martes, 31 de enero de 2012

Fuente: georgia. Alineado: justificado

Hoy han sido varios los castigos, y yo como una niña he acabado llorando. No hay decepción más grande que saberse desamparado de uno mismo. Sin la fuerza necesaria para seguir sin dudar, sin sufrir, sin pestañear. Mañana plantaré cara, plantaré un árbol, ¿empollaré un huevo? y simularé una fuerza que no tengo. Ahora estoy aquí derrumbada entre los restos de las crueldades. Convertida en lo que más detesto: una víctima. Otra vez, una vez más. La falta de sentido de este mundo lleno de escollos. El minucioso protocolo de absurdos y la falsa democracia, la falsa libertad, la falsa falsedad de aquellos que miran para otro lado sin más ni más. 
Iba bien, fui con mi niño a comer en el jardín detrás de los despachos bajo un sol de bendición: un breve picnic, abrazaditos en un banco, mirando el Jardín botánico. Subíamos las escaleras planeando imposibles viajes, desaparecidos de horarios y colegios, desaparecidos de telediarios y calendarios. Mientras, yo sabía que no podría ni siquiera sacarlo del cole sin que pegasen a mi puerta un par de vigilantes del sistema que me amenazaran con quitármelo. Pero, a pesar de todo, de la mierda burocrática de renovar carnés, pagar impuestos, rellenar currículos, asistir a mil entierros, bautizos y comuniones; a pesar de esto, digo, iba bien. La barriga llena, el cuerpo caliente, la risa del niño feliz. 
Pero la escala de paranoia y el aroma del mundo en que nos toca vivir se abrió paso al fin y todo recobró su lugar y se hizo claro.

Si te distingues, estás estigmatizado; si te vas, serás perseguido; y no hay modo de escapar o perderse; como no te alistes en un ejército invisible de mercenarios, y vendas tu alma, no te moverás y aun así sabes que ficharás, rendirás cuentas y el ojo vigilante contabilizará cada bala, cada suspiro, cada mirada perdida. 
Te quedas y sonríes mientras miras escaparates y gastas lo que ganas en tristes sucedáneos de vida. Te quedas y los demás asienten con la cabeza complacidos por tu digna conformidad, ejemplo ejemplar, buena madre, buen vecino, ciudadano ejemplar, buen perro, siéntate. Te quedas y te hipotecas y te haces un lifting, o visitas a la tía de la prima de tu abuela para contarlo en la iglesia. Te quedas y copias el modo en que hablan los otros padres, los otros profes, los otros otros. Te quedas y llevas un corte de pelo, unas gafas, un abriguito de Zara, un libro bajo el brazo. Te quedas y hablas en susurros. Te metes en una nevera. Te jactas de pasar desapercibido mientras el mundo muta y quien se señala corre riesgos y además cae en el ridículo de creer en el sentido de este mundo de payasos alterados, fantasmas que van de puntillas, y malos de opereta que gritan entre aspavientos para nivelar la escena. Todos y cada uno de los resortes, tornillos y tuercas, cada uno de los muelles del mundo que nos empuerca, cada tú y cada yo que estamos aquí perdiendo el paso, atufando, un pelele sudado, una vieja marioneta que se oxidó en un cajón, un grotesco número de la seguridad social...

Voy a seguir llorando.

lunes, 30 de enero de 2012

no tengo inconveniente

no tengo inconveniente
en comer sin hambre
y reír sin ganas
en soportar la navidad
mensajes, maquillajes
tarjetas y llamadas
en aguantar esta vida
como de serie americana

qué más da la brisa
qué la falsa risa

y que pensemos que vivimos
que no somos como hormigas
en nuestros horarios
en nuestro buscar comida
en nuestras horas en caravana
y que alguien me hable
de la inteligencia humana


no tengo inconveniente
en que vengas y me desnudes
y te hagas una idea equivocada
en dar vueltas y más vueltas
en hablar sin decir nada
sostener el muro con la espalda
enredarte en mis palabras
mientras me pregunto en quién pensaba
él en quién pensaba
cuando me hablaba
me toleraba me daba alas
en quién pensaba

no tengo ni pocas ni muchas ganas
solo miento igual que todos
pensando en él mientras te doy alas
desespero, me abandono
me doy la vuelta sumisa,
alzo los brazos, cierro los ojos
me da igual, no importa
que muevan y se muevan
me muevan y jueguen
no tengo inconveniente
en morir mientras uno viene
y otro se marcha

estoy pensando en pastillas
en casitas amarillas
en medio de la nada
de donde procede
esta música rara
la foto de la melancólica
y cumplidora flor de la acera
que vino en forma de fuerza
de luz y de promesas
de poemas
de brillo entre la oscuridad
y el tedio de los demás

me usó como el tiempo usa
al mar y el mar a la luna
y la luna al horizonte
como yo misma te uso
y no tengo inconveniente
en ser de nuevo un fantasma
una niña serpiente
una diversión pasada
si la recompensa es la misma

y no hablo de amor
que de esto ya no hablo
ni me importa romperme
corromperme y perderme
hablo (y ahora lo digo)
de que no me importa nada

miércoles, 25 de enero de 2012

Cabalgandoaloslobos

Dijo que podíamos hacer algo más. Algo más que tener sexo a todas horas. Escribir algo, mujer, que me duele hasta el alma. Yo, algo desencantada, puse mala cara. Él, que sabe cómo tratarme, dijo: "Hay que meter sexo, droga, terror, misterio y una caravana de Sioux". Y ahí ya me enganchó. Yo, pensativa, le dije al cabo que podíamos hacerlo mientras él me tocaba. Pero para entonces el tío ya no estaba. Me dejó unas cuartillas, unos lápices y una caja de botellas de litro de cerveza Alhambra. "Maricón", pensé. Pero quién se resiste a semejante chanza.
En fin, yo no sé escribir mientras uso las manos para otros menesteres, pero tengo una grabadora e iba dando pinceladas a la historia de los sioux-camellos que, borrachos perdidos, pasaban de un pueblo al otro, desde un lugar ignoto (porque no existe, vaya) vendiendo y consumiendo su merca. 
El grupo, formado por nueve hombres jóvenes y bastante atractivos, cada noche cumplía un ancestral y respetabilísimo ritual bien conocido por los cazadores de la Edad de Bronce cuando pasaban lejos del poblado y sus mujeres varias lunas. Ya saben: fornicaban unos con otros, todos con los ojos abiertos, cada cual con el compañero que le tocara. Ah, cuánta compenetración y cuánta distensión en un ambiente parte naturista, parte química pura.
Pero no era aquella época en que llegados a un lugar, vendían y se marchaban. Entonces ya los cabrones del FBI les seguían de cerca. A estos les traía al fresco la injusticia, lo que de verdad les jodía era el descaro y el modo infesto en que estos indios hacían lo que les daba su puta gana, sin entrar por el aro de dejarse retratar e informatizar, de comprar móviles y estar localizables para cualquier eventualidad político-social. Coño, que ni declaraban hacienda ni pagaban impuestos ni se habían empadronado en ningún lugar. "Escoria", pensaban. Además, simbolizaban un resto inmundo de un pasado vergonzoso que ellos mismos consideraban una derrota personal. Un insulto a su gran Nación, un peligro para sus lindas, rubicundas y blanquitas niñas cubiertas de nata: un estorbo, una provocación, una aberración. Por lo tanto, su persecución era una misión que de entrada no llevaba más intención que la exterminación: la gesta y el sabor de estar bajo el auspicio del Señor.
Como ocurre con frecuencia, uno de los cazadores de recompensas tenía sangre india, que corría por sus venas para su vergüenza y para su bien ya que entró en las filas de la benemérita legión gracias a una estratagema del sistema llamada discriminación positiva: en cada promoción colaban a algún tipejo de raza inferior, del mismo modo que consentían con la entrada de alguna mujer, negra para más perfección. 
Allí estaba él: Tom Wolfe, cuyo nombre sioux, Cabalgandoaloslobos, solo era conocido por su familia materna y usado únicamente por su abuela, Lindaflordesflorada, que era la que le había enseñado la lengua y las costumbres y la que le había dado un gavionazo cuando se enteró de que se había alistado en las filas de la inmunda Agencia.
En fin, detalles insignificantes aparte, a Tom le encargaron que se infiltrara. 
-¿Cómo?
-Tú verás. Te vas preguntando por ahí y les ofreces tu destreza con los rifles, tu buen paladar con el jaco y tu lindo aspecto que seguro les apetecerá. 
Humillado e indefenso mas absolutamente deseoso de vivir ciertas aventuras, el más bruno de los Wolfes de Minnesota fue en busca de los Nueve de Cheyenne River, diciéndose pertenecedor a la reserva de Shakope de donde se había largado por malentendidos que no pensaba aclarar, por ser lo natural que quedaran sin entender, para no perturbar la esencia de su espíritu de malentendido
La verdad es que sin comerlo ni beberlo, una buena tarde se topó con los Nueve en un descampado donde le habían explicado que se mercadeaba con enseres, viandas, brebajes y sustancias tradicionales de la venerable tribu Santee. 
Y allá que fue el agente Wolfe, indocumentado y más moreno, delgado y rabiosamente atractivo que nunca, dispuesto a todo. Tras tomar seis vasos de whisky casero indio, comenzó a largar una trola enorme sobre su ascendencia directa: uno de los ultrajados por el maldito mil veces General Sibley. Sí. Uno de los indultados por el mismísimo Lincoln. 
-Como os lo estoy contando. Mi abuela me decía que todo lo que les achacaban era cierto, raptos, matanzas, violaciones y rituales en las achicharradas aldeas de los asentamientos blancos. Hasta los huevos (*traducción libre del idioma sioux en su variedad santee). Ya les daba todo igual. Se liaron a matar y a arrasar y se pusieron ciegos de sangre; la venganza les supo a gloria hasta que les cortaron el rollo, claro. 
La historia, tan bien contada, había atraído la atención de muchos entre los que se encontraban algunos de los Nueve, mientras el resto seguía en el puesto de "Polvos, líquidos y grageas indígenas alternativas".
-Pero ¿esa historia es cierta?, -preguntó el más joven y lampiño de los Nueve.
-Un hombre que desconoce su historia está condenado a repetirla, -parafraseó o plagió Wolfe (*la disyuntiva se debe a las dudas al respecto del narrador). 


Tras impresionar muy favorablemente a parte del grupo de forajidos-traficantes, Wolfe se quedó con ellos, alargando la noche en una frondosa arboleda cercana a Pine Ridge, cristalizando una amistad mediante un rito iniciático que lo hizo recordar cada una de sus reencarnaciones como orgullosa águila lakota, astuto cuervo ladrón y oso pardo danzante. 
Los Nueve pasaron pronto a ser diez y Wolfe se integró en cuerpo y alma al grupo, cumpliendo con su misión gubernamental al tiempo que se descubría como el lobo de corazón que su abuela había vaticinado.
Los cambios de ubicación continua y la completa libertad en que vivía le permitían salir a solas a caminar sin rumbo por poblados con una única cabina desde la que llamaba y rendía cuentas al jefe directo, único contacto posible con el FBI. Telefoneaba y daba noticias breves sobre ubicación y actividad del grupo, mientras en su fuero interno solo ansiaba regresar con los Nueve y violar todas las normas obtusas que había jurado vigilar.
Así surgió en él una dualidad anormal. 
Cada día disfrutaba más las noches de ternura y confidencia, los viajes, los peligros, la bruma del colocón casi perpetuo en que se movían. Espació las salidas a escondidas y los chivatazos y dejó de lado su obligación en pos de un destino que le reclamaba espiritual y físicamente. 


Es posible que en la confusión de la vida enturbiada por drogas y alcohol, naturaleza, compañerismo y amor, pasaran muchas semanas. Es posible que en su fuero interno, la lucha por lo que aprendiera de su casta paterna le torturase e hiciera que un momento de su persona renegase de aquel dulzor. Es posible también que una tarde de ventolera y polvo levantisco fuera a una oficina de telégrafos. Es posible que en una cita encubierta acuchillase brutalmente a su contacto de FBI y en un pasaje oscuro le arrancase el corazón y se alimentase con él. 
Eso podría haber sucedido, y quizás lo hubiera hecho, si en el momento en que yo acababa mi cerveza numero mil y escribía enfervorecidamente, él no hubiese entrado de nuevo, fresco, descansado, buscando mi calor, olvidado de su encargo literario, olvidado de su hartura de mí. 
Hicimos el amor sobre la grabadora y las garabateadas cuartillas; las destrozamos; manchamos el fin de la historia con sangre y semen de modo que lo que fuera de Tom Wolfe y los Nueve de Cheyenne River quedó defenestrado, perdido y olvidado. Mi placer se antepuso a cualquier deseo de acabar como Dios manda una historia que no ocurrió ni en la ficción ni en la realidad ya que nadie la escribió jamás.


*Notas del traductor.

sábado, 21 de enero de 2012

Ten miedo

Llevaba tres o cuatro días sin comer. Una dieta de café y litros de cerveza lo mantenían en pie. Era sábado y la mañana era una promesa. Ella estaba contenta y cantarina por allí, le enseñó un libro de relatos que hacía poco le habían regalado. Lo que le estaba gustando. Stanislaw Lem; ruso no, polaco, creo. El de Solaris, sí. Fantástico. Cuando acabes el que tienes, lee alguno de estos. Sonreía despeinada, mientras doblaba unas mantas y llevaba cosas de un lado a otro reorganizando el desorden de aquella casa.
Él miró la dedicatoria. 

-¿Te lo ha regalado ese
-Sí, por qué.
-Está enamorado de ti.
-Yo que sé. Y, si lo estuviera, qué.
-Que no se acerque a ti.
-Estás de broma, claro.
-No, lo digo muy en serio. Te digo que lo mato. Si me lo encuentro, si algún día lo veo... Si ahora estuviese aquí... Te digo que lo mato.
-No hables así. Das miedo.

En su rostro oscuro y enflaquecido, había dos ojos desencajados y una boca medio torcida por la que profería las amenazas. Serio en su ligero y convincente temblor.

-No digas eso. Me estás asustando. 
-Díselo. Dile que como lo vea, lo mato. 
-Para ya, me estás dando miedo.

Él se había levantado, caminaba torpe hacia el baño. Al oír esa última frase, se giró hacia ella que ya no estaba contenta ni alegre ni bonita ni cantarina.

-Ten miedo, -dijo. 

Su mirada clavada en la de ella por un tiempo indefinido. 

-Ten miedo, -repitió, antes de seguir su camino. 

Y ella tuvo miedo.


viernes, 20 de enero de 2012

Robustiano o Una odisea en la estratosfera

Esta historia es un plagio como la copa de un pino. Se la robé a un escritor que cauteloso planeaba su escritura y no se decidía del todo a hacerlo. Se la levanté como otros levantan las novias a sus mejores amigos. Es, en realidad, una leyenda tradicional chilena, que sería un mito urbano de no ocurrir por entero en un entorno rural.




Ocurrió en Benagalbón, como podía haber ocurrido en Puerto Natales. Un tipo, frito de vivir en su pueblo, de cruzarse cada día con los mismos vecinos y oír cada día los mismos comentarios y frases hechas, se hartó. Simplemente se hartó. Se cansó de las calles del pueblo, de la población envejecida, del hablar del tiempo, de si se dio bien la pesca o si este año habría más o menos almendras. De contemporizar, sin más. 
-Más turistas
-Sí. 
-Cada año igual.
-Sí. 
-Llegan y lo dejan todo hecho una porquería.
-Sí.

La mujer cocinaba, los niños alborotaban. Él los amaba, sin duda, pero le robaban el alma con su banalidad. Blanqueaban la casa o arreglaban las tejas. Se vestían los días de fiesta e iban a misa los domingos. Cada funeral, cada bautizo. En mayo, las comuniones. El buen hombre no podía más. Su vida era un inagotable círculo vicioso. Todos le parecían iguales, mediocres, cretinos, cotillas. Los guisos de su mujer se repetían semana tras semana. Su trabajo le causaba hemorroides y hernia discal. La profesora se quejaba de sus hijos pero él no los metía en cintura; tenía la cabeza en alguna otra parte.
Como vivía en una casa de pueblo, tenía un pequeño taller, un lugar lleno de hierros y maderos, clavos y pegamento, serruchos y destornilladores y martillos. Allí se refugiaba y allí ideó su pequeño sueño que, con tiempo y paciencia, se convirtió en un plan en toda regla y, más tarde, en un proyecto estructurado y, después, en su aspiración vital, el único motivo de su existencia. 
De modo parsimonioso y secreto, Faustino diseñó y construyó una nave espacial. No era una preciosidad como las de la NASA, no era una gran nave espacial. Parecía más una lata de sardinas pero con toda seguridad funcionaría para lo que tenía que funcionar. Una buena tarde habló con su mujer y sus hijos y les explicó lo que tenía en mente desde hacía tanto. Se marchaban de allí. Dejaban Natales o Benalgabón o Chilches, o como diantres se llamara aquel pequeño lugar tedioso y anodino, y abordarían una aventura sin parangón, un viaje estelar que les llevaría lejos de aquello y de todo. Se marchaban, ¡pero ya!, a la estratosfera en principio y después ya verían para donde decidían poner rumbo. 
La esposa, mujer sencilla y complaciente, ignorante y diplomática, calló. Y en silencio planteó el ajuar que necesitarían para tamaño periplo, la comida que habría que preparar, fiambres, frutos secos, vino dulce, etc. Los hijos acostumbrados a la vida tradicional eran obedientes y brutos y a todo dijeron que sí. Sin entender en verdad una sola de las palabras, que oían sin escuchar.
Partieron, pues, una semana más tarde. Bien abastecida y acondicionada la nave gracias a la hacendosa Robustiana. Despegaron sin problemas, dejando boquiabiertos a los vecinos que en aquel momento del día pasaban cerca de su casa. Llegados al límite de la atmósfera vivieron unos minutos de incertidumbre, sintiendo como la nave temblaba ferozmente y los tornillos casi se salían de su lugar, pero lograron cruzar a la estratosfera y todo se tranquilizó súbitamente. La gravedad cero hizo que cazuelas y castañas, faldas y chorizos levitaran a su alrededor. La visión desde el ventanuco a modo de escotilla era deliciosa y Faustino estaba satisfecho y feliz. También los hijos sonrieron con el comienzo de la aventura. Los siguientes días seguían contentos, gozando la vista: millones de estrellas, la Tierra vista desde lejos, grupos de meteoritos que viajaban por el cielo. El Universo grandioso, tan cerca. Dejaban en paz la ventana solo para comer, dormir y hacer sus necesidades en una especie de botijos que después lanzaban al espacio.
Pasaron así trece años. En verdad Robustiana había previsto mucha comida y muchos botijos. Pero el poco ejercicio y, quizás, quién sabe, el aire enrarecido, mil veces respirado, los estaba haciendo enfermar. Primero, el más pequeño de los hijos, Cipriano. Después, la niña, Yanira. Por último, el mayor y predilecto, Roberto. Madre y padre cayeron en la más profunda de las depresiones, pero mientras el hombre incombustible sobrevivía a cada desgracia que le sobrevenía, calmo. La mujer se enfermó también y un buen día amaneció tan muerta como los tres hijos. Ocurrió esto y Robustiano quedó solo a merced de la tristeza y el aburrimiento. Las estrellas fijas cada día le hastiaban; la visión de la Tierra le asqueaba. Ese pedazo de mierda de ahí abajo tenía la culpa de todo. Su insoportable falta de interés, su absurdo lo había lanzado al espacio y allí autodesterrado había visto morir a toda su familia, entre fiambres y café soluble y alguna gallina, también enferma, que –cada día menos--abastecía de huevos frescos.
¿Por qué nada me satisfizo ahí abajo? ¿Por qué nada me satisfizo tampoco realmente acá arriba? La soledad y el tedio, el sentimiento de culpa y la rutina le golpearon allí peor que en Benagalbón. Y tomó una decisión, la última decisión, que ya no podría ser un error. Haría explotar aquella maldita nave y moriría junto a los cuerpos medio corruptos de sus hijos. Preparó el hombre todo el combustible que quedaba en la nave, juntó unos maderos de aquí y unos leños de allá y prendió un fuego junto al depósito de nitrógeno líquido. 
"Tenía que haberme hecho una máquina del tiempo y haber viajado a todas la épocas yo solo durante los fines de semana; habría sobrevivido mi familia y nunca me habría aburrido tantísimo aquí arriba con esta oscuridad y estas mismas estrellas cada día y este tiempo invariable, que ni llueve, ni nieva, ni telediario con noticias que comentar y ¿con quién? de todos modos. Un asco. El mismo asco que en el pueblo". Prendió la mecha, se santiguó y cuando iba a hacer explotar la nave sin nombre, vio algo como un pequeño círculo tembliqueante que se percibía desde la escotilla. Un tornado de partículas negruzcas y brillantes que se agrandaba conforme parecía avecinarse. Decidió demorar un poco el momento de su muerte y, curioso, miró el fenómeno físico. Él no tenía conocimientos de astrofísica solo era un mecánico cojonudo, por eso nunca supo que se le acercaba un agujero de gusano, un agujero negro, una curvatura del espacio-tiempo que estaba a punto de tragárselo y transportarlo a él y a los fiambres de sus seres queridos a otra dimensión.
Solo se vio una pequeña luz en el cielo, como un cohete de la noche de San Juan, que apenas se percibió en la lejanía de Benagalbón donde sus vecinos ya ni se preguntaban donde andaría la familia del Robustiano, desaparecido hacía ya varios años atrás.
¿Dónde fue a parar Robustiano?, preguntarán. Pues no se sabe. Jamás nadie nunca ha podido probar para qué sirven los agujeros negros, si la materia oscura destruye o es medio de transporte interestelar. Lo que ocurriera aquella noche primaveral queda entre Robustiano y el mismísimo Dios nuestro Señor.

Gaviotas que juegan al golf

Salgo como cada día del Campus en hora punta. Como ando pensando en lo que no debo, me paso la salida a la autovía y tengo que tomar por la Avda. de Andalucía, pasar la Alameda, el Parque, el Paseo Marítimo, Pedregalejo, El Palo, La Araña, La Cala y Rincón hasta llegar a casa. Qué vamos a hacer. No me cabreo. No me pasa tan a menudo, solo han sido unas doce veces. El cielo está que no sabe si quiere llover. Veo unas gaviotas, doce o quizás más que vuelan tierra adentro, se arrepienten, dan media vuelta, de vuelta al Sur; se cruzan con otra más gorda y cambian: ahora se dirigen al Oeste, no al mar, al Oeste; imagino que tienen partida de póquer o así. Y que la gorda es la jefa.
Por fin echa a andar la caravana de coches y sigo rectito-rectito, paso la Comisaría de la Policía Nacional y al fondo avisto la torre de la Catedral. Y ocurre. Hete aquí que el único rayo de sol, la única claridad, haz de luz, cae sobre ella haciéndola refulgir y brillar, cual baño de oro, solo para mis ojos. Lo reconozco como un mensaje divino. Es Dios que habla, la ansiada señal está aquí. Lo sé, no pregunten por qué pero lo sé. Es Dios que me da una oportunidad, que me dice: “Hey, existo y te lo digo a ti. Existo: no es cuestión de fe, estoy aquí. Te lo doy únicamente a ti; tienes lo que muchos desearían el cognoscimiento. Existo. La vida tiene significado. Todo ocurre por algo. Te amo, eres mi hija. Hay vida después de la muerte, ángeles que tocan trompetas, San Pedro con un manojo de llaves. Todo lo que dudabas, todo lo que negabas, es tan cierto como que ilumino con mi dedo de fuego esta pequeña catedral solamente para que lo veas tú. Mi elegida. Redímete”. Me recorre una sensación de paz y, a la vez, un desasosiego inexplicable y familiar. Noto que me estremezco, y me tiemblan las piernas aunque tengo que conducir y no puedo flaquear.
Sobreviene entonces lo peor, la maldición que me acompaña desde el día que salí del vientre de mi mamá. Un soplo, o más bien, un roce, recorre desde mis tobillos hasta la parte interior de mis muslos con lentitud y suavidad. La sensación de unos dedos que van subiendo en caricia perversa hacia la entrepierna y se quedan jugando justo antes de tocar mis braguitas. Ya sé que es él, el maldito Belcebú, Satanás, el Diablo, y sus mil nombres y mil tretas que me pervierte una vez más para que me distraiga de la beata noticia y me centre en la carne y me condene eternamente. No sé por qué la tiene pillada conmigo. Hay aquí cientos de coches, estamos rodeados de gente y me mete mano a mí. Justo cuando acabo de tener un milagroso contacto con Dios Nuestro Señor. Es que hay que ser malo y perro. Y sigue tocando mis ingles sin llegar más arriba y casi no puedo parar en el semáforo y por poco atropello a una señora con un caniche, y cierro las piernas inquieta e intento concentrarme en mi visión catedralicia y mi clarísima intuición del sentido de la vida. Pero es que el maligno sabe mucho y comienzo a sentir como me acaricia la parte exterior del muslo hasta la cadera y otra vez, nadie pero nadie sabe que eso es lo que más me pone del mundo. Maldito. Y vuelve delante y pasa levemente por la suavidad de la ropa interior. Y ya no sé qué hacer cierro las piernas, cierro los ojos, suelto el volante, busco la mano que sé que anda por ahí abajo, mi intención es ya totalmente pecaminosa. No es deshacerme de él, sino que pase a la fase dos, lo que quiero aunque me vea obligada a parar el coche delante de los puestos de flores de la Alameda y que algún turista me grabe con el móvil en pleno orgasmo. Me da igual. Que le den al Cielo, renuncio a mi salvación. Tócame de una vez por todas de verdad y en serio, déjate de rodeos que ya estoy lista para que me arranques las bragas. No lo sabía, ni entonces me importaba, pero todo lo decía en voz alta.
Y llegó la respuesta; no la que esperaba pero sí la que merecía. Dios Nuestro Señor habló claro y alto, y lo que me dijo no lo repetiré pues me avergüenza, además de utilizar un vocabulario del todo desfasado y casi indescifrable para cualquiera de mis lectores (no es por insultar pero están ustedes muy por debajo de la media de Finlandia). En fin, venía a mandarme al Infierno y a decirme que me acababa de condenar para toda la eternidad por zorra.
Se nubló más que nunca, el cielo negro, comenzó a llover a cántaros, granizo, ventisca, rayos y centellas. Y encima me pilló la onda roja.
Yo me arrepentí, pero bueno... de perdidos al río. Así que paré el coche, abrí las piernas y esperé la recompensa lasciva con la que el Príncipe de las tinieblas me había sobornado de modo tácito pero prometedor. Mas, pasado un buen rato, ante mi impaciencia y para mi sofoco, distinguí de modo nítido una risa, una risa burlona. Una risa victoriosa. Una risa como con eco, como de película de miedo de Serie B, una risa de mierda a la que me voy a tener que acostumbrar pues según parece es lo único que voy a escuchar en un futuro no muy lejano.

martes, 17 de enero de 2012

Así fue

Desperté por el dolor de la quemazón en la espalda. Estaba en una playa, desnuda. Sola yo. Sola la playa. No recordaba nada. Pero sabía que debía buscar refugio, un lugar en sombra mientras el sol bajaba. Vi a mi alrededor algunos respiros verdes con cocoteros y palmeras, que salpicaban escasos la brillante y límpida arena blanca. Gateé hasta el más cercano de estos oasis y esperé. Tratando de reponerme del dolor, tratando de recordar, tratando de comprender.
Pasaron varias horas mientras el sol se ponía dulcemente por el Oeste y mi piel dejaba de palpitar, aún enrojecida, ligeramente escoriada. Me fijé en una de las palmeras que había como a veinte metros, tenía una curiosa forma en su base, como la de un náufrago asido a una botella de ron. Sonreí, los labios se partieron. Me lamí la sangre y me estremecí.
Decidí ponerme en marcha, caminaría hacia el Este hasta ver amanecer y buscar refugio otra vez. Probablemente para entonces ya habría llegado a algún lugar donde alguien me pudiera socorrer. No me molestaba estar desnuda, pero preferiría haber tenido una blusa, un vestido, una tela que me protegiera de radiaciones y humedades.
Tras mucho rato andando a lo largo de la orilla, iluminada por la luna que ayudaba a dar forma a las cosas, me topé con un gran saliente de roca. Era imposible seguir sino era escalando o bien nadando. El promontorio era imponente, muy empinado y resbaloso, escalarlo no era una opción. Rodearlo a nado era mi única idea. El agua estaba tibia. Debía ser muy salada, porque me sentí tan ligera, era tan fácil flotar. En todo caso, no sé cuánto pasé en el agua; aquella roca era más que un escollo en el camino; por momentos pensé que sería mi final, pues el agotamiento me rondaba tan seriamente que llegué a convencerme de que eso era lo que habría de pasar, y lo deseé durante los momentos de máximo agotamiento, sin miedo o con tal cansancio que el miedo ni era notable. Alternaba el braceo suave, con el reposo de espaldas cuando buscaba la luna y ubicaba las estrellas que quizás por mi confusión parecían mal colocadas. Distraída en esos pensamientos y en los de la brillante dureza de la roca no me di cuenta de que había salido de nuevo a una playa abierta. Respiré aliviada, mientras salía del agua notando como las piernas temblaban, chocaban los huesos de las rodillas. Me desprendí en esa arena aún cálida. Agotada. Mareada. Pero no quería dormir. La sed me pinchaba y me obligaba. Me concedí un breve reposo y decidí seguir. Había ya en el cielo algo, no aún claridad pero algo que avisaba. Todo me pareció extraño.
Continué. Con cuidado, observando cualquier rastro de un lugar habitado, habitable, de un resto dejado en la playa por alguien. De un vestigio o indicio de otra persona. No había nada; conchas brillantes que en otro momento de mi vida habría recogido y atesorado y ahora me asqueaban. Me percaté de la claridad precisamente en ese espanto del brillo en una caracola plateada. Cómo era posible. No hay amanecer en el Levante, ante mis ojos el cielo estaba aún más negro. Cómo era posible. Me dolió el estómago como una señal. Y giré la cabeza ya segura de que el sol no salía por Levante sino por Poniente. Qué terror sentí, amigos. Qué desazón, qué soledad, qué sensación de haber ya muerto y que aquella soledad desconcertante era mi punto final, cuya maldición consistía en no ser un punto y final. Giré la cabeza, los ojos acuosos, los puños cerrados, los dientes apretados. Allí a mi espalda, nacía la claridad que precede al alba y deja que el cielo se ennegrezca más y el fresco se haga más intenso. Dura poco. La luz se adueña de todo poco a poco. Lo que antes era gris, después se hace morado y después rosa. El morado empuja al gris y este al negro hasta que lo borra del cielo sin esfuerzo. Al cabo, un rayo preciso aparece y deja al rosa tan blanco que parece mágico. El milagro de cada mañana, sin embargo, no disipó mi angustia. Mi sed volvió.
Aun sin saberlo no había cesado de andar. Atrás quedaban los colores del nuevo día, la belleza del mar bañado en la luz clara y pura de aquel lugar. Yo les daba la espalda, a la belleza, al amanecer, al simbólico renacer de cada día. Tras una muerte negra donde en realidad mi cuerpo se sentía más pleno.
Ya el día se había hecho dueño del cielo, cuando comencé a buscar de nuevo un sitio umbrío para proteger mi piel. Atisbé entonces un alto y frondoso árbol a lo lejos, Quise llegar hasta allí medio figurando que quizás alguna hoja tenía unas gotas de rocío. Apreté el paso y lo que vi me resultó familiar. No estaba loca. No estaba muerta. El sol no salía por Poniente.
Yo estaba allí ante el extraño árbol en cuya base vi la figura del hombre agarrado a una botella. Como de barro, como de madera. Me desplomé agotada, comprobada la teoría nunca figurada, ni intuida ni deseada, de que estaba en una isla. Una isla templada, linda y pequeña. Y que estaba sola, por lo que parecía. Sola, hambrienta y sedienta.
Así fue mi llegada a la Isla.

domingo, 15 de enero de 2012

El viaje a ninguna parte

Empecé el viaje a ninguna parte cuando me desvinculé de ustedes, compatriotas del mundo entero, fichas de algún obtuso juego, termitas, puntuales, infractoras, votantes y sonantes, ruidosos personajes. Con sus prisas y sus desastres, la crispación y el no ver. Yo, que he vivido aventuras superficiales, he batallado, he sentido tan densamente, he llorado, reivindiqué mis heridas de guerra, mi derecho a largarme. Pero no en huida torpe, ni en busca de un sentido. No.
Allá quedaron las naderías, las falsas caricias, las cuentas pendientes.
Y a pesar de mi determinación y conciencia, nada hubiera logrado si el tempo lento no me hubiera acompañado. Lo logré en forma de compañera. Suave y aterciopelada piel, largos cabellos, boca siempre presta. En la actitud correcta del que emprende una expedición infinita, sin preguntar nada, sin esperar nada. Solo un presente que corre entre dos y el camino, lo único que podemos tocar.
En momentos de reflexión unilateral, observo cómo el viento levanta feas polvaredas como pesada rémora: mi miedo a la incertidumbre de nuestro futuro. Mas la ocasión me proporciona la visión de sus cabellos enmarañados, desafiando lo que dejamos atrás. Silban las silentes palabras que incitan a seguir más allá sin pensar en la llegada a algún lugar donde con toda seguridad nos separaríamos, y yo volvería a ser una serpiente más.
Y lo sé. El instante en que acabara este trayecto sería el de mi muerte, real o metafórica. El tiempo en que yo ya no sería yo y mi memoria iría tras mi compañera, dejándome en completo vacío, el día que yo sería de ustedes otra vez.

miércoles, 11 de enero de 2012

Será que hace frío

Quisiera dejarme envolver en la manta perfecta, con la suavidad y el olor reconfortante del recuerdo de algunos días imprecisos y tergiversados. Un abrazo, una lluvia de besos podrían conformar esa manta durante un momento que quisiera eterno, o al menos muy largo. Un abrazo caliente y suave. Un susurro al oído como el crepitar de la manta, el sonido del roce de tu voz en mi piel, de las palabras perfectas, del peligroso y dulce cobijo de una verdad en la que querría hundirme y desaparecer.
Uno de esos instantes húmedos, uno de esos en los que morir tendría sentido.
Y evitar estorbar a los sentidos con mis flacos pensamientos: evitar explicarte y explicarme cómo son las pasiones humanas que tú desconoces; cómo el sufrimiento o el delirio; cómo los celos o el éxtasis; cómo el principio y el fin del entusiasmo y la ilusión que te levanta y te inflama; cómo el dolor de la muerte, el miedo a perderte, cómo la locura.
Callar y callarme; ser solo parte de tu cuerpo, objeto de los besos. Dejarme llevar por el tiempo de tus caricias y que venga el sueño. Sentirme a salvo de tantas verdades, lejos de los salvajes indefinidos del mundo real en el que nos movemos. A salvo de mí, de la enfermedad, del insomnio, del vértigo del deseo y la muerte.

martes, 3 de enero de 2012

El taxi fantasma

Frank tomó las uvas y se vistió de modo elegante para despedir el año. Bebió champán, mucho y volvió en taxi. Amaneció tardíamente, los pelos alborotados, la cara marcada por el pliegue de la almohada, somnoliento. Se tiró en el sofá vio el pronóstico del tiempo. Se durmió de nuevo. Se despertó. Ya era de noche. Fue a la nevera, cogió unas cervezas, puso música. Cuando estaba borracho, fue a tropezones a la cama y se durmió. A la mañana siguiente, se levantó con resaca. Se miró en el espejo. Igual que el día anterior, tenía el pelo tieso por detrás, el mismo pijama, la misma cara pálida. La leve náusea. Fue al sofá vio el pronóstico del tiempo. Idéntico. Soporífero. Se quedó tostado. Otra vez, tras horas y horas de siesta, ya noche cerrada. Fue a la nevera, miró en su interior y pensó Zurg; siempre pensaba eso cuando abría la nevera. Decidió que no tenía hambre, cogió unas cervezas, puso música y se emborrachó exactamente igual que el día antes. Ni Frank ni yo sabríamos decir, cuántos días pasarían así. Frank, el mismo pijama, los mismos pelos enmarañados y tiesos, la misma resaca, el mismo largo tiempo de siesta. El sopor. La cerveza de la noche, la música. Frank pensó que el año no quería empezar. Soñaba que los días no pasaban. Le preocupaba tan solo que se acabase la cerveza. Al día siguiente, a pesar de la resaca, y sin saber muy bien cómo, aseado, vestido, sentado en el borde de la mesita del café, miraba el pronóstico del tiempo, decidido a salir y dar al año la oportunidad de empezar. O quizás obligarlo, forzar las cosas, para que el año se echase a andar.
Se iba a levantar, cuando sonó la puerta. Dejó que quien fuese entrase, el salón a media luz, como entre brumas por el humo de los cigarrillos y la mala ventilación. Los tipos que eran varios parecieron no verlo. Se taparon la cara, una mueca de asco, pasos rápidos; pasaron a su lado, con un amago violento de echarlo a un lado, sin decir palabra. Uno llamó desde el baño. "Aquí", dijo seco. Y todos se adentraron en el pasillo alejándose de Frank, entrando en su cuarto de baño. Salieron. Sacaron los teléfonos. Comenzaron a moverse de forma extraña. 
Frank se convenció de que estaba de nuevo soñando. Sin ninguna razón salvo el desconcierto, se acercó sigiloso y observó. Dentro de la bañera había un cuerpo en descomposición, sangre seca mal tapada por una pequeña sábana. Frank dio un salto hacia atrás y se golpeó contra la puerta. Gritó: "Joder". Casi vomita. La manera de empezar el año, joder. Pero ¿cómo ha llegado esto hasta aquí? Uno de los tipos llegó alertado por el golpe probablemente, miró con desprecio, asco. Frank pensó que lo atravesaba con la mirada. Y sintió pánico. Estuvo seguro de que lo culparían a él, que pensarían que aquel cadáver de su baño era una víctima suya. Quizás una mujer. Quizás un marica. Y lo peor: no recordaba nada. Demasiadas lagunas, resacas y borracheras, largas siestas llenas de sueños, que podrían no haber sido sueños. Encendió un cigarrillo. Se tranquilizó. 
Frank pensó que lo mejor sería largarse sin hacer ruido ni dar explicación. Tomó sus llaves, su billetera, la gabardina y el sombrero y se marchó escaleras abajo. Llovía, cómo no, a cántaros. Se caló el sombrero, Subió el cuello de la gabardina y desapareció de su vida con el cigarrillo mojado colgando de sus labios.

Frank Miller

domingo, 1 de enero de 2012

Muerte de Calamardo

Hola, mi nombre es Arenita. Soy una ardilla, creo, aunque no tengo tanta conciencia de mí como para catalogarme en una especie concreta. Sé que tengo dos dientes salientes. Y que cuando voy a mi residencia de Fondo de Biquini, no puedo respirar sin una escafandra. A veces me enfurezco y doy gritos y palos. Eso sé. Ahora estoy aquí, en mi árbol. Mi hábitat natural. Recordando el día en que asesiné sin piedad a Calamardo y tuve que salir por patas, no sin antes pasar por la Piña a dar un abrazo a Bob Esponja; Gary dijo miau y Patricio algo que no tenía ningún sentido y Bob Esponja lloró de ese modo en que solo él puede llorar poniendo esa cara tan fea que me exaspera: los ojos inyectados en sangre, la cabeza enflaquecida, la lengua por fuera, la boca tan abierta que dan ganas de meter la mano y arrancarle la campanilla que, allá al final, parece un gusano agonizante. Me cae bien pero me pone de mala leche que llore por el asqueroso e infame Calamardo. 
A ver, qué malo tiene, díganme ustedes, comerse un plato de calamares en su tinta. ¿Qué? ¡Ah! Pues no, no. ¡Que no soy herbívora! Ignorantes. Me pongo ciega de bichos. ¿Por qué no un platito de calamares? En fin, yo no conozco mejor cocinero que Bob Esponja y la verdad es que no llevaba planeado nada cuando entré aquella tarde en el Crustáceo Crujiente. Allí el malencarado Calamardo se metió con quien no debía, id est, conmigo. Se puede ser sarcástico y estar siempre metiendo baza, se puede hacer mil trampas y jugársela a Bob Esponja que -como el Correcaminos- sale siempre airoso. Se puede ser un creído, pijo e intelectualoide, aunque a mí no me la da. Pero ya, con el día que tuve, sus alusiones a mi mal aspecto dentro de mi traje submarino... no las iba a tolerar. 
Quizás eso (y que me cobró de más) fuera el detonante de una reacción que por excesiva no pasaron por la tele. Tomé uno de los cuchillos de la cocina, volví a la caja y le desafié a que repitiese lo que había dicho. Como es evidente, el tipo raro, calamar de seis patas, lo dijo de nuevo ostentosamente satisfecho por haberme ofendido. Lo que nunca olvidaré fueron sus ojos de incredulidad al ver mi arte y destreza al trocearlo en daditos que, con pimentón y algunas otras especias, me servirían de cena. Así se lo decía, mientras al espicharla se lamentaba de no sé qué destino cruel y me pedía que cuidase de su clarinete y que jurase que su moái no sería para Bob Esponja ni para Perlita sino para (ahí ya me quedé de piedra) la ¡Señorita Puff! "¡Madre mía!", dije. Y le pedí amablemente que se callase, que me desconcentraba. 
Nadie se puede imaginar lo que tarda un calamar en morir descuartizado. Bueno, a lo mejor algún pescadero experimentado, nadie más. Fue un rato largo-larguísimo, pero al final ya tenía yo allí un picadillo que llevé al bueno de Bob a la cocina y encargué que me cocinara.
Como había un montón, los invité a todos, haciéndoles cómplices de mi calamarcidio y asegurándome así un plan B. Por si lo que había hecho no sentaba bien (tengan en cuenta que soy forastera y ya se sabe). Hasta a Plankton invité; todos comieron con apetito; felicitaron al chef; el sr. Cangrejo se frotaba las manos, maldiciendo a Calamardo por no estar allí un día de tanta afluencia. 
-Y ¿cómo se llama este delicioso entremés? 
-Arenita lo bautizó como "calamar en su tinta". 

Entonces, creo, empezaron a sospechar. Alguno, más delicado y perspicaz corrió al baño. Y otros abandonaban el local. Bob Esponja y Patricio no se enteraron hasta el final del episodio, cuando ya me había llegado la carta de expulsión, la amonestación de Neptuno, los anónimos de la Asociación de Calamares y Pulpos, y tantas otras paparruchadas que me daban exactamente igual.
Así, llegué a la piña de mi amigo Bob Esponja, donde él y Patricio lloraban desconsolados por mi exilio y la muerte de Calamardo y el momento canibalesco de Fondo de Biquini y por mi marcha (sí, otra vez). Mira que los quiero, que conste, pero no pude contenerme. Les pregunté si era cierto eso de que no querían vivir sin mí. "Sí, sí, sí". 
-Vale, silencio. Os llevaré conmigo y estaremos siempre juntos. 
-¿Y Gary? 

Gary me miró y, aun siendo un caracol, salió que se las pelaba por la puerta que no hubo forma de darle caza. Bueno, pues sin Gary. ¿Vale? ¡Vale!
Y me los traje. Están aquí, en el poyo de la chimenea, secos y calentitos; la estrellita de mar rosa y más bonita, admiración del bosque entero y el trocito de esponja de mar, lo nunca visto por estos lares. También, aunque me es difícil explicar a mis vecinos de qué se trata, tengo allí colocado el clarinete... 
¡Ais, mis recuerdos de Fondo de Biquini!