lunes, 11 de marzo de 2013

Muerte entre las flores

Y restos de lágrimas en las mejillas como recordatorio de su vergüenza dieron a Bernie las fuerzas para recorrer el bosque de vuelta a la ciudad, 50 millas con la mente fija en el tipo que había perdonado su vida. 
Exhausto, Bernie subió al apartamento del hombre con quien compartía cama y talla, una altura y una delgadez extrema, manos finas y alargadas: le cambió la ropa, le condujo al lugar en el que unas horas antes había mojado los pantalones y le descerrajó un tiro en la cara. 

Ahora que era un fantasma, podía planear su venganza.



domingo, 3 de marzo de 2013

MG, Natasha, Peter, el Turco y un anónimo cabrón

I
Peter nunca aguantaba tanto rato sentado. Iba y venía y salía a fumar y se la cascaba alguna vez mirando las fotos de Natasha en bragas. No era sano estar tanto tiempo ahí, frente al ordenador, sin actividad física. Se lo había dicho al Turco, que saliese a fumar, que son muchas horas y más ahora que estaban de caza, apostados en una esquina con el cigarrillo humeante colgado del labio en el blog de un tal MG.

II
El Turco se levantó para coger más cerveza y para mear, y para hacerse un bocata, sacar patatas y revueltos y fritos y avellanas con miel, y trataba de sincronizar toda esa actividad para minimizar el esfuerzo. Llegaban respuestas a mensajes, chateaba con chicas del Twoo fingiéndose amante del surf. Salía y entraba con soltura de los blogs de los conocidos y revisaba las respuestas a los comentarios. Chateaba con Peter. Se había hecho asiduo al sitio de MG, que tenía un fan psicópata que no dejaba de ponerle comentarios descojonantes. Cada día varias visitas (del psicópata obseso) eran capturadas por él y Peter sin pérdida de tiempo, y es que MG las borraba, el muy gilipollas, con la de gente que entraría solo para ver los comentarios.

III
Natasha no llevaba el calzado adecuado. La noche estaba lluviosa e iba patinando por las aceras madrileñas de la mano de aquel tipo canoso con nombre falso y anillo de casado. No se había molestado en sacarse el anillo, el muy desconsiderado. Ahora no le quedaba más remedio que cenar con él y tratar de escabullirse sin que le metiera mano. La verdad es que tenía hambre y esperaba que, al menos, pagase él. Los seis últimos tíos que había conocido eran un completo desastre y no le iban a solucionar nada. Tres casados, uno medio loco y dos ratas que ni siquiera invitaban (y que resultaron ser amigos) que habían colgado fotos suyas por toda internet. Había llegado a un punto en que solo quería acabar alguna de aquellas citas con un mínimo de dignidad. A veces pensaba que aquel no era país para ella.




en ángulo obtuso


Estamos ahí con Hal y con Pemulis y con Axford en la sala de espera de Charles Tavis oyendo el siseo de los auriculares de Lateral Alice Moore, incómodos en el sillón de respaldo reclinable, envueltos en varias mantas, aún sin peinar. De tanto en tanto, aparecemos en la cocina buscando algo seguramente siniestro que siempre se nos olvida al llegar. Acariciamos una naranja, valoramos poner orden en el caos, miramos largamente una hogaza de pan tratando de recordar qué vinimos a buscar.
Volvemos a trepar al sillón rojo, a tirar de la palanca, a cubrirnos con cuidado con las mantas, a colocar el libro sobre el brazo de cuero. Ann Kittenplan profetiza un correctivo disciplinar cercano a la tortura, nuestros pies se quedan helados, los dedos de las manos se ven azules al pasar las páginas, camino a la nota 215, mientras un haz de luz se inclina y resbala por la cortina imitando el ángulo que forma el filo del cuchillo con que cortamos el pan.

eVulcanon_Delicate mind. Confusión


domingo, 24 de febrero de 2013

younger sister

Y tú me preguntas, escupiendo sangre, mientras clavo mi puñal y lo remuevo en tu abdomen; me preguntas, monstruo de mirada torva y bizqueante; me preguntas, mientras cada uno de tus venosos ojos buscan una puerta, una ventana, una pared que se abra; me preguntas, deshonor de las sombras, conjunto de bascosidades, senil esqueleto, obeso obsesionado; me preguntas mientras alargo todo lo posible tu fin, ensanchando en mi memoria el único momento de un día de mierda. Tú, vanidad de vanidades, traidor entre los ladrones, me preguntas, mientras tus vísceras asoman rojas y ladeadas, qué es realvisceralismo...

MARCEL DUCHAMP-Hablando de una hermana menor

viernes, 8 de febrero de 2013

Philippe Phac Llú o Los Vivos y Funcionales Ciudadanos del Primer Mundo



Cada siniestro día de su vida, Philippe Phac Llú se despertaba antes de que sonara el despertador con la terrible sensación física de una resaca del 15, y eso sin haberse dado el gusto la noche antes de tomarse ni un triste quinto de cerveza.  Cada mañana sus ojos hinchados y alterados por la intermitencia de los brutales pinchazos eran incapaces de abrirse y, entre indescriptibles dolores de cabeza y náuseas tan reales como realistas, el hombre caía en el vacío y se adormecía entre suspiros y lágrimas de alivio, poco a poco, poco a poco, hasta quedar nuevamente en ese lindo lugar donde vamos cuando dormimos sin sueños. Entonces, siempre e indefectiblemente, su hado atormentador hacía sonar el olvidado despertador y monsier Phac Llú volvía a la vida del modo más doloroso e injusto e inevitable, y literalmente se arrastraba al borde de su cama y se lanzaba al vacío donde un par de ridículas zapatillas de andar por casa frenaban su caída mientras él palpaba, los ojos cerrados, buscando la botella de agua y el batín y, en su fuero más íntimo, rezaba una plegaria para morir.
Philippe no creía en Dios ni en el hombre, no era religioso ni tenía ningún tipo de creencia ni convicción ni idea fija ni ambición o fe, pero lo de las plegarias no lo podía evitar: era una especie de acto intelectual reflejo que ocurría sin más, si bien no era ajeno del todo a su voluntad, pues la letra de esa canción era dictada claramente por el mismo Philippe Phac Llú de modo personal e intransferible según el grado de dolor físico y abatimiento anímico-moral al que hubiera llegado en esa mañana concreta. Y cada mañana era única aunque igual a las demás; cada día amanecía de modo similar, que no idéntico, a los demás, y eso era lo que hacía que Philippe asumiera que su vida era real y que los días pasaban y que el tiempo era un castigo impuesto por la nada absoluta en que se sumía cada noche tras atiborrarse de analgésicos, antiácidos y yogures con fibra y aditivos vitamínicos, con la esperanza de despertar del mismo modo que el común de los mortales de su barriada a la mañana siguiente.
Tras la diaria odisea matutina rumbo al trabajo, rutinada en caminatas, autobuses, trasbordos y metros, la llegada al absurdo lugar donde respondía vía telemática a las sorprendentes cuestiones de los clientes de la Línea Gubernamental de Ayuda Terapéutica en Previsión de Suicidios Españoles parecía el colmo de una pesadilla blandengue de esas que ni siquiera te obligan a despertar. El sitio donde estaba empleado era incómodo en un modo indescriptible: sillón ergonómico, paredes limpias y claras, entorno idóneamente acondicionado a la temperatura aconsejada por el Ministerio de Salud y Equilibrio Cósmico, elección del trabajador de la música de ambiente así como del volumen de la misma, surtidos de fruta de la temporada y descansos previstos cada dos horas con la posibilidad de: a) sesión de yoga, b) momento de relax televisivo en sala de sofá-cama, c) salida al jardín japonés y té de hierbas. Tras las siete horas convenidas por el contrato laboral-no-opcional atendiendo psicológicamente a todos aquellos que hubieran pulsado 1 a las múltiples opciones del teléfono de la LGATPSE, escribiendo en un Mac lo que la máquina transformaba en voz y enviaba como respuesta acústica al que podríamos llamar “paciente”, Philippe sentía la tentación de ir a un bar y gastarse todo el sueldo en alcohol y cacahuetes hasta que volviesen los lapsus de memoria durante los cuales él suponía que lo pasaba en grande, pero que le habían acarreado un par de problemillas con las autoridades públicas y le habían granjeado la prohibición grado seis por parte de un magistrado acreditado por la ANAJE[1] de no beber más que agua y zumos naturales durante el resto de su vida, prohibición cuya eficacia incontestable se basaba en los continuos e “inavisados” análisis de orina a los que no podía negarse si quería seguir formando parte del mundo de los Vivos y Funcionales Ciudadanos del Primer Mundo (VFCPM), libres para todo excepto para violar la Ley, cosa esta que Philippe había hecho en una de aquellas maravillosas lagunas de memoria que tanto añoraba.
La vuelta a casa era una réplica inversa de la ida al trabajo, la retracción del laparoscopio a través de un colón ya dolorido: hora y tres cuartos de reflexiones, inflexiones, genuflexiones, imaginaciones, angustia y rememoración de las más destacadas frases de sus “pacientes” durante las siete horas laborales en que ejercía —evidentemente bajo vigilancia— su profesión de psiquiatra y psicólogo doctorado por un sueldo de risa y mediando entre su respuesta y la voz mecanizada que oyera su interlocutor la supervisión de una inteligencia superior que él imaginaba como el ordenador de abordo de la AXIOM 3. 
En cada uno de esos trayectos anodinos y solitarios, las mismas dudas de siempre y las mismas preguntas sin respuesta. ¿Eran sus resacas matutinas y su malestar perpetuo un daño infligido por las autoridades para tenerlo idiotizado y, por otro lado, la razón de que no se quitara la vida de una vez por todas tendría que ver también con algún tipo de control impuesto por la misma u otra sádica autoridad cuya protección y supervisión le daba la oportunidad de ser parte plena de los VFCPM? ¿Debía estar agradecido? Y ¿por qué no lo estaba? Así hasta llegar a la avda. Victoria bajar del autobús -13b y caminar las dos húmedas calles peatonales que conducían forzosamente al enorme edificio donde estaba su vivienda alquilada, con su cama empotrada, su nevera llena de comida sana, su botiquín atestado de tiritas y medicamentos permitidos para (ex)adictos a cualquier tipo de droga, un televisor que él no había adquirido, pero allí estaba, y un enorme montón de libros y cómics que en su estado actual no era capaz de leer ni tan siquiera hojear.
Cada tarde, tras la cuidadosa preparación de alimentos variados y de calidad, la recogida y limpieza del hogar y la redacción detallada de lo acaecido en el día en su Diario de Exadictos en Vigilacia, Philippe se daba un largo baño de espuma y dormitaba en remojo hasta que el frío lo hacía saltar de la tubular y dorada bañera y volvía a la realidad mirando el reloj que, para entonces, siempre, y digo siempre, marcaba la misma hora, las 21:02. Después, a las 21:30, en su barrio se organizaban unas sesiones vecinales a las que estaba forzado a asistir y, tras no escuchar nada de lo que se decía en ella, volvía a casa, tomaba algo ligero para cenar, la medicación, el yogur y se andaba a la cama con la esperanza de que el día de la marmota hubiese ya acabado y al amanecer despertase al menos sin demasiado dolor. 
Tardaba en dormirse exactamente una hora y tres cuartos, 105 minutos en los que planeaba nuevas respuestas, variantes de los tópicos y frases hechas que repetía a los “pacientes” un día tras otro; solo después desconectaba hasta que, sin más, despertaba antes de que sonase el despertador en un infierno desconocido por la mayoría de los vivos y la totalidad de los muertos.

kandinsky-Juicio final-1912



[1] Agencia Nacional de Acreditación de Jueces Españoles

lunes, 31 de diciembre de 2012

Hagámoslo bien...


Hagámoslo bien, viajemos. Demos la razón a la naturaleza y dibujemos las sinuosas curvas de la costa mientras sintonizamos la radio. Pink Floyd, Echoes. Live at Pompeii. Gracias. Así podríamos acabar el año. Entrar en la nueva era ingenuos y descansados, con la memoria vacía de datos inútiles y desgastados de puro repasados. Ni siquiera llevemos una maleta con objetos que nos recuerden quiénes somos, quiénes podríamos haber sido o quiénes hemos aparentado ser hasta ahora mismo. Que sea el azar o el autor de nuestra historia el que ponga título, el que establezca un principio, el que ponga un punto y final o unos puntos suspensivos. Nosotros solo escuchemos el mar con música de fondo. La cuestión no somos nosotros, es el viaje mismo y si el viaje significa algo o no, no es el viaje el que ha de decidirlo... Que la historia dé comienzo con una BSO y un cuaderno rojo vacío, con una llamada al teléfono móvil de alguien que está perdido, interferencias por las interminables carreteras secundarias que arañan todas las ciudades costeras. Cada cosa que entre en el coche aportará incongruencia al universo incoherente que formamos. "El día está medio lleno", diremos; "soleado y frío", diremos; "agradable invierno mediterráneo", diremos. Anotaremos en nuestro cuaderno la esperanza de encontrar la perfecta diáfana mañana de enero tras algún cambio de rasante, tras una mutación en el aire. Y, pasado cierto tiempo, nos sentiremos incapaces de medir o calcular, ni tan solo considerar, el paso de las horas y los días: el viaje se habrá convertido en lo único importante.


sábado, 29 de diciembre de 2012

Amital soda con yelo


Llevo sangrando treinta años. Treinta años con la característica que me hace igual a tantas otras de las que no sé nada. Treinta años con la sensación de quedarme fuera de una gran fiesta de reinonas de pelos cardados y pelos planchados, de evas-al-desnudo disfrazadas de lolita, de ángeles con voces cascadas de berrear en la sala; la fiesta de las cleptómanas viudas y las usureras flacas y resecas; la fiesta de las falsas ingenuas, futuras puritanas de alto standing, y de las místicas borrachas etéreas. Treinta años perdida en la mascarada tras la que no se distinguen las intenciones, sangrando entre amores disfuncionales y hechos reales, en medio del delirio “fin de fiesta” de un suicida macabro; sangrando como testigo de excepción del vacío de varias vidas, espectadora de la más barroca escena cuyos protagonistas se despedazan entre ellos en una gran casa en mitad de la nada. 
Y, de tanto en tanto, me limpio la sangre y salgo a buscar una respuesta. Y ahí me topo con un otro borroso y ofendido.
Ahora tú me miras, adormilada, adormilado, sexy caparazón de rubicundas ruindades, mujeruca llena de verrugas, pasajero ensimismado en las actividades deportivas de tu barrio, ojerosa madre preocupada, plumífero enfermero de la quinta planta, joven de siete cabezas del final del vagón; me miras mientras sangro, con ojos ora interrogantes, ora aterrados, ora amenazantes; con el vaivén de un monstruo alienado; sin saber si sueñas; deseando estar en un sueño; con el cóctel farmacopólico aún viajando por tu sistema digestivo, bailando en tu estómago, calando en tu sangre, subiendo por tu sistema linfático, palpando el centro de tu sistema nervioso central, bajando hacia los intestinos con vocación escapista. Eres todas esas criaturas que yo enveneno con mi presencia y te invito a tomar de la copa que te ofrezco sinceramente, con la idea de, no obstante la alteración del habla por la afectación del nervio hipogloso, sacarte la verdad a toda costa.


Victor Sheleg

domingo, 16 de diciembre de 2012

Oda al Lidl



Yo no sé qué mierda es una oda. Apenas aprendí a escribir ayer y no he leído nada que no salga en un paquete de comida precocinada, así que ya ves. Pero, como todo quisque, hablaré, y hablaré del Lidl. Ese sitio entre tenebroso y absurdo, rabiosamente yanqui, increíblemente desordenado, atestado y extraño al que vamos las madres modernas. Madres modernas buscando cerveza barata y disimulando, perdidas entre la masa de enormes espaldas biondas e invasoras que se pirran por sitios así. Madres que aman a sus retoños, como yo.
Y recorres los pasillos como Dante en el infierno, viendo todos los sinsentidos del planeta expuestos sin orden ni concierto, sin razón, sin limpieza y sin problema, sorteando las cajas tiradas por los suelos, empujando sin vergüenza a los guiris intrusos y metiendo en el carro todo tipo de comida para microondas para tus niños que andan como vándalos por allí, montando un circo que a nadie extraña porque a nadie allí le sorprende la mala educación, el griterío y la indolencia de una madre moderna. Son una tribu a la que perteneces te duela donde te duela, y es así. Llenas, en fin, el carro, con toda clase de reservas listas en dos minutos, merluza tres sabores, pizzas de caramelo y mucha ginebra, y muchísima cerveza. Y echas un par de cajas de vitaminas e hilo dental para disimular el verdadero motivo de ir a aquel infesto lugar para hacerte con un arsenal de alcohol, mientras atiborras a tus hijos de comida basura y los dejas frente al televisor. La cajera, la única cajera, se hace cargo de una cola de siete metros, llena de espaldas enormes entre las que te sientes como una habitante de Liliput que concede a sus hijos la venia de tirar por los suelos todo aquello que esté a su altura y traer a manos llenas chocolatinas que agregas a tu compra tras veinte minutos de espera. La cajera es una mujer bigotuda que mira a todos con el mismo mirar y no intercambia más de dos frases jamás. Como si dijera, no me importa tu vida ni la mía y no creo en la electrolisis ni un carajo, solo quiero que den las diez para hartarme de fumar.
Es una pesadilla, pero los niños lo pasan bien. Y tú, madre moderna, lo cargas todo en el monovolumen que te dejó el adultero aquel y te llevas a casa a los tres salvajes que no harán los deberes, que se quedarán dormidos en la alfombra tras comer una lasaña de bote y te inflarás de beber hasta caer en la alfombra tú también.

martes, 4 de diciembre de 2012

No es este un mundo para la nieta bastarda del Jorobado de Notre Dame

Por motivos ajenos a mi voluntad, ando explicando la formación de palabras en lugar de hablar del mucho más interesante tema de la deformación de palabras. Pero no es este un mundo para la nieta bastarda del jorobado de Notre Dame. Y así, ocupando mi tiempo en cosas banales, en cosas que hago con empeño pero sin ganas, en cosas que me permiten ganar algo de pasta, veo la luz y aclaro algunos términos del contrato que alguien, por poderes, firmó en mi nombre el día en que me escupieron a este basurero llamado Mundo. Oigo una voz cavernosa que me dice que entre un montón de dinero y la Verdad, entre un montón de dinero y el Amor, entre un montón de dinero y Dios,... no hay dudas en la elección. Y ahí, paro de escuchar. Tomo mi cuerpo flaco y lo llevo al congelador en que se ha convertido mi terraza, fumo para dañar mi integridad y mi salud y mi apariencia y me dedico a leer el destino de los tiempos en la forma de las nubes, que es la profesión para la que yo venía predestinada. Hace un frío de cojones. Las nubes están espesas y aisladas, sus límites como pocas veces marcados, la leyenda más clara que el I Ching en sus mejores días como de aquí a Júpiter y volver, e ir y volver, e ir y volver infinitamente. Diría lo que he visto y mis predicciones, así, gratis, porque sí, pero hoy no me da la gana, a lo mejor lo digo mañana. 

lunes, 3 de diciembre de 2012

La agonía de Pobre Tony


Pobre Tony acaba reventando en la parte de atrás de un vagón de metro, rodeado de sus propios excrementos, tras tragarse su lengua, en pleno delirium tremens, después de semanas de vivir en un WC, después de semanas de degeneración y dolor.
Antes de ello, Tony sería un niño; después, un adolescente amanerado y, al cabo, un hermoso joven totalmente extravagante y gay. En un momento indefinido, Tony -como todos por aquí- necesitaría darle un sentido a su vida y no tuvo tiempo de pensar, se topó con la felicidad cuasi gratuita (por la falta de esfuerzo, digo), la felicidad brillante que todo lo compensa, el amor, la ebriedad, la consecución de los deseos conocidos y desconocidos, el brillo de la verdad, la música y la poesía, la amiga y la amante, y la buena cocina, y la cama perfecta. Y Pobre Tony se hizo asiduo a varias sustancias. Podría haber sido solo una. Podría, y su suerte habría sido la misma, si hubiera sido solamente alcohol. Pero no. No fue una, sino varias sustancias las que dieron sentido a su existencia. Y, por momentos, Pobre Tony sería como un rey de la noche (o, más bien, una reina) y, por momentos, sería terriblemente egoísta. Y se sentiría bello y perfecto y fuerte y joven y completo. Y crecería en sí mismo de felicidad y, disimuladamente o no, se cerraría a los demás, pues los demás no son necesarios (aunque no son, tampoco, prescindibles; son, digamos, accesorios) cuando tú y las sustancias formáis un todo con sentido y se supera el insoportable vacío de la existencia.
Y Pobre Tony lograría superar su vacío durante un tiempo cada vez más corto, y comprobaría que, cuando vuelve a la normalidad, el vacío es aun más profundo, más negro y está más vacío, y no solo es angustioso y desesperante y asqueroso, sino que ahora es terrorífico de verdad y cada vez se hace más y más insoportable, no se puede soportar, no es tolerable ya; y llega un momento en que puede ser enloquecedor enfrentarse al vacío. Después, el vacío lo llena todo y acaba por ser la única cosa real.

Seguramente, D. F. W. reconoció la subida a la completa felicidad, la ausencia de miedo, la comprensión de sí y de todo, el descenso más arrastrado por los infiernos de la humillación, e imaginó una muerte lenta y dolorosa como un larguísimo proceso de congelación desde dentro, millones de cuchillos de hielo entrando y saliendo.

Reconocer todo ese sufrimiento y meterte en él, acostarte con él, levantarte con él, mirar a los ojos al horror y, después, salir a la calle y ver las luces navideñas que acompañan fingidas capas de nieve en los portales de los centros comerciales donde enormes carteles de LED  verde cantan a la unidad familiar, al tiempo de hogar, al consumir como dar. Y cantan al amor y a la paz y a la esperanza. Y la intermitente defensa de los clichés debe debatirse en el fondo, como un deseo desesperado de creer en algo asible; aunque, después de haber paladeado la verdadera amargura, después de haber digerido la agonía de Pobre Tony, después de haberse sumergido en ese pantanoso mundo real y haber visto cómo son y serán las cosas de verdad, los clichés no sirven de nada.
Y ver acercarse al monstruo y reconocer la enfermedad e, incluso, intuir cómo sería toparse en mitad de la nada con la Abstinencia. Y aun comprender que hay pocas alternativas al vacío... Dan ganas, no digáis que no, dan ganas de sacar de alguna parte unas fuerzas animales, unas fuerzas irracionales, destructivas, sobrehumanas, ira en estado puro que lo tire todo abajo y bañe de escombros ese mundo de colorines y campanillas; actuar de un modo apocalíptico e irreversible, aunque solo sea irreversible para ti, aunque solo sea apocalíptico para el que en ese instante se cruce en tu camino.