| MARCEL DUCHAMP-Hablando de una hermana menor |
domingo, 24 de febrero de 2013
younger sister
Y tú me preguntas, escupiendo sangre, mientras clavo mi puñal y lo remuevo en tu abdomen; me preguntas, monstruo de mirada torva y bizqueante; me preguntas, mientras cada uno de tus venosos ojos buscan una puerta, una ventana, una pared que se abra; me preguntas, deshonor de las sombras, conjunto de bascosidades, senil esqueleto, obeso obsesionado; me preguntas mientras alargo todo lo posible tu fin, ensanchando en mi memoria el único momento de un día de mierda. Tú, vanidad de vanidades, traidor entre los ladrones, me preguntas, mientras tus vísceras asoman rojas y ladeadas, qué es realvisceralismo...
viernes, 8 de febrero de 2013
Philippe Phac Llú o Los Vivos y Funcionales Ciudadanos del Primer Mundo
Cada
siniestro día de su vida, Philippe Phac Llú se despertaba antes de que sonara
el despertador con la terrible sensación física de una resaca del 15, y eso sin
haberse dado el gusto la noche antes de tomarse ni un triste quinto de
cerveza. Cada mañana sus ojos hinchados
y alterados por la intermitencia de los brutales pinchazos eran incapaces de
abrirse y, entre indescriptibles dolores de cabeza y náuseas tan reales como
realistas, el hombre caía en el vacío y se adormecía entre suspiros y lágrimas
de alivio, poco a poco, poco a poco, hasta quedar nuevamente en ese lindo lugar
donde vamos cuando dormimos sin sueños. Entonces, siempre e indefectiblemente,
su hado atormentador hacía sonar el olvidado despertador y monsier Phac Llú
volvía a la vida del modo más doloroso e injusto e inevitable, y literalmente
se arrastraba al borde de su cama y se lanzaba al vacío donde un par de
ridículas zapatillas de andar por casa frenaban su caída mientras él palpaba,
los ojos cerrados, buscando la botella de agua y el batín y, en su fuero más
íntimo, rezaba una plegaria para morir.
Philippe
no creía en Dios ni en el hombre, no era religioso ni tenía ningún tipo de
creencia ni convicción ni idea fija ni ambición o fe, pero lo de las plegarias
no lo podía evitar: era una especie de acto intelectual reflejo que ocurría sin
más, si bien no era ajeno del todo a su voluntad, pues la letra de esa canción
era dictada claramente por el mismo Philippe Phac Llú de modo personal e
intransferible según el grado de dolor físico y abatimiento anímico-moral al
que hubiera llegado en esa mañana concreta. Y cada mañana era única aunque
igual a las demás; cada día amanecía de modo similar, que no idéntico, a los
demás, y eso era lo que hacía que Philippe asumiera que su vida era real y que
los días pasaban y que el tiempo era un castigo impuesto por la nada absoluta
en que se sumía cada noche tras atiborrarse de analgésicos, antiácidos y
yogures con fibra y aditivos vitamínicos, con la esperanza de despertar del
mismo modo que el común de los mortales de su barriada a la mañana siguiente.
Tras la
diaria odisea matutina rumbo al trabajo, rutinada en caminatas, autobuses,
trasbordos y metros, la llegada al absurdo lugar donde respondía vía telemática
a las sorprendentes cuestiones de los clientes de la Línea Gubernamental de
Ayuda Terapéutica en Previsión de Suicidios Españoles parecía el colmo de una
pesadilla blandengue de esas que ni siquiera te obligan a despertar. El sitio
donde estaba empleado era incómodo en un modo indescriptible: sillón
ergonómico, paredes limpias y claras, entorno idóneamente acondicionado a la
temperatura aconsejada por el Ministerio de Salud y Equilibrio Cósmico,
elección del trabajador de la música de ambiente así como del volumen de la
misma, surtidos de fruta de la temporada y descansos previstos cada dos horas
con la posibilidad de: a) sesión de yoga, b) momento de relax televisivo en
sala de sofá-cama, c) salida al jardín japonés y té de hierbas. Tras las siete
horas convenidas por el contrato laboral-no-opcional atendiendo
psicológicamente a todos aquellos que hubieran pulsado 1 a las múltiples
opciones del teléfono de la LGATPSE, escribiendo en un Mac lo que la máquina
transformaba en voz y enviaba como respuesta acústica al que podríamos llamar
“paciente”, Philippe sentía la tentación de ir a un bar y gastarse todo el
sueldo en alcohol y cacahuetes hasta que volviesen los lapsus de memoria durante
los cuales él suponía que lo pasaba en grande, pero que le habían acarreado un
par de problemillas con las autoridades públicas y le habían granjeado la
prohibición grado seis por parte de un magistrado acreditado por la ANAJE[1]
de no beber más que agua y zumos naturales durante el resto de su vida, prohibición
cuya eficacia incontestable se basaba en los continuos e “inavisados” análisis
de orina a los que no podía negarse si quería seguir formando parte del mundo
de los Vivos y Funcionales Ciudadanos del Primer Mundo (VFCPM), libres para
todo excepto para violar la Ley, cosa esta que Philippe había hecho en una de
aquellas maravillosas lagunas de memoria que tanto añoraba.
La
vuelta a casa era una réplica inversa de la ida al trabajo, la retracción del
laparoscopio a través de un colón ya dolorido: hora y tres cuartos de
reflexiones, inflexiones, genuflexiones, imaginaciones, angustia y rememoración
de las más destacadas frases de sus “pacientes” durante las siete horas
laborales en que ejercía —evidentemente bajo vigilancia— su profesión de
psiquiatra y psicólogo doctorado por un sueldo de risa y mediando entre su
respuesta y la voz mecanizada que oyera su interlocutor la supervisión de una
inteligencia superior que él imaginaba como el ordenador de abordo de la AXIOM
3.
En cada uno de esos trayectos anodinos y solitarios, las mismas dudas de siempre y las mismas preguntas sin respuesta. ¿Eran sus resacas matutinas y su malestar perpetuo un daño infligido por las autoridades para tenerlo idiotizado y, por otro lado, la razón de que no se quitara la vida de una vez por todas tendría que ver también con algún tipo de control impuesto por la misma u otra sádica autoridad cuya protección y supervisión le daba la oportunidad de ser parte plena de los VFCPM? ¿Debía estar agradecido? Y ¿por qué no lo estaba? Así hasta llegar a la avda. Victoria bajar del autobús -13b y caminar las dos húmedas calles peatonales que conducían forzosamente al enorme edificio donde estaba su vivienda alquilada, con su cama empotrada, su nevera llena de comida sana, su botiquín atestado de tiritas y medicamentos permitidos para (ex)adictos a cualquier tipo de droga, un televisor que él no había adquirido, pero allí estaba, y un enorme montón de libros y cómics que en su estado actual no era capaz de leer ni tan siquiera hojear.
En cada uno de esos trayectos anodinos y solitarios, las mismas dudas de siempre y las mismas preguntas sin respuesta. ¿Eran sus resacas matutinas y su malestar perpetuo un daño infligido por las autoridades para tenerlo idiotizado y, por otro lado, la razón de que no se quitara la vida de una vez por todas tendría que ver también con algún tipo de control impuesto por la misma u otra sádica autoridad cuya protección y supervisión le daba la oportunidad de ser parte plena de los VFCPM? ¿Debía estar agradecido? Y ¿por qué no lo estaba? Así hasta llegar a la avda. Victoria bajar del autobús -13b y caminar las dos húmedas calles peatonales que conducían forzosamente al enorme edificio donde estaba su vivienda alquilada, con su cama empotrada, su nevera llena de comida sana, su botiquín atestado de tiritas y medicamentos permitidos para (ex)adictos a cualquier tipo de droga, un televisor que él no había adquirido, pero allí estaba, y un enorme montón de libros y cómics que en su estado actual no era capaz de leer ni tan siquiera hojear.
Cada
tarde, tras la cuidadosa preparación de alimentos variados y de calidad, la
recogida y limpieza del hogar y la redacción detallada de lo acaecido en el día
en su Diario de Exadictos en Vigilacia, Philippe se daba un largo baño de
espuma y dormitaba en remojo hasta que el frío lo hacía saltar de la tubular y
dorada bañera y volvía a la realidad mirando el reloj que, para entonces, siempre,
y digo siempre, marcaba la misma hora, las 21:02. Después, a las 21:30, en su
barrio se organizaban unas sesiones vecinales a las que estaba forzado a
asistir y, tras no escuchar nada de lo que se decía en ella, volvía a casa,
tomaba algo ligero para cenar, la medicación, el yogur y se andaba a la cama
con la esperanza de que el día de la marmota hubiese ya acabado y al amanecer
despertase al menos sin demasiado dolor.
Tardaba en dormirse exactamente una hora y tres cuartos, 105 minutos en los que planeaba nuevas respuestas, variantes de los tópicos y frases hechas que repetía a los “pacientes” un día tras otro; solo después desconectaba hasta que, sin más, despertaba antes de que sonase el despertador en un infierno desconocido por la mayoría de los vivos y la totalidad de los muertos.
Tardaba en dormirse exactamente una hora y tres cuartos, 105 minutos en los que planeaba nuevas respuestas, variantes de los tópicos y frases hechas que repetía a los “pacientes” un día tras otro; solo después desconectaba hasta que, sin más, despertaba antes de que sonase el despertador en un infierno desconocido por la mayoría de los vivos y la totalidad de los muertos.
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| kandinsky-Juicio final-1912 |
lunes, 31 de diciembre de 2012
Hagámoslo bien...
Hagámoslo bien, viajemos. Demos la razón a la naturaleza y dibujemos las sinuosas curvas de la costa mientras sintonizamos la radio. Pink Floyd, Echoes. Live at Pompeii. Gracias. Así podríamos acabar el año. Entrar en la nueva era ingenuos y descansados, con la memoria vacía de datos inútiles y desgastados de puro repasados. Ni siquiera llevemos una maleta con objetos que nos recuerden quiénes somos, quiénes podríamos haber sido o quiénes hemos aparentado ser hasta ahora mismo. Que sea el azar o el autor de nuestra historia el que ponga título, el que establezca un principio, el que ponga un punto y final o unos puntos suspensivos. Nosotros solo escuchemos el mar con música de fondo. La cuestión no somos nosotros, es el viaje mismo y si el viaje significa algo o no, no es el viaje el que ha de decidirlo... Que la historia dé comienzo con una BSO y un cuaderno rojo vacío, con una llamada al teléfono móvil de alguien que está perdido, interferencias por las interminables carreteras secundarias que arañan todas las ciudades costeras. Cada cosa que entre en el coche aportará incongruencia al universo incoherente que formamos. "El día está medio lleno", diremos; "soleado y frío", diremos; "agradable invierno mediterráneo", diremos. Anotaremos en nuestro cuaderno la esperanza de encontrar la perfecta diáfana mañana de enero tras algún cambio de rasante, tras una mutación en el aire. Y, pasado cierto tiempo, nos sentiremos incapaces de medir o calcular, ni tan solo considerar, el paso de las horas y los días: el viaje se habrá convertido en lo único importante.
sábado, 29 de diciembre de 2012
Amital soda con yelo
Llevo sangrando treinta años. Treinta años con la característica que me hace igual a tantas otras de las que no sé nada. Treinta años con la sensación de quedarme fuera de una gran fiesta de reinonas de pelos cardados y pelos planchados, de evas-al-desnudo disfrazadas de lolita, de ángeles con voces cascadas de berrear en la sala; la fiesta de las cleptómanas viudas y las usureras flacas y resecas; la fiesta de las falsas ingenuas, futuras puritanas de alto standing, y de las místicas borrachas etéreas. Treinta años perdida en la mascarada tras la que no se distinguen las intenciones, sangrando entre amores disfuncionales y hechos reales, en medio del delirio “fin de fiesta” de un suicida macabro; sangrando como testigo de excepción del vacío de varias vidas, espectadora de la más barroca escena cuyos protagonistas se despedazan entre ellos en una gran casa en mitad de la nada.
Y, de tanto en tanto, me limpio la sangre y salgo a buscar una respuesta. Y ahí me topo con un otro borroso y ofendido.
Ahora tú me miras, adormilada, adormilado, sexy caparazón de rubicundas ruindades, mujeruca llena de verrugas, pasajero ensimismado en las actividades deportivas de tu barrio, ojerosa madre preocupada, plumífero enfermero de la quinta planta, joven de siete cabezas del final del vagón; me miras mientras sangro, con ojos ora interrogantes, ora aterrados, ora amenazantes; con el vaivén de un monstruo alienado; sin saber si sueñas; deseando estar en un sueño; con el cóctel farmacopólico aún viajando por tu sistema digestivo, bailando en tu estómago, calando en tu sangre, subiendo por tu sistema linfático, palpando el centro de tu sistema nervioso central, bajando hacia los intestinos con vocación escapista. Eres todas esas criaturas que yo enveneno con mi presencia y te invito a tomar de la copa que te ofrezco sinceramente, con la idea de, no obstante la alteración del habla por la afectación del nervio hipogloso, sacarte la verdad a toda costa.
Y, de tanto en tanto, me limpio la sangre y salgo a buscar una respuesta. Y ahí me topo con un otro borroso y ofendido.
Ahora tú me miras, adormilada, adormilado, sexy caparazón de rubicundas ruindades, mujeruca llena de verrugas, pasajero ensimismado en las actividades deportivas de tu barrio, ojerosa madre preocupada, plumífero enfermero de la quinta planta, joven de siete cabezas del final del vagón; me miras mientras sangro, con ojos ora interrogantes, ora aterrados, ora amenazantes; con el vaivén de un monstruo alienado; sin saber si sueñas; deseando estar en un sueño; con el cóctel farmacopólico aún viajando por tu sistema digestivo, bailando en tu estómago, calando en tu sangre, subiendo por tu sistema linfático, palpando el centro de tu sistema nervioso central, bajando hacia los intestinos con vocación escapista. Eres todas esas criaturas que yo enveneno con mi presencia y te invito a tomar de la copa que te ofrezco sinceramente, con la idea de, no obstante la alteración del habla por la afectación del nervio hipogloso, sacarte la verdad a toda costa.
domingo, 16 de diciembre de 2012
Oda al Lidl
Yo no sé qué mierda es una oda. Apenas aprendí a escribir ayer y no he leído nada que no salga en un paquete de comida precocinada, así que ya ves. Pero, como todo quisque, hablaré, y hablaré del Lidl. Ese sitio entre tenebroso y absurdo, rabiosamente yanqui, increíblemente desordenado, atestado y extraño al que vamos las madres modernas. Madres modernas buscando cerveza barata y disimulando, perdidas entre la masa de enormes espaldas biondas e invasoras que se pirran por sitios así. Madres que aman a sus retoños, como yo.
Y recorres los pasillos como Dante en el infierno, viendo todos los sinsentidos del planeta expuestos sin orden ni concierto, sin razón, sin limpieza y sin problema, sorteando las cajas tiradas por los suelos, empujando sin vergüenza a los guiris intrusos y metiendo en el carro todo tipo de comida para microondas para tus niños que andan como vándalos por allí, montando un circo que a nadie extraña porque a nadie allí le sorprende la mala educación, el griterío y la indolencia de una madre moderna. Son una tribu a la que perteneces te duela donde te duela, y es así. Llenas, en fin, el carro, con toda clase de reservas listas en dos minutos, merluza tres sabores, pizzas de caramelo y mucha ginebra, y muchísima cerveza. Y echas un par de cajas de vitaminas e hilo dental para disimular el verdadero motivo de ir a aquel infesto lugar para hacerte con un arsenal de alcohol, mientras atiborras a tus hijos de comida basura y los dejas frente al televisor. La cajera, la única cajera, se hace cargo de una cola de siete metros, llena de espaldas enormes entre las que te sientes como una habitante de Liliput que concede a sus hijos la venia de tirar por los suelos todo aquello que esté a su altura y traer a manos llenas chocolatinas que agregas a tu compra tras veinte minutos de espera. La cajera es una mujer bigotuda que mira a todos con el mismo mirar y no intercambia más de dos frases jamás. Como si dijera, no me importa tu vida ni la mía y no creo en la electrolisis ni un carajo, solo quiero que den las diez para hartarme de fumar.
Es una pesadilla, pero los niños lo pasan bien. Y tú, madre moderna, lo cargas todo en el monovolumen que te dejó el adultero aquel y te llevas a casa a los tres salvajes que no harán los deberes, que se quedarán dormidos en la alfombra tras comer una lasaña de bote y te inflarás de beber hasta caer en la alfombra tú también.
martes, 4 de diciembre de 2012
No es este un mundo para la nieta bastarda del Jorobado de Notre Dame
Por motivos ajenos a mi voluntad, ando explicando la formación de palabras en lugar de hablar del mucho más interesante tema de la deformación de palabras. Pero no es este un mundo para la nieta bastarda del jorobado de Notre Dame. Y así, ocupando mi tiempo en cosas banales, en cosas que hago con empeño pero sin ganas, en cosas que me permiten ganar algo de pasta, veo la luz y aclaro algunos términos del contrato que alguien, por poderes, firmó en mi nombre el día en que me escupieron a este basurero llamado Mundo. Oigo una voz cavernosa que me dice que entre un montón de dinero y la Verdad, entre un montón de dinero y el Amor, entre un montón de dinero y Dios,... no hay dudas en la elección. Y ahí, paro de escuchar. Tomo mi cuerpo flaco y lo llevo al congelador en que se ha convertido mi terraza, fumo para dañar mi integridad y mi salud y mi apariencia y me dedico a leer el destino de los tiempos en la forma de las nubes, que es la profesión para la que yo venía predestinada. Hace un frío de cojones. Las nubes están espesas y aisladas, sus límites como pocas veces marcados, la leyenda más clara que el I Ching en sus mejores días como de aquí a Júpiter y volver, e ir y volver, e ir y volver infinitamente. Diría lo que he visto y mis predicciones, así, gratis, porque sí, pero hoy no me da la gana, a lo mejor lo digo mañana.
lunes, 3 de diciembre de 2012
La agonía de Pobre Tony
Pobre Tony acaba reventando en la parte de atrás
de un vagón de metro, rodeado de sus propios excrementos, tras tragarse su lengua, en pleno delirium tremens,
después de semanas de vivir en un WC, después de semanas de degeneración y
dolor.
Antes de ello, Tony sería un niño; después, un
adolescente amanerado y, al cabo, un hermoso joven totalmente extravagante y gay. En un
momento indefinido, Tony -como todos por aquí- necesitaría darle un sentido a su vida y no tuvo
tiempo de pensar, se topó con la felicidad cuasi gratuita (por la falta de
esfuerzo, digo), la felicidad brillante que todo lo compensa, el amor, la
ebriedad, la consecución de los deseos conocidos y desconocidos, el brillo
de la verdad, la música y la poesía, la amiga y la amante, y la buena
cocina, y la cama perfecta. Y Pobre Tony se hizo asiduo a varias sustancias. Podría haber sido solo una. Podría, y su suerte habría sido la misma, si hubiera sido solamente alcohol. Pero no. No fue una, sino varias sustancias las que dieron sentido a su existencia. Y, por momentos,
Pobre Tony sería como un rey de la noche (o, más bien, una reina) y, por momentos,
sería terriblemente egoísta. Y se sentiría bello y perfecto y fuerte y joven y
completo. Y crecería en sí mismo de felicidad y, disimuladamente o no, se cerraría a los
demás, pues los demás no son
necesarios (aunque no son, tampoco, prescindibles; son, digamos, accesorios) cuando tú y las sustancias formáis un todo con sentido y se supera el
insoportable vacío de la existencia.
Y Pobre Tony lograría superar su vacío durante
un tiempo cada vez más corto, y comprobaría que, cuando vuelve a la normalidad, el vacío es aun más profundo, más negro y está más
vacío, y no solo es angustioso y desesperante y asqueroso, sino que ahora es
terrorífico de verdad y cada vez se hace más y más insoportable, no se puede
soportar, no es tolerable ya; y llega un momento en que puede ser enloquecedor
enfrentarse al vacío. Después, el vacío lo llena todo y acaba por ser la única cosa real.
Seguramente, D. F. W. reconoció la subida a
la completa felicidad, la ausencia de miedo, la comprensión de sí
y de todo, el descenso más arrastrado por los infiernos de la
humillación, e imaginó una muerte lenta y dolorosa como
un larguísimo proceso de congelación desde dentro, millones de cuchillos de
hielo entrando y saliendo.
Reconocer todo ese sufrimiento y meterte en
él, acostarte con él, levantarte con él, mirar a los ojos al horror y, después,
salir a la calle y ver las luces navideñas que acompañan fingidas capas de
nieve en los portales de los centros comerciales donde enormes carteles de LED verde cantan a la unidad familiar, al tiempo
de hogar, al consumir como dar. Y
cantan al amor y a la paz y a la esperanza. Y la
intermitente defensa de los clichés debe debatirse en el fondo, como un deseo desesperado
de creer en algo asible; aunque, después de haber paladeado la verdadera
amargura, después de haber digerido la agonía de Pobre Tony, después de haberse
sumergido en ese pantanoso mundo real y haber visto cómo son y serán las cosas de verdad, los clichés no sirven de
nada.
Y ver acercarse al monstruo y reconocer la
enfermedad e, incluso, intuir cómo sería toparse en mitad de la nada con la Abstinencia.
Y aun comprender que hay pocas alternativas al vacío... Dan ganas, no digáis
que no, dan ganas de sacar de alguna parte unas fuerzas animales, unas fuerzas irracionales,
destructivas, sobrehumanas, ira en estado puro que lo tire todo abajo y bañe de
escombros ese mundo de colorines y campanillas; actuar de un modo apocalíptico
e irreversible, aunque solo sea irreversible para ti, aunque solo sea
apocalíptico para el que en ese instante se cruce en tu camino.
jueves, 15 de noviembre de 2012
In between days...
Porque perder puede ser un motivo tan bueno como ganar para festejar..., celebremos que no hay nada que celebrar, que nadie perdió ni nadie ganó, que nadie nació ni nadie murió, que nada cambió, que nadie cambió, que las palabras siguen teniendo el mismo valor, que los hombres siguen teniendo el mismo valor. Que el visceral teclear del ordenador te recuerda el glorioso pasado de la máquina de escribir de tu infancia (si es que tu abuelo fue Hemingway).
Y si a ti te posee la inspiración y el licor, todo es digno de celebrar. Que ayer hubo algo así como una fiesta y unos dicen que tal y otros opinan que cual. Y los que creen nadar contracorriente y aquellos que se saben mejores, distintos, más fieles, más lindos..., se sientan al lado de Napoleón en la sala del televisor del hospital de la Santísima Gracia, sito aquí a la vuelta donde sí que hay talento a espuertas. Que la mayoría no sabe usar ni los refranes, que casi todos pierden pelo y que lo único que va a más con la edad es la pereza. Que algunos son locos a secas y otros son obtusos y no se enteran: oyen pero no escuchan y cuando escuchan, más valdría que nadie lo supiera. Celebremos la mediocridad y el miedo y el fracaso y la estupidez, la ebriedad y la incompetencia, la autocomplacencia, la autosuficiencia, la automedicación, la locomoción, la emoción de ser estúpidos y la broma ontológica de que hasta los más hijos de puta (sí, he dicho "puta") pueden ser padres y profesores y gobernantes y gobernadores. Cuántas cosas para celebrar y qué poco tiempo, ¿verdad?
Y si a ti te posee la inspiración y el licor, todo es digno de celebrar. Que ayer hubo algo así como una fiesta y unos dicen que tal y otros opinan que cual. Y los que creen nadar contracorriente y aquellos que se saben mejores, distintos, más fieles, más lindos..., se sientan al lado de Napoleón en la sala del televisor del hospital de la Santísima Gracia, sito aquí a la vuelta donde sí que hay talento a espuertas. Que la mayoría no sabe usar ni los refranes, que casi todos pierden pelo y que lo único que va a más con la edad es la pereza. Que algunos son locos a secas y otros son obtusos y no se enteran: oyen pero no escuchan y cuando escuchan, más valdría que nadie lo supiera. Celebremos la mediocridad y el miedo y el fracaso y la estupidez, la ebriedad y la incompetencia, la autocomplacencia, la autosuficiencia, la automedicación, la locomoción, la emoción de ser estúpidos y la broma ontológica de que hasta los más hijos de puta (sí, he dicho "puta") pueden ser padres y profesores y gobernantes y gobernadores. Cuántas cosas para celebrar y qué poco tiempo, ¿verdad?
lunes, 12 de noviembre de 2012
Activistas de la nada
Hay que encaramarse y esperar lo peor.
Levantar un muro y acumular piedras.
Como en los días de agosto
en que los viejos se desploman en las aceras,
o en el tiempo de la ventisca y la helada,
en la terrible humedad,
o en enero cuando los gatos gritan de dolor.
Tormentas acechan allá en el mar,
donde el rayo serpentea
y la luz hace más oscura la noche
y las gotas caen como balas.
Y habría que armarse de valor
para aventurarse bajo el aguacero,
pero nos armamos con palabras.
Es, en puridad, la historia circular de la vida de las arañas.
Tenemos casas, no vivimos en casas,
somos poseídos por las casas.
Y la tela del suelo es pegajosa y nos atrapa.
Y lo que hay bajo nuestros pies nos amarga
y nos es ajeno y nos extraña.
Y razón no nos falta.
Razones no nos faltan.
Andamos armados de razones,
cargados de razones,
como ratas hambrientas
defendiendo su derecho a sobrevivir.
Y como ratas, nos aferramos,
y como arañas, tejemos,
y como siempre, estamos aterrados.
Y algo nos hace peligrosos, nos embriaga y nos da alas.
Las alas de un fantasma.
Y prometemos, juramos que nos asquea el deseo.
Mas ¿no es sigilosa la araña?
¿No es, acaso, hacendosa, limpia,
impecable en su perpetuación de la especie?
¿Y no lo es, asimismo, la rata?
¿Y no, si lo pensamos un poco, es normal alzar vallas,
romper espejos, acumular canas, anécdotas, camas?
Qué otra cosa queda sino encaramarse a una balaustrada
para evitar mojarnos los zapatos
y armarse en espera de la guerra que avanza;
desde el otro lado de esa pared hacia nuestra casa.
Porque, además y después de todo, el mundo se acaba.
El tiempo se acaba
y cómo retenerlo,
cómo hacernos eternos
sino siendo dueños de todo lo que nuestra vista alcanza.
Levantar un muro y acumular piedras.
Como en los días de agosto
en que los viejos se desploman en las aceras,
o en el tiempo de la ventisca y la helada,
en la terrible humedad,
o en enero cuando los gatos gritan de dolor.
Tormentas acechan allá en el mar,
donde el rayo serpentea
y la luz hace más oscura la noche
y las gotas caen como balas.
Y habría que armarse de valor
para aventurarse bajo el aguacero,
pero nos armamos con palabras.
Es, en puridad, la historia circular de la vida de las arañas.
Tenemos casas, no vivimos en casas,
somos poseídos por las casas.
Y la tela del suelo es pegajosa y nos atrapa.
Y lo que hay bajo nuestros pies nos amarga
y nos es ajeno y nos extraña.
Y razón no nos falta.
Razones no nos faltan.
Andamos armados de razones,
cargados de razones,
como ratas hambrientas
defendiendo su derecho a sobrevivir.
Y como ratas, nos aferramos,
y como arañas, tejemos,
y como siempre, estamos aterrados.
Y algo nos hace peligrosos, nos embriaga y nos da alas.
Las alas de un fantasma.
Y prometemos, juramos que nos asquea el deseo.
Mas ¿no es sigilosa la araña?
¿No es, acaso, hacendosa, limpia,
impecable en su perpetuación de la especie?
¿Y no lo es, asimismo, la rata?
¿Y no, si lo pensamos un poco, es normal alzar vallas,
romper espejos, acumular canas, anécdotas, camas?
Qué otra cosa queda sino encaramarse a una balaustrada
para evitar mojarnos los zapatos
y armarse en espera de la guerra que avanza;
desde el otro lado de esa pared hacia nuestra casa.
Porque, además y después de todo, el mundo se acaba.
El tiempo se acaba
y cómo retenerlo,
cómo hacernos eternos
sino siendo dueños de todo lo que nuestra vista alcanza.
viernes, 9 de noviembre de 2012
Límites, voluntad y palacios de cristal
Fiodr, a pesar de su aspecto cansado, serio y anodino, su incipiente calvicie, su desproporcionada cabeza, su caminar cargado y su frotarse las manos, no es un tipo más. Fiodr, en un mundo de gente que no sabe lo que quiere, desea un palacio de cristal, exactamente lo que desea es que existan los palacios de cristal y esta es su voluntad porque ese es su deseo. Lo interesante de Fiodr es que nunca nadie puedo despojarle de su voluntad pues nadie supo distraerle de su deseo. Toda su actividad se puso al servicio de la consecución de ese deseo. Su talento, su herencia, su esfuerzo, todo lo que podía como hombre libre, hijo de hombre libre, se puso en funcionamiento. No pararía hasta encontrar un palacio de cristal, un mundo hiperbólico lleno de mesas de juegos, con vasos de vodka helados y una audiencia atenta, complaciente e ingeniosa. Un lugar en el que no solo cobijarse de la lluvia sino apretarse contra unos orondos y blancos pechos, un lugar por donde no se pueda pasar sin hacer un espasmo a modo de reverencia, donde los únicos límites sean su libertad y su conciencia de ella.
Y pongamos por caso que, en un momento determinado, Fiodr lo consiguiera, consiguiera este palacio. ¿Cuánto tiempo creen ustedes que tardaría en desear algo más? Digamos, subir un nivel en la misma dirección, esto es, en la excelencia del palacio de cristal. Nada asombroso pasaría: en principio, el palacio habría de ser enorme, dorado, redondo, sinuoso, siempre perfumado. El vodka, levemente tibio; el samovar, siempre encendido; la mesa de juego, presta y el bolsillo de su chaqueta, como un interminable surtidor de monedas. En los momentos vespertinos y solitarios, su pluma iría aún más ligera. Y las mujeres, siempre lindas y dispuestas, de cuerpos llenos y suaves, ojos enormes y manos pequeñas; y la intuición de estas hembras sería un portento de inteligencia solo a la entera satisfacción de la imaginación.
El tiempo (oh, tic tac) habría pasado raudo, claro está, si esto así hubiera sucedido.
Mas, fuera del palacio, quedaban aspectos que podrían entrar dentro de los límites de su voluntad, al menos la calle o la manzana que rodease al lugar y, cómo no, los habitantes que paseasen esta calle, y también el ambiente y el aire que tendría que ser fresco, seco, perfumado y deslumbrante. Nunca más el hedor ni el espectáculo de la miseria. Una calle en la que nadie recordara que uno se tiene que conformar con el gallinero o el altillo de un edificio ruinoso con habitaciones subarrendadas y sucias familias separadas por sucias y viejas sábanas. Todo se podía olvidar en un paso más, en la perfección del palacio de cristal.
Mas, fuera del palacio, quedaban aspectos que podrían entrar dentro de los límites de su voluntad, al menos la calle o la manzana que rodease al lugar y, cómo no, los habitantes que paseasen esta calle, y también el ambiente y el aire que tendría que ser fresco, seco, perfumado y deslumbrante. Nunca más el hedor ni el espectáculo de la miseria. Una calle en la que nadie recordara que uno se tiene que conformar con el gallinero o el altillo de un edificio ruinoso con habitaciones subarrendadas y sucias familias separadas por sucias y viejas sábanas. Todo se podía olvidar en un paso más, en la perfección del palacio de cristal.
Después de un tiempo, estoy pensando que Fiodr ya estaría satisfecho y bien abastecido, nada de lo anterior le haría desear sacar el dedo; los deseos saciados, el cuerpo descansado y la contemplación de la belleza y la imagen de una sociedad hedonista, serena, pacífica y en completa ausencia de desigualdad. Y seguramente seré yo, pero imagino a Fiodr despertando una buena mañana, entre sábanas blancas y almidonadas, con una rubia cabellera enredada entre las almohadas. Imagino a Fiodr observando a la bella muchacha de curvas sublimes y pensando que aquella no tiene ninguna inocencia, que va demasiado perfumada, que sus caderas son muy anchas y su habilidad es tal que resta todo aliciente al arte de amar.
Y, tras una fructífera mañana de trabajo, lo veo bajar las doradas escalas, con una historia bajo el brazo pensando en que siempre las mismas historias y los mismos recursos y los mismos personajes con las mismas depravaciones y la misma estulticia y la misma maldad, y que siempre los mismos trucos para cautivar a editor y lectores, y seguir ganando tanto como para mantener el palacio de cristal. Y veo cómo, de repente, lanza las cuartillas garabateadas por la ventana. Y se sienta a la mesa y, después de la sopa y el faisán y el vino y los pasteles y la conversación aduladora aunque amena, siente unas imperiosas ganas de vomitar. Y vomita en una enorme bacina plateada y, entre los trozos y restos semidigeridos y el olor nauseabundo y las lágrimas producidas por el esfuerzo, Fiodr cree ver un movimiento en la masa parduzca que pareciera haber cobrado vida y moverse de modo imposible. Fiodr, sin duda, alzaría la cabeza, se echaría agua en el rostro, enjuagaría su boca con licor de manzanas y, apuesto la camisa, regresaría a mirar el vómito con una mezcla de temor y burlona incredulidad. Pero ocurre que allí ahora mirando atentamente, con una mano tapándose las narices y la otra, sujetando una bujía, ve que no era una alucinación ni un error de percepción y que lo que se mueve allí abajo es un número insoportable de gusanos. Asquerosos e inquietos gusanos que han estado dentro de él y que han salido de él y que quizás se hayan creado en él y que ni dentro ni fuera son parte del palacio y no mueren ni desaparecen ni se van a morir ni a desaparecer jamás. No sabría decir lo que pasa por la mente del hombre justo en ese instante de desesperación por el miedo y el asco, pero sé lo que no hará: no se sentará en una silla de mimbre a esperar el amanecer, como el joven del cuento de Murakami. No, porque Fiodr sabe lo que quiere. Así, y por ello, pasa a la siguiente fase y fuma alguna sustancia relajante y oriental y se siente relajado y oriental y deja de pensar en los gusanos y se concentra en ornamentar el palacio de un modo profundo y exótico. Primero, apartará a las hábiles y bien formadas damas de su lado de la mesa para sentirse confortado con la dulce inocencia de criaturas más jóvenes e inexpertas. También, y quizás como reacción subconsciente a la náusea vermícula, Fiodr deja de comer y se dedica a paladear exquisitos licores y a profundizar en ese nuevo y extraño placer de los humos extranjeros, y en la risa blanda y los estrechos cuerpos de los niños cuya sensualidad le era hasta entonces desconocida y es como un país nuevo y raro y excitante y vedado, y el reciente deseo se impone a su voluntad: el deseo de no recibir sino de dar, no de ser agasajado y amado sino de agasajar y amar y enseñar.
Y, tras una fructífera mañana de trabajo, lo veo bajar las doradas escalas, con una historia bajo el brazo pensando en que siempre las mismas historias y los mismos recursos y los mismos personajes con las mismas depravaciones y la misma estulticia y la misma maldad, y que siempre los mismos trucos para cautivar a editor y lectores, y seguir ganando tanto como para mantener el palacio de cristal. Y veo cómo, de repente, lanza las cuartillas garabateadas por la ventana. Y se sienta a la mesa y, después de la sopa y el faisán y el vino y los pasteles y la conversación aduladora aunque amena, siente unas imperiosas ganas de vomitar. Y vomita en una enorme bacina plateada y, entre los trozos y restos semidigeridos y el olor nauseabundo y las lágrimas producidas por el esfuerzo, Fiodr cree ver un movimiento en la masa parduzca que pareciera haber cobrado vida y moverse de modo imposible. Fiodr, sin duda, alzaría la cabeza, se echaría agua en el rostro, enjuagaría su boca con licor de manzanas y, apuesto la camisa, regresaría a mirar el vómito con una mezcla de temor y burlona incredulidad. Pero ocurre que allí ahora mirando atentamente, con una mano tapándose las narices y la otra, sujetando una bujía, ve que no era una alucinación ni un error de percepción y que lo que se mueve allí abajo es un número insoportable de gusanos. Asquerosos e inquietos gusanos que han estado dentro de él y que han salido de él y que quizás se hayan creado en él y que ni dentro ni fuera son parte del palacio y no mueren ni desaparecen ni se van a morir ni a desaparecer jamás. No sabría decir lo que pasa por la mente del hombre justo en ese instante de desesperación por el miedo y el asco, pero sé lo que no hará: no se sentará en una silla de mimbre a esperar el amanecer, como el joven del cuento de Murakami. No, porque Fiodr sabe lo que quiere. Así, y por ello, pasa a la siguiente fase y fuma alguna sustancia relajante y oriental y se siente relajado y oriental y deja de pensar en los gusanos y se concentra en ornamentar el palacio de un modo profundo y exótico. Primero, apartará a las hábiles y bien formadas damas de su lado de la mesa para sentirse confortado con la dulce inocencia de criaturas más jóvenes e inexpertas. También, y quizás como reacción subconsciente a la náusea vermícula, Fiodr deja de comer y se dedica a paladear exquisitos licores y a profundizar en ese nuevo y extraño placer de los humos extranjeros, y en la risa blanda y los estrechos cuerpos de los niños cuya sensualidad le era hasta entonces desconocida y es como un país nuevo y raro y excitante y vedado, y el reciente deseo se impone a su voluntad: el deseo de no recibir sino de dar, no de ser agasajado y amado sino de agasajar y amar y enseñar.
Así que Fiodr ha ampliado los límites del palacio concediendo a su deseo un poder que en realidad siempre tuvo, sin darse cuenta de que los pasos avanzados en ese último impulso son, aunque los diera solo por amistad y por curiosidad y por ser fiel a su voluntad de ser absolutamente libre, son -digo- pasos imposibles de desandar. Y que es verdad que todos los límites se pueden cruzar porque no existen más que en las convenciones de las que Fiodr se deshizo hacía tiempo ya. Y que el único límite admisible es el que uno se impone bajo cierto control del que aquella velada nuestro Fiodr se despidió para no recuperar jamás, pues ¿cómo volver a los antiguos hábitos de los que había terminado asqueado?, y ¿qué vacío placer encontraría en las antiguas prácticas ya jamás?, y ¿cómo considerar su palacio de cristal un verdadero palacio de cristal si allí no hallase la complacencia de su deseo y se sintiese libre y ejerciera todos los derechos que le asistían como amo de su destino? y, además, ¿por qué habría de volver atrás?, ¿a quién debía rendir cuentas?, ¿a una supuesta autoridad impuesta por una voluntad ajena, cuya misión es hacer cumplir unas reglas arbitrarias e ilegítimas para un hombre libre? No, no daría ni un paso atrás. Un hombre que tiene un palacio de cristal no puede dejar que este se convierta en un edificio vulgar ante el cual se pueda escupir.
El destino de Fiodr sería llenar sus noches de complicados juegos con subidas y más subidas de las apuestas y banquetes de ebriedad y, para la conciencia amaestrada que él también había heredado -incorporada a su cuerpo aunque no fuera material-, reservaba el humo del olvido y una música clandestina e ilegal.
El destino de Fiodr sería llenar sus noches de complicados juegos con subidas y más subidas de las apuestas y banquetes de ebriedad y, para la conciencia amaestrada que él también había heredado -incorporada a su cuerpo aunque no fuera material-, reservaba el humo del olvido y una música clandestina e ilegal.
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