Una
incursión populi atraganta la calle y densifica el tráfico alterando el orden público.
La generación del remake, las sagas y las fotos retocadas sube a las farolas a
grabar con sus móviles y cargar en Tuenti y Facebook la fiesta improvisada. La
música se eleva, no cabe en ellos, les traspasa y asciende. Todos los vecinos, mayormente
divorciados y vueltos a casar de la generación del boom inmobiliario, la dieta
del pollo y la vida-antes-de-la-wikipedia, se asoman a las ventanas con sus videocámaras
(sí, también). Bueno, todos no... Toma en picado que objetiva la quinta planta donde
Gabino y Alexandra se preparan, ambos son profesores de lengua española o
castellana.
-No es
normal... En su piso se oyen las cosas más raras, —refiere Amalia, 53 años, separada, vecina cuyo dormitorio da al de los susodichos.
La fiesta
acaba a las cinco de la mañana. Ni sus detractores (vecinos) ni los partidarios
(chavales) pueden colgar el final en Facebook porque “la policía no se graba, hostias”.
Como en todo texto oral de tipo conversacional espontáneo, nos desviamos del tema y seguimos con los del 5º: Amalia no lo soportaba y, justo antes
de la crisis económica mundial (en adelante CEM), endosó el apartamento a un informático freelance por un precio que hoy día
parece ciencia ficción. El informático al poco se agenció un fonendoscopio en
el mercadillo de la Merced que cada sábado ofrece objetos seminuevos robados sin
competencia en lo referente a la relación precio/calidad, justo en el stand de Objetos (de) médicos entre un brillante tensiómetro y una caja de Valium
3.
-¿No quieres valiums, guapo?
-No, señora.
-Los valiums tienen mucha salida, niño, se venden muy bien. Traemos montones y al rato nos tenemos que ir a dar palos a Cerrado otra vez.
-Pues yo no quiero valiums, señora. Me llevo el fonendoscopio.
-¿El qué?
-Esa cosa de ahí, al lado de los valiums.
-Ah, ya. ¿Lo quieres para regalo?
-No.
-Ah, vale.
-¿No quieres valiums, guapo?
-No, señora.
-Los valiums tienen mucha salida, niño, se venden muy bien. Traemos montones y al rato nos tenemos que ir a dar palos a Cerrado otra vez.
-Pues yo no quiero valiums, señora. Me llevo el fonendoscopio.
-¿El qué?
-Esa cosa de ahí, al lado de los valiums.
-Ah, ya. ¿Lo quieres para regalo?
-No.
-Ah, vale.
De vuelta
a casa, el informático cogió una silla y se apostó junto a la pared del
cabecero, fonendoscopio en ristre.
-Nena,
tengo el verbo enhiesto.
-Tenemos
tiempo, Gabino, hazme un análisis sintáctico.
Daba así comienzo la clase de gramática. Al cabo de dos semanas, el informático tenía los complementos circunstanciales doloridos y empezó a hacerse el predicativo cuando el vecino salía a lo que fuese. Ella, al principio, declinaba el ofrecimiento pero al fin su calidad de mujer de letras, tolerante y generosa, pudo más que el objeto directo de la culpa. Lo que pasó fue que un día apareció el maestro y todo se lexicalizó de mala manera. Nada nuevo bajo el sol. En el mundo, cada dos segundos un hombre descubre que su mujer se la pega. Fraseología aparte, el informático se mudó con Alexandra. Ahora el cornudo es él: Alexandra llama a su ex cada vez que tiene una duda urgente y el informático ha tenido que desempolvar el fonendoscopio.
Gabino dejó la enseñanza para montar un
grupo funk llamado “Fantasmas austriacos tocando el violín”, pero inexplicablemente fracasó (seguro que por la crisis). Alex le ha prestado 10.000 euros. Se ha hecho inversor y se la pasa perdiendo dinero, viendo Juego de tronos y comiendo fritos con
guacamole.
Alexandra y el informático esperan un hijo de él.
Amalia les visita
con frecuencia.
La asociación de vecinos electrificó el suelo de la calle en
previsión de futuras algaradas: el mando electrocutor lo tiene el portero,
Domingo.
Es el año 2020, el mundo no se ha acabado y seguimos sin poder grabar a la
poli.
The end
| Freddie Mercury |





