viernes, 10 de mayo de 2013

El cartero siempre llama dos veces


El cartero llamó dos veces; la señora le abrió con la bata de flores de la talla 46 semidesabrochada.

Tengo que decirlo, se expresó pomposamente el pulcro funcionario, con acento cordobés fino. —Sé que resultará antipático, antipopular y habrá quien lo sienta una pedantería, una insolencia o una obviedad.

La señora se echó en el marco de la puerta que sufrió su peso con un crujido, sacó del bolsillo de la bata un paquete de Marlboro light y encendió un cigarrillo, soplando profusamente una bocanada de humo que pareció interminable.

Enormes pulmones, dijo gentil el cartero.

Gracias, pero prosiga; no alarguemos esto más de lo necesario.

Y el cartero siguió:
»No hace tanto, unos cuantos meses, el pueblo soberano se pronunció. Todos más o menos aseados fuimos a los colegios electorales, tomamos unas papeletas, las metimos en unos sobres y las hicimos penetrar con la dignidad y el protocolo que el evento requería en unas urnas de cristal. Muchos, y lo sé bien, votaron por correo. Y así se gestó un gesto de aplauso popular y cuasi unánime que dio como resultado una mayoría absoluta a uno de los grupos políticos que a esas elecciones se presentaron. En términos del Servicio de Correspondencia Anarquista Español: dimos carta blanca a unos tipos con unas ideologías y unas maneras reconocidas y conocidas, con un plan discretamente confuso, explicado con verbo obtuso y contundente, y, a lo que parece, convincente.

»Y así se escribe la historia... Apenas pasan dos años y la gente anda loca de apretarse el cinturón, protestando, con los sueldos mermados y los nervios a flor de piel, las televisiones aconsejan rezar y nuestros atractivos gobernantes se ven deslumbrantes en sus perfumes, sus bótox, sus pedicuras, sus cargos de asesores y su discreta adicción a los sobres. Turbado compruebo cada día que nadie reconoce que les votara, ergo esto no ha pasado ni está pasando: estamos todos bajo los efectos de unas emisiones tóxicas de aquellas fugas radiactivas de hace nada y que tan lejos en el imaginario popular quedaran.

»Y yo, como cartero funcionario acreditado con más de veinte años de servicio a mis espaldas, ante usted, oronda y prometedora señora, a la que he traído lo que probablemente será una carta de desahucio certificada, pregunto: "¿Qué hacemos? ¿Follamos?".

Vintage Victory



domingo, 5 de mayo de 2013

La historia de los otros

         Yo, señor, no soy malo; no me siento responsable de los cadáveres que abandoné al borde del camino, las mujeres que tuve que dejar atrás, los hijos que no conocí, los amigos a los que olvidé... El camino se abría ante mí y el ansia de avanzar era más fuerte que mi natural deseo de pertenecer. Yo, como el agua, he sido parte de una corriente que se aleja incontenible en busca de algún mar. Navegué en pos de una vida, una que fuese mía, una que fuese real, señor. Ahora usted me pide cuentas. Es su deber, su misión siquier. Yo entiendo esa labor que usted encabeza. Aquellos que fueron “míos” son mi responsabilidad, según algún canon tan bueno como otro que hubiera sido admitido por una comunidad. Pero, señor, ¿qué me dice del criterio individual, del hombre que asume su deuda consigo, su soledad y su imperiosa necesidad de avanzar? ¿Qué me dice del albedrío de ellas y del albedrío de los que me avalaron conociendo mi naturaleza? ¿A qué viene, pues, señor, este ajuste de cuentas, cuando solo pretendo regresar para acabar mi periplo en la casa donde nací, donde la marea me ha traído de vuelta? ¿Es que acaso habría de pasar el resto de mis días en una celda, visitado por viudas y huérfanos desconocidos que, a modo de ofrenda, traerían un arsenal de documentos inextricables que yo habría de rubricar? Yo, señor, que jamás tuve firma, sello o señal, que no puedo ni quiero formar parte de la historia de los otros.



Golconda-Magritte


El seductor-Magritte

miércoles, 10 de abril de 2013

Selectividad 0.13 o cervantesimportauncarajo.com



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Responda a todas y cada una de las siguientes cuestiones:

1.      Analice sintácticamente el anterior fragmento.
2.      Explique el sentido de las expresiones subrayadas.
3.      Resumen crítico de la obra a la que pertenece el texto, con alusiones al autor del mismo y a la época en que fue escrito.
INSTRUCCIONES: El alumno dispone de 1 hora y media para la realización del ejercicio- No hay opción B: no busquen ni pregunten a los profesores que vigilan el examen- Se debe responder a todas las cuestiones o el examen no será valorado.


10:30 a.m. 25 de junio, pasillos de la E.T.S.I de Informática y Telecomunicaciones, Campus de Teatinos, Málaga. Temperatura: 34º C a la sombra. 30 minutos de pausa antes del siguiente ejercicio. Profesores, alumnos, vocales y ponentes de las distintas asignaturas van y vienen a la cafetería, fuman, escupen, tuitean y retuitean las preguntas del examen; por Tuenti y Facebook se conoce que los exámenes de otras provincias no tenían la misma dificultad: insultos a la Delegación de Educación, la Universidad, el Ministerio... El ambiente está caldeado y no solo por la ola de calor...


-¡Qué putada!


-¡Qué mala leche!


-No es justo.


-Pero ¿esto lo pueden hacer?


-Pues no sé, tío, pero salimos a la calle a protestar pero ya 


-Tíos, que era el Quijote, joder. ¿Qué os pasa? Y no han pedido más que un comentario crítico...


-Tú eres gilipollas, Martín. 


-¿Y el análisis sintáctico? ¿Era o no una putada? ¡Que era obligatorio!


-Bueno, pero una subordinada de OD y una relativa adjetiva qué tienen de difícil, tíos, ¿en serio?


-Martín, vete a otro lado a chulearle a tu padre. EN SERIO.


-Joder, Martín, y ¿qué mierda es una adarga vieja y eso del astillero?


-...


Martín se va a comerse su bocadillo a la sombra del otro lado del patio entre los alumnos de otro instituto que igualmente pasaron de buscar en el diccionario la palabra adarga cuando hojearon las primeras páginas del Quijote. Dan las 11:00 y entran a hacer el ejercicio de Historia temiéndose lo peor, aunque en este caso al menos el examen tiene OPCIÓN B.





14:00 p.m. del mismo día, explanada de aparcamientos de la E.T.S.I de Informática y Telecomunicaciones, Campus de Teatinos, Málaga. 40ºC. Periodistas de TVE, alertados vía Twitter del disgusto populi, se acercan, micrófono en ristre, a los primeros alumnos que salen de las ¿modernas? y extrañas instalaciones universitarias, tras explicar a la audiencia nacional que “hoy tenemos aquí, en Málaga, uno de los días más calurosos desde hace décadas en toda la comunidad autónoma andaluza y queremos saber cómo les ha ido a nuestros jóvenes en la temida prueba de acceso a la Universidad”.


Los alumnos se amasan frente a los periodistas: todos quieren expresar su malestar e indignación por el examen de Comentario de Texto, Lengua Castellana y Literatura. Padres y algunos de los profesores que han ido a acompañar a sus alumnos asienten, compungidos, detrás de decenas de jóvenes que intentan comunicar al resto de España cómo han sufrido la más grande injusticia: es intolerable, son unos cabrones, han ido a por nosotros por la crisis (sic). Se sigue un jolgorio y una algarabía que imposibilita la comprensión; el sudado comunicador del micro pide un poco de orden a los chicos para que su protesta quede clara.


Uno de los muchachos se apresura a explicar más calmadamente que sus enojados compañeros consideran un agravio comparativo el examen de este año, pues en años anteriores daban una serie de opciones a los alumnos para aumentar las posibilidades de éxito en un momento tan grave y trascendental de su vida, —no solo de su vida académica, sino de su vida entera—, un momento del que depende su futuro inmediato y aun también el menos inmediato. 


Sus compañeros, boquiabiertos, aplauden emocionados. Qué labia tiene Martín. Los profesores de Martín, los padres de Martín y la no-novia de Martín enjugan sus lágrimas de orgullo y nerviosismo y le auguran entre dientes un carrerón como abogado o político o locutor de radio o vendedor de coches... Se va a forrar. Sí. Eso seguro.


Justo en ese instante, que podríamos definir como mágico, empiezan a saltar las alarmas: móviles que vibran, bipean, hipean y rapean hacen saber allí mismo que una especie de subdelegado del Gobierno en Málaga ha dicho algo de que se acabó la vaselina y que ya estaba bien de pasar la mano para tener buenas estadísticas y titulares en los periódicos y que ha habido mucha demagogia, y así en 140 caracteres, a lo que, en 15 segundos, le responden miembros de la Junta de Andalucía, portavoces de profesores y alumnos, el defensor de la comunidad universitaria, diputados de otras agrupaciones y de la propia, y hasta algunas personas normales, con tanta celeridad que allí, en la explanada, a 40ºC, todos se asoman a los móviles leyendo réplicas y contrarréplicas durante aproximadamente 15 minutos, hasta que inevitablemente pierden interés y se deshidratan y dejan al locutor y al cámara con sus cosas y caminan hacia los coches en pos de una caravana de media hora para salir del aparcamiento, tres cuartos de hora para llegar a la rotonda y veinticinco minutos para salir del “Atolladero-Teatinos”; a todos sonándoles las tripas, todos musitando “Nove lo que ha dicho el subdelegado ese, ¿no?”.



jueves, 4 de abril de 2013

En honor de Koprotkin



Yo antes era anarquista. Fue una fase de tantas en mi vida, pero pensaba entonces que era un estado de cosas en mí. Quemé el carnet de identidad, de todos modos caducado desde hacía 13 años; hasta las narices de ivas, iteuves, ibis, ierrepefes y otros abusos, dejé de pagar impuestos. Ya puestos, me casé varias veces con hombres de todas las edades a los que di todo mi amor. Fundé un Club de la lucha en Caleta de Vélez, donde la única que no luchaba era yo por motivos obvios que quedaron claros desde el primer día: "no somos una basura, no golpeamos a gente con gafas". Entre otras acciones antisistema, incendié oficinas de correos por la noche e hice llamadas obscenas en nombre y honor de Koprotkin a todos los ministerios que venían en la guía telefónica; corté la emisión de Tele5 algún tiempo y metí un virus informático en la página de unos falangistas que se presentaban a las elecciones, con sus gafas de sol y esa pinta de clones de Pinochet, tan campantes, oye. Pues les jodí la web, algo era algo. Me sentía bien después de cada uno de estos momentos de justicia y desahogo en nombre del individuo medio acorralado por la autoridad, explotado por los gobiernos, angustiado por las deudas, preso en su vida. Alienado sin saberlo.
Después me marché al campo a escribir poesía, como Whitman. Y la verdad es que en este momento, tras mi comunión con la naturaleza y la felicidad que me proporciona la vida en el campo, se podría decir que ya no soy anarquista. No lo necesito. Aquí no hay nadie. Nadie que te fastidie, nadie que te oprima, nadie que te cobre impuestos, nadie que te diga cómo, cuándo y dónde, nadie que te corte la luz cuando estás a punto de tener un orgasmo por internet, nadie que te ponga multas, que te cobre el agua o que te cambie la maldita hora a su antojo y voluntad.
O quizás sí... Sí que sigo siendo anarquista pero evolucioné. Ahora, como Thoreau, podría decirse que me he convertido en ecoanarquista. El anarquismo verde me va más, vivo en un egoísmo inofensivo, en un entorno natural, primitivo, onanista y autocomplaciente. Es cierto, y lo reconozco, echo de menos la revolución, mas, en cuanto siento estos impulsos libertarios extremos, voy que me las pelo a la charca en busca del sapo bufo al que lamo hasta que veo a Dios que llega a calmarme, a decirme que estoy en el buen camino y que me ama como a su hijo. Allí se queda conmigo horas y converso con él hasta el amanecer.


viernes, 22 de marzo de 2013

Un trozo de papel bajo la puerta


Tiene 35, está medio buena, medio loca, insoportable por días, nerviosa, enfermiza y totalmente fuera de control en lo relativo a la lujuria y tendencias adictivas. Es una tarde lluviosa; tras almorzar a las 6 y leer el capítulo donde a Don Gately le pegan un tiro en el hombro por culpa del asqueroso hijo de puta de Lenz, asesino de perros y pervertido, la mujer lee un artículo de El País Digital sobre una de las decisiones gubernamentales en materia de libertad de información en internet, mientras pelusas cuales capitanas rodantes se pasean por doquier en una casa atestada de libros y libretas. Huele a gominolas y cae la tarde afuera; ahora lee una entrada sobre la metanfetamina en la Wikipedia, se promete hacer palomitas más tarde, abre el libro por la página 703. Unos funcionarios drenan el falso lago de los patos de Boston y una multitud observa, y ella piensa en las mañanas sentada en la playa mirando a los hombres tirar del copo, su padre siempre ayuda y los hombres les dan pescado fresco que meten en un cubo y que mancha el suelo de la cocina lo que motiva que su madre estalle en aullidos de frustración porque el suelo estaba recién fregado. A veces el suelo de la mujer también está recién fregado, la frecuencia e intensidad del asunto en cuestión es irregular e imprevisible y todo esto lo piensa mientras escucha con cascos las 70 canciones al completo de la lista “29 canciones” de su canal de Youtube, planea grabar otro vídeo con fotos de personajes odiosos y música punk, planea escribir un relato con ideas que tiene apuntadas por ahí en algún lado, planea ir a ver El circo del sol, planea tocar el theremín en una sesión dj de su hermano, planea tocar fondo, planea rehabilitarse; urde toda una trama de planes absurdos y acaba contándole todo a un hombre del que me pregunto si se ha enamorado, entendiendo por amor una fijación de la mente en un proyecto de vida en el que se incluye un alguien además de uno mismo y entendiendo que ese alguien no es intercambiable ni negociable ni prescindible y todo lo que tenga que ver con renunciar a ese otro alguien parece intolerable, como un doloroso proceso febril interminable, una frustración no objetiva ni intelectual: todo es subjetivo y visceral y animal y pueril y salvaje en ese terreno en que todos alguna vez hemos acampado.
Ahora su amante ha venido a verme para hablar; hablar de cierta decisión que por razones de secreto profesional no puedo detallar. Esa confidencialidad que siempre me ha dejado frío y ahora me encantaría destripar, porque él también es escritor y ella y todos lo son, y yo con esta historia incompatible con la confidencialidad que debo al paciente en la punta de la lengua, que querría al menos contarte a ti, pues todo esto me ha traído de vuelta el año que fuiste mi paciente... La vez que supe de verdad qué es la locura, cuando me convertí en un psiquiatra de verdad tras tomar los mismos antidepresivos que receto, tras flirtear con el cristal, el alcohol, perseguirte por las noches de la ciudad, contar los botones de tus abrigos, las puntillas de tus medias, los encajes de tu ropa interior, hablar a solas de tu piel frente al espejo y autodiagnosticar un desdoblamiento de la personalidad antes de mi intento de suicidio y de mi año de internamiento que aprovechaste para desaparecer y dejarme este apartado de correos en un trozo de papel por debajo de la puerta. El envoltorio de un sugus, que aún huele a fresa sintética. Lo guardo en el cajón de mi escritorio que ahora, durante las visitas del amante de esta mujer, abro y dejo abierto con la mirada puesta en esa letra de jeroglífico tuya y aguzando el olfato para aspirar el olor de un caramelo masticable invisible. Así que ahí estoy yo, escuchando, asintiendo y tentado de dar mi opinión y expresarme claramente al respecto de lo que el hombre me paga por resolver, controlando a duras penas mi ego, evitando la facilidad de decirle: “Haga esto y, pase lo que pase, no vuelva más”. Y me da detalles, es una persona que da detalles, habla y habla con todos los detalles, el cuerpo de ella, la mente de ella, las bromas de ella, la risa de ella, el día en la cama de ella, el día que es corto, dos horas, tres y cuatro que siempre son pocas. Habla y da detalles sobre un tipo de felicidad insoportable, un relato de una ella tan como tú eras que me apetecería poder contarte todo, mi amor. Aunque ya no seas mi amor y quizás no lo fuiste nunca. Y él me habla del último día feliz y siempre hay un último día feliz y un halo de serenidad y un minuto de silencio y una pregunta de nuevo y el relato del miedo. El hombre que quiere una garantía, saltar al vacío y no saltar, no mojarse con la lluvia y ser sabio y ser Eneas y ser leve y ser profundo y navegar y quedarse oculto y todo acabará en nada o se hundirá el mundo; manoseo el papel del sugus: le diría la verdad que conozco, en lo que valoro las probabilidades y los riesgos, cómo fue el tiempo que tuve; le daría lo que quiere: el oloroso trozo de papel  donde está escrito su futuro.

lunes, 11 de marzo de 2013

Muerte entre las flores

Y restos de lágrimas en las mejillas como recordatorio de su vergüenza dieron a Bernie las fuerzas para recorrer el bosque de vuelta a la ciudad, 50 millas con la mente fija en el tipo que había perdonado su vida. 
Exhausto, Bernie subió al apartamento del hombre con quien compartía cama y talla, una altura y una delgadez extrema, manos finas y alargadas: le cambió la ropa, le condujo al lugar en el que unas horas antes había mojado los pantalones y le descerrajó un tiro en la cara. 

Ahora que era un fantasma, podía planear su venganza.



domingo, 3 de marzo de 2013

MG, Natasha, Peter, el Turco y un anónimo cabrón

I
Peter nunca aguantaba tanto rato sentado. Iba y venía y salía a fumar y se la cascaba alguna vez mirando las fotos de Natasha en bragas. No era sano estar tanto tiempo ahí, frente al ordenador, sin actividad física. Se lo había dicho al Turco, que saliese a fumar, que son muchas horas y más ahora que estaban de caza, apostados en una esquina con el cigarrillo humeante colgado del labio en el blog de un tal MG.

II
El Turco se levantó para coger más cerveza y para mear, y para hacerse un bocata, sacar patatas y revueltos y fritos y avellanas con miel, y trataba de sincronizar toda esa actividad para minimizar el esfuerzo. Llegaban respuestas a mensajes, chateaba con chicas del Twoo fingiéndose amante del surf. Salía y entraba con soltura de los blogs de los conocidos y revisaba las respuestas a los comentarios. Chateaba con Peter. Se había hecho asiduo al sitio de MG, que tenía un fan psicópata que no dejaba de ponerle comentarios descojonantes. Cada día varias visitas (del psicópata obseso) eran capturadas por él y Peter sin pérdida de tiempo, y es que MG las borraba, el muy gilipollas, con la de gente que entraría solo para ver los comentarios.

III
Natasha no llevaba el calzado adecuado. La noche estaba lluviosa e iba patinando por las aceras madrileñas de la mano de aquel tipo canoso con nombre falso y anillo de casado. No se había molestado en sacarse el anillo, el muy desconsiderado. Ahora no le quedaba más remedio que cenar con él y tratar de escabullirse sin que le metiera mano. La verdad es que tenía hambre y esperaba que, al menos, pagase él. Los seis últimos tíos que había conocido eran un completo desastre y no le iban a solucionar nada. Tres casados, uno medio loco y dos ratas que ni siquiera invitaban (y que resultaron ser amigos) que habían colgado fotos suyas por toda internet. Había llegado a un punto en que solo quería acabar alguna de aquellas citas con un mínimo de dignidad. A veces pensaba que aquel no era país para ella.




en ángulo obtuso


Estamos ahí con Hal y con Pemulis y con Axford en la sala de espera de Charles Tavis oyendo el siseo de los auriculares de Lateral Alice Moore, incómodos en el sillón de respaldo reclinable, envueltos en varias mantas, aún sin peinar. De tanto en tanto, aparecemos en la cocina buscando algo seguramente siniestro que siempre se nos olvida al llegar. Acariciamos una naranja, valoramos poner orden en el caos, miramos largamente una hogaza de pan tratando de recordar qué vinimos a buscar.
Volvemos a trepar al sillón rojo, a tirar de la palanca, a cubrirnos con cuidado con las mantas, a colocar el libro sobre el brazo de cuero. Ann Kittenplan profetiza un correctivo disciplinar cercano a la tortura, nuestros pies se quedan helados, los dedos de las manos se ven azules al pasar las páginas, camino a la nota 215, mientras un haz de luz se inclina y resbala por la cortina imitando el ángulo que forma el filo del cuchillo con que cortamos el pan.

eVulcanon_Delicate mind. Confusión


domingo, 24 de febrero de 2013

younger sister

Y tú me preguntas, escupiendo sangre, mientras clavo mi puñal y lo remuevo en tu abdomen; me preguntas, monstruo de mirada torva y bizqueante; me preguntas, mientras cada uno de tus venosos ojos buscan una puerta, una ventana, una pared que se abra; me preguntas, deshonor de las sombras, conjunto de bascosidades, senil esqueleto, obeso obsesionado; me preguntas mientras alargo todo lo posible tu fin, ensanchando en mi memoria el único momento de un día de mierda. Tú, vanidad de vanidades, traidor entre los ladrones, me preguntas, mientras tus vísceras asoman rojas y ladeadas, qué es realvisceralismo...

MARCEL DUCHAMP-Hablando de una hermana menor

viernes, 8 de febrero de 2013

Philippe Phac Llú o Los Vivos y Funcionales Ciudadanos del Primer Mundo



Cada siniestro día de su vida, Philippe Phac Llú se despertaba antes de que sonara el despertador con la terrible sensación física de una resaca del 15, y eso sin haberse dado el gusto la noche antes de tomarse ni un triste quinto de cerveza.  Cada mañana sus ojos hinchados y alterados por la intermitencia de los brutales pinchazos eran incapaces de abrirse y, entre indescriptibles dolores de cabeza y náuseas tan reales como realistas, el hombre caía en el vacío y se adormecía entre suspiros y lágrimas de alivio, poco a poco, poco a poco, hasta quedar nuevamente en ese lindo lugar donde vamos cuando dormimos sin sueños. Entonces, siempre e indefectiblemente, su hado atormentador hacía sonar el olvidado despertador y monsier Phac Llú volvía a la vida del modo más doloroso e injusto e inevitable, y literalmente se arrastraba al borde de su cama y se lanzaba al vacío donde un par de ridículas zapatillas de andar por casa frenaban su caída mientras él palpaba, los ojos cerrados, buscando la botella de agua y el batín y, en su fuero más íntimo, rezaba una plegaria para morir.
Philippe no creía en Dios ni en el hombre, no era religioso ni tenía ningún tipo de creencia ni convicción ni idea fija ni ambición o fe, pero lo de las plegarias no lo podía evitar: era una especie de acto intelectual reflejo que ocurría sin más, si bien no era ajeno del todo a su voluntad, pues la letra de esa canción era dictada claramente por el mismo Philippe Phac Llú de modo personal e intransferible según el grado de dolor físico y abatimiento anímico-moral al que hubiera llegado en esa mañana concreta. Y cada mañana era única aunque igual a las demás; cada día amanecía de modo similar, que no idéntico, a los demás, y eso era lo que hacía que Philippe asumiera que su vida era real y que los días pasaban y que el tiempo era un castigo impuesto por la nada absoluta en que se sumía cada noche tras atiborrarse de analgésicos, antiácidos y yogures con fibra y aditivos vitamínicos, con la esperanza de despertar del mismo modo que el común de los mortales de su barriada a la mañana siguiente.
Tras la diaria odisea matutina rumbo al trabajo, rutinada en caminatas, autobuses, trasbordos y metros, la llegada al absurdo lugar donde respondía vía telemática a las sorprendentes cuestiones de los clientes de la Línea Gubernamental de Ayuda Terapéutica en Previsión de Suicidios Españoles parecía el colmo de una pesadilla blandengue de esas que ni siquiera te obligan a despertar. El sitio donde estaba empleado era incómodo en un modo indescriptible: sillón ergonómico, paredes limpias y claras, entorno idóneamente acondicionado a la temperatura aconsejada por el Ministerio de Salud y Equilibrio Cósmico, elección del trabajador de la música de ambiente así como del volumen de la misma, surtidos de fruta de la temporada y descansos previstos cada dos horas con la posibilidad de: a) sesión de yoga, b) momento de relax televisivo en sala de sofá-cama, c) salida al jardín japonés y té de hierbas. Tras las siete horas convenidas por el contrato laboral-no-opcional atendiendo psicológicamente a todos aquellos que hubieran pulsado 1 a las múltiples opciones del teléfono de la LGATPSE, escribiendo en un Mac lo que la máquina transformaba en voz y enviaba como respuesta acústica al que podríamos llamar “paciente”, Philippe sentía la tentación de ir a un bar y gastarse todo el sueldo en alcohol y cacahuetes hasta que volviesen los lapsus de memoria durante los cuales él suponía que lo pasaba en grande, pero que le habían acarreado un par de problemillas con las autoridades públicas y le habían granjeado la prohibición grado seis por parte de un magistrado acreditado por la ANAJE[1] de no beber más que agua y zumos naturales durante el resto de su vida, prohibición cuya eficacia incontestable se basaba en los continuos e “inavisados” análisis de orina a los que no podía negarse si quería seguir formando parte del mundo de los Vivos y Funcionales Ciudadanos del Primer Mundo (VFCPM), libres para todo excepto para violar la Ley, cosa esta que Philippe había hecho en una de aquellas maravillosas lagunas de memoria que tanto añoraba.
La vuelta a casa era una réplica inversa de la ida al trabajo, la retracción del laparoscopio a través de un colón ya dolorido: hora y tres cuartos de reflexiones, inflexiones, genuflexiones, imaginaciones, angustia y rememoración de las más destacadas frases de sus “pacientes” durante las siete horas laborales en que ejercía —evidentemente bajo vigilancia— su profesión de psiquiatra y psicólogo doctorado por un sueldo de risa y mediando entre su respuesta y la voz mecanizada que oyera su interlocutor la supervisión de una inteligencia superior que él imaginaba como el ordenador de abordo de la AXIOM 3. 
En cada uno de esos trayectos anodinos y solitarios, las mismas dudas de siempre y las mismas preguntas sin respuesta. ¿Eran sus resacas matutinas y su malestar perpetuo un daño infligido por las autoridades para tenerlo idiotizado y, por otro lado, la razón de que no se quitara la vida de una vez por todas tendría que ver también con algún tipo de control impuesto por la misma u otra sádica autoridad cuya protección y supervisión le daba la oportunidad de ser parte plena de los VFCPM? ¿Debía estar agradecido? Y ¿por qué no lo estaba? Así hasta llegar a la avda. Victoria bajar del autobús -13b y caminar las dos húmedas calles peatonales que conducían forzosamente al enorme edificio donde estaba su vivienda alquilada, con su cama empotrada, su nevera llena de comida sana, su botiquín atestado de tiritas y medicamentos permitidos para (ex)adictos a cualquier tipo de droga, un televisor que él no había adquirido, pero allí estaba, y un enorme montón de libros y cómics que en su estado actual no era capaz de leer ni tan siquiera hojear.
Cada tarde, tras la cuidadosa preparación de alimentos variados y de calidad, la recogida y limpieza del hogar y la redacción detallada de lo acaecido en el día en su Diario de Exadictos en Vigilacia, Philippe se daba un largo baño de espuma y dormitaba en remojo hasta que el frío lo hacía saltar de la tubular y dorada bañera y volvía a la realidad mirando el reloj que, para entonces, siempre, y digo siempre, marcaba la misma hora, las 21:02. Después, a las 21:30, en su barrio se organizaban unas sesiones vecinales a las que estaba forzado a asistir y, tras no escuchar nada de lo que se decía en ella, volvía a casa, tomaba algo ligero para cenar, la medicación, el yogur y se andaba a la cama con la esperanza de que el día de la marmota hubiese ya acabado y al amanecer despertase al menos sin demasiado dolor. 
Tardaba en dormirse exactamente una hora y tres cuartos, 105 minutos en los que planeaba nuevas respuestas, variantes de los tópicos y frases hechas que repetía a los “pacientes” un día tras otro; solo después desconectaba hasta que, sin más, despertaba antes de que sonase el despertador en un infierno desconocido por la mayoría de los vivos y la totalidad de los muertos.

kandinsky-Juicio final-1912



[1] Agencia Nacional de Acreditación de Jueces Españoles