miércoles, 16 de febrero de 2022

hablando de madres y de amor y de sintaxis

Ay, señor académico. Si la sintaxis habría que borrarla del plan de estudios, que ya lo dicen las madres de los que suspenden y usted con su sillón, que yo no digo nada, pero igual le queda grande. Porque, a ver,... después cuando ya nadie sepa lo que es un objeto directo, cae el latín, y, por supuesto, el griego (qué pa qué, joder, si eso queda lejos), y qué coño, cualquier cosa que se les ponga a todos por medio. Leer y escribir. Así se aprende a olvidar. Ah, el humo del olvido... Pero, se me ocurre, cómo cosería usted las palabras sin sintaxis. Cómo me diría nadie a mí que, aunque te quiero, te dejo. Cómo, a ver, me dice o le digo si no sé si es usted el objeto directo de mis penas o un indirecto, dativo de interés, o qué mierdas sabría ya nadie qué es un régimen verbal, porque cualquier preposición va bien bailando con el verbo que fuere. Pues eso. Que como buen idiota, tiene usted la razón. Futuro de subjuntivo, ausencia de hospitalidad, falso amor sobre más falso amor, sonido de latas por encima del ronquido del mar, nubes que ocultan la luna, discos sobre libros sin hojear en una estantería de Ikea, arrugas en la frente, en los ojos y en la mente, arrugas en la comisura de los labios, secos los ojos y con llagas en los ganglios; y hablar por hablar, eso sí, solo hablar sin que nada enlace con nada ni nadie quiera escuchar.

martes, 1 de febrero de 2022

frenesí mediático y encuestas de satisfacción

Tras copiosa comida y, quizás, alguna copa de vino, hay auténtico amor, subidón endorfínico. Y después, eso de hablar. Y ocurre que todos coincidimos en que esta es la mejor época "ever" del mundo. Con sus cosas, sí, pero mejor. A ver. Quitando los 80 y 90 en España, que el mundo, plano, redondo o con forma de balón de rugby, es muy grande y adolece de igualdad, homogeneidad, digamos ecuanimidad y comportamiento unánime. En fin. Las comidas acaban con muchas copas. Pero, y a lo que iba, esta época es cómoda por aquí y según a quien preguntes, porque no hay guerras, ni muchas barbaridades; tenemos Netflix, la depilación láser, Google que te dice todo. Un lujazo. En invierno, además, ya no hace frío y todos hemos llevado al punto limpio los paraguas. La cerveza de marca blanca está riquísima, la verdad. Y la borrachera te sale por nada... Peeeero está eso de las encuestas. Que menudo coñazo y vaya injusticia. Antes hacías tu trabajo, como fuera, y ya. Te ibas para tu casa y, salvo comentarios chismosos de un microcírculo de conocidos, todo era normal. Ahora no. Y no pasa nada, de verdad. Pero hay una mierda de selección que no nos parece justa. Teletrabajadores, carteros y otros repartidores, profesores, dependientes (y dependientas), y otros gremios se ven muy perjudicados en pos de la Calidad. Cuando todos sabemos que hay mucho cabrón que opina a mala leche para joder pase lo que pase, hagas lo que hagas. Y decimos en estas sobremesas que acaban a las 3 de la mañana, cuando no sabes lo que debes y te clavan por mamón, decimos lo que empezamos a pensar. Que igual debería de haber encuestas, si es que hay que hacerlas, para otros menesteres. Por ejemplo, los hijos sobre los padres y viceversa. O tras un encuentro sexual. Que te llamasen a preguntar. Y cómo ha estado su pareja. Con sus ítems, coño. Duración, pasión, entrega, dureza, blandura, suavidad, besos, tacto, gusto, olor y vista, cuestiones de extrarradio, éxito y culminación de la empresa. Yo qué sé. Y, al final, puntuar la actuación global: satisfacción del 1 al 5, siendo 1 poca o ninguna, borrar contacto, y 5, la hostia, repetiría todos los días, mucha mucha mucha, muero de amor. Algo así. No sé si me entienden. Que lo importante queda sin evaluar. Y, así, tras cuarenta cervezas (según el camarero), y con casi todo el tabaco del cartón que compramos a las 12 de la mañana finiquitado, toca irse dando bandazos, con tantas preguntas en nuestras cabezas, con la única ventaja de haber digerido las tapas de callos, pulpito frito, mejillones, que es la época, y tantas grasas como se ha impuesto por casualidad en la barra de un bar del que te marchaste hace 13 o 14 horas... Ya. Yaaaaaa. Lo del frenesí mediático... pues que lo escuché en la tele el otro día y me moló. Nada que ver.

miércoles, 12 de enero de 2022

En picado

Ha salido el sol. Estaba el día correoso, lloviznoso, ventoso, gris y desagradable. Miras el mar y está picado. Ya saben, con piquitos como floridos de oleajes por doquier que arremeten contra el roqueo y salpican a los intrépidos paseantes. Y digo que se ha quedado bonito y no sé qué hago escribiendo en lugar de estar fuera disfrutando la tregua de ese invierno tropical y loco. La cosa es que mirando ese mar gris y bien definido, medio enfadado o como queriendo salirse de sí y volar y mojar a las gaviotas que planean, felices por saber planear, lo veo como metáfora, porque a mí me gusta y siempre me ha gustado el Mediterráneo clásico y tranquilo, celeste, quieto, brillante, manso. Pero hoy entiendo que el mar, a veces, debe sentir o estar inquieto para bien y moverse de puro amor y se parece a lo que sentimos y nuestros cuerpos imponen en un nerviosismo alegre y raro que hace que nuestros estómagos y nuestros pechos y nuestros ojos y nuestras piernas sientan que se salen de su sitio y el cuerpo se vuelve impaciente y se llena de rizos blancos y brillantes, algo desesperado y algo asustado. Será la luna o las corrientes marinas o el encuentro con algo inesperado que da miedo de pura felicidad. Y es eso, justo eso. Me hace feliz estar aquí así ahora, sintiendo el vértigo y la incertidumbre, sabiendo que habrá días de mar calma y de mar brava. Pero me hace feliz, muy feliz este momento y caer, si hace falta caer, no me preocupa en absoluto.

sábado, 8 de enero de 2022

customized

Todo se acaba. Ni siquiera el Universo es infinito (y, al parecer, estamos dentro de otro envase y nos acabamos de dar cuenta). Esto también se termina. Ya anda todo Cristo quitando el serrín del Belén con miniaspiradoras y el espumillón de los marcos de las ventanas, cuadros y esquinas que han servido de refugio a cientos de pelusillas y crías de arañas. Está también en el ambiente del ánimo general esa desazón de la pérdida. La prisa por dejar atrás esto y empezar algo o hibernar hasta el fin de los tiempos (eso depende de cada cual). Pero, sí, hay un mohín hosco generalizado y una como electricidad estática cabrona que nos tiene cogidos desde dentro. Tardará en irse, me temo. No es lo mismo la primavera que el invierno, la salud que la enfermedad, y lo bueno que lo malo. A ver si me entienden. El lunes habrá reencuentros y risas y miraloquemehantraídolosReyes, y habrá úlceras de estómago y compra masiva de ansiolíticos. Reparto equitativo, quizás, hecho por el karma. Encima hay que poner lavadoras, hacer la compra, disimular dolores, ir de rebajas, cumplir años, personalizar regalos tras leerse interminables manuales de uso y colgarse los cuentapasos, poner al día el correo sintiendo cómo se desgarran los intestinos en su largo recorrido, hacer dieta, contestar impertinentes comentarios, aguantar la humillación diaria del despertador y sentir que cada día te lo roban y tú ahí sin hacer nada. Una alegría. En fin. Voy a poner mi peso, edad, gustos de música y datos íntimos en el reloj-controlador que me han regalado. A ver si nos vemos.

lunes, 3 de enero de 2022

Reyes del desierto

Un páramo infinito alberga un rey por cada espacio habitable, cada cual en su pedrusco sentado dignamente, pensando, tomando decisiones, juzgando. La mayor parte no tiene súbditos. Su reino abarca apenas unos riscos y montañas calcinadas, estériles calaveras de animales inexistentes, trozos de vasijas (esto, con suerte). Hay, eso sí, sombras y juegos de colores: el día tiene el mismo ritmo allí que en cualquier otra parte, luz y oscuridad y, entre medias, sombras con sus vuelos, espejismos y encantos. Hechizados, los reyes piensan que las formas tienen significado. Cada uno de ellos conoce a sus vecinos: ocasionalmente, de modo respetuoso, se tratan como iguales, amistosamente; al cabo, o en otros casos (los más), se consideran enemigos por malentendidos dialécticos imaginarios. Faltas de respeto telepáticas, posturas altivas y desafiantes apenas vislumbradas en la distancia. Estadísticamente, hay más reyes en disputa que aliados, si bien es difícil hacer cálculos, porque en la mínima sospecha de que uno sea amigo del enemigo, o no sea su enemigo directa y, sobre todo, explícitamente, la relación cambia gravitatoriamente hasta estar justo del revés, como si el cielo fuera un lago-lupa que nos muestra las calvicies y miserias del antiguo amigo y nos hiciera verlo como en verdad es: un traidor, irrespetuoso y un potencial peligro. Cada vez más solos en su decidir sobre nada, en su dolor de espalda por no cambiar de postura, en su sangre en la frente de cargar con la corona pesada, en su quedarse sin batería, en su bloquear a los otros reyes y disgustarse y perder el apetito de pura gana de guerra frustrada. No hay modo de cambiar nada, de, al menos, luchar, sobre todo, por la escasez de ejércitos, súbditos, armas y la imposibilidad de dejar su territorio por miedo a quedarse sin reino. Son tiempos de bandidos errantes, nómadas desterrados, ladrones de feudos. Así que todos se quedan como estatuas pensantes, quietos para siempre, perdiendo amigos y juzgando sobre nadie.

domingo, 2 de enero de 2022

Enigmas

2000 son demasiadas palabras. No deberíamos poder hablar tanto para, al fin, no decir nada. Romper el precinto del silencio para nada. Quejarse o mentir o solo aspirar a ser, como si no fuésemos ya. 2000, 200000, 200... son siempre pocas o demasiadas. Mejor callar. Sumarse a un espectáculo mudo que ve sin oscurecer el mundo con vanas interpretaciones. Vivir sin reproches ni juicios; sin idas y vueltas en autobuses o aviones; sin encuentros veleidosos en interminables escaleras, entre estantes desiguales, ingenios de madera, inventos imposibles; sin haber jamás manipulado un astrolabio; sin haber subido empinadas cuestas sin salir de un despacho; sin diseñar personas y personajes y equivocarse en las medidas y que no te quepan por las puertas; sin utilizar la palabra monotonía ni hacer el amor de mentira; sin que tu mejor polvo lo echase otro; sin caer al vacío interminablemente; sin metáforas ni infecciones ni hormigas, ni Europa, ni Cracovia, ni el Cosmos, ni la Tierra. Sin escurrirse del presente, ebrios, vendiéndose por tan poco, contando el tictac de otros relojes. Saltando de año en año, de foto en foto, de verso en verso, para, al fin, que todo acabe tan pronto y tan lejos como habría de ocurrir igual entre gritos que en silencio.


Cómeme, bébeme, léeme

jueves, 30 de diciembre de 2021

A la vuelta de la esquina

Como no me gusta nadita madrugar, pero me encanta ver amanecer, suelo pasar las noches en vela, mirando a ambos lados: al que suele y al que deseo, por ver el sol salir. Llámenlo trasnochar, si quieren. Es un modo de espera como otro cualquiera. La noche, aunque pueda parecer lo contrario, es corta y templada y te envuelve con humo y espuma y abrazos y risas o llantos pasajeros. Hay estatuas y soledad y felicidad que duele y, como todo, pasa rápido. Y el sol sale por el lugar de siempre, aunque yo no pierdo la esperanza de que un día de estos aparezca por la montaña de poniente y lo veamos solo los que miramos al cielo mientras los demás duermen.

martes, 28 de diciembre de 2021

El clavo ardiendo

Hace algún tiempo me preguntaba cómo sería estar tan desesperado. Durante mucho más tiempo, seguí esperando a ver si sentía esa necesidad de, antes de caer al precipicio, agarrarme a cualquier cosa por dolorosa y desagradable que fuera. Si yo podría sentir tanto vacío y tanto miedo para aguantar lo insoportable. Si me valdría la pena, si me daría por vencido. Y no. Nunca pasó. Quizás pasase y yo no me di cuenta: son muchos años y ha llovido una barbaridad. Lo que sí sé es que yo he sido y soy el clavo ardiendo de mucha gente. Y no es que me importe, ni siquiera me molesta, pero me doy cuenta. Y eso resta. Resta y no poco. Me resta a mí, me embebe hasta quedar hecho una minúscula mota de amor que nada importa, que se cambiaría en un abrir y cerrar de ojos, que un chasquido desharía. Una partícula invisible que baja y, al final, se barre porque no hay nada más asqueroso que las pelusas en el suelo, telarañas en las paredes, el graznido de las gaviotas, el aspecto de un roedor con alas; nada del otro mundo, pero desagradable y molesto. Las cosas pequeñas, igual que las grandes, han de ser deseadas sin necesitarlas, ser imprescindibles incondicionalmente, ayudar a la felicidad, o al menos dar alegría, y merecer recibir amor de vuelta. Si no es así, es de la otra manera. Una manera poco deseable, un presente sin recibo regalo que se pueda devolver para obtener algo mejor o, al menos, más apetecible en la subjetividad irresponsable y cambiante del receptor.

jueves, 21 de octubre de 2021

El viaje

Por suerte o por desgracia, ahora sí, creo que ha llegado el otoño al Sur. Hace frío si es más de las doce de la noche o antes de las 10:00 hora Zulu, el resto del tiempo te asas viva, pero con alegría. Así somos. 35º es una gozada si llevas desodorante en el bolso y bebes cosas frías. En fin. Como iba diciendo, hoy o ayer me siento feliz porque sí. Hace unos días andaba perdida y cogí un autobús. Como me daba igual, pues por lo visto me metí en uno que iba a mi pueblo natal. Pereza es poco, mas sentada al fondo con mi petaca, la verdad, todo daba igual. Siempre hay un buen samaritano que te saca del berenjenal (ese sitio puritano) a la hora que fuere. La cosa. Iba dando cabezadas ya antes de partir. Mi móvil tan muerto como mis neuronas no daba señales de vida. Todo bien. Normal. En mi línea de estar perdida. En fin. Se sienta un joven pijo, guapo, pero medio tonto de guapo y de pijo, dos sillas más para allá. Vale. Yo con mi testa en la ventanilla. De repente, un frenazo, coscorrón, su puta madre, un señor desdentado, que casi no llega, entra en el bus. Paga el peaje en calderilla. Calderilla, calderilla. Monedas de uno y dos céntimos, verdosas, sobadas, malolientes. El autobusero debía de haber echado un polvo recientemente y no se queja. Y el señor dando bandazos sin motivo gravitatorio, llega hasta donde el joven y yo misma estamos en paz. Elige, listo como se veía que era, sentarse al ladito del joven. No lo tengo en cuenta. Yo, de haber tenido la más remota elección, habría hecho lo mismo. El hombre, al menos, tiene el buen gusto de dejar un hueco entre él y el efebo, id est, se sienta junto a la ventanilla. Para aquellos lectores no habituados a la mierda que es viajar en autobús, en lugar de en taxi, por ejemplo. Es así: fondo del bus, bus currado, asientos desgastados, todo blando con clavos en el culo. Cinco asientos: una ventanilla, mía; otra ventanilla, el borracho desdentado; en medio, pero sin estar al lado, el guapo joven con cara de por-qué-coño-no-tengo-una-limusina. Esa, amigos, es la vida de los pobres que o no tienen carnet de conducir o no se arriesgan a acabar en la cárcel por atropello y fuga. Tengo un frío que te cagas y un mosqueo tremendo. No sé por qué exactamente. Quizás por el enésimo frenazo con golpe en la cabeza que me ha despertado o por los veinte minutos que ha tardado la señora en subir al bus con un carrito de bebé sin que nadie -hay que felicitar la capacidad de aprendizaje del pueblo español- haya movido ni un dedo para ayudar. Nunca se sabe qué bebé monísimo puede ser un genocida y un hijo de puta asesino, así que por si acaso... Igual también me he cabreado conmigo misma. Se me ha bajado el punto y oigo todo lo que unos y otros dicen, lo que aminora las posibilidades de otra siesta. El joven escucha con atención al filósofo poco amigo del agua y se ve que en esta mi ausencia ha aprendido a apreciarlo. Esas cosas pasan. A veces, la gente aprende a despreciar y otras, pasa al contrario. En mi experiencia, se da más la modalidad A, pero este no es el caso. La cuestión es que el hombre tiene una labia privilegiada y se ve que ha pasado por mucho. Muchos viajes, varias carreras, divorcios, desahucios, rehabilitaciones. El amor es una forma de posesión y al final te mata. Y lo decía textualmente. Que mata a uno o a otro porque le ha pasado. De ahí, un tiempito en prisión, claro, del que salió como Nelson Mandela, hechas las paces con la sociedad, sus enemigos y familia, el capitalismo (sic) y varias otras centenas de molestias. Enhorabuena, dice el muchacho. Sí. Pero hay que coger distancia. Digamos que mandar en tu vida para bien va también de estar solo. Le entiendo, dijo el chaval. Yo ya totalmente pegada a ambos escuchándolos con un mohín. Me extrañó de veras que el resto de gente no estuviese allí al fondo amontonada escuchando este pseudo y/o antisermón de la montaña improvisado. Tanta sabiduría desperdiciada. Se nota que no estamos en la India. Me alegré de todo. De no estar en la India, sobre todo, de no haber aprendido una mierda a base de palos, de seguir siendo un puto ser humano inseguro y sin norte. Con más miedo que el resto del autobús, incluyendo al futuro genocida, pero sin recuerdos terribles que me hayan dañado tanto tanto tanto. Me recuesto de nuevo en mi espacio. Sigo con mala leche. No sé por qué. Creo que esta travesía a ninguna parte me está poniendo nerviosa. Decido que, cuando lleguemos donde fuere, voy a pillar un billete de vuelta o de ida a cualquier otra parte. Está la opcion de apearme. Pero tengo demasiado miedo de no perderme, encontrar algo y que me pase como al tipo este. Vale.

lunes, 18 de octubre de 2021

Cenizos

Hay una caravana infinita, larga, lenta, pesada, llena hasta las trancas de coches solitarios y personas al borde de un infarto. No la ven, lo sé. Está dentro de mí. Va desde el esófago hasta la última terminación nerviosa de la planta de mi pie derecho; larga por ser su recorrido retorcido y extraño. Pasa, por ejemplo, por el corazón (aurícula derecha nº 7, 2ª planta) y después serpentea por mis intestinos, el grueso y el otro, con la conveniente paradoja de las caravanas que recorren un camino sin que nadie se mueva. Esta lleva ya muchas horas. Empezamos a temer morir de sed o hambre. La cosa es que a mí me ha pillado por sorpresa, pero sé que muchos del resto de reos lo presintieron, algunos esta misma mañana, otros pasaron la noche en vela, viéndola venir. Hay gente así. Ve los problemas, los intuye, siempre alerta por lo malo que se les viene; incluso yo diría que los causan, los muy cenizos. Ahí están. Comiéndose las uñas. Aterrados (eso todos) porque aquí dentro no hay cobertura y no hay manera de avisar, despedirse, si eso, meterse en una app para una última satisfacción llegado el momento, como aquel pompeyano. Imagino a algunos pergeñando un plan B que incluye la antropofagia y la violencia. Yo lo tengo claro, cuando vea que la cosa se pone (más) fea, me bajo del coche y me largo a patita aunque sea para salir de mí mediante autotraqueotomía. Al coche que le den. A los otros reos que les den. La cosa es salir.