lunes, 31 de diciembre de 2012

Hagámoslo bien...


Hagámoslo bien, viajemos. Demos la razón a la naturaleza y dibujemos las sinuosas curvas de la costa mientras sintonizamos la radio. Pink Floyd, Echoes. Live at Pompeii. Gracias. Así podríamos acabar el año. Entrar en la nueva era ingenuos y descansados, con la memoria vacía de datos inútiles y desgastados de puro repasados. Ni siquiera llevemos una maleta con objetos que nos recuerden quiénes somos, quiénes podríamos haber sido o quiénes hemos aparentado ser hasta ahora mismo. Que sea el azar o el autor de nuestra historia el que ponga título, el que establezca un principio, el que ponga un punto y final o unos puntos suspensivos. Nosotros solo escuchemos el mar con música de fondo. La cuestión no somos nosotros, es el viaje mismo y si el viaje significa algo o no, no es el viaje el que ha de decidirlo... Que la historia dé comienzo con una BSO y un cuaderno rojo vacío, con una llamada al teléfono móvil de alguien que está perdido, interferencias por las interminables carreteras secundarias que arañan todas las ciudades costeras. Cada cosa que entre en el coche aportará incongruencia al universo incoherente que formamos. "El día está medio lleno", diremos; "soleado y frío", diremos; "agradable invierno mediterráneo", diremos. Anotaremos en nuestro cuaderno la esperanza de encontrar la perfecta diáfana mañana de enero tras algún cambio de rasante, tras una mutación en el aire. Y, pasado cierto tiempo, nos sentiremos incapaces de medir o calcular, ni tan solo considerar, el paso de las horas y los días: el viaje se habrá convertido en lo único importante.


sábado, 29 de diciembre de 2012

Amital soda con yelo


Llevo sangrando treinta años. Treinta años con la característica que me hace igual a tantas otras de las que no sé nada. Treinta años con la sensación de quedarme fuera de una gran fiesta de reinonas de pelos cardados y pelos planchados, de evas-al-desnudo disfrazadas de lolita, de ángeles con voces cascadas de berrear en la sala; la fiesta de las cleptómanas viudas y las usureras flacas y resecas; la fiesta de las falsas ingenuas, futuras puritanas de alto standing, y de las místicas borrachas etéreas. Treinta años perdida en la mascarada tras la que no se distinguen las intenciones, sangrando entre amores disfuncionales y hechos reales, en medio del delirio “fin de fiesta” de un suicida macabro; sangrando como testigo de excepción del vacío de varias vidas, espectadora de la más barroca escena cuyos protagonistas se despedazan entre ellos en una gran casa en mitad de la nada. 
Y, de tanto en tanto, me limpio la sangre y salgo a buscar una respuesta. Y ahí me topo con un otro borroso y ofendido.
Ahora tú me miras, adormilada, adormilado, sexy caparazón de rubicundas ruindades, mujeruca llena de verrugas, pasajero ensimismado en las actividades deportivas de tu barrio, ojerosa madre preocupada, plumífero enfermero de la quinta planta, joven de siete cabezas del final del vagón; me miras mientras sangro, con ojos ora interrogantes, ora aterrados, ora amenazantes; con el vaivén de un monstruo alienado; sin saber si sueñas; deseando estar en un sueño; con el cóctel farmacopólico aún viajando por tu sistema digestivo, bailando en tu estómago, calando en tu sangre, subiendo por tu sistema linfático, palpando el centro de tu sistema nervioso central, bajando hacia los intestinos con vocación escapista. Eres todas esas criaturas que yo enveneno con mi presencia y te invito a tomar de la copa que te ofrezco sinceramente, con la idea de, no obstante la alteración del habla por la afectación del nervio hipogloso, sacarte la verdad a toda costa.


Victor Sheleg

domingo, 16 de diciembre de 2012

Oda al Lidl



Yo no sé qué mierda es una oda. Apenas aprendí a escribir ayer y no he leído nada que no salga en un paquete de comida precocinada, así que ya ves. Pero, como todo quisque, hablaré, y hablaré del Lidl. Ese sitio entre tenebroso y absurdo, rabiosamente yanqui, increíblemente desordenado, atestado y extraño al que vamos las madres modernas. Madres modernas buscando cerveza barata y disimulando, perdidas entre la masa de enormes espaldas biondas e invasoras que se pirran por sitios así. Madres que aman a sus retoños, como yo.
Y recorres los pasillos como Dante en el infierno, viendo todos los sinsentidos del planeta expuestos sin orden ni concierto, sin razón, sin limpieza y sin problema, sorteando las cajas tiradas por los suelos, empujando sin vergüenza a los guiris intrusos y metiendo en el carro todo tipo de comida para microondas para tus niños que andan como vándalos por allí, montando un circo que a nadie extraña porque a nadie allí le sorprende la mala educación, el griterío y la indolencia de una madre moderna. Son una tribu a la que perteneces te duela donde te duela, y es así. Llenas, en fin, el carro, con toda clase de reservas listas en dos minutos, merluza tres sabores, pizzas de caramelo y mucha ginebra, y muchísima cerveza. Y echas un par de cajas de vitaminas e hilo dental para disimular el verdadero motivo de ir a aquel infesto lugar para hacerte con un arsenal de alcohol, mientras atiborras a tus hijos de comida basura y los dejas frente al televisor. La cajera, la única cajera, se hace cargo de una cola de siete metros, llena de espaldas enormes entre las que te sientes como una habitante de Liliput que concede a sus hijos la venia de tirar por los suelos todo aquello que esté a su altura y traer a manos llenas chocolatinas que agregas a tu compra tras veinte minutos de espera. La cajera es una mujer bigotuda que mira a todos con el mismo mirar y no intercambia más de dos frases jamás. Como si dijera, no me importa tu vida ni la mía y no creo en la electrolisis ni un carajo, solo quiero que den las diez para hartarme de fumar.
Es una pesadilla, pero los niños lo pasan bien. Y tú, madre moderna, lo cargas todo en el monovolumen que te dejó el adultero aquel y te llevas a casa a los tres salvajes que no harán los deberes, que se quedarán dormidos en la alfombra tras comer una lasaña de bote y te inflarás de beber hasta caer en la alfombra tú también.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Un GenderfuckFest en mitad de la nada


Estábamos en un hotel. Para disimular, Él dormía en una habitación y yo pasaba la noche en una hamaca en la paradisiaca zona de la piscina, aunque, como ya estaba bien entrado el otoño, me costaba conciliar el sueño por el frío. La noche se hacía larga; de entre las mantas que Clara, que nos conocía bien y nos trataba de modo gentil y discreto, me había ido consiguiendo de aquí y allá, solo salían mis ojos vidriosos y mi nariz helada. El cielo negro y sin nubes me permitía disfrutar del espectáculo gratis y absolutamente embriagador de las estrellas y su lento desplazamiento, que es el nuestro. Y pensando esto, lo relativo que es todo, lo falso que parece lo real y lo cierto que parece la apariencia de la que se revisten las cosas, entendí que me mentía.
De algún modo, creo que logré dormir y tuve un par de sueños que mezclaban todo lo que andaba desordenado en mi cabeza. A eso un tipo nativo americano, amigo de un par de gurús hindúes con mucho éxito entre las señoras del East River, lo llama “leer las señales de modo intuitivo”. Yo este suceso concreto y que me ocurre demasiado a menudo para ser una casualidad no lo he bautizado todavía. En uno de los sueños lo veía a Él, que debía de estar roncando en la habitación que había reservado “para los dos”, hablando con la joven Lucía con la que, antes de conocerme, había mantenido una relación de flirteo y con la que no había consumado nada de nada porque así Él lo quiso, siempre según su versión. Después, Lucía se marchaba a estudiar al extranjero donde conocía a un señor con el que se liaba a base de bien y entonces Él se disgustaba de un modo excesivo y le escribía una misiva llena de reproches en la que, sobre todo, le insistía en que desperdiciaba su tiempo viviendo de ese modo bohemio y sin meta, etc. No digo yo que el hombre no pusiera el dedo en la llaga, pero en el sueño me parecía que la verdadera razón de su enfado y su mezquindad verbal con la joven Lucía no era otra que el despecho y los celos, por lo que todo aquello de que Lucía lo rondaba y Él se resistía, en el sueño se me hacía difícil de tragar.
Después de esta revelación, me desperté por el ruido que venía de la parte de la discoteca del hotel donde aquella noche había una fiesta de drags y pequeñas promesas del genderfuck. La cosa acababa y desfilaban, al son de voces chillonas y taconeo, un ciento de boas, caras con la pintura derretida, zapatos absurdos e imposibles de calzar y, más que nada, risas curiosas, carcajadas sin cinismo, sonidos desprovistos de sarcasmo. No sé por qué, me levanté de la hamaca y, arrebujada en una de las mantas, seguí la extraña procesión, como una rata tras un flautista vestido de arlequín.
Subía unas escaleras entre la turba mutante, observando hipnotizada a la niña de tacones de 20 centímetros de charol rojo que me precedía, cuando escuché claramente la historia de un hombre culto que durante 5 años pretendió sin tregua ni cuartel a una mujer culta ella también, y que la elegante madre de familia y gran profesional se dejaba invitar y se dejaba querer por la fascinación que en algunos seres tiene la pura y trabajada adulación. Tras esos años, según contaban aquellos, la mujer empezó a sentir cierto tipo de presión paranoide y acabó haciendo las cosas más violentas y extrañas, hasta rozar la autodestrucción social, mas no la personal, de lo que entendí que la mujer de la historia consiguió salvaguardar un último resquicio de individualidad pues había actuado como una farsante y esta farsa la había protegido de caer en la más profunda de las vejaciones. 
Cómo sabrían estos personajes esos secretos, me preguntaba mientras me daba la vuelta y a codazos entre la ambigua y humana masa me volvía al lugar donde estaban el resto de las mantas y mis pocas posesiones. Pensando que mi coche no tenía gasolina, que en mi monedero no había dinero y que tenía hambre y frío y no sabía qué hacía yo allí y, como ninguno de los personajes del GenderfuckFest tenía reloj, no sabía cuántas horas de tortura y humillación me quedaban aún hasta que Él apareciera y me pagase un café.
Entonces sonó mi móvil, admirada de mi propio oído con el jaleo que había, “descolgué”. Era su mujer, claro. Que dónde estábamos. Él no sé, yo en una fiesta de drags que ya acaba. Y le pasé a una princess para que corroborase la información semiauténtica que acababa de proporcionar. Tomé de nuevo el chisme tras la colaboración de la/el joven y continué explicándole a la buena señora que, tras una ducha y cambio de vestimenta de mis amistades, un butch y un tío buenísimo y con un montón de pasta, nos íbamos al Escándalo dispuestos a cerrarlo. La mujer seguramente buscando en la Wikipedia todo lo que no entendía de mi jerga, callaba. Yo, un poco menos calmada de lo que requería la situación, colgué grosera, sin despedirme, y lancé el móvil lo más lejos posible, habiéndolo apagado previamente pues a pesar de ser una histérica, no estoy loca. Una drag, guapa que quitaba el hipo, me dirigió una piadosa mirada y yo, con la misma ropa arrugada desde hacía 24 horas, despeinada, ojerosa, temblando de frío y culpa y enfadada, agaché la cabeza y me recogí en mí misma, mientras recordaba la canción de Sister Sledge y me echaba a llorar. Ellas están con su familia, yo no tengo familia, así que vuelta a la hamaca a esperar.

Tuve la impresión de haberme cruzado con Úrsula, con su eterna minifalda y su juventud alienada, supuse que ese día tampoco llevaría bragas. Me tiré en la hamaca y volví a soñar mientras me castañeaban los dientes y las lágrimas formaban una estalactita gris que se alejaba mucho de ser monísima. La historia, de nuevo, era una anécdota distorsionada de los mundos de Él en la que mi voluntad está anulada y mi inconsciente, saturado.
En el sueño, Úrsula mostrando sus encantos más íntimos propone una sesión de amistoso intercambio cultural a un hombre que está en sombras. El hombre, lejos de rechazarla, acepta mientras acumula saliva en las comisuras de los labios. Dónde. En calle X. El hombre tuerce el gesto. Eso está lejos, le viene mal. La hora propuesta es demasiado tarde. En la calle X no hay donde aparcar. Yo, en el sueño, oigo sus pensamientos y veo la flor del secreto de Úrsula alejarse del centro de interés del hombre de las sombras.
Desperté sobresaltada, no entiendo muy bien por qué, como si fuese una pesadilla donde yo misma muero. Cosas de los nervios. En fin, que lo sepa Úrsula o no, y sea cierto el capítulo o no, yo tengo claro que Él no se acostó con la jovencísima Úrsula, no por evitar el estupro, ni por falta de deseo de hacerlo, sino por cuestiones peregrinas, ordinarias y triviales que constituyen toda una molestia, cuestiones tan graves como el olor que queda en las manos después de haber picado ajos. Al menos es lo que dicen mis sueños.

Por fin se hace de día, Clara me avisa para entrar las mantas y pasar por el baño de empleados a asearme un poco y, así, poder permitirme sentarme a una mesa en el recién fregado comedor de clientes del hotel. Un rato largo después, aparece Él.
—Se te ve descansado, —digo.
—Se te ve espléndida y preciosa, —miente Él.

Dejo que me invite a un desayuno continental y que me pague una sesión de peluquería mientras va a buscarme un regalo bastante caro. Dejo que me lleve a almorzar a un restaurante precioso y que pague la gasolina de mi coche en la BP cerca del sitio donde ha dejado aparcado su VW. Nos despedimos con ternura. Le prometo que le mandaré un mensaje en cuanto llegue, sin decirle que ni siquiera tengo ya móvil. Me dice que me quiere, que jamás ha querido tanto a alguien, que tenga paciencia hasta que se solucione lo que sea que se tiene que solucionar, que lo hago tan feliz que separarse de mí es una verdadera tortura. Yo le digo exactamente lo mismo ya un poco impaciente por volver a casa y tomarme mi escitalopram, hoy acompañado por un cóctel de halazepam, tetrazepam y bromazepam con ginebra de marca blanca.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Arlequines ociosos

El único juicio válido debe de ser el juicio final, el resto son un montón de pajas mentales y un montón de opiniones revestidas de convicción verbal. Ya hace tiempo que descubrí que era difícil resistir a las tentaciones, que era más posible para otros que para mí comportarse según las normas arbitrarias, convencionales y comúnmente aceptadas --ergo, de algún modo democráticas,-- y que, por ello, la existencia de muletas iba a ser todo un inconveniente en mi paso por esta vida. Así, las muletas, que han sido de todo pelaje y condición, se han convertido en parte de mi pellejo, ya gris: un pellejo fino y poco útil, un pellejo nada resistente al frío, al viento y a la hostilidad palpable que tengo el sexto sentido de percibir. Estas muletas son, al fin y al cabo, una ayuda simple para el caminante pero en mi caso (y en muchos otros) se hacen tan absolutamente imprescindibles que al final son más un problema que una solución. Y he aquí mi conexión contigo, amigo. Yo me hago adicta con rapidez, con alegría, con facilidad y ansia a todo aquello que me hace feliz. Si es el alcohol, soy alcohólica; si es el amor, soy una desdichada y triste mujer solitaria; si es el sexo, soy un buen polvo con el que nadie sabe bien qué hacer. Ahora soy consciente de lo difícil que es ser adicta y vivir; simplemente vivir; tan solo cumplir los mínimos de una existencia pacífica y "normal", como si fuera yo también una persona cuerda. Y no solo es difícil sino que, a veces, es imposible; y deliro y finjo y me esfuerzo, pero al fin sale de mí esa necesidad ludópata, ninfómana y viciosa para consolarme al tiempo que me destruyo, mientras al fondo se oye una ovación de los arlequines ociosos que únicamente existen ahí por mí.



Betty Bundy

martes, 4 de diciembre de 2012

No es este un mundo para la nieta bastarda del Jorobado de Notre Dame

Por motivos ajenos a mi voluntad, ando explicando la formación de palabras en lugar de hablar del mucho más interesante tema de la deformación de palabras. Pero no es este un mundo para la nieta bastarda del jorobado de Notre Dame. Y así, ocupando mi tiempo en cosas banales, en cosas que hago con empeño pero sin ganas, en cosas que me permiten ganar algo de pasta, veo la luz y aclaro algunos términos del contrato que alguien, por poderes, firmó en mi nombre el día en que me escupieron a este basurero llamado Mundo. Oigo una voz cavernosa que me dice que entre un montón de dinero y la Verdad, entre un montón de dinero y el Amor, entre un montón de dinero y Dios,... no hay dudas en la elección. Y ahí, paro de escuchar. Tomo mi cuerpo flaco y lo llevo al congelador en que se ha convertido mi terraza, fumo para dañar mi integridad y mi salud y mi apariencia y me dedico a leer el destino de los tiempos en la forma de las nubes, que es la profesión para la que yo venía predestinada. Hace un frío de cojones. Las nubes están espesas y aisladas, sus límites como pocas veces marcados, la leyenda más clara que el I Ching en sus mejores días como de aquí a Júpiter y volver, e ir y volver, e ir y volver infinitamente. Diría lo que he visto y mis predicciones, así, gratis, porque sí, pero hoy no me da la gana, a lo mejor lo digo mañana. 

lunes, 3 de diciembre de 2012

La agonía de Pobre Tony


Pobre Tony acaba reventando en la parte de atrás de un vagón de metro, rodeado de sus propios excrementos, tras tragarse su lengua, en pleno delirium tremens, después de semanas de vivir en un WC, después de semanas de degeneración y dolor.
Antes de ello, Tony sería un niño; después, un adolescente amanerado y, al cabo, un hermoso joven totalmente extravagante y gay. En un momento indefinido, Tony -como todos por aquí- necesitaría darle un sentido a su vida y no tuvo tiempo de pensar, se topó con la felicidad cuasi gratuita (por la falta de esfuerzo, digo), la felicidad brillante que todo lo compensa, el amor, la ebriedad, la consecución de los deseos conocidos y desconocidos, el brillo de la verdad, la música y la poesía, la amiga y la amante, y la buena cocina, y la cama perfecta. Y Pobre Tony se hizo asiduo a varias sustancias. Podría haber sido solo una. Podría, y su suerte habría sido la misma, si hubiera sido solamente alcohol. Pero no. No fue una, sino varias sustancias las que dieron sentido a su existencia. Y, por momentos, Pobre Tony sería como un rey de la noche (o, más bien, una reina) y, por momentos, sería terriblemente egoísta. Y se sentiría bello y perfecto y fuerte y joven y completo. Y crecería en sí mismo de felicidad y, disimuladamente o no, se cerraría a los demás, pues los demás no son necesarios (aunque no son, tampoco, prescindibles; son, digamos, accesorios) cuando tú y las sustancias formáis un todo con sentido y se supera el insoportable vacío de la existencia.
Y Pobre Tony lograría superar su vacío durante un tiempo cada vez más corto, y comprobaría que, cuando vuelve a la normalidad, el vacío es aun más profundo, más negro y está más vacío, y no solo es angustioso y desesperante y asqueroso, sino que ahora es terrorífico de verdad y cada vez se hace más y más insoportable, no se puede soportar, no es tolerable ya; y llega un momento en que puede ser enloquecedor enfrentarse al vacío. Después, el vacío lo llena todo y acaba por ser la única cosa real.

Seguramente, D. F. W. reconoció la subida a la completa felicidad, la ausencia de miedo, la comprensión de sí y de todo, el descenso más arrastrado por los infiernos de la humillación, e imaginó una muerte lenta y dolorosa como un larguísimo proceso de congelación desde dentro, millones de cuchillos de hielo entrando y saliendo.

Reconocer todo ese sufrimiento y meterte en él, acostarte con él, levantarte con él, mirar a los ojos al horror y, después, salir a la calle y ver las luces navideñas que acompañan fingidas capas de nieve en los portales de los centros comerciales donde enormes carteles de LED  verde cantan a la unidad familiar, al tiempo de hogar, al consumir como dar. Y cantan al amor y a la paz y a la esperanza. Y la intermitente defensa de los clichés debe debatirse en el fondo, como un deseo desesperado de creer en algo asible; aunque, después de haber paladeado la verdadera amargura, después de haber digerido la agonía de Pobre Tony, después de haberse sumergido en ese pantanoso mundo real y haber visto cómo son y serán las cosas de verdad, los clichés no sirven de nada.
Y ver acercarse al monstruo y reconocer la enfermedad e, incluso, intuir cómo sería toparse en mitad de la nada con la Abstinencia. Y aun comprender que hay pocas alternativas al vacío... Dan ganas, no digáis que no, dan ganas de sacar de alguna parte unas fuerzas animales, unas fuerzas irracionales, destructivas, sobrehumanas, ira en estado puro que lo tire todo abajo y bañe de escombros ese mundo de colorines y campanillas; actuar de un modo apocalíptico e irreversible, aunque solo sea irreversible para ti, aunque solo sea apocalíptico para el que en ese instante se cruce en tu camino.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Duele

El dolor relativiza todo. Es el único absoluto que reconozco y al que temo. Cuando escribir representa un esfuerzo sobrehumano y hundirse en un colchón blando una ausencia infinita de felicidad, cuando te haces consciente de cada bisagra de tu cuerpo y notas latir la sangre bajo la piel con tanta dificultad, la vida parece larga y el camino una pendiente viscosa por la que resbalas sin remedio por más que te empeñes en avanzar, por más que confíes como una cretina en tu voluntad, por más que, aun sabiendo tantas cosas, sigas pensando que tu voluntad se impondrá, como si creyeses en los conjuros, en la magia o en cualquier otra idiotez humana. Y, rechazando las señales que se te han ido enviando, sigues empeñada en subir esa pendiente y solo consigues quedarte sorda del propio dolor y sola mientras el mundo sigue girando en esa misma dirección donde lo que tú ves son centenares de espaldas que se alejan como una burda metáfora.



miércoles, 28 de noviembre de 2012

Unos y ceros

Hay un silencio intrigante: el momento en que cierras el libro y ya no ves qué pasa. Es un momento digital, de unos y ceros. Un momento de todo o nada, tal como hemos organizado la realidad. Un todo o nada, maniqueo y obtuso que, en composición compleja, puede reflejar de modo cubista lo que sea que quieras. Abres el libro, uno. Cierras el libro, cero. El mundo de ficción, antiadherente y odorfresh, se va ninguna parte cuando entornas los ojos y te rindes al sueño, cuando suena el teléfono, cuando la urgencia te hace salir de ese mundo para entrar en esos otros mundos: comer, dormir, ir al baño, freír un huevo,... Y tú dirás que, al menos, la Literatura no huele. Mentira. Si un cuadro tiene aire, un libro tiene olor. Aunque, en general, pocos ven el aire de Las Meninas y nadie parece notar el olor a carne podrida de 2666, el olor a semen, alcohol barato y letrina de Trópico de Cáncer, el olor de miseria y agua estancada de Los demonios, el olor a polvo de medicinas y a inverosimilitud de La broma infinita, el olor a salmón ahumado y sangre de Baila, baila, baila, que, como todo lo que escribe el maldito Murakami, me da hambre. 
Casi nadie lo nota, creo. Pero que la mayoría perciba o no algo no quiere decir que ese algo no esté ahí para nosotros, ¿verdad? Los esforzados amantes, ocultos en el silencio intrigante y lleno de significado, en los matices entre la luz y la oscuridad. Algo ebrios y disimulados, esperando con impaciencia nuestra porción de soledad para volver a abrir el libro y sumergirnos en ese espacio virtual y adictivo que no es el mundo real pero que está más cerca de serlo que los demás.


miércoles, 21 de noviembre de 2012

La batalla eterna


Nunca veremos los lagos helados; 
solo la lluvia gris y el granizo. 
Al amanecer, el llanto escarchado
nos recordará lo que perdimos. 
Nunca una aventura en mares lejanos, 
nunca un viaje descabellado; 
nunca bailaremos drogados 
ni compartiremos bálsamos prohibidos. 

Y jamás ser la cura ni la locura; 
jamás llegar a un lago fresco 
donde el aroma se mantenga en silencio, 
firme, rodeándote sin precio. 

Queda bregar con la vida 
en un paraje pleno de ruinas 
                                       sin historia conocida; 
bregar para sobrevivir otro día 
y fingir una vida. 
¿Qué si es una vida vacía, tibia, 
una muerte disfrazada de vida? 
¿Qué si el corazón apenas late?
Y, si nos hicieron coyotes cobardes, 
 nos armamos de crueldades.

Abandonar una estancia, 
las orejas gachas, la vista nublada; 
abandonar una estancia 
                                     por la fuerza. 
Creerse la solución y ser el problema; 
nadar contracorriente sin que nadie lo sepa,
sin riesgo de ahogarse siquiera. 

Tan vulgar el paisaje desolado y trillado 
donde no hay lagos helados; 
tan solo el sucio y polvoriento páramo, 
el oscuro y desértico páramo, 
con una verja, la vieja cárcel, 
el burdel de figuras de cera.
Y, del único poste, colgando 
una enorme cadena. 

Una guerra sin heridos ni bandos, 
sin héroes ni soldados; 
solo un montón de trincheras, 
miles, millones de trincheras. 
Más trincheras que atrincherados 
en una batalla solitaria y eterna.



domingo, 18 de noviembre de 2012

Los maniquíes son mujeres muertas



Los maniquíes son mujeres muertas. Están en cárceles de cristal donde son espectáculo sin sentir la humillación, el ridículo ni el horror, acaso un poco de frío por lo lento que pasa el tiempo. El arte de la taxidermia en combinación con la femineidad puede conducir a una especie de felicidad. Es posible enamorarse de un maniquí, amar la estética anónima, quieta, muda..., la paz del silencio y la perfección. Dóciles maniquíes y comida puesta, elegancia ordenada, paraguas prestos, exótica condescendencia y sofisticados modos de incomunicación. Es posible elegir una vida de absoluta soledad, en un hueco donde nunca llueva. El objeto es perfecto, pulcro y puntual, como aquella paciente forma de pasar página mientras la mujer es calzada, colocada y recolocada en una postura mística o lasciva, irónica o servicial; mientras es vestida y desvestida, los duros y morenos pechos y la rigidez de las piernas, un poco abiertas dejando entrever un tímido vello púbico que recuerda que ahí hubo -quizás- una mojada voluntad. Pensarlo y saberlo y que nos dé igual. Poner billetes sobre una falsa mesa, rodeada de muebles de atrezo y estantes llenos de libros que nadie ha leído jamás. Y quedarse a vivir en ese instante de voyeurismo e indignidad, con esa satisfacción que da a algunos poseer a otro aunque este otro tenga que estar muerto.


jueves, 15 de noviembre de 2012

In between days...

Porque perder puede ser un motivo tan bueno como ganar para festejar..., celebremos que no hay nada que celebrar, que nadie perdió ni nadie ganó, que nadie nació ni nadie murió, que nada cambió, que nadie cambió, que las palabras siguen teniendo el mismo valor, que los hombres siguen teniendo el mismo valor. Que el visceral teclear del ordenador te recuerda el glorioso pasado de la máquina de escribir de tu infancia (si es que tu abuelo fue Hemingway).
Y si a ti te posee la inspiración y el licor, todo es digno de celebrar. Que ayer hubo algo así como una fiesta y unos dicen que tal y otros opinan que cual. Y los que creen nadar contracorriente y aquellos que se saben mejores, distintos, más fieles, más lindos..., se sientan al lado de Napoleón en la sala del televisor del hospital de la Santísima Gracia, sito aquí a la vuelta donde sí que hay talento a espuertas. Que la mayoría no sabe usar ni los refranes, que casi todos pierden pelo y que lo único que va a más con la edad es la pereza. Que algunos son locos a secas y otros son obtusos y no se enteran: oyen pero no escuchan y cuando escuchan, más valdría que nadie lo supiera. Celebremos la mediocridad y el miedo y el fracaso y la estupidez, la ebriedad y la incompetencia, la autocomplacencia, la autosuficiencia, la automedicación, la locomoción, la emoción de ser estúpidos y la broma ontológica de que hasta los más hijos de puta (sí, he dicho "puta") pueden ser padres y profesores y gobernantes y gobernadores. Cuántas cosas para celebrar y qué poco tiempo, ¿verdad?


lunes, 12 de noviembre de 2012

Activistas de la nada

Hay que encaramarse y esperar lo peor. 
Levantar un muro y acumular piedras. 
Como en los días de agosto 
en que los viejos se desploman en las aceras, 
o en el tiempo de la ventisca y la helada, 
en la terrible humedad, 
o en enero cuando los gatos gritan de dolor. 
Tormentas acechan allá en el mar, 
donde el rayo serpentea 
y la luz hace más oscura la noche 
y las gotas caen como balas. 
Y habría que armarse de valor 
para aventurarse bajo el aguacero, 
pero nos armamos con palabras.
Es, en puridad, la historia circular de la vida de las arañas.
Tenemos casas, no vivimos en casas, 
somos poseídos por las casas. 
Y la tela del suelo es pegajosa y nos atrapa. 
Y lo que hay bajo nuestros pies nos amarga
y nos es ajeno y nos extraña. 
Y razón no nos falta. 
Razones no nos faltan. 
Andamos armados de razones, 
cargados de razones, 
como ratas hambrientas 
defendiendo su derecho a sobrevivir. 
Y como ratas, nos aferramos, 
y como arañas, tejemos, 
y como siempre, estamos aterrados. 
Y algo nos hace peligrosos, nos embriaga y nos da alas. 
Las alas de un fantasma. 
Y prometemos, juramos que nos asquea el deseo. 
Mas ¿no es sigilosa la araña? 
¿No es, acaso, hacendosa, limpia, 
impecable en su perpetuación de la especie? 
¿Y no lo es, asimismo, la rata? 
¿Y no, si lo pensamos un poco, es normal alzar vallas, 
romper espejos, acumular canas, anécdotas, camas? 
Qué otra cosa queda sino encaramarse a una balaustrada 
para evitar mojarnos los zapatos 
y armarse en espera de la guerra que avanza; 
desde el otro lado de esa pared hacia nuestra casa. 
Porque, además y después de todo, el mundo se acaba. 
El tiempo se acaba 
y cómo retenerlo, 
cómo hacernos eternos 
sino siendo dueños de todo lo que nuestra vista alcanza.


viernes, 9 de noviembre de 2012

Límites, voluntad y palacios de cristal


Fiodr, a pesar de su aspecto cansado, serio y anodino, su incipiente calvicie, su desproporcionada cabeza, su caminar cargado y su frotarse las manos, no es un tipo más. Fiodr, en un mundo de gente que no sabe lo que quiere, desea un palacio de cristal, exactamente lo que desea es que existan los palacios de cristal y esta es su voluntad porque ese es su deseo. Lo interesante de Fiodr es que nunca nadie puedo despojarle de su voluntad pues nadie supo distraerle de su deseo. Toda su actividad se puso al servicio de la consecución de ese deseo. Su talento, su herencia, su esfuerzo, todo lo que podía como hombre libre, hijo de hombre libre, se puso en funcionamiento. No pararía hasta encontrar un palacio de cristal, un mundo hiperbólico lleno de mesas de juegos, con vasos de vodka helados y una audiencia atenta, complaciente e ingeniosa. Un lugar en el que no solo cobijarse de la lluvia sino apretarse contra unos orondos y blancos pechos, un lugar por donde no se pueda pasar sin hacer un espasmo a modo de reverencia, donde los únicos límites sean su libertad y su conciencia de ella. 
Y pongamos por caso que, en un momento determinado, Fiodr lo consiguiera, consiguiera este palacio. ¿Cuánto tiempo creen ustedes que tardaría en desear algo más? Digamos, subir un nivel en la misma dirección, esto es, en la excelencia del palacio de cristal. Nada asombroso pasaría: en principio, el palacio habría de ser enorme, dorado, redondo, sinuoso, siempre perfumado. El vodka, levemente tibio; el samovar, siempre encendido; la mesa de juego, presta y el bolsillo de su chaqueta, como un interminable surtidor de monedas. En los momentos vespertinos y solitarios, su pluma iría aún más ligera. Y las mujeres, siempre lindas y dispuestas, de cuerpos llenos y suaves, ojos enormes y manos pequeñas; y la intuición de estas hembras sería un portento de inteligencia solo a la entera satisfacción de la imaginación.
El tiempo (oh, tic tac) habría pasado raudo, claro está, si esto así hubiera sucedido. 
Mas, fuera del palacio, quedaban aspectos que podrían entrar dentro de los límites de su voluntad, al menos la calle o la manzana que rodease al lugar y, cómo no, los habitantes que paseasen esta calle, y también el ambiente y el aire que tendría que ser fresco, seco, perfumado y deslumbrante. Nunca más el hedor ni el espectáculo de la miseria. Una calle en la que nadie recordara que uno se tiene que conformar con el gallinero o el altillo de un edificio ruinoso con habitaciones subarrendadas y sucias familias separadas por sucias y viejas sábanas. Todo se podía olvidar en un paso más, en la perfección del palacio de cristal. 
Después de un tiempo, estoy pensando que Fiodr ya estaría satisfecho y bien abastecido, nada de lo anterior le haría desear sacar el dedo; los deseos saciados, el cuerpo descansado y la contemplación de la belleza y la imagen de una sociedad hedonista, serena, pacífica y en completa ausencia de desigualdad. Y seguramente seré yo, pero imagino a Fiodr despertando una buena mañana, entre sábanas blancas y almidonadas, con una rubia cabellera enredada entre las almohadas. Imagino a Fiodr observando a la bella muchacha de curvas sublimes y pensando que aquella no tiene ninguna inocencia, que va demasiado perfumada, que sus caderas son muy anchas y su habilidad es tal que resta todo aliciente al arte de amar. 
Y, tras una fructífera mañana de trabajo, lo veo bajar las doradas escalas, con una historia bajo el brazo pensando en que siempre las mismas historias y los mismos recursos y los mismos personajes con las mismas depravaciones y la misma estulticia y la misma maldad, y que siempre los mismos trucos para cautivar a editor y lectores, y seguir ganando tanto como para mantener el  palacio de cristal. Y veo cómo, de repente, lanza las cuartillas garabateadas por la ventana. Y se sienta a la mesa y, después de la sopa y el faisán y el vino y los pasteles y la conversación aduladora aunque amena, siente unas imperiosas ganas de vomitar. Y vomita en una enorme bacina plateada y, entre los trozos y restos semidigeridos y el olor nauseabundo y las lágrimas producidas por el esfuerzo, Fiodr cree ver un movimiento en la masa parduzca que pareciera haber cobrado vida y moverse de modo imposible. Fiodr, sin duda, alzaría la cabeza, se echaría agua en el rostro, enjuagaría su boca con licor de manzanas y, apuesto la camisa, regresaría a mirar el vómito con una mezcla de temor y burlona incredulidad. Pero ocurre que allí ahora mirando atentamente, con una mano tapándose las narices y la otra, sujetando una bujía, ve que no era una alucinación ni un error de percepción y que lo que se mueve allí abajo es un número insoportable de gusanos. Asquerosos e inquietos gusanos que han estado dentro de él y que han salido de él y que quizás se hayan creado en él y que ni dentro ni fuera son parte del palacio y no mueren ni desaparecen ni se van a morir ni a desaparecer jamás. No sabría decir lo que pasa por la mente del hombre justo en ese instante de desesperación por el miedo y el asco, pero sé lo que no hará: no se sentará en una silla de mimbre a esperar el amanecer, como el joven del cuento de Murakami. No, porque Fiodr sabe lo que quiere. Así, y por ello, pasa a la siguiente fase y fuma alguna sustancia relajante y oriental y se siente relajado y oriental y deja de pensar en los gusanos y se concentra en ornamentar el palacio de un modo profundo y exótico. Primero, apartará a las hábiles y bien formadas damas de su lado de la mesa para sentirse confortado con la dulce inocencia de criaturas más jóvenes e inexpertas. También, y quizás como reacción subconsciente a la náusea vermícula, Fiodr deja de comer y se dedica a paladear exquisitos licores y a profundizar en ese nuevo y extraño placer de los humos extranjeros, y en la risa blanda y los estrechos cuerpos de los niños cuya sensualidad le era hasta entonces desconocida y es como un país nuevo y raro y excitante y vedado, y el reciente deseo se impone a su voluntad: el deseo de no recibir sino de dar, no de ser agasajado y amado sino de agasajar y amar y enseñar.
Así que Fiodr ha ampliado los límites del palacio concediendo a su deseo un poder que en realidad siempre tuvo, sin darse cuenta de que los pasos avanzados en ese último impulso son, aunque los diera solo por amistad y por curiosidad y por ser fiel a su voluntad de ser absolutamente libre,  son -digo- pasos imposibles de desandar. Y que es verdad que todos los límites se pueden cruzar porque no existen más que en las convenciones de las que Fiodr se deshizo hacía tiempo ya. Y que el único límite admisible es el que uno se impone bajo cierto control del que aquella velada nuestro Fiodr se despidió para no recuperar jamás, pues ¿cómo volver a los antiguos hábitos de los que había terminado asqueado?, y ¿qué vacío placer encontraría en las antiguas prácticas ya jamás?, y ¿cómo considerar su palacio de cristal un verdadero palacio de cristal si allí no hallase la complacencia de su deseo y se sintiese libre y ejerciera todos los derechos que le asistían como amo de su destino? y, además, ¿por qué habría de volver atrás?, ¿a quién debía rendir cuentas?, ¿a una supuesta autoridad impuesta por una voluntad ajena, cuya misión es hacer cumplir unas reglas arbitrarias e ilegítimas para un hombre libre? No, no daría ni un paso atrás. Un hombre que tiene un palacio de cristal no puede dejar que este se convierta en un edificio vulgar ante el cual se pueda escupir. 
El destino de Fiodr sería llenar sus noches de complicados juegos con subidas y más subidas de las apuestas y banquetes de ebriedad y, para la conciencia amaestrada que él también había heredado -incorporada a su cuerpo aunque no fuera material-, reservaba el humo del olvido y una música clandestina e ilegal.


martes, 6 de noviembre de 2012

Spotless life

Siempre es triste dejar atrás un paisaje que amas, mientras el taxi te aleja atravesando suburbios y puentes sobre vías ferroviarias y muros manchados de humedad con estresantes pintadas llenas de faltas ortográficas, y un talento subversivo y barriobajero te atenaza. Una espalda llena de caspa y unas manos demasiado pequeñas escondidas tras unos diminutos guantes blancos te guían hasta la salida del laberinto donde has vivido un tiempo que ya no importa pues está abocado al olvido, una nada impecable tras los 5:57 minutos de destello de una mente sin mácula. Es siempre triste volver la vista atrás y ver los rascacielos que te aplastaron y ensombrecieron cada uno de tus días, a los que miraste y volviste a mirar para fijarlos en tu memoria a pesar de saber que esta como las otras veces, todo eso lo ibas a olvidar; oír Everyboy hurts en tu mp4 robado, ver al fondo la torre metálica como un desafinado canto a la posmodernidad, la fisonomía de una ciudad enorme y sin alma, un sitio donde, aunque no lo sepas, porque nada se puede saber, no volverás. Entre el taxista y tú, un grueso vidrio está lleno de salpicaduras y huellas, las manecillas de las puertas arrancadas y una emisora de radio vomitando palabras extranjeras te despiden del caos en que casi te habías acostumbrado a ser infeliz, igual que uno se acostumbra al frío o a pasar hambre o a estar en un catre lleno de muelles, cama de faquir a la que te adaptas sin más, durmiendo como una serpiente, adelgazando para no pesar y así no clavarte esas puyas metálicas. Y te ves en el cristal de la ventanilla mirando la ciudad mientras te alejas, te ves en tu perfil afilado y envejecido, en tu rostro forastero, en tu cara de madrugada, una cara abstemia y sombría que no desentona con los viejos edificios ennegrecidos, el olor a carbón, los trapos tendidos en una ventana opaca y sucia tras la que alguien vive en una miseria infinita sin que ni siquiera a ese mismo alguien le importe. Y entonces te das cuenta, porque sientes algo intestinal que debe estar conectado con el inconsciente, en el sitio donde vive el mago de Oz del cuerpo que habitas, y te das cuenta de que esa ciudad es el lugar que amas, donde puedes ser tú, con un cuerpo infrahumano, borrachas noches y madrugadas, cucarachas aplastadas y cientos de botellas apiladas. Y que sea donde sea que te lleve ese avión tampoco entenderás el idioma ni las costumbres, que las camas y las escaleras y las aceras no serán allí tampoco de tu talla, que sea donde sea no te envolverá la bruma negra de polución y los transeúntes semimuertos de cabezas gachas serán sustituidos por molestos y extraños figurantes de ojos claros y que la BSO del lugar jamás será Mad World y que eso es lo que tú amas. Tu piso a esa hora ya estará habitado por otro, tu basura habrá sido despejada, tu nombre garabateado en lápiz en el buzón al que nunca llegó ni una sola carta tendrá ya otro nombre, encima del tuyo, escrito en rotulador negro, en caracteres cirílicos o alguna lengua eslava o caracteres tradicionales chinos. Y el taxi llega a la Terminal 4 y nada te parece tener más sentido que la palabra terminal para tu estado, y echas el dinero por la ventanilla bajada mientras imaginas el nombre de tu buzón como un epitafio extraterrestre para la vida que acaba.






jueves, 1 de noviembre de 2012

Si te quisieras salvar...


Toda aquella tierna humedad del hotel Wallace donde comencé a conocer la libertad; la noche psicodélica y la ebria mañana, la titilante lascivia y tu oscura verdad, todo, --en pocas palabras--, fue un tiempo de error en un mundo como un reloj suizo con un cuco enchaquetado, sobrio y madrugador. Un sitio donde la locura fuera el único y auténtico motor, donde las voces distorsionadas de los árbitros del mundo llegaran obtusas y lejanas, y solo nos darían ganas de reír o bostezar. El hotel, lleno de oscuras lesbianas y atletas forzudas, y enclenques petimetres sin nada que salvar. El mejor hotel para dos monstruos, nuestro sitio en el mundo... si te hubieras querido quedar.

sábado, 27 de octubre de 2012

Un Colt Anaconda calibre 44


Tenía la anaconda en la mano y ante sus ojos una escena aterradora brotó de la niebla que recordaba. Alzó la vista, el sol estaba alto, debía de ser mediodía. Tan solo mediodía. Y todo aquello, cuándo había ocurrido. Ángela había pasado por casa y se había quedadoLa anaconda quemaba y una alarma intestinal, algo dentro, muy dentro del monstruo forzó una desconexión de un momento sin concretar. En algún espacio mental, La vida de santos que Enric había escrito tras leer a Bolaño: una mezcla de La literatura nazi en América y la filmografía de James O. Incandeza. Una rata con menopausia había caído en una humillante trampa para ratones, cinco horas de debate y lucha física, de reproches: una vida inútil y una sarta de mentiras. ¿Era Enric la rata? ¿Puede un escritor catalán tener la menopausia? Sin duda. La rata pegada a un trozo de adhesivo cáustico, va desgarrándose en su lucha por liberarse para sobrevivir mientras los ensordecedores chillidos despiertan a todos en la casa; si alguien entendiese a la alimaña moribunda sabría que reconoce que no desea vivir, que para qué esa vida. Pero aun así forcejea, con un inmenso sufrimiento, su panza desollada, las tripas asomando, sangrando por la boca, los dientes apretados y ennegrecidos. Suena el adagio en sol menor de Albinoni. Es como una escena de La naranja mecánica. La rata tarda en morir 29 páginas. 29 páginas, teñidas de rojo y horror.
Puede que ahora estén solos la anaconda y él. Ángela tiene los ojos muy abiertos, la piel tan blanca, parece una muñeca, inmóvil y lejana. Una concertista de piano con cara de niña que viaja en taxi con una carta y debe dar instrucciones al taxista. Una enferma con cara lavada y bien vestida que vaga por las tardes de buena familia. Mira a una niña mientras destroza el preludio número 1 de Bach. El clave bien temperado. El primer ataque de epilepsia fue en un teatro abarrotado: estaba en el escenario. El segundo, en mitad de la calle en la puerta de un orfanato a pocos pasos de su apartamento. El tercero, en las escaleras del metro. Las lesiones en la lengua tardan en sanarse, la sangre mana de la boca afuera mientras el cuerpo se sacude, golpeándose contra el suelo de cemento y piedra. Los transeúntes se apartan y sienten náuseas. Algunos padres, una vez les explica lo que ocurre, deciden alejarla, cuestión que entendería si fuera madre. A los taxistas les pasa lo mismo: algunos prefieren disculparse y marcharse por donde han venido. Y mientras toca algún muchacho aventajado, la mirada de ella se hace vacía, tanto como su vida sin alicientes ni sentido. Cuarenta páginas de reflexiones sobre la oscuridad de un porvenir en el que ganarse el pan para vivir un poco más es un círculo parecido a la rueda de la jaula de un roedor gordo y doméstico. Entre el despertarse, asearse, desayunar y el llamar un taxi, había un abismo de horas muertas, un diapasón que juega con el tiempo, como el latido del corazón que bombea sangre para nada.
Y ahora allí yacía Ángela, como un personaje accesorio de algún cuento menor de Enric, cuya pluma narcisista habría parido este doppelgänger sacado de una armería del barrio de Odessa, sobando un colt anaconda recién sisado en concepto de adelanto de la paga navideña, pateando piedritas, con las manos en los bolsillos llenos, el pelo revuelto, la ropa arrugada, rumbo a una casa donde dos viejos herméticos dormitan mientras comen o se escupen insultos en ruso. Un doble sin nombre que merodea y finalmente atraviesa la puerta. Primero, Alexei. Luego, Irina. Después, Ángela, que había pasado por casa y se había quedado, que se dedicaba a ser la puta de los padres de futuras promesas del piano. 
El hombre sin nombre salió al raso. El viento soplaba. Alzó la vista, el sol estaba alto, debía de ser mediodía. No dudó. Fue en busca de Enric para saber cómo termina.


domingo, 21 de octubre de 2012

¡La policía no se graba, hostias!


Una incursión populi atraganta la calle y densifica el tráfico alterando el orden público. La generación del remake, las sagas y las fotos retocadas sube a las farolas a grabar con sus móviles y cargar en Tuenti y Facebook la fiesta improvisada. La música se eleva, no cabe en ellos, les traspasa y asciende. Todos los vecinos, mayormente divorciados y vueltos a casar de la generación del boom inmobiliario, la dieta del pollo y la vida-antes-de-la-wikipedia, se asoman a las ventanas con sus videocámaras (sí, también). Bueno, todos no... Toma en picado que objetiva la quinta planta donde Gabino y Alexandra se preparan, ambos son profesores de lengua española o castellana
-No es normal... En su piso se oyen las cosas más raras, —refiere Amalia, 53 años, separada, vecina cuyo dormitorio da al de los susodichos.

La fiesta acaba a las cinco de la mañana. Ni sus detractores (vecinos) ni los partidarios (chavales) pueden colgar el final en Facebook porque “la policía no se graba, hostias”.

Como en todo texto oral de tipo conversacional espontáneo, nos desviamos del tema y seguimos con los del 5º: Amalia no lo soportaba y, justo antes de la crisis económica mundial (en adelante CEM), endosó el apartamento a un informático freelance por un precio que hoy día parece ciencia ficción. El informático al poco se agenció un fonendoscopio en el mercadillo de la Merced que cada sábado ofrece objetos seminuevos robados sin competencia en lo referente a la relación precio/calidad, justo en el stand de Objetos (de) médicos entre un brillante tensiómetro y una caja de Valium 3. 
-¿No quieres valiums, guapo? 
-No, señora. 
-Los valiums tienen mucha salida, niño, se venden muy bien. Traemos montones y al rato nos tenemos que ir a dar palos a Cerrado otra vez. 
-Pues yo no quiero valiums, señora. Me llevo el fonendoscopio. 
-¿El qué? 
-Esa cosa de ahí, al lado de los valiums. 
-Ah, ya. ¿Lo quieres para regalo? 
-No. 
-Ah, vale.

De vuelta a casa, el informático cogió una silla y se apostó junto a la pared del cabecero, fonendoscopio en ristre.
-Nena, tengo el verbo enhiesto.
-Tenemos tiempo, Gabino, hazme un análisis sintáctico.

Daba así comienzo la clase de gramática. Al cabo de dos semanas, el informático tenía los complementos circunstanciales doloridos y empezó a hacerse el predicativo cuando el vecino salía a lo que fuese. Ella, al principio, declinaba el ofrecimiento pero al fin su calidad de mujer de letras, tolerante y generosa, pudo más que el objeto directo de la culpa. Lo que pasó fue que un día apareció el maestro y todo se lexicalizó de mala manera. Nada nuevo bajo el sol. En el mundo, cada dos segundos un hombre descubre que su mujer se la pega. Fraseología aparte, el informático se mudó con Alexandra. Ahora el cornudo es él: Alexandra llama a su ex cada vez que tiene una duda urgente y el informático ha tenido que desempolvar el fonendoscopio. 

Gabino dejó la enseñanza para montar un grupo funk llamado “Fantasmas austriacos tocando el violín”, pero inexplicablemente fracasó (seguro que por la crisis). Alex le ha prestado 10.000 euros. Se ha hecho inversor y se la pasa perdiendo dinero, viendo Juego de tronos y comiendo fritos con guacamole. 

Alexandra y el informático esperan un hijo de él. 

Amalia les visita con frecuencia. 

La asociación de vecinos electrificó el suelo de la calle en previsión de futuras algaradas: el mando electrocutor lo tiene el portero, Domingo. 

Es el año 2020, el mundo no se ha acabado y seguimos sin poder grabar a la poli.


The end

Freddie Mercury

sábado, 20 de octubre de 2012

El último día del hombre vampiro


El hombre vampiro avanza con ritmo lento, confinado en una gruta donde la exigua atmósfera solo permite monótonas cadencias: un sordo ronquido, un goteo sobre la piedra, el temblor del sicomoro a cada golpe de la tierra. Un paso tras otro, el vampiro rodea el tronco amarillo, salpica la roca, arrastra la arenilla desprendida de la grieta, se mueve para fingir que aún busca. Sediento, se cuestiona cuántos días más, cuántos como este en el que está. El apetito lo trastorna. Lo trastorna vivir sumido en tinieblas: en su destierro no hay puestas de sol que avisen y la luz no es mayor que una bujía de aceite sobre una mesa de piedra. Ahora, las imágenes penetran en su cerebro como si fuesen los metros de una película vieja. Sus recuerdos emergen en blanco y negro: nubes sobre un cielo pesado y oscuro, la coreografía de la noche reflejada en el blanco piso de piedra. El ritmo de las horas se impone de súbito y el hombre vampiro siente los latidos del hambre. Él, que olvidó los colores, siempre tiene presente el tiempo y, como un autómata, gira el brazo y mira su muñeca vacía, revisa sus bolsillos vacíos, se observa el cuerpo vacío; sus ojos se pierden en un horizonte tan insoportable, tan asfixiante, tan negro, tan pequeño y mezquino que el páramo oscuro se ha de disfrazar de avenida de transeúntes de otro mundo: mujeres serpiente y místicos pasajeros, felices inviernos ebrios ocultos en grandes coches de cristales de humo. El hombre vampiro baja en el muelle, donde las cantinas arden atestadas de carne con que alimentarse. Baila con vestidos rojos hasta que las velas se extinguen y la sirena avisa y el sol raya el cielo: el viaje acaba y se hace el silencio. El hombre vampiro se derrumba a los pies del sicomoro, se estira, esfuerza el brazo para arrancar una rama mientras aprieta la sien contra la roca helada. Respira el aire del puerto y el alboroto festivo del lupanar lo anima. Exhausto, se arrebuja en torno al tronco y se clava la rama en el pecho.





sábado, 6 de octubre de 2012

Ghosts in the photograph



Suna esperaba. Una ola despejó la orilla dejando en su retirada cientos de burbujas huérfanas. El tiempo arrastra la vida de los que temen a la muerte. El litoral quedaba limpio de algas y de pedrezuelas y de caracolas y de conchas rotas, e iba mermando en favor de la única palmera. Remolinos de viento le alborotaban los cabellos mientras un hatajo de gaviotas insistía en sus ingratos graznidos.
Adelantó los pies sobre el fondo revuelto, los brazos pegados al cuerpo. Tras de sí, nadie: un grupo de rocas como único testigo impasible y somnoliento, sobre el cual se alargaba la sombra de la torre que parecía difuminarse como un anuncio del ocaso del día. Ella no sentía miedo. Su cuerpo ligero se mantenía erguido ante las embestidas del mar que se iba embraveciendo para, después, calmarse de nuevo. Pronto pasaría el frío que la agarrotaba por dentro, solo un lío de ropa mojada enredado en el rompiente, solo un coche abandonado entre las dunas, solo silencio y alguna carta y un espectador con nariz de payaso tocando a su puerta de madrugada, solo su voluntad ante el peso de las atareadas horas. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Flores invisibles palpitan bajo la tierra


Nuestra estación languidece,
se agosta, se muere.
El sueño de verano
nos condena sin remedio
e, implacable, nos despierta
del error de sentirnos eternos.

Seremos solo restos
en los lejanos días venideros:
otoño en crujientes hojas,
plácidamente colocadas
como piezas de una colcha.

Tan solo espero que el frío,
que se abate sobre las exhaustas cosas,
me descubra en el blanco invierno,
partiendo hacia el verde y pálido día de mañana
que, incrédulo, aguarda,
entre las manos, nada.

Y quizás el tiempo,
insólito centinela
que vigila nuestra puerta,
abra un camino,
limpie la nieve de nuestra senda,
eche sal a nuestro paso,
sea, de repente, un aliado
y decida dar una oportunidad
a estos del lado donde nos hallamos.

Momento, pues, de desperezarse,
estirarse,
palparse los miembros,
entumecidos y yermos,
alzarse el cuerpo, ajeno,
hacerlo caminar en círculos
hasta acostumbrarse al movimiento.
Hora de calzarse y salir
donde las estaciones siguen su concierto.
Y ver si está el suelo lleno.
Lleno de yerba, lleno de cielo.
Si está pleno de hojas
o, acaso, lo anega el cieno.

Y hacer un hueco en el cálido fango.
Y, con los brazos cansados,
cavar un pozo y construir un tejado,
esperando que el tiempo nos acaricie
en lugar de fustigarnos.
Y persistir, distraídos en la abeja
que liba la flor inquieta.
Ser simplemente parte,
como las hojas que cuelgan,
como las hojas del sauce
o las hojas del roble
o las del arce.

Pier Toffoletti