Día arriba, segundos abajo, dos años son una minucia o una eternidad. En dos días nos levantaríamos con flores esperando y una ilusión infantil, de otro siglo, planeando la celebración. Pero obvio que eso no va a pasar. No habrá rosas, ni vestirse y peinarse de domingoderamosperdido. Y podría, pero no. Porque, a pesar de lo mucho que gastó en cupones y loterías, le tocó cuidarla. Hacer la compra, poner lavadoras, subir y bajar escaleras eternas, tender, doblar la ropa, guisar, recoger la cocina (y todo lo demás que ya sabemos) se le hizo un mundo que repasaba mientras comía solo en la cocina. No era el primer ni el último hombre de la tierra inmunda esta que ve apagarse a una mujer asustada que resultaba ser el amor de su vida, mientras va a acercar el coche para ir al hospital que hasta entonces era un edificio más de una avenida más de un barrio más.
En dos años, quizás más, posiblemente mucho más, lejos de familia y amigos, se quedaba en los huesos, en salas de espera atestadas de miedo y tristeza, haciendo cola en farmacias y herboristerías, dando el parte telefónico como un autómata. Sin descanso. La hora de la pastilla, la hora del baño, la del desayuno, la cola de la carnicería, la palangana para el vómito. Le quedaron grandes los dientes que solo veía yo, porque era a la única que sonreía. Las estaciones pasaban, anidó en la casa un encantador de serpientes y a él se le prohibieron las visitas. Sus cartas verbales me ponían al corriente, en el exilio donde yo habitaba. Solo, nervioso, reconcentrado en el verbo asesino y en la soledad consentida, me contaba el desastre que se aproximaba lento, muy lento, muy muy lento.
Preparando dos menús a la carta, quizás cayó en la cuenta de todo el trabajo que dan las casas y en lo inútil que es echar una maldición y la rabia que da que sean inútiles (las maldiciones, digo). Al cabo, empezó a darle igual su propia vida y todo fue esperar y rendirse a ratos. Ella se iba a morir y alguien tenía que cuidar de ella y de la casa. Cosas que pasan cada día, en diferentes partes, pero con microondas y dietas de internet, encantador de serpientes mediante. Triunfo del destino de uno que arrastra a dos y no salen las cuentas.
Me da hasta pena haberme reído tanto cuando lo maldijo, todo serio el hombre, con los ojos más verdes del mundo. Tendría que haberme reído un poco menos, pero me pareció tan niño entonces, tan inocente en su enfado, tan sincero en verbalizar un deseo tan, en verdad, humano, tan sorprendido de sí mismo. Menos mal que le saqué una sonrisa. Aunque, sí, me da pena. Me da pena no haber visto venir lo que avanzaba aquel brote de odio inconmesurable. Bola de veneno que fue adentro, mientras cuidaba de todo y de todos se diría que compulsivamente.
Intento, no obstante, recordar aquel rostro y no el otro, el que quedó detrás de aquella puerta, el de la mirada última, el de la promesa mutua que no hemos cumplido ni él ni yo, ahora al teléfono durante horas explicando lo inexplicable y pensando en las rosas que no veré en un par de días encima de una mesa que ya no sirve para nada.
Vale.
