sábado, 2 de noviembre de 2013

Es una bonita tumba para la memoria

A la Facultad de Filosofía y Letras, muchas lunas antes y muchas lunas después


Dunas y polvo espeso de color rojizo, rubicunda polvareda, donde piedras diminutas esconden la vida del que entra, donde, quizás, un día pusiste un poema dentro de una botella. Dunas y polvo y cráteres que no cesan de mutar, mientras el resto del mundo se desgañita en millones de voces y oídos que sangran. Gritos y dunas y polvo y cráteres se tornan una sola cosa, marcas de cuerpos que se borran con la primera racha de viento.
Huele a polvo y a caída de la tarde. Se intuyen los parlamentos inútiles en millones de idiomas a lo lejos, mientras la temperatura trata de aterir a las bichas sin saber que su sangre es fría y su piel, dura y su sensibilidad al calor y al frío, nula.
Como las mismas rocas, que nunca son las mismas, y como las mismas dunas, el mismo polvo y los mismos cráteres, que jamás encontrarás si buscas. El mismo paraje conocido, donde te pierdes porque ya no es el mismo; la misma arena, dunas, cráteres, que no están ya en su sitio; las mismas bichas que han mudado su pelaje; el mismo calor desolador a mediodía y el mismo frío insoportable en la noche; todo está ahí de algún modo para que lo recompongas; todo, menos aquella botella, aquel poema y aquellas huellas.
Y solo tú. Y tú, sola. Y piensas: "Es una bonita tumba para la memoria".


lunes, 21 de octubre de 2013

en 10 minutos

Me voy. En 10 minutos me voy. A sacarme de encima las palabras y bautizarme de nuevo a lo lejos; a olvidarme de todo de lo que sé, de todo lo que he leído, visto y oído. A sumergirme en el rugido del agua, que brota y grita, hasta el alma entera y salir de allí renacida, nueva, virgen para el mundo que se me pega. Me voy, tardo ya 5 minutos en salir por esa puerta y atravesar corredores, portales y miradas desventuradas, un día perdidas en madrugadas lejanas y nunca regresadas. Me voy. A resistir la locura no lúcida y la mansedad civilizada; me voy rápida, disparada, disparatada a lavarme de esta nata y del calor y de la humareda y del olor a cerveza descompuesta y de la mentira del espejo y de los sucios trapos sucios y de la desgana fabricada a mis expensas.

sábado, 12 de octubre de 2013

WELCOME TO SABANA'S VILLE

      Hammer termina de limpiar la Sauer 38 y la coloca en la vitrina antes de salir de la cabaña, 1,90 m., vaqueros negros, camiseta de RaHoWa. Sube en su Mustang plateado del 68, un coche que sería perfecto si no fuera porque la perfección para Hammer  es el 69 (sobre todo si la fuente es Georgia), pero que, de todas maneras, levanta el camino hasta la carretera, dejando una espesa nube de polvo amarillento cuyo sino es caer sobre un asfixiado seto que parece esculpido en granito, como una lápida borrosa que se fundiera con el paisaje reseco. 
      Unos 50 metros y se alcanza el camino asfaltado, carretera secundaria y estrecha donde acelerar. Hammer sube la música buscando acallar los latidos de la bomba que lleva en el estómago. Desde niño, la velocidad le ayuda a calmarse. De hecho, se pasó la infancia corriendo y dando saltos y destrozando objetos de todo tipo a cámara rápida. Su mamá decía a todos, en una especie de alegato de defensa, que era porque ella había tomado montones de ansiolíticos durante el último trimestre del embarazo, pero no era verdad. 
      A Hammer le molesta que los recuerdos se cuelen en su cabeza sin invitación, como si alguien entrase en su casa sin llamar y se sentase a su lado y no parase de hablar. Y el trayecto no ayuda. El trayecto hasta el pueblo no es nada estimulante: una poco sinuosa plancha negra cuyas márgenes son un páramo partido por la mitad, un desierto salpicado de esqueléticos arbustos, donde una gasolinera y, poco después, el embustero cartel de WELCOME TO SABANA'S VILLE anuncian la llegada a un lugar habitado por unas 1500 personas. 
      Al pasar por delante del Drugstore, Hammer se asegura de que Sammy Junior sigue sentado en la banca de madera de la entrada. Está allí desde siempre y lo curioso es que no ha cambiado en absoluto, ni siquiera se ha convertido en Sam o en Sammy Senior. No: sigue estando ahí sentado mirando a ningún lado y siendo Sammy Jr., el negro flaco que se la pasa en la puerta del Drugstore; la única diferencia entre el Sammy Jr. de ahora y el de hace 40 años es una especie de capa de polvo de talco, una telaraña que se le ha puesto por encima y que le hace parecer gris de pies a cabeza. A Hammer le gusta imaginar que un día por fin sale la araña dueña de la tela que lo retiene allí y se lo zampa vivo justo en el momento en que él y su Mustang pasan. 
       Son las 12 y Hammer entra en el Bar, que acaba de abrir y está vacío excepto por Mou, al que todos llaman Gordo y del que no se sabe si es el propietario o solo un barman muy puteado que hace absolutamente de todo. Hammer se sienta en la barra y pide una cerveza de barril y un tequila. Lo toma rápido y pronto se encuentra mucho mejor. Mira el bar despacio. Es un sitio limpio y agradable, el sitio típico con lámparas de techo sobre cada mesa. Huele a beicon frito, whiskie y madera. 
      A las 4 y media parejas de jóvenes llenarán las mesas. También habrá grupos de amigos, familias (pocas) y gente de mediana edad, pero Hammer piensa en las parejas. Mira la mesa de enfrente de su lugar en la barra y visualiza a una pareja: la chica, una belleza delgada, piernas larguísimas, melena suave y rubia (aunque no demasiado: casi castaña) y cutis como la porcelana antes de golpearla, pero no tan blanca. Y la imagina levantándose después de zamparse una hamburguesa con queso regada con una cerveza y acompañada por patatas fritas con ketchup y seguida por una tarta strawberry cheese cake y un café aguado. Y la chica se marcha al baño y se arrodilla ante el retrete y se mete la mano en la boca hasta que no se le ve la muñeca y echa afuera toda la ingesta aún sin pagar. Entonces se dirige al espejo y se lava con cuidado las manos y saca del bolso unas toallitas odorfresh para erradicar el persistente olor del vómito y de nuevo saca del bolso un neceser con cepillo y pasta de dientes y elixir bucal 'tamaño viaje' y hace los honores al dios de los odontólogos y estomatólogos. Y, después, se echa colirio, se retoca el maquillaje, se repinta los ojos y los labios y sale del baño hecha una maravilla. El chico la ve al volver él también del baño, de mear de pie y sin haberse lavado las manos ni antes ni después, y la desea tanto que la besa sin saber que mete la lengua en el sitio por donde un montón de basura acaba de pasar y acaricia su rostro con las manos pringosas de ketchup y pis. 
   Hammer sonríe mientras pide la décima cerveza, esta vez con ginebra. Mou le sugiere algo de almorzar sin éxito: en ese momento a Hammer ya no le golpea el interior y piensa con claridad. Se levanta y se marcha del bar sin pagar. Conduce en piloto automático, haciendo eses hasta la cabaña y deja el Mustang arrancado y las puertas abiertas. 
   Están chillando lo que parecen miles de grillos y Hammer saca la H y mete el cañón en su boca pensando que está mucho más limpio que la lengua de la chica guapa del bar a la que algún gilipollas se estará tirando en un coche japonés recién comprado.




martes, 24 de septiembre de 2013

Acabo de darme cuenta

Igual que el papel pautado me ayuda a no escribir en espiral, el hueco dejado en el blíster me hace posible contar el tiempo. Y ya hace 5 días, los acabo de contar...

jueves, 22 de agosto de 2013

El don de la cena

Está aquí sin hacer nada, solo meciéndose levemente al compás del viento y observando el baile de las hojas de los enormes árboles que conforman el paisaje que tiene justo enfrente, árboles sin nombre, cada uno distinto del otro por pequeños detalles en los que se sume y por los que se aleja.
Se llama Amanda, mas no recuerda sus apellidos. Se sienta en un sillón de mimbre o en una mecedora de madera lacada, resguardada en la terraza de entrada de un imponente edificio de ladrillo rojizo que está como incrustado en medio de una serenidad de montañas. La palabra que le viene a la memoria es valle. Valle podría ser un apellido, una clave, una sugerencia de sí misma...
Qué hace durante todos esos días y todas esas horas, cuyo escenario cambia apenas, tal y como cambia su atuendo de rebecas de hilo fino o de lana gruesa y vestidos de colores suaves y toreritas. Qué hacen los otros, en otros lugares, con otras vestiduras, en otras circunstancias, sabiendo los nombres de los árboles y las estrellas. Las insignificantes palabras que ocultan el significado de las cosas...
El verano había transcurrido entre una huida de la confusión y el esfuerzo titánico del autor americano llamado Wallace y el asomarse a Oriente con Mo Yan... Mo Yan dejaba testimonio de forma natural y generosa de un tiempo que quedaba atrás calladamente, olvidado y desconocido, cruel como todos los tiempos... No es tan distinto el miedo, el equívoco, el rodeo que unos y otros dan en pos de contar lo que necesitan contar; pero qué distinto el resultado. Y que claro el uno y qué dolorido y confuso el otro, y así siempre unos hombres sobre otros, como escondidos allí mismo entre la sombra de los abetos.
Pero... ¿es esa ella? ¿Es Amanda quien lee y quien piensa, al borde del bosque, rodeada de yedra? Si Amanda a duras penas sale de la mecedora para recibir el don de la cena... Si Amanda no sabe cómo se desviste y no sale del verdor o el ardor de las yemas que surgen de la arboleda... Amanda no morirá preguntándose dónde estuvo ni dónde está, Amanda sencillamente se evaporará... Y cuando el ratón deje de roer el pensamiento, ¿quién sabrá que fue de la lectura ardua y escueta, olvidada y triste, de la muerte y la pena?
Recuerda a Pedro Páramo (porque la muerte siempre es la Muerte) y, después, a Faulkner; la historia de las desdichas de mundos concretos contada de forma genial; así, se aleja de relatos con atisbos de una imaginación frondosa, donde lo fantástico queda destrozado por una prosa cansina y deficiente... Pero ¿qué hay de Mishima? No es imposible traducir con belleza y cierta eficiencia un texto brillante de aquellas latitudes. Toma aliento cada vez con más trabajo; así como llegaba Carpentier, en una voz única y difícil, plena de detalles que resonaba en su cabeza, entonces tan densa, ahora tan llena de lagunas. Y sin venir a qué, anoche mismo, la versión de Menéndez Pelayo de Macbeth. Empieza el baile del viento y las hojas y los ojos de la noche la miran de soslayo en la hora en que lo que se evoca, se solidifica... 
La mujer sale dejando salir con ella un calor doméstico, olores mezclados y un murmullo ajeno al bosque y al lago. Carraspea para hacerse notar, no querría sobresaltarla.
-Amanda, la cena está servida... Hay una sopa de picadillo... para sus manos que están heladas. ¡Y Lubina al horno de segundo! No se quejará, mi amiga; sus manos están heladas... ¿Quién sabe qué trama usted aquí fuera tantas horas con la mirada perdida? Vamos, vamos, ¿es que nunca siente frío? Además, hoy de postre tengo un poco de Flannery O'Connor vívida y destilada... Vamos, Amanda, parpadee, ¡que el hambre no deja atrás ni a las arañas! Una no se puede pasar el día mirando las montañas. Hay que comer. ¡Picatostes, Amanda!  Regáleme una sonrisa, que es lo que merece tamaño banquete... Démonos prisa, que los demás están ya en la mesa y, como no nos andemos listas, se acaban también su plato, ¡que esos sí que tienen hambre!




miércoles, 17 de julio de 2013

There is a light that never goes out

Creo que era en un bar en el Trópico, pero no sé cuál trópico. Yo tomaba cervezas con Morrisey, que hablaba animadamente sin que yo, debido a mi oído cansado y al rumor de las olas y a la estridencia de la música, entendiese una palabra. Siguiendo mi intuición, asentía y sonreía y volvía a asentir, hasta que, por un gesto microscópico tras sus gafas de pasta, noté que no procedía asentir; lo noté, lo notó y cambió de interlocutor. Después me concentré unos segundos. Seguro que fueron pocos segundos en los que pensé en los motivos que podría tener para encerrarme en una concha con vocación de desaparecer. 
Zarpó el barco que llevaba a Madame Zazie a una isla cercana, mientras mirábamos en silencio, algunos ya medio borrachos. Como en una novela de misterios, todos excepto quizás una persona de las sentadas alrededor de aquella mesa desnivelada y maltrecha con rastros de mil visitas, codos, gotas, ecos de uñas impacientes que repiquetean, se dedicaban a portarse de una manera. Las posturas, las sonrisas, las palabras medidas. 
Recuerdo que hablamos de esas películas de los años cincuenta en las que un personaje secundario dice lo que piensa desmedidamente, mientras los demás cumplen con el ritual de ser los personajes que están predestinados a ser. Es siempre un personaje secundario ridículo y vencido por la vida; ningún héroe se presta a derrumbarse ante las cámaras, ninguna heroína se arriesga a despeinarse y mostrar imprudente y ligeramente su arrogancia y su impertinencia. Quién querría ser ese monstruo del que quedaría tan solo un comentario enterrado en algún prólogo de una edición de bolsillo. 
No hubo respuesta. Cada cual se guardó para sí la que fuera su conjetura al respecto y preferimos saltar de las sillas e ir a lanzar piedritas planas a la orilla de la mar llana, a contar cuántas veces rebotaban y ver cómo temblaban las aguas y cambiaba el reflejo de la luna por nuestra causa. Alguien admitió que éramos importantes, que alterar la tranquilidad del mar y la impresión de la luna por nuestra obra y voluntad era trascendental. 
A esa hora todos estábamos lo suficientemente borrachos como para avenirnos con el personaje secundario, las damas descalzas y despeinadas, los héroes desamparados, Morrisey a lo lejos aullando, casi todos flotando en un fondo azul donde los símbolos danzan burlones y desnudos sin intención de significar nada.


viernes, 5 de julio de 2013

Annie la violinista


El diablo no me quiere ni muerta ni en la cárcel; se ve que le complace mantenerme en este mundo, enferma y desesperada. Y su juego es observarme caer y levantarme, deleitándose en mi humillación, frotándose las rojas manos ante la perspectiva de futuros desastres.

Ahora la sombra llega justo a la punta de mis pies y la blancura se esparce; avanza y se esparce. Es esa época en que la calle arde. 

El sitio donde estoy no tiene nombre, que yo conozca. La próxima sombra está a unos metros, bajo el álamo grande. Tengo que correr para que el sol no me abrase. Mis mejillas y mis hombros se duelen del mero reflejo.

El hombre al que llamaba Lagos tuvo que trabajar durante el día. Y abandonarme es tan fácil como dar un paso, ponerse en la acera soleada y caminar hacia el Oeste.


*

Salimos de San Juan al atardecer. El calor no había aún dado una tregua al aire, que era pesado y espeso y tan amarillo que apenas parecía aire. Pensaba que una podía ahogarse en aquel aire, en mitad de la nada, oyendo las voces de los muertos, en un lugar miserable, en un páramo desierto.

Pero aquello no era Comala y nadie de nosotros se murió entonces.

La canícula de agosto se cebaba y al fondo la noche temblaba. Todo tiembla bajo el fuego, hasta el mismo fuego.

-Me marché porque no tenía habitación propia ni dinero.

-¿Qué demonio de motivo para irse es eso?

No me quedaré con ellos, pensé. Era yo entonces una juntacadáveres.

En el horizonte se iba agrandando una línea negra que nos alcanzó. No se podía saber su edad: estaba curtido por el sol, cubierto del polvo amarillo del campo. De su cara gotas de sudor bajaban por unos surcos que estaban allí como para eso. Surcos graves y tensos.

-Vamos al Sur, venimos del Cerro.

-Este camino solo lo usan contrabandistas y cabreros. En la noche, solo los primeros.

-A Ella no la puede ni tocar el sol.

El hombre largó sus ojos hacia Poniente, noté que eran verdes con ese brillo que solo tienen los hombres vivos. Bebió, sin ofrecer, de una petaca de piel gastada del color de la teca. Bebió varios tragos y siguió hasta querer ser de nuevo una mancha.

Sentí, al verle marchar, que habría de darme la vuelta e irle detrás. Me paré recordando, como si un rumbo o una compañía o un pálpito en el pecho de una pudiera desbaratar toda su vida. Como si, yéndole detrás, pudiera borrar hasta mi propio nombre y el suyo.






domingo, 16 de junio de 2013

Juan Rulfo (II)

Rulfo mató al hermano equivocado. 
Era difícil diferenciarlos. 
Llegaron en primavera. 
Montando un gran escándalo.
Arreglaron el piso de arriba 
a martillazos 
a base de gritos 
dolidos y desbocados.
Ambos tenían el mismo rostro 
desencajado.
Ojos salidos y huecos 
donde otros tienen pómulos marcados.
Uno tenía un pájaro extraño,
graznaba de la mañana a la noche
con un canto desvaído y desacompasado.
Gritos roncos de colores verdes y pardos.
El día amaneció cansado
de la noche de golpes lamentados.
Ya habrían colgado estantes y cuadros
de perros jugando al golf y gaviotas
torpes
se estaban ahogando.
El hermano soltó al pájaro.
Uno de ellos salió en su busca, 
llorando.

Sirenas- André Masson





lunes, 10 de junio de 2013

Juan Rulfo (I)

Yo tuve un perro al que llamé Juan Rulfo. Algunos compañeros de carrera se molestaron conmigo. Yo les decía que me encantaba el nombre, que le habría puesto ese nombre a mi espada, si medieval, a mi banda, si roquero, a mi hijo, si normal. Mas, aun así, se enfadaban; por eso, acortamos el nombre a Rulfo.
Rulfo fue un cachorro adorable y monísimo, pero probó la sangre y se volvió un asesino. Un buen día, cuando apesadumbrados nos dirigíamos a sacrificarlo tras el primer incidente violento, se nos escapó. Nosotros no pudimos hacer nada: nosotros habíamos hecho todo lo posible y ahora ya no era asunto nuestro. Dimos parte a la Guardia civil y nos retiramos a la casa sin dejar que la noche avanzase: la noche calurosa que sería recordada como la noche de los Seis Pies.
Los pies fueron apareciendo a lo largo de la polvorienta calzada que iba al Páramo negro y los recubría tal cantidad de restos que costó identificarlos como pies. No se echó de menos a nadie del pueblo ni se denunció desaparición alguna por los alrededores. En principio, se pensó en vagabundos y, después, en las prostitutas que, a veces, de paso a algún lugar más principal, recorrían el Arenal, casi siempre caminando. Rastrearon y nada más se halló: ni más partes de cuerpos ni pista alguna que condujera a una explicación. Hubo que esperar a las pruebas forenses para saber que eran los pies de cinco mujeres, pues solo un par de ellos eran de la misma mujer. Los detectives dijeron que eran personas de la misma familia en grado de consanguinidad uno. O sea, hermanas o madre e hijas. Aquello espantó a todos. Nada más dijo la policía y el misterio se instaló en el lugar y alimentó un miedo mudo.
Pasó el verano sin haber para nosotros una explicación de lo que hubiera ocurrido o de quiénes eran las mujeres muertas. Cinco miembros de una familia desaparecieron sin dejar más rastro que seis pies destrozados. Eso era todo. 
Nadie nos culpó directamente, pero había un silencio agobiante en el aire, en las miradas, en las paredes heladas a pesar del calor. Decidimos no hablar, dejar que pasara lo que tuviera que pasar, ajenos, ausentes, sabiendo que Rulfo nos amaba y que problemas más inmediatos y acuciantes dejarían en cierto olvido el episodio. Y así fue. Los días transcurrieron, la gente se preocupaba de sus asuntos y los niños armaban jaleo de las casas al hirviente descampado y vuelta a empezar.
Entonces, como si hubiera estado esperando aquella señal, apenas caída la primera hoja del álamo guzmán, reapareció Rulfo acompañando a un hombre de extraña vestimenta con el aspecto cansado de venir de muy lejos, ambos lentos y cubiertos de polvo negro. El forastero pasó por nuestra calle siguiendo al perro que se acercó a nuestra puerta y, según su costumbre, arañó suavemente para que saliésemos, moviendo su largo rabo y saludando amable como solo puede ser un perro. No nos resistimos a festejar, aunque tímidamente, la presencia de aquel ser querido, desentendidos de las miradas que atravesaban la calle y las manos que buscaban los teléfonos. Sin embargo, sin darnos más tiempo del necesario para comprobar que era él y que era real, siguió su camino junto al extraño y tomaron la calle de nuevo, enfilando, con todos nosotros y algunos otros detrás, hacia el cuartel de la Guardia civil, adonde entraron sin mirar atrás.
El parte que entregó el auxiliar al teniente y el teniente al juez y el juez compartió con los detectives venía a decir que Rulfo había atravesado medio país llevando una prenda reconocible por Abelardo García, cuya mujer e hijas habían salido de su casa con lo puesto en mitad de la noche unas semanas antes. Según su propio testimonio, el señor Abelardo García había tardado algún tiempo en comprender qué debía hacer y, por fin, había seguido al perro por campos y ciudades hasta llegar allí. Y allí estaba, esperando alguna respuesta, preguntándose si estaría loco por haber seguido a un perro bajo un sol inclemente y con agujeros en los zapatos y un presentimiento en la boca del estómago tan evidentes e incuestionables que el funcionario no pudo por más que explicarle lo acaecido hacía ya dos meses en nuestra pequeña localidad arrinconada entre el desierto y la nada.




domingo, 9 de junio de 2013

Kveikur

No podía recordar desde cuándo, cada domingo a las 8:30 de la mañana J.J. subía a su blog un capítulo de su novela. La historia se iba llenando de los deseos cumplidos de los pocos lectores; se iba escribiendo sola, usando a J.J. casi como un medium que, tras su ritual matutino de desayuno y baño, se sentara ante el ordenador y vaciara su cabeza, mientras sus manos golpeteaban las mullidas teclas, igual que las Ciudades Quemadas habían depositado su última esperanza en Finn. 
Solo faltaban un par de semanas: el capítulo final estaría listo antes del día más largo. Sin embargo, el sábado aún no se había escrito una palabra de esa última entrega. Una fiebre de origen desconocido había noqueado a J.J. justo después de que, el último domingo, Finn cayese en un letargo febril tras recibir la punzada del aguijón de un ser gigantesco. Fue un momento determinante en la historia: Finn era humano. Desde entonces, J.J. había tenido horribles pesadillas en las que monstruos salidos de sus libros lo perseguían hacia un abismo de fuego rojo. 
La fiebre remitió y, cuando, debilitado y aturdido, J.J. comprobó la fecha, cayó en un estado de bloqueo, incapaz de escribir un final para su libro. Finn se hallaba acorralado, enfermo y solo, la espalda contra la roca en una húmeda y oscura cueva de paredes cartilaginosas, rodeado de enemigos. Y J.J. se sentía exactamente como él. A las seis de la mañana, Finn había perdido un brazo y rogaba para que llegase, Deus ex machina, algún tipo de ayuda, pero lo único que veía era un parpadeo igual que el del cursor que desde la pantalla amenazaba a J.J. como el hipnótico tictac del reloj: una cuenta atrás. A las ocho, J.J. no había dado forma a un final heroico y con sentido. La angustia que sentía era indescriptible. Se tomó la temperatura: le había subido bruscamente la fiebre. Al cabo de un momento, se desmayó. 
El tiempo pasaba ajeno a todo lo que no fuese el juego del movimiento relativo e intangible, y Finn estaba solo, suspendido en la nada, existiendo de un modo onírico en la mente difusa de los lectores de J.J. y reclamaba no quedarse ahí, no permanecer así ni un minuto más. Probablemente rezó y seguramente gritó y a las 8:25 el cursor se movió. Alguien escribió: «Alzó la enorme pata hasta más arriba de la cabeza de Finn, que arrodillado y sangrando por la boca apretó con fuerza los dientes y cerró los ojos, con un miedo paralizador y auténtico en el que reconoció ese tan deseado ser humano...», pulsó enter y posó una mano húmeda y caliente sobre el rostro de J.J.