martes, 6 de noviembre de 2012
Spotless life
Siempre es triste dejar atrás un paisaje que amas, mientras el taxi te aleja atravesando suburbios y puentes sobre vías ferroviarias y muros manchados de humedad con estresantes pintadas llenas de faltas ortográficas, y un talento subversivo y barriobajero te atenaza. Una espalda llena de caspa y unas manos demasiado pequeñas escondidas tras unos diminutos guantes blancos te guían hasta la salida del laberinto donde has vivido un tiempo que ya no importa pues está abocado al olvido, una nada impecable tras los 5:57 minutos de destello de una mente sin mácula. Es siempre triste volver la vista atrás y ver los rascacielos que te aplastaron y ensombrecieron cada uno de tus días, a los que miraste y volviste a mirar para fijarlos en tu memoria a pesar de saber que esta como las otras veces, todo eso lo ibas a olvidar; oír Everyboy hurts en tu mp4 robado, ver al fondo la torre metálica como un desafinado canto a la posmodernidad, la fisonomía de una ciudad enorme y sin alma, un sitio donde, aunque no lo sepas, porque nada se puede saber, no volverás. Entre el taxista y tú, un grueso vidrio está lleno de salpicaduras y huellas, las manecillas de las puertas arrancadas y una emisora de radio vomitando palabras extranjeras te despiden del caos en que casi te habías acostumbrado a ser infeliz, igual que uno se acostumbra al frío o a pasar hambre o a estar en un catre lleno de muelles, cama de faquir a la que te adaptas sin más, durmiendo como una serpiente, adelgazando para no pesar y así no clavarte esas puyas metálicas. Y te ves en el cristal de la ventanilla mirando la ciudad mientras te alejas, te ves en tu perfil afilado y envejecido, en tu rostro forastero, en tu cara de madrugada, una cara abstemia y sombría que no desentona con los viejos edificios ennegrecidos, el olor a carbón, los trapos tendidos en una ventana opaca y sucia tras la que alguien vive en una miseria infinita sin que ni siquiera a ese mismo alguien le importe. Y entonces te das cuenta, porque sientes algo intestinal que debe estar conectado con el inconsciente, en el sitio donde vive el mago de Oz del cuerpo que habitas, y te das cuenta de que esa ciudad es el lugar que amas, donde puedes ser tú, con un cuerpo infrahumano, borrachas noches y madrugadas, cucarachas aplastadas y cientos de botellas apiladas. Y que sea donde sea que te lleve ese avión tampoco entenderás el idioma ni las costumbres, que las camas y las escaleras y las aceras no serán allí tampoco de tu talla, que sea donde sea no te envolverá la bruma negra de polución y los transeúntes semimuertos de cabezas gachas serán sustituidos por molestos y extraños figurantes de ojos claros y que la BSO del lugar jamás será Mad World y que eso es lo que tú amas. Tu piso a esa hora ya estará habitado por otro, tu basura habrá sido despejada, tu nombre garabateado en lápiz en el buzón al que nunca llegó ni una sola carta tendrá ya otro nombre, encima del tuyo, escrito en rotulador negro, en caracteres cirílicos o alguna lengua eslava o caracteres tradicionales chinos. Y el taxi llega a la Terminal 4 y nada te parece tener más sentido que la palabra terminal para tu estado, y echas el dinero por la ventanilla bajada mientras imaginas el nombre de tu buzón como un epitafio extraterrestre para la vida que acaba.
sábado, 27 de octubre de 2012
Un Colt Anaconda calibre 44
Tenía la anaconda en la mano y ante sus ojos una escena aterradora brotó de la niebla que recordaba. Alzó la vista, el sol
estaba alto, debía de ser mediodía. Tan solo mediodía. Y todo aquello, cuándo
había ocurrido. Ángela había pasado por casa y se había quedado. La anaconda quemaba y una alarma intestinal, algo dentro, muy dentro del monstruo forzó una desconexión de un momento sin concretar. En
algún espacio mental, La vida de santos
que Enric había escrito tras leer a Bolaño: una mezcla de La literatura nazi en
América y la filmografía de James O. Incandeza. Una rata con menopausia había
caído en una humillante trampa para ratones, cinco horas de debate y lucha
física, de reproches: una vida inútil y una sarta de mentiras. ¿Era Enric la
rata? ¿Puede un escritor catalán tener la menopausia? Sin duda. La rata pegada
a un trozo de adhesivo cáustico, va desgarrándose en su lucha por liberarse
para sobrevivir mientras los ensordecedores chillidos despiertan a todos en la
casa; si alguien entendiese a la alimaña moribunda sabría que reconoce que no
desea vivir, que para qué esa vida. Pero aun así forcejea, con un inmenso
sufrimiento, su panza desollada, las tripas asomando, sangrando por la boca,
los dientes apretados y ennegrecidos. Suena el adagio en sol menor de Albinoni. Es como una
escena de La naranja mecánica. La
rata tarda en morir 29 páginas. 29 páginas, teñidas de rojo y horror.
Puede que ahora estén solos la anaconda y él. Ángela
tiene los ojos muy abiertos, la piel tan blanca, parece una muñeca, inmóvil y
lejana. Una concertista de piano con cara de niña que viaja en taxi con una carta
y debe dar instrucciones al taxista. Una enferma con cara lavada y bien
vestida que vaga por las tardes de buena familia. Mira a una niña mientras
destroza el preludio número 1 de Bach. El clave bien temperado. El primer ataque
de epilepsia fue en un teatro abarrotado: estaba en el escenario. El segundo, en mitad de la calle en la puerta de un orfanato a pocos pasos de su apartamento. El tercero, en las escaleras del metro. Las
lesiones en la lengua tardan en sanarse, la sangre mana de la boca afuera
mientras el cuerpo se sacude, golpeándose contra el suelo de cemento y piedra.
Los transeúntes se apartan y sienten náuseas. Algunos padres, una vez les explica lo que ocurre, deciden alejarla, cuestión que entendería si fuera madre. A los taxistas les pasa lo mismo: algunos prefieren
disculparse y marcharse por donde han venido. Y mientras toca algún muchacho
aventajado, la mirada de ella se hace vacía, tanto como su vida sin alicientes
ni sentido. Cuarenta páginas de reflexiones sobre la oscuridad de un porvenir
en el que ganarse el pan para vivir un poco más es un círculo parecido a la
rueda de la jaula de un roedor gordo y doméstico. Entre el despertarse,
asearse, desayunar y el llamar un taxi, había un abismo de horas muertas, un
diapasón que juega con el tiempo, como el latido del corazón que bombea sangre
para nada.
Y ahora allí yacía Ángela, como un personaje accesorio de algún cuento menor de Enric, cuya pluma narcisista habría parido este doppelgänger sacado de una armería del barrio de Odessa, sobando un colt anaconda recién sisado en concepto de adelanto de
la paga navideña, pateando piedritas, con las manos en los bolsillos llenos, el
pelo revuelto, la ropa arrugada, rumbo a una casa donde dos viejos herméticos
dormitan mientras comen o se escupen insultos en ruso. Un doble sin nombre que merodea y
finalmente atraviesa la puerta. Primero, Alexei. Luego, Irina. Después, Ángela, que
había pasado por casa y se había quedado, que se dedicaba a ser la puta de los padres de futuras promesas del piano.
El hombre sin nombre salió al raso. El viento soplaba. Alzó la vista, el sol estaba alto, debía de ser mediodía. No dudó. Fue en busca de Enric para saber cómo termina.
El hombre sin nombre salió al raso. El viento soplaba. Alzó la vista, el sol estaba alto, debía de ser mediodía. No dudó. Fue en busca de Enric para saber cómo termina.
domingo, 21 de octubre de 2012
¡La policía no se graba, hostias!
Una
incursión populi atraganta la calle y densifica el tráfico alterando el orden público.
La generación del remake, las sagas y las fotos retocadas sube a las farolas a
grabar con sus móviles y cargar en Tuenti y Facebook la fiesta improvisada. La
música se eleva, no cabe en ellos, les traspasa y asciende. Todos los vecinos, mayormente
divorciados y vueltos a casar de la generación del boom inmobiliario, la dieta
del pollo y la vida-antes-de-la-wikipedia, se asoman a las ventanas con sus videocámaras
(sí, también). Bueno, todos no... Toma en picado que objetiva la quinta planta donde
Gabino y Alexandra se preparan, ambos son profesores de lengua española o
castellana.
-No es
normal... En su piso se oyen las cosas más raras, —refiere Amalia, 53 años, separada, vecina cuyo dormitorio da al de los susodichos.
La fiesta
acaba a las cinco de la mañana. Ni sus detractores (vecinos) ni los partidarios
(chavales) pueden colgar el final en Facebook porque “la policía no se graba, hostias”.
Como en todo texto oral de tipo conversacional espontáneo, nos desviamos del tema y seguimos con los del 5º: Amalia no lo soportaba y, justo antes
de la crisis económica mundial (en adelante CEM), endosó el apartamento a un informático freelance por un precio que hoy día
parece ciencia ficción. El informático al poco se agenció un fonendoscopio en
el mercadillo de la Merced que cada sábado ofrece objetos seminuevos robados sin
competencia en lo referente a la relación precio/calidad, justo en el stand de Objetos (de) médicos entre un brillante tensiómetro y una caja de Valium
3.
-¿No quieres valiums, guapo?
-No, señora.
-Los valiums tienen mucha salida, niño, se venden muy bien. Traemos montones y al rato nos tenemos que ir a dar palos a Cerrado otra vez.
-Pues yo no quiero valiums, señora. Me llevo el fonendoscopio.
-¿El qué?
-Esa cosa de ahí, al lado de los valiums.
-Ah, ya. ¿Lo quieres para regalo?
-No.
-Ah, vale.
-¿No quieres valiums, guapo?
-No, señora.
-Los valiums tienen mucha salida, niño, se venden muy bien. Traemos montones y al rato nos tenemos que ir a dar palos a Cerrado otra vez.
-Pues yo no quiero valiums, señora. Me llevo el fonendoscopio.
-¿El qué?
-Esa cosa de ahí, al lado de los valiums.
-Ah, ya. ¿Lo quieres para regalo?
-No.
-Ah, vale.
De vuelta
a casa, el informático cogió una silla y se apostó junto a la pared del
cabecero, fonendoscopio en ristre.
-Nena,
tengo el verbo enhiesto.
-Tenemos
tiempo, Gabino, hazme un análisis sintáctico.
Daba así comienzo la clase de gramática. Al cabo de dos semanas, el informático tenía los complementos circunstanciales doloridos y empezó a hacerse el predicativo cuando el vecino salía a lo que fuese. Ella, al principio, declinaba el ofrecimiento pero al fin su calidad de mujer de letras, tolerante y generosa, pudo más que el objeto directo de la culpa. Lo que pasó fue que un día apareció el maestro y todo se lexicalizó de mala manera. Nada nuevo bajo el sol. En el mundo, cada dos segundos un hombre descubre que su mujer se la pega. Fraseología aparte, el informático se mudó con Alexandra. Ahora el cornudo es él: Alexandra llama a su ex cada vez que tiene una duda urgente y el informático ha tenido que desempolvar el fonendoscopio.
Gabino dejó la enseñanza para montar un
grupo funk llamado “Fantasmas austriacos tocando el violín”, pero inexplicablemente fracasó (seguro que por la crisis). Alex le ha prestado 10.000 euros. Se ha hecho inversor y se la pasa perdiendo dinero, viendo Juego de tronos y comiendo fritos con
guacamole.
Alexandra y el informático esperan un hijo de él.
Amalia les visita
con frecuencia.
La asociación de vecinos electrificó el suelo de la calle en
previsión de futuras algaradas: el mando electrocutor lo tiene el portero,
Domingo.
Es el año 2020, el mundo no se ha acabado y seguimos sin poder grabar a la
poli.
The end
| Freddie Mercury |
sábado, 20 de octubre de 2012
El último día del hombre vampiro
El hombre vampiro avanza con ritmo lento, confinado en una gruta donde la exigua atmósfera solo permite monótonas cadencias: un sordo ronquido, un goteo sobre la piedra, el temblor del sicomoro a cada golpe de la tierra. Un paso tras otro, el vampiro rodea el tronco amarillo, salpica la roca, arrastra la arenilla desprendida de la grieta, se mueve para fingir que aún busca. Sediento, se cuestiona cuántos días más, cuántos como este en el que está. El apetito lo trastorna. Lo trastorna vivir sumido en tinieblas: en su destierro no hay puestas de sol que avisen y la luz no es mayor que una bujía de aceite sobre una mesa de piedra. Ahora, las imágenes penetran en su cerebro como si fuesen los metros de una película vieja. Sus recuerdos emergen en blanco y negro: nubes sobre un cielo pesado y oscuro, la coreografía de la noche reflejada en el blanco piso de piedra. El ritmo de las horas se impone de súbito y el hombre vampiro siente los latidos del hambre. Él, que olvidó los colores, siempre tiene presente el tiempo y, como un autómata, gira el brazo y mira su muñeca vacía, revisa sus bolsillos vacíos, se observa el cuerpo vacío; sus ojos se pierden en un horizonte tan insoportable, tan asfixiante, tan negro, tan pequeño y mezquino que el páramo oscuro se ha de disfrazar de avenida de transeúntes de otro mundo: mujeres serpiente y místicos pasajeros, felices inviernos ebrios ocultos en grandes coches de cristales de humo. El hombre vampiro baja en el muelle, donde las cantinas arden atestadas de carne con que alimentarse. Baila con vestidos rojos hasta que las velas se extinguen y la sirena avisa y el sol raya el cielo: el viaje acaba y se hace el silencio. El hombre vampiro se derrumba a los pies del sicomoro, se estira, esfuerza el brazo para arrancar una rama mientras aprieta la sien contra la roca helada. Respira el aire del puerto y el alboroto festivo del lupanar lo anima. Exhausto, se arrebuja en torno al tronco y se clava la rama en el pecho.
sábado, 6 de octubre de 2012
Ghosts in the photograph
Suna esperaba. Una ola
despejó la orilla dejando en su retirada cientos de burbujas huérfanas. El tiempo arrastra la vida de los que temen
a la muerte. El litoral quedaba limpio de algas y de pedrezuelas y de
caracolas y de conchas rotas, e iba mermando en favor de la única palmera. Remolinos
de viento le alborotaban los cabellos mientras un hatajo de gaviotas insistía
en sus ingratos graznidos.
Adelantó los pies sobre
el fondo revuelto, los brazos pegados al cuerpo. Tras de sí, nadie: un grupo de
rocas como único testigo impasible y somnoliento, sobre el cual se alargaba la
sombra de la torre que parecía difuminarse como un anuncio del ocaso del día. Ella
no sentía miedo. Su cuerpo ligero se mantenía erguido ante las embestidas del
mar que se iba embraveciendo para, después, calmarse de nuevo. Pronto pasaría
el frío que la agarrotaba por dentro, solo un lío de ropa mojada enredado en el
rompiente, solo un coche abandonado entre las dunas, solo silencio y alguna
carta y un espectador con nariz de payaso tocando a su puerta de madrugada,
solo su voluntad ante el peso de las atareadas horas.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Flores invisibles palpitan bajo la tierra
Nuestra
estación languidece,
se
agosta, se muere.
El
sueño de verano
nos
condena sin remedio
e,
implacable, nos despierta
del
error de sentirnos eternos.
Seremos
solo restos
en
los lejanos días venideros:
otoño
en crujientes hojas,
plácidamente
colocadas
como
piezas de una colcha.
Tan
solo espero que el frío,
que
se abate sobre las exhaustas cosas,
me
descubra en el blanco invierno,
partiendo
hacia el verde y pálido día de mañana
que,
incrédulo, aguarda,
entre
las manos, nada.
Y
quizás el tiempo,
insólito
centinela
que
vigila nuestra puerta,
abra
un camino,
limpie
la nieve de nuestra senda,
eche
sal a nuestro paso,
sea, de repente, un aliado
y
decida dar una oportunidad
a
estos del lado donde nos hallamos.
Momento,
pues, de desperezarse,
estirarse,
palparse
los miembros,
entumecidos y yermos,
alzarse
el cuerpo, ajeno,
hacerlo
caminar en círculos
hasta
acostumbrarse al movimiento.
Hora
de calzarse y salir
donde
las estaciones siguen su concierto.
Y
ver si está el suelo lleno.
Lleno
de yerba, lleno de cielo.
Si
está pleno de hojas
o,
acaso, lo anega el cieno.
Y
hacer un hueco en el
cálido fango.
Y,
con los brazos cansados,
cavar
un pozo y construir un tejado,
esperando
que el tiempo nos acaricie
en
lugar de fustigarnos.
Y
persistir, distraídos en la abeja
que liba la flor inquieta.
Ser simplemente parte,
como las hojas que cuelgan,
como las hojas del sauce
o las hojas del roble
o las del arce.
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| Pier Toffoletti |
viernes, 10 de agosto de 2012
Vagabunda y extranjera
Yo, que apenas he conocido la ciudad ni el campo, que desconozco los
misterios de la simiente y los ladrillos, que espero despierta en la noche
ladridos y aullidos, música de chicharras y grillos; que, sin salir de este
laberinto, he imaginado las guerras y los partos, la mezquina condición del
hombre y sus juegos; que, sin marchar, he vagabundeado; y, junto con otros
mendigos, he bailado, tocado la flauta, robado; que he dado masajes en salones
de té en mi época extranjera; que nadé en una playa de Tailanda donde los
dioses escondieron el paraíso y su secreto; que, confusa, he vivido mil vidas
todas falsas, todas plenas, soñadas en el bosque o en sucios locales, rompiendo
la promesa de ser yo, vagabunda y extranjera.
| Linguaggio dei corpi-Pier Toffoletti |
lunes, 6 de agosto de 2012
Desierto
Yo, que
apenas he vivido, podría fingir haber confiado en un hombre, persiguiendo algún
goce animal, sabiendo que no sirve de mucho hablar; podría soñar con ruinas y
caravanas de beduinos; el calor y el temblor del paisaje embustero; la tormenta
de arena y la sed; la pérdida de la memoria, los labios ulcerados, llenos de
costras y llagas resecas; la mirada perdida; abandonada por todos, esperando el
cese del pesar, de la angustia y del miedo; consciente de lo terrible que es
vivir mientras las horas se eternizan en la resistencia de mi cuerpo a la mera
nada que espera, como un alivio, el momento en que la tormenta se disipa y
queda el espectáculo deslumbrante, punzante, dorado, inefable del sueño.
![]() |
| Automat-Edward Hopper |
En una mano, la cabeza; en la otra, la pluma; en la otra, la cerveza. Irish blues
Tengo el cerebro inflamado
y mi cabeza toma tintes cómicos; deseo escribir o tomar la botella o, ¡mejor!,
ambas cosas para desfogar mi alma y que mi mente retorne a sus dimensiones
cabalmente humanas, estéticamente contemporáneas. Quizás, al escribir, vomite el pensamiento que se acumula
físicamente haciendo bulto y aleje de mí dolores, angustias, excesos y
protuberancias.
En verdad, me siento
diferente. Honrado por un don precioso, fatídico, delirante, canallesco, ante
todo, grotesco genio. Es, sin duda, por esta cabeza tan gorda, por esta
megaloencefalia parcial e inversa, no catalogable ni reconocida, —por la que
desgraciadamente no tendré una baja ni una mísera paguita—, que los
pensamientos se agolpan y la verborrea permite que, una de tantas veces, diga
algo magnífico, heroico y universal.
Genio y desorden: todo con tanta dignidad como un falso funeral con falsa
incineración y falsa misa, ataúd vacío y dolientes hartos de whisky y cerveza
negra.
Mi señora, Ifigenia,
siempre fue enemiga de la venta de alcohol en cementerios y parques infantiles;
hospitales y centros de acogida. Lástima.
Al fin, acabó cambiando de opinión. Acaudilló, bravísima, una causa con tales
argumentos que a punto estuvo de llegar al Parlament. Fue justo cuando el hígado le explotó. Desde
ese día, festejo a los dioses y conduzco con cuidado, recibo mi ebriedad como
una suerte de destino y alivio, una vida feliz en todo excepto en tener que ir
dando tumbos hasta caer redondo en el arcén o en la acera. En ese momento, no
obstante, carezco de miedo y, aun sin conciencia, obtengo un don profético solo
dado a los sabios y a los locos. Derrocho levedad, la salpico, la regalo y mi
existencia se torna un don para los esquivos viandantes. A la sazón, me recibe
una lluvia de flores de jacaranda, el turbador color bastardo, el pegamento de
su zona erógena. ¡Oh, visión celestial, dulce dormir sin soñar, dulce vivir sin
pensar!
Mas el tiempo del verdear
siempre acaba y el verano trae la hoja seca, el crujir de la rama, el hostil
cacto, y de mi inspiración y mi gracia no queda nada; despierto en algún extraño
lugar y recobro, a mi pesar, la cordura; consciente del orden y la amenaza,
miro a mi alrededor y cargo con mi testa hasta la siguiente página.
martes, 24 de julio de 2012
Muerte de un soldado
Noté el proyectil atravesar mis costillas. No sentí dolor solo presión, calor, pero aun así caí. La sensación fue la misma de un puñetazo, un golpe bajo, aunque después escocía. Quedé boca arriba unos segundos mirando las nubes nuevamente, preguntándome cómo podía ser el cielo tan azul aquel día en que el suelo ensangrentado dolía los ojos del que cobarde o abatido los bajaba.
El cielo nos ignora y hace bien. ¿Cómo el azul infinito no nos distrae de esta carnicería?
Oí unos pasos y unas palabras en aquel idioma extranjero que odiaba. Un metro noventa, quizás noventa kilos, empezó a patearme en la espalda, en el estómago, en los costados. Y yo le decía: "No me haces daño, cabrón. Tú no sabes lo que es el dolor. No puedes herirme. Golpea a placer". Y lo miraba y me reía y le preguntaba en mi lengua antigua y bella: "¿Has leído a Kafka, Hesse, Goethe, Schiller?". Ignorante bastardo. Ni sabría leer.
Cuando se cansó de golpear mi cuerpo, avisó a otros como él. Me agarraron y me metieron en un camión lleno de otros como yo: heridos, prisioneros, sucios de barro, sangre, oliendo a humo, ceniza y carne quemada. Algunos podían sentarse; otros nos amontonábamos en el suelo del vehículo.
Llegamos al cabo de algunas horas. Muchos llegaron muertos. Yo, no.
Aquel lugar que vi entre brumas era un castillo convertido en campo de prisioneros. Me empujaron y arrastraron hasta una celda. Me lanzaron, me encadenaron, cerraron la puerta.
Yo para entonces ya no podía mover las piernas. Pero solo me preocupaba la sed. La sed te hace sentir mareado, te duele el estómago, te da calambres.
Me desvanecí.
Al despertar, estaba en una cama, en una sala que parecía un improvisado hospital, blanquísimo, limpísimo, con unas gigantescas ventanas a través de las que entraba el sol y una brisa suave que movía las finas cortinas y los visillos que tapaban las paredes. A mi lado, sentada, una mujer joven que supuse enfermera me miró y sonrió. Se acercó y susurró palabras ininteligibles en otro de esos idiomas desconocidos para mí. Sus cabellos, largos, rubios, suaves y perfumados, fueron suficiente. Los ojos, azules, me mostraban confianza y simpatía.
Seguía sin poder mover las piernas ni casi los brazos, pero alcancé a levantar una mano y acariciar sus cabellos. Ella se inclinó y besó mi frente. Al levantarse, sin embargo, no vestía uniforme sino vendas. Unas vendas que no ocultaban su belleza y su juventud. Cerré los ojos. Aún sentía sed y no podía hablar. Volví a desmayarme.
No sé cuánto tiempo pasó. Me despertaron los latidos desbocados de mi corazón y un fuerte dolor de cabeza. Curioso: no me dolía la herida. No suelo quejarme; sin embargo, no pude evitar gritar aunque más me habría valido no hacerlo porque la boca se me rasgó por dentro. El sabor de la sangre, inconfundible, me alimentó y pronto me sentí capaz de mirar a mi alrededor. Había vuelto a la celda, y ella estaba allí, conmigo. Sus vendas medio desarmadas me hicieron pensar que la habrían maltratado pero su aspecto era radiante, sus cabellos no se veían despeinados. Nada de dolor, tristeza, vergüenza, miedo en su mirada, como ocurre cuando a una mujer la han dañado.
Me alegré de que no la hubieran roto.
Ella se acercó despacio y me acarició el rostro. Pensé: "!Qué pena no tener fuerzas!" Me besó en los labios, pero mis labios estaban secos y mi boca llena de sangre, así que me aparté y me eché hacia atrás, para que pudiese besarme, pero no en los labios.
Ojalá hubiera podido levantar la cabeza y mirarla. Ver cómo con su amor me quitaba el dolor y la pena. Ver su rubio cabello acariciando mi vientre y sus labios absorbiendo la vida en ruinas y solo dejando una sensación de placer inconmensurable.
Abrí los ojos por última vez y me encontré bajo el azul infinito que ya había visto antes.
![]() |
| El ángel herido, de Hugo Simberg |
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