usted descaminado; pero, tras un par de experiencias de ese calibre, decidí que
mis pecados no son tan graves como para tamaño sufrimiento. Además, no me gusta
nada el dolor. Y como figura de importancia capital en este nuestro país,
nación española, no me parece recomendable caminar descalzo en pública
procesión. Eso es más para parados o gente que tiene parientes muy enfermos y
no alcanzan a ir a Fátima.
-Probablemente
lleva usted razón. Y supongo, -estoy seguro, vamos-, que los pecados serán
veniales e insignificantes.
-Eso
depende... La debilidad de la carne me
impele a ir a un lugar llamado HesK Ándalus
donde las representantes y relaciones públicas me obligan a cometer actos y ejercicios que, dada mi condición de
hombre católico apostólico romano, y -para más inri- casado, debo reconocer de un nivel de gravedad de 4, siendo el mínimo 1 y el máximo, 5.
-He de
decir que, como varón, le entiendo a usted...
-No es
para menos.
Toses. Bostezos.
El autobús renueva su marcha.
-Y ¿adónde
se dirige usted, Phil?
-A la
Universidad, donde trabajo.
La
condición del insigne e ilustre político no le permite ocultar un gruñido y una
afirmación algo recargada que se puede resumir en que el señor Wert detesta la
Universidad, si bien el ministro no usa la palabra detestar, sino odiar.
Pensamos que por ser algo más corta y tener más índice de frecuencia en el
léxico disponible de las masas a las que el germanófilo por imposición nominal se
debe como servidor del pueblo soberano, que aunque no lo votare tampoco lo botó.
El
Filólogo, en este caso un hombre cabal, proverbialmente insustancial, proclive
a dar la razón al poderoso y cuya resaca le impedía hacer comentarios en uno u
otro sentido, asintió:
-Ya, ya, ya.
-No me
dirá usted, estimado Phil, que piensa que ese lugar no necesita una buena dosis
de mano dura.
-Siempre
lo he pensado. Sí. Estos jóvenes sin disciplina visten de cualquier modo y no
merecen un esfuerzo por nuestra parte.
-Bueno, ¿y
qué me dice de sus compañeros? En su mayoría unos vagos y unos privilegiados
que se piensan mejores que los demás. ¡Si hasta me consta que desprecian las encuestas! Reforma y recortes y ya verás que suaves se van a quedar.
-Absolutamente
de acuerdo: nos debatimos entre burócratas ignorantes y mujeres descotadas con
falta de masa gris.
-Lo de las
mujeres es una gran verdad... Lo de los burócratas se lo paso porque no acabo
de entenderle. A mí, lo que me revienta es lo de los rojos.
-Lleva
usted toda la razón. Me he de despedir. He aquí mi parada.
-Un
placer, Phil. No se deje abatir. Pronto estará cada cual en su lugar.
-Eso
espero, Excelencia. Quizás coincidamos en ese incierto local algún día en el
que le pueda invitar con mi modesto sueldo para agradecerle su interés por esta
institución.
-Así sea. Y
que el Señor le acompañe.
![]() |
| Prueba fotográfica de que ha escrito UN libro |
sábado, 14 de julio de 2012
Yo soy mi rabia
No lo siento: "Yo soy mi rabia".
Esperaré a dejarte para escribirte una carta. Una carta digna, una carta dramática. Cogeré una angina de pecho y la soltaré para pimplarme unas cuantas. Luego toseré e iré a una clínica o un balneario a la Suiza francófona. ¡Oh, las montañas! Enormes cúspides como senos llenos de leche materna. Ñam, mami, te echo de menos. Nata con dulce de azúcar es la infancia.
De día, tomaré las aguas; de noche, tomaré Sodoma. Siempre la esperanza de vencer, romper, violar, fenecer. Siempre el sueño de ampliar el imperio con el enorme tótem de carne que todo lo cura y cuyo tamaño, como el del Universo y el del reverso de todo coño, es tan relativo como mi orgullo y tu amor de tuno salmantino, pasado perfecto de subjuntivo. Tratamiento completo para tisis, sífilis y locura histérica transitoria. ¡Ah, Suiza y el aire helado y puro de la montaña! Las gordas rubias con trenzas y la música insufrible de aquel vacuo lugar donde la idea es superar la conciencia cívica y blanquear dinero como en México blanquean anos.
De día, tomaré las aguas; de noche, tomaré Sodoma. Siempre la esperanza de vencer, romper, violar, fenecer. Siempre el sueño de ampliar el imperio con el enorme tótem de carne que todo lo cura y cuyo tamaño, como el del Universo y el del reverso de todo coño, es tan relativo como mi orgullo y tu amor de tuno salmantino, pasado perfecto de subjuntivo. Tratamiento completo para tisis, sífilis y locura histérica transitoria. ¡Ah, Suiza y el aire helado y puro de la montaña! Las gordas rubias con trenzas y la música insufrible de aquel vacuo lugar donde la idea es superar la conciencia cívica y blanquear dinero como en México blanquean anos.
Todas las mujeres, amantes entretenidas, todas las que no lloran ni sangran ni rezan durante el sexo son las grandes putas de la historia. Ninguna escribirá un libro, un poema, un panfleto. Ninguna comandará una causa, ninguna firmará un decreto. Pero, oh imbéciles, cada una de vuestras amadas, cada madre adorada, cada maestra venerada... pertenece a nuestra casta. No hay mujer libre que no sea de mi estirpe y vosotros, bastardos, sois los hijos de la que nunca será amada.
viernes, 8 de junio de 2012
"Mi poeta"
Aquel que tiene un tornado en el pecho
que aflora por sus labios y por sus dedos
ideando palabras, masticando versos,
que acaso no dicen nada, mas podrían ser
-pasó alguna vez-
tormenta feroz y lasciva,
lluvia fina que amansa,
brisa ardiente que inflama.
Solo en lo que miente dice alguna verdad.
El sol de la pena
y el sol de la esperanza
y el sol de la alegría le abrasan.
Conoce lo imposible y lo perfecto
que anidan en su alma.
El poeta toca una cuerda invisible
con su deseo.
No son palabras: es el corazón,
que de algún modo se arranca
y deja entre tus manos
como una amapola caliente
que palpita, que te mira,
que ahora ves y ahora no ves.
Dirá: te regalo mi corazón,
lo guardaba en mi pecho,
brillante, como el placer
que algún día te daré.
¡Oh, aquella está perdida!
El poeta necesita estar loco.
Así esa voz, díscola e incontrolada,
que tantas veces embriaga,
que inventa sueños y eleva almas,
viaja en un fingido navío.
Disfraces inventa el que simula,
cuando necesita sobrevivir
al amor o al vacío,
a su impulso
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