domingo, 16 de junio de 2013

Juan Rulfo (II)

Rulfo mató al hermano equivocado. 
Era difícil diferenciarlos. 
Llegaron en primavera. 
Montando un gran escándalo.
Arreglaron el piso de arriba 
a martillazos 
a base de gritos 
dolidos y desbocados.
Ambos tenían el mismo rostro 
desencajado.
Ojos salidos y huecos 
donde otros tienen pómulos marcados.
Uno tenía un pájaro extraño,
graznaba de la mañana a la noche
con un canto desvaído y desacompasado.
Gritos roncos de colores verdes y pardos.
El día amaneció cansado
de la noche de golpes lamentados.
Ya habrían colgado estantes y cuadros
de perros jugando al golf y gaviotas
torpes
se estaban ahogando.
El hermano soltó al pájaro.
Uno de ellos salió en su busca, 
llorando.

Sirenas- André Masson





lunes, 10 de junio de 2013

Juan Rulfo (I)

Yo tuve un perro al que llamé Juan Rulfo. Algunos compañeros de carrera se molestaron conmigo. Yo les decía que me encantaba el nombre, que le habría puesto ese nombre a mi espada, si medieval, a mi banda, si roquero, a mi hijo, si normal. Mas, aun así, se enfadaban; por eso, acortamos el nombre a Rulfo.
Rulfo fue un cachorro adorable y monísimo, pero probó la sangre y se volvió un asesino. Un buen día, cuando apesadumbrados nos dirigíamos a sacrificarlo tras el primer incidente violento, se nos escapó. Nosotros no pudimos hacer nada: nosotros habíamos hecho todo lo posible y ahora ya no era asunto nuestro. Dimos parte a la Guardia civil y nos retiramos a la casa sin dejar que la noche avanzase: la noche calurosa que sería recordada como la noche de los Seis Pies.
Los pies fueron apareciendo a lo largo de la polvorienta calzada que iba al Páramo negro y los recubría tal cantidad de restos que costó identificarlos como pies. No se echó de menos a nadie del pueblo ni se denunció desaparición alguna por los alrededores. En principio, se pensó en vagabundos y, después, en las prostitutas que, a veces, de paso a algún lugar más principal, recorrían el Arenal, casi siempre caminando. Rastrearon y nada más se halló: ni más partes de cuerpos ni pista alguna que condujera a una explicación. Hubo que esperar a las pruebas forenses para saber que eran los pies de cinco mujeres, pues solo un par de ellos eran de la misma mujer. Los detectives dijeron que eran personas de la misma familia en grado de consanguinidad uno. O sea, hermanas o madre e hijas. Aquello espantó a todos. Nada más dijo la policía y el misterio se instaló en el lugar y alimentó un miedo mudo.
Pasó el verano sin haber para nosotros una explicación de lo que hubiera ocurrido o de quiénes eran las mujeres muertas. Cinco miembros de una familia desaparecieron sin dejar más rastro que seis pies destrozados. Eso era todo. 
Nadie nos culpó directamente, pero había un silencio agobiante en el aire, en las miradas, en las paredes heladas a pesar del calor. Decidimos no hablar, dejar que pasara lo que tuviera que pasar, ajenos, ausentes, sabiendo que Rulfo nos amaba y que problemas más inmediatos y acuciantes dejarían en cierto olvido el episodio. Y así fue. Los días transcurrieron, la gente se preocupaba de sus asuntos y los niños armaban jaleo de las casas al hirviente descampado y vuelta a empezar.
Entonces, como si hubiera estado esperando aquella señal, apenas caída la primera hoja del álamo guzmán, reapareció Rulfo acompañando a un hombre de extraña vestimenta con el aspecto cansado de venir de muy lejos, ambos lentos y cubiertos de polvo negro. El forastero pasó por nuestra calle siguiendo al perro que se acercó a nuestra puerta y, según su costumbre, arañó suavemente para que saliésemos, moviendo su largo rabo y saludando amable como solo puede ser un perro. No nos resistimos a festejar, aunque tímidamente, la presencia de aquel ser querido, desentendidos de las miradas que atravesaban la calle y las manos que buscaban los teléfonos. Sin embargo, sin darnos más tiempo del necesario para comprobar que era él y que era real, siguió su camino junto al extraño y tomaron la calle de nuevo, enfilando, con todos nosotros y algunos otros detrás, hacia el cuartel de la Guardia civil, adonde entraron sin mirar atrás.
El parte que entregó el auxiliar al teniente y el teniente al juez y el juez compartió con los detectives venía a decir que Rulfo había atravesado medio país llevando una prenda reconocible por Abelardo García, cuya mujer e hijas habían salido de su casa con lo puesto en mitad de la noche unas semanas antes. Según su propio testimonio, el señor Abelardo García había tardado algún tiempo en comprender qué debía hacer y, por fin, había seguido al perro por campos y ciudades hasta llegar allí. Y allí estaba, esperando alguna respuesta, preguntándose si estaría loco por haber seguido a un perro bajo un sol inclemente y con agujeros en los zapatos y un presentimiento en la boca del estómago tan evidentes e incuestionables que el funcionario no pudo por más que explicarle lo acaecido hacía ya dos meses en nuestra pequeña localidad arrinconada entre el desierto y la nada.




domingo, 9 de junio de 2013

Kveikur

No podía recordar desde cuándo, cada domingo a las 8:30 de la mañana J.J. subía a su blog un capítulo de su novela. La historia se iba llenando de los deseos cumplidos de los pocos lectores; se iba escribiendo sola, usando a J.J. casi como un medium que, tras su ritual matutino de desayuno y baño, se sentara ante el ordenador y vaciara su cabeza, mientras sus manos golpeteaban las mullidas teclas, igual que las Ciudades Quemadas habían depositado su última esperanza en Finn. 
Solo faltaban un par de semanas: el capítulo final estaría listo antes del día más largo. Sin embargo, el sábado aún no se había escrito una palabra de esa última entrega. Una fiebre de origen desconocido había noqueado a J.J. justo después de que, el último domingo, Finn cayese en un letargo febril tras recibir la punzada del aguijón de un ser gigantesco. Fue un momento determinante en la historia: Finn era humano. Desde entonces, J.J. había tenido horribles pesadillas en las que monstruos salidos de sus libros lo perseguían hacia un abismo de fuego rojo. 
La fiebre remitió y, cuando, debilitado y aturdido, J.J. comprobó la fecha, cayó en un estado de bloqueo, incapaz de escribir un final para su libro. Finn se hallaba acorralado, enfermo y solo, la espalda contra la roca en una húmeda y oscura cueva de paredes cartilaginosas, rodeado de enemigos. Y J.J. se sentía exactamente como él. A las seis de la mañana, Finn había perdido un brazo y rogaba para que llegase, Deus ex machina, algún tipo de ayuda, pero lo único que veía era un parpadeo igual que el del cursor que desde la pantalla amenazaba a J.J. como el hipnótico tictac del reloj: una cuenta atrás. A las ocho, J.J. no había dado forma a un final heroico y con sentido. La angustia que sentía era indescriptible. Se tomó la temperatura: le había subido bruscamente la fiebre. Al cabo de un momento, se desmayó. 
El tiempo pasaba ajeno a todo lo que no fuese el juego del movimiento relativo e intangible, y Finn estaba solo, suspendido en la nada, existiendo de un modo onírico en la mente difusa de los lectores de J.J. y reclamaba no quedarse ahí, no permanecer así ni un minuto más. Probablemente rezó y seguramente gritó y a las 8:25 el cursor se movió. Alguien escribió: «Alzó la enorme pata hasta más arriba de la cabeza de Finn, que arrodillado y sangrando por la boca apretó con fuerza los dientes y cerró los ojos, con un miedo paralizador y auténtico en el que reconoció ese tan deseado ser humano...», pulsó enter y posó una mano húmeda y caliente sobre el rostro de J.J.

lunes, 20 de mayo de 2013

Mi propio personal infierno


No hace falta estar muerto para ir al Infierno. A veces, basta con abrir los ojos por la mañana y atravesar la membrana que te separa de los ríos de lava. Muchos ya habitan en un sitio que excede lo aterrador y cada día y cada noche se enfrentan solos a monstruos en tierras de horror. Algunos ni siquiera están seguros de tener tierra bajo sus pies y, confusos, ignoran lo que pisan, si agua, vapor o barro, sabiendo que las arenas movedizas son transporte a otro nivel de Lo Mismo, un lugar hecho a la medida de miedos aún desconocidos.
Siempre que alguien cree que el infierno que habita es único y suyo, este muta hacia un lugar más terrible, frío y solo, más espeso, oscuro y turbio, con más dolor y más crueldad, hediondo e insoportable desde dentro. Esos que habitan el Infierno en sus corruptas moradas, en las ciudades quemadas, en sus cabezas perturbadas, en sus cuerpos mil veces destrozados, en los países malditos donde moran como seres eternos los que debieran estar muertos, saben que en su propio y personal infierno solo pueden estar en secreto, pues el infierno verdadero es intolerable y ajeno y nuevo y se va descubriendo... Y así como allí no se puede estar muerto, uno no se puede acostumbrar a estar en el Infierno, ya que entonces sería soportable: sería desagradable y molesto y doloroso y estos son adjetivos de la moderación, de la que nada sabe el verdadero infierno. Entonces, si tienes un lugar al que llamas tu propio y personal infierno, entérate bien que no estás ni de lejos en el lugar que te aguarda y que tarde o temprano se abrirá paso entre la espesura de la niebla que en todas las esquinas de las vidas miserables espera, el lugar del que saldrá algo indescriptible que convierte las palabras en velos negros invisibles y que se instalará para crecer y crecer y ocupar todo el espacio incluyendo tu cuerpo y el aire que necesitarías para respirar y, una vez dentro y por doquier, explotará.

domingo, 19 de mayo de 2013

La escoba del sistema


La literatura debe mover montañas, crear montañas y moldearlas hasta formar algo que podría ser un mundo nuevo, que podría no serlo, que podría parecerlo o no parecerlo, pero que sin duda es. Si planos de ficción se mezclan, enredándose entre ellos, tensando las cuerdas, imbricándose los unos en los otros como planos tridimensionales que encajan como mamushkas, mientras algo como una música suena y desvela un secreto íntimo e inverosímil e inexactamente expresado por las notas que van calando los párpados, y aparece entre las sombras un contador de cuentos, se abre el telón y una historia comienza. Una línea se percibe cada vez más nítida en la estructura entretejida de miles de líneas. Una destaca, como si la corriente eléctrica fallara, como si la electricidad y el calor se concentrara por alguna razón en ella. Por alguna razón. Todo parte de una anomalía. Todo comienza por alguna razón desconocida, olvidada, escurridiza. Así de inespecífica y absurda es la vida. Ahora él está en el final de una historia de AMOR, la quiere acabar, la quiere dejar, la quiere cerrar... ¿Cómo deshacerse de Lenore? El amor de su vida, la mujer perfecta... ¿Cómo deshacerse de ella? Si ella se resiste a dejarse, si ella rehúsa ser un personaje, no se deja manipular... si le obsesiona ser un personaje hasta el punto de oponerse a todo. Y además él la hizo tan perfecta, tan deseable, tan inaccesible... 
Así nace Lang, así su pasado en común, así un mundo tras otro todos compartidos y relacionados: Jay el psiquiatra y la conspiración de la bisabuela Beadsman, la retorcida relación de los ancianos desaparecidos y el negocio familiar y, de nuevo, el psiquiatra y una vez más la voluntad de acabar con la relación de R.V. y Lenore. Así aparece Mindy y se desvela el pasado humbertiano de R.V. que ahora es impotente, inseguro, y recuerda a todos a un escarabajo pelotero, en contraste con Lang y sus ojos verdes y su ocasión de volver a empezar y elegir un nuevo camino, otro camino en lugar de la vía Metalman (quién no querría, qué hombre no ha deseado volver a un punto concreto de su vida y tomar una decisión distinta, probar una ruta alternativa pues aquella por la que optó le trajo a un presente siempre y en todo caso desdichado, un presente tan absorbente y deprimente que le niega cualquier posibilidad de un futuro). 
Y de fondo, un GOD (Grand Ohio Desert) que es el germen de la Concavidad (véase La broma infinita) que es la montaña creada por voluntad de un hombre, solo posible (¿o no?) si cedemos a la coyotización. Un GOD que simboliza la posibilidad del hombre de alterar el medio natural: expropiando, maquinando, creando el juego de las políticas fantasmales. Un desierto que ha de devolver el espíritu de Ohio a los aletargados y acomodados paisanos, ajenos ya a un pasado glorioso y heroico. Un GOD cuyo destino es, cómo no, ser algo turístico, comercial y blando, un centro lúdico atestado de turistas, excursionistas y autobuses, ridiculizado por la masa extremadamente rutinaria, mansa y complaciente. Absolutamente patético y, desde luego, lo contrario de siniestro. El sentido del humor de DFW.

Y Vlad el Empalador y la bisabuela y toda la teoría wittgenstiana como una metáfora útil sobre la teoría literaria y la circularidad del proceso y el eterno retorno como posibilidad de fondo, el proceso creativo y la autoconciencia de estar haciendo y ser ficción.... Y de nuevo Vlad hablando y repitiendo y hablando,...
Al fin, con el GOD como escenario la historia de AMOR se deja terminar. R.V. consigue acabar a Lenore, acabar a Lenore y a Lang juntos. En un último exceso, de regreso al edificio inverosímil donde la historia se había estancado, todo ocurre. Entre las sombras del edificio Erieview: una sombra densa, anómala, simbólica, extraña y omnipresente, una sombra que cada día barre toda la realidad del edificio Bombardini, a través de la que observa R.V., aparecido de la nada, ahí despidiéndose, observando, mientras todos los personajes insustanciales y una Lenore ya totalmente difusa, y un imposible cúmulo de situaciones absurdas van acabándose las unas a las otras, hasta sencillamente no estar. Ya no hay relato, ya no hay sistema que supere a los individuos. Todo se ha evaporado. Todo menos R.V. y una preciosa Mindy que parece más dispuesta a cooperar como personaje, una Mindy cuyas piernas brillan en la oscuridad, una Mindy que provoca el deseo y anuncia una recuperación de la hombría de R.V., una Mindy a la que R.V. promete "contarlo" pues es un hombre de... ¿palabra(s)? 


sábado, 11 de mayo de 2013

Sion Sono: Cold Fish


Se lo pone difícil la imaginación de los límites al triste mundo de la ONAN[i] y sus países satélite y culturalmente afines. Por aquí, hace tiempo que todos lo hacen todo con una conciencia absoluta de estar en la plaza pública donde cada quien que asoma juzga al vecino de manera implacable, y como si de ese juicio dependiese la continuidad de la especie. Esa es la principal causa de que vivamos una gran mentira y de que para soportar mirarnos al espejo tengamos una violenta necesidad de algún tipo de droga que puede ser trabajo, sexo, chocolate o solo un poco de ginebra barata. Adictos a razones, al orden, al desorden, a una sensación de control, a una sensación de libertad, a una sensación placentera, a una máquina tragaperras, a una o varias putas bien formadas.
En este mundo habitado por vegetales que se esconden de la luz, solo unos pocos logran hacer algo que da igual y al mismo tiempo se salva. Algunos que no piensan que estar en un mundo-espectáculo es una presión añadida a la mera falta de ganas, a la barriga llena, a la acumulación y el despilfarro; y se resisten a hacer cosas solo porque te las van a pagar y entonces idearlas de manera que gusten a la masa, que normalmente es de un previsible que da náuseas.
La historia de Cold fish venía hecha. Estaba dada por cómo son las cosas pues esta historia ya ha pasado. Contarla sin piedad era más difícil. Y Sion Sonno ya abundó (Guilty of love) en la sutil necesidad de algunas mujeres de ser libres a través de la sexualidad, de estar confusas entre el fingimiento y la sumisión y el loco deseo de romper todos los papeles que se le han asignado. Y es posible que sea un asunto cultural de determinadas coordenadas pero la contención y la decencia, la fórmula del ser bueno y actuar según los cánones de lo que una conciencia colectiva aprueba está tan viva aquí como en cualquier lugar. Y esas ellas pueden ser el detonante de toda la violencia con la que un desdichado como Syamoto salpica y mancha de sangre la pantalla.
Así, del choque entre un hombre naturalmente bondadoso, presuntamente leal y cuerdamente débil y un hombre que ha traspasado todos los límites en pos de la satisfacción de sus deseos más animales nace el verdadero mal. Si el viudo que briega con la hija adolescente, mimada y descerebrada; si el viudo que confía en el amor de la joven sucesora de su esposa muerta y vive como todo el mundo y es tan normal que su vida no tiene mácula ni tan siquiera cuando sueña; si este viudo, digo, duerme y tiene pesadillas, sus pesadillas nunca serán tan terribles como su propia estela al traspasar el espejo donde asiste a la ruptura con la creencia de dónde empiezan y acaban sus propios límites.
Los hombres somos un saco medio vacío que se va llenando de arroz, declaraciones de la renta y películas, de noches de teleseries y paseos por el parque con hijos en carrito. Un saco que en el fondo alberga algo que el propio hombre desconoce, un poso de deseos incontrolados, de orgullo y de arrogancia que, dependiendo de quién, está más o menos contenida. Y si ese poso se adereza con la visión inesperada de una realidad infernal que puede ser una masacre, un atropello o los capítulos inenarrables de una guerra, si ese poso es removido con la cuchara de la crueldad o con un enorme palo de metal y reflejos de sangre y corrupción y trozos de la propia miseria, ese poso se eleva, sale del saco, lo llena, lo colma y resbala en forma de espuma de cerveza, ese poso lo es todo, es un veneno alado, es el hombre que golpea e incendia y la mujer que se prostituye, corrompe y muere o mata, y es la madre o la hija de los desesperados suicidas que, ante el espectáculo grotesco, se sacuden el polvo y siguen como si nada.






[i] Véase La broma infinita (David Foster Wallace).

viernes, 10 de mayo de 2013

El cartero siempre llama dos veces


El cartero llamó dos veces; la señora le abrió con la bata de flores de la talla 46 semidesabrochada.

Tengo que decirlo, se expresó pomposamente el pulcro funcionario, con acento cordobés fino. —Sé que resultará antipático, antipopular y habrá quien lo sienta una pedantería, una insolencia o una obviedad.

La señora se echó en el marco de la puerta que sufrió su peso con un crujido, sacó del bolsillo de la bata un paquete de Marlboro light y encendió un cigarrillo, soplando profusamente una bocanada de humo que pareció interminable.

Enormes pulmones, dijo gentil el cartero.

Gracias, pero prosiga; no alarguemos esto más de lo necesario.

Y el cartero siguió:
»No hace tanto, unos cuantos meses, el pueblo soberano se pronunció. Todos más o menos aseados fuimos a los colegios electorales, tomamos unas papeletas, las metimos en unos sobres y las hicimos penetrar con la dignidad y el protocolo que el evento requería en unas urnas de cristal. Muchos, y lo sé bien, votaron por correo. Y así se gestó un gesto de aplauso popular y cuasi unánime que dio como resultado una mayoría absoluta a uno de los grupos políticos que a esas elecciones se presentaron. En términos del Servicio de Correspondencia Anarquista Español: dimos carta blanca a unos tipos con unas ideologías y unas maneras reconocidas y conocidas, con un plan discretamente confuso, explicado con verbo obtuso y contundente, y, a lo que parece, convincente.

»Y así se escribe la historia... Apenas pasan dos años y la gente anda loca de apretarse el cinturón, protestando, con los sueldos mermados y los nervios a flor de piel, las televisiones aconsejan rezar y nuestros atractivos gobernantes se ven deslumbrantes en sus perfumes, sus bótox, sus pedicuras, sus cargos de asesores y su discreta adicción a los sobres. Turbado compruebo cada día que nadie reconoce que les votara, ergo esto no ha pasado ni está pasando: estamos todos bajo los efectos de unas emisiones tóxicas de aquellas fugas radiactivas de hace nada y que tan lejos en el imaginario popular quedaran.

»Y yo, como cartero funcionario acreditado con más de veinte años de servicio a mis espaldas, ante usted, oronda y prometedora señora, a la que he traído lo que probablemente será una carta de desahucio certificada, pregunto: "¿Qué hacemos? ¿Follamos?".

Vintage Victory



domingo, 5 de mayo de 2013

La historia de los otros

         Yo, señor, no soy malo; no me siento responsable de los cadáveres que abandoné al borde del camino, las mujeres que tuve que dejar atrás, los hijos que no conocí, los amigos a los que olvidé... El camino se abría ante mí y el ansia de avanzar era más fuerte que mi natural deseo de pertenecer. Yo, como el agua, he sido parte de una corriente que se aleja incontenible en busca de algún mar. Navegué en pos de una vida, una que fuese mía, una que fuese real, señor. Ahora usted me pide cuentas. Es su deber, su misión siquier. Yo entiendo esa labor que usted encabeza. Aquellos que fueron “míos” son mi responsabilidad, según algún canon tan bueno como otro que hubiera sido admitido por una comunidad. Pero, señor, ¿qué me dice del criterio individual, del hombre que asume su deuda consigo, su soledad y su imperiosa necesidad de avanzar? ¿Qué me dice del albedrío de ellas y del albedrío de los que me avalaron conociendo mi naturaleza? ¿A qué viene, pues, señor, este ajuste de cuentas, cuando solo pretendo regresar para acabar mi periplo en la casa donde nací, donde la marea me ha traído de vuelta? ¿Es que acaso habría de pasar el resto de mis días en una celda, visitado por viudas y huérfanos desconocidos que, a modo de ofrenda, traerían un arsenal de documentos inextricables que yo habría de rubricar? Yo, señor, que jamás tuve firma, sello o señal, que no puedo ni quiero formar parte de la historia de los otros.



Golconda-Magritte


El seductor-Magritte

miércoles, 10 de abril de 2013

Selectividad 0.13 o cervantesimportauncarajo.com



En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Responda a todas y cada una de las siguientes cuestiones:

1.      Analice sintácticamente el anterior fragmento.
2.      Explique el sentido de las expresiones subrayadas.
3.      Resumen crítico de la obra a la que pertenece el texto, con alusiones al autor del mismo y a la época en que fue escrito.
INSTRUCCIONES: El alumno dispone de 1 hora y media para la realización del ejercicio- No hay opción B: no busquen ni pregunten a los profesores que vigilan el examen- Se debe responder a todas las cuestiones o el examen no será valorado.


10:30 a.m. 25 de junio, pasillos de la E.T.S.I de Informática y Telecomunicaciones, Campus de Teatinos, Málaga. Temperatura: 34º C a la sombra. 30 minutos de pausa antes del siguiente ejercicio. Profesores, alumnos, vocales y ponentes de las distintas asignaturas van y vienen a la cafetería, fuman, escupen, tuitean y retuitean las preguntas del examen; por Tuenti y Facebook se conoce que los exámenes de otras provincias no tenían la misma dificultad: insultos a la Delegación de Educación, la Universidad, el Ministerio... El ambiente está caldeado y no solo por la ola de calor...


-¡Qué putada!


-¡Qué mala leche!


-No es justo.


-Pero ¿esto lo pueden hacer?


-Pues no sé, tío, pero salimos a la calle a protestar pero ya 


-Tíos, que era el Quijote, joder. ¿Qué os pasa? Y no han pedido más que un comentario crítico...


-Tú eres gilipollas, Martín. 


-¿Y el análisis sintáctico? ¿Era o no una putada? ¡Que era obligatorio!


-Bueno, pero una subordinada de OD y una relativa adjetiva qué tienen de difícil, tíos, ¿en serio?


-Martín, vete a otro lado a chulearle a tu padre. EN SERIO.


-Joder, Martín, y ¿qué mierda es una adarga vieja y eso del astillero?


-...


Martín se va a comerse su bocadillo a la sombra del otro lado del patio entre los alumnos de otro instituto que igualmente pasaron de buscar en el diccionario la palabra adarga cuando hojearon las primeras páginas del Quijote. Dan las 11:00 y entran a hacer el ejercicio de Historia temiéndose lo peor, aunque en este caso al menos el examen tiene OPCIÓN B.





14:00 p.m. del mismo día, explanada de aparcamientos de la E.T.S.I de Informática y Telecomunicaciones, Campus de Teatinos, Málaga. 40ºC. Periodistas de TVE, alertados vía Twitter del disgusto populi, se acercan, micrófono en ristre, a los primeros alumnos que salen de las ¿modernas? y extrañas instalaciones universitarias, tras explicar a la audiencia nacional que “hoy tenemos aquí, en Málaga, uno de los días más calurosos desde hace décadas en toda la comunidad autónoma andaluza y queremos saber cómo les ha ido a nuestros jóvenes en la temida prueba de acceso a la Universidad”.


Los alumnos se amasan frente a los periodistas: todos quieren expresar su malestar e indignación por el examen de Comentario de Texto, Lengua Castellana y Literatura. Padres y algunos de los profesores que han ido a acompañar a sus alumnos asienten, compungidos, detrás de decenas de jóvenes que intentan comunicar al resto de España cómo han sufrido la más grande injusticia: es intolerable, son unos cabrones, han ido a por nosotros por la crisis (sic). Se sigue un jolgorio y una algarabía que imposibilita la comprensión; el sudado comunicador del micro pide un poco de orden a los chicos para que su protesta quede clara.


Uno de los muchachos se apresura a explicar más calmadamente que sus enojados compañeros consideran un agravio comparativo el examen de este año, pues en años anteriores daban una serie de opciones a los alumnos para aumentar las posibilidades de éxito en un momento tan grave y trascendental de su vida, —no solo de su vida académica, sino de su vida entera—, un momento del que depende su futuro inmediato y aun también el menos inmediato. 


Sus compañeros, boquiabiertos, aplauden emocionados. Qué labia tiene Martín. Los profesores de Martín, los padres de Martín y la no-novia de Martín enjugan sus lágrimas de orgullo y nerviosismo y le auguran entre dientes un carrerón como abogado o político o locutor de radio o vendedor de coches... Se va a forrar. Sí. Eso seguro.


Justo en ese instante, que podríamos definir como mágico, empiezan a saltar las alarmas: móviles que vibran, bipean, hipean y rapean hacen saber allí mismo que una especie de subdelegado del Gobierno en Málaga ha dicho algo de que se acabó la vaselina y que ya estaba bien de pasar la mano para tener buenas estadísticas y titulares en los periódicos y que ha habido mucha demagogia, y así en 140 caracteres, a lo que, en 15 segundos, le responden miembros de la Junta de Andalucía, portavoces de profesores y alumnos, el defensor de la comunidad universitaria, diputados de otras agrupaciones y de la propia, y hasta algunas personas normales, con tanta celeridad que allí, en la explanada, a 40ºC, todos se asoman a los móviles leyendo réplicas y contrarréplicas durante aproximadamente 15 minutos, hasta que inevitablemente pierden interés y se deshidratan y dejan al locutor y al cámara con sus cosas y caminan hacia los coches en pos de una caravana de media hora para salir del aparcamiento, tres cuartos de hora para llegar a la rotonda y veinticinco minutos para salir del “Atolladero-Teatinos”; a todos sonándoles las tripas, todos musitando “Nove lo que ha dicho el subdelegado ese, ¿no?”.



jueves, 4 de abril de 2013

En honor de Koprotkin



Yo antes era anarquista. Fue una fase de tantas en mi vida, pero pensaba entonces que era un estado de cosas en mí. Quemé el carnet de identidad, de todos modos caducado desde hacía 13 años; hasta las narices de ivas, iteuves, ibis, ierrepefes y otros abusos, dejé de pagar impuestos. Ya puestos, me casé varias veces con hombres de todas las edades a los que di todo mi amor. Fundé un Club de la lucha en Caleta de Vélez, donde la única que no luchaba era yo por motivos obvios que quedaron claros desde el primer día: "no somos una basura, no golpeamos a gente con gafas". Entre otras acciones antisistema, incendié oficinas de correos por la noche e hice llamadas obscenas en nombre y honor de Koprotkin a todos los ministerios que venían en la guía telefónica; corté la emisión de Tele5 algún tiempo y metí un virus informático en la página de unos falangistas que se presentaban a las elecciones, con sus gafas de sol y esa pinta de clones de Pinochet, tan campantes, oye. Pues les jodí la web, algo era algo. Me sentía bien después de cada uno de estos momentos de justicia y desahogo en nombre del individuo medio acorralado por la autoridad, explotado por los gobiernos, angustiado por las deudas, preso en su vida. Alienado sin saberlo.
Después me marché al campo a escribir poesía, como Whitman. Y la verdad es que en este momento, tras mi comunión con la naturaleza y la felicidad que me proporciona la vida en el campo, se podría decir que ya no soy anarquista. No lo necesito. Aquí no hay nadie. Nadie que te fastidie, nadie que te oprima, nadie que te cobre impuestos, nadie que te diga cómo, cuándo y dónde, nadie que te corte la luz cuando estás a punto de tener un orgasmo por internet, nadie que te ponga multas, que te cobre el agua o que te cambie la maldita hora a su antojo y voluntad.
O quizás sí... Sí que sigo siendo anarquista pero evolucioné. Ahora, como Thoreau, podría decirse que me he convertido en ecoanarquista. El anarquismo verde me va más, vivo en un egoísmo inofensivo, en un entorno natural, primitivo, onanista y autocomplaciente. Es cierto, y lo reconozco, echo de menos la revolución, mas, en cuanto siento estos impulsos libertarios extremos, voy que me las pelo a la charca en busca del sapo bufo al que lamo hasta que veo a Dios que llega a calmarme, a decirme que estoy en el buen camino y que me ama como a su hijo. Allí se queda conmigo horas y converso con él hasta el amanecer.