Se me ocurrió hacerme una web personal, un sitio de esos con podcast que titulé "De todo un poco. De nada un mucho". El motivo: sin dedos no era viable desahogarme e inventar infames estupideces por escrito, ergo, el blog quedó en "buenas" manos, que, al menos, podían teclear. Mientras, como decía, yo y mi voz de ángel podíamos ir diciendo velozmente aquello que nos viniese a una mente bajo la influencia tóxica de ficciones inquietantes (uf Corrección), noticias terroríficas y un montón de fármacos que ya quisiera más de uno, más de dos y más de tres. Todo fue medio bien mientras ponía a parir el sistema (sic), la cosa esa intangible de cuya mierda de organización devienen todos los males del mundo. El sanitario, que conozco bien; el fiscal del que todos nos hemos nos hemos acordado en unos términos bastante soeces; el educativo, que mejor me callo. El electoral, que es un puto estercolero. Y así. Me vine arriba, qué puedo decir. Vi como mi válvula de escape e incontinencia verbal acumulaba seguidores y abrí una sección de comentarios. Sin filtrado. No lo he dicho, pero activé aquello de compartir en todas mis redes cada vociferante entrada, cual pescador de incautos entes aburridos que me prestasen la atención merecida y necesitada. Sí. Comentarios. Sí. Sin filtrado. Sí. En Twitter, en Instagram, en Telegram, en Facebook (!), en Snapchat, hasta en el WhatsApp, activando la opción de excluirte pues no estoy tan loca. En fin. Compartir. Hablar sin pensar y desparramar por ahí sin ton ni son inventos verbales sinfín. A veces, me inspiraba en hechos reales y, a veces, dejaba volar mi imaginación, pues a falta de vivencias propias y verdaderas, las inventadas pueden mitigar la frustración del enfermo y, si son contadas en indicativo, casi te las crees hasta tú. Bueno no sé si yo me las llegué a creer, pero mucha gente tan aburrida y obsoleta como yo, sí que lo creyó. Todo. Los comentarios están ahí, hablan por sí mismos (obvio), relatan un mundo de reacciones fantástico. Desde insultos (que ya ves tú) hasta amenazas contra mi integridad física y peleas entre los participantes. Largas parrafadas que alteraban el propósito subyacente e iban por derroteros ignotos, abriendo interminables hilos que me dejaban al margen. Algo intolerable. Hasta el bot de la batamanta se coló en cada ocasión. Aun así, como no podía dejar de ser quien soy, seguí. Inventé un tugurio clandestino aquí al lado de mi casa con sus parroquianos politoxicómanos y expresidiarios desde donde yo misma llevaba a cabo un negocio ilegalísimo de "intercambio" de vehículos en buen estado y venta de productos naturistas a precios que iban y venían según dijese el periódico que andaba el N225. El sitio abría tras el cierre oficial de locales de mi ciudad que está en el ranking de los 10 mejores lugares para morir de aburrimiento en todo el Universo, incluida Siberia y la Luna. Los oídos fueron prestados, hice una serie completa y no escatimé en detalles. Mis seguidores fueron multiplicándose, ahora que lo pienso quizás entre los buscadores de ocio de aquí y allá y los buscadores de buscadores de ocio, o policías, también de acá y allí. Lo importante. Lo importantísimo. Lo impactante. Lo alucinante. Y lo cuento sin problema y sin exageraciones ni aspavientos desde mi celda en un móvil que me han dejado un momentito unas colegas rusas. Es (lo increíble que estaba yo anunciando) que el local fue. Llamado precisamente el Tugurio de La Pili, abría a las 2 y media, justo en la cuesta de El Negro, a escasos metros de mi casa, con sus camellos, sus expresidiarios, su calvo esquizofrénico, su público fijo, su contraseña al entrar, su argentino comeorejas, su menda superguay que en los noventa fue el mejor, su tío pesado que noesdeningúnsitio, su exmilf, su escritor canario que no pensaba salir hoy, su garrafón y el parking de motos "prestadas" en la parte de atrás. Todo, todito, igual que en mis podcast. Y ahora dirán aquello de "poco te pasa..." y yo diré sí, es cierto, y merecido. Pero ¿es o no es acojonante?
martes, 27 de agosto de 2024
miércoles, 21 de agosto de 2024
Hidrolatasión
Ayer conseguí no dar mi teléfono a nadie. Un pequeño paso... En fin. Después, no solo me alegré, sino que sentí un alivio enorme al saber que todos los allí congregados, a pesar de tener unas dentaduras excelentes, eran expresidiarios. Por injusticias, descuidillos, por poco tiempo, porque los pillaron. Hoy a las 4 y 45 p.m., desayunando café con café, me doy cuenta de que los expertos no saben una mierda. Los meteorólogos no dan una, en Toledo han tocado fondo, La Ser es la Ser y quienes vienen no son bienvenidos. Un lío paraolímpico, la verdad. Basta con no entrar en Twitter o como coño diga el friki ese que se llama Twitter ahora y todo desaparece. Como yo ayer, tras conocer los antecedentes penales de la peña. Y es que es difícil encontrar sitios que no cierren a una hora que en verano parece que es broma. Y es que paso muchísimo de ir a cualquier sitio donde no pueda llegar caminando. Perímetro casa un par de kilómetros. O asín. Y todos en la feria de ida o de vuelta. Con un tufillo a Cartojal horripilante, sudados, alegre(s) ma non troppo. Y es que si no vas a tener suerte, te pasa lo mismo aquí que allí, a las 2 que a las 6, solo o con leche. Y aun así, deberían dejar los bares abiertos para evitar el excesivo consumo de antidepresivos. Aceptamos cartelitos con enfermeras mandando a callar en las puertas, convenimos en no hablar y menos reír en la calle haciendo eses de vuelta, solo fumaremos por solidaridad con los trabajadores de las tabacaleras pagando un dineral por un cáncer que no llega, o de gorra. Hay un problema. El Atlántico iba a calentarse más y más y, de pronto, se ha puesto a enfriarse. Los, de nuevo, expertos están desconcertados. Valga la paradoja. La no futura presidenta de EEUU no dice nada de nada de nada. El otro ya sabemos que está defectuoso. Aquí el que habla, la caga salvajemente y, si no, los comentaristas anónimos, voz del pueblo, hacen por darle la vuelta a la cosa hasta que las úlceras de masoquistas revientan y los ves en urgencias vomitando sangre de 5 a 10 horas, rodeado de otros moribundos, incluido el médico de turno que, para qué vamos a engañarnos, va dopado y está (lit) hasta los cojones. Uno precisamente de los que no tienen mi teléfono acabó en la trena por algo así. Pero no es médico, noble atenuante en caso de que se cargue a alguien. Es bueno ser médico, no tanto doctor. Yo misma aquí donde me veis y ya veis. Bueno, voy a mejor, ayer no di mi teléfono a nadie, cambié de tema (con remas) y desaparecí antes de decir "qué se debe?". 2 segundos cronometrados. Me hidrolatro.
lunes, 5 de agosto de 2024
Manicómio
Por torpe, te lo quitan todo. La billetera, la escayola, el tiempo que va en tu contra, el aire que por misterios de la vida desaparece, el agua de los ojos, de la frente, de estómago, del grifo. Cómo harían antes sin grifos. La cosa esa llamada gárgola te mira impasible, siglos recogiendo información inútil y macabra. Ahí, arriba, piedra terrorífica a la que sacar una foto. Las fotos... Subir esos momentos en que sonríes desmejorada con una sonrisa que da pena. Bajar ese artículo que explica porqué un ull es un ojo. Culpa de no escribirte, de no contarte a ti también, como cuento todo. Escribir como castigo, crimen, castigo, humillación. Escribir porque comí algo a lo que soy alérgica, porque ayer me hiciste el amor y no recuerdo una mierda, porque me gritaste desde el televisor y te tenía muteado. Porque no puse pasta para echar un cable a médicos sin fronteras. Por no ser médico, por no ver las fronteras, por no creer en las banderas. Porque en lugar de café habríamos debido beber whisqui, porque tienes los ojos azules y es una deficiencia genética. Mi hijo los tiene verdes. Me desvío, pero es importante dejar claro que los ojos claros son un defecto que nos atrae como nos atrae la comida basura. Hace un calor imposible. No debería. Habían hecho cuentas. Les pasaría a nuestros bisnietos, si nuestros hijos tienen la insensatez de traer hijos a este vertedero que es el mundo. Los médicos sin fronteras deberían saberlo. Deberían parar de salvar el excedente, deberían volver para que alguno me quitase este puto dolor de hombro brazo manos dedos. Así nos quitan todo. Y así no tenemos más que daño, locura, saber tu lugar y denunciar, si te apetece pasar horas en el cuartel, el robo. Por torpe. Por torpes. Ahora estás donde estés y yo no tengo brazo, ni obviamente codo muñeca mano. No tengo aire. Ni agua. Ni paciencia. Ni puta empatía. Ni ahorros. Por torpe, mi madre se arrepintió y yo soy el error que gasta el tiempo denunciándolo a sordos. Igual ella habría sido menos infeliz. Igual yo tendría todo el espacio y nada de conciencia. Pero fue torpe. Y yo no encuentro el brazo, porque quizá no era mío. Quizá toda yo soy un robo. Un robo torpe como los ojos claros. Un fallo genético, un sueño de dios. Mañana, aunque sea una gilipollez, haré el puto ingreso para que alguien tenga una vacuna al otro lado del mundo o para que el que sea se haga más rico. Así soy. El cinismo y la culpa son una marca generacional. Yo no tengo nada que ver. Nada pasa porque una persona, una sola persona, tome una decisión chiflada. Abriré el periódico. Mañana. Dirá que esto es un desierto, que evacuemos, que viene un tsunami, que hemos (yo también?!) provocado una guerra civil en Venezuela. Buscaré mi brazo. Buscaré tus ojos, recordaré que estoy aquí porque mi madre fue torpe. Sentiré dolor y culpa, como todos. Vistiendo, comiendo, siendo en este lado del mundo. Mañana se nos secará el cerebro. Mañana estarás de vacaciones. Mañana daré un viajito al Civil y me dirán que me aguante. Sé todo. Ya ha pasado. Les damos las llaves del manicomio. Todo está en X. Ojalá manicomio llevara tilde.
miércoles, 24 de julio de 2024
El día que no me comí a Ígor
7:30 a.m., 37° Celsius , 95 por ciento de humedad, miércoles (creo). Año del Señor de 2024. Mes: julio. Entre mesidor y termidor, aprox (sic). Levanto como Nosferatus, rígido el cuerpo, blanco, seco, dolorido. Tengo unos abdominales que te cagas. En verdad.
Hambriento, mas sin fuerzas para ir al frigorífico a por las bolsas del desayuno. Ígor (AKA Renfield) no aparece. Me lo voy a comer y buscaré otro esclavo más eficaz. Se ha puesto muy gordo y debe saber a pollo (definitivamente tengo hambre). Además, no me despertó y ahora es de día. Puto inútil.
Aparece un humano por la cortina de la derecha (para el público; la izquierda para mí; importa porque giro la cabeza para mirarlo y he de saber dónde mirar). Dice: "¡Madre!, ¿Qué hace usted levantada?". Pienso: "¿Cuándo cojones he tenido yo un hijo y de qué matriz...?". Me interrumpe: "Madre, no diga palabrotas". Juraría que lo he pensado y no dicho, pero no he desayunado, soy un vampiro, este joven hermoso y sonrosado, y jugoso, me llama madre y quizás, por consiguiente, sí que lo he dicho. No hay que negar la mayor.
Departimos brevemente. Lo llamo hijo, por seguir la corriente, que es lo que más conviene para conseguir lo que uno desea. Le insinúo que estoy famélica. Y digo y repito, transmito, emito, afirmo y me confirmo en mi necesidad y deseo de ingerir MIS alimentos. En mi fuero interno, cerciorándome de tener la boca cerrada, sé que si no lo pilla, definitivamente no es hijo mío, ni de palabra ni de obra ni de pensamiento, ni de coña.
Viendo que el rollizo y blando muchacho no se mueve, paso al acto ilocutivo-perlocutivo. Y grito, por si su problema es auditivo: "Niño, que traigas una bolsa de la nevera del sótano. La de la contraseña". "¿Qué contraseña?". "La que tenemos en todo, infeliz! 1, 1, 1, 1". "Ah"... 30 segundos eternos y una pelusa gigante después: "¡¡¡La bolsa!!!". Se marcha por fin. Espero. He de admitir que lo mío no es la paciencia. Así que me pongo a trepar por el techo, me convierto en a) gato. b) murciélago. c) rata. d) madre. Entra, ¡gracias a los dioses mayas!, el zagal con las manos vacías. "No tenemos sótano, madre". "¿¿¿Qué???". "Que no pagó usted al contratista y el albañil se fue dejando solo un cavernoso hueco de 3x3". Odio las referencias espaciales. No las entiendo. Me jode cuando leo que una casa tiene no sé cuántos metros cuadrados de jardín, no sé para cuántas tumbas da eso. Y quiero desayunar. Me acerco al trozo de comida parlante que me llama madre, sonrío y lo hipnotizo para que no oponga resistencia, me acerco al latido de su blanquísimo cuello, pienso esto se llama yugular como se podría llamar yogur. Y desayuno.
Mucho mejor, más ágil y rejuvenecido, llamo a Ígor para que se desahaga del cuerpo. Aparece a los dos segundos, lo cual me complace. Me notifica que se está poniendo el sol. Pienso "Joder, el tiempo vuela". Oigo al esclavo desde la izquierda (para ustedes, derecha para mí): "Y que usted lo diga, Maestro". Este Ígor, qué boss: Me lee el pensamiento.
Voy a cambiarme. Es la hora de salir. Hoy tenemos reunión del comité y no puedo llegar tarde.
Telón. Silencio sepulcral.
...
Un aplauso (de Ígor, seguro).
lunes, 22 de julio de 2024
Versos escitas
Podría escribir los versos más tiernos esta tarde-noche. Pero no quiero. No quiero tiernos. No quiero versos. No quiero tarde. Esta tarde hora taurina, hora de siesta, ora pro nobis. Esta tarde poemas de amor y cristalmina. Antes de las 10, hora en que los vecinos apagan la Wi-Fi y salen a pasear. Y yo quedo mirando la pantalla página en blanco sin bolis ni mina en el.lápiz, sin papel higiénico que robar ni paredes blancas que grafitear. Antes, pues, de las 10. Versos hermosos con palabras de melancolía, esperanza, fe, deseo, perdón, calaveras y resaca. Subjetivamente hermosos, subjetivamente versos. Subjetivamente subjetivos. Funcionalmente, míos. Pragmáticamente tuyos. Pero es que, de verdad, no quiero.
Podría escribir los versos más bellos esta tarde, a 40°. Hermosos y sonoros como el goteo del sudor de tu nariz que no es tan fea y asquerosa, como el resto de narices, llegada cierta edad. Tampoco es que sea la nariz perfecta, ni dan ganas de rozarla con la mía, mirarla, besarla, quizás, mientras duermes un día de invierno en que no tengas cascadas de sudor. Igual que la frente, igual que los labios, igual que la risa, sudada, igual que el conjunto que compone tu cara no tan odiosa ni anodina, ni tan intercambiable. Versos que podrían ir resbalando, bajando lentos y tristes e inconformes por la piel morena y pequeña de esa cara tuya, que es de quien la mire, que es de quien la quiera. Sudor que huye y baja buscando en la camisa blanca los dichosos versos esos que quiero pero no puedo, puedo pero no quiero.
Podría sin versos ni palabras sentir ternura, hermosura, amor. Podría reunir invisibles frases y componer un estado de ánimo, un ardor, compasivo e inspirado. Pero no quiero.
Podría escribir versos verdes contaminantes pútridos, donde los gusanos repten hasta tus ojos de los que no he dicho nada. Versos radioactivos. Versos lanzallamas, versos víricos para los que no haya vacunas. Versos asesinos. Versos sin rima que salgan del papel de la pantalla de la pared con forma de machete y destruyan todo y arrasen esta tórrida tarde-noche. Que no dejen nada para el enemigo. Tierra quemada. Versos escitas.
Eso es lo que quiero.
domingo, 14 de julio de 2024
Independentismo dominical
Figuras de fronteras borrosas, representantes de lo confuso parlamentando de horrores lejanos han acabado conmigo. Cuestiones de perspectiva, dicen al cabo. En lo inmediato, lo cercano, lo cotidiano y familiar hay brotes astigmáticos, miopía o presbicia en distintos grados. Nunca, ¿nunca?, los tres a la vez. Digan lo que digan, no hablamos el mismo idioma. Y quizás, un silencio incómodo sería la mayor comodidad. Por eso los auriculares y las ininteligibles abreviaturas, vacías por completo de sentido para ambas partes. Se me olvidó acabar con el tono y el signo de interrogación. Esa rotonda incompleta, como de haberse comido el presupuesto algún responsable de la subcontrata para Resolución y Dudas del Ministerio de Obras públicas, Lenguaje, Ahorro y Familia. Y hablando de fronteras, ya cerré mi puerta, y apagué el móvil, reventé la tele y enmudecí radios y familiares. Esto es un templo soberano de seguridad física y mental. Donde los misterios de la infinita masa de microscópicas heces verbales y visuales no penetrarán. Esta no es una frontera dudosa, discutible como la historia, como las noticias, como vuestras verdades-mentira. No. Hice acopio de papel higiénico, que no soy nueva. Esa puerta verde es el límite donde se queda todo el material tóxico, de posturas y revisiones. Donde te quedas tú y tus razones y tu lógica aplastante y tus puntos suspensivos, recogida de firmas, a favor o en contra, tus cuentas y estadísticas, tus consejos y órdenes y contraórdenes, tu odio esto y amo esto otro. Tu conmigo o contra mí. Yo también soy la que calla y no para de hablar y debería callarse y es maravillosa conversadora. Pero no me puedo dejar fuera. Moriría de sol, de pasodobles, de reguetón, de polémica, y de ti, que eres todos.
miércoles, 3 de julio de 2024
Hablando gallego
El último gorrión
Un húsar desperdiciado
Tiempo perdido en absurdos afanes fronterizos
Para después comer huesos y secuestrar Europa
Una revolución: el videojuego
La última vez que llegas a fin de mes
Y un hilo conductor entre
Episodios, capítulos, parágrafos
Las líneas de las manos
Y la cabeza parlante en la pantalla
Nos van contando
Extinción, historia repetida,
desesperación y misiones suicidas.
Podcast.
Discursos vacíos que mueven masas.
Hambre y otra vez Europa.
Un nombre con sede en Atenas
Todos tras el último ruiseñor
En Finisterre, la cumbre.
Tratando de tenerlo todo listo
Las cortinas limpias y planchadas
Los cristales, impolutos
Las gaviotas, amordazadas
Un sitio ventilado, con frío y eco
El farero será Willem Dafoe
Hablando gallego
viernes, 28 de junio de 2024
Diagnóstico en sol mayor
A veces, te cambian de asiento. Otras, te llaman por un altavoz y te has quedado frita y no veas la que te montan porque mucha gente va a perder el enlace y bla, bla, bla. Así es la vida. Una bronca tras otra. Y pagando los recibos de la luz. Siempre hay alguien enfadado, molesto, ofendido por lo que sea que otros hayan hecho, o porque llueve en sus vacaciones, o porque han retrasado su rinoplastia, o porque desentierran muertos, o porque no desentierran muertos.
Hay otras veces que te sientas donde te dicen que te sientes, te bebes lo que te dicen que bebas, hablas poco, comes lo que no te apetece, conversas sobre estupideces y te toca bailar con el más feo. Y, encima, no te vuelven a invitar. Que en un homenaje, la estúpida trepa mandona te pone al lado de la persona que más odias en la otra punta de la mesa, donde no hay risas. Veces que se estrella tu avión, con la de putos aviones que vuelan cada día. Veces y más veces, hasta que no haya veces. El tiempo pasa. Íbamos en carruaje y ahora vamos en Ryan Air. Y protestamos más. Normal. Se puede protestar. Faltaba ciencia y ahora falta conversación (también falta ciencia, vaya, qué cojones).
Aquí, sopla el viento de Poniente y me lo pone todo perdido. Las gaviotas se vuelven locas, hay microseísmos, llueve sin llover, lloro sin llorar. Deberían prohibir todo, calzarnos las bocas, amarrarnos las sonrisas, poner aun más cartelitos, flechas en los suelos, límites, tasas, multas, linchamientos. Debería haber aun más miradas de reproche a los fumadores, más críticas a los que ríen alto, a los que van despeinados sin ir a la moda, a los que no van al compás marcado por el tiempo que les ha tocado. Fanatismo y enfermedades raras. Un mar de mentiras, esperando en infinitas colas de aeropuertos, los ojos fijos en las pantallas táctiles.
martes, 25 de junio de 2024
La estrella
Yo creo que merece un nombre. La Marioneta de cíclope, El ojo del lobo, algo pegadizo, algo popero, que suene a hit del verano, a grupo de los 80. Mierda que Maniobras orquestales en la oscuridad esté pillado. Y Bailando con lobos, igual.
La del Dragón no me gusta y os digo que no. No. No tenéis voz ni voto y sois pesados. Siempre veis un dragón.
Además, nadie, salvo quizás Goya, me diría quién es espectador obviamente humano que observa con ternura.
Hay que mirar bien. Tener un buen nombre. Apagar la luz. Llamar a muchos, a todos. Reclamar. Gritar en afonía. Preguntar al I Ching. Salir del bosque, alejarse. Despedirse del caos, con lágrimas en los ojos. Denunciarlos a todos. Robar los secretos, arrancarles de las manos el mando del universo. El telescopio espacial. Poner las pizarras del revés, para llegar a entenderlas.
Empezar de nuevo, quizás en otro sitio.
viernes, 31 de mayo de 2024
bataneo de papel
una mezcla de sensaciones/sentimientos que llevan al otro lado de mi estado de ánimo con lágrimas "como nueces" y la piel de una gallina cobardica
celos por el amor contagioso que rezuma la pluma roja y desteñida ahora que yo también sé a qué sabe esa melodía
que no se me vaya olvidando, como se me olvida todo,
que me quede al menos eso en una memoria extraña (casi ajena) que habita por ahí arriba bajo cientos de enredos y tirones mañaneros
que recuerde la alcurnia no la ralea, que atesore aquello en mi alcancía, como frutas chinicas importadas desde Manila, en cientos de cartas femeninas