sábado, 20 de octubre de 2012

El último día del hombre vampiro


El hombre vampiro avanza con ritmo lento, confinado en una gruta donde la exigua atmósfera solo permite monótonas cadencias: un sordo ronquido, un goteo sobre la piedra, el temblor del sicomoro a cada golpe de la tierra. Un paso tras otro, el vampiro rodea el tronco amarillo, salpica la roca, arrastra la arenilla desprendida de la grieta, se mueve para fingir que aún busca. Sediento, se cuestiona cuántos días más, cuántos como este en el que está. El apetito lo trastorna. Lo trastorna vivir sumido en tinieblas: en su destierro no hay puestas de sol que avisen y la luz no es mayor que una bujía de aceite sobre una mesa de piedra. Ahora, las imágenes penetran en su cerebro como si fuesen los metros de una película vieja. Sus recuerdos emergen en blanco y negro: nubes sobre un cielo pesado y oscuro, la coreografía de la noche reflejada en el blanco piso de piedra. El ritmo de las horas se impone de súbito y el hombre vampiro siente los latidos del hambre. Él, que olvidó los colores, siempre tiene presente el tiempo y, como un autómata, gira el brazo y mira su muñeca vacía, revisa sus bolsillos vacíos, se observa el cuerpo vacío; sus ojos se pierden en un horizonte tan insoportable, tan asfixiante, tan negro, tan pequeño y mezquino que el páramo oscuro se ha de disfrazar de avenida de transeúntes de otro mundo: mujeres serpiente y místicos pasajeros, felices inviernos ebrios ocultos en grandes coches de cristales de humo. El hombre vampiro baja en el muelle, donde las cantinas arden atestadas de carne con que alimentarse. Baila con vestidos rojos hasta que las velas se extinguen y la sirena avisa y el sol raya el cielo: el viaje acaba y se hace el silencio. El hombre vampiro se derrumba a los pies del sicomoro, se estira, esfuerza el brazo para arrancar una rama mientras aprieta la sien contra la roca helada. Respira el aire del puerto y el alboroto festivo del lupanar lo anima. Exhausto, se arrebuja en torno al tronco y se clava la rama en el pecho.





sábado, 6 de octubre de 2012

Ghosts in the photograph



Suna esperaba. Una ola despejó la orilla dejando en su retirada cientos de burbujas huérfanas. El tiempo arrastra la vida de los que temen a la muerte. El litoral quedaba limpio de algas y de pedrezuelas y de caracolas y de conchas rotas, e iba mermando en favor de la única palmera. Remolinos de viento le alborotaban los cabellos mientras un hatajo de gaviotas insistía en sus ingratos graznidos.
Adelantó los pies sobre el fondo revuelto, los brazos pegados al cuerpo. Tras de sí, nadie: un grupo de rocas como único testigo impasible y somnoliento, sobre el cual se alargaba la sombra de la torre que parecía difuminarse como un anuncio del ocaso del día. Ella no sentía miedo. Su cuerpo ligero se mantenía erguido ante las embestidas del mar que se iba embraveciendo para, después, calmarse de nuevo. Pronto pasaría el frío que la agarrotaba por dentro, solo un lío de ropa mojada enredado en el rompiente, solo un coche abandonado entre las dunas, solo silencio y alguna carta y un espectador con nariz de payaso tocando a su puerta de madrugada, solo su voluntad ante el peso de las atareadas horas. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Flores invisibles palpitan bajo la tierra


Nuestra estación languidece,
se agosta, se muere.
El sueño de verano
nos condena sin remedio
e, implacable, nos despierta
del error de sentirnos eternos.

Seremos solo restos
en los lejanos días venideros:
otoño en crujientes hojas,
plácidamente colocadas
como piezas de una colcha.

Tan solo espero que el frío,
que se abate sobre las exhaustas cosas,
me descubra en el blanco invierno,
partiendo hacia el verde y pálido día de mañana
que, incrédulo, aguarda,
entre las manos, nada.

Y quizás el tiempo,
insólito centinela
que vigila nuestra puerta,
abra un camino,
limpie la nieve de nuestra senda,
eche sal a nuestro paso,
sea, de repente, un aliado
y decida dar una oportunidad
a estos del lado donde nos hallamos.

Momento, pues, de desperezarse,
estirarse,
palparse los miembros,
entumecidos y yermos,
alzarse el cuerpo, ajeno,
hacerlo caminar en círculos
hasta acostumbrarse al movimiento.
Hora de calzarse y salir
donde las estaciones siguen su concierto.
Y ver si está el suelo lleno.
Lleno de yerba, lleno de cielo.
Si está pleno de hojas
o, acaso, lo anega el cieno.

Y hacer un hueco en el cálido fango.
Y, con los brazos cansados,
cavar un pozo y construir un tejado,
esperando que el tiempo nos acaricie
en lugar de fustigarnos.
Y persistir, distraídos en la abeja
que liba la flor inquieta.
Ser simplemente parte,
como las hojas que cuelgan,
como las hojas del sauce
o las hojas del roble
o las del arce.

Pier Toffoletti

viernes, 10 de agosto de 2012

Vagabunda y extranjera


Yo, que apenas he conocido la ciudad ni el campo, que desconozco los misterios de la simiente y los ladrillos, que espero despierta en la noche ladridos y aullidos, música de chicharras y grillos; que, sin salir de este laberinto, he imaginado las guerras y los partos, la mezquina condición del hombre y sus juegos; que, sin marchar, he vagabundeado; y, junto con otros mendigos, he bailado, tocado la flauta, robado; que he dado masajes en salones de té en mi época extranjera; que nadé en una playa de Tailanda donde los dioses escondieron el paraíso y su secreto; que, confusa, he vivido mil vidas todas falsas, todas plenas, soñadas en el bosque o en sucios locales, rompiendo la promesa de ser yo, vagabunda y extranjera.

Linguaggio dei corpi-Pier Toffoletti

lunes, 6 de agosto de 2012

Desierto



Yo, que apenas he vivido, podría fingir haber confiado en un hombre, persiguiendo algún goce animal, sabiendo que no sirve de mucho hablar; podría soñar con ruinas y caravanas de beduinos; el calor y el temblor del paisaje embustero; la tormenta de arena y la sed; la pérdida de la memoria, los labios ulcerados, llenos de costras y llagas resecas; la mirada perdida; abandonada por todos, esperando el cese del pesar, de la angustia y del miedo; consciente de lo terrible que es vivir mientras las horas se eternizan en la resistencia de mi cuerpo a la mera nada que espera, como un alivio, el momento en que la tormenta se disipa y queda el espectáculo deslumbrante, punzante, dorado, inefable del sueño.

Automat-Edward Hopper


En una mano, la cabeza; en la otra, la pluma; en la otra, la cerveza. Irish blues


Tengo el cerebro inflamado y mi cabeza toma tintes cómicos; deseo escribir o tomar la botella o, ¡mejor!, ambas cosas para desfogar mi alma y que mi mente retorne a sus dimensiones cabalmente humanas, estéticamente contemporáneas. Quizás, al escribir, vomite el pensamiento que se acumula físicamente haciendo bulto y aleje de mí dolores, angustias, excesos y protuberancias.
En verdad, me siento diferente. Honrado por un don precioso, fatídico, delirante, canallesco, ante todo, grotesco genio. Es, sin duda, por esta cabeza tan gorda, por esta megaloencefalia parcial e inversa, no catalogable ni reconocida, —por la que desgraciadamente no tendré una baja ni una mísera paguita—, que los pensamientos se agolpan y la verborrea permite que, una de tantas veces, diga algo magnífico, heroico y universal.
Genio y desorden: todo con tanta dignidad como un falso funeral con falsa incineración y falsa misa, ataúd vacío y dolientes hartos de whisky y cerveza negra.
Mi señora, Ifigenia, siempre fue enemiga de la venta de alcohol en cementerios y parques infantiles; hospitales y centros de acogida. Lástima. Al fin, acabó cambiando de opinión. Acaudilló, bravísima, una causa con tales argumentos que a punto estuvo de llegar al Parlament. Fue justo cuando el hígado le explotó. Desde ese día, festejo a los dioses y conduzco con cuidado, recibo mi ebriedad como una suerte de destino y alivio, una vida feliz en todo excepto en tener que ir dando tumbos hasta caer redondo en el arcén o en la acera. En ese momento, no obstante, carezco de miedo y, aun sin conciencia, obtengo un don profético solo dado a los sabios y a los locos. Derrocho levedad, la salpico, la regalo y mi existencia se torna un don para los esquivos viandantes. A la sazón, me recibe una lluvia de flores de jacaranda, el turbador color bastardo, el pegamento de su zona erógena. ¡Oh, visión celestial, dulce dormir sin soñar, dulce vivir sin pensar!
Mas el tiempo del verdear siempre acaba y el verano trae la hoja seca, el crujir de la rama, el hostil cacto, y de mi inspiración y mi gracia no queda nada; despierto en algún extraño lugar y recobro, a mi pesar, la cordura; consciente del orden y la amenaza, miro a mi alrededor y cargo con mi testa hasta la siguiente página.

Autorretrato blando con beicon a la parrilla (Dali, 1941)

martes, 24 de julio de 2012

Muerte de un soldado



Noté el proyectil atravesar mis costillas. No sentí dolor solo presión, calor, pero aun así caí. La sensación fue la misma de un puñetazo, un golpe bajo, aunque después escocía. Quedé boca arriba unos segundos mirando las nubes nuevamente, preguntándome cómo podía ser el cielo tan azul aquel día en que el suelo ensangrentado dolía los ojos del que cobarde o abatido los bajaba.
El cielo nos ignora y hace bien. ¿Cómo el azul infinito no nos distrae de esta carnicería?
Oí unos pasos y unas palabras en aquel idioma extranjero que odiaba. Un metro noventa, quizás noventa kilos, empezó a patearme en la espalda, en el estómago, en los costados. Y yo le decía: "No me haces daño, cabrón. Tú no sabes lo que es el dolor. No puedes herirme. Golpea a placer". Y lo miraba y me reía y le preguntaba en mi lengua antigua y bella: "¿Has leído a Kafka, Hesse, Goethe, Schiller?". Ignorante bastardo. Ni sabría leer.
Cuando se cansó de golpear mi cuerpo, avisó a otros como él. Me agarraron y me metieron en un camión lleno de otros como yo: heridos, prisioneros, sucios de barro, sangre, oliendo a humo, ceniza y carne quemada. Algunos podían sentarse; otros nos amontonábamos en el suelo del vehículo.
Llegamos al cabo de algunas horas. Muchos llegaron muertos. Yo, no.
Aquel lugar que vi entre brumas era un castillo convertido en campo de prisioneros. Me empujaron y arrastraron hasta una celda. Me lanzaron, me encadenaron, cerraron la puerta.
Yo para entonces ya no podía mover las piernas. Pero solo me preocupaba la sed. La sed te hace sentir mareado, te duele el estómago, te da calambres.
Me desvanecí.
Al despertar, estaba en una cama, en una sala que parecía un improvisado hospital, blanquísimo, limpísimo, con unas gigantescas ventanas a través de las que entraba el sol y una brisa suave que movía las finas cortinas y los visillos que tapaban las paredes. A mi lado, sentada, una mujer joven que supuse enfermera me miró y sonrió. Se acercó y susurró palabras ininteligibles en otro de esos idiomas desconocidos para mí. Sus cabellos, largos, rubios, suaves y perfumados, fueron suficiente. Los ojos, azules, me mostraban confianza y simpatía.
Seguía sin poder mover las piernas ni casi los brazos, pero alcancé a levantar una mano y acariciar sus cabellos. Ella se inclinó y besó mi frente. Al levantarse, sin embargo, no vestía uniforme sino vendas. Unas vendas que no ocultaban su belleza y su juventud. Cerré los ojos. Aún sentía sed y no podía hablar. Volví a desmayarme.
No sé cuánto tiempo pasó. Me despertaron los latidos desbocados de mi corazón y un fuerte dolor de cabeza. Curioso: no me dolía la herida. No suelo quejarme; sin embargo, no pude evitar gritar aunque más me habría valido no hacerlo porque la boca se me rasgó por dentro. El sabor de la sangre, inconfundible, me alimentó y pronto me sentí capaz de mirar a mi alrededor. Había vuelto a la celda, y ella estaba allí, conmigo. Sus vendas medio desarmadas me hicieron pensar que la habrían maltratado pero su aspecto era radiante, sus cabellos no se veían despeinados. Nada de dolor, tristeza, vergüenza, miedo en su mirada, como ocurre cuando a una mujer la han dañado.
Me alegré de que no la hubieran roto.
Ella se acercó despacio y me acarició el rostro. Pensé: "!Qué pena no tener fuerzas!" Me besó en los labios, pero mis labios estaban secos y mi boca llena de sangre, así que me aparté y me eché hacia atrás, para que pudiese besarme, pero no en los labios.
Ojalá hubiera podido levantar la cabeza y mirarla. Ver cómo con su amor me quitaba el dolor y la pena. Ver su rubio cabello acariciando mi vientre y sus labios absorbiendo la vida en ruinas y solo dejando una sensación de placer inconmensurable.
Abrí los ojos por última vez y me encontré bajo el azul infinito que ya había visto antes.

El ángel herido, de Hugo Simberg

miércoles, 18 de julio de 2012

El hombre insustancial y el otro. Alienación, peloteo y muerte por asco


En un triste trayecto de autobús, Filólogo se sentó junto a Ministro.

-Buenas tardes.
-Si usted lo dice...

Al fondo los árboles perdían sus hojas mientras banderas rojigualdas celebraban alguna victoria. El camino iba a ser largo. Algunos “indignados” (N. del T.: el retintín gráfico a modo de comillas NO es mío es del autobusero) habían tenido el feo detalle de cortar la Alameda.

-Qué asco. Qué asco. Esta gentuza va a arruinar el país.
-Breve et irreparabile tempus omnibus est vitae.
-¿Qué masculla usted, desconocido? ¿Quién es el que a mí se dirige en una sospechosa jerga extranjera?
-Mi nombre es Filólogo
-¡Qué nombre más extraño! ¿No será griego o moro o algo peor?
-Pues no.
-Menos mal. Ya le veía yo impecablemente vestido, algo poco frecuente en estos vehículos más propios del populacho.
-No recordaba dónde había aparcado el coche anoche y me aventuré a probar este medio de transporte. Más por curiosidad y por pereza que por deseo de llegar a mi destino. Todo sea dicho.
-Yo soy el ministro Wert. Me puede llamar Sr. Ministro. ¿Puedo llamarlo Phil? Es que el otro nombre se me hace antipático, no sé bien decirle a usted por qué.
-Como guste, Sr. Ministro. Y dígame ¿qué hace Su Dignidad en un transporte público, si no es atrevimiento preguntar?
-Estoy de Penitencia. He cometido unos pecados que expío mediante esta tortura intolerable.
-Pensaba yo que estos asuntos se resolvían flagelándose o caminando descalzo tras tal o cual Cristo en Semana Santa.
-Sí, no va usted descaminado; pero, tras un par de experiencias de ese calibre, decidí que mis pecados no son tan graves como para tamaño sufrimiento. Además, no me gusta nada el dolor. Y como figura de importancia capital en este nuestro país, nación española, no me parece recomendable caminar descalzo en pública procesión. Eso es más para parados o gente que tiene parientes muy enfermos y no alcanzan a ir a Fátima.
-Probablemente lleva usted razón. Y supongo, -estoy seguro, vamos-, que los pecados serán veniales e insignificantes.
-Eso depende...  La debilidad de la carne me impele a ir a un lugar llamado HesK Ándalus donde las representantes y relaciones públicas me obligan a cometer actos y ejercicios que, dada mi condición de hombre católico apostólico romano, y -para más inri- casado, debo reconocer de un nivel de gravedad de 4, siendo el mínimo 1 y el máximo, 5.
-He de decir que, como varón, le entiendo a usted...
-No es para menos.

Toses. Bostezos. El autobús renueva su marcha.

-Y ¿adónde se dirige usted, Phil?
-A la Universidad, donde trabajo.

La condición del insigne e ilustre político no le permite ocultar un gruñido y una afirmación algo recargada que se puede resumir en que el señor Wert detesta la Universidad, si bien el ministro no usa la palabra detestar, sino odiar. Pensamos que por ser algo más corta y tener más índice de frecuencia en el léxico disponible de las masas a las que el germanófilo por imposición nominal se debe como servidor del pueblo soberano, que aunque no lo votare tampoco lo botó.
El Filólogo, en este caso un hombre cabal, proverbialmente insustancial, proclive a dar la razón al poderoso y cuya resaca le impedía hacer comentarios en uno u otro sentido, asintió:
-Ya, ya, ya.
-No me dirá usted, estimado Phil, que piensa que ese lugar no necesita una buena dosis de mano dura.
-Siempre lo he pensado. Sí. Estos jóvenes sin disciplina visten de cualquier modo y no merecen un esfuerzo por nuestra parte.
-Bueno, ¿y qué me dice de sus compañeros? En su mayoría unos vagos y unos privilegiados que se piensan mejores que los demás.  ¡Si hasta me consta que desprecian las encuestas! Reforma y recortes y ya verás que suaves se van a quedar.
-Absolutamente de acuerdo: nos debatimos entre burócratas ignorantes y mujeres descotadas con falta de masa gris.
-Lo de las mujeres es una gran verdad... Lo de los burócratas se lo paso porque no acabo de entenderle. A mí, lo que me revienta es lo de los rojos.
-Lleva usted toda la razón. Me he de despedir. He aquí mi parada.
-Un placer, Phil. No se deje abatir. Pronto estará cada cual en su lugar.
-Eso espero, Excelencia. Quizás coincidamos en ese incierto local algún día en el que le pueda invitar con mi modesto sueldo para agradecerle su interés por esta institución.
-Así sea. Y que el Señor le acompañe.

Prueba fotográfica de que ha escrito UN libro



sábado, 14 de julio de 2012

Yo soy mi rabia


No lo siento: "Yo soy mi rabia".

Esperaré a dejarte para escribirte una carta. Una carta digna, una carta dramática. Cogeré una angina de pecho y la soltaré para pimplarme unas cuantas. Luego toseré e iré a una clínica o un balneario a la Suiza francófona. ¡Oh, las montañas! Enormes cúspides como senos llenos de leche materna. Ñam, mami, te echo de menos. Nata con dulce de azúcar es la infancia. 
De día, tomaré las aguas; de noche, tomaré Sodoma. Siempre la esperanza de vencer, romper, violar, fenecer. Siempre el sueño de ampliar el imperio con el enorme tótem de carne que todo lo cura y cuyo tamaño, como el del Universo y el del reverso de todo coño, es tan relativo como mi orgullo y tu amor de tuno salmantino, pasado perfecto de subjuntivo. Tratamiento completo para tisis, sífilis y locura histérica transitoria. ¡Ah, Suiza y el aire helado y puro de la montaña! Las gordas rubias con trenzas y la música insufrible de aquel vacuo lugar donde la idea es superar la conciencia cívica y blanquear dinero como en México blanquean anos.





Todas las mujeres, amantes entretenidas, todas las que no lloran ni sangran ni rezan durante el sexo son las grandes putas de la historia. Ninguna escribirá un libro, un poema, un panfleto. Ninguna comandará una causa, ninguna firmará un decreto. Pero, oh imbéciles, cada una de vuestras amadas, cada madre adorada, cada maestra venerada... pertenece a nuestra casta. No hay mujer libre que no sea de mi estirpe y vosotros, bastardos, sois los hijos de la que nunca será amada.

viernes, 8 de junio de 2012

"Mi poeta"


Aquel que tiene un tornado en el pecho
que aflora por sus labios y por sus dedos
ideando palabras, masticando versos,
que acaso no dicen nada, mas podrían ser
-pasó alguna vez-
tormenta feroz y lasciva,
lluvia fina que amansa,
brisa ardiente que inflama.

Solo en lo que miente dice alguna verdad.
El sol de la pena
y el sol de la esperanza
y el sol de la alegría le abrasan.
Conoce lo imposible y lo perfecto
que anidan en su alma.

El poeta toca una cuerda invisible
con su deseo.
No son palabras: es el corazón,
que de algún modo se arranca
y deja entre tus manos
como una amapola caliente
que palpita, que te mira,
que ahora ves y ahora no ves.

Dirá: te regalo mi corazón,
lo guardaba en mi pecho,
brillante, como el placer
que algún día te daré.

¡Oh, aquella está perdida!

El poeta necesita estar loco.
Así esa voz, díscola e incontrolada,
que tantas veces embriaga,
que inventa sueños y eleva almas,
viaja en un fingido navío.
Disfraces inventa el que simula,
cuando necesita sobrevivir
al amor o al vacío,
a su impulso
de enriquecer un ápice
la esencia del mundo.