martes, 2 de mayo de 2023

Tal día como hoy...

    Tal día como hoy hace 19 meses te podrías haber quedado conmigo después de que yo te besara. Y besarme tú hasta que no hubiese música, ni gente, ni luna, ni paseo, ni poyete, ni nada. Pero te fuiste detrás de tus amigos y tuvimos que esperar al día 5 para acabar como habríamos acabado hace 19 meses si no fueses tan babucha. Le habríamos ganado a la vida tres días, te habrías mudado tres días antes, y quién sabe si yo habría cambiado antes, diría que sí, que mucho antes.

Esto habría sido mucho más romántico escrito mañana: serían 19 meses y un día, un número redondo, la cantidad de días que te caen por robar una bici si eres gitano o lo pareces, algo más que por robar cien millones de euros si eres de la directiva de una empresa financiera (porque no es exactamente robar, obvio). Mucho más romántico, digo. Pero soy así. Igual tengo una idea buenísima y ni caso, igual tengo una idea malísima y ahí voy con todo. Bueno, 19 meses viene a ser año y medio. Hemos conseguido sorprender a mucha gente, había porras, apuestas y no pasábamos de tres meses. Que se jodan. Y el primer sorprendido me da que eres tú, y yo después, cierto, y siempre después por lo de las gafas, la sordera y que no presto atención. Pero al final, también. Hemos conseguido que nos quieran y nos odien, y querernos y odiarnos y querernos más. Hemos visto un montón de mundo en la tele, comido comidas exóticas que nos han traído muchos jóvenes en moto. Hemos conseguido, y esto sí es creo yo muy bonito logro como pareja, que no nos dejen entrar en algunos sitios y que, en otros, se descompongan al vernos pedir unas cervezas. Muchas cosas. Nuestro farmacéutico de confianza, el hipo, la literalidad, las risas que amargaron la vida a mi vecino, la cerveza sin alcohol, los tuppers de ida y vuelta (ya, se escribe táper, pero solo de verlo me da vergüenza). Muchas cosas. El diccionario que te hizo más ilusión que si te toca la lotería, mi salud de mierda, tus pelos de loco. Tengo aquí un pantalón del pijama tuyo y en tu casa hay en algún sitio unos pendientes y un par de bragas mías. Una barbaridad. 19 meses. He aprendido mucho. Que en la playa no hay grillos, que si estás tú no me pican los mosquitos, que cuando desapareces un rato y me da un vuelco el corazón es que has ido a por una pizza y soy gilipollas, que te gusta montar en bici y no montas. Que la vida que te gusta a ti es esa que me gusta a mí y le gusta a cualquiera y lo bien que se está cuando se está bien. El día que conocimos a los alienígenas que repartían el butano y la novia de un amigo nos arrastró a su casa para comernos las uvas y se convirtió en Noche Vieja ya presagiaba cosas especiales. Había una estrella y posiblemente tendríamos que haberla seguido. Eso es otra. Pensando, pensando, caigo en la cuenta de la de posibilidades, la de disyuntivas, la de elecciones, la de aciertos y cagadas. Todo nos pasa más quizás porque somos mayores, quizás porque estamos como estamos y se juntó el hambre con las ganas de comer. Me pregunto qué habría pasado si te hubieras quedado conmigo en el paseo ese día 2 y creo que habría pasado lo mismo. Que por poco me muero, que por poco te mato, que en vez de estar ya hartos, estamos haciendo nubes de caramelo por debajo de las mesas, por esquinas y callejones. Que hice un pacto con Nazaret y lo voy a cumplir porque es lo que más deseo en esta vida.

Me debes tres días de besos, que lo sepas.

miércoles, 22 de febrero de 2023

الحق والباطل

      Mi casillero de la biblioteca está atestado de libros en préstamo a punto de caducar, introduzco la clave, suena un chasquido y un robot invisible que vive detrás del mobiliario me los dispensa lentamente. Cojo un carrito y los coloco de cualquier manera. Salgo de nuevo. Árboles, esqueletos de edificios y el crujido de la hojarasca me acompañan. Alguien perdió un smartwatch de hace mil que piso sin querer, se ve que lleva ahí bastante tiempo porque está debajo de papeles y cajas de cartón voladoras. ¿Cómo cojones se puede perder algo que va ajustado con cinchas a tu muñeca? Miro mejor a ver si está la mano que justifique la respuesta implícita: no la veo. Sí veo flores nuevas que se salen de las medianas y ocupan antiguas aceras. Recuerdo aquel anuncio "las mejores plantas para jardines urbanos" que parpadeaba en las pantallas de las calles cuando estas servían para algo. Aquí se mezclan las plantas tapizantes con arbustos, plantas nativas y especies invasoras. Setos sin cortar toman formas naturales más bien inquietantes. Imagino los insectos que deben pulular asquerosa y felizmente a su aire sin nada que les estorbe salvo pájaros con hambre. O reptiles... Reptiles. La imagen mental, el concepto, el dibujito de una forma curva, sinuosa, reptando por la tierra cerca de mis pies, de tamaño acorde con el de la flora actualmente en posesión del lugar. "Reptiles" evoca y provoca un cortocircuito. Vuelvo a mi realidad física. Un refugio como de Segunda Guerra Mundial. Huele a vacío y a frío, porque no hay nadie y porque es febrero. Corre, sal de ahí. Tengo que renovar la mayoría de estos libros y recordar para qué pedí cada cual en su momento. Eso. Resulta raro maquillarse, acostumbrarse a conducir por una autovía vacía, ver el jardín botánico desmadrado desde las ventanas. Eso. Subir escaleras en silencio acelerando el paso con el corazón disparado. Podría haber imprevistos. Eso no. Ya no estoy acostumbrada a los imprevistos. Tampoco recuerdo qué llave abre qué puerta... Por suerte, suena el tono de uno de mis médicos. Salud mental. Media hora de terapia por videoconferencia. El tiempo justo para no llegar tarde. Tampoco tengo nada que contar. La doctora me encuentra baja, le preocupa que no sonría, me nota desanimada, se preocupa, me da la siguiente cita para antes. Cuelgo aliviada, mientras ordeno a Alexa que anote la fecha en mi agenda, con alarma para el día en cuestión. Sigo, sola. Sola camino por los corredores de antes, paso sola frente al viejo comedor, saco sola una botella de agua de la máquina expendedora y pago con el pulgar 0,75 céntimos (se ve que no han renovado los precios ni las existencias desde hace décadas). Bebo con /b/ agua a morro. Siento como yo misma ralentizo el paso de manera inconsciente y me embarga la angustia. Bajo escaleras. Cruzo bajo sucias mamparas y feísimos techos de cristal muestran su desgana color rojizo-calima. Voy por la derecha más por costumbre que por otra cosa, bajo al sótano donde aún los microondas esperan una sopa que calentar. Enfilo el pasillo oscuro y sonrío (o algo así) al leer en las puertas los rótulos que rezan ese anacronismo "aula de informática". De qué iba a ser si no. Empieza. Un rumor de voces espera ahí delante. Me sorprende una risa. Hiperventilo. Hago mis ejercicios, visualizo mi casa, visualizo la pantalla del portátil, visualizo la taza de café en mi mano, pongo en marcha los recuerdos sensoriales pacificadores, noto el roce del micro en mis labios y de los auriculares en las orejas, la calidez de mi sillón, los sonidos de casa. Uf. Vuelvo. Compruebo mi pulso en la pantallita. Con mis guantes de cirujana, agarro fuerte el pomo de una puerta verdosa, giro, empujo, doy un paso, finjo una sonrisa y entro. Cierro tras de mí. Qué necesidad había de esto. Tres de los cuarenta convocados están ahí distribuidos por la señalización amarillenta de suelos y paredes, separados por mamparas y metros de aire clorado, anónimos tras mascarillas; en sus ojos lo leo, ansían empezar para acabar cuanto antes, así que empiezo.



lunes, 2 de enero de 2023

Despierta, joder. Que la llevas

 La Paz, años veinte. Una joven hermosa y diminuta, de cabellos morenos y ojos de almendra conoce a una ardilla. En La Paz. A ver. Bueno. Igual no es tan raro. Pero en mi época lo era. Conste. La ardilla, monísima, peludita, de tamaño minúsculo y mirada de acércate-y-te-clavo-los-dos-dientes-hasta-el-tuétano, comenzó a hablar. Eso. A hablar en español de aquí. Clarito, clarito. Sole, que así se llamaba la bellísima joven, se quedó algo perpleja, no mucho. Como es ella. Entre la sonrisa de Monalisa y el Grito de Munch.

 Y como rara vez en La Paz había visto ardillitas, Sole pensó que si esta se había tomado el tiempo y esfuerzo de hablar un español correcto, no estándar, sino de la zona, sería porque aquella ardillita tendría algo bien importante que comunicarle. Ahora bien, ¿era ella interlocutora lo suficientemente merecedora de aquel milagro de la naturaleza? ¿Una ardilla parlante, monísima, seguramente con algo tremendo que decir al mundo en un idioma no precisamente familiarizado con la comunicación de hallazgos, elegía ese preciso instante en que ella ha salido a pasear por su barrio para encontrársela y hacerle partícipe de su mensaje? No lo creo. Ni Sole lo creía en el momento. Aún así, respondió: «Sí, soy de aquí» en lo que a ella le pareció un grito pero que seguramente fue un murmullo petrificado e incrédulo. Como era ella. Y menos mal. Lo que menos falta le hacía era que alguien pasara con una bicicleta y la viera gritando. Gritando a una ardilla. En La Paz, donde raramente había ardillas, pero aún más raramente había personas gritándoles. O gritándoles esperando una respuesta. O gritándoles esperando una respuesta común, una respuesta que te sabría dar alguien que habla tu mismo idioma, no un idioma ardillesco y bellotil. 

  El roedor giró la cabeza a la derecha (es diestra, -pensó Sole), encogió los ojillos como intentando entender. Giró la cabeza, ahora a la izquierda (no es diestra, -pensó Sole-, que a veces se hacía lío). Y finalmente suspiró histriónicamente, con impaciencia y como con hartazgo. "No te he preguntado si eres de aquí, pero ya que me informas, te diré que he visto sitios peores. Un consejo, no pedido: No vayas por ahí disimulando que es peor. Si eres de La Luz, de Vistafranca o Dos hermanas, da un poco igual. Yo era de la Cruz Verde, fíjate, cuánta historia, situada en las escaleras, viendo cómo defenestraban a relapsos flagelantes, los menos, o hechiceras-timadoras-ladronas y, también, asesinas por motivos más o menos justificables. Para acabar contra tanta injusticia estaba entonces el Santo Oficio. Ahora nos jodemos con los payasos del tribunal judicial del Clan Primero de las marmotas, topos, ardillas voladoras y recaderos del Sur. Casi preferiría que me quemasen otra vez, la verdad. Y a todo esto. Tú, ¿qué querías?".

    Por lo pronto, pensó Sole, querría saber qué se le puede responder a una ardilla parlante cuando aparece acelerada y con más ganas de hablar de Historia que de aclarar exactamente de dónde sale. ¿Relapsos flagelantes? ¿Hechiceras juzgadas por el Santo Oficio? Mucho tenía que haber vivido este pobre animalito cuando hilar toda aquella sarta de cargos, traumas y consejos no pedidos es lo primero que se le ocurre al cruzarse con una humana. Tampoco había pedido Sole esa mañana tener más complicaciones de las que ya tenía, sea dicho de paso. Estaba nerviosa y la ardilla parecía más alterada que ella, pero como si sus propios problemas no fueran pocos, también parecía interesada por los de la joven. Habrá que responderle, se dijo para sí la todavía boquiabierta. «Pues me gustaría saber cómo actuar más a menudo, empezando por dejar de disimular la sorpresa que me causa encontrar una ardilla parlante, pero ya que ha entendido al vuelo que algo me ocurre y no sé solucionarlo yo solita –se atrevió a aclarar Sole, ganando algo de carrerilla–, se lo explicaré. Estaba dando un paseo para aclararme, olvidarme de mí o de mis problemas, terminar ya con todo, cualquier opción en realidad me valía, cuando nos hemos cruzado. Lo cierto es que desde hace unos días veo todo a la mitad, literalmente, todo partido por medio. Puede parecerle una estupidez, a todos se lo parece, pero la confusión que esto me ha provocado no me deja dormir por las noches; no puedo mirar a nadie a los ojos porque veo sus caras por la mitad, ni distingo el día de la noche porque para mí es lo mismo lo oscuro de la tarde que lo oscuro de la mañana; ni soy capaz de cocinar porque malinterpreto cantidades y acabo torciendo las sopas, las ensaladas y desparramando aceite por toda la mesa; no es fácil subir escaleras ni atino a bajar el toldo por las mañanas para que no dé el sol en la salita, y me tropiezo con las piedras de la calle a menudo porque no calculo la distancia entre los pasos que voy dando; ni le cuento sobre confundir calles y pasos de acera. Soy del Perchel, por cierto, ni de La Paz ni de ninguno de esos honorables barrios que usted, ardillita, ha mencionado, sino del Perchel, como digo, y esta mañana, después de despertar sin confusión alguna, pensando que todo había sido un sueño, me he mirado al espejo y me he asustado al ver que mi boca no es mi boca, mis narices no son mis narices, ni mi pelo es el pelo que yo acostumbraba a tener. Eché a andar, como acostumbro a hacer cuando me desespero, y aquí me encuentro, en medio de La Paz, sin saber qué hacer».

  La ardilla carraspeó -nada fácil para un roedor. Carraspeó con una dignidad propia de un político decimonónico, antes de un discurso de cuatro horas en que no repetía ni una conjunción ni un adverbio. Carraspeó, digo, y miró con ojos entornados a la perchelera aquella aparecida de la nada. Pues mira, dijo. Este encuentro es providencial. Para ti, vaya. Que yo estoy ya de vuelta de todo y esta es mi trigésima reencarnación y me la suda todo (soy ardillo). Noto cierta desesperación existencial y, como he sido psicóloga colegiada, asesor del presidente, cabecilla de varias revoluciones y cinturón negro de Yawara Jitsu, creo estar en condiciones de curar tu somatización. Te tuteo porque soy tres o cuatro milenios mayor que tú, no por nada. Queda en tus manos. Como también he sido chamán, siempre espero a que se me pidan las cosas y que se me ofrezca algo a cambio de mis "servicios". Son tradiciones y ya se sabe que contra eso no hay nada que hacer. Tú verás, la mitad que quieras (la ardilla era un poco cabrona con el humor y a Sole le recordó a alguien). Quedó paradita, quieta con la mirada a lo lejos como recordando, como abstraída, digna y perfecta, anfitriona de un cuerpo que no hacía honor a su autoridad.

    Sole sacó el móvil, buscó la palabra somatización en google –para qué molestarse en ir a un diccionario, si total– y luego miró fijamente –bueno, a medias– a la criatura peluda que le había hecho replantearse por primera vez en el día si no sería mucho más fácil dejarse llevar por todo, arrastrar la visión a medias por la vida, decir hola qué tal a las ardillas parlanchinas que se encuentra una como si nada, dejar de asustarse por nadita que ocurra, y luego comerse un helado y a correr. Quiso salir corriendo, literalmente, también, porque ahora ya no se trataba solo de quejarse, sino que también había que estar preparada para escuchar lo que la puñetera ardilla tuviera que decirle, y luego pagarle por la ¿consulta? Nah, mejor quedarse como estaba. Mejor irse a casa, subir por el ascensor, buscar las llaves en los bolsillos del abrigo, sentarse frente al portátil y contar algo en el blog oscuro aquel donde podía escribir todo tipo de cosas sin que nadie pensara que era la realidad porque ya se sabe que en los blogs se miente, y mucho. La ardilla, que parecía estar esperando una respuesta todavía, viendo que la muchacha no tenía remedio, o mejor dicho que no le pensaba dar ni un cuarto de bellota (la mitad de una mitad), insistió con un grito que no sabemos si escuchó Sole sola o Sole y alguien más que anduviera por ahí: "Despierta, joder".

   Cómo se le iba la pinza a la joven aquella. Se habían juntado el hambre con las ganas de comer. Por la sombra de los árboles notó que llevarían allí casi todo el día, también lo sintió porque tenía un hambre brutal. Se había ido a sus otras vidas de repaso y se había olvidado de todo, mientras, presuntamente, su contertulia habría salido de viaje y habría vuelto sin moverse mucho y también se habría saltado la comida. Ambas seguían allí por cortesía de un poder superior que les arrebataba de sí y las llevaba muy lejos de sus cuerpos que quedaban como estatuas de un parque sin estatuas, con fuentes sin agua y con calvas en el césped. Vio un pavo real. Dijo tengo hambre, ¿y tú? Oyó un susurro: muchísima. Yo tengo lo mío aquí al lado si me empujas, que estoy sin fuerzas, me pillo una nuez y voy royendo. Si no, me va a dar un pasmo. De nuevo, el susurro: no tengo ánimo de empujarte. Ve que se sienta. Se echa. Cierra los ojos. Le pide, una vez más, que despierte y le acerque con el pie las sobras de unos quicos de bolsa por entre la hierba y con eso merendaba. Pero la muchacha ya roncaba suavito, seguramente medio dormida. Con lo que había sido en sus vidas, con todo lo aprendido, ser algo así como una rata solitaria vagabunda fácil de ignorar, le daba mucho por saco. Arrastró con su cola los restos del maíz tostado aquel y sonrió sin querer. Quizás debería hacer como la joven Sole y dejarse marchar, para despertar en su próximo cuerpo, en su próxima vida, en el misterio que le esperaba: dejar de ver la mitad de lo que le rodeaba para quizás ver incluso menos, no ver nada. Hibernar sus talentos y saberes hasta la próxima expedición de vida, acurrucada tras la "comilona" en el regazo lanudo de la durmiente desconocida. En un momento, la vio despertar desorientada, con frío, azuzada por el hambre y el desconcierto, notar que tenia media ardilla muerta a su lado, pensar que todo había sido un sueño. Apenarse por el animalito ese tan tierno, derramar algunas lágrimas. Le gustaba esa visión dramática de su final en esta vida. Imaginar que aquello cambiaría el destino de Sole cual personaje de Coelho que, tras lo vivido, volvería a su camino más sabia y segura. Qué sensación más cálida ser protagonista de la vida propia y ajena, inventar recuerdos... cómo ayuda a dormirse estar cansado alimentado y caliente. Cerró lentamente sus párpados y dio una orden a su cuerpo.

    Anochecía y era como una postal, un pasaje de Poe. La humedad subiendo desde el suelo, ocultando los cuerpos, los operarios vaciando papeleras y pasando escobas a lo lejos, el silbido de la brisa entre las ramas, los bancos crujían descansando, las ges y las jotas pactaban una tregua, cansadas. Los alguaciles empezaban a cerrar el parque. Un milagro de navidad hizo que cayese una gota: nunca llovía allí. Otra gota. La tercera salpicó a Sole que da un respingo, que mira a su alrededor y piensa otra vez me he quedado dormida en cualquier sitio. 

FIN


viernes, 23 de diciembre de 2022

Una historia de Navidad postcovid

       Era algo con ele. ¿Lorena? No. ¿Laura? Mmmm. No. ¿Lidia? Joder, creo que no. ¿Lola? Uy. Puede... Quizás, Loli. Sí. Sí. Loli. Loli García Jurado. O algo así. Dolores en el carnet. Dolores. Eso, que lo tenía en la punta de la lengua. Que seguro, que sí. Eso. Pues Loli se fue en su BMW negro, familiar y gigante, que le tocó cuando tuvo el tercer hijo, a trabajar. Tenía el almuerzo típico de Navidad con la gente del Rectorado, así que se puso su mejor vestido, corto, medias con puntillitas y un abrigo que se acababa de comprar en Maximo Dutti. La ropa interior me la ahorro, pero estaba muy bien calculada, lo sé. De peluquería y tal. Vaya, que iban todos desesperados, tras dos años de teletrabajo y no salir nada más que a comprar pan. 

       Yo -eso sí que lo recuerdo- estaba de los nervios. Salí una hora tarde de currar y tenía un agobio que para mí se queda. Con todos los regalos sin comprar. En una caravana infernal. El flequillo a la mierda, la poca pintura de ojos, corrida. Rumbo al Centro Comercial del distrito donde habito y al que odio -ODIO- ir. Pero al día siguiente era Noche Buena y había que llevar mil cosas. Mejores cositas para mi familia y detalles gilipollas para los no pocos invitados de mi padre. Es lo que tienen las fiestas: te salen por un pico por una cena que apenas tocas, porque, después de dejar de fumar, te has puesto hipergorda. Y eso que probé todas las dietas posibles, ayuno intermitente incluido. Pero nada. No me entraba mi ropa, no tenía tiempo, tenía cara de vieja (porque lo soy) y llevaba una mala leche de la hostia.

      Después, estaba Jacintito. Un niño monísimo, pero malo a reventar. Desagradable hasta decir basta. Con diez años, ya daba susto. Jugaba, por supuesto, al fútbol. Y la mami, que se llamaba... ¿cómo era?... ¡Isa, porras! Pues la mami, Isa, lo llevaba y traía desde el quinto pino para que pudiera participar en esos encuentros que tanto bien hacen a la juventud. Se trataba de que echase todo el odio corriendo y metiendo patadas a un balón o a lo que fuera. Y ese día volvían. Desde el más alejado infierno de pueblo, después de almorzar, rapidito, y haber "ganado". Con Mariquilla, la hermana chica, que había salido bien (gracias a Dios), el tonto del padre, Isa al volante y el demonio detrás. Isa respirando de alivio viendo que ambos, Mariquilla y el puto Jacinto, se habían quedado fritos detrás del Ford Fiesta que compraron cuando nació el hijo del mal aquel.

     Loli se lo estuvo pasando genial. Si hasta unos compañeros le tiraron los tejos y la invitaron a un gintónic a sus 56. Las puntillitas nunca fallan. Yo seguía atacaíta de los nervios en la puta caravana y acojonada con mi coche, un Clio muy currado que te falla cuando quiere, en aquella marabunta de prisas y pitidos y gente que no sabe que en Navidad hay que ser amable. Isa,... Bueno, Isa estaba aliviada. Llegando casa, saliendo casi por el desvío que lleva a la rotonda que la llevaría a casa, arriba en el Altozano, desde donde se veía -de lejos- el mar. Con el maletero con todos los regalos y las botas del Jacintito de los huevos en primicia, firmadas por un tal Omar o Ronaldo o Iván o no-sé-qué jugador de no-sé-qué equipo de los importantes esos (dos sueldos, suyos, que el tonto del padre no tenía nada que aportar). En fin. Contenta, la mujer. Así. Tres mujeres a las cinco de la tarde de un 23 de diciembre con montones de cosas a sus espaldas, cada una con sus arrugas, sus michelines, su pecho recién estrenado, y sus hijos y sus hombres por ahí, atando.

     Y sé que no eran las cuatro ni las cuatro y media ni las cinco menos cuarto, porque miré el reloj, cagándome en todo, con un hambre de mierda, pero pensando que si menos comía, menos gorda se me vería, cuando consigo salir por la salida esa mía, que era, casualidades, la misma que la de Isa, y quién sabe si no, la misma de Loli. E Isa, al parecer, iba delante, unos tres coches delante, y gira para su Altozano del monte, en esa rotonda que distribuye seres humanos con sus automóviles al Altozano de los cojones, a los chalés grandes, a los que son pareados, al centro del pueblo costero, al Centro Comercial y al sitio pleistocénico de aquí, bien cultural reconocido y bien señalizado: unas cuevas de no perderse (creo). Una de esas rotondas que están justo debajo de la autovía, que sigue y sigue hasta los campos de golf y lujos mediterráneos y benditas urbanizaciones pijas. E Isa toma su carril y gira a la izquierda. Y Loli, que se había quedado frita al volante, con su enorme BMW se sale de la carretera, se carga el quita miedos y cae para abajo justo entonces. Y yo escucho un estruendo y todo el mundo pone luces de emergencia, saca móviles, se pone las manos en la cabeza, corre hacia el emplaste metálico. En fin. Digamos que el BMW estaba cabeza abajo amortiguado en un Ford Fiesta con un maletero lleno de regalos. Que había cachos de seres humanos. Y que, hasta donde imagino, Loli no se enteró de nada. Feliz Navidad.

    



domingo, 18 de diciembre de 2022

Hoy estoy insultona, pero es que la vida manda un montón de güevos

Y yo que pensaba que estaba loca... Un ejemplo que lo ilustra: me hice con una escoba que no uso para barrer. Y todo lo que tengo se lo doy a los demás, más que nada porque me agobia la acumulación y me fastidian las cosas y lo material me da un poquito de asco. Loca, ya digo. Siempre veo colorines que se mueven, dondequiera que mire. Achacable, desde luego, a una patología mental, pero igual es que soy súpermiope, que es una patología de otra índole, digamos, menos lírica. Hay diversidad de opiniones, todas en mi cabeza. A lo que iba, que siempre me pasa igual (deben estar ustedes hasta los cojones). El otro día, pensando yo en mis cosas, previas navidades pascuales y eso, por un paseo marítimo pleno de sol y familiares alegrías, testimonio  (yo, que es verbo, idiotas) una bronca muy violenta entre gente de distintas edades, alturas, complexiones y acento, pero con la coincidencia única de ser, hasta donde conozco, tíos, vaya de género no neutro, tirando a género masculino, es decir, una panda de hombres varones. Y yo que tenía como única cosa segura en este mundo de postverdad absurdo que comandaba la nave de los locos, la stultitia navis, en una traducción demasiado amable, y era (yo) merecedora de capitanear tan insigne barco, lleno hasta los topes de torpes, a resulta de mi estultez, voy y me percato de que no debería pensar que estar loco es poco sano y que igual debo cambia el nombre de mi barco, porque esos congéneres nuestros (los de la pelea) de ese sexo concreto parecían, a todas luces, a otras horas y en otros lugares, gente de fiar, normales, sanos. A ver, casi todos van al gimnasio y tienen novias con abrigos caros. Y yo, con mis manías, siempre creí que ellos eran mejores que yo, no por ser tíos, que eso sí que es una gilipollez (y siento tener que aclararlo pero hasta aquí hay tontos), sino por no estar comiditos de la cabeza, me doy cuenta de que menos mal que la que comanda este manicomio navegador soy yo. Acojonada del todo, me vine para casa, saqué la escoba y me fui a dar una vuelta por los cielos, viendo todas esas luces que han puesto, borrosas (e invisibles para los otros) guías de antiguos telégrafos. Ya se me ha pasado el susto, pero espero que mi nave de la estupidez no se convierta en algo tan asquerosamente violento, aunque los piratas tengamos que jugárnoslas con mucha gentuza, al menos los de esta nave, solo hacemos por ganarnos deshonestamente la vida, siempre sin violencia.

viernes, 18 de noviembre de 2022

Un par de cientos de copas después...

EsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumpleEsmicumple.............. 
-Anda, mira, pues felicidades y tal. Mmmm. En fin. [SILENCIO] ... [MÁS SILENCIO] En fin. Lo has celebrado o estás en ello, supongo.
-Bueno ayer salí un poco.
-Y ¿qué tal?
-Ni idea, no me acuerdo de nada.
-Mmmm.
-Yap.
-Sí, sí.
-Bien, supongo.
-Mmmm. En fin. Mmmm ¿Regalos?
-Ni uno.
-Normal. Está la cosa para gastar dinero.
-Totalmente.
-Mmmmm Y ¿cuántos?, si se puede preguntar.
-Ninguno, ya te digo. 
-Ya, ya, ya. En fin. Voy a tirar que mira qué hora es... Que me alegro, ¿eh? Tanti auguri!
-Dánke.

jueves, 10 de noviembre de 2022

Coñazo to largo: no leer

Tengo la cabeza llena de palabras anticuadas que designaron artefactos del pasado remoto y nadie reconoce y nadie usa. Llena de palomos sobre antenas colocadas hábilmente en chimeneas de altozanos, graznando desagradablemente y oteando este y oeste, los muy inútiles; de listas de la compra, de diligencias decimonónicas que transeuntaban gentes y cartas por el árido panorama de su época, grandes, hermosas, con hasta dieciocho caballos o más, con guardas que las protegieran de los bandidos que rondaban tras una guerra acabada pero sin terminar. Llena, esta cabeza, -sobre un cuello contracturado y un cuerpo de mierda-, de pendientes por las que resbalo, de cuestas que no alcanzo a subir, de mensajes de disculpas, de cartas de recomendación y resúmenes sobre unas y otras cuestiones curiosas que investigar, propias o ajenas. Llena de historia, de torturas para obtener testimonios veraces, de desconfianza, de amor en fotos, de horarios de autobuses. Llena de Nebrija y Alcalá y Venceslada y Restrepo y Zerolo, y Alemany y Bolufer. Llena de trocitos de pasado, de apagones furtivos y caídas de wifis y jóvenes en fotos haciendo sus deberes. Llena de actualizaciones, de imposibles, de sueños de piedras deshechas por batanes, del ruido de latas reciclándose, de los pasos de los vecinos subiendo mis escaleras, de bibliotecas infinitas y libros que no podré leer. Como una escombrera, mi cabeza se llena de cosas sonoras, muñecas que simbolizan el abandono, juguetes que ahora están encerrados en un móvil, pasados con crestas, menús de cinco platos que resultan un fiasco, la banca online que te da disgustos, de cuentas de rosarios, del padrenuestro y del avemaría, tal como se recitaban antes. Llena hasta los topes, llena que te cagas de llena. Y que sigue llenándose, como un infinito de novedades modernas o antiguas, de viajantes, navegantes que explorasen un río innavegable. De tierra de bataneros y arcilla y molinos, aceñas, azudes, mazos que aplastan piedras y tejidos, ropa encurtida que se trabaja con los pies, uvas y aceitunas y cacao y maíz para hacer harina y poder comer. Del mirlo oscuro que despierta a todos con su feo canto. De gaviotas que lloran como bebés moribundos o mujeres atormentadas. De cosas enormes hechas de piedra y de madera. De agua que no se puede beber. De café. Mi cabeza, seguramente, no tiene ni idea de su tarea. Del empeño de su dueña. De la posibilidad de petar en cualquier momento, como fuegos artificiales de palabras que desbordarían por el monte donde habito, justo antes de desfallecer y , por fin, encontrarme vacía y no saber quién soy sin esos pelaires, sin esos alarifes, sin esos, albéitares, que me curarían o no, como a un caballo. Llena, como está mi nevera, de cerveza y helado de chocolate. De almíbar curalotodo. Llena de recetas, de ajoblanco, de gazpacho, de emblanco, de potajes. Llena como una panza llena, mientras mi cuerpo crece en un metafórico acercamiento a la muerte, inservible, viejo, enfermo, dolorido y lleno de estrías y carnavales de tatuajes descoloridos. Ella, mi cabeza, ajena a los problemas del mundo, a las guerras y horarios y tempestades tropicales devastadoras, sigue llenándose. Igual, como tiene los oídos y los ojos y el paladar, disfruta del placer de ser. No lo sé. Hay más cosas de las que puedo recordar que andan por mi cabeza: calabazas y rondas nocturnas, fiestas de muertos, villancicos y elecciones, recuerdos de pesadillas, culpa, helados de pistacho, playas vírgenes llenas de turistas gilipollas, pollas de plástico, porno gratis, maternidad y devoción, miedo y ternura, comida basura, básculas que te amargan la vida. Bolis que no escriben, libretas con espónsor, escritorios con grafitis, bancos incómodos hasta decir basta, centros de salud mental llenos hasta los topes de locos, zapatillas deportivas de mercadillo, mancos y cojos y tuertos y sordos, bregando cada cual con su estafa de vida. Ahí va, mi cabeza. Sin saber quién soy yo ni parar mientes al resto del cuerpo desastroso. Pesando 21 gramos más por ahora. Sin cuidarme, sin preocuparse, sin sentirme, feliz en sus tantas historias, sin saber que cuando el resto de mí falle, ella (también) se irá a tomar por culo y, con ella, todas aquellas cosas que ahora la ocupan y, cree, son tan importantes.

martes, 25 de octubre de 2022

Pom, pom, pom

Oigo golpecitos desde arriba, donde estoy. Pienso que me van a pillar haciendo algo que no debo hacer. Despierto de un sueño donde estamos tú y yo en una balsa salvavidas con plazas para treinta, pero estamos solos. Tú y yo. Llevamos lo que parece un año, pero seguramente no llega a una semana. El sol durante el día me abrasa y la noche es húmeda y helada. Hemos naufragado. Estamos en mitad de la nada azul y pacífica, preciosos abrazos, puestas de sol, amaneceres. Dormir poco, comer menos. Tenemos garrafas de ron y de agua, pero el ron pide agua y el agua dulce va a menos. Aprendemos a pescar, a contarnos historias, a engañarnos aún más, a pasar el tiempo en silencio. Ambos con miedo. Ambos con deseo. Por fin, dormito; pom, despierto. ¿Has oido eso? ¿Qué? Alguien golpea en la puerta. Qué puerta, no hay puertas. Ah. Habrá sido un sueño. Ven aquí, bonita, -como dices bonita a todas-. Todo esto es natural: tú eres natural; yo soy natural, el naufragio ha sido una suerte y es (¡todos juntos!) natural. Claro.
Él
Siento, entre sus brazos, que no tengo miedo, ni sed, ni hambre, ni, más que nada, y de nuevo, miedo. Es natural. Lo amo. De eso también se vive, me digo. Pasan meses, o quizás horas, cada vez menos agua, más necesidad de comida, suerte de que el mar está calmo y no se atisba tormenta que nos haga despedirnos precipitadamente. Otro año, u otras horas. Despertamos, hambrientos, muertos de miedo y aburridos. Empezamos a contar cuentos, historias, verdades y mentiras. A amarnos en conflicto. A vernos como comida. A desaparecer poco a poco en una niebla que no es real, pero que nuestras mentes imitan. Vemos, veo, un oasis tembloroso a barlovento. Es otra mentira. Me calman sus brazos, su voz, sus historias de viajes, de otras vidas vividas, de caracolas del pleistoceno traídas de desiertos visitados con el amor de su vida. Vida, vida, vida. Estoy repitiendo mucho la palabra vida, porque me falta justo eso. Yo también, cuando lo veo desfallecer por no beber agua a mi favor y solo dar tragos al ron, le cuento mil historias, algunas inventadas y otras no. Las más para salvaguardar mi escaso margen de ser yo; otras, que se me van ocurriendo con el delirio de la insolación. Y llega el día cero de la cuenta atrás que tenemos. Y me dice que estoy diferente. Y yo sé que estoy diferente. No me importa ya un carajo parecer, así que soy yo.
Tú y yo
Me abrazas, a pesar de que sabes de mi dolor (tanto sol). Me abrazas como si me acabases de encontrar, como si no hubiesen sido miles de días a la deriva en el mar, como si no fuésemos a morir. Me dices que por fin se acabaron los secretos. Y es verdad. Yo ya no finjo: no tengo fuerzas. Tú ya te fías: no tienes tiempo. Se acaba el agua, la comida, empiezan los misterios. Nos morimos, sentimos cómo nos morimos, vamos a aguantar otro día y otra noche juntos en este bote salvavidas para 30 personas con las piernas abrasadas por el sol, la boca llena de llagas, el alma atormentada, la desconfianza apagada y llenos de ternura y amor. Morimos. Morimos de verdad, y -putada gorda- minutos después al fondo un barco de vapor. Nos llevan entre sábanas. Navegamos, cadáveres, de vuelta. Nos hacen enterrar en una tumba sin nombres juntos a los dos en dios solo sabe qué lugar.
Para Juan Carlos, al que los gusanos devoraron tras de dar buena cuenta de mí, porque yo estoy -estaba- más rica. Siento haberte matado tantas veces en cuentos.

miércoles, 19 de octubre de 2022

Expectativas

No es por meterme con la RAE ni con su diccionario, pero en algún punto me falta la cuestión de que las expectativas no tienen que ver con uno sino con los demás. Así, últimamente he notado que ciertas personas con grandes cualidades y maravillosas en todos los sentidos, lo son porque su familia o su círculo cercano ha tenido fe ciega en ellas. Las han adorado, alabado y han considerado que eran algo más que perfectas. Desde que eran bebés en la mayoría de los casos. Algunas de esas personas se han sentido tan bien con ese cariño que, al mismo tiempo, se han sentido responsables de no defraudar las expectativas de los que las tenían en un altar. Por usar una expresión como hay cincuenta mil sinónimas: en un altar, muy alto, quizás demasiado alto e irreal. Y, de nuevo, últimamente, veo con claridad que estas gentes van de un lado para otro buscando ser perfectas para no bajar el listón de lo que de ellas se espera. Lo hacen con desesperación a veces. Con, también, convicción. Con tropiezos encubiertos y justificados por cuestiones ajenas a su valor. Algunas acaban mandando todo al carajo el día que se descubre su ser normales, vulgares, del montón. Otras, erre que erre, dan de sí más de lo que pueden, ocultando su humanidad. Otras, simplemente, son perfectas, eficaces, ideales, con belleza objetiva en todas las latitudes, memoria prodigiosa y sentido del humor inimitable, además de modestas. A algunas de estas las conozco. A las otras las voy conociendo. En fin. Que me falta en el diccionario una acepción terapéutica que aclare que, a veces, las expectativas son una mirada bondadosa y fiel (canina, casi) del otro que empuja como acicate a algunos individuos y, a veces, los convierte en lo que los otros ven en ellos. Expectativas. Del latín exspectātum, sustantivo femenino plural, a veces, también en singular. 'Reflejos de los deseos ajenos sobre un individuo'. 'Lo que se espera de alguien excepcional y perfecto'. 'Objeto inalcanzable que caracteriza la mirada de los demás sobre una persona'. Dedicado a Paloma.

viernes, 14 de octubre de 2022

Vivimos al límite

Vivimos al límite. Vamos media hora antes para no pillar caravanas y nos acostamos a las 10 de la noche, reventados de puro vivir al límite. Hace un par de días fue mi santo (gracias por no felicitarme, mamones); y, casualmente, se me cayó una pestaña y soplé, por supuesto, pidiendo un deseo. No se deben, ya saben, contar los deseos, pero aquí eso no importa porque esto es un suburbio de un suburbio de un barrio extraperimetral dejado de la mano de dios, y no lo lee nadie. Menos el proveedor de deseos. En fin. Deseé pasar una tarde-noche-amanecer como los de antes. Con risas, minifaldas, tocamientos, cervecitas, calor y que la cuenta la pague otro (por si la cosa se sale de madre y se me olvida pagar, o me coge tonta y no me da la gana pagar, vaya). Que es parte del deseo, lo de no pagar, joder que, con tanto paréntesis, no me entero ni yo. Mentiría si dijese que no me lo creo, que yo paso de los horóscopos, que sé que Dios no existe y que lo de las pestañas es infantil, así que no lo haré. Lo de Dios (nótese que va ahora escrito con mayúsculas: es el acojone), lo dejamos para otro día, que me da yuyu que exista y yo decir aquí lo que pienso de verdad. La cosa. Siento afligiros con este arranque de optimismo, sabiendo como sabéis que más grande/grave/gorda será la caída. No sufráis. Será una hostia enorme, pero me levantaré. Odiaré a todo y a todos y a otra cosa. Escribiré como el culo (vaya novedad). Lo leerán tres masoquistas y tres amigos y ya. En fin. Que voy a arrancarme varias pestañas más, por si acaso se me ocurren más y mejores momentos que esperar. Que vaya bien el fin de semana a los terráqueos y a los de fuera, que vaya bien el calendario estelar.