jueves, 29 de diciembre de 2011

Astillas

En la determinación de Larsen, en su sueño y sus planes, en los de todos ellos, no hay nada más que decisiones y cambios de opinión. Llegar a un lugar, tras mucho caminar, y darse la vuelta sin más ni más antes de rendirse, antes de pensar. Llenarse de esperanzas un día. Desear vengarse al otro. Renunciar a la venganza al cabo.


El astillero (Luis Pérez Ortiz)
Todo es confuso, todo es tan verosímil que no parece real. La literatura no sabe de no ir a ninguna parte, de desesperar y recuperar la esperanza, así como un niño llora y se consuela. La vida se crea como una suma de trazos, de principios y finales, de historias que llevan un curso: como si nuestras vidas fueran tan naturales, tan precisas, tan acordes con la geografía como un río.
Tan solo, no hay historia más pueril que la del suicida que encuentra sentido a todo, nada tan fantasioso como una mujer perdida, nada más tranquilo que un muerto recién amortajado.
El resto... el resto no existe hasta que no se cumpla. El resto es casualidad, torpeza y voluntad. Juego y más juego revestido de verdad, de mentira, de piedad, de humildad, de crueldad. Todos los disfraces que puedas imaginar. 
Sí, no van a ningún lugar, no hay más final que la tumba porque lo demás nos lo hemos inventado nosotros para fantasear. Y no digo que no existamos, digo que no importamos; y no digo que no ocurran cosas, digo que lo normal es que no ocurra nada y los ríos desemboquen en el mar y el cadáver salga a flote sin más. 
Otra cosa es que pongamos el punto y final aquí o allá.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Yo soy un Jedi porque el mundo me hizo así

Estaba yo en Ojayo, al ladito de El Morche, o igual era el que está en El Borge. Uno de los dos, creo. A lo que iba: en Ojayo tienen la mejor juguetería de la Axarquía y, por ende, del mundo. Bueno, es la mejor porque, además de estúpidos juguetes de Inazuma 11 y Ben 10, muñecos que vomitan de verdad, puzles de Winnie de Pooh y otras sandeces como bicis y monopatines con motor, tienen el mejor surtido de réplicas de los personajes de Star Wars, disfraces y complementos de los de verdad, nada de la mierda de ahora. No. Lucas en esencia pura.

Para empezar diré que me revienta pasar por la calle donde está la tienda, porque han puesto una pasticcerie, o como se escriba, llena de maricas tomando té con pastas, con gafas de sol y rubias pijas, de piernas larguísimas que no le llegan a la princesa Leia a la altura del zapato.


Ya al pasar por delante de esos entes degenerados perdiendo el tiempo en lugar de batallar por la República, me exacerbé un pelín. Lo confieso. Iba yo con mi traje blanco en son de paz, pensando en las enseñanzas de Yoda, con la intención de sentir empatía con todas las cosas del Universo para ayudar a la República a salir de esta crisis que nos asfixia, y aquellos allí con los modelitos de no sé cuántos y el muestrario de bolsos y complementos de El Corte Inglés y sus muert...


La cuestión no pasó a mayores: yo pensé en la Fuerza y ellos bostezaron. Y seguí unos pasos hasta entrar en el Templo. El último resquicio de pasión por la mejor historia de la Historia de la humanidad. El último bastión, superviviente de la deforme atracción del lado oscuro que todo lo corroe en nuestros días. No hay más que leer la prensa o ver Intereconomía para saber que el desastre está servido y solo unos pocos, limpios de mente y con la suficiente voluntad, podrán parar los golpes del Mal.

Y hete aquí que penetro en el lugar y encuentro el sector dedicado al Santuario desmantelado, con intención de reducirlo a un triste testero de piezas de Lego. La dependienta, de nariz puntiaguda e impertinente, me mira a los zapatos mientras de mala gana me dice que los "disfraces y pelotudeces varias" están ahora junto los demás disfraces, que "llega Halloween y los friquis tienen que saber donde buscar". Y... ¿después? "¿Después? Al almacén".

Unos minutos después volví en mí: una ausencia epiléptica malinterpretada por el común de los mortales, que me hace especial y me ensimisma en momentos de extrema necesidad. 

A mi regreso, la tipeja de la nariz, el uniforme y el desprecio ya estaba en otra zona de la tienda, disponiendo las piezas de Pokémon y otros falsos monstruos advenedizos. Sentí una ira inédita en mí. Sabía que no podía dejarme llevar, así que me acerqué a ella y le rogué, utilizando mi poder hipnótico, que devolviese las cosas a su estado anterior; pero la chica se manifestó claramente como un encubierto agente Sith que tiene la capacidad de resistirse al poder de la fuerza. Y ahí se armó. Ella utilizó la ira y el odio, en forma de risas y gritos, palabras hirientes y llamados a sus compañeros para neutralizarme. De un salto tomé una de las espadas sable con empuñadura de metal pulido que, en mis manos, dejó brotar un rayo azul de más de un metro. La fea Sith dejó de reírse. A golpes, obligué a ella y a sus compinches furcias-terroristas del Imperio a que repusieran el Santuario; tratando de alejar de allí a la inocente clientela, para que ningún humano corriente y normal saliese malherido.

Todo iba bien, las cosas iban bien. Lo digo en serio. Todo iba bien. Hasta que oí ciertos sonidos agudos y percibí unos colores brillantes azules y rojos y, de nuevo, la ausencia. Poco. Nada. Un minuto lo más. Mas, al tornar plena mi conciencia, toda la zona estaba llena de soldados imperiales, armados con pistolas láser y unas espadas que nunca antes vi, sin empuñadura plateada, sin extensión de color rosado; no, estas eran negras, duras. Entonces los soldados se me avecinaron por doquier, mientras poco podía hacer contra más de mil enemigos que me asediaban con todos los poderes del lado oscuro. Al cabo de unos minutos de forcejeo y lucha, uno de los envites me partió la cabeza y cuando desperté me hallaba absolutamente atado, en una misteriosa sala, en una nave que reconocí de inmediato como la Estrella de la muerte; sin más decoración que paredes y suelo blancos y blanduzcos, tanto como mi vestimenta blanca, lazadas las mangas por detrás, como debe de ser la moda estelar.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Las reglas del juego que desconozco

Anoche 
fue la última noche 
que muestro mis cartas


un lenguaje pueril
como el sentimiento
un lenguaje pueril
como yo


una cabeza fingiendo
estar asida a algún cuerpo
fingiendo alegría
fingiendo control


locuaz cabeza
perdida
verborrea sinsentido


las reglas del juego
que todos saben
menos yo


las reglas del silencio
del secreto
de la masturbación
del ostracismo
de la autocompasión


he roto promesas
y me he roto en parte
voy dando tumbos por la noche
que alargo hacia la tarde


y ahora busco este papel arrugado
donde están escritas las siete reglas
las normas
leyes invariables
del comportamiento humano


no son tablas, es un papelito
doblado y crujiente
que venía en no sé qué caja
de pastillas de colores


y pongo la casa patas arriba
y así se nota menos el desorden
y el descuido
las pelusas que me miran
las cuartillas de poemas
atrincheradas bajo la cama
escapando de la quema


aparece todo 
menos las instrucciones


así parece
así creo que parece
que va a ser así 
siempre jugando 
a un juego del que desconozco 
la finalidad
el cómo
el cuándo
y el por qué


luego entonces ayer
no fue el último día
que me equivoco
que destruyo lo que soy
que enseño mis cartas
con un lenguaje pueril

domingo, 18 de diciembre de 2011

Ya estoy otra vez, perdida en mi propio laberinto.
Otra vez, perdida.
Me llegan noticias de un nuevo blog.
Hoy, pienso, Internet rebosará.
Escribo consciente, mal, conscientemente llena de sarcasmos y cinismo.
Ayer fui una niña, miré el teatro romano, sentí felicidad.
Me enamoré.

Periodismo de investigación

Después de ser la más polémica participante del último Gran Hermano, me sentía preparada y me lancé. Primero probé suerte en el mundo del espectáculo, pero por lo visto no tengo talento musical: que ni susurrando canto ni con la pandereta me apaño y bailo sexi, no crean, pero de la barra me caigo. Que no, vaya. 
En fin, como artista no puedo ser y tampoco me permiten acercarme a los futbolistas de Real Madrid tras un par de meteduras de pata en mi etapa de "relaciones públicas" de la discoteca Pachá, pensé que podría ser periodista. Lamentablemente, "en la tele ya no queda ni un hueco", me dijo textualmente el ayudante del secretario del subdirector de Tele5, "pero hoy día, joven, proliferan los periódicos en línea y el mercado por ahí está en expansión". "Eso o leer el porvenir a horas intempestivas". 
"Bueno", dije. Y me fui pensando que si quisiera trabajar ya buscaría trabajo. No obstante, consideré que podría colarme en uno de esos sitios y acabar contando cosas del corazón o dando consejos de belleza. 
Me puse en contacto con una de estas webs que estando como estaban empezando podrían aprovechar mi moribunda fama televisiva para darse algo de publicidad. Mas no solo me piden un ¿¿CV?? sino que me exigen un articulo de 1000 palabras, tema libre, eso sí. Para ver si tengo pasta de periodista o qué.
Total, después de mucho pensar y como casualmente me pasé las noches del viernes y el sábado de bar  en bar con la pandi, decidí matar dos pájaros de un tiro y observar a los grupúsculos de ebrios compañeros de trabajo en las tradicionales cenitas de los días 16 y 17 de diciembre.
Oleadas de jóvenes y maduros con gorritos de Papa Noel, ellas de negro con grandes escotes y breves faldas, ellos con trajes chaqueta, engominados, los pocos que no  están calvos perdidos, vociferando alegres por las calles de la ciudad.
Reconozco que debí tomar notas o hacer fotos con el móvil o al menos centrarme algo más. De todos modos, ocurrió que de tanto observar a un grupo de tipos de mediana edad tratando con una confianza desmedida a un jefe-paganini contenido, se fijaron en mí, en mi rubia melena, en mis gruesos labios, en mi pechera talla 95, y me invitaron a una copa. Ahí ya pasé de la pandi, que muy amigos pero no invitan ni muertos. Y me fui con los tipos estos de cuyo nombre no puedo acordarme. La cosa es que les interrogué cual profesional de incógnito; creo que eran la plantilla casi al completo de un bufete de abogados, cuyo único miembro femenino se despidió tras el café por cierta insinuación masiva. A mí, que soy mujer de mundo, de mente abierta y pocos complejos, -además de que mi fama ya no puede empeorar-, no me escandalizó el asunto y creo que manifesté mi acuerdo con la postura mayoritaria, sin más afán que el conseguir más copas gratis. Perdida la cuenta de las copas, divertidísimos todos y relajado hasta el jefe, pasamos unos días muy agradables.
Mi intento de escribir mil palabras sobre el caso fue un fiasco. Exhausta, tras escribir largos ratos, contaba y me daban cincuenta palabras lo más. Los del periódico on line ni me respondieron el mail. Vale, sin rencores. Reconozco que me hicieron un favor. Los muy estúpidos. Pero mira por donde, ahora trabajo en el bufete y me pagan un montón de pasta por el mero hecho de ser cariñosa, alegre y obediente. A veces, cojo el teléfono, hago café o unas fotocopias aunque en general no me dan mucho que hacer.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Walt Whitman - Tu mirada

Tu mirada

Me miraste a los ojos, penetrando,
en lo más profundo de mi alma.
El cristal azul de tus pupilas,
me mostraba, mi imagen reflejada.

Me miraste y pediste temblorosa
que un te amo, saliera de mis labios,
pero ellos ya no tienen más palabras
pues los golpes de la vida los han cerrado.

Me miraste y tu pelo se erizaba,
y una gota redonda en tu pupila
que brotó, de un corazón roto
y cayó recorriendo tu mejilla.

Me miraste y tu rostro empapado
me exigía una palabra, una respuesta,
y mentí diciéndote te amo
por ganar de tu cara una sonrisa.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Requiem for a Dream

Un sueño muerto. Uno de esos que empezaron siendo de aire y se materializaron y en el ardor se derritieron y pasaron a ser fluido; dulce, espeso que nos recorre de pies a cabeza, que es como miel que nos cubre; que por algún lógico proceso químico se deja lo substancial en nuestra piel y queda en una ligerísima liquidez que se escurre gota a gota hasta llegar a aquel desagüe por donde cae para siempre. 
Cierta parte ya había sido llevada por el viento en forma de vapor de sueño; pero por lo muero hoy es por el sueño líquido que se fue por las tuberías al inframundo, al lado retorcido debajo del suelo, donde nada perece del todo, pero se pudre y toma un color sucio y un olor hediondo. Y hasta en su conciencia de la no vida aparece el impreciso brillo de la vergüenza, la autocompasión, el deseo imposible de desaparecer del todo. Como aquella parte de él mismo que se evaporó, como aquella parte de él mismo que se disolvió en nuestra piel.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Soraya, agente inmobiliaria, dixit

La verdad es que estoy muy contenta. Yo personalmente estoy viviendo los mejores años de mi vida profesional y, sí, vale, no se vende ni un piso de Protección Oficial, pero a mí me va súperbien.
Ya sé que otros se quejan pero yo no, sencillamente esta cantidad de tiempo libre y esta cantidad de llaves de chalets y áticos nos tiene a Rafa (el dueño de la Inmobiliaria) y a mí viviendo un momento mágico. Es que hay que ser positivo, y no dar tal impresión derrotista. Yo antes no estaba tan buena, por ejemplo. ¿Querría yo volver al pasado? ¿Querría estar gorda de nuevo, tener espinillas y ser morena? Pues no. Claro que no. Además tampoco vendía tanto. Por fea. Ni boom inmobiliario ni nada. No vendía nada de nada. Estaba entonces la Katja, que me levantaba todas las ventas. Menos mal que la deportaron. No sé qué de un asunto en que ayudaba al marido allí en Marbella. Aquí en Torre del Mar no hay tantos rusos. En fin, lo pasado, pasado. Así se estén congelando en Moscú. La cosa es que el estar al lado de Katja me ayudó en cierta manera. No me percaté en el momento, pero después me fui dando cuenta. Claro, ella vendía más porque estaba buena. Vestía bien, conducía un cochazo (del marido). Y entonces empecé yo a sacar pasta de debajo de las piedras para ir a la peluquería, y a la estética, y a los balnearios, y al masajista y me puse como ella. Unos taconazos de vértigo, labios sensuales que te comen, rubia (fina, de mechas, ¿eh?), cintura de avispa, tetas medianas y tersas (antes era plana como una tabla). En fin, todo. Lo que se pueda comprar con dinero, lo compro yo por mi imagen. El secreto de una súperventas en nuestro sector, que yo de los demás no hablo. Así empecé a vender que ni la Katja ni Dios. 
Luego después llegó el bajón. Rafa lo sabía porque, claro, es un lince. Listo, listísimo. Vaya que estaba cubierto (esto no puede salir de aquí). Todo era cuestión de una más que justificada suspensión de pagos, alquileres en negro y a vivir un poco menos holgados. La plantilla se redujo a mí. Y os digo que es por estar buena, que soy rubia pero no tonta. Además Rafa me quiere. Está enamorado. No deja a la mujer porque no es momento de divorciarse en plena crisis que le iba a costar un riñón y a mí, aunque yo no digo ni mu, me viene mejor así. 
Bueno, eso. Lo dicho. Que así dure la crisis otros cuatro años o cinco o diez. Mientras tanto, qué vistas tiene este ático amueblado con todo lujo de detalles, totalmente equipado, con aire acondicionado en cada habitación, cocina completa Deluxe, colchón de agua a estrenar (sic) y jacuzzi en la terraza cubierta. Si es que el que no es feliz es porque no quiere. 
Me voy, que me meten mano...

domingo, 20 de noviembre de 2011

Tras leer y padecer: no hay vida después de Onetti



No me queda aire. En su juego se queda todo el aire. El aire que le obsesiona, que le persigue, al que persigue. Que trata de desvelar sobre los objetos y a través de la respiración de mujeres fracasadas de grandes pechos; voluminosas, glamurosas exprostitutas. Jóvenes violinistas ansiosas de aventura, mujeres extrañas, manipuladoras, obsesionadas, sinceras yonquis. Aburridos hombres insignificantes, pobres observadores, que encuentran la vida en el aire de una habitación. Paladean un momento. Un momento de lucidez que igual fue un espejismo, un sueño, un error, que se les va y tras el que salen como si todo el castillo de naipes que es su vida dependiese de ese poquísimo aire.
Dalí me habla del aire como elemento pictórico y Onetti pinta su cuadro extraño, escena sobre escena, hombre sobre hombre, sobre hombre. Mujeres al fondo junto con el río y la ciudad. La ciudad inventada del todo y a la que aun así se puede llegar.
La vida no es solo breve, es irreal, es como un sueño, es apenas un sueño. Lo sé bien. Yo confundo mis sueños con la realidad cada día. Te lo conté. Te lo he contado todo. 
Nada que no se pueda soportar. La gran confusión, el hartazgo, el deseo nítido y loco de vivir más y de verdad. El simular que estás muerto por el puro deseo de estar más vivo.
Todas las renuncias de Brausen, su vida arrastrada como por la corriente del río que empuja cierta fuerza enemiga que él no podrá controlar, salvo si fuera un dios. Y eso hace: se ve como un dios, mata a Brausen, nace Arce, un ser mal hecho, borroso, hijo de un dios en prácticas y que no llega más que a emular al personaje. Porque la vida es un sueño y Brausen ansía despertar y como un Segismundo que odia con fuerza después se amansa y deja de odiar. 
Es más real Díaz Grey, más hombre de verdad y al tiempo el gran pelele de Lagos. El tramposo, el embaucador, el embustero, el traidor, el encantador, el que, cómo no, en un tiempo breve devendrá el envejecido fracasado.
Al fin, es la historia de un lugar. Un sitio que no existe donde van a parar los personajes y las personas para lo mismo. Una ciudad donde todos andan de la mano de su barrio, del reloj, de la mujer oronda y los niños que le atan, o la prostituta que los embelesa y a la que desprecian. El tiempo y la ciudad que transcurre como el río que la cruza como los habitantes que la pueblan, sin culpa y sin falta a la mediocridad y el contraste de lo burgués con lo demás. El tiempo del hombre de mediana edad que no sabe quién es y cuál es su finalidad. Que se sale del camino: enloquece, sin ser él  mismo el detonante de esta rebeldía, de esta fantasía, de esta determinación de dejar de ser una marioneta.


martes, 15 de noviembre de 2011

Gordo

Estaba yo descargándome Your hand in mine cuando descubrí el sentido de la expresión publicidad agresiva. Me llegan cientos de correos para qué voy a mentir. La mayoría del Groupon, Groupalia, Let’s Bonus, y otras tiendas on line. Algunos correos de publicidad directa y otros de trabajo. Los más importantes, huelga decir, son los que portan ofertas competitivas para conseguir aquellas cosas que siempre deseé pero que nunca pude comprar. Y aquí llegó. Como una revelación: “¿Quieres joder a tu ex?”. Y yo, sola, “¡Sí!”. Hablando con el ordenador, emocionada, la sangre latiente en las mejillas.


Aunque me molestó el repentino cambio e incoherente tratamiento de cortesía para ofrecer tal artefacto vil, pasé a lo esencial. Daba el anuncio en su interior todo tipo de ideas. Sobre cómo provocar situaciones  límite en las que demostrar audiovisualmente y, lo mejor, legalmente que el tío/a/@ es un cabrón o una cabrona o un@ cabron@. Sea como fuere, yo loca pulsé, cliqué, piqué y espoleé sobre el COMPRE YA. 
Para mi desgracia, 219 personas habían comprado el boligrafo espía y el descuento estaba agotado, había expirado la promoción y no quedaban bolis de esos para mí. A mi desilusión, siguió mi angustia, mi paranoia y mi pánico indisimulado en gritos, llamadas y chillidos por el piso con la certeza de que mi ex se había hecho con un par de unidades del magnífico producto a un precio increíble.
Sofocón, que ni cuento. Gordo. Gordo. Gordo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Ernesto llegó tarde

Amanda Larsen nunca fue persona de dejar cosas atrás. Jamás abandonó a su suerte a un amigo, a un compañero, a un desconocido, a un animalillo. Así, la acumulación de relaciones se iba dejando notar —al menos desde fuera— conforme los años pasaban. Era de carácter sensible y probablemente inseguro. De presencia frágil, de actitud descarada. Heredó una fuerza interior como para arrastrar el mundo entero en una red como el que tira del copo al amanecer en la playa. Conocía recetas, oraciones, remedios pero sobre todo era capaz de volar. Aunque nadie la vio ni tan solo levitar.

Una contradicción dentro de otra. La mujer se iba comprometiendo en tibias y pacientes relaciones que habían empezado como huracanes. Todo al inicio era inevitable, pavoroso, trascendente. Después, el buscarse desesperado de cada día se desgastaba, y se convertía en algo tan obscenamente rutinario y aburrido como el bregar con su propio marido. Y ahí quedaba ese amante, obligación de cada día, cada dos días o cada semana. A la espera de la visita, del paseo, de la llamada o la carta. Contando las mismas anécdotas, los triviales problemas, la revisión médica, las notas de los hijos. Engañado, y quizás engañando; sustituido pero nunca olvidado.

Acumulando queridos cual polígama con amnesia, se marchaban los días; la alegría del nuevo amante mantenía su amor por los demás: contentos y más descansados. Amanda era una persona diferente según las circunstancias: en el café, en la reunión, en la cama, en un hotel, en un coche, bajo una manta de incertidumbre, amor, deseo, confianza, repeticiones. Amarrada a todos por un conjuro de extraña fidelidad. Agotadora lealtad. La religión de cada cual.

Como es normal y a pesar de la magia, los coches se estropean, las deudas se van pagando, la gente envejece o sufre accidentes y los hombres de su vida empezaron a morir cuando se contaban en siete. La viudedad es un estado de la mente, como todo. Pero también, —y eso lo sabe cualquiera—, es un alivio, no digamos cuando se trata de llevar adelante siete vidas ocultadas todas de todas. Ella lloró, fingió un viaje para ocultar su dolor y reapareció como nueva.

Tras comprobar que así vivía mejor, se hizo la promesa de no agrandar la cuota a más de seis hombres que parecía el número cabalístico ideal para mantenerse feliz y no caer enferma. No más de seis, se dijo y repitió. Ni uno más. Seis es el número.

Mas hete aquí que conoció a Ernesto, el que llegó más tarde. Sin estar muy segura, supo con toda certeza que aquel hombre era el único que necesitaba y, de haber llegado antes, no habría encadenado su cuerpo y su alma a tantos otros con los que ya no había más opción que continuar. Ya no podía querer a los demás y después de repetir hasta el agotamiento el nombre de Ernesto, cualquier intimidad era poco menos que incesto.

Aliviada, descubrió que la mayor parte de ellos estaban ya saciados de sobra. Más que nada les unía la amistad y el reconfortante saberse admirado. Solo Martín, padre de sus hijos, y hombre más de acción que de imaginación, insistía en cobrarse el derecho sobre ella en el lecho conyugal. 


Martín era fuerte, saludable, torpe e incansable, combinación que llevó a Amanda a desearle una muerte pronta y accidental. La fuerza de este anhelo se hacía casi tangible en los momentos en que Martín se le metía dentro por más que ella pugnara contra su odio. Y si bien después siempre volvía a la armonía, algo como una sombra se avecinaba; Amanda había sentido algo nuevo e irreversible y la muerte del amante perdido le había mostrado la levedad y la facilidad que representaba la septuagésima parte de la viudedad. Las ideas se enlazaban en su mente como los eslabones de una cadeneta de fiesta, una oscura cadeneta en una fiesta negra.

El desprecio por Martín no fue el único detonante. Un seísmo se presentía en la ruptura de todo lo que consideraba seguro y cierto. Ernesto no la amaba, la deseaba como a otras y no rechazaba cada encuentro sexual, pero nada más. Y para desconcierto de Amanda, cada vez demostraba más falta de interés y amistad. Era evidente que algo se había quebrado en el equilibrio de las cosas.

Amanda consultó a su madre, sus tías, abuelas y bisabuelas. Ninguna estaba contenta. No habría debido amar a Ernesto tras decidir no tener más de seis hombres. Su deseo reclamaba su porción de espacio. Espacio que ella misma había colapsado. Parecía haber olvidado que la vida obedecía a sus anhelos. Había que reponer el estado previo de cosas. O dejaba sitio para Ernesto o dejaba a Ernesto.

Despedidas las parientes, Amanda caminó largamente hacia ninguna parte y desembocó en las oficinas de Luces del Mundo, la agencia publicitaria donde Martín era jefe de seguridad. Se abrió paso hasta el piso diez, entró en la sala de café donde estaba Martín con sus compañeros violando la prohibición de fumar en el interior del edificio, se le acercó y, con una sonrisa en los labios tan dulce que Martín ni se movió, susurró a su oído una única frase. Frase que no repetiré. Frase que Martín no entendió.

Volvió a casa, tomó un baño, una siesta, llamó a uno de sus amantes y dejó que le hiciera el amor en un modo nuevo y sin apenas amor.

Esperó. Cuando el teléfono sonó, ella ya vestía de negro. 

viernes, 11 de noviembre de 2011

Anoche soñé contigo

Anoche soñé contigo. Otra vez. Estábamos, ya te lo conté, en una sala pequeña. No era mi casa así que supongo que era la tuya. Solo un sofá cómodo donde estábamos sentados tú y yo, y un televisor de esos grandes como de los años 80 donde ponían un partido de fútbol que tú mirabas con interés. Porque te gusta el fútbol tanto. Y yo me acurrucaba a tu lado, me recostaba en tu hombro y dormitaba.
Ese era el sueño. Yo estaba tranquila y a salvo. Y tú mirabas el fútbol.
Te oía respirar y me consolaba ese sonido de tu respiración y ese pasar tu brazo sobre mí y ese abrazarme descuidadamente tuyo. A veces, abría los ojos y me acercaba un poco y te olía y te besaba la mejilla, y te dejaba ver el partido. En el sueño recordaba la tarde antes o la anterior a esa, cuando en lugar de encender el televisor, te dedicabas a leerme poesía; ambos en el mismo lugar y la misma postura. Sentados en el sofá cómodo, abrazados, tú leyendo como en un susurro y yo con los ojos cerrados. Nada me gusta más que me leas poesía mientras me abrazas, esa es la verdad. Pero la noche ante el televisor mirando el fútbol mientras me acariciabas ligeramente el hombro era la noche más feliz de mi vida.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

que no haya mañana

no hay verbo que lo exprese
el lento tiempo temido

que no haya mañana

queda noviembre
claro en el otoño
en el viento
en el frío

no hay palabras para esto
nadie yerra tanto
ni el hielo

que no haya mañana
ni confidencias
desvanecidas en la nada

que no haya excusa
ni enfado, temor
ni lágrimas

que pueda yo cerrar puertas y ventanas
que todo quede fuera

que no haya mañana

lunes, 7 de noviembre de 2011

biográficamente-unatriplecé

1,65, morena. ¿Habéis visto las mujeres de Julio Romero de Torres? Pues nada que ver.
Nací en Málaga un 18 de noviembre. Recuerdo perfectamente que llovía a mares y le di la tarde a mi madre.
Estuve largas temporadas en EEUU, Italia y Polonia, sitio este último de donde salí que me las pelaba.
Tengo un hijo. 6 años. Único, en todos los sentidos.
Estudios: muchos (lo juro, hasta me doctoré, creo). Muchos estudios de filología hispánica, todos olvidados.
Lo que me gusta: la música, la pintura, la fotografía, los cuentos, poesía y novela; el teatro, no tanto, fíjate. Ir con los amigos.
Lo que odio: las resacas, la televisión, a mi vecino de arriba.
Superpoderes: leo la mente, bueno, y el súper oído. Puedo hacerme invisible, casi, de purito normal en la calle apenas se me nota.
Defectos: escribo fatal, además de la mala letra, juego al ajedrez de pena, hablo demasiado, no pienso antes de actuar, me hago unos líos tremendos con todo, las cosas más sencillas me cuestan un huevo de pato, más nerviosa imposible, humor espesito, falta de concentración y, sí, miento, vaaaaaale.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Buscándote

Estuve, estuve en un par de sitios, buscando.
Buscando. Buscándote.
Llueve fuerte, tan fuerte como tú me embestiste.
Y la bisagra herrumbrosa bajo la lluvia chirría y se resiste,
ahora es casi imposible cerrar la verja.
Llueve y los pasos de los vecinos son sordos golpes lejanos,
como el deseo que siempre queda ahí entre nosotros,
sin terminar, sin cerrarse.
Como una herida que no duele.
Como una parte de mí dispuesta a tu espera.
Te oigo medio quejarte, medio llorar, medio burlarte
en el camino que me separa de tu cama,
en un tiempo imposible porque es futuro o condicional;
eso que solo existe en la lengua,
en tu lengua cada vez menos ajena,
menos extraña,
menos lejana,
que a veces recorre mi espalda
que a veces conviertes en palabras,
sucias y lascivas palabras,
y algo pasa, porque sacas lo peor y lo único;
y muerdes fuerte caderas, hombros, pechos y alma.
Y ya yo dejada, pienso,
pienso solo pienso,
más que otra cosa pienso y siento;
te siento entrar y salir desde mi piel a mi alma:
porque tengo alma;
es lo que te doy, mi alma.
A veces eres otro y te preocupas por mí
y me haces llorar,
y a veces eres tú, egoísta, bruto, exigente,
y me alzas y levantas,
y finges que me amas y me amas,
a tu pesar y para mi mal,
me amas.
No cerrará esta verja ni el mismo Dios.
No serás tú, será otro al que llamaré por tu nombre,
el que me abrace, me alivie, me cuide
un día o dos.
Una única vez.
Después vendrán otros.
Pero siempre tendrán tu nombre
y tu rostro.

domingo, 30 de octubre de 2011

El arquitecto y el inmortal

Ponerse a salvo del viento...


Decía algo sobre ladrillos primero; algo sobre amasar, sobre el adobe, sobre lo grande o pequeño, lo ligero o lo prensado o lo hueco o lo intenso; la verdad es que no lo entendía pero asentí con la cabeza todo el tiempo. "Así que la fisonomía del ladrillo". "Eso es". "Ya veo". Los ladrillos no tienen que ser simétricos por todos los lados del edificio. Y ya no decir si hablamos de un conjunto arquitectónico complejo. O de planificar una entera ciudad desde cero. Con cierta habilidad dialéctica explicó que igual podía planear una casita que un bloque de apartamentos que una ciudad medieval que una catedral que una entera ciudad del futuro que un país que una variedad de países que un mundo entero. Lo primero eran los ladrillos. Yo que me había perdido hacía rato en la anómala construcción de las frases y en las manchas grasientas de los cristales de las gafas del Arquitecto, dije:
-Y los árboles y las carreteras y el paisaje natural que hay entre un edificio y el siguiente, ¿cómo lo planificas solo con ladrillos?; no puedes calcular la distancia entre los árboles, el natural curso del río, la orilla que se acerca y se aleja. ¿Los apartas del diseño de tu mundo, a estos matices ineludibles gigantescos?, ¿no los tienes en cuenta? Se te impondrán, en un momento u otro, las olas, las cuevas y las pendientes, los cambios en el clima, la escasez de leña para la chimenea, el sol ardiente, el capricho de la naturaleza.
Me miró con lástima: "el ladrillo es una metáfora, joven amigo". No quise discutir. Un ladrillo es una pieza del mundo que queremos construir. Un átomo, que es componente esencial pero mundo en sí mismo. Están los que solo hacen ladrillos aislados, sin saberlo, toda su vida y los que construyen perfectísimos ladrillos que después no saben unir. El arquitecto de verdad debe tener un plan. Un boceto. Debe haber dibujado el lugar, el momento, el paso del tiempo, el rostro de los habitantes; debe haber pensado en qué habitación va a dormir ella y en qué habitación va a dormir él, en su orientación, en cuánto sol recibirá y si esto afectará a su ánimo. Podría crear un mundo entero, que incluye a sus criaturas, claro que sí.
En aquel punto he de decir no sin cierto reparo que me interesó más la mujer del Arquitecto que el Arquitecto mismo y su plan divino y creador. Ella ocupaba un gran espacio en aquella terraza entrando y saliendo con café, con coñac, con una regadera para refrescar las flores del anómalo calor de aquella tarde. Me turbaba con su presencia y su caminar lento y frágil y su no mirarme y su silueta tan escasa y pequeña. Antes, durante el almuerzo, había hablado algo del atentado que presencié. Aquella mujer, como todas las que los hombres creen conocer, sufría profundamente por el dolor ajeno. Era Venus desgarrada que yo quería poseer. La historia de siempre. No saber cómo era ella. Aurora, Afrodita. Hecha para nuestro mal. Seres menores, creados para el juego. A nuestro servicio. Debajo. La necesidad de la sumisión de Ella. Medusa antes de la violación. Inquietante. Por qué les otorgarían los dioses algún poder sobre nosotros. Para qué esa criatura ahí. Su cuerpo, esa ternura, cierta fuerza en su romperse. Después de tantos siglos, aún misterio. Qué quieren, qué buscan, qué más pueden desear; más que darnos vida y alimentarnos y calentarnos y descansarnos y satisfacernos. Qué más que estar en el mundo y alumbrarnos. Algo había cambiado y nada había cambiado. La mujer del Arquitecto sabía perfectamente que yo la deseaba y tan solo eso la conmovía. Víctima de su inseguridad y su miedo y -porque así se las hizo- abocada a ceder. No necesitaba comprenderla para saber que tan pronto como el Arquitecto se marchase, ella estaría disponible para mí.
Desaparecido el hombre, Aurora me aclaró que todo ese discurso se refería a la arquitectura de la novela que estaba escribiendo. Ya lo sabía, pero no quise contrariarla en su necesidad de explicarlo. La siesta de él fue, cómo no, el mejor momento de mi visita. Nos dirigimos a la sala de lectura y le acaricié el rostro con cuidado y cautela. Como si la conociera desde siempre, la guie en lo que yo quería hacer y que ella hiciera. Todo tan fácil. Así, el sentármela encima, el ir desnudándola, el besarle los pechos la cabeza hacia atrás entre suspiros. Así, el echarla en el sofá y dejar que me desvistiera, que me besara y me atrajese después a ella. Así, el entrar tierno y brusco al mismo tiempo: suave hacer el amor a la mujer casada henchida en deseo y culpa. Sus labios calientes sabiendo a mi sexo, trémulos y extenuados, me besaron olvidados de las promesas que un día dieron a otro hombre. Su naturaleza desatada y desvalida ante mi naturaleza clarividente y satisfecha. Nada había cambiado.



Tras cerrar la puerta y despedir al invitado, Aurora se sintio como Mina tras haber besado cientos de ratas.

sábado, 22 de octubre de 2011

El destino de la Tiridium 26

Año 3045, la nave Tiridium 26 transita por Orión rumbo a la plataforma farmacéutica Viagra2000, sita en la órbita de Gliese 179, con un peligrosísimo cargamento de kriptonita en polvo. Es martes. Todos los martes toca bingo, barbacoa y sorteo de un barril de ron. Desde el año 2956, los directivos de la Compañía de Transporte Interestelar S.A. establecieron que debían planificar actividades lúdicas diarias para apaciguar al personal navegador en recorridos de más de diez años para evitar que ocurrieran motines y destrozos en las carísimas naves. De igual modo, las únicas armas abordo las tenían las mujeres, más prudentes, más de fiar y en basta (e indecente) minoría. 
Aquel martes, 26 de agosto, Socorro del Mar Holderlin cantó 5 bingos, se comió 23 pinchitos y ganó el barril de ron negrita Habana Club Gran Reserva. Socorro, ante la perplejidad e ira de algunos de los tripulantes, se metió con el trofeo y una caja de vasitos de papel en el camarote de las chicas, sacándoles el dedo a los tipos que quedaban atrás. Ese gesto fue muy mal visto por la parte masculina de la tripulación que llegó a la conclusión de que el sorteo estaba amañado, que en el bingo hubo tongo, que la Soco era anoréxica y/o bulímica porque con lo que comía no era normal que estuviese tan flaca, y, como es lógico, todos estuvieron de acuerdo en que la tía era lesbiana y una guarra. Lo cierto es que Socorro era un poquito correosa y un tanto provocona. Y, si bien no era lesbiana, sí era andrófoba. La cuestión es que era también muy inteligente y supo burlar a los infalibles psicólogos de ACME, subcontratados por Transporte Estelar S.A. para cribar a los aspirantes con forma de ser conflictiva, como precisamente Socorro del Mar, persona problemática donde las hubiere y que jamás debió embarcar. 
Socorro, que se creía Artemisa, consiguió montar un revuelo importante en la nave ya entrada en Orión. Todos cabreados, enervados y fastidiados, en la puerta del camarote donde las doce mujeres de abordo bebían y cantaban sin disimulo alguno de su felicidad. Unos no pudieron contener su rabia y empezaron a golpear con fuerza la puerta que, por otra parte, ni de broma hubieran podido derribar. Los insultos lanzados apenas podían traspasar el grueso metal. Sin embargo, Socorro tras cinco litros -decilitro arriba, decilitro abajo- de ron, tomó la MP5 para munición 40 S&W, mejorada en 2876 por The New Smith & Wesson Corporation. Ligero, con inmejorable equilibrio y una precisión del 100% en manos de cualquiera. Abrió la puerta y se dedicó a disparar a todo lo que se movía, que resultaron ser cinco y no seis como ella en principio pensó. Gran parte de la tripulación ni se enteró, porque el subfusil tiene un eficaz silenciador. Las chicas, aun ebrias, previeron el peligro y comentaron el patón que acababa de meter: “Mujer, Soco, o sea, ¡cómo te pasas!”. Socorro las tranquilizó. Nada más fácil que hacer desaparecer los cuerpos cuando todos dormían en mitad de Orión. Si la cosa se ponía fea, ellas tenían un arsenal y a algunos de ellos de su parte. Tendrían que ser más listas. Convertirse en las dueñas de la nave y pasar de la Compañía que las utilizaba por una mierda de sueldo. El tiempo en que estaban allí era una cuarta parte de su vida. Su edad más fértil, más capaz, lo mejor de su juventud. Desperdiciada en encuentros fortuitos con algún cosmonauta con eyaculación precoz. Ella lo hacía porque siempre quiso ir a Orión y morir en Orión. Su amor. Las otras se miraron encogiendo los hombros y sin querer preguntar. 
Tras una perorata de 25 minutos, se decidió que, acabado el barril, saldrían a lanzar los cuerpos por el garbage gate, limpiarían suelos, paredes y techos, y se prepararían para tomar el mando a la menor provocación. 

Dicho y hecho, los cinco cuerpos tratados como basura y Socorro, con insomnio desde los doce años, venga a planificar los subsiguientes movimientos que iban a conducirla a capitanear la nao tras ejecutar a tres quintas partes de la población masculina de abordo, previo informe sobre su actitud, sus aptitudes e historial personal. Sería la primera nave pirata espacial con tripulación enteramente femenina, para lo que ya había previsto obligar a travestirse a los veinticinco hombres con los que se iban a quedar, para hacer todo el trabajo y dar placer a la que tuviese necesidad.

Al día siguiente, el comandante hizo llamar a Socorro del Mar para interrogarla sobre las desapariciones. No necesitaba más. Sacó el machete Keras profesional. Negro. Ligero. Ignífugo. Con un filo como el de la Katana de Sasuke. Le hizo un único corte, en el cuello. La cabeza rodó al suelo y todo dio comienzo. Sus planes se iban cumpliendo. 
La selección de los 25 hombres que sobrevivieron, y quedaron a su entero servicio, se hizo, finalmente, en función de las prioridades sexuales de las amigas de Soco. Una gran jefa. Una líder nata. 
Los más serviciales, entregados y, ahora, agradecidos, machos de la nao, llevarían un collar GPS detector con chip Telcel Cuarto Milenio. Pelucas, tacones, wonderbras y minifaldas.


Era miércoles, pero dada la situación, se suspendieron los juegos de agua y el karaoke. 
Socorro dio orden al piloto de cambiar el rumbo y dirigirse hacia el Bucle Barnard, que rodea como una burbuja la Nebulosa Cabeza de Caballo. Al mismo tiempo, había contactado con varias embarcaciones piratas dispuestas a comprar el cargamento de kriptonita a cambio de oro, combustible y suministros alimenticios entre los que no faltarían cigarrillos y ron para unas décadas. 
A una distancia prudente de Alnitak, hicieron en intercambio con la astronave tudesca Spirit of Hermes, únicos de los que se podían fiar. Todo trancurrió de modo pacífico, sin conflictos ni trucos: los alemanes cumplieron, Soco y sus travestidos subordinados cumplieron. Se despidieron a la francesa como es el estilo pirata estelar y cada uno siguió su camino. Poco importaba a Socorro del Mar que la Spirit of Hermes en un par de años revendiese el polvo de kriptonita al partido nazi y, tras una sangrienta guerra, muy mal llevada por los alemanes, Europa fuese arrasada del mapa terráqueo, aquel lejano e irregular globo de agua. 
La Tiridium 26 se había deshecho de la Kriptonita y estaba en condiciones de seguir adelante en busca del Bucle de Banard. No sé si lo saben pero allí se esconde el mítico río de la eterna juventud que tantos alquimistas buscaron sin suerte. La pregunta es cómo Socorro estaba enterada de esto y cómo conocía su exacta ubicación en uno de los filos de hidrógeno puro en constante movimiento que a lo lejos se percibe de color rojizo como si fuera un efecto óptico translúcido, casi invisible, intocable. 
Tardaron relativamente poco en llegar a Banard, donde les recibió una brisa irisada y rosácea de partículas que les rozaban sin parar. Soco mandó a uno de los travestidos a que saliese y tomase una muestra. Cuando este volvió, ella se llevó la cápsula hermética a su compartimiento y, a pesar de que iba en contra de todos los manuales de seguridad interestelar, abrió el precinto y se llevó el recipiente a su boca, mientras su nariz aspiraba. Notó una quemazón y se desmayó.
Pasadas nueve horas, Socorro del Mar despertó en la enfermería como si nada.  
Despertó llena de energía, pidió un informe de la situación: viandas, alimentos, motores, agua, cigarrillos, ron. Comportamiento de los tripulantes. Bien, todo bien. 
Hizo sus cálculos mentales. Esta vez no necesitó sacar escuadra y cartabón ni las gomas ni la calculadora científica ni tan siquiera los mapas estelares. Tomaban rumbo a M78, donde se hallaba la masa de espuma cuántica más cercana. Huelga decir, por evidente, que la Soco buscaba un puente Einstein-Rosen lo que no está tan claro es para qué se arriesgaría nadie a viajar en el tiempo y en el espacio, con el consabido riesgo de disiparse en millones de partículas (o desintegrarse) cuando acababa, supuestamente, de adquirir el secreto de la vida eterna.

Socorro del Mar ordenó al piloto rodear la cosa para ver hasta dónde llegaba, si es que tenía final. Y efectivamente, no era gigantesca tenía como un culo de vapor tupido negro, como toda su figura excepto la gran boca. Entonces, recurrió a unas microcámaras insertadas en unas diminutas esferas hechas de una aleación de metal. Las fue lanzando con una catapulta, sí, una catapulta de puta madre, una catapulta de diseño, negra brillante hecha también de unos ligerísimos metales desarrollados por ACME en el tercer milenio. 
Las bolitas con las microcámaras iban entrando y la pantalla de abordo mostraba oscuridad y más oscuridad por un breve periodo de tiempo y después un crujido, interferencias y se perdía la señal. A la tercera bolita, se vio perfectamente, en medio de la oscuridad, una especie de raja de luminosidad, entonces de nuevo se perdía la señal. 
Tras varias bolitas más (carísimas pero como Socorro las había robado a la NASA, daba igual), se vio de nuevo esa rasgadura, como el ojo de la Virgen de Chiquinquirá, igualito que uno de los ojos de la Chinita. La Virgen verdadera que otorga a quien se lo pide un único anhelo.


Socorro sabía demasiado. En cualquier caso, precavida como era, mandó a uno de los travestidos al agujero en una pequeña embarcación estelar para asegurarse de que el acceso al milagro no era mortal de necesidad. Realmente, no quería morir, la muy zorra.
Los tripulantes se mostraron reticentes y no hubo voluntarios. Aunque, al final, atado, amordazado y aporreado, un tipo llamado Sergio Van de Hausen fue introducido en la cápsula exploratoria bautizada con su nombre como agradecimiento de todos los demás.
El corto viaje de Sergio fue seguido con atención, las almas de todos en vilo, por las pantallas de plasma que había en cada sala de la Tiridium. 
Salió, rodeó una niebla que despedía su nave, se dirigió --gracias al control remoto-- a la boca del agujero negro y allí penetró. Las sacudidas y quizás los efectos físicos de los millones de campos electromagnéticos hicieron gritar sordamente (por la mordaza) a Sergio, mas la nave siguió adentrándose hasta toparse con el haz de luz y la presencia de la Virgen. 
No sé sabe quién estaba más sorprendido si el pobre voluntario o la propia Chinita, que pensaba que jamás un humano se le podría acercar. Entonces para pasmo de ambos, la nave dio la vuelta y salió por donde había entrado: Socorro manejaba el joystick con un arte y una precisión insólita. 
Dio órdenes precisas a sus lugartenientes: dar ron a Sergio Van de Haussen, y preparar de nuevo la cápsula, mientras ella se cambiaba el vestido, se ponía rímel y rouge y se hacía un recogido italiano.
Al fin, la mujer estuvo lista, la nave estaba lista y ocurrió.
La nave volvió a penetrar en el agujero negro, la Chinita, aún la boca abierta, recibió a Soco con su solicitud preparada. 
-Ave, Virgen admirada. Vengo a hacerte la petición que por mandato de Dios estás obligada a conceder.
-Ave, ser humano, no recuerdo nada de ningún mandato. Llevo mucho tiempo aquí y las emanaciones radioactivas ha mermado bastante mis capacidades cognitivas y la memoria ni te cuento. Y aunque, en principio, estoy tentada de creerte, no sé cómo hacer los deseos realidad.
-Usted... Tú ¿puedo tutearte, verdad? Tú solo óyeme y desea que lo que digo se cumpla para mi interés. Gran Señora, tienes que dejar de esnifar gases, te va a perjudicar seriamente a largo plazo.
-¿Aun más largo?
-Bueno, no sé. Chinita, admirada Señora. No puedo ayudarte. Y tengo prisa. Entiéndeme.
-Entiendo: no viniste a charlar. Dime lo que quieres.
-Deseo regresar al momento en que Orión en pura pasión se me echó encima y me empezó a hacer el amor. Justo antes de mi empujón; mucho antes de lo del escorpión. Virgencita, qué arrepentida estoy de lo del escorpión. 


La Virgen estaba confusa, pensando que esta era una de sus muchas alucinaciones. Pero, por si las moscas, se concentró hasta donde pudo y deseó que la tipa aquella volviese atrás en el tiempo y se encontrase bajo el cuerpo de ese tal Orión. Qué manera de flipar hoy, pensó. Y de repente, la cápsula, la impertinente humana del peinado raro y todo lo de afuera había desaparecido.

Socorro, en el cuerpo de Artemisa, se encontró súbitamente aplastada por su compañero de caza al que dejó saciarse a su costa con fruición. No hubo escorpión en la historia, ni en el cielo. Y ahora yo soy Sagitario (puto efecto mariposa).


Los tripulantes de la Tiridium ya habían puesto pies en polvorosa mientras Socorro hablaba con la Chinita. Descubierta la verdadera naturaleza de los agujeros negros, como los habitáculos de los dioses verdaderos, debatían apasionados qué podían hacer con tan importante información. Tras semanas de discusión, llegaron a la conclusión de que no era tan importante la información y se dejaron llevar por el nihilismo, las bacanales y el alcohol.


La Compañía de Transporte Interestelar S.A. puso una denuncia por la desaparición del navío y cobró una cuantiosa prima del seguro, que tras este incidente quebró.

jueves, 20 de octubre de 2011

Si hay que perderse...

Estaba yo sentada en Washington Garden Street Avenue, tan ciega de cerveza que los nombres de las calles se mezclaban ya no en mi cabeza sino en las calles mismas. 
-¿Cómo te llamas? 
-Amanda Irvingtown del Carmen Herodoto Onassis. 
-Anda, como yo. De dónde vienes. 
-De la Avenida Moliere. Iba para el Campus pero los nombres de las calles empezaron a cambiarse. 
-Claro. Pasa mucho. Pues te acompaño. 
-Vale. 
-Vale. 
-¿Quieres? 
-¿Qué es? 
-Cerveza sin marca: la venden a granel. Ahí en el descampado del Camino San Rafael. 
-Ah. Está fresquita. 
-Sí, es la fórmula secreta. Esta cerveza no se calienta. 
-Fíjate con lo que hemos bebido y todavía el litro está medio lleno. 
-Sí. Es la fórmula secreta. 
-Asombroso. 
-No tanto. 
-En serio, es imposible que se beba y se beba (a morro) de una botella y que esta no se vaya vaciando. Es pura Física. Algo de si q menos q es igual a q, no estás en la Tierra. 
-Tío, qué profundo. 
-Ya. 
-Oye ¿y queda mucho para el Campus? 
-Espera que miro la calle: Trafalgar Square con Charing Cross. Pues debemos estar ya casi porque este sitio me suena. ¿Me pasas el litro? 
-Mi litro es tu litro. ¿Y tú de dónde vienes? 
-De aquí al lado. Salí de Time Square hace dos meses y la verdad es que ya me dio hambre. 
-En Medicina se come bien. 
-Eso dicen. 
-Pues vamos. 
-Pasa la botella otra vez. Cada vez está más fresquita. 
-La gente de San Rafael que se pasa. 
-Eso parece. Oye y lo que coloca. 
-Sí. 
-Ya. 
(...)
-Estás muy callado. 
-Por no interrumpir. Es que no sé cuando has acabado y no quiero ser grosero. 
-Bueno, diré algo para señalar que te toca hablar a ti. ¿Cambio y corto? ¿Corto y pego? Algo así. Creo que lo clásico es lo segundo. 
-Sí a mí también me lo parece. 
-¿Dónde estamos? Me muero de frío. Abrázame. 
-A ver. Calle Libertad. Estamos casi ya. 
-Abrázame. 
-Vale, te abrazo. 
-¿Se te pasó el hambre? 
-Que va, tengo más. 
-Puedes comerme un poco mientras llegamos. 
-Llevas mucha ropa y no me gusta la carne con trapo. Sentémonos en aquel portal. Te bajas un poco el pantalón y yo te devoro la parte interior de los muslos hasta recuperar fuerzas.
-Vale. 
-Vale. 
-Vale. 
-Vale. 
-Vale...

miércoles, 19 de octubre de 2011

Te echo de menos

Echar de menos un candado,
un cencerro,
una mano,
un recuerdo.
Tus palabras disipadas en la niebla;
la niebla de tu circunstancia y tu miedo.
Yo ya te echo de menos;
te echo tanto de menos.
Te necesitaba de antes de saberte,
de antes de conocerte,
de antes de lograrte,
de antes de que sin tocarme me tocases.
Acaso esto se acabe
sin necesidad de un motivo
ni despedidas lamentables.
Pero tengo miedo de despertar:
despertar en la mañana o en la tarde,
confusa, clarividente,
y tener la seguridad,
la insoportable certeza,
de que no volverás
y que nada cambiará.

domingo, 9 de octubre de 2011

Pequeñas muertes

En la penumbra se sentía más cómoda. Dejaba caer sus ojos sobre los objetos que poblaban el cuarto y que tomaban vida al alargarse en su sombra. La vista de la vida la conmovía. Y de nuevo las lágrimas impidieron el oficio de ver y abrieron la puerta al recuerdo tergiversado. 

En su memoria se había fijado el olor de él, su verbo desgastado, su voz como cantando en el momento del placer. El tacto en una nueva versión dolorosa, deliciosa y cruel. La impaciente y egoísta huella de una muerte. Única y desesperada.
En el ocaso, la música de la avenida se suavizaba, la luz de la sala se tornaba rosada. Por última vez, permitió que las lágrimas cayeran lentas. Eran las condiciones precisas para que el recuerdo dejase de ser siervo de los sentidos y ocupara el lugar correspondiente en el libro de su vida.

viernes, 7 de octubre de 2011

De mayor no seré nada; solo sentiré el viento helado cortando mi cara, despeinando mis cabellos, mientras miro el cielo estrellado. Aunque intuya algún encuentro, algún viaje, no habrá nada. Nada. 
Planeaba escribir, pero no lo haré. Si sucumbo, quemaré cada hoja. En un crematorio que no limpiaré. 
De mayor no volveré al cementerio. A sentarme entre panteones y flores marchitas, y oler el aroma de la naturaleza muerta mientras tomo absenta. Y no seré sepulturero, ni porteador, ni conductor de coches fúnebres. 
No tendré estómago, no comeré. Nunca leeré el diario de aquella mujer. Ni miraré las fotos de juventud de algún desconocido, perdido para siempre. No aprenderé ni haré una canción. No jugaré. Nunca jugaré. No andaré entre trigales, buscando. No distinguiré un limonero de un ciprés. No doleré. No seré memoria, ni harán ruido mis pisadas. No caminaré kilómetros sin sentido, marchándome. Las hojas que caen incansables no me tocarán.
De mayor seré el viento y las estrellas y la nada. 

miércoles, 5 de octubre de 2011

 T
odos en nuestras pequeñas vidas,
vidas sin rima,
vidas sin ritmo.
Perdiendo diminutas batallas
de esfuerzos cotidianos baldíos.

Todos en nuestro calor, en nuestro frío.
Con nuestra pena, tan lejos,
soledad con reverberaciones de hastío.

Todos parados
mirando al cielo,
esperando un giro.
Parados
en mitad de la nada.

Callados,
tolerando los aullidos.
Acurrucados
en los huecos de la roca.
Cenicientos
por el polvo de los siglos.

Todos cansados,
grises, macilentos,
escuchando.

Escuchando
el reloj acompasado
con el latido sangriento
de sangre músculos aire
aurícula ventrículo
Todos solos,
compungidos,
esperando.

Esperando
que se nos robe el olvido,
que tanta locura acabe,
que la vida pase
como un suspiro.

Y al fin ser ave, 
ser mar, ser aire,
ser piedra,  ser dios,
ser fuego, ser vacío.