sábado, 14 de noviembre de 2020

Nadie se quiere morir

Nadie se quiere morir. Nadie. Ni los que piden la eutanasia ni los que se suicidan, nadie se quiere morir. Esos querrán dejar de sufrir, pero si no sufrieran, ya les digo que no querrían morir. Y es que morirse es un rollo y una incógnita y un desnacer que va en contra de nuestra naturaleza de seres conscientes de nosotros, seres preciosos que saben que estar vivos nos hace ser. Que estar vivos es efímero y único y que hay que estar bien jodido de la cabeza para desear no vivir. Y ahora todo se trata de que nadie se quiere morir. Ni con 100 años ni con un enfisema pulmonar gravísimo, ni con desamor doloroso que causa infarto ni con un mordisco de pitón en la yugular, ni con nada. 

Achaco a eso que el mundo (el occidental, sobre todo) se haya vuelto loco. Encerrarnos en nuestras casas, ponernos mascarillas incómodas, asfixiantes y, posiblemente, inútiles, todo parece poco para evitar una cosa tan natural como morir. Tan natural y tan espeluznante. Claro, joder. Nadie se quiere morir. Y las autoridades responsables por casualidades de elecciones dispersas, a las que solo se presentaban los menos inteligentes del rebaño, nos quieren alejar de eso de morirse. Y lo entiendo. Que no se piense el único lector de este espacio de internet tan poco concurrido que no lo entiendo. Porque, claro, si mucha gente muere (igual alguien querido de uno o uno mismo), se busca a quién echar la culpa. Y Dios hace rato que no es una opción... con lo bien que nos venía. 

Otra cosa será en otros lugares donde están habituados a que se les mueran los viejos, los niños enfermos y los parientes con defectos estructurales que les hacen débiles ante las numerosas amenazas que la naturaleza va procurando para hacer criba y que queden solo los fuertes, lozanos y bellos. Un poco, porque la naturaleza es cabrona y un poco, porque la naturaleza es lista. 

Ahora si se mueren cien ¿qué digo cien?, ¿diez, cinco, dos? mil europeos, es como si se acabara el mundo (bueno, para esos cien/dos mil se acaba, cierto). Y para evitarlo estamos como hormiga que presiente el chubasco, haciendo maniobras, esfuerzos, elucubraciones, tomando drásticas decisiones que hacen caer la bolsa y que todo quisque se vaya al puto paro, con lo que eso significa en lugares donde nos hemos acostumbrado a comer (y mucho) todos los días, tomar cañas por las tardes, comprarnos chaquetas y tatuarnos brazos, cuellos y caderas, pintarnos los pelos, tener dos ordenadores por casa, móviles por persona, coche (al menos uno), y casarnos, hacer la comunión, celebrar bodas de oro, perfumarnos y poner el aire acondicionado o la calefacción a tope para olvidar que hay estaciones. 

En fin. Esto sin dinero va a ser durillo. 

Y en esas estamos. Como nos creemos que ninguno de nosotros debe ser objeto de selección natural alguna, nos hemos puesto en plan cabezotas. Y así, igualmente, todos los que no están suscritos al National Geografic no soportan la idea de que aquí, ¡aquí! (y no en África o en la India o en la China que sobra personal), y en pleno siglo XXI la gente se muera sin permiso. 

Nos queda esperar. Esperar a que un meteorito nos abra la cabeza esa en la que no entra que somos mortales, esperar a que pase la lluvia ácida, a que la central nuclear reviente en la otra punta del mundo, a que los chiflados fundamentalistas vayan con sus cuchillos, camiones y bombas caseras a por otros, a que no toque en nuestro barrio ni en nuestra calle, a que la naturaleza se aguante y nos soporte y a que el planeta le dé por saco a gente del tercer mundo.

Nos queda eso, esperar. Pacientemente, tomando vodka, tequila, bourbon, pastillas, chocolate light, lo que sea que nos atonte aún más, pero nos permita salir de esta sin morirnos. Idiotas, sí, pero vivos.

No sé yo, si me tocara en la cara chunga del mundo, si ni siquiera pensaría estas cosas y estaría rebuscando en las basuras para dar de comer a mis hijos o intentando no ahogarme con la enésima tormenta tropical que se lleva palante mi pueblo y sus habitantes. No sé, claro, porque me toco nacer en esta parte y aquí nadie se puede morir.


PD: Pensamiento capitalista. ¿Por qué habría de cascarla yo, con fallos de nacimiento que me hacen débil, pero productiva, buena contribuyente, que gasta para que otros sobrevivan y que hace más bien que mal? Respuesta cabal: A la naturaleza se la sopla el capitalismo, nuestros inventos productivos, nuestra moral inventada y todo lo que pueda tener que ver con el humanismo. La naturaleza solo entiende de fuertes y débiles. Y yo, amigos, me tengo que joder. Porque aunque hay personas vagas, vaguísimas, que viven y se justifican en su hacer nada y no producen ni ayudan ni sirven a causa alguna, a la naturaleza lo que le gusta son los bichos fuertes, sanos y que engendren bichos más fuertes y más sanos.

lunes, 21 de septiembre de 2020

La conjura de los necios o Matilde y los imbéciles

La profesora Matilde enseñaba Física y Química o Filosofía, una de las dos, o ambas, ni ella misma lo sabe aún. Los alumnos imitan su voz porque suena como un silbido de tren de vapor, de esos de las pelis del Oeste en que unos atracadores con pañuelos en las bocas, cual mascarilla anticovid, esperan agazapados entre los pocos arbustos del desierto de turno. Triste lo de las mascarillas con caritas sonrientes, labios pintados, banderas de Filipinas o un rosa palido o "rose pale" tan recomendable para la decoración de salones en 2020.

Matilde es como una tabla de planchar. No tiene carne ni en el pecho ni en las caderas y, la verdad, el tiempo no ha ayudado a su aspecto de insecto palo. Cada año, indefectiblemente, perdía y pierde gramos de pómulos y barbilla, solo va quedando una especie de pellejo colgando que recordaba y recuerda mucho a una gallina suelta. Al menos, suelta, pensaba Matilde. Podía ser una gallina sin epíteto. En fin, evidentemente la gramática no era el fuerte de Matilde. 

Había que decidir, este inusual curso de pandemias y distopías, a qué iba a dedicar sus sesiones con aquellos niños-hombres/ mujeres-niñas para que, o bien, les sirviese a ellos para su formación como personas, o bien, a ella, para salir del paso sin mucho trabajo. No era cosa fácil. Una decisión trascendental en el mundo de la posverdad y Twitter (Twitter, amigos, sí), digo, Twitter como oráculo y brújula del pensamiento, la opinión y las noticias de actualidad.

Pensando, pensando, la flaca profesora sin pómulos, ni pechos ni caderas a las que asirse, sin cultura apenas para sentirse algo más segura ante adolescentes repelentes armados de móviles con cámaras y compañeros estúpidos, groseros y musculados, mujeres recauchutadas de implantes y embellecidas por inversiones en clínicas estéticas, decidió que la clase, se llamase como se llamara, iba a ir de filosofía. La suya misma, que igual valía ella que el Boecio, el Aristóteles o el atópico ese del Sócrates. Ella no tendría relaciones de ningún tipo con alumno alguno. Básicamente, porque el sentimiento de desprecio era mutuo.

Y hete ahí que la mujer, superando su espanto al bozal obligatorio y sabiendo que no sabía nada de nada, se plantó ante un montón (algo menoscabado por la cosa del desdoblamiento) de imbéciles a los que, ya sabía ella, les caería fatal. 

La cosa, que puede parecer tonta, es que Matilde no se llama Matilde. Y que sabe cosas de informática avanzada lo que le permitió cambiar su nombre, fecha de nacimiento y resto de datos de la ficha de la web del Ministerio del Interior, una base de datos hecha de modo cutre por informáticos amateurs y torpes funcionarios que, igual, cobrarán lo mismo se llame ella como se llame. Así que Matilde. Los apellidos me los ahorro por deferencia al personaje que ya he hecho feo, algo acomplejado y tristemente condenado a trabajar con gente a la que odia. Una tía del montón, sin hijos, virgen a los 45 (edad real de ella, no la del pasaporte) y sin padre conocido que ella o yo sepamos. Un lujo de historia a la que, la muy inútil como personaje, renunció. Hay que fastidiarse.

Ella, como cualquier persona con gusto postmoderno y algo cínico, amaba a Ignatius tanto casi como a Portnoy. Y puede que, por ello, su comportamiento fuera como es en sus tristes días. Aunque, si he de decir la verdad, admiro su capacidad de arruinar su existencia (vacía y prescindible, sí, pero la suya) en pos de un homenaje a hombres, que no mujeres, ridículos o auténticamente locos, según se mire, hasta el límite de sus escuálidas fuerzas. Así, improvisó:

-Pongamos que tengo un mango en el frutero, en mi cocina. -Risas y burlas interrumpieron su perorata.

-Callaos, inútiles, futuros indigentes, ignorantes faltos de paciencia, de educación y de modales. Sois todos unos mentecatos y en cabezas tan duras no entrará nada. - Se percató de que algunos ojos sobre las mascarillas se ensombrecían y casi lagrimeaban e, inesperadamente, se apiadó. Respiró profundamente y siguió con esa voz de pito que era suya, más, desde luego, que su nombre, su dirección y su profesión. La voz no se puede hackear, pensó jodida.

-A ver, pongamos que tengo un mango. Lo compré hace unos días, lo coloqué en el frutero junto a unos plátanos, unos kiwis y varias manzanas. Pero no me apetecía comerme el mango... Es verano y mi cocina tiene una orientación nordeste, así que da el sol un buen rato cada mañana. Al cabo de unos días, cada vez que entro en la cocina (para lo que sea) el olor se hace más y más invasivo. Es el mango madurando rápidamente, pidiendo ser consumido, advirtiendo que, si no lo como, o lo lanzo a la basura, va a ser una pesadilla babosa que empape resto de frutas, frutero, encimera y -pienso en voz alta- mis sueños. Pero a mí no me apetece comerme el mango por caro que haya salido, por sano que sea: mi cuerpo huele el aroma (para otros maravilloso) y siente enemistad. Ya, reíd. Pero es lo que mi cuerpo siente y la pregunta es: ¿debería comerme el susodicho mango, sin ganas, por el mero hecho de que he de alimentarme, que lo he pagado y que está ahí y no hay que cocinarlo, o bien, tendría que tirarlo a la basura, sabiendo que hay gente (muuuucha) en el mundo que se levanta y se acuesta sin probar bocado y bebiendo, además, un agua infecta que puede y va, seguramente, a causarle una enfermedad intestinal a la que con gran probabilidad no sobrevivirá? Ejem. -Ahora todos los imbéciles callan-. ¿Qué debería hacer? Ontológicamente, -va y dice a los quinceañeros legañosos como si nada-. Hermenéuticamente, -sigue, ya crecida. -¿Eh? ¿Qué debería hacer?

Sin duda, la mayor sorprendida fue Matilde (o como se llame), cuando varios alumnos empezaron a vociferar su opinión al respecto. Un chaval rapado y con aspecto de tener granos bajo la mascarilla aconsejó tirar el mango a la basura y sacar cuanto antes la bolsa, pues, en su experiencia, y si todo lo que venden en la frutería funciona igual (sic), pasaría con el mango como con las patatas que olían fatal y podrían todo a su alrededor si, como su madre, las dejaban en la cesta debajo del microondas mucho tiempo (por lo visto, la madre del engendro no era muy cuidadosa con sus quehaceres y no guisaba tan a menudo como a las patatas les gustaría). Al segundo, una melena, larga y suave, lisa y brillante, de lo que parecía una criatura de ojos azules, gritó enfadadísima que no. Que habría de hacer un esfuerzo (Matilde) y comerse el fruto que la alimentaría, cantando las bondades en vitaminas y minerales de los mangos en general y dándolo todo por el planeta. Puso esta activista de relieve la falta de empatía con los desfavorecidos que tirar el mango supondría, que los ricos siempre andaban tirando comida y eso era el gran problema del mundo y que Matilde no tenía mucha pinta de ser rica; así que por su bien y el del planeta habría de consumir el mango y, quizás, un yogur con bífidus y algo más de fibra.

Fue tanto el alboroto que, tras estas intervenciones, se montó, que Matilde sintió un arrebato de simpatía por los opinadores. Aquel farragoso debate reblandeció sus estrechas carnes y su estricto plan de tortura para esas criaturas que, en principio, le parecían entes insulsos e incapaces.

Ahí, nuestra Matilde intervino y, con no poco trabajo, acalló el griterío. Explicó, tras amenazarlos con un suspenso general que impediría su ingreso en la universidad, que tendrían que votar, que la verdad no existe y que la argumentación (¿argumentación, seño?, sí, hijo, tú no te preocupes y calla) debía ser el instrumento para conseguir que los demás siguiesen a uno o al otro.

-Vosotros, torpes pupilos, ingenuos niños de papá, -dijo- no sabéis que todo en este mundo se consigue con artefactos verbales y que lo que defendéis (sea o no lo que pensáis, sea o no lo justo y sea o no la verdad, nada de eso importa, pues nada de eso existe en realidad) tendrá éxito según cómo lo expreséis y a cuántos ineptos seguidores podáis persuadir de vuestra postura. Así que vamos a votar. 

Tras varios intentos fallidos en los que Matilde, finalmente, se percató de que algunos votaban por ambas opciones, la pobre y canija mujer hubo de explicar a aquellos idiotas que, llegado el momento, solo puedes elegir una, que la vida es así y punto, y que les preguntasen a sus padres, abuelos o referentes adultos, cuántas veces habían votado (si es que se habían tomado la molestia) en las últimas y patéticas elecciones. Sin entender un pijo, los nenes, crecidos, pero poco hechos, entendieron que debían decidirse (por poco que les gustase, como generación) y, tras una farragosa campaña con mucho chantaje emocional de "Yesi, tú me votas a MÍ", se decidió el voto secreto. Vamos, lo de siempre.

Así, Matilde volvió a creer en su no-profesión, en la democracia, en los ideales y en la buena exposición de los hechos (falsos o no) y tuvo que comerse el puto mango y renunciar a torturar a aquellos bobos a medio cocer que, ahora, le caían bien (y, por lo visto, increíblemente, era mutuo).

Por supuesto, el curso es largo y Matilde se las trae, así que no pongo FIN, porque esto no es el final.



jueves, 9 de julio de 2020

UGT, los recortes y la estrategia de Marisol, jefa de protocolo mediador

Hoy es jueves. Hace un calor que dan ganas de mudarse a Islandia o, igual, a Finlandia. Me llegan olores de espetos, ruidos de músicas de verano, gritos de niños jugando, las olas rompiendo en la orilla abajo en la playa. El alborozo de aquí-no-ha-pasado-nada. Siendo jueves da todo más coraje: es como el miércoles tras la última gota que... bueno, ya se sabe.
La parte buena de todo esto es que la gente ya no te puede tocar. Es perfecto. Se acabó el manoseo, las palmaditas y los dichosos besos. Mejor. La mitad de eso era incómodo, hipócrita y antihigiénico.
Ahora, a falta de un lapón rico con el que casarme y quitarme de enmedio del calor y la ruina, me entretengo trabajando más que el chino de mi barrio para ahorrar y meter el dinero bajo el colchón, que cualquier día los bancos se esfuman, como se esfumaron tantas cosas normales antes y de las que ahora no queda rastro ni en la Wikipedia.
Lo he comentado con Marisol. Y está en todo de acuerdo conmigo. Y Marisol es experta de expertas. Todo, si hay legislación,  regulación, actas donde se haya tratado, corrillos en los que haya podido surgir, todo, digo, lo recuerda y lo aplica al caso que encartare. Ahora anda liada, la mujer. Porque hay demasiados temas acuciantes que requieren de su memoria prodigiosa, su sabiduría procesal y de su firma electrónica. Una firma codiciada porque es como el genio de las mil y una noches que te puede conceder una subvención así como el que parpadea. No debería decirlo, pero si una tiene que tener amigos, más que nada porque no hay más remedio, una como Marisol conviene muchísimo. Un sinfín de ventajas entre las que se podrían contar la interesante conversación, su semblante agradable y bello, la voz dulce y el acento melodioso sin llegar a ser pedante, y la que más me gusta: su inexistencia.
En fin, sin que importe lo más mínimo, diré que los sindicatos ya están preparando una respuesta contundente ante el enésimo golpe bajo de los gobernantes de turno en una de las tantísimas cuestiones en las que históricamente no pueden ponerse de acuerdo, pues de ser así el mundo implosionaría, los sindicatos no serían sindicatos, desaparecerían de la Wikipedia, nadie se acordaría de ellos y el sustantivo que los designa serviría para cualquier otra cosa. Se abriría una brecha en el continuo espacio-temporal y un mundo paralelo sin sindicatos nacería con su pasado, su presente y su futuro. Un desastre. Muchos delegados sindicales habrían de trabajar. Los derechos de los trabajadores no llevarían ese nombre y así todo. Un follón.
Y ahí, para evitar el caos y el cisma de nuestra realidad en varios mundos paralelos, realidades alternativas, universos en que usted pudiera ser bueno o pobre o ambos, ahí, digo, entra Marisol y su habilidad para mantener a cada cual en su lugar, atemperar ánimos sin pasarse, preservar el estatus quo sin que se note mucho y tener tiempo para ir a peluquerías, spas, comidas de amigos y antiguos alumnos, organizar cumpleaños familiares, ir de compras para estar siempre vestida para cada ocasión y blanquearse los dientes cada tres meses para poder seguir fumando a escondidas cuando los niños, por fin, se han quedado dormidos. Vamos, una maravilla.
Brindemos por Marisol y porque mañana es viernes y porque el gato de Schrödinger esté muerto siempre, incluso antes de meterlo en la caja los muy cabrones de los científicos.
Chinchín.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Con la frente marchita

Si no sé cambiar cuando las circunstancias lo exigen, cómo puedo esperar que los demás lo hagan, dijo como respuesta (siempre hay un gilipollas que le echa a la gente en cara las cosas más peregrinas). 



Yo antes no era rico. Ahora, por desgracia, tampoco. Pero el chino de mi barrio se ha forrado en estos 15 años. El protagonista verdadero de mi barrio, de mi vida y de este blog es este chino cuya vida larga ha estado llena de mudanzas.  Protagonista, en parte, por lo de haberse forrado, para qué vamos a engañarnos; pero también porque es muy amigo de todos y está ahí todo el día, todos los días, que lo ve uno más que a su mujer e hijos. Y también porque es muy sonriente, amable, educado y generoso con las opiniones ajenas y te da la razón, coño, que a veces hace falta y reconforta después de algunos días de esos en que alguien o mucha gente te haya tocado las pelotas.
Pues a este chino, no lo van a creer, en las escasísimas visitas a su pueblo natal, le reprochan en perfecto chino de allí que vista de ese modo en que se viste ahora y que deje a sus hijos hacer el vago, comer porquerías y ser groseros con la familia. Lo peor es que los niños del chino son buenos estudiantes y se portan como ángeles en comparación con los míos. Imagino que porque su madre da un miedo terrorífico y su modo de mirar, girar la cabeza y gritar como a rachas hace que, aunque en chino, se entienda perfectamente que toca decir sí, encogerse, bajar la mirada y acabarse hasta el fondo el plato de lo que sea. El miedo, la verdad, educa mucho. Bueno, eso sí, los chavales tienen su moto y sus piercings y se han puesto parte del pelo amarillo (la parte de arriba del medio) y no ayudan en la tienda (que nosotros sepamos). Aunque, ya me dirán, eso es de lo más normal. Mis hijos, igual en todo (menos en lo de la moto).
A lo que iba, el pobre chino se pasa las vacaciones con sus parientes poniéndolo verde y eso que va para allá cargado de regalos. La cuestión es que hoy, pensándolo, me doy cuenta de que hasta en eso somos todos iguales. Que cuando vamos a ver a los padres de mi mujer al campo se hinchan a criticar que dan ganas de mandarlos a algún sitio donde les den lo suyo.  
Verán, como mi mujer es muy suya como hija de quienes es, pues vota en el pueblo, porque si se censa aquí igual no la entierran allí, que no se fía y que su madre no sé qué dice. Yo, un poco hasta los huevos, pero sabiendo que al menos comemos bien, me callo la boca y me planto en tres horas y media en la puerta de su casa que no hay cojones de llegar antes. Y empiezan a preguntar si les he votado a los de siempre y a meter la papeleta él, mi suegro, de ellas, mi suegra y mi mujer, en sendos sobres "por ir ya preparaos" y a mí: "parece mentira con lo que tú has sido en tu vida y de joven de arrojao para todo y que no has llegao a nada y les votes a ellos nada menos, encima tú, que estás tú para que te roben más, que no sé yo qué te iban a robar...". Y así hasta que, después del café, damos besos y tiramos para el barrio que me parece que he llegado al puto paraíso.
En fin. El chino dice que me comprende, nos fumamos un Chester en la puerta de la tienda y me mira con esa cara que te levanta la moral.
Y yo antes pensaba que esta gente con las tiendas abiertas todo el día iban a fastidiar el comercio de aquí, y me caían mal. Anda que...

sábado, 12 de octubre de 2019

Mundo fantasma

Aunque no lo parezca, hace ya rato que el verano ha terminado. Las sombras siguen pasando ante mis ojos cual parada de fantasmas, aunque menos deslumbrante. Todo sigue sin tener sentido más allá de lo que veo justo aquí. Y,  sin embargo, arrastro un sentimiento como de estafa, como si supiera algo esencial para alguien y se lo estuviera escondiendo. Aprender, observar, para después (no) compartir lo aprendido... Como si alguien estuviese interesado en escuchar lo que algún otro tenga que decir. La mentira del mundo como si fuera culpa mía.
Y están los otros. Estantes y decorado. Los que vienen para no se sabe cuánto. Y por encima, para mayor confusión, el otoño tiene sus cosas. Su puntito. Una como amabilidad que se repite hasta el infinito. Su sol naranja, su cambio de hora, su caerse el pelo, sus goteras, su ver a los demás vestidos y vestirse  uno también. Si lo pienso (será por algo), casi prefiero esto. Este ahora menos alegre, menos brillante, preñado de decadencia. Todo como al borde de un inminente principio de su final. Esa melancolía que invade tras la larga puesta de sol cuando nada te aguarda.
Así, todos, imagino. Todos flotando en el misterio de lo conocido. Eligiendo ajustar la mirada sobre unas cosas, descubriendo lo que puede que valga la pena y siendo inevitablemente asimilados. Todos, imagino, cambiando.
Todos, excepto quizá esas existencias inertes y amorfas que no se inmutan, que --lo más- miran con desdén los accidentes de la vida, resoplando por dentro ante los cambios. Una especie de dimensión vegetal, ajena a las fuerzas que comandan este mundo, el de aquí, el que se vislumbra en mi horizonte miope. Una historia aparte, sin duda. Supongo que metafísica, en algún modo, que no encuentro el momento de querer pensar. Ya tengo bastante con ir por este mar de borrosidades sin caerme y sin perder (mucho) el paso. Llevar la cuenta de las estaciones para recordar que yo también, mentira o no, formo parte de esto.


miércoles, 18 de septiembre de 2019

No es por ustedes, de verdad

Pues ya estamos otra vez ocupándonos del mundo, pensándonos indispensables, corriendo de un lado a otro con cosas en las manos, disfrazados de mayores, sudando bajo tanto trapo. De vuelta de un sitio mejor, aunque con heridas por todos lados, te desespera la absoluta certeza de todos de que hay que hacer algo o un montón de algos y todo en fila y a ciertas horas y con tal halo de trascendencia que parece de broma. En fin. Lo mismo de siempre otra vez en espiral y en bucle, pero cada vez con más publicidad y medidas y control y transparencia y buenas prácticas. Y como novedad un planito de cómo salir de un edificio con una única salida que es la puerta por la que has entrado y basta. 
Claro, a mí esto ahora mismo me sabe a poco; básicamente, porque este verano me he estado tomando muchos filtros para viajar por dentro y ver colorines y conectar con otros mundos, y he leído poesía y filosofía, y viajado por países orientales donde, también, he tenido que fumar cosas que te ofrecían los nativos, a los que está muy feo decir que no... así que decía que sí. Por conveniencia cultural, educación, cortesía y curiosidad. Además de que siendo gratis, de qué. Y, entiéndanme, lo echo de menos. El humo del olvido, los orientales, los filtros de amor y felicidad varios, las largas siestas, las dolencias de Venus, la luna llena reflejada en otros mares, estar bocabajo en el mapa con una talla XL sobre la espalda... Sin relojes que midan los pasos que das y el agua que tomas, sin notificaciones ni timbres que suenan en tu bolso, sin ni bolso ni medias, sin peinarse, sin fingir (casi). Así que, si me encuentran resoplando entre impresos o en interminables caravanas, ténganme pena...



domingo, 28 de julio de 2019

Depósito Yōkai

El invento que usamos para medirnos, para explicar el movimiento de los días y las manchas, la señal del biquini, la letra k,... a veces se queda en suspenso [tanto] que casi seguro que dejarías de respirar si no te acordaras. Un nicho que contiene solo espacio vacío porque alguien se llevó la vasija que lo habitaba; y aquel piensa que es insoportable; y los diccionarios muertos de soledad en las bibliotecas y los maestros vilipendiados, hablando solos. De modo brusco, las ideas se hacen palabras, hacemos fotos y oímos algunas canciones a las que nadie presta atención; todo como con prisas, todo como si fuésemos a algún lado después. Como si hubiera un después. Y, entre tanto, miras y ves esas motas bajando -a veces agua y a veces polvo- y te gusta pensar que las respiras; y mientes, sonríes, pierdes tiempo sin llegar a ningún lado. Después de todo, otra vez como el judío ateo aquel subiendo eternamente unas escaleras. Con la seguridad de que nadie te va a escuchar ni a hacer caso ni apenas ver: una mezcla de alivio, impaciencia y hambre. Y te ríes con Labia. Al fin y al cabo, todo consiste en contar historias y acordarte de respirar. El resto irá al mismo sitio que el jarrón, la vasija, aquella urna, las opiniones, el enésimo comentario, la subsiguiente réplica, los fantasmas, la letra k (esa inmigrante), el pálpito de la fe, lo trascendente,... Todito al mismo sitio. Quizás, además de respirar, sería lo suyo que te diese mucho igual y que aquel invento no te devore hasta algo más adelante.

martes, 22 de marzo de 2016

The clockwise witness

Tracy mandó un recibo y después bloqueó la cuenta. Quizás fueron varios recibos, después de todo. Hay cosas que no se pueden oír sin ser vistas. Y palabras que no sirven si quien las dice no está ahí delante, mirando, dejando que leas sus labios. A veces, Tracy debía salir a dar una vuelta o a comprar algo o a trabajar o quizás al colegio a recoger a sus hijos o quién sabe a qué. Y yo lo pensaba, o lo pienso ahora, que es igual. Todo lo que dijese en esos momentos no servía de nada. Así es que la gente se va perdiendo y empieza a desaparecer para unos y quizás reaparece en algún otro lugar. Yo supongo que ella está ahora delante, mirando a alguien. Porque lo que es aquí no está. Y podría llamarse de otro modo, estar más gorda, haberse teñido el pelo, haber tenido gemelos, llevar hábito de monja, gafas de pasta, estar guapa, ser contable, la mami de algún viejo, con tetas enormes, un nombre nuevo, salir por la tele, vivir en una isla o haberse muerto. Es igual. Ayer mismo desapareció. Yo que no miro a los lados encontré un sustituto de mí mismo que se apela "I hate myself.. :/" Cualquiera que viese el unplugged de Sylvana lo habría sabido. El moreno tatuado con el glifo náhualt, guitarra coloreada en verde blanco y rojo mostrando orgulloso su blanca dentadura. El esfuerzo del otro por no beber, el club de los poetas que celebramos hoy, mil modos de desear morir. oh, Ihatemyself..:/, cuánto me gustaría hacer un curso de inmersión, aprender tu lengua, ir donde sea que estés, plantarme ante tu puerta astillada de madera, golpear con los rechonchos nudillos, esperar 15 minutos a que abrieses y ayudarte con los arreglos de tu obra póstuma. Ir allí, darte la razón, hacerte cumplir, ayudarte a darle sentido a mi vida. Pequeñas pedanterías no podrían ser suficiente, digo, no deberían ser suficiente para olvidarte, Tracy. Pero es que no estoy segura de que seas real.


viernes, 4 de septiembre de 2015

la felicidad de los vivos y el inalcanzable don de la inmortalidad

Hoy, día tal del mes tal de 2015, ha muerto mucha gente. Niños mayormente. Niños pobres o de países en guerra o robados para solo Dios sabe qué horrores. Además, hoy también ha muerto gente que tenía que morirse. Gente vieja, con años felices (más o menos) a sus espaldas, con amigos, hijos, nietos, alumnos que los recordarán y todo ese jazz. Hoy es un día como cualquier otro. Para mí, lo diferencia del resto el mero hecho de que hoy precisamente no he muerto yo de enferma o de vieja; ni mi hijo, ahogado, ni mi hermano, en un accidente de avión o un atentado de aquellos y estos.
Así que hoy es hoy, un día menos para algunos, un día más para nosotros. La vida tic-tac espera de nosotros un algo que no llega hasta que llega y cuando llega es el final. Esto es un infinito no-final hasta que llega el final.
Lo siento, Paco. Lo siento, niños. Seremos inmortales en un museo de cera. Quizás.
Fdo.
El escrivano

martes, 11 de agosto de 2015

Vladimir y Estragon comparten una zanahoria bajo un árbol

Puse todas mis esperanzas en un hotel de carretera. No pudo ir mejor. Desde el primer día, lleno de viajantes que van pasando de un lado a otro sin dar explicación. Así que ahí lo tienen. Un final feliz para variar.
Llaman: "Un vodka para la 117". 
No lo tengo muy claro, pero hago que lo suba la colombiana.

Abajo, más allá del patio, abrimos el café-bar (donde servimos una comida excelente) a la parte Este, que daba a una carretera secundaria y a una explanada usada mayormente por los cabreros. El motivo de este empeño ampliador estrictamente comercial es el siguiente: Siendo este el único local de los alrededores cuando ubicaron el nuevo colegio en la explanada, quedó en privilegio con solo tirar un muro y poner un letrero.

El pueblo había crecido mucho a base del propio esfuerzo reproductor de nuestros jóvenes y más por la gente de la ciudad que, buscando paz, tranquilidad, comida ecológica y cosas de ese estilo, se había instalado por doquier en casitas que salpicaban el paisaje. Fue imperativo hacer un colegio más grande para tanto crío que andaba suelto y sin cultivar, como los cerdos vietnamitas que se crían aquí pero no se puede decir que sean de aquí ni, me temo, se podrá decir jamás.

Una historia comienza con un niño entrando por las puertas de un colegio como otro cualquiera. Un niño como otro cualquiera. Baja unas escaleras. El policía apresura el tráfico que atesta el carril de entrada y da paso al bus escolar. Mira el reloj. Unas madres de apariencia juvenil entran en la cafetería de la esquina como cada día. Ocupan la última mesa, alborotan y toman su café mientras intiman a base de inverosímiles confidencias e inocentes calumnias, secretos y bromas y consejos y consejos y consejos.

De todos los síntomas que anuncian el fin definitivo del mundo, el que más me molesta es la proliferación cuantitativa de cucarachas. Todo dios se la pasaba dando de beber agua con azúcar a las abejas o muriendo fatalmente de hambre y sed en el mundo. Había menos pájaros y mucha basura. Y las cucarachas campaban a sus anchas por doquier.

Eso me recuerda una de las recurrentes conversaciones de las madres del café. Algunos niños, hijos de algunas mujeres y posiblemente ciertos hombres, no tenían apetito. Ninguno. Cero. Otra cosa que se comentaba, y no era infrecuente, eran las noticias diarias de madres que masacraban a sus bebés o padres que los mataban de dos en dos o de tres en tres, u hombres que mataban a sus mujeres y a sus hijos también. Eso pasaba más o se comentaba más o importaba más en algunos lugares. En otros se las veían y se las deseaban para mantener a sus hijos con vida. Pero en la tertulia de diario en el único bar donde se podía fumar y pasar dos o más horas hablando, esto último no centraba las conversaciones. Ni lo de las abejas ni lo de los glaciares.

Entiendo que hay problemas que en la distancia corta se ven y si, digamos, no te quedan cerca pues ni los notas. Eso es así. Por ejemplo, lo de las docenas y docenas de cerdos vietnamitas que además se multiplican retozando con sus homólogos autóctonos no preocupa tanto aquí, claro. Los cerdos vietnamitas prefieren mil veces las zonas boscosas catalanas a las playas, campos de golf, parques acuáticos a reventar de turistas y desiertos donde podría rodar Tarantino su próximo Spaghetti Western.

Tampoco es esto ideal para hacer surf, con lo que nos ahorramos un montón de problemas. Como es bien sabido el surf es un deporte de riesgo que atrae a tiburones. Sin embargo, al ponerse de moda algunos sobrinos e incluso ahijados de mujeres de aquí practican ese deporte para lo que, tras comprarse trajes, zapatillas, tablas, cremas y otros enseres, necesitan conducir varias horas en SUV de seis marchas hasta llegar al menos a Tarifa.

A las 17h todos los niños suben las escaleras de vuelta con sus padres, abuelos, vecinos y así. Pero aquel niño como cualquier otro que entró en el cole lentamente no sale con el resto. Nadie sabe dónde se ha metido. Esperan hasta las 17:45. Comprueban que no se ha escondido, jugando; comprueban que no se ha caído y está herido en alguno de los puntos muertos del recinto. Comprueban que no se les ha ido de modo descuidado con otro de los niños telefoneando una a a una a las madres de todos los compañeros de clase. Y entonces a las 19:04 con la familia al completo allí, la policía, el director, la secretaria y todos los maestros empiezan a ponerse muy nerviosos.

En el lugar, hay campo y caminos y carreteras secundarias, así que se decide hacer una búsqueda masiva. El niño podría haberse escapado. A veces la puerta de la Secretaría se queda abierta. La gente camina mientras habla y habla mientras camina, campo atraviesa, ya a esas horas con linternas.

Al día siguiente, todos en el colegio lo saben y hacen sus cábalas. Mientras, han traído más policías con perros, un helicóptero y han puesto muchos controles. El pueblo se ha llenado de periodistas. El bar lo tengo a reventar de gente y he tenido que contratar a dos primos de Juan, el cocinero, para poder alimentar a tanto galgo.

El padre está con un comisario en una habitación del cuartel de la Torre. A ver si sacan algo en claro y porque últimamente ya se sabe. La madre estaría sedada, seguramente en casa de su hermana.

Montones de desconocidos compartían fotos del niño en las redes sociales. La noticia seguía en primera página, aunque el titular pasaba un poco más abajo y un poco más a la derecha y disminuía en tamaño conforme pasaban los días.

Después, un hombre de 70 años asestó varios hachazos a su pareja. La noticia cubrió la primera página. Había sido la décima mujer asesinada por un hombre (uno diferente en cada caso) en los últimos dos días y, claro, la alarma social exigía más hueco.

Esa tarde, con la señora de los hachazos de cuerpo presente en la capilla de Nuestra Señora del Perdón de Fuencarriles, miles de mujeres salían a las calles de la capital para protestar contra la violencia machista o violencia de género. 

La prensa digital cambió rápidamente su portada incluyendo una foto de unas manifestantes portando un cartel que pedía poner "FRENO a este GENOCIDIO". Estaban visiblemente afectadas. Alguien comentó que un "genocidio" era otra cosa. Pero los gritos no me dejaron discernir la lógica de las respuestas. La gente se enfada mucho cuando pasan estas cosas y es mejor no andarles en esos momentos con delicadezas semánticas.

Casualidades de la vida: varios de los homicidios habían ocurrido en Lérida, donde, salvo que lograsen extinguirla, había nacido una nueva especie fruto del amor, el azar y la necesidad de tener mascotas exóticas y soltarlas cuando pesan cien kilos. Como las toronjas tropicales, los jabalíes-cerdos vietcatalanes eran algo propio, especiales. "La vida se abre paso", que dijo el Dr. Ian Malcom, seguramente pensando en las cucarachas de mi barrio.