jueves, 21 de noviembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
La lámpara
Comenzaba el día a una hora indefinida que agotaba de claridad; el sol, tan alto; los niños del vecindario, incendiarios; las ollas, pitando. Comenzaba el día, sin mirarse al espejo ni lavarse los dientes: orinar a oscuras, salir a la sala, colocarse los cascos: allí no hay nada: café recalentado y magdalenas.
En el cuarto, la cama espera deshecha su vuelta. En el pasillo, un largo banco cargado de ropa arrugada. En la cocina, pulcritud y soledad. Un altillo de la entrada rebosa de medicinas, justo al lado de atestadas perchas. Radiohead, 4 minutes. Just like everybody. Se tiende en el sofá. Cierra los ojos. Escucha atenta.
―Debo estar incubando algo, ―se dice, mientras ve manchas pululando tras los párpados cerrados―. No hay resaca que dure tanto.
Es cierto, los dientes apretados ya empiezan a doler. Se incorpora: asoma al ordenador y empieza a trabajar; hoy, extrañamente a desganas, con un sufrimiento agudo y brillante que va in crescendo hasta que no puede más. Las náuseas le vencen: vomita entre el escritorio y el sofá. Salpica ambos muebles y dios sabe qué más. Se limpia con la manga de la bata... Camina encogida hasta la cama, se tiende, alarga la mano y alcanza la botella de agua que vive allí abajo: un litro y medio azul con boca ancha. Bebe, se echa, se duele... Se duerme.
―Debería llamarla, ―parece pensar entre brumas.
*
La puerta cede tras varios intentos. El piso apesta. Nota cómo las rodillas no aguantan su propio peso y eso que ha debido perder al menos diez kilos durante estos días. Camina temblando. Y tiembla tanto que deja de caminar. Deja de moverse, se queda clavada bajo una lámpara oscura que cuelga como un murciélago. Es como un test de Rorschach, una piel de oso, un animal despellejado y abierto flotando en medio de la nada. Qué diseñador loco de mierda haría semejante lámpara. Y allí, bajo un sinfín de connotaciones, recuerdos e interpretaciones, se queda. Allí, se petrifica y se acostumbra al olor a putrefacción, a carne muerta, a fin del mundo. Allí, se olvida un instante de todo y de ella.
Al cabo, la idea de un amuleto indio, la sensación de ser miércoles, de tener hambre a pesar de todo la despiertan. No parece el mismo día, la luz ha menguado; también los ruidos de fuera. Recuerda quién es y dónde está y qué hace allí. Grita de impotencia. No se puede mover, lucha y lo intenta: pero solo consigue caer. Al menos ahora es capaz de gritar, aunque nadie viene. Consigue arrastrarse, cruzar varios umbrales polvorientos conforme el olor es más y más insoportable... Ella ya lo sabe, lo sabía incluso antes de entrar, antes de llegar hasta allí, antes de dejar que pasaran 4 días sin atreverse a ir a verla. Por fin, logra alzarse y moverse y anda encogida hasta la cama, se tiende a su lado, coloca la cara sobre su cabellera, alarga la mano y alcanza la botella. Bebe, se duele, se duerme.
Al cabo, la idea de un amuleto indio, la sensación de ser miércoles, de tener hambre a pesar de todo la despiertan. No parece el mismo día, la luz ha menguado; también los ruidos de fuera. Recuerda quién es y dónde está y qué hace allí. Grita de impotencia. No se puede mover, lucha y lo intenta: pero solo consigue caer. Al menos ahora es capaz de gritar, aunque nadie viene. Consigue arrastrarse, cruzar varios umbrales polvorientos conforme el olor es más y más insoportable... Ella ya lo sabe, lo sabía incluso antes de entrar, antes de llegar hasta allí, antes de dejar que pasaran 4 días sin atreverse a ir a verla. Por fin, logra alzarse y moverse y anda encogida hasta la cama, se tiende a su lado, coloca la cara sobre su cabellera, alarga la mano y alcanza la botella. Bebe, se duele, se duerme.
nadie reclamará mi presencia
Me gustan las mentiras, la guerra, las lágrimas, los principios, ... Y ojalá estuviésemos siempre empezando algo, o con la sensación de estar empezando. Nunca se estancaría nuestra sangre en ese instante sostenido de frustración y normalidad, de vulgaridad y mezquindad, nunca se agostaría nuestra sonrisa ni irían más lentos los latidos dentro del pecho escurrido.
¿No te lo avisé? Soy un peligro, un desastre, una adicta, un veneno. Solo amo con locura a la vida.
No soy buena para nada, para nadie. No soy ni quiero ser algo más: no escondo las respuestas, no ofrezco una salida, no soy lo que deseas.
Me saldré de una curva a 150 una madrugada cualquiera. Dejaré atrás a todos y todo. Ya nadie me dirá que experimente la calidad del expreso, que use cremas antiedad, que compre parches para dejar de fumar; que tenga estilo, calma, presencia; que me cure la impotencia, la frigidez, la inmadurez; que responda al teléfono, a los mensajes, a los emails; nadie reclamará más mi presencia para desgastarme a base de exigencias.
¿No te lo avisé? Soy un peligro, un desastre, una adicta, un veneno. Solo amo con locura a la vida.
No soy buena para nada, para nadie. No soy ni quiero ser algo más: no escondo las respuestas, no ofrezco una salida, no soy lo que deseas.
Me saldré de una curva a 150 una madrugada cualquiera. Dejaré atrás a todos y todo. Ya nadie me dirá que experimente la calidad del expreso, que use cremas antiedad, que compre parches para dejar de fumar; que tenga estilo, calma, presencia; que me cure la impotencia, la frigidez, la inmadurez; que responda al teléfono, a los mensajes, a los emails; nadie reclamará más mi presencia para desgastarme a base de exigencias.
sábado, 2 de noviembre de 2013
Es una bonita tumba para la memoria
A la Facultad de Filosofía y Letras, muchas lunas antes y muchas lunas después
Dunas y polvo espeso de color rojizo, rubicunda polvareda, donde piedras diminutas esconden la vida del que entra, donde, quizás, un día pusiste un poema dentro de una botella. Dunas y polvo y cráteres que no cesan de mutar, mientras el resto del mundo se desgañita en millones de voces y oídos que sangran. Gritos y dunas y polvo y cráteres se tornan una sola cosa, marcas de cuerpos que se borran con la primera racha de viento.
Huele a polvo y a caída de la tarde. Se intuyen los parlamentos inútiles en millones de idiomas a lo lejos, mientras la temperatura trata de aterir a las bichas sin saber que su sangre es fría y su piel, dura y su sensibilidad al calor y al frío, nula.
Como las mismas rocas, que nunca son las mismas, y como las mismas dunas, el mismo polvo y los mismos cráteres, que jamás encontrarás si buscas. El mismo paraje conocido, donde te pierdes porque ya no es el mismo; la misma arena, dunas, cráteres, que no están ya en su sitio; las mismas bichas que han mudado su pelaje; el mismo calor desolador a mediodía y el mismo frío insoportable en la noche; todo está ahí de algún modo para que lo recompongas; todo, menos aquella botella, aquel poema y aquellas huellas.
Y solo tú. Y tú, sola. Y piensas: "Es una bonita tumba para la memoria".
lunes, 21 de octubre de 2013
en 10 minutos
Me voy. En 10 minutos me voy. A sacarme de encima las palabras y bautizarme de nuevo a lo lejos; a olvidarme de todo de lo que sé, de todo lo que he leído, visto y oído. A sumergirme en el rugido del agua, que brota y grita, hasta el alma entera y salir de allí renacida, nueva, virgen para el mundo que se me pega. Me voy, tardo ya 5 minutos en salir por esa puerta y atravesar corredores, portales y miradas desventuradas, un día perdidas en madrugadas lejanas y nunca regresadas. Me voy. A resistir la locura no lúcida y la mansedad civilizada; me voy rápida, disparada, disparatada a lavarme de esta nata y del calor y de la humareda y del olor a cerveza descompuesta y de la mentira del espejo y de los sucios trapos sucios y de la desgana fabricada a mis expensas.
sábado, 12 de octubre de 2013
WELCOME TO SABANA'S VILLE
Hammer termina de limpiar la Sauer 38 y la coloca en la vitrina antes de salir de la cabaña, 1,90 m., vaqueros negros, camiseta de RaHoWa. Sube en su Mustang plateado del 68, un coche que sería perfecto si no fuera porque la perfección para Hammer es el 69 (sobre todo si la fuente es Georgia), pero que, de todas maneras, levanta el camino hasta la carretera, dejando una espesa nube de polvo amarillento cuyo sino es caer sobre un asfixiado seto que parece esculpido en granito, como una lápida borrosa que se fundiera con el paisaje reseco.
Unos 50 metros y se alcanza el camino asfaltado, carretera secundaria y estrecha donde acelerar. Hammer sube la música buscando acallar los latidos de la bomba que lleva en el estómago. Desde niño, la velocidad le ayuda a calmarse. De hecho, se pasó la infancia corriendo y dando saltos y destrozando objetos de todo tipo a cámara rápida. Su mamá decía a todos, en una especie de alegato de defensa, que era porque ella había tomado montones de ansiolíticos durante el último trimestre del embarazo, pero no era verdad.
A Hammer le molesta que los recuerdos se cuelen en su cabeza sin invitación, como si alguien entrase en su casa sin llamar y se sentase a su lado y no parase de hablar. Y el trayecto no ayuda. El trayecto hasta el pueblo no es nada estimulante: una poco sinuosa plancha negra cuyas márgenes son un páramo partido por la mitad, un desierto salpicado de esqueléticos arbustos, donde una gasolinera y, poco después, el embustero cartel de WELCOME TO SABANA'S VILLE anuncian la llegada a un lugar habitado por unas 1500 personas.
A Hammer le molesta que los recuerdos se cuelen en su cabeza sin invitación, como si alguien entrase en su casa sin llamar y se sentase a su lado y no parase de hablar. Y el trayecto no ayuda. El trayecto hasta el pueblo no es nada estimulante: una poco sinuosa plancha negra cuyas márgenes son un páramo partido por la mitad, un desierto salpicado de esqueléticos arbustos, donde una gasolinera y, poco después, el embustero cartel de WELCOME TO SABANA'S VILLE anuncian la llegada a un lugar habitado por unas 1500 personas.
Al pasar por delante del Drugstore, Hammer se asegura de que Sammy Junior sigue sentado en la banca de madera de la entrada. Está allí desde siempre y lo curioso es que no ha cambiado en absoluto, ni siquiera se ha convertido en Sam o en Sammy Senior. No: sigue estando ahí sentado mirando a ningún lado y siendo Sammy Jr., el negro flaco que se la pasa en la puerta del Drugstore; la única diferencia entre el Sammy Jr. de ahora y el de hace 40 años es una especie de capa de polvo de talco, una telaraña que se le ha puesto por encima y que le hace parecer gris de pies a cabeza. A Hammer le gusta imaginar que un día por fin sale la araña dueña de la tela que lo retiene allí y se lo zampa vivo justo en el momento en que él y su Mustang pasan.
Son las 12 y Hammer entra en el Bar, que acaba de abrir y está vacío excepto por Mou, al que todos llaman Gordo y del que no se sabe si es el propietario o solo un barman muy puteado que hace absolutamente de todo. Hammer se sienta en la barra y pide una cerveza de barril y un tequila. Lo toma rápido y pronto se encuentra mucho mejor. Mira el bar despacio. Es un sitio limpio y agradable, el sitio típico con lámparas de techo sobre cada mesa. Huele a beicon frito, whiskie y madera.
A las 4 y media parejas de jóvenes llenarán las mesas. También habrá grupos de amigos, familias (pocas) y gente de mediana edad, pero Hammer piensa en las parejas. Mira la mesa de enfrente de su lugar en la barra y visualiza a una pareja: la chica, una belleza delgada, piernas larguísimas, melena suave y rubia (aunque no demasiado: casi castaña) y cutis como la porcelana antes de golpearla, pero no tan blanca. Y la imagina levantándose después de zamparse una hamburguesa con queso regada con una cerveza y acompañada por patatas fritas con ketchup y seguida por una tarta strawberry cheese cake y un café aguado. Y la chica se marcha al baño y se arrodilla ante el retrete y se mete la mano en la boca hasta que no se le ve la muñeca y echa afuera toda la ingesta aún sin pagar. Entonces se dirige al espejo y se lava con cuidado las manos y saca del bolso unas toallitas odorfresh para erradicar el persistente olor del vómito y de nuevo saca del bolso un neceser con cepillo y pasta de dientes y elixir bucal 'tamaño viaje' y hace los honores al dios de los odontólogos y estomatólogos. Y, después, se echa colirio, se retoca el maquillaje, se repinta los ojos y los labios y sale del baño hecha una maravilla. El chico la ve al volver él también del baño, de mear de pie y sin haberse lavado las manos ni antes ni después, y la desea tanto que la besa sin saber que mete la lengua en el sitio por donde un montón de basura acaba de pasar y acaricia su rostro con las manos pringosas de ketchup y pis.
Hammer sonríe mientras pide la décima cerveza, esta vez con ginebra. Mou le sugiere algo de almorzar sin éxito: en ese momento a Hammer ya no le golpea el interior y piensa con claridad. Se levanta y se marcha del bar sin pagar. Conduce en piloto automático, haciendo eses hasta la cabaña y deja el Mustang arrancado y las puertas abiertas.
Están chillando lo que parecen miles de grillos y Hammer saca la H y mete el cañón en su boca pensando que está mucho más limpio que la lengua de la chica guapa del bar a la que algún gilipollas se estará tirando en un coche japonés recién comprado.
Están chillando lo que parecen miles de grillos y Hammer saca la H y mete el cañón en su boca pensando que está mucho más limpio que la lengua de la chica guapa del bar a la que algún gilipollas se estará tirando en un coche japonés recién comprado.
martes, 24 de septiembre de 2013
Acabo de darme cuenta
Igual que el papel pautado me ayuda a no escribir en espiral, el hueco dejado en el blíster me hace posible contar el tiempo. Y ya hace 5 días, los acabo de contar...
jueves, 22 de agosto de 2013
El don de la cena
Está aquí sin hacer nada, solo meciéndose levemente al compás del viento y observando el baile de las hojas de los enormes árboles que conforman el paisaje que tiene justo enfrente, árboles sin nombre, cada uno distinto del otro por pequeños detalles en los que se sume y por los que se aleja.
Se llama Amanda, mas no recuerda sus apellidos. Se sienta en un sillón de mimbre o en una mecedora de madera lacada, resguardada en la terraza de entrada de un imponente edificio de ladrillo rojizo que está como incrustado en medio de una serenidad de montañas. La palabra que le viene a la memoria es valle. Valle podría ser un apellido, una clave, una sugerencia de sí misma...
Qué hace durante todos esos días y todas esas horas, cuyo escenario cambia apenas, tal y como cambia su atuendo de rebecas de hilo fino o de lana gruesa y vestidos de colores suaves y toreritas. Qué hacen los otros, en otros lugares, con otras vestiduras, en otras circunstancias, sabiendo los nombres de los árboles y las estrellas. Las insignificantes palabras que ocultan el significado de las cosas...
El verano había transcurrido entre una huida de la confusión y el esfuerzo titánico del autor americano llamado Wallace y el asomarse a Oriente con Mo Yan... Mo Yan dejaba testimonio de forma natural y generosa de un tiempo que quedaba atrás calladamente, olvidado y desconocido, cruel como todos los tiempos... No es tan distinto el miedo, el equívoco, el rodeo que unos y otros dan en pos de contar lo que necesitan contar; pero qué distinto el resultado. Y que claro el uno y qué dolorido y confuso el otro, y así siempre unos hombres sobre otros, como escondidos allí mismo entre la sombra de los abetos.
Pero... ¿es esa ella? ¿Es Amanda quien lee y quien piensa, al borde del bosque, rodeada de yedra? Si Amanda a duras penas sale de la mecedora para recibir el don de la cena... Si Amanda no sabe cómo se desviste y no sale del verdor o el ardor de las yemas que surgen de la arboleda... Amanda no morirá preguntándose dónde estuvo ni dónde está, Amanda sencillamente se evaporará... Y cuando el ratón deje de roer el pensamiento, ¿quién sabrá que fue de la lectura ardua y escueta, olvidada y triste, de la muerte y la pena?
Recuerda a Pedro Páramo (porque la muerte siempre es la Muerte) y, después, a Faulkner; la historia de las desdichas de mundos concretos contada de forma genial; así, se aleja de relatos con atisbos de una imaginación frondosa, donde lo fantástico queda destrozado por una prosa cansina y deficiente... Pero ¿qué hay de Mishima? No es imposible traducir con belleza y cierta eficiencia un texto brillante de aquellas latitudes. Toma aliento cada vez con más trabajo; así como llegaba Carpentier, en una voz única y difícil, plena de detalles que resonaba en su cabeza, entonces tan densa, ahora tan llena de lagunas. Y sin venir a qué, anoche mismo, la versión de Menéndez Pelayo de Macbeth. Empieza el baile del viento y las hojas y los ojos de la noche la miran de soslayo en la hora en que lo que se evoca, se solidifica...
La mujer sale dejando salir con ella un calor doméstico, olores mezclados y un murmullo ajeno al bosque y al lago. Carraspea para hacerse notar, no querría sobresaltarla.
-Amanda, la cena está servida... Hay una sopa de picadillo... para sus manos que están heladas. ¡Y Lubina al horno de segundo! No se quejará, mi amiga; sus manos están heladas... ¿Quién sabe qué trama usted aquí fuera tantas horas con la mirada perdida? Vamos, vamos, ¿es que nunca siente frío? Además, hoy de postre tengo un poco de Flannery O'Connor vívida y destilada... Vamos, Amanda, parpadee, ¡que el hambre no deja atrás ni a las arañas! Una no se puede pasar el día mirando las montañas. Hay que comer. ¡Picatostes, Amanda! Regáleme una sonrisa, que es lo que merece tamaño banquete... Démonos prisa, que los demás están ya en la mesa y, como no nos andemos listas, se acaban también su plato, ¡que esos sí que tienen hambre!
Se llama Amanda, mas no recuerda sus apellidos. Se sienta en un sillón de mimbre o en una mecedora de madera lacada, resguardada en la terraza de entrada de un imponente edificio de ladrillo rojizo que está como incrustado en medio de una serenidad de montañas. La palabra que le viene a la memoria es valle. Valle podría ser un apellido, una clave, una sugerencia de sí misma...
Qué hace durante todos esos días y todas esas horas, cuyo escenario cambia apenas, tal y como cambia su atuendo de rebecas de hilo fino o de lana gruesa y vestidos de colores suaves y toreritas. Qué hacen los otros, en otros lugares, con otras vestiduras, en otras circunstancias, sabiendo los nombres de los árboles y las estrellas. Las insignificantes palabras que ocultan el significado de las cosas...
El verano había transcurrido entre una huida de la confusión y el esfuerzo titánico del autor americano llamado Wallace y el asomarse a Oriente con Mo Yan... Mo Yan dejaba testimonio de forma natural y generosa de un tiempo que quedaba atrás calladamente, olvidado y desconocido, cruel como todos los tiempos... No es tan distinto el miedo, el equívoco, el rodeo que unos y otros dan en pos de contar lo que necesitan contar; pero qué distinto el resultado. Y que claro el uno y qué dolorido y confuso el otro, y así siempre unos hombres sobre otros, como escondidos allí mismo entre la sombra de los abetos.
Pero... ¿es esa ella? ¿Es Amanda quien lee y quien piensa, al borde del bosque, rodeada de yedra? Si Amanda a duras penas sale de la mecedora para recibir el don de la cena... Si Amanda no sabe cómo se desviste y no sale del verdor o el ardor de las yemas que surgen de la arboleda... Amanda no morirá preguntándose dónde estuvo ni dónde está, Amanda sencillamente se evaporará... Y cuando el ratón deje de roer el pensamiento, ¿quién sabrá que fue de la lectura ardua y escueta, olvidada y triste, de la muerte y la pena?
Recuerda a Pedro Páramo (porque la muerte siempre es la Muerte) y, después, a Faulkner; la historia de las desdichas de mundos concretos contada de forma genial; así, se aleja de relatos con atisbos de una imaginación frondosa, donde lo fantástico queda destrozado por una prosa cansina y deficiente... Pero ¿qué hay de Mishima? No es imposible traducir con belleza y cierta eficiencia un texto brillante de aquellas latitudes. Toma aliento cada vez con más trabajo; así como llegaba Carpentier, en una voz única y difícil, plena de detalles que resonaba en su cabeza, entonces tan densa, ahora tan llena de lagunas. Y sin venir a qué, anoche mismo, la versión de Menéndez Pelayo de Macbeth. Empieza el baile del viento y las hojas y los ojos de la noche la miran de soslayo en la hora en que lo que se evoca, se solidifica...
La mujer sale dejando salir con ella un calor doméstico, olores mezclados y un murmullo ajeno al bosque y al lago. Carraspea para hacerse notar, no querría sobresaltarla.
-Amanda, la cena está servida... Hay una sopa de picadillo... para sus manos que están heladas. ¡Y Lubina al horno de segundo! No se quejará, mi amiga; sus manos están heladas... ¿Quién sabe qué trama usted aquí fuera tantas horas con la mirada perdida? Vamos, vamos, ¿es que nunca siente frío? Además, hoy de postre tengo un poco de Flannery O'Connor vívida y destilada... Vamos, Amanda, parpadee, ¡que el hambre no deja atrás ni a las arañas! Una no se puede pasar el día mirando las montañas. Hay que comer. ¡Picatostes, Amanda! Regáleme una sonrisa, que es lo que merece tamaño banquete... Démonos prisa, que los demás están ya en la mesa y, como no nos andemos listas, se acaban también su plato, ¡que esos sí que tienen hambre!
miércoles, 17 de julio de 2013
There is a light that never goes out
Creo que era en un bar en el Trópico, pero no sé cuál trópico. Yo tomaba cervezas con Morrisey, que hablaba animadamente sin que yo, debido a mi oído cansado y al rumor de las olas y a la estridencia de la música, entendiese una palabra. Siguiendo mi intuición, asentía y sonreía y volvía a asentir, hasta que, por un gesto microscópico tras sus gafas de pasta, noté que no procedía asentir; lo noté, lo notó y cambió de interlocutor. Después me concentré unos segundos. Seguro que fueron pocos segundos en los que pensé en los motivos que podría tener para encerrarme en una concha con vocación de desaparecer.
Zarpó el barco que llevaba a Madame Zazie a una isla cercana, mientras mirábamos en silencio, algunos ya medio borrachos. Como en una novela de misterios, todos excepto quizás una persona de las sentadas alrededor de aquella mesa desnivelada y maltrecha con rastros de mil visitas, codos, gotas, ecos de uñas impacientes que repiquetean, se dedicaban a portarse de una manera. Las posturas, las sonrisas, las palabras medidas.
Recuerdo que hablamos de esas películas de los años cincuenta en las que un personaje secundario dice lo que piensa desmedidamente, mientras los demás cumplen con el ritual de ser los personajes que están predestinados a ser. Es siempre un personaje secundario ridículo y vencido por la vida; ningún héroe se presta a derrumbarse ante las cámaras, ninguna heroína se arriesga a despeinarse y mostrar imprudente y ligeramente su arrogancia y su impertinencia. Quién querría ser ese monstruo del que quedaría tan solo un comentario enterrado en algún prólogo de una edición de bolsillo.
No hubo respuesta. Cada cual se guardó para sí la que fuera su conjetura al respecto y preferimos saltar de las sillas e ir a lanzar piedritas planas a la orilla de la mar llana, a contar cuántas veces rebotaban y ver cómo temblaban las aguas y cambiaba el reflejo de la luna por nuestra causa. Alguien admitió que éramos importantes, que alterar la tranquilidad del mar y la impresión de la luna por nuestra obra y voluntad era trascendental.
A esa hora todos estábamos lo suficientemente borrachos como para avenirnos con el personaje secundario, las damas descalzas y despeinadas, los héroes desamparados, Morrisey a lo lejos aullando, casi todos flotando en un fondo azul donde los símbolos danzan burlones y desnudos sin intención de significar nada.
viernes, 5 de julio de 2013
Annie la violinista
El diablo no me quiere ni muerta ni en la cárcel; se ve que le complace mantenerme en este mundo, enferma y desesperada. Y su juego es observarme caer y levantarme, deleitándose en mi humillación, frotándose las rojas manos ante la perspectiva de futuros desastres.
Ahora la sombra llega justo a la punta de mis pies y la blancura se esparce; avanza y se esparce. Es esa época en que la calle arde.
El sitio donde estoy no tiene nombre, que yo conozca. La próxima sombra está a unos metros, bajo el álamo grande. Tengo que correr para que el sol no me abrase. Mis mejillas y mis hombros se duelen del mero reflejo.
El hombre al que llamaba Lagos tuvo que trabajar durante el día. Y abandonarme es tan fácil como dar un paso, ponerse en la acera soleada y caminar hacia el Oeste.
Salimos de San Juan al atardecer. El calor no había aún dado una tregua al aire, que era pesado y espeso y tan amarillo que apenas parecía aire. Pensaba que una podía ahogarse en aquel aire, en mitad de la nada, oyendo las voces de los muertos, en un lugar miserable, en un páramo desierto.
Pero aquello no era Comala y nadie de nosotros se murió entonces.
La canícula de agosto se cebaba y al fondo la noche temblaba. Todo tiembla bajo el fuego, hasta el mismo fuego.
-Me marché porque no tenía habitación propia ni dinero.
-¿Qué demonio de motivo para irse es eso?
No me quedaré con ellos, pensé. Era yo entonces una juntacadáveres.
En el horizonte se iba agrandando una línea negra que nos alcanzó. No se podía saber su edad: estaba curtido por el sol, cubierto del polvo amarillo del campo. De su cara gotas de sudor bajaban por unos surcos que estaban allí como para eso. Surcos graves y tensos.
-Vamos al Sur, venimos del Cerro.
-Este camino solo lo usan contrabandistas y cabreros. En la noche, solo los primeros.
-A Ella no la puede ni tocar el sol.
El hombre largó sus ojos hacia Poniente, noté que eran verdes con ese brillo que solo tienen los hombres vivos. Bebió, sin ofrecer, de una petaca de piel gastada del color de la teca. Bebió varios tragos y siguió hasta querer ser de nuevo una mancha.
Sentí, al verle marchar, que habría de darme la vuelta e irle detrás. Me paré recordando, como si un rumbo o una compañía o un pálpito en el pecho de una pudiera desbaratar toda su vida. Como si, yéndole detrás, pudiera borrar hasta mi propio nombre y el suyo.
El sitio donde estoy no tiene nombre, que yo conozca. La próxima sombra está a unos metros, bajo el álamo grande. Tengo que correr para que el sol no me abrase. Mis mejillas y mis hombros se duelen del mero reflejo.
El hombre al que llamaba Lagos tuvo que trabajar durante el día. Y abandonarme es tan fácil como dar un paso, ponerse en la acera soleada y caminar hacia el Oeste.
*
Salimos de San Juan al atardecer. El calor no había aún dado una tregua al aire, que era pesado y espeso y tan amarillo que apenas parecía aire. Pensaba que una podía ahogarse en aquel aire, en mitad de la nada, oyendo las voces de los muertos, en un lugar miserable, en un páramo desierto.
Pero aquello no era Comala y nadie de nosotros se murió entonces.
La canícula de agosto se cebaba y al fondo la noche temblaba. Todo tiembla bajo el fuego, hasta el mismo fuego.
-Me marché porque no tenía habitación propia ni dinero.
-¿Qué demonio de motivo para irse es eso?
No me quedaré con ellos, pensé. Era yo entonces una juntacadáveres.
En el horizonte se iba agrandando una línea negra que nos alcanzó. No se podía saber su edad: estaba curtido por el sol, cubierto del polvo amarillo del campo. De su cara gotas de sudor bajaban por unos surcos que estaban allí como para eso. Surcos graves y tensos.
-Vamos al Sur, venimos del Cerro.
-Este camino solo lo usan contrabandistas y cabreros. En la noche, solo los primeros.
-A Ella no la puede ni tocar el sol.
El hombre largó sus ojos hacia Poniente, noté que eran verdes con ese brillo que solo tienen los hombres vivos. Bebió, sin ofrecer, de una petaca de piel gastada del color de la teca. Bebió varios tragos y siguió hasta querer ser de nuevo una mancha.
Sentí, al verle marchar, que habría de darme la vuelta e irle detrás. Me paré recordando, como si un rumbo o una compañía o un pálpito en el pecho de una pudiera desbaratar toda su vida. Como si, yéndole detrás, pudiera borrar hasta mi propio nombre y el suyo.
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