jueves, 21 de octubre de 2021
El viaje
lunes, 18 de octubre de 2021
Cenizos
sábado, 9 de octubre de 2021
Que el sol salga por Antequera o De lo que yo quiero y a nadie importa
jueves, 7 de octubre de 2021
La vida, esa broma...
miércoles, 29 de septiembre de 2021
Un miércoles de mayo
sábado, 25 de septiembre de 2021
Dos tazas
Epístola al anónimo de siempre ( o a una nueva, que no me lo creo ni yo...)
viernes, 27 de agosto de 2021
un poco de verdad
La gente no sabe. No sabe nada de nada. No sabe lo que es luchar y luchar y persistir, aunque estés reventado. Y menos sabe que hay que clasificarse para todo. Para todo. Yo, sin ir más lejos, -para qué querría yo ir más lejos-, me clasifiqué. No una ni dos, en un montón de ocasiones. Me clasifiqué, honradamente y sin más aspavientos. Me clasifiqué para perder. Porque, ya ves, qué creen todos, ¿que hay competiciones en que todos aspiran a ganar? Pues no. Sí, pero no. Hay unos cientos de miles de millones como yo. Personas, digo, que se clasifican, sí. Pero en categoría de perdedores. Los que hemos de tener calambres, estar histéricos, sentir que un inminente infarto, un dolor de pecho que te hace pensar que te mueres,.... y si bien no siempre, por desgracia, ocurre (que te mueres). Aquellos clasificados para perder son mis hermanos y hemanas (no vayan a pensar que soy exclusiva). Y no crean, que son mucho ustedes de creer, opinar, parlotear y dar por culo verbalmente en las redes, no crean que es algo que pueda ser censurable. Porque no lo es. No estamos tan fatal, no tan tan fatal, pero un pelín mal sí estamos. Sin embargo, como están las cosas, esto es competir o no existir, pues competimos y competimos, coño. Lo hacemos. En una liga secreta. La de los perdedores. No tengan pena. Al menos llegamos a existir. Ahora digan ustedes si son ni remotamente importantes un solo minuto de su vida en lo que de veras importa ahora. En la sociedad digital y exhausta, en el mundo atestado o vaciado, entre los que ganan a base de ser gregarios o los que ganan a base de ser anarquistas. Esto último, por supuesto, es una guasa. Pero ustedes, dónde están. Frente a la pantalla de un móvil o un televisor, sin perder ni ganar, sin ser o no ser, sin nada de nada. Paseando a un gato con una correa, protestando por todo anónimamente, perdiendo también pero sin saberlo. Y se atreven a juzgarnos. ¿¿A nosotros?? ¿Que llevamos años entrenando para perder? Pues me disculpan, pero ahora que se levanta la liebre (gracias a la ONU), ya lo saben. En todo esto, hay perdedores bien motivados, gente que estuvo ahí y no tuvo más que agachar la cabeza y sonreír flojito. Y así sabrán que los que no han pintado nada son los que no han estado en la historia, por más que crean que sus protestas de imbéciles anónimos importen. Así, los perdedores vamos surcando el tiempo, aclamando a nuestros ídolos, siendo una legión invisible y vilipendiada. Somos. Existimos. Hay secreto en nuestro devenir mundano. Y la gente no sabe.
sábado, 12 de junio de 2021
Los papeles del tiempo
Hola. Pasaba por aquí como otras veces y me dio por saludar. Hola, digo... Vale. No hay respuesta. Es normal. No estás con ganas. A veces, a uno le cuesta hablar con alguien en concreto. No pasa nada... Bueno, sí pasa. A ver, que lo entiendo y lo respeto. No creas. Me pongo en tu lugar y, claro, no me porté exactamente como habría sido lo suyo. Pero, vamos, que ha pasado una estación... casi. ¿No? ¿Dos semanas solo? En fin, bastante para pasar del rencor al "oye, ¿cómo estás y esas pruebas médicas, tu madre, tus hijos, las amigas esas?". Lo normal. Hablar. Decir hola. Saludar. Sonreír, aunque sea en papeles virtuales. Pasarse enlaces de noticias de astrofísica que no entendemos y decir esto lo sabía yo hace 10 años. Lo que digo: lo normal. Porque tampoco fue para tanto. O sí. Pero ya ha pasado. Veo que sigues sin hablar... Pues te dejo en paz, claro. Adiós. Que vaya bien. Cuídate. Ya sabes dónde me tienes. Mi casa es tu casa. Cualquier cosa... Aunque, por otra parte, podríamos ser cordiales y responder a un saludo, digo yo. Que puede que sea pesada, que ya me lo han dicho, pero no cuesta ser amables, ¿no? Y tengo curiosidad y te añoro un poco. No como para vernos, no pongas esa cara. Esta semana, que he tenido un par de sueños raros. Y como eres un poco psicólogo, un poco mago, un poco filósofo, un poco zahorí, que sabes un poco (o mucho) de casi todo (o de todo), pues ya te digo que me podrías aconsejar, escuchar y decirme cómo curarme los demonios del tiempo. Porque a mí se me pasa tan rápido que ya me he perdonado mil veces y a ti otras tantas. Que no todos los días la insultan a una así por suerte o por desgracia, con fundamento o sin él, a la manera decimonónica o en nave espacial ciberpunk. No es que me justifique, justifico el texto, para que me entiendas. Que yo podría estar igual que tú y no responder a tus llamadas. Pero no lo hago, sobre todo porque no llamas, también es cierto. Ya está. Estás en tu derecho. Me pone de los nervios, pero lo entiendo... más o menos. Pero, vaya, que está feo. Me podrías perdonar y a otra cosa. Que el resentimiento es fatal para la salud. Nada. ¿No? ¿Nada? Vale... Me compré un sofá y le puse el pañuelo que me regalaste. Le queda genial. Ya me he acostumbrado a él y casi no recuerdo el otro, aquel verde que se hundía. Te lo cuento porque quiero y porque ya que nadie habla, pues ya hablo yo y también porque el sofá mide el tiempo que ha pasado desde que fui desterrada de ti. Le haría una foto y te la mandaría, pero no quiero ser agobiante y parecer una acosadora mandándote fotos y dando la lata, así que no. No te mando nada, ni enlaces ni fotos ni saludos ni emoticonos ni felicitaciones de Pascuas, Navidades, cumpleaños, santos. Ni condolencias. Nada. Y a tu entierro, descuida que no iré. No querría yo molestarte también después de que estés muerto. Ahora sí, que veo que te alejas y te haces pequeño y noto que te has puesto tapones en los oídos y estás, probablemente, llamando a la policía de la memoria para que me den algo. Ahora sí, te dejo.
domingo, 21 de marzo de 2021
Ya no hay estaciones o El quinto café
Es otoño.
