jueves, 22 de diciembre de 2011

Yo soy un Jedi porque el mundo me hizo así

Estaba yo en Ojayo, al ladito de El Morche, o igual era el que está en El Borge. Uno de los dos, creo. A lo que iba: en Ojayo tienen la mejor juguetería de la Axarquía y, por ende, del mundo. Bueno, es la mejor porque, además de estúpidos juguetes de Inazuma 11 y Ben 10, muñecos que vomitan de verdad, puzles de Winnie de Pooh y otras sandeces como bicis y monopatines con motor, tienen el mejor surtido de réplicas de los personajes de Star Wars, disfraces y complementos de los de verdad, nada de la mierda de ahora. No. Lucas en esencia pura.

Para empezar diré que me revienta pasar por la calle donde está la tienda, porque han puesto una pasticcerie, o como se escriba, llena de maricas tomando té con pastas, con gafas de sol y rubias pijas, de piernas larguísimas que no le llegan a la princesa Leia a la altura del zapato.


Ya al pasar por delante de esos entes degenerados perdiendo el tiempo en lugar de batallar por la República, me exacerbé un pelín. Lo confieso. Iba yo con mi traje blanco en son de paz, pensando en las enseñanzas de Yoda, con la intención de sentir empatía con todas las cosas del Universo para ayudar a la República a salir de esta crisis que nos asfixia, y aquellos allí con los modelitos de no sé cuántos y el muestrario de bolsos y complementos de El Corte Inglés y sus muert...


La cuestión no pasó a mayores: yo pensé en la Fuerza y ellos bostezaron. Y seguí unos pasos hasta entrar en el Templo. El último resquicio de pasión por la mejor historia de la Historia de la humanidad. El último bastión, superviviente de la deforme atracción del lado oscuro que todo lo corroe en nuestros días. No hay más que leer la prensa o ver Intereconomía para saber que el desastre está servido y solo unos pocos, limpios de mente y con la suficiente voluntad, podrán parar los golpes del Mal.

Y hete aquí que penetro en el lugar y encuentro el sector dedicado al Santuario desmantelado, con intención de reducirlo a un triste testero de piezas de Lego. La dependienta, de nariz puntiaguda e impertinente, me mira a los zapatos mientras de mala gana me dice que los "disfraces y pelotudeces varias" están ahora junto los demás disfraces, que "llega Halloween y los friquis tienen que saber donde buscar". Y... ¿después? "¿Después? Al almacén".

Unos minutos después volví en mí: una ausencia epiléptica malinterpretada por el común de los mortales, que me hace especial y me ensimisma en momentos de extrema necesidad. 

A mi regreso, la tipeja de la nariz, el uniforme y el desprecio ya estaba en otra zona de la tienda, disponiendo las piezas de Pokémon y otros falsos monstruos advenedizos. Sentí una ira inédita en mí. Sabía que no podía dejarme llevar, así que me acerqué a ella y le rogué, utilizando mi poder hipnótico, que devolviese las cosas a su estado anterior; pero la chica se manifestó claramente como un encubierto agente Sith que tiene la capacidad de resistirse al poder de la fuerza. Y ahí se armó. Ella utilizó la ira y el odio, en forma de risas y gritos, palabras hirientes y llamados a sus compañeros para neutralizarme. De un salto tomé una de las espadas sable con empuñadura de metal pulido que, en mis manos, dejó brotar un rayo azul de más de un metro. La fea Sith dejó de reírse. A golpes, obligué a ella y a sus compinches furcias-terroristas del Imperio a que repusieran el Santuario; tratando de alejar de allí a la inocente clientela, para que ningún humano corriente y normal saliese malherido.

Todo iba bien, las cosas iban bien. Lo digo en serio. Todo iba bien. Hasta que oí ciertos sonidos agudos y percibí unos colores brillantes azules y rojos y, de nuevo, la ausencia. Poco. Nada. Un minuto lo más. Mas, al tornar plena mi conciencia, toda la zona estaba llena de soldados imperiales, armados con pistolas láser y unas espadas que nunca antes vi, sin empuñadura plateada, sin extensión de color rosado; no, estas eran negras, duras. Entonces los soldados se me avecinaron por doquier, mientras poco podía hacer contra más de mil enemigos que me asediaban con todos los poderes del lado oscuro. Al cabo de unos minutos de forcejeo y lucha, uno de los envites me partió la cabeza y cuando desperté me hallaba absolutamente atado, en una misteriosa sala, en una nave que reconocí de inmediato como la Estrella de la muerte; sin más decoración que paredes y suelo blancos y blanduzcos, tanto como mi vestimenta blanca, lazadas las mangas por detrás, como debe de ser la moda estelar.

7 comentarios:

Riforfo Rex dijo...

magnífico relato

Pine Apple dijo...

...'rubias pijas, larguísimas que no le llegan a la princesa Leia a la altura del zapato.' ¡Buenísimo!

Calamardo dijo...

Lo de comparar a los dependientes con los Sith me ha hecho reir un rato. Verdaderamente, algunos dependientes parecen tener tratos con el lado oscuro.

ESPERANZA dijo...

Aprovecho tu post para desearte FELIZ NAVIDAD y que el 2012 entre en compañía de las musas y de la suerte.

Un abrazo,

Cartaphilus dijo...

Un abrazo muy fuerte, Esperanza. Te deseo lo mismo.
Sí, Calamardo, hay que cuidarse de los Sith, casi todos disfrazados de rubias altísimas ;)
Un besito, Piña.

J.J. Tapia dijo...

El poder del reverso tenebroso está subestimado. Extienden sus tentáculos como el Sarlacc en el desierto de Tattoine.
Me siento identificado; tal vez debería empezar a preocuparme.

Kirikú dijo...

Jajajajajaja! Fantástico!

Los soldados imperiales me han recordado poderosamente a los antidisturbios.

compinches furcias-terroristas del Imperio.... xD