domingo, 30 de mayo de 2010

TO BE A MAN

To be a man
Rudyard Kipling (1865-1936)

If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too;
If you can wait and not be tired of waiting,
Or being lied about, don't deal with lies,
Or being hated don't give way to hating,
And yet don't look too good, nor talk too wise;
If you can dream --and not make dreams your master;
If you can think --and not make thoughts your aim,
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two impostors the same:
If you can bear to hear the truth you've spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
And stoop and build 'em up with worn-out-tools;
If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings,
And never breath a word about your loss:
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: "Hold on!"
If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with Kings --nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
If all men count with you, but none too much:
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds worth of distance run,
Yours is the Earth and everything that's in it,
And --which is more-- you'll be a Man, my son!


La traducción es mía: no se debe tener en cuenta más que como juego y (también, claro, siempre) forma de provocación, para quizás que alguien me corrija.
Si mantienes la calma
cuando todo alrededor es locura,
aunque te culpen de ello.
Si confías en ti mismo
incluso cuando todos dudan de ti,
pero sin menospreciar nunca las dudas.
Si esperas, sin desesperar.
Y, aunque te engañen, no tratas de engañar a nadie.
Y, aunque te odien, no odias a nadie.
Y no finges ser mejor ni presumes.
Si sueñas pero los sueños no te dominan.
Si piensas pero no utilizas tus pensamientos como excusa.
Si conoces el Triunfo y la Derrota,
y a ambos impostores tratas por igual.
Si soportas oír la verdad que salió de tus labios,
tergiversada,
convertida en una trampa para locos.
O ves las obras a las que diste tu vida,
destruidas.
Y aun así no te rindes y las reconstruyes.
Si arriesgas de un golpe todas tus ganancias,
y pierdes, pero, sin ni una vez quejarte,
comienzas de nuevo.
Si con tu fuerza recuperas tu corazón y tu valor
después de haberlos perdido
y, aunque sientes que ya no queda nada en ti,
tu voluntad grita: "¡Aguanta!".
Si tratas con las masas sin pervertirte.
Y frecuentas reyes sin perder el sentido común.
Si nadie, ni tu mejor amigo, te puede herir.
Si los hombres pueden contar contigo,
pero no haces que dependan de ti.
Si llenas el minuto inolvidable
con sesenta valiosos segundos que acortan las distancias,
tuya será la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más... serás un Hombre, hijo mio.

Ser un Hombre...
Ser, de verdad.
Ser sin dudas, sin miedo, sin quejas ni reproches.
Ser sin desfallecer, sin esconderse.
Sin dormir, ni caer en la tentación de morir.
Ser a pesar de que a veces, solo a veces, no parece valer la pena.

Ser intensamente, locamente, únicamente.
Ser siempre caricias, consuelo, pasión, amor. Y, por eso, equivocarse.
Ser, arriesgarlo todo, vivir contra corriente.
¿Es que se podría vivir de otro modo?

Ser a veces demasiado. Romper las reglas. Y otra vez equivocarse.
Y volver a empezar con valor y fuerza.
Ser sin disculpas, sin rencores, sin mirar atrás.

jueves, 27 de mayo de 2010

Jugando con los géneros: Terror

El sacrificio


Por fin un golpe de suerte: un empleo hecho a su medida después de meses de buscar y desesperar. Jack necesitaba esto. Sólo tendría que cuidar del mantenimiento de aquel hotel durante la temporada baja, mientras la zona quedaba aislada por las fuertes nevadas. Las condiciones eran inmejorables: tendría que vivir allí durante unos meses con su familia. No comprendía las dudas de su esposa y el silencio de Danny. Pero tampoco le preocupaba demasiado: lo tendrían que hacer por su porvenir. Todo aquel espacio y aquel silencio lo ayudarían a escribir sin distracciones.
Su primer día en el inmenso hotel, Danny presintió un desenlace fatal. Lo advirtió a su padre: el hotel tenía vida. Jack rio con una carcajada forzada que ocultaba una punzada. El momento tan ansiado ensombrecido por las descabelladas historias de aquel niño escuálido y femenino que en nada se le parecía.
El hotel era inmenso. La lista de tareas diarias era interminable lo que justificaba a Jack, que no encontraba el momento de sentarse ante la máquina de escribir y concentrarse en su novela, excepto por las noches.
Su mujer no aparecía en todo el día: la revisión de todas aquellas habitaciones, el subir y bajar por los cuatro pisos; solo recorrer los largos pasillos y limpiar los espejos que por todas las paredes colgaban ya le llevaba la mayor parte del día. Después tenía que guisar y ayudar con sus tareas a Danny. Tan poco se veían que nada extrañó a Jack, que se había ensimismado sobremanera desde que llegaron allí, que un buen día su mujer no apareciera a la hora de la cena.
Danny insistía en buscarla, pero su padre le quitaba importancia: "se habrá quedado dormida en alguna de las habitaciones la muy perezosa".
Aquella noche en la oscuridad de su cámara, el hotel pareció tomar vida ante los ojos aterrados de Danny. Era él quien interesaba a los habitantes de aquel tétrico lugar, nadie mas que él. Las voces intentaron seducir al niño sin conseguirlo. Ninguno de los espectros que visitaron aquel cuarto ofreciendo todo tipo de regalos y dádivas logró pervertir a Danny.
Mientras tanto, en la biblioteca Jack escribía febrilmente y tras leer las cuartillas acababa por romperlas en mil pedazos, como cada noche. No supo si fue un pensamiento o si una voz susurrante pronunció esas palabras: "cambiaría mi alma por ser escritor".
Sintió que le hablaban. El fuego de la chimenea súbitamente se extinguió y un soplo helado hizo volar todos aquellos papeles. El frío y la oscuridad lo envolvieron y sintió pánico. Quedó inmovilizado por el miedo. Pensó en correr pero le era casi imposible moverse. Entonces oyó las voces: "entréganos a Danny". Allí no había nadie. Consiguió a duras penas caminar hacia el bar para comprobar si le estaban gastando una broma. El bar estaba abierto, las luces encendidas, la música sonaba suave y la tranquilidad le invadió cuando lo inverosímil de la situación lo convenció de que estaba soñando.
El barman le sonrió. Un whisky sin hielo. Podía beber si era un sueño, claro: su alcoholismo no existía en los sueños. Tomó varios tragos y charló animadamente con el barman que le daba fantásticos consejos para su novela. Sintió que la inspiración lo invadía, que le volvían las ideas y las palabras adecuadas para expresarlas. "No quiero despertar", confesó al barman grisáceo y confidente. Y este le respondió que no necesitaba despertar ni salir de ese estado si estaba dispuesto a dar algo a cambio. "¿Qué? Tú sólo dime qué debo hacer", dijo dispuesto a todo Jack. "Ya lo sabes: entréganos a Danny", repuso el fantasma.
Comprendió en ese momento el trato que se le proponía. La inspiración a cambio de su hijo. Todavía tomó un trago antes de contestar. Pensativo dijo: "es mi hijo, mi único hijo, y lo amo profundamente".
Se levantó del taburete y salió lenta y torpemente del bar. No era un sueño, al fin y al cabo, pero ya era demasiado tarde y estaba borracho y asustado, aunque no tan asustado como si no estuviese borracho. Pensó en Danny, en sus primeras palabras y sus primeros pasos. En los inocentes comentarios que les habían arrancado tantas sonrisas.
Subió las escaleras, entró en la habitación, sonrió al niño y, sin dejar de sonreír, lo degolló lentamente.

Surrealismo eres tú

Surrealismo eres tú

Sonreír despacio, burlona. Buscar la mirada del que se cruza con nosotros por la calle y sostenerla ambiguamente. Jugar, juguetear. Llevar treinta y dos pulseritas tintineantes e inevitablemente hacer ruido mientras tomas los apuntes que dicta ese profesor joven de ojos azules e infinita paciencia. A ver cuánto aguanta.
Despistar a todos. Mentir sin mentir o mintiendo: en realidad, da lo mismo. Decir la verdad como los locos y los niños: "lleva usted la portañica abierta". "Ojo, señora, se le transparenta la blusa, y aquel de enfrente no para de mirarla. Igual a usted le agrada, pero, por si acaso, se lo digo".
Recibir un Óscar y no dar las gracias a nadie. Ser la novia que se lo monta con el camarero en el servicio en su boda con un marroquí gay que se casa para poder quedarse en el país. Ser solidario y no dar ni un duro a ninguna causa, a ningún mendigo. Disimular en la iglesia cuando el plato ese llega a tus manos.
Decir que no hablas español cuando te llaman las teleoperadoras. Fingir orgasmos, disgustos y alegrías. Hablar andaluz y ser de Cuenca.
Ir contra los horarios. Acostarte a las nueve, levantarte a las tres. Destruir el reloj de un compañero de oficina en un truco de magia sin tener ni idea de magia y devolvérselo hecho añicos con un simple "vaya, con el mío funcionó".
Ser por un día como Groucho y reírte de todo.

domingo, 23 de mayo de 2010

Con ganas de escribir siempre

Con ganas de escribir. Siempre. Escribir como salir de mi cuerpo, como flotar en el aire, como viajar, transformarme, liberarme, desatarme y amar la vida.
Si solo una vez pudiera dejar en lo que escribo un soplo de lo que siento, si fuera capaz de con mis dedos sobre el teclado volcar mi amor en esta pantalla blanca. Sería poeta, un bardo; mi vocación sería arte y no un pasatiempo banal e insignificante, no un juego, no solo un juego sexi.
Pero la verdad es la verdad. De nada sirve negarla, de nada empeñarse. Un día como otro cualquiera asumes que aprecias lo que escriben y han escrito otros, que tú puedes hacer lo que te plazca porque no tienes miedo y vas a hacer lo que sea para ser feliz (si es que eso es posible).
A mí me da placer escribir, pero no sé hacer que alguien se conmueva, que su piel se erice, que sienta ganas de llorar o acariciarse, que se le quede un nudo en el estómago o desee ser lo que no es sólo por mis palabras.
Qué poder el de Shakespeare, el de Kipling, el de Benedetti o Neruda. Qué pasión. Pedía Juan Ramón eso de saber el nombre exacto de las cosas. Yo ya no deseo más que releer lo que escribo y sentirme en el mundo. Sentirme viva, sentirme tierna, recordar quien soy, quien deseé ser una vez, quien podría ser si quisiera.
Seguir amando a lo loco. Amando y amando confusamente. Confundiendo el amor con los demás sentimientos, dándome cuenta de que me enamoro cada día o casi, de que el encuentro fortuito me hace estremecer. Gozar de la brisa caliente, de la puesta de sol, del aire primaveral, del primer paseo a la caída de la tarde con un suave atuendo veraniego ligero que deja que sienta los rayos de sol en mis brazos y mis piernas, y mi pecho se extrañe de la caricia dulce del viento templado.
A la vuelta, embriagada por los placeres más básicos, olvidada de todo y de todos, solo querría inventar esa historia mía y que las palabras me llegasen. Una vida imposible, una traición imperdonable, una mentira tras otra, un lugar, un tiempo.
Madrid, los años ochenta. Un joven que busca ser actor o cantante y se gana la vida de camarero, conoce a una chica bien que estudia Filología. Hacer que, como marionetas, se amen locamente, se escondan del novio valenciano en los callejones, en los servicios. Unos minutos robados al trabajo. Mintiendo al novio, diciendo que va al baño o a consolar a la amiga desengañada de turno. Así se van conformando; del amor furtivo, fugaz, ilícito, arriesgado e imposible se alimentan sus almas. Creemos que ella se siente bohemia; que él, con esperanzas, presiente desengaños y siente celos que le hacen mejor actor.
Llega el día: él consigue un contrato. Deja de trabajar en esa discoteca de la movida y no vuelve a aparecer por allí. Ni se despide, no da señales de vida. El joven actor nunca mira atrás.
Ella sufre, y se consuela, como siempre ocurre, buscando inconscientemente lo que la hizo feliz, un sucedáneo de flirteo, de sexo a escondidas, de besos a extraños, de enamoramientos fugaces, emociones adictivas. Mientras a él la suerte le sonríe. Su atractivo le abre puertas, su desinhibición le da un empujoncito tras otro: amante, actor, compañero, confidente. Todos le quieren, le desean y le tienen.
Se acuerda de tarde en tarde de aquella dulce muchacha que se dejaba querer dócil y entregada en los lavabos, en los callejones, en la parte de atrás de su coche, encima de las mesas, debajo de las sillas, rápido, despacio. Cuando la recuerda cierra los ojos. Después, los abre y se ensimisma de nuevo planeando con cuidado su recorrido futuro, concentrado, entregado a la perfección de saber qué quiere.

jueves, 13 de mayo de 2010

Balance

Queda menos de un mes para cortar las clases. El curso 2009/10 se acaba...
Desde luego no es mi primer año en la Facultad, ni que decir tiene. Pero, aunque suene a tópico, cada curso es, de algún modo, un comienzo.
Este año lo empecé un poco disgustada por aquello del Grado y la precipitación con que se llevaba a cabo un cambio tan radical. El programa, los horarios, las listas de los alumnos, nada estaba a tiempo... Unas directrices insignificantes para un cambio esencial que no era (o no debería), como otras veces, solo de las programaciones, los horarios, la distribución y el nombre de las asignaturas. No. Asignaturas completamente nuevas, otra concepción de las prácticas y la clase magistral, la dinámica y relación entre profesores y alumnos,... Se impone otro ritmo, otra metodología y otros lenguajes sustituyen a los antiguos, más tradicionales y respetados.
Para qué engañarse: si ni los mismos alumnos, receptores de los esfuerzos del sistema, acogían con simpatía el Plan Bolonia. La desidia, de nuevo, planeaba sobre nuestras cabezas disfrazada de inconformismo.
Por otra parte, la tentación de siempre: dar la bienvenida a la novedad, acoger cualquier giro en los acontecimientos como una oportunidad. Algo tan poco usado por estos lares que a muchos suena a excentricidad.

El curso, al fin, ha transcurrido, como otras veces, raudo. Entre las prisas por ajustarse a horarios, la corrección de trabajos, los tres másteres y la coordinación de uno de ellos, las dichositas reuniones, algún viaje fugaz,... "Todo pasa y todo queda".
La rapidez deja un regusto raro como de fracaso porque siempre parece que todo ha sido improvisado, aun sin serlo.

Por otra parte, ¿qué me ha dado a mí este curso?
Cuando empecé, apenas si utilizaba un 10% de las posibilidades del Campus Virtual. He aprendido mucho y tengo planes que me entusiasman para el próximo curso.
Cuando empecé, no tenía blog, ni usaba facebook, ni sabía lo de las aplicaciones de "Señoras que llevan bolsas de plástico en la cabeza cuando llueve" o "Profesores que siempre llevan retrasado el temario"; no sabía lo que era enterarte de que en la Patagonia una chica 20 años más joven que tú tiene gustos parecidos a ti. Que a muchos nos cae muy bien Garzón e Iñaki Gabilondo, que puedes tener una mascota virtual o regalar frases preciosas a todos tus amigos desde donde sea que estés, y ellos te dirán "me gusta".
Cuando empecé, no quería empezar. Estaba cansada y algo enfermita. Pero, al poco de empezar, ya mejoró hasta mi salud.
El primer cuatrimestre fue algo de Historia, algo de Sintaxis, las niñas de Publicidad, el Máster, los comentarios sobre la falta de un Director de Departamento.
El segundo cuatrimestre llegó como un suspiro. Me reencontré con unos viejos conocidos, y conocí a los de primero algo mejor. Me metí hasta la cintura en el Grado, me comprometí. Puse en marcha un movimiento de cambio en mi forma de dar clase que me ha dejado exhausta y que no sé de verdad, de verdad si ha dado buenos resultados.

Sin embargo, he aprendido (de los alumnos, principalmente), me he reenganchado a los lenguajes de nuestra época y me he hecho una idea -por fin- de qué se espera de nosotros en este plan de estudios.

EL balance, positivo. Siempre.
¿Tendría que hacerme una analítica?

La cosa es que el Grado podría funcionar: si los profesores cambiasen su forma de ver la Universidad, si los alumnos se implicasen con toda su alma, leyesen como locos, y disfrutasen de cada evento que se les presentase como si tuvieran veinte años (¿por qué no lo harán?). Si la Facultad se abriese a cualquier sugerencia lúdica: faltan encuentros culturales, concursos literarios ¡en Filología!; talleres de teatro, donde también se reciten poemas; falta un DAC que coordine y dé ideas. Podríamos tener una revista digital, y que los de Filosofía nos dieran conferencias gratis a los de Filología. Y que nuestros figurones -¿Ruiz Noguera?- viniesen, al menos una vez, a conocer a nuestros futuros filólogos, que preguntan por ellos y se asombran de que no vayan a ser sus profesores. Y que se le haga un pressing como Dios manda a A. Soler, que tiene muchos fans por aquí, para que -GRATIS- viniese a dar una charla a los de Filología Hispánica. Y, de paso, Manuel Alcántara nos hiciera el favor de hablar como poeta (no como periodista, please) a los alumnos de nuestra carrera que siempre se quedan con las ganas.
El balance, a pesar de todo, es positivo. Los alumnos sonríen, escriben y leen. Este curso Rafael Malpartida ha dirigido un ciclo de cine que, en años venideros, puede ser un filón. Montesa y los de 1º -por amor al Arte- han logrado un Homenaje a Delibes que puede ser un precedente para actividades futuras. Se han abierto los ojos de algunos con respecto a muchas cosas que no tienen que ver con becas, horas o créditos, dinero, evaluaciones, méritos y currículum; más trabajo; política; derecha, izquierda (al centro y pa'dentro). Cosas que tienen que ver con aprender, disfrutar, y ese concepto abstracto, casi mítico, ensombrecido por ese horror de la información: el conocimiento.
¿Qué importan las horas?
Esto es Letras, amigos. Aquí 2 + 2 no son 4.
A veces 2 es mucho y 4, muy poco. Dos horas largas e infructuosas o cuatro amenas y maravillosas, en las que aprendemos y nos reímos cuando, por fin, comprendemos lo que Quevedo quiso decir.
A veces, tres horas discutiendo pequeñeces en una reunión es una pérdida de tiempo y una hora con una alumna en una tutoría es lo mejor del día.

sábado, 8 de mayo de 2010

Los secretos de Pilar

A Leticia Ureña, curiosa detective de las letras


La letra e habló.
Dijo que era una mujer con secretos. Que había un poso de tristeza detrás de tanta alegría, entusiasmo y felicidad. Que es una persona reservada a pesar de las apariencias.
Es verdad que hay cosas de las que no le gusta hablar. Una infancia con miedo, una adolescencia difícil, una salud que es un castigo, castigo que creyó no merecer.
Un ánimo alegre que oculta y entierra lo doloroso. Y, finalmente, sale victorioso y puede con todo y con todos.
La mujer flaca trabaja a veces de 8 de la mañana a 9 de la noche con una sonrisa sincera. Cree que es afortunada por tener una carrera que la satisface. Un buen compañero de viaje (desde los 15 años y después de cientos de historias), un hijo maravilloso, bello por dentro y por fuera, que la ama de verdad y hace que todo haya adquirido unas dimensiones más pequeñas. Quizás por eso últimamente se sorprende hablando en voz alta de operaciones y cicatrices con amigas que, tras años de amistad, es la primera noticia que tienen del asunto.
La edad, que -en el caso de esta mujer- es un aliado, la hace más extrovertida y, aunque sabe que hay cosas que por fidelidad no puede decir, lo demás irá saliendo de sus labios poco a poco en triviales conversaciones con amigos que le reprocharán, con toda seguridad, el ser una mala amiga.
Eso último es verdad. La amistad requiere cierta intimidad de la que esta mujer es incapaz, porque hay algunas cosas que le pasaron como un rodillo de las que no hablará... Aunque nunca se sabe. Ya lo dirá la letra e.