lunes, 22 de julio de 2024

Versos escitas

 Podría escribir los versos más tiernos esta tarde-noche. Pero no quiero. No quiero tiernos. No quiero versos. No quiero tarde. Esta tarde hora taurina, hora de siesta, ora pro nobis. Esta tarde poemas de amor y cristalmina. Antes de las 10, hora en que los vecinos apagan la Wi-Fi y salen a pasear. Y yo quedo mirando la pantalla página en blanco sin bolis ni mina en el.lápiz, sin papel higiénico que robar ni paredes blancas que grafitear. Antes, pues, de las 10. Versos hermosos con palabras de melancolía, esperanza, fe, deseo, perdón, calaveras y resaca. Subjetivamente hermosos, subjetivamente versos. Subjetivamente subjetivos. Funcionalmente,  míos.  Pragmáticamente tuyos. Pero es que, de verdad, no quiero. 

Podría escribir los versos más bellos esta tarde, a 40°. Hermosos y sonoros como el goteo del sudor de tu nariz que no es tan fea y asquerosa, como el resto de narices, llegada cierta edad. Tampoco es que sea la nariz perfecta, ni dan ganas de rozarla con la mía, mirarla, besarla, quizás, mientras duermes un día de invierno en que no tengas cascadas de sudor. Igual que la frente, igual que los labios, igual que la risa, sudada, igual que el conjunto que compone tu cara no tan odiosa ni anodina, ni tan intercambiable.  Versos que podrían ir resbalando, bajando lentos y tristes e inconformes por la piel morena y pequeña de esa cara tuya, que es de quien la mire, que es de quien la quiera. Sudor que huye y baja buscando en la camisa blanca los dichosos versos esos que quiero pero no puedo, puedo pero no quiero.

Podría sin versos ni palabras sentir ternura, hermosura, amor. Podría reunir invisibles frases y componer un estado de ánimo, un ardor, compasivo e inspirado. Pero no quiero.

Podría escribir versos verdes contaminantes pútridos,  donde los gusanos repten hasta tus ojos de los que no he dicho nada. Versos radioactivos. Versos lanzallamas, versos víricos para los que no haya vacunas. Versos asesinos. Versos sin rima que salgan del papel de la pantalla de la pared con forma de machete y destruyan todo y arrasen esta tórrida tarde-noche. Que no dejen nada para el enemigo. Tierra quemada. Versos escitas.

Eso es lo que quiero.

domingo, 14 de julio de 2024

Independentismo dominical

 Figuras de fronteras borrosas, representantes de lo confuso parlamentando de horrores lejanos han acabado conmigo. Cuestiones de perspectiva,  dicen al cabo. En lo inmediato, lo cercano, lo cotidiano y familiar hay brotes astigmáticos, miopía o presbicia en distintos grados. Nunca, ¿nunca?, los tres a la vez. Digan lo que digan, no hablamos el mismo idioma. Y quizás, un silencio incómodo sería la mayor comodidad. Por eso los auriculares y las ininteligibles abreviaturas, vacías por completo de sentido para ambas partes. Se me olvidó acabar con el tono y el signo de interrogación. Esa rotonda incompleta, como de haberse comido el presupuesto algún responsable de la subcontrata para Resolución y Dudas del Ministerio de Obras públicas, Lenguaje, Ahorro y Familia. Y hablando de fronteras, ya cerré mi puerta, y apagué el móvil, reventé la tele y enmudecí radios y familiares. Esto es un templo soberano de seguridad física y mental. Donde los misterios de la infinita masa de microscópicas heces verbales y visuales no penetrarán. Esta no es una frontera dudosa, discutible como la historia, como las noticias, como vuestras verdades-mentira. No. Hice acopio de papel higiénico, que no soy nueva. Esa puerta verde es el límite donde se queda todo el material tóxico, de posturas y revisiones. Donde te quedas tú y tus razones y tu lógica aplastante y tus puntos suspensivos, recogida de firmas, a favor o en contra, tus cuentas y estadísticas, tus consejos y órdenes y contraórdenes, tu odio esto y amo esto otro. Tu conmigo o contra mí. Yo también soy la que calla y no para de hablar y debería callarse y es maravillosa conversadora. Pero no me puedo dejar fuera. Moriría de sol, de pasodobles, de reguetón, de polémica, y de ti, que eres todos. 

miércoles, 3 de julio de 2024

Hablando gallego

El último gorrión 

Un húsar desperdiciado 

Tiempo perdido en absurdos afanes fronterizos

Para después comer huesos y secuestrar Europa

Una revolución: el videojuego

La última vez que llegas a fin de mes

Y un hilo conductor entre

      Episodios, capítulos, parágrafos

Las líneas de las manos

Y la cabeza parlante en la pantalla

Nos van contando 

Extinción,  historia repetida,  

desesperación y misiones suicidas.

Podcast.

Discursos vacíos que mueven masas.

Hambre y otra vez Europa.

Un nombre con sede en Atenas 

Todos tras el último ruiseñor

En Finisterre, la cumbre. 

Tratando de tenerlo todo listo

Las cortinas limpias y planchadas

Los cristales, impolutos

Las gaviotas,  amordazadas

Un sitio ventilado, con frío y eco

El farero será Willem Dafoe

Hablando gallego

viernes, 28 de junio de 2024

Diagnóstico en sol mayor

 A veces, te cambian de asiento. Otras, te llaman por un altavoz y te has quedado frita y no veas la que te montan porque mucha gente va a perder el enlace y bla, bla, bla. Así es la vida. Una bronca tras otra. Y pagando los recibos de la luz. Siempre hay alguien enfadado, molesto, ofendido por lo que sea que otros hayan hecho, o porque llueve en sus vacaciones, o porque han retrasado su rinoplastia, o porque desentierran muertos, o porque no desentierran muertos. 

Hay otras veces que te sientas donde te dicen que te sientes, te bebes lo que te dicen que bebas, hablas poco, comes lo que no te apetece, conversas sobre estupideces y te toca bailar con el más feo. Y, encima, no te vuelven a invitar. Que en un homenaje, la estúpida trepa mandona te pone al lado de la persona que más odias en la otra punta de la mesa, donde no hay risas. Veces que se estrella tu avión, con la de putos aviones que vuelan cada día. Veces y más veces, hasta que no haya veces. El tiempo pasa. Íbamos en carruaje y ahora vamos en Ryan Air. Y protestamos más. Normal. Se puede protestar. Faltaba ciencia y ahora falta conversación (también falta ciencia, vaya, qué cojones). 

Aquí, sopla el viento de Poniente y me lo pone todo perdido. Las gaviotas se vuelven locas, hay microseísmos, llueve sin llover, lloro sin llorar. Deberían prohibir todo, calzarnos las bocas, amarrarnos las sonrisas, poner aun más cartelitos, flechas en los suelos, límites, tasas, multas, linchamientos. Debería haber aun más miradas de reproche a los fumadores, más críticas a los que ríen alto, a los que van despeinados sin ir a la moda, a los que no van al compás marcado por el tiempo que les ha tocado. Fanatismo y enfermedades raras. Un mar de mentiras, esperando en infinitas colas de aeropuertos, los ojos fijos en las pantallas táctiles. 

martes, 25 de junio de 2024

La estrella

 Yo creo que merece un nombre. La Marioneta de cíclope, El ojo del lobo, algo pegadizo, algo popero, que suene a hit del verano, a grupo de los 80. Mierda que Maniobras orquestales en la oscuridad esté pillado. Y Bailando con lobos, igual.



La del Dragón no me gusta y os digo que no. No. No tenéis voz ni voto y sois pesados. Siempre veis un dragón.

Además, nadie, salvo quizás Goya, me diría quién es espectador obviamente humano que observa con ternura.

Hay que mirar bien. Tener un buen nombre. Apagar la luz. Llamar a muchos, a todos. Reclamar. Gritar en afonía. Preguntar al I Ching. Salir del bosque, alejarse. Despedirse del caos, con lágrimas en los ojos. Denunciarlos a todos. Robar los secretos, arrancarles de las manos el mando del universo. El telescopio espacial.  Poner las pizarras del revés, para llegar a entenderlas. 

Empezar de nuevo, quizás en otro sitio. 

viernes, 31 de mayo de 2024

bataneo de papel

 una mezcla de sensaciones/sentimientos que llevan al otro lado de mi estado de ánimo con lágrimas "como nueces" y la piel de una gallina cobardica

celos por el amor contagioso que rezuma la pluma roja y desteñida ahora que yo también sé a qué sabe esa melodía

que no se me vaya olvidando, como se me olvida todo,

que me quede al menos eso en una memoria extraña (casi ajena) que habita por ahí arriba bajo cientos de enredos y tirones mañaneros

que recuerde la alcurnia no la ralea, que atesore aquello en mi alcancía, como frutas chinicas importadas desde Manila, en cientos de cartas femeninas


martes, 6 de febrero de 2024

estás invitada

https://www.youtube.com/watch?v=svbk_fLAc7M


Este año, sí, me propongo no salir de la cama más que cuando de verdad me esté esperando algo ahí afuera. ¿Qué más da S que T que H que P que X? No habrá, tampoco, noches perdidas, solo un alto el fuego en Medio Oriente u Oriente Medio. Una ardilla que me mira desde la acera y dice: ¡El invierno, que llega! ¡Despierta, joder! Un dolor punzante que son doce puntos del carnet para conducir cualquier cacharro con motor ruedas y volante siempre que me lleve a tu casa, ida y vuelta, aunque luego no haya nadie y me vuelva a la mía. La ardilla, que me levante, infeliz, que hay que empezar ya a buscar nueces y guardarlas en un cajón para el invierno. Con su pan se lo coma. Ahora sí, está claro. Pause. Play. Next. Nos han unido las Casualidades y Tal día como hoy el año pasado no sé a quién le estaba llorando por esto, pero nada, Pause. Next. Lo que sea. There's no الحق والباطل, solo lo que te haga sentir a gusto, como en casa, en un pasillo de la casa al menos, sentada en el suelo aunque sea. Estás invitada, por cierto, aunque nunca vengas. 

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Este año, sí.

 Encontré a Cerbero muy desmejorado. Le faltaban dos de las tres cabezas. A saber en qué grescas no se habría metido con las copas. Además, lo habían destituido y ahora era portero de un manicomio, y no de los bedeles con silla en el mostrador. No. El que está fuera, de pie todo el día. Su humor, eso sí, era el mismo. Un humor de perros. Viejo, arrugado, con megaentradas mal disimuladas, delgaducho, con pantalones dos tallas más grandes y zapatos sucios, los dientes de pena y oliendo raro, como de haber desayunado en una destilería y vivir en una casa llena de gatos. Yo, gracias a Dios, llevaba mi mascarilla, lo que, de algún modo, amortiguaba los golpes olfativos. Aunque no lo parezca, estaba de visita (en el manicomio); iba a ver a un amigo que finalmente estaba en un error y sí que era esquizofrénico. Nosotros le dijimos que a lo mejor estaba un pelín nerviosillo y nos trató de golpear. La siguiente vez que lo vi, por suerte, estaba sedado. La verdad es que yo iba a verlo porque quería escribir un bestseller y quitarme de trabajar. Pero allí estaba Cerbero. A punto de terminar su turno, con unas ganas de que alguien lo invitase a lo que él, con todos sus güevos, llamaba un café. Así que determiné que, entre las notas que tenía del loco oficial de dentro y las que pensaba tomar de este menda, podía hacer un personaje genial para mi thriller psicológico, lleno de sangre y escenas subidas de tono en todos los sentidos, que es lo que más vende si no tienes X y opinas barbaridades, o eres tiktoker o como cojones se diga. Bueno, como ven, todo pintaba excelentemente. Dos objetos de estudio que dan para varias tesis de ciencias del comportamiento (lo escribo con mayúsculas cuando me da la gana, que yo también tengo mis cosas) y una mala leche que verbalizada con cierto orden podría hacer de mi vida un paraíso sin madrugones, caravanas ni jefes. Me puse a tomar notas. Me dejé una pasta en cervezas, primero, gintonics, después, y otras cosas, más tarde, pero recogí un notable número de anécdotas maravillosamente blanqueadas por esos dientes amarillentos que se dejaban desblanquear solitas (las mentiras, los dientes no tenían solución). Todo tenía, además, el toque fantástico de una vida entre brumas alcohólicas y luminarias estupefacientes. Me llevé a casa un dolor de cabeza, otro de bolsillo y una felicidad de supervillana de cómic llevado a la gran pantalla. Me puse, nada más entrar por la puerta, a teclear como una loca. El singular personaje, desde el corredor de la muerte (ya, ya, ya, dejadme con mis cosas: a la gente le da igual que aquí no haya de eso), habla con una ambiciosa e irresistible periodista llamada Paco y le cuenta cómo fue, tras una infancia de mentiras, humillaciones y palos, matando a todo el que pillaba de espaldas, dormitando y solo, probando todos los modos de ejecución aprendidos en series como CSI Miami y tal. No pocas veces tendría relaciones sexuales escabrosísimas con ellos antes, durante o (arg) después, sobre todo porque más allá de que el tipo fuera un asesino asqueroso, yo lo que quería era que el libro se vendiese a lo bestia para la campaña navideña y qué hay mejor como regalo de Navidad que un libro.

Dicho y hecho. Escribí en cuatro días, -cinco, si contamos el que eché con C. de entrevistas por los bares de media Málaga-, el libro que me ha permitido levantarme a las 11:30  de la mañana (y porque me hacía pis) y eso que aún no han pasado las fiestas. Amo la literatura, de verdad. Y la Navidad. Y el manicomio ese de ahí al lado de la playa. Y a los politoxicómanos rehabilitados que te cuentan su vida al revés, poniéndose por las nubes. Gracias Señor. Nos vemos (este año sí) en la Misa del Gallo.


https://www.youtube.com/watch?v=rLm_aSP369M

PARA MIS INSPIRACIONES <3

jueves, 30 de noviembre de 2023

¿Qué más da B que S que H que P que X?

 Es lo que tiene ser tan bueno. Te lo digo de verdad. Creyente o no creyente, que yo en eso no me meto. Te das tanto a los demás que te quedas sin vida. Y más si hay amor de por medio. Entonces ya eres un mero transmisor de felicidad, un proveedor de cariño, de tranquilidad, de alegría, un campo magnético protector, un enorme oído donde volcar dolores y frustraciones, la teta-manantial-inagotable. Y así pasa la vida, sin vida. Claro. Sin embargo, digo yo, pasará que un buen día sacas la basura de los demás y te das cuenta de que es mucha basura y que ya te pesa y huele mal, que son muchos años y la espalda se resiente, que el barrio está peligroso. Y piensas. Oyes algo a algún vecino o igual en la tele. Y piensas. Y te das cuenta de que algo te pasa, algo te duele, algo te inquieta, pero no tienes tiempo de aclarar qué ni a quién recurrir. Cambias de ropa y de vecindario, vas al médico después de décadas. Demasiado tarde. No tienes nada, no tienes salud, ni dinero y el amor es un pozo sin fondo, infinito, imposible de llenar; por más que echas, aquello por la mañana está vacío y vuelta a empezar. Cambias de nuevo. Te vas al campo, comes fruta, adoptas un par de conejos, media vaca, un gallo. Hablas solo. Te recuperas. Pones nombre a 10 gatos. Les das de comer. Te arañan y se comen los conejos, la media vaca y el gallo. No importa. Los quieres mucho y es así. El amor todo lo perdona, todo lo puede, todo lo cura. Perdonas a los gatos, hablas por teléfono con parientes y amigos necesitados, das consejos, ofreces dinero y acoges a quienes puedes. Pero sigue la espalda que duele y notas que te estás quedando sordo y en la empresa te ven siempre con la misma ropa y malnutrido. Y sospechan. Y te ves en el paro con una edad que cualquiera comienza de nuevo. Y no tienes nada. No tienes dinero, ni casa, ni coche, ni nadie te responde cuando hablas. Quizás la sordera es de tanto escuchar y la indigencia de dar todo a los demás y el amor se lo han quedado los gatos, y la moto, el del garaje. Es lo que tiene ser tan bueno. Te haces viejo y pierdes todo menos la memoria. Te acuerdas de todo ese amor como por fascículos, de tanto que cuidaste a todos los que amaste, tantos, tantísimos. Y, coño, cómo se parecen, así, vistos desde el presente. Y buscas un minuto para ti, porque ahora sí que sí. Y lo usas para darte cuenta de que, quitando los viajes y esas cosas que tal, todo ha sido dedicarte a los demás, y que, como esto ya se acaba, lo vas a contar. Es eso o dejarse devorar por el tiempo sin hacer nada más que acariciar gatos mientras te comen vivo. Coges una vieja máquina de escribir del vertedero, te haces con lo necesario: una silla, papel, un techo y te pones a contar, contar con los dedos, contar con el recuerdo, contar cómo aquella vez en una playa de Almería salvaste la vida al amor de tu vida y cómo otra en la India animaste a la madre Teresa de Calcuta que estaba, la mujer exhausta a punto de rendirse. Y por la noche, mientras tecleas bajo el techado mugriento junto a la playa, te ve un tipo que parece que te reconoce y te invita a una cerveza, porque también está solo e, igual que tú, se ha dedicado a no tener vida. Lee la tuya y te la publica porque puede y porque resulta que cuentas cosas de gente conocida, gente con 18 apellidos de alcurnia indudable, con padres ricos e hijos que hoy son políticos. Y te forras. De repente, en una línea de la mano, en lo que tardas en pedir la cuenta, en lo que te lleva leer un cuento y no entenderlo, te llega el dinero y, con él, aparecen amigos y amor, el mismo amor, dirías, o casi. Cómo es todo de igual, cuando todo da igual. Y, como no se puede ser más bueno, comienzas de nuevo a dar y darte porque eres un ser de luz. Eres auténtico. Te lo digo para tu consuelo, por si vuelves a caer de nuevo. Que sepas que lo sabemos. 

lunes, 27 de noviembre de 2023

Noches perdidas. Un alto el fuego en Medio Oriente. El invierno que llega

 Cosas que pasan. Me sentí en la obligación y miré por la ventanilla hasta llegar. Tomé, bailé, sonreí, en exceso, a todos. Todo casi por hacerle el favor a uno. Después otro rato eterno de vuelta. Después el momento fugaz que ocurre a veces. Cada vez menos veces. Y, por fin, el sueño que viene a sacarte de en medio, nunca suficiente. Luego el sueño se acaba y despiertas ahí, de nuevo bromeando, sonriendo, charlando en exceso, sin ganas, solo por agradar, aunque me da que ya ni agrada. Diría casi que se me nota. Que practico cuando me quedo sola y veo en el espejo de las rayitas que lo hago peor y peor cada vez. Como todo. Y llega el momento de trasladar mi cuerpo de un lugar a otro por circunstancias absolutamente insustanciales con una desgana que roza la apatía patológica, anímica-conductual-interpersonal. Pero no es apatía, solo la roza. Llego al otro sitio, hago lo mismo que hago siempre a la hora que es, aliviada en parte de pasar el cepillo y ver el piso relimpio. En lugar de leer, crecer como persona, aplicarme, meditar, hacer ejercicio, yoga facial o algo, decido que antes de que venga de nuevo la noche y me pierda, voy a echar una siesta. Las sábanas me dan la bienvenida, la cama se alegra, me echo todo lo que tengo a mano, las batas, la mantita chica, la manta grande, la sábana de franela. Cierro los ojos y viajo al inenarrable mundo del no estar, no ser, no parecer. Despierto y es de noche. Aunque sean las 18.00 h y aún no hayan acabado con las extraescolares. Hablo casi dos horas de nada por teléfono, mientras juego con el móvil, sin entender la mitad de lo que oigo, sin que eso resulte importante porque a nadie le importa. Cuelgo y la siguiente y cuelgo y la siguiente. Después hablo con alguien pero no por teléfono, en modo analógico-presencial, poco, por suerte, algo funcional sobre los diarios quehaceres pero sin profundizar en la belleza de lo cotidiano. Al grano. Después de hacer lo que tengo que hacer. Voy donde me llevan, vuelvo a sonreír, pienso en la canción que me gustaría estar escuchando. Hago, digo, estoy, y acaba por fortuna. Me llevan. Miro por la ventanilla. Respondo: sí, muy bien; sí, muy feliz; sí, mucho mejor, gracias. Llueve pero no suficiente; sopla un viento racheado de poniente, pero del todo insatisfactorio. Necesitaría un huracán, un ciclón, un terremoto, un diluvio. Sé que eso pasa, y donde pasa es horrible. Pero cada uno necesita algo. Igual los que se ven aplastados por la naturaleza darían lo que fuera por mirar por la ventanilla e ir donde no desean ir y sonreír bajo amenaza. Mas las cosas son así. Le pregunté a Dios y me dijo que mientras esté aquí me tengo que acoplar a las reglas del juego. Me tocan buenas cartas, llevo buena mano, la única pega son las noches. Dios dice que me deje de sandeces, que lo deje en paz que somos muchos y está arrepentido de haber provocado el puto Big Bang (sí, dice muchos tacos, pero hay que comprender que no tiene vida) y que tome antidepresivos o escriba algo que cuando escribía no estaba dándole la lata y, como ya tomo antidepresivos (pero Dios no lo sabe), pues aquí ando, como quien dice en una misión de Dios. La próxima lo haré mejor, con pasión carmelita y devoción mariana, pero hoy me conformo con haber llegado al final del día-noche pesando un poco menos.