Hoy pasé por La Araña. Allí viviste tú. Allí. Más bien que mal pasamos lo que había que pasar. Porque el verbo es pasar.
Tras eso, que es cotidiano y normal, pasé por El Palo, que es igual de cotidiano y normal. Pasé pensando cuántos copos se tiraron y lo pescador que es el barrio y que Isa vivía allí y aquella lluvia de estrellas. Y aquel olor a fritura y aquel no encontrar aparcamiento y aquel no echarte de menos. Porque antes, antes, yo no echababa de menos. Y al rato, estaba en otro sitio, que no es La Araña ni es El Palo. Ni es mi barrio, ni el de nadie. Y no sabía dónde estaba.
Y, más tarde, estoy en mi casa. Y ya no sé. Está el mar de siempre. El olor de siempre. Me pongo a regar, como casi siempre. Y no sé. No sé dónde estás. Y donde estabas era mi casa. Y ahora... no sé. Porque no sé dónde estás.
Si fuese posible, te preguntaría. O a ella. O haríamos juntos algo estúpido como hablar. Sacar unas cervezas y charlar. Igual con unas aceitunas. Igual preparando la cena y ensayar nuevas recetas que nos preparen para mañana viajar.
Sigue tu familia y la mía, que son la misma, buscándome respuestas. Y yo te veo por estas playas, te veo descalzo y moreno. Te veo, pero no estás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario