Y la piedra fue y, después, la hormiga. Nació, sin motivo, la mentira. La hormiga bajo la roca. La roca en movimiento. El viernes fue domingo. Y el domingo, lunes. Llegó el hombre y su ruido. Tomó una piedra y mató cientos de hormigas. No hubo duelos. Vinieron muchas más. Sin intenciones salvo prever no morir de hambre, porque, entre una cosa y la otra, fueron las estaciones. El verano. Las cucarachas. El invierno. Las chimeneas. El otoño. El bosque con sus setas. La primavera. Sin adjetivos. Los hombres hicieron casas de piedra. Las hormigas, guaridas bajo tierra. La roca observa sin ganas el cambio, la desesperación de las hormigas cuando acaba el verano, los hombres y sus abrigos y sus paraguas. El mar y su abismo. A la roca le gustaría no ver, no oír, no saber, no sentir cuando la pisan. Pero, como cada cosa, excepto quizás el hombre, no puede cambiar su naturaleza.
sábado, 30 de agosto de 2025
martes, 12 de agosto de 2025
De uma praia deserta
Esta vez seremos barcos. Estaremos varados uno junto al otro en algún lugar solitario, tras cada cual haber cruzado el mar y realizar su viaje. Los hombres que nos usaron habrán desaparecido. El tiempo transcurrirá lento y se estropearán nuestras carenas, las quillas hundidas en la arena, las cubiertas pidiendo un calafateo que no llegará. Seremos triunfales objetos obsoletos, juntos, en un sitio remoto. Seremos mudos y raros. Supervivientes desinformados. Memoria pura. Naturaleza muerta. Veremos música y oleremos colores, secretamente. Por suerte, nadie nos recordará. Por suerte, no importaremos a nadie. Como un milagro de nuestro siglo, no nos sacarán fotos donde el relato impostado de nuestras astillas y nuestro abandono le valdrá a alguno un halago. De algún modo, habremos llegado a un cementerio donde solos, tú y yo, nos comunicamos. A veces, se nos posarán en las espaldas agrietadas desconchadas huecas, inútiles gaviotas perdidas. En una ocasión, un ave te desparasitará y yo lo notaré sin inmutarme. Como conchas de madera bocabajo. Sin problemas, sin dueños ya, sin horarios. Bajo un manto de estrellas fugaces.
miércoles, 6 de agosto de 2025
Haters
Hay un lugar en Siberia cuyo nombre no pienso mencionar porque, si lo hiciera, se llenaría de turistas de inmediato (los occidentales parecemos tontos, la verdad). Es, según los expertos, el sitio más frío del mundo. Puede que lo sea. Los climatólogos son lo que son, pero ese melón no seré yo quien lo abra. Algunos dicen que tiene 2000 habitantes; otros, que unos 920, habitante arriba, habitante abajo; mil y pico colegas de diferencia, ahí lo dejo (otro melón). Para llegar allí hay que cruzar una carretera larga y recta debajo de la que están los huesos de los presos que la construyeron. Iban muriendo y quedaban ahí, mientras el progreso progresaba sobre ellos. La anécdota favorita de los "periodistas" que llegan (porque es un notición lo del frío) para entrevistar a una entrañable pareja que no para de sacarles comida y té, es que, por las bajísimas temperaturas, las casas no tienen cañerías (reventarían por el agua congelada) y que los retretes suelen estar fuera. Pues vale.
Los habitantes de tan inhóspito lugar insisten en que tienen de todo: gimnasios, restaurantes, bibliotecas, que lo pasan bien, que su vida es normal. Y, sí, tienen bares. Y, sí, tienen clubes. Y lo sé porque yo me mudé allí por motivos que solo me incumben a mí. Y, sí, voy todos los días a los bares e, incluso, trabajo en uno (cómodo porque tengo mi cuarto con cocina en la planta superior, ja). Y, sí, fundé el Real (esto tiene su explicación, pero no la doy) Club de Haters de Anna Karenina. También voy los lunes al Trivial Ruso del Bajísimo Sajá, con los demás haters.
No diré que estar a -50º sea lo ideal, pero tampoco es para tanto: los precios de la vivienda están tirados, no hay que tener casi ropa (solo un anorak o una parka inuit normalmente de segunda mano; ya debajo lo que sea: da igual), y todos te conocen porque, para ellos, tienes los ojos como un personaje de anime.
Pues bien, estamos un lunes de enero, con toda la mala leche del no dormir y el mono de ensalada con tomate y lechuga y boquerones fritos, añorando los colores y esas cosas, listos los seis para jugar al trivial y petarlo, aunque tengamos que celebrarlo a base de arenques y vodka. Lo importante es 1) ganar, 2) emborracharse, 3) poner a la Karenina a caer de un burro con nuevos motivos que no faltan, desde luego, pero que requieren cierta técnica argumentativa para que la tuya sea la mayor y más despreciable muestra de egoísmo, estupidez, orgullo, falta de lucidez, hipocresía, histeria, falsedad, indignidad, victimismo, obsesión, etc. de las que se puedan mencionar en una ronda con dos oportunidades. Voto secreto. En caso de empate, penaltis. Puede pensarse que es fácil. Mas, ojo: primero está el Trivial del Sajá y, después, la obligada borrachera, así que se podría decir que no lo es. Fácil, digo.
Y ahí estamos nosotros, dando saltitos, calentando, preparando mentalmente nuestras estrategias, cuando, increíblemente, entran con sus camisetas a juego y sus caras iguales los Haters de los haters de Anna Karenina. Claramente, a buscarnos la boca. Ya. No hay nada peor que Internet y la noche polar. Incapaces de inventarse su propio club, ajenos a la originalidad y a la clase, porque no tienen clase, ya os lo digo, estos mendrugos, hooligans sin equipo, sucios ignorantes, nos plagiaron y le dieron una vuelta. Lo peor. Ni siquiera son un club-club, ni Real, ni Imperial, ni tantito Asociación, ni nada: directamente "haters" y camisetas. ¡Ni han leído Guerra y Paz, cojones! Y allí en el H4rbyn II, tras disculparnos con la camarera por escupir en el suelo en un subidón descontrolado, nos encontramos cara a cara sin nada que decir. Venimos a jugar al Trivial. Y ¿por qué aquí, eh?, ¿no hay más sitios? No. Ah. Mmmm. Igual en Yakutsk, los miércoles. Pero eso es en abril. Ah. Mmmm. Bueno. Esta es nuestra mesa. Vale. Nos sentamos allí (allí es otra mesa, al lado de los dardos, el billar americano y el karaoke de los martes).
Les dejamos en paz porque empezó el Trivial y, entre ambas mesas, la tercera mesa en discordia la ocupaban unos presuntos periodistas estadounidenses con su supuesto locutor rubio, su supuesto cameraman calvo y su supuesta redactora políglota y sabihonda que desequilibró la balanza del juego a pesar de las voces que cruzábamos. ¿Cómo se llamaba el padre del director de cine británico que llevaba gafas sin necesitarlas? Ella no se suicidó, se acojonó y resbaló. Claro que se suicidó, la inspiró el accidente que la impactó al inicio... ¿Cómo que impactarla? Si la muy egoísta esa no lo volvió a pensar. Esto lo dirás tú. Entre Vlad y un tal Semen nació una animadversión animal que iba más allá de lo, digamos, grupal. Sus gritos e improperios nos desconcentraron a todos, menos a la redactora americana maldita gafotas. Y, sí, perdimos. Todos. Contra los americanos. Californianos, o algo así de desagradable, pero no tontos, en un descuido de ambos grupos -el de los Haters y el de los Haters de los haters- se piraron sin beberse el vodka recompensa. Cobardes, dijo Vlad; cobardes, dijo Semen. Lo justo es lo justo y hubimos de compartir el vodka. Resulta que sí que habían leído a Tolstoi y a muchos rusos y no rusos. Resulta que lo que ocurre es que no le gustan los haters en general; no nosotros concretamente, salvo por nuestra ignorancia manifiesta de la psicología de la Karenina... QUÉ?! Otra vez improperios que Semen y Vlad zanjaron con un ¡vamos fuera! Tíos, ¿fuera? Vlad me mira y dice sí. Esto lo solucionamos nosotros como se ha hecho siempre. ¿Te importa que te apoyemos desde aquí dentro, vigilando a estos?, pregunté. No. Lo prefiero.
Bien. Bien, ¿no? Y todos sí, sí, bien. Seguimos desglosando la sarta de preparados momentos en los que aquella infiel desagradecida mala madre iba deteriorando su ser, cayendo bajo y más bajo, mientras los otros nos refutaban cada cosa sin mucho acierto, a mi pequeño entender. Pasados unos heroicos 15 minutos, volvieron nuestros colegas con las pestañas blancas de nieve y sonrosados y sonrientes y aliviados y tranquilísimos. ¿Resuelto? Mucho. Guiños. Bien. Por mí también. Por mí, igual. Y por mí. Mmmm. Yap. Entonces, ¿qué? Habrá que irse. Sí, sí. La camarera: sacad vuestros culos sucios de aquí (es un modo siberiano de despedir a la clientela vip). Nos fuimos sin dejar propina (es un modo siberiano de dar las gracias). Y quedamos para el siguiente lunes a condición de que 1) el Trivial cada grupo con el suyo, excepto Semen que ya era de los nuestros, 2) la borrachera no era opcional, y 3) el debate sobre la Karenina, incluiría a otras damas: la semana siguiente Madame Bovary, otra queeee...
Y, bueno, FIN.
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jueves, 31 de julio de 2025
Drogi pamiętniku (querido diario)
A un tal D., que insiste en que respire.
Y, por qué no, a J. C., que ha abierto la jaula.
Último día de julio. ¿Qué día es hoy? Jueves. Nada en la agenda. No me fío... Siempre hay algo en la agenda, aunque sea recordatorio de vitaminas, compra de 13:00 a 23:00 (o por ahí), llamar a la tita que es su santo, u otras cosas igualmente tontas o importantísimas de vida o muerte.
Así que hoy la agenda no vale para orientar a nadie. Bien, bien. Me alegro. Es solo que pasar la página y afrontar un entero mes de colorines y límites de entrega requiere de un valor del que carezco. Ni agosto ni vacaciones médicas. No me fío...
Hay en el ambiente un fondo de ondas eléctricas, un rumor de falso silencio, como un aviso de que algo hay, ocupando espacio, posiblemente traspasándome, invisibles intrusos espías cancerígenos. ¿Pasarán de largo? ¿Qué día era? Jueves, sí, sí, sí. Jueves. Es verdad. No hay nada hoy, último día de julio.
Querido diario (tradiciones textuales se imponen entre la libertad de pensamiento, palabra, obra y yo misma, creada carne por la inercia de la costumbre, venida a este mundo, donde lo primero fue el Verbo, hecha a la imagen y semejanza de un molde discursivo, como por decir).
En fin.
Querido Diario:
Ayer me olvidé de comer. Después me dolió mucho la barriga y dormí fatal. Quise escribir, pero me salía todo en portugués y no entendía bien bien lo que decía. Puse el aire acondicionado (a ver si era eso). Y nada. Me comí medio plátano y 4 arándanos sin lavar (a ver si era eso). Y nada.
Acabé de nuevo en la cama, consolándome con que no es Hans, es Miecszylaw y es Olga, no Thomas. Quién me iba a decir a mí que iba a regresar a Silesia veinte años después, entrar dócilmente por una puerta abierta un poco a medias por una tramposa traductora y sus compinches locos. La cosa es que no deja de ser curioso que la marea, el tsunami ese, haya echado el polvo venenoso y haya traído un bosque lleno de metamorfosis, como el que me lanza un salvavidas. Y todo por unas setas, -bueno, muchas- y por Irena y Emi y hasta por Alexis.
Fue un día, ayer, anodino y horrible. Ay, Diario. Y yo que pensaba que un día anodino sería la paz. Cómo se puede ser tan mema. El horror anda siempre detrás, en la sombra de una, haga sol o granice, te griten o te ignoren.
Perdona. Me he ido, porque increíblemente había olvidado tomar las pastillas. Y ha sido un poco lo de siempre de dudas y preguntar al I Ching y todo eso que tú y yo sabemos. Y, claro, se me ha ido el hilo.
Ya hoy. Muy hoy. Llevo pensando horas en que las nubes tóxicas, caóticas como son, se dirigen a alguna parte lejos, muy lejos de aquí. Espero que no se asfixie nadie, vaya esto por delante. Pero lo que llevo pensando horas es que ya puedo poner el modo respirar al 100% y no lo pongo.
Entra D. Le hablo del aire, que es menos denso. Ya lo sabe. Sale D. Se cierra el telón. Me quedo detrás del telón, pero es verano. El telón es como de terciopelo de algodón verde oscuro y te echas a sudar solo mirarlo, así que, como puedo, repto buscando la salida, evitando quedarme entre bastidores por mono que haya quedado el escenario de casa. No sé si lo conseguiré. Ya te contaré mañana (y, si no, mejor para todos).
domingo, 13 de julio de 2025
El sillón
La puerta se abre empujando, sencillamente, hacia dentro. Hay que hacer un poco de fuerza, aunque eso ya depende de las ganas de entrar que tengas y lo que se haya comido ese día. Lo mejor, las campanitas. Esas dos notas que avisan de que alguien está ahí. Lo segundo mejor, y por lo tanto, ya no sé si lo mejor es mejor-mejor superlativo o participa de una gradación que obliga gramaticalmente a... bueno, después lo pienso. Lo segundo, decía, el fresquito que, cuando la puerta -solita ella- se acaba de cerrar, no necesita explicación. Lo segundo mejor, también, porque ocurre al mismísimo tiempo, es la visión del orden desajustado de libros y cosas pequeñas de colores y sugerentes brillos, cartelitos que indican que por allí se abre un camino, pasillo especializado, recodo, espacio recomendado. Una voz, fuera del ranking, saluda desde el fondo. Un fondo lejano, piensas, o que parece lejano por la voz amortiguada por papel, paneles y una iluminación que pide a gritos silencio. Huele como debe oler, como huelen los libros que heredé de mi abuelo, como huelen algunas bibliotecas. Es el olor contrario al de la humedad, es olor del polvo entre las páginas de volúmenes gruesos. Tú respondes. Soy yo, Olga. Voy a echar un vistazo. Ahora paso. Traigo un amigo. Suena la misma voz con más vida. ¿Amigos tú? Vivir para ver. Sonríes. Te cuesta porque no es lo tuyo, pero Olga no hace bromas y los músculos de tu cara devuelven el favor. La cosa es que no vienes con nadie, pero de aquí a que llegues al mostrador que inocentemente está al fondo del laberinto diminuto que es la librería nos habremos olvidado.
Me meto por el recoveco que conduce al sillón de piel marrón (¿por qué son siempre sillones de piel marrón?), aparto el montón de libros que lo ocupa, me siento cómodamente y hojeo por enésima vez el volumen cuarto del diccionario de Roque Barcia que Dios sabe cómo llegó hasta allí. Busco las anécdotas, las equivalencias, la reseña de las letras. R. La letra canina. Hago tiempo. Porque me sobra. También vengo a contarle por fin a Olga lo del Kindle y mi decisión de donar ya oficial y abiertamente. Nada de venir e ir dejando libros por aquí y por allí a escondidas. No lo puedo postergar. A ver qué dice ella. Menos mal que Antonio ya no está. Digo Antonio hijo, porque la librería Hnos. Sánchez era del padre de siete hermanos y fue Antonio el único que no sé cómo admitió la herencia, la disfrazó como "Objetos de escritorio y librería básica" y se dejó un bigote como postizo y cortito. Antonio hijo tiraba del copo con mi abuelo los domingos, vino al entierro de mi padre y ahora está él también bajo tierra (es un decir, creo que lo incineraron). En fin. Olga me da miedo, pero Antonio me daba más.
Oigo las campanitas. Es Fred. No pierde el acento. Viene el hombre a buscar más libros de Geografía. El pasillo de Viajes, &ª está en la otra punta, cerca del mostrador. Para Fred es importante que nadie piense que es británico (inglés, como decís aquí), que es holandés. Un par de veces hemos estado por decirle aquello de peormenolopones, pero ni Olga ni yo estamos seguros de que tenga gracia la broma, de que Fred la pille y, además, Fred es Fred, sería Fred aunque fuese francés, aunque fuese chino, aunque fuese marciano. Otro dato que hay que aclarar sobre Fred, para serle fiel, porque él es muy claro al respecto con todos y cada uno de los personajes con que interactúa, es que los "materiales" que busca corresponden a estadios muy anteriores al actual. Vaya, busca los mapas y descripciones más antiguos que pueda rastrear. Lógicamente, para ello, de vez en cuando ha de salir de aquel pasillo y buscar en biografías, diarios y diccionarios enciclopédicos (como el que tengo en las manos, maldita sea). Así que activo el modo silencioso plus, quieto como un gato, no paso páginas, apenas respiro. Espero. Pienso en mí como en un camaleón. Soy marrón, de piel marrón. Inmóvil. Pensamiento puro. He leído y practicado la meditación. Puedo solo ser. Lo hago. De hecho, lo hago.
Me despierta Olga. Que tiene que cerrar. Que recuerdos de Fred. Que dónde está mi amigo. Que si me llevo el Barcia o qué. Le digo la verdad: hoy, no, Olga. Otro día. Esto pesa lo suyo y tengo hoy la artritis revuelta. Noto que los ojillos azules de Olga apuntan al chisme que asoma por el bolsillo de mi chaqueta. No me gusta que se haya puesto el pelo rojo, pero ese no es el tema. El tema es que mi cara se ha puesto más roja. Me pasa eso. Eso y más cosas, claro. Se encoge de hombros, se sienta en el suelo. Dice yo también tengo uno. Dice sabemos que te echan. Dice te puedes quedar en el cuarto de mi padre. Dice anda deja a Roque descansar, y vete. Te dejo por hoy abrir y cerrar varias veces para oír la dichosa campanilla.
domingo, 22 de junio de 2025
A portagayola
¿Es esta la segunda taza de café? Mientras decide si lo es o no, si da igual y toma otra, si es posible que sea verdad la temperatura que marca el dispositivo prolongación de su mano, al tiempo que la campana de la iglesia recuerda la hora, cae en la cuenta de los días, que es probablemente domingo y que no ha recogido la ropa del tendedero y se pregunta por qué exactamente la han desterrado a este lado del muro.
Comete lo que considera imperdonable error diario de abrir periódicos, consultar las selectas noticias de Google, las consideradas de su interés en Instagram. Por qué, Señor, -ahora que oye las campanas, recuerda que se puede hablar con Él al menos-, dice, por qué aparece Donald Trump siempre y en todas partes, rompiendo la santidad del domingo.
Con la taza vacía en una mano y en la otra un dolor sordo como sordo está el mundo, como sordo el salón vacío, el sillón caluroso, la cortina gruesa, el teléfono y todos los que están al otro lado, va al balcón y se asoma. Abajo como diminutas muñecas, una multitud se extiende por la arena, salpica el mansísimo y paciente mar, pasea la orilla cual ejército sin (apenas) uniforme. ¿Pensarán siquiera en lo mismo que ella? Hoy, recuerda, llegaban los abuelos de D, sus tíos políticos, los vecinos del 18 y los del 24 y los del 101. Las estanterías de los supermercados arrasadas dan fe del masivo advenimiento.
Tras el descuidado seto, justo al lado de una flor pacífica rosa clara, un núcleo de sombrillas rojizas delata la zona de los Sánchez, tres generaciones bajo quince sombrillas hablando al menos seis tipos de español diverso. Lo que no entienden de los otros, lo sustituyen con gestos, esperanto natural endémico.
Vuelve a lo suyo, llamada en realidad por la vibración insolente del pequeño dictador que se ha dejado sobre la mesa. Lo mira con ridícula urgencia: la vida en alguna parte se asoma con visos de cariño ocasional, alguien la piensa. Un atisbo de sonrisa y alivio minúsculo. El clavo ardiendo se desintegra. Misterios de la Física, quiere pensar.
¿Se ha tomado las pastillas? Diría que no, aunque no podría jurarlo. Hay que tener cuidado. Según qué dosis de alguno de esos medicamentos podría ser letal. Entonces, ¿se las tomó? Puede que cuando bajó a las 8 y media. ¿O eso fue ayer? ¿O antes de ayer? ¿O mañana? Echa de menos, brevemente, cuando el tiempo era lineal,... cuando lo fue. Porque lo fue, ¿verdad? ¿O solo era una sensación feliz de ella que pensaba en lo que venía porque entonces había más delante o entonces todo le importaba menos? Melancólicamente, lanza una moneda al aire, con cierta nostalgia, con cierta rebeldía también, y algo de superstición, además. Y, así, lanza la moneda y sale, rodeada de estrellitas, lo que parece una cara con su versal apellido y una pluma como pista de concurso televisivo. Decidido. La suerte ha hablado y es cara, aunque nada es lo que era, ni las monedas ni las palabras del hidalgo cuyo rostro no apto para hipermétropes ella, personal y subjetivamente, nota cansado. Cara, pues.
Hace otro café y se toma las pastillas a portagayola.
lunes, 5 de mayo de 2025
Ser madre es otra cosa
Ser madre es otra cosa. Eso seguro. Además de que las madres también son hijas. Aunque algunas puede que ni lo recuerden. Hay muchos modos de ser madre, muchos de ser hija, muchos de ser familia. Madres dentistas, madres que van a la oficina, madres que trabajan cuidando de todos, de todo. Se celebra a veces, supongo, el dolor del parto, el sacrificio incondicional, la preocupación sincera. Olvidadas de obligaciones, sin jactarse de los oficios, ser madre es otra cosa, algo contrario a la guerra, a la bronca, a la mezquindad del mundo. La cúpula que protege del mal. Haber dado vida quizás no es suficiente, porque hay vidas y vidas. Estos momentos del año marcados con rojo en el calendario entiendo que vienen como pergaminos donde rubricar tu agradecimiento. Pero hay más que poner un fondo musical y hacer ostentación pública de sentimientos obvios con voces de otros en la nueva plaza del pueblo. Habría que reivindicar el amor quedándose con el intento de ser un buen ser humano. De que tu aportación al mundo que te rodea sea lo más pacífica y generosa posible. De no alterar lo natural que es tener familia, enseñar a respetar, cuidar el verbo, eje vinculante. Dar alegría y abrazos y poner las menos normas posibles. Nacer, dar vida, amar sin más, dar paz, pasar lo mejor posible los días malos y disfrutar los buenos. Sentirse querida y respetada. Desde el nacimiento hasta la muerte. La madre desea que no te haga daño el mal que circunda, seas quien seas, que nadie te hiera, que acabes cada día ilesa, ileso. Es difícil cuidar, ayudar, alimentar el alma. Ser madre, ser mujer, ser tú con tu vida, llena, sin miedo. Proteger, seguramente. Ver en las otras madres aliadas sinceras. Porque no hay exclusividad. Ser madre es más que una frase. Es activismo. Del silencioso, del que no pide nada a cambio, del que no destruye, ni desilusiona. No necesita ser perfecto ni, menos, parecerlo. Si algo merece ser celebrado, si algo necesita aclaración y reconocimiento es el amor limpio y verdadero. Así que sí. Un día o los que haga falta.
domingo, 2 de marzo de 2025
Espero que estés bien
Hace poco supe que la lluvia de las películas es leche. Imagino litros y litros de leche sobre un Gene Kelly intolerante a la lactosa. Una caricia por los cabellos pringosos de la amada en una romántica despedida: el héroe (o lo que sea) de pie en un andén. Ella, repentinamente seca, lo observa desde la ventanilla que, en ese entonces, se podía bajar si tenías fuerzas para ello. Las lágrimas de él se mezclan con las gotas de una tormenta que arrecia como metáfora de alguna mierda de esas de diferencias de clase: no tengo un duro y tú mereces algo mejor o nuestros países se han declarado la guerra o ya le di el sí a mi primo antes de estas vacaciones. Él llora bajo la lluvia y se relame como un gato. Alguien grita: ¡corten!
Papá de mi alma. Llegué a esta el 27 del corriente. Estoy bien, aunque el viaje fue accidentado. Los caballos no tenían fuerzas y tuvimos que hacer una porción del camino a pie en plena Sierra. Cerca de Puerto Lápice, volcamos. Cuando, por fin, los postillones y escoltas lograron recolocar el coche en el camino de forma que las ruedas volviesen a estar abajo y nosotros dentro del carro, nos sorprendió una tormenta breve pero espesa que los mozos aprovecharon para merendar sentados en unas resbalosas rocas que, por lo visto, señalaban las millas que nos separaban del "kilómetro cero del mundo", según contó uno de los pasajeros que volvía precisamente del futuro. Lanzamos unas onzas de chocolate a modo de agujetas para que los muchachos repusieran fuerzas y hubo un ligerísimo alborozo que, obviamente, mi tía y yo afeamos con un gesto para evitar confianzas poco apropiadas.
Solo espero que esté usted sin novedad, padre mío, porque ya se sabe que cualquier novedad es de temer, y más con los tiempos que corren, cómo están los caminos, la plaga de cólera y la guerra, claro, también la guerra con... ¿los franceses?
Da mis finas expresiones a primos, hermanos, tu cuarta mujer y mis sobrinitos, y manda a tu obediente hija,
Galatea [rúbrica].
Amada e ignorante hija de mi corazón, Galatea. Siento que tuvieras un viaje tan poco afortunado. Es cierto que ese año llovía así: súbitamente, tormentas de pocos minutos y blancas como la nieve y cálidas como el Terral. Fue aquel un año extraño. Por aquí seguimos, a Dios gracias, sin novedad. Te escribe, a mi dictado, Rosa, con la que me casé tras la tristísima muerte de Carmencita a la que pude, a Dios gracias también, dar tus expresiones a tiempo. Pensándolo bien sí que ha habido alguna novedad. Te manda expresiones tu hermana Pilarica, la única que nos queda por colocar (mejorando lo presente). Sigue, claro, en casa. Si puedes y conoces algún joven de estatus y dignidad en aquella, da razón a Rosa. No dilates este encargo, hija mía Galatea, que ya sabes bien, tú mejor que nadie, que el tiempo corre en contra de las jóvenes y sus pacientes familias.
Siento mucho que falleciera tu tía. Las Clarisas de aquí rezan cada día por su alma y todos en la casa tuvimos una gran pena. Dios la tenga en su gloria y a ti te dé fuerzas para gestionar el patrimonio que tuvo a bien legarte.
Se nos llena la vida de muertos.
Tu padre.
martes, 24 de diciembre de 2024
El cielo parece de nieve
Se acaba el año y alguien se va a electrocutar. Yo misma salgo de casa a medianoche con gafas de sol y protección 50. Te lo cuento para que veas que en todos lados es un poco lo mismo y así me adelanto a los previsibles improperios sobre el absurdo del primermundismo y lo falso que te resulta esto, aquello y lo otro. ¿Cómo está el cielo allí? Aquí se ha marchitado el sol. Hay como una continua masa rosácea, bajando, que amenaza con aplastarnos a todos. Por las noches es como el techo de un crematorio abandonado, bajo, gris, con manchas como desconchones. También depende de la hora y desde dónde lo mire. Me da algo de pena cuando, como el sábado, me senté en la mecedora del dormitorio de arriba, ese que da al poniente y es insoportable en verano, y el cielo parecía un volcán en erupción puesto del revés. No te mentiré: era hermoso, como si encima de todo una luz azulada rematase el desastre. Te hubiese gustado. En ese modo en que a ti te gustan las cosas, con cierto asco, con una mueca indescifrable, como si en el deleite hubiese un plagio que te avergüenza. Seguro que es así. Y seguro que no vienes hasta dentro de mucho. Me conformo con que no tardes en responderme contándome cómo se ve el cielo allá, diciendo que no gastarás el sueldo de un mes en venirte aquí y así retrasar tu vuelta definitiva y que se te están congelando los huevos en ese sitio de mierda cruzándote con tus futuros vecinos, esos que invaden tu campo. Ten paciencia con ellos: a tu vuelta tú también serás un extraño. Odiarás ver que los de aquí son idénticos a los de allí y que todo lo que ahorraste lo gastas en un día para cubrir inútiles necesidades carísimas.
Abrígate cuando vayas a leer al cementerio: no quiero que mueras de una enfermedad decimonónica en ese país absurdo con la burocracia que sería regresar tu cadáver.
Te diría que te quiero, pero paso de que te burles.
domingo, 15 de diciembre de 2024
Me sabe tan mal
Curiosamente, un gesto de madurez es fingir que las cosas que han pasado, no han pasado. O quitarles importancia, cuanta más tienen. O hacer como que lo que molesta, no te molesta tanto. Porque los adultos deben moderar su emoción. Algo que se dice como si nada, todo el tiempo: madura. Como si mostrar tu frustración, derramar lágrimas, sentir dolor o divertirse "demasiado" estuviese vetado para según qué edades. Habla como una mujer. Una señora. Aparenta por lo menos.
Una cosa digamos triste, aunque no estoy segura de que ese sea el adjetivo adecuado, es llegar a un momento en tu vida, cumplir ya unos años, mirarte en el espejo de otro y darte cuenta de que te has convertido en una gilipollas. Una bocazas. Una impertinente. Una pesada. Alguien que ahuyenta a quienes sí actúan como adultos. Presentables, planchados, tranquilos, seguros, educados, contenidos, puntuales, te saludan y ponen una excusa para parar lo justo cuando se te cruzan.
No sé si importa, si importan. Si tanto pierdo cuando se me compara con una que sí que es una mujer de verdad. Aunque la mitad del tiempo esté fingiendo, esa mujer de verdad, digo. O no. O es así. No tengo ni idea. Es otro misterio. Uno de esos misterios que no alcanzaré a comprender (de ahí que sea un misterio). Como ver la diferencia, como estar concentrada, como acertar una sola vez al menos para saber qué se siente. Como llorar y enfadarme, quejarme y gritar, como preguntar y preguntar para que me respondan hasta que no quede nadie a quien preguntar.
Así que era eso. Cuando de joven pensaba que había gilipollas, ni se me ocurrió pensar que yo sería una de ellos. Alguien tenía que ser, claro. Tampoco era muy lista entonces.