lunes, 22 de agosto de 2022

Un poco de Keats

I never knew before, what such a love as you have made me feel, was; I did not believe in it; my Fancy was afraid of it, lest it should burn me up. But if you will fully love me, though there may be some fire, 'twill not be more than we can bear when moistened and bedewed with pleasures. J. Keats.

domingo, 21 de agosto de 2022

Ventajas y desventajas del final

No es que sea mañana precisamente que se acabe, pero se presiente el final en casi todo. Hay como una melancolía, al tiempo de cierta premura de hormiga que ves en los demás. Apurando sus copas, haciendo viajes, planeando fines de semana, saliendo, entrando, absorbiendo desesperadamente los aires de agosto, -que, por otra parte, han sido un infierno, lo reconozcamos o no. A mí algo de todo esto me viene bien. El pasar desapercibida, ser casi invisible, estar borrada de la mente de los otros. Desaparecida. Y la suerte de que los días se hayan acortado y la puesta de sol se alargue y empiece a una hora que me permite sacar mi nariz de la cueva y asomarme al mundo, cuando solo quedan los restos del torbellino multitudinario de las horas previas: papeles, bolsas de plástico, niños abandonados, sombrillas que huyeron de sus propietarios probablemente aprovechando una racha de viento, hartas de escuchar sandeces a un volumen insoportable para una sombrilla. Y yo me cruzo con los cientos de inquilinos de la playa cuando toca retirarse y me mojo los pies como si acabase de aterrizar desde el puto Marte. Camino por la orilla. El agua está templada; un poco, por haber recibido el sol de un día brutalmente caluroso, un poco por haberse quedado con parte de la temperatura de tantos cuerpos que la han transitado. Todo me beneficia y me viene bien. Está limpia, se ven piedrecitas, conchas y trocitos de cristal regastado que seguramente fueron pedazos de una botella rota arrojada vilmente al mar, que ha hecho de sus trozos suaves teselas. Me cae bien el mar, un Mediterráneo como el de ayer o como el de hoy. Tranquilito, templado, paciente, esperando que nos extingamos para seguir aquí tranquilo, paciente y templado, solo él, las medusas y los peces. Me viene bien el paseo, se hace de noche cerrada, me ha aliviado la angustia con la que vivo últimamente, una como presión en el pecho muy rara que achaco a alguna alergia estacional. Me marcho cruzándome con decenas de personas vestidas de domingo, que salen todas a la misma hora a cenar. Los dejo atrás y me dirijo a casa a leer abrazada a la almohada.

martes, 16 de agosto de 2022

Viajes

Me acuerdo de cosas. Recuerdo haber sacado la cabeza de la arena y escupir hasta recuperar el aliento, una vez que dejé de sentirme inmortal. Recuerdo. El dolor de mi mejilla derecha, tras minutos, segundos, de sol. El dolor. Lo recuerdo bien. Casi creo que es cierto que estaba ahí, mirándome,lamentándose por vivir tanto, pasándome un testigo que no entendí. Recuerdo el absoluto, durante un instante infinito. Recuerdo licores extranjeros y repugnantes. Helados parajes en los que no debí estar jamás. Desérticos emplazamientos a los que llegué, aventurero, y de los que no pude escapar. Y el regreso, soñado, ensoñado, embustero. Aquello que no es verdad, pero te ayuda a entender la verdad. Y, de nuevo, la tormenta calima, roja, arcillosa, húmeda. Algo que te convertía en estatua tanto tiempo que te creías realmente estatua y eras ciertamente estatua. Con esos adverbios tan poco elegantes, con esa asfixia y esa locura estática. Impedidos los movimientos. Rojos los ojos, rojo el pelo, rojos los brazos, hundidos en el rojo los pies, el torso y el resto del cuerpo. El pelo, larguísimo, como tras décadas sin salir de ahí. En un sitio sin fin, enormemente plano. Y algo en mi mente, supongo, que debería ser un sueño, que me impedía salir. Y, raro, el placer, también rojo, acalimado. Sensación mental de algo que no existe, o quizás existiría mientras habitaba entre el ocaso y la salida del sol. Un sol odioso. El sol deslumbrante, ardiente, abundante, doloroso, que embiste y te deja sin respiración, que no es sol, ni luz. Solo eso. Ardor. Es un sueño, me digo, esa fuerza que empuja como el viento loco de poniente, furioso, que te cambia de postura, que te hace girar y girar. Y, bajo tierra, sientes que estás flotando y disfrutas, sin disfrutar porque sabes en el fondo que, aunque recuerdes, nada es de verdad. Que hay que despertar. Escupirlo y despertar. Dejarlo marchar y regresar. Y olvidar. Sobre todo, olvidar. Echarte en brazos de la realidad y llorar y dormir acurrucada en los brazos de las viejas esperanzas que te expulsaron y ahora te dejan regresar.

domingo, 31 de julio de 2022

Polvo

El tiempo pasa que es un horror. Sí. Rápido y cada vez más rápido. Hoy, echándote de menos, he releído toda nuestra correspondencia y vaya si hemos escrito, nos hemos querido y nos hemos odiado. Y eso que estoy molida, me duele todo. La semana, devastadora, y estos fríos tan malos para los huesos. Y tú, que no acabas de reconocer quién eres y el rollo de tus padres, los vecinos y la gente. Que a estas alturas del siglo XXI, ya o te matan (que la regresión es un hecho) o te aceptan gloriosamente como la niña, la niña, la niña, qué tiene la niña. Pero no. Vernos a escondidas. Mentir a tus otras amistades (porque eso soy, ¿no?, otra amistad). Y soltarme la mano en cuanto llegamos a tu barrio. Pero, cojones, el tiempo ha pasado y ya son años (con -s porque es plural, id est, más de uno) y seguimos igual. No seré de esa gente que diga que me has hecho perder el tiempo, porque el tiempo no se ha perdido, ni nos ha vencido (a mí me ha quemado, pero eso es para otra entrada menos festiva). Se ha sido feliz, infeliz, psicópata, acosadora, víctima y culpable. Se ha molestado a los vecinos, ha habido voces y llantos y rupturas de dos días y reproches por ambas partes. En fin. Que en nada, llega el día 2, y es la fecha en que celebramos el milagro de no habernos separado. Y sé que tú, porque lo dices todo el rato, estás loca por mí. Y yo, bueno, vaya, te quiero y me costaría un huevo prescindir de ti. Amor entre el viento y la marea y las ballenas comandando naos desesperadamente inverosímiles. Como si otra nube roja escupiese sobre nuestras cabezas polvo rojizo y dejase todo borroso y sucio y raro, sobre todo, raro. Una calima de amor, odio, vergüenza y felicidad. Un polvo que nos ha cubierto y nos ha hecho parecer pelirrojas, acartonadas, secas, brillantes. Si sale el sol es peor. Si no, tampoco es mejor. A lo que iba. Yo solo quería felicitarte el aniversario antes del día 2, por si no llegamos, por si el 1 se jode todo y el 2, ya ni nos hablamos. Que recojas tus camisetas y minifaldas y las medias. Que esta no es tu casa, que si no podemos contarlo, no vale para nada. Pues, no, pues me arrepiento de ser tan necia y qué más da si no se puede contar. Que estoy de acuerdo. Lo entiendo, lo admito, lo consiento. Nos escondemos bajo una sábana manchada y seguimos sin el resto del mundo, polvorientas, con la ropa interior desperdigada por el suelo. Tu pelo suelto, dejando rastros en mi ducha, en mi suelo, en mi lavabo. En mi interior. Ese pelo moreno y largo con ondas que desafían el viento y siempre (dios sabe por qué o cómo lo consigues) está suavísimo y huele a polvos de talco. Me siento al borde de un abismo del que no, por miedo que tenga, me voy a despegar y eso que sufro de mal de alturas, agorafobia, sinceridad aguda, extroversión fatal y desesperación total (diagnosticada). Te espero. Esperaré al día 2. Para escondernos de lo que te asusta. Para, una vez escondidas, vivir del polvo rojo y único que la casualidad hizo que nos fuese imposible rechazar, imposible olvidar, imposible volver a vivir sin tu tacto y tu olor de tierra desértica, arcilla desmenuzada. Te regalaré pastillas para el olvido, cápsulas de valentía, humo de superioridad. Haremos una fiesta en clandestinidad. Una macrofiesta con luces rojas, como nuestro polvo, para dos, sin sitio para más.

martes, 19 de julio de 2022

El mundo arde. Y yo ardo con él

Despierto. Aunque no estoy dormida, despierto. Sé que no estoy dormida porque, cuando duermo, me duele todo el cuerpo. Y ahora solo me duelen otras cosas. Él dice "lo siento", yo digo "no, no lo sientas". ¿Cómo no te iba a querer de un día para otro? Me cuesta decidir dónde van los puntos, dónde van las tildes, dónde encajo yo en esta marea de noticias desesperantes. En la fatalidad, -oh Leoncio-, de ver la montaña rusa que son algunas vidas. En el despropósito que es conocerme y olvidarme a un tiempo. Las cosas de esta época son, al menos, estimulantes, no como si lo estimulante fuera bueno, pero creo que tengo la suerte de vivir tiempos extraños. Y lo extraño es siempre interesante. Y lo interesante es siempre inspirador. Y lo inspirador hace que la vida tenga sentido, aunque se quemen bosques perfectos, aunque todo se desmadre, aunque hasta la protesta del más obtuso de los imbéciles que escribe en twitter (vaya tela de mundo) sea un motivo para cambiar el rumbo de un país, de un continente, del puto entero Occidente. En fin. Esta época. Con sus terremotos, sus escándalos, sus volcanes, su cambio climático, con su no saber si lo que lees es verdad o mentira, con pasar del telediario, con todo el mundo ardiendo del calor y la dejadez, con los drones grabándonos follando, con música clásica remasterizada horteramente, con un ejército de hormigas en las cunetas, como avisando: ¡Aquí! Con la vuelta atrás del pensamiento, ¿pensamiento?, humano, con la decisión constante y deprimente de dejarte todo el rato -a ti, mi amor-, de lado. Con la convicción de que algo peor vendrá y espero verlo para contarlo. Se nota que leí mucha poesía y muchas historias desastrosas y que todos somos Henry y Henry somos todos. Y me doy un poco de asco. Otra vez, siendo egoísta. Otra vez, pasando páginas escritas en ebriedad, viendo y pensando, sí, que es la mejor época para que alguien curioso por los cambios, por terroríficos y acojonantes que lleguen a ser, está aquí para dar fe, cual notario impertérrito, pero sin estudios ni imperterritez. Pensando, pensando, es que ser alguien transfronterizo en el tiempo es un lujo, pues si la hubiese diñado cuando debía, no habría podido ser. Que sigo viva y este desastre es mi algo que contar.

viernes, 15 de julio de 2022

A una

Sea por lo que fuere, a una le gusta la gente que realiza trabajos útiles y que ayuden a vivir mejor a los demás. Un poco como Will Hunting, creo que es mejor hacer casas y ganar poco que derruirlas, jugar en bolsa y hacerte rico, con cochazo y mujer e hijos rubios con cuatro apellidos. Llámenme imbécil. Si tengo que elegir entre alguien con tres másteres (de pago) que tiene una mansión o un guapísimo albañil que está todo el día currando al sol con dos botellas de lanjarón rellenadas con el grifo, me quedo con el número 2. Qué hago. Estoy de seres pedantes y adinerados, de buena familia y con mil compromisos, hasta el copete. La verdad. Y, aunque más me valdría hacer de mi escaso atractivo y los días que me quedan de juventud para hacerme con un buen partido, prefiero hartarme de reír, oír frases que ninguna dama debería oír y ser feliz así "en plan barrio", porque también una fue de barrio y cuando oye hablar su "dialecto" se le saltan las alarmas de las simpatías, la alegría y el deseo. Arruinadita, pues, como en una copla de mucho folcklore y machismo anticuado, va una por la vida, rechazando propuestas de abogados no tan feos, mas idiotas y sin gracia. Y creo que me quedo para vestir santos, pero -oiga- con mi dignidad intacta y con amistades normales sin rango ni alcurnia, pero con muchas risas. Seguramente, esto debería tener un final, una conclusión, un consejo, una cosa de esas que tienen los cuentos medievales tipo el Conde Lucanor. Como una moraleja, que ya me suena a barrio pijo y no la uso sin ser la pobre palabra término desagradable en su sentido ni en su forma. Pero prefiero no dar consejos que el conde sabrá qué hacer y yo, aunque no lo sepa, ya veré con quién comparto mi tiempo y de quiénes me alejo pitando con excusas muy educadas. A vivir, que son dos días y ya he gastado tres. Besos, hermanas. Abrazos, resto. PD: Habranse ustedes dado cuenta de que no he incurrido en la conversación de ascensor, harto necesaria por otra parte, de qué mierda de puto calor hace que nos vamos a morir. Ni he hablado de las cantidades de hormigas y cucarachas que he tenido que masacrar estos días para mantener mi casa a salvo de asquerosos bichos preludio del fin del mundo. Lo hago por ustedes. No querría que pensaran en mí, toda señorita, pisando descalza arañas e insectos que parecen alienígenas con una sonrisa de maldad disfrutona en la cara (yo, que los bichos -estos al menos- no sonríen). Así que no lo digo. De nada. PD2: Una postdata es poca cosa y creo que merezco decir que hasta el maldito lunes con sus obligaciones de mierda no me pienso poner sujetador. (Pal que no lo sepa soy una tía, aunque no lo parezca).

viernes, 20 de mayo de 2022

No entres dócilmente por el aro

Todos sentimos un gustito de autocomplacencia cuando nos dicen lo listos, lo guapos, lo presentables, lo bien que hacemos todo. Qué persona maravillosa, cuánto quieres a tu pareja. Qué ideal que eres. Qué perfección de carácter, qué divina tu paciencia. Y así, conformando al mundo, pasas la vida quedando bien. Ole. Pero, pero, pero... para mí que saber estar no es saber ser. ¿Y esto? ¿A qué viene? Bueno. Os cuento. La verdad. Tuve una noche mala. Metí, -me dicen-, la pata. Yo no me acuerdo, pero me lo creo, porque la gente me ve y se aparta. No sé qué hice, pero, dados ciertos antecedentes, debió ser un circo sin sol (porque era de noche). En fin. Mi política de autoindulgencia me obliga a perdonarme cada domingo de resaca. Encima, como no me acuerdo de nada, salvo que un pepito grillo venga a tocarme los cojones, todo me parece hermoso tras un par de ibuprofenos y tres o cuatro cafés. Pero, claro, pasa el tiempo... La gente se aleja y te quedas solo. Y esto inspira, no crean, inspira mucho y te da una lección de vida. Lo de la soledad, digo. Que te dejen atrás, que te abandonen. A veces, a algunos les remueve las entrañas. Y me da por pensar qué digo, qué les digo, qué me digo. Pues que la soledad, la sensación de soledad aturdidora, ensordecedora, dolorosa, no te confunda. Que es solo eso. Una sensación. Y, como cuando estás a dieta, te falta algo, sientes un vacío y te apetece mortalmente comerte un quilo de helado de chocolate. Cualquiera, por tonto que sea, por anuncios que vea, por más películas américanas que se haya tragado en su adolescencia, sabe que el helado de chocolate, al rato, solo pide más helado de chocolate. Y te "cura" solo en ese rato de devoración depravado y vacío. Después, encima, estás más gordo, abominablemente lleno de granos y espinillas, o peor. Y que algunos, para más inri, desarrollan alergias. Para eso, mejor una secta (y así segurísimo que ya no estarás solo), o ausencia meditativa, o gimnasia compulsivamente exigente y repelente. Lo que sea que te engañe. Si la soledad te empuja a que no digas no, cuando lo que quieres es decirlo, pues menudo error, por más que así sí gustemos a todo quisque. Saltando de poemas a ensayos y novelas, te puedes dar cuenta de la desdicha que da pensar demasiado en el ombligo de uno. La propia estima, que dice el personaje que anda por ahí, está muy bien para negarte a vivir como te dé la gana. Más vale, digo yo, no pensar en cosas baldías, en cuestiones pasajeras, en lo que un día es hermoso y, al siguiente, una pesadilla. Autocompasión heredada. Vaya, que si no te dejas engañar por la soledad, puedes estar tan a gustito con tus mierdas de libros, música, puestas de sol, delfines que saltan frente a ti mientras el mar te arrulla, canciones y bailes y risas en la terraza de alguien que aún no te desterró. Pero nos la pasamos sufriendo, a veces, siendo obtusos, torpes y desagradecidos con la vida. Así que no. Que si la lías parda un día o dos o trescientos, mientras no dejes cadáveres por los suelos, da igual. Que la vida es muy corta y no hacemos mal a nadie, salvo a aquellos que sienten que lo estás haciendo mal. Que ya podrían ocuparse de sus cosas, joder. En fin, pues eso. Que el próximo día, lo haré igual o peor, porque me da la gana no sucumbir. Esto ya es, -me parto-, cuestión de principios.

martes, 17 de mayo de 2022

Cosas

Es verdad, es verdad... He estado de mala leche, digamos, últimamente. Sí. Que lo que he hecho, dicho y escrito era negativo, que no pegaba conmigo ni con nadie. Pues sí. Ahora que estamos en una primorosa primavera y que to quisque ( leguaje inclusivo, o qué) esta feliz. Me planteo el porqué de mi mala leche. Igual me estoy pasando con las transcripciones de alegaciones fiscales de la Inquisición. Con su Cruz Verde, con sus cárceles secretas, con su torturar hasta hacer confesar. O es que estoy to loca, o es que no debería leer el periódico y ver cómo se violan mujeres y niños con excusas de una guerra, o es que me falta vitamina E, o C, o D, o qué cojones sé. La cosa. Reconozco que he estado muy desagradable, que no se me ocurría nada bueno que escribir. Y la verdad siempre he sido una persona con sentido del humor, y el que me trata sabe que no emano mal rollo, excepto alguna única excepción. Siento ponerme del lado de la la oscuridad y lo lúgubre, haciendo aquí tan buen tiempo. A veces, se me acaba el tabaco, el helado de chocolate, las pipas y me miro en el espejo. No. Mal hecho. He de decir que me disculpo por las maldiciones que he echado a los imbéciles ricos de las motos de agua, a los vecinos que hacen obras a las 7 de la mañana, a la gente que me llama para ofrecerme una tarifa mejor. De veras, os odio, pero lo siento. Me disculpo. Pienso, a pesar de todo, que vendrá un tiempo en que todos serán felices y estarán morenitos y que, tras los finales, se la/lo rascarán como es lo propio. Y que algunos harán las maletas y nos dejarán atrás (alabado sea el Señor) y otros se quedarán con su rubia/o (no se me olvide) y su puente sin caerse al río cuando se despierten. Que todos tengan cumplidos los deseos que pidieron cuando soplaron pestañas y que yo no vuelva a ser una arpía que amarga a sus pocos (y cada vez menos, me temo) lectores. Hala. Feliz miércoles al sol (lo del lunes está muy visto y el martes está ya pa acabar). De verdad, que mirando mi minijardín y viendo las rosas florecer, se me pasa el mal de cualquier color, sea de amor, de salud, de .... Vaya, que se me ha pasado, que se me pasará y, si no, ya están las citas de Santa Teresa para ponerme en mi lugar. AMOR Y FLORES para to quisqui.

jueves, 28 de abril de 2022

Agorafobia 2.0

17:00 h, en un pueblo español anónimo, a orillas del Mediterráneo, donde ora llueve, ora hace sol, ora se levanta un viento huracanado, ora tenemos una plaga de barro que -insisten- es polvo desértico. Salgo de casa, tras días o semanas, por cuestiones burocráticas que, ¡oh, Dios!, no se pueden resolver de manera telemática. (¿Es que no hemos aprendido nada en estos dos años? Pues se ve que algunos, no). 17:35 h, vuelvo a casa con cuatro cajas de café y dos de desodorante, con taquicardia y otro porrazo en el coche. Claramente, mi plan es no volver a salir jamás. 17:40, mareada por el aire puro, rezo para que me dejen en paz. Fin PD: Transcribo este parte ahora (22:46 h) que han dejado las manos de temblarme.

jueves, 14 de abril de 2022

Yo tampoco he comprado los billetes

Hay días en que no distingo entre el amor, la ternura y la piedad. Entre el miedo y la verdad. Hay días a estas alturas en que las mayúsculas me dan igual y qué importa o deja de importar. No discierno (así, intransitivo). Pero no puedo elegir... Elegir, S. Elegir. Y veo a largo y medio y corto plazo, problemas y más dilemas. Si me quedo, si me voy, si me importa o qué. Y ahí vamos. Envidio con rabia a quienes, como yo en otra época, sabían lo que querían. Admiro su suuesta seguridad. Ya viajarán en el tiempo, ya. Y verán si acertaron o erraron y si valió la pena quedarse o marchar. Nadie sabe qué va a pasar. Algunos, eso sí, se cogen la manta y se van a dormir al raso y, después, con dolor reumático y arena en las orejas, se sienten dignos o unos pringaos. Tengo billetes sin comprar a Venecia, a Estambul, a Polonia, al hospital. Por ahora no pago ninguno. Ni los compro ni los dejo de comprar. Hay ahí en mi sofá de diseño un alma roncante que me pone de los nervios y me impide decidir. Yo no sé dar consejos, ni me gustaron ni me parecen buena idea. Son, como las setas esas del campo que o te sanan o te colocan o te envenenan. He aquí mi circunstancia, miles de años después, mi opinión, la de entonces y la de ahora, no se va a cristalizar en consejos inútiles y baratos; gratis porque a una no le cuestan. Bastante tengo, amiga, con decidir si me echo la siesta con él/ella o me voy por ahí y que el sol salga por Antequera. Suerte, amor de niña. Recuerdo de mis días de indolencia. Aprende mucho y respira aires nuevos sea donde sea. PD.: Uy, y recuerda Toy Story, ya que estamos en plan referencias posmodernas: "el gancho, el gancho" que decían los muñequitos de la máquina del Centro Comercial de turno.