domingo, 30 de octubre de 2011

El arquitecto y el inmortal

Ponerse a salvo del viento...


Decía algo sobre ladrillos primero; algo sobre amasar, sobre el adobe, sobre lo grande o pequeño, lo ligero o lo prensado o lo hueco o lo intenso; la verdad es que no lo entendía pero asentí con la cabeza todo el tiempo. "Así que la fisonomía del ladrillo". "Eso es". "Ya veo". Los ladrillos no tienen que ser simétricos por todos los lados del edificio. Y ya no decir si hablamos de un conjunto arquitectónico complejo. O de planificar una entera ciudad desde cero. Con cierta habilidad dialéctica explicó que igual podía planear una casita que un bloque de apartamentos que una ciudad medieval que una catedral que una entera ciudad del futuro que un país que una variedad de países que un mundo entero. Lo primero eran los ladrillos. Yo que me había perdido hacía rato en la anómala construcción de las frases y en las manchas grasientas de los cristales de las gafas del Arquitecto, dije:
-Y los árboles y las carreteras y el paisaje natural que hay entre un edificio y el siguiente, ¿cómo lo planificas solo con ladrillos?; no puedes calcular la distancia entre los árboles, el natural curso del río, la orilla que se acerca y se aleja. ¿Los apartas del diseño de tu mundo, a estos matices ineludibles gigantescos?, ¿no los tienes en cuenta? Se te impondrán, en un momento u otro, las olas, las cuevas y las pendientes, los cambios en el clima, la escasez de leña para la chimenea, el sol ardiente, el capricho de la naturaleza.
Me miró con lástima: "el ladrillo es una metáfora, joven amigo". No quise discutir. Un ladrillo es una pieza del mundo que queremos construir. Un átomo, que es componente esencial pero mundo en sí mismo. Están los que solo hacen ladrillos aislados, sin saberlo, toda su vida y los que construyen perfectísimos ladrillos que después no saben unir. El arquitecto de verdad debe tener un plan. Un boceto. Debe haber dibujado el lugar, el momento, el paso del tiempo, el rostro de los habitantes; debe haber pensado en qué habitación va a dormir ella y en qué habitación va a dormir él, en su orientación, en cuánto sol recibirá y si esto afectará a su ánimo. Podría crear un mundo entero, que incluye a sus criaturas, claro que sí.
En aquel punto he de decir no sin cierto reparo que me interesó más la mujer del Arquitecto que el Arquitecto mismo y su plan divino y creador. Ella ocupaba un gran espacio en aquella terraza entrando y saliendo con café, con coñac, con una regadera para refrescar las flores del anómalo calor de aquella tarde. Me turbaba con su presencia y su caminar lento y frágil y su no mirarme y su silueta tan escasa y pequeña. Antes, durante el almuerzo, había hablado algo del atentado que presencié. Aquella mujer, como todas las que los hombres creen conocer, sufría profundamente por el dolor ajeno. Era Venus desgarrada que yo quería poseer. La historia de siempre. No saber cómo era ella. Aurora, Afrodita. Hecha para nuestro mal. Seres menores, creados para el juego. A nuestro servicio. Debajo. La necesidad de la sumisión de Ella. Medusa antes de la violación. Inquietante. Por qué les otorgarían los dioses algún poder sobre nosotros. Para qué esa criatura ahí. Su cuerpo, esa ternura, cierta fuerza en su romperse. Después de tantos siglos, aún misterio. Qué quieren, qué buscan, qué más pueden desear; más que darnos vida y alimentarnos y calentarnos y descansarnos y satisfacernos. Qué más que estar en el mundo y alumbrarnos. Algo había cambiado y nada había cambiado. La mujer del Arquitecto sabía perfectamente que yo la deseaba y tan solo eso la conmovía. Víctima de su inseguridad y su miedo y -porque así se las hizo- abocada a ceder. No necesitaba comprenderla para saber que tan pronto como el Arquitecto se marchase, ella estaría disponible para mí.
Desaparecido el hombre, Aurora me aclaró que todo ese discurso se refería a la arquitectura de la novela que estaba escribiendo. Ya lo sabía, pero no quise contrariarla en su necesidad de explicarlo. La siesta de él fue, cómo no, el mejor momento de mi visita. Nos dirigimos a la sala de lectura y le acaricié el rostro con cuidado y cautela. Como si la conociera desde siempre, la guie en lo que yo quería hacer y que ella hiciera. Todo tan fácil. Así, el sentármela encima, el ir desnudándola, el besarle los pechos la cabeza hacia atrás entre suspiros. Así, el echarla en el sofá y dejar que me desvistiera, que me besara y me atrajese después a ella. Así, el entrar tierno y brusco al mismo tiempo: suave hacer el amor a la mujer casada henchida en deseo y culpa. Sus labios calientes sabiendo a mi sexo, trémulos y extenuados, me besaron olvidados de las promesas que un día dieron a otro hombre. Su naturaleza desatada y desvalida ante mi naturaleza clarividente y satisfecha. Nada había cambiado.



Tras cerrar la puerta y despedir al invitado, Aurora se sintio como Mina tras haber besado cientos de ratas.

sábado, 22 de octubre de 2011

El destino de la Tiridium 26

Año 3045, la nave Tiridium 26 transita por Orión rumbo a la plataforma farmacéutica Viagra2000, sita en la órbita de Gliese 179, con un peligrosísimo cargamento de kriptonita en polvo. Es martes. Todos los martes toca bingo, barbacoa y sorteo de un barril de ron. Desde el año 2956, los directivos de la Compañía de Transporte Interestelar S.A. establecieron que debían planificar actividades lúdicas diarias para apaciguar al personal navegador en recorridos de más de diez años para evitar que ocurrieran motines y destrozos en las carísimas naves. De igual modo, las únicas armas abordo las tenían las mujeres, más prudentes, más de fiar y en basta (e indecente) minoría. 
Aquel martes, 26 de agosto, Socorro del Mar Holderlin cantó 5 bingos, se comió 23 pinchitos y ganó el barril de ron negrita Habana Club Gran Reserva. Socorro, ante la perplejidad e ira de algunos de los tripulantes, se metió con el trofeo y una caja de vasitos de papel en el camarote de las chicas, sacándoles el dedo a los tipos que quedaban atrás. Ese gesto fue muy mal visto por la parte masculina de la tripulación que llegó a la conclusión de que el sorteo estaba amañado, que en el bingo hubo tongo, que la Soco era anoréxica y/o bulímica porque con lo que comía no era normal que estuviese tan flaca, y, como es lógico, todos estuvieron de acuerdo en que la tía era lesbiana y una guarra. Lo cierto es que Socorro era un poquito correosa y un tanto provocona. Y, si bien no era lesbiana, sí era andrófoba. La cuestión es que era también muy inteligente y supo burlar a los infalibles psicólogos de ACME, subcontratados por Transporte Estelar S.A. para cribar a los aspirantes con forma de ser conflictiva, como precisamente Socorro del Mar, persona problemática donde las hubiere y que jamás debió embarcar. 
Socorro, que se creía Artemisa, consiguió montar un revuelo importante en la nave ya entrada en Orión. Todos cabreados, enervados y fastidiados, en la puerta del camarote donde las doce mujeres de abordo bebían y cantaban sin disimulo alguno de su felicidad. Unos no pudieron contener su rabia y empezaron a golpear con fuerza la puerta que, por otra parte, ni de broma hubieran podido derribar. Los insultos lanzados apenas podían traspasar el grueso metal. Sin embargo, Socorro tras cinco litros -decilitro arriba, decilitro abajo- de ron, tomó la MP5 para munición 40 S&W, mejorada en 2876 por The New Smith & Wesson Corporation. Ligero, con inmejorable equilibrio y una precisión del 100% en manos de cualquiera. Abrió la puerta y se dedicó a disparar a todo lo que se movía, que resultaron ser cinco y no seis como ella en principio pensó. Gran parte de la tripulación ni se enteró, porque el subfusil tiene un eficaz silenciador. Las chicas, aun ebrias, previeron el peligro y comentaron el patón que acababa de meter: “Mujer, Soco, o sea, ¡cómo te pasas!”. Socorro las tranquilizó. Nada más fácil que hacer desaparecer los cuerpos cuando todos dormían en mitad de Orión. Si la cosa se ponía fea, ellas tenían un arsenal y a algunos de ellos de su parte. Tendrían que ser más listas. Convertirse en las dueñas de la nave y pasar de la Compañía que las utilizaba por una mierda de sueldo. El tiempo en que estaban allí era una cuarta parte de su vida. Su edad más fértil, más capaz, lo mejor de su juventud. Desperdiciada en encuentros fortuitos con algún cosmonauta con eyaculación precoz. Ella lo hacía porque siempre quiso ir a Orión y morir en Orión. Su amor. Las otras se miraron encogiendo los hombros y sin querer preguntar. 
Tras una perorata de 25 minutos, se decidió que, acabado el barril, saldrían a lanzar los cuerpos por el garbage gate, limpiarían suelos, paredes y techos, y se prepararían para tomar el mando a la menor provocación. 

Dicho y hecho, los cinco cuerpos tratados como basura y Socorro, con insomnio desde los doce años, venga a planificar los subsiguientes movimientos que iban a conducirla a capitanear la nao tras ejecutar a tres quintas partes de la población masculina de abordo, previo informe sobre su actitud, sus aptitudes e historial personal. Sería la primera nave pirata espacial con tripulación enteramente femenina, para lo que ya había previsto obligar a travestirse a los veinticinco hombres con los que se iban a quedar, para hacer todo el trabajo y dar placer a la que tuviese necesidad.

Al día siguiente, el comandante hizo llamar a Socorro del Mar para interrogarla sobre las desapariciones. No necesitaba más. Sacó el machete Keras profesional. Negro. Ligero. Ignífugo. Con un filo como el de la Katana de Sasuke. Le hizo un único corte, en el cuello. La cabeza rodó al suelo y todo dio comienzo. Sus planes se iban cumpliendo. 
La selección de los 25 hombres que sobrevivieron, y quedaron a su entero servicio, se hizo, finalmente, en función de las prioridades sexuales de las amigas de Soco. Una gran jefa. Una líder nata. 
Los más serviciales, entregados y, ahora, agradecidos, machos de la nao, llevarían un collar GPS detector con chip Telcel Cuarto Milenio. Pelucas, tacones, wonderbras y minifaldas.


Era miércoles, pero dada la situación, se suspendieron los juegos de agua y el karaoke. 
Socorro dio orden al piloto de cambiar el rumbo y dirigirse hacia el Bucle Barnard, que rodea como una burbuja la Nebulosa Cabeza de Caballo. Al mismo tiempo, había contactado con varias embarcaciones piratas dispuestas a comprar el cargamento de kriptonita a cambio de oro, combustible y suministros alimenticios entre los que no faltarían cigarrillos y ron para unas décadas. 
A una distancia prudente de Alnitak, hicieron en intercambio con la astronave tudesca Spirit of Hermes, únicos de los que se podían fiar. Todo trancurrió de modo pacífico, sin conflictos ni trucos: los alemanes cumplieron, Soco y sus travestidos subordinados cumplieron. Se despidieron a la francesa como es el estilo pirata estelar y cada uno siguió su camino. Poco importaba a Socorro del Mar que la Spirit of Hermes en un par de años revendiese el polvo de kriptonita al partido nazi y, tras una sangrienta guerra, muy mal llevada por los alemanes, Europa fuese arrasada del mapa terráqueo, aquel lejano e irregular globo de agua. 
La Tiridium 26 se había deshecho de la Kriptonita y estaba en condiciones de seguir adelante en busca del Bucle de Banard. No sé si lo saben pero allí se esconde el mítico río de la eterna juventud que tantos alquimistas buscaron sin suerte. La pregunta es cómo Socorro estaba enterada de esto y cómo conocía su exacta ubicación en uno de los filos de hidrógeno puro en constante movimiento que a lo lejos se percibe de color rojizo como si fuera un efecto óptico translúcido, casi invisible, intocable. 
Tardaron relativamente poco en llegar a Banard, donde les recibió una brisa irisada y rosácea de partículas que les rozaban sin parar. Soco mandó a uno de los travestidos a que saliese y tomase una muestra. Cuando este volvió, ella se llevó la cápsula hermética a su compartimiento y, a pesar de que iba en contra de todos los manuales de seguridad interestelar, abrió el precinto y se llevó el recipiente a su boca, mientras su nariz aspiraba. Notó una quemazón y se desmayó.
Pasadas nueve horas, Socorro del Mar despertó en la enfermería como si nada.  
Despertó llena de energía, pidió un informe de la situación: viandas, alimentos, motores, agua, cigarrillos, ron. Comportamiento de los tripulantes. Bien, todo bien. 
Hizo sus cálculos mentales. Esta vez no necesitó sacar escuadra y cartabón ni las gomas ni la calculadora científica ni tan siquiera los mapas estelares. Tomaban rumbo a M78, donde se hallaba la masa de espuma cuántica más cercana. Huelga decir, por evidente, que la Soco buscaba un puente Einstein-Rosen lo que no está tan claro es para qué se arriesgaría nadie a viajar en el tiempo y en el espacio, con el consabido riesgo de disiparse en millones de partículas (o desintegrarse) cuando acababa, supuestamente, de adquirir el secreto de la vida eterna.

Socorro del Mar ordenó al piloto rodear la cosa para ver hasta dónde llegaba, si es que tenía final. Y efectivamente, no era gigantesca tenía como un culo de vapor tupido negro, como toda su figura excepto la gran boca. Entonces, recurrió a unas microcámaras insertadas en unas diminutas esferas hechas de una aleación de metal. Las fue lanzando con una catapulta, sí, una catapulta de puta madre, una catapulta de diseño, negra brillante hecha también de unos ligerísimos metales desarrollados por ACME en el tercer milenio. 
Las bolitas con las microcámaras iban entrando y la pantalla de abordo mostraba oscuridad y más oscuridad por un breve periodo de tiempo y después un crujido, interferencias y se perdía la señal. A la tercera bolita, se vio perfectamente, en medio de la oscuridad, una especie de raja de luminosidad, entonces de nuevo se perdía la señal. 
Tras varias bolitas más (carísimas pero como Socorro las había robado a la NASA, daba igual), se vio de nuevo esa rasgadura, como el ojo de la Virgen de Chiquinquirá, igualito que uno de los ojos de la Chinita. La Virgen verdadera que otorga a quien se lo pide un único anhelo.


Socorro sabía demasiado. En cualquier caso, precavida como era, mandó a uno de los travestidos al agujero en una pequeña embarcación estelar para asegurarse de que el acceso al milagro no era mortal de necesidad. Realmente, no quería morir, la muy zorra.
Los tripulantes se mostraron reticentes y no hubo voluntarios. Aunque, al final, atado, amordazado y aporreado, un tipo llamado Sergio Van de Hausen fue introducido en la cápsula exploratoria bautizada con su nombre como agradecimiento de todos los demás.
El corto viaje de Sergio fue seguido con atención, las almas de todos en vilo, por las pantallas de plasma que había en cada sala de la Tiridium. 
Salió, rodeó una niebla que despedía su nave, se dirigió --gracias al control remoto-- a la boca del agujero negro y allí penetró. Las sacudidas y quizás los efectos físicos de los millones de campos electromagnéticos hicieron gritar sordamente (por la mordaza) a Sergio, mas la nave siguió adentrándose hasta toparse con el haz de luz y la presencia de la Virgen. 
No sé sabe quién estaba más sorprendido si el pobre voluntario o la propia Chinita, que pensaba que jamás un humano se le podría acercar. Entonces para pasmo de ambos, la nave dio la vuelta y salió por donde había entrado: Socorro manejaba el joystick con un arte y una precisión insólita. 
Dio órdenes precisas a sus lugartenientes: dar ron a Sergio Van de Haussen, y preparar de nuevo la cápsula, mientras ella se cambiaba el vestido, se ponía rímel y rouge y se hacía un recogido italiano.
Al fin, la mujer estuvo lista, la nave estaba lista y ocurrió.
La nave volvió a penetrar en el agujero negro, la Chinita, aún la boca abierta, recibió a Soco con su solicitud preparada. 
-Ave, Virgen admirada. Vengo a hacerte la petición que por mandato de Dios estás obligada a conceder.
-Ave, ser humano, no recuerdo nada de ningún mandato. Llevo mucho tiempo aquí y las emanaciones radioactivas ha mermado bastante mis capacidades cognitivas y la memoria ni te cuento. Y aunque, en principio, estoy tentada de creerte, no sé cómo hacer los deseos realidad.
-Usted... Tú ¿puedo tutearte, verdad? Tú solo óyeme y desea que lo que digo se cumpla para mi interés. Gran Señora, tienes que dejar de esnifar gases, te va a perjudicar seriamente a largo plazo.
-¿Aun más largo?
-Bueno, no sé. Chinita, admirada Señora. No puedo ayudarte. Y tengo prisa. Entiéndeme.
-Entiendo: no viniste a charlar. Dime lo que quieres.
-Deseo regresar al momento en que Orión en pura pasión se me echó encima y me empezó a hacer el amor. Justo antes de mi empujón; mucho antes de lo del escorpión. Virgencita, qué arrepentida estoy de lo del escorpión. 


La Virgen estaba confusa, pensando que esta era una de sus muchas alucinaciones. Pero, por si las moscas, se concentró hasta donde pudo y deseó que la tipa aquella volviese atrás en el tiempo y se encontrase bajo el cuerpo de ese tal Orión. Qué manera de flipar hoy, pensó. Y de repente, la cápsula, la impertinente humana del peinado raro y todo lo de afuera había desaparecido.

Socorro, en el cuerpo de Artemisa, se encontró súbitamente aplastada por su compañero de caza al que dejó saciarse a su costa con fruición. No hubo escorpión en la historia, ni en el cielo. Y ahora yo soy Sagitario (puto efecto mariposa).


Los tripulantes de la Tiridium ya habían puesto pies en polvorosa mientras Socorro hablaba con la Chinita. Descubierta la verdadera naturaleza de los agujeros negros, como los habitáculos de los dioses verdaderos, debatían apasionados qué podían hacer con tan importante información. Tras semanas de discusión, llegaron a la conclusión de que no era tan importante la información y se dejaron llevar por el nihilismo, las bacanales y el alcohol.


La Compañía de Transporte Interestelar S.A. puso una denuncia por la desaparición del navío y cobró una cuantiosa prima del seguro, que tras este incidente quebró.

jueves, 20 de octubre de 2011

Si hay que perderse...

Estaba yo sentada en Washington Garden Street Avenue, tan ciega de cerveza que los nombres de las calles se mezclaban ya no en mi cabeza sino en las calles mismas. 
-¿Cómo te llamas? 
-Amanda Irvingtown del Carmen Herodoto Onassis. 
-Anda, como yo. De dónde vienes. 
-De la Avenida Moliere. Iba para el Campus pero los nombres de las calles empezaron a cambiarse. 
-Claro. Pasa mucho. Pues te acompaño. 
-Vale. 
-Vale. 
-¿Quieres? 
-¿Qué es? 
-Cerveza sin marca: la venden a granel. Ahí en el descampado del Camino San Rafael. 
-Ah. Está fresquita. 
-Sí, es la fórmula secreta. Esta cerveza no se calienta. 
-Fíjate con lo que hemos bebido y todavía el litro está medio lleno. 
-Sí. Es la fórmula secreta. 
-Asombroso. 
-No tanto. 
-En serio, es imposible que se beba y se beba (a morro) de una botella y que esta no se vaya vaciando. Es pura Física. Algo de si q menos q es igual a q, no estás en la Tierra. 
-Tío, qué profundo. 
-Ya. 
-Oye ¿y queda mucho para el Campus? 
-Espera que miro la calle: Trafalgar Square con Charing Cross. Pues debemos estar ya casi porque este sitio me suena. ¿Me pasas el litro? 
-Mi litro es tu litro. ¿Y tú de dónde vienes? 
-De aquí al lado. Salí de Time Square hace dos meses y la verdad es que ya me dio hambre. 
-En Medicina se come bien. 
-Eso dicen. 
-Pues vamos. 
-Pasa la botella otra vez. Cada vez está más fresquita. 
-La gente de San Rafael que se pasa. 
-Eso parece. Oye y lo que coloca. 
-Sí. 
-Ya. 
(...)
-Estás muy callado. 
-Por no interrumpir. Es que no sé cuando has acabado y no quiero ser grosero. 
-Bueno, diré algo para señalar que te toca hablar a ti. ¿Cambio y corto? ¿Corto y pego? Algo así. Creo que lo clásico es lo segundo. 
-Sí a mí también me lo parece. 
-¿Dónde estamos? Me muero de frío. Abrázame. 
-A ver. Calle Libertad. Estamos casi ya. 
-Abrázame. 
-Vale, te abrazo. 
-¿Se te pasó el hambre? 
-Que va, tengo más. 
-Puedes comerme un poco mientras llegamos. 
-Llevas mucha ropa y no me gusta la carne con trapo. Sentémonos en aquel portal. Te bajas un poco el pantalón y yo te devoro la parte interior de los muslos hasta recuperar fuerzas.
-Vale. 
-Vale. 
-Vale. 
-Vale. 
-Vale...

miércoles, 19 de octubre de 2011

Te echo de menos

Echar de menos un candado,
un cencerro,
una mano,
un recuerdo.
Tus palabras disipadas en la niebla;
la niebla de tu circunstancia y tu miedo.
Yo ya te echo de menos;
te echo tanto de menos.
Te necesitaba de antes de saberte,
de antes de conocerte,
de antes de lograrte,
de antes de que sin tocarme me tocases.
Acaso esto se acabe
sin necesidad de un motivo
ni despedidas lamentables.
Pero tengo miedo de despertar:
despertar en la mañana o en la tarde,
confusa, clarividente,
y tener la seguridad,
la insoportable certeza,
de que no volverás
y que nada cambiará.

domingo, 9 de octubre de 2011

Pequeñas muertes

En la penumbra se sentía más cómoda. Dejaba caer sus ojos sobre los objetos que poblaban el cuarto y que tomaban vida al alargarse en su sombra. La vista de la vida la conmovía. Y de nuevo las lágrimas impidieron el oficio de ver y abrieron la puerta al recuerdo tergiversado. 

En su memoria se había fijado el olor de él, su verbo desgastado, su voz como cantando en el momento del placer. El tacto en una nueva versión dolorosa, deliciosa y cruel. La impaciente y egoísta huella de una muerte. Única y desesperada.
En el ocaso, la música de la avenida se suavizaba, la luz de la sala se tornaba rosada. Por última vez, permitió que las lágrimas cayeran lentas. Eran las condiciones precisas para que el recuerdo dejase de ser siervo de los sentidos y ocupara el lugar correspondiente en el libro de su vida.

viernes, 7 de octubre de 2011

De mayor no seré nada; solo sentiré el viento helado cortando mi cara, despeinando mis cabellos, mientras miro el cielo estrellado. Aunque intuya algún encuentro, algún viaje, no habrá nada. Nada. 
Planeaba escribir, pero no lo haré. Si sucumbo, quemaré cada hoja. En un crematorio que no limpiaré. 
De mayor no volveré al cementerio. A sentarme entre panteones y flores marchitas, y oler el aroma de la naturaleza muerta mientras tomo absenta. Y no seré sepulturero, ni porteador, ni conductor de coches fúnebres. 
No tendré estómago, no comeré. Nunca leeré el diario de aquella mujer. Ni miraré las fotos de juventud de algún desconocido, perdido para siempre. No aprenderé ni haré una canción. No jugaré. Nunca jugaré. No andaré entre trigales, buscando. No distinguiré un limonero de un ciprés. No doleré. No seré memoria, ni harán ruido mis pisadas. No caminaré kilómetros sin sentido, marchándome. Las hojas que caen incansables no me tocarán.
De mayor seré el viento y las estrellas y la nada. 

miércoles, 5 de octubre de 2011

 T
odos en nuestras pequeñas vidas,
vidas sin rima,
vidas sin ritmo.
Perdiendo diminutas batallas
de esfuerzos cotidianos baldíos.

Todos en nuestro calor, en nuestro frío.
Con nuestra pena, tan lejos,
soledad con reverberaciones de hastío.

Todos parados
mirando al cielo,
esperando un giro.
Parados
en mitad de la nada.

Callados,
tolerando los aullidos.
Acurrucados
en los huecos de la roca.
Cenicientos
por el polvo de los siglos.

Todos cansados,
grises, macilentos,
escuchando.

Escuchando
el reloj acompasado
con el latido sangriento
de sangre músculos aire
aurícula ventrículo
Todos solos,
compungidos,
esperando.

Esperando
que se nos robe el olvido,
que tanta locura acabe,
que la vida pase
como un suspiro.

Y al fin ser ave, 
ser mar, ser aire,
ser piedra,  ser dios,
ser fuego, ser vacío.

sábado, 1 de octubre de 2011

La carta del Ministerio


El Ministerio de Asuntos Internos y Externos, Economía, Cultura, Gestiones, Sanidad y Reformas, consciente de estar saturado, decide por Decreto quemar todos los papeles que el único funcionario que queda amontona en su mesa 

HACE SABER

Que, tras la reducción de los ministros y ministerios, requisitos y acreditaciones, funcionarios y senadores, hemos notado que el país no va mejor, ni peor; que la economía se anima ligeramente pero no podemos ofrecer datos (empeñamos los ordenadores y suspendimos la suscripción a Internet); que el mundo gira, la luna sale a veces llena, a veces menguante, y a veces no sale; que las horas extras se suspenden por falta de funcionalidad del funcionariado en activo.

Que lo de las Universidades se gestiona solo; que cuantas menos reformas, menos papeleo, menos mareo y menos gasto en aspirinas y ansiolíticos; que hay menos fracaso escolar y menos divorcios y no hay colas del paro porque hemos cerrado las oficinas del paro para ahorrar.

Que sustituimos los robots por personas y todo va igual de mal, el desorden campa por doquier, igual que antes pero al menos ahora siempre alguien silba.

Que han aumentado los conflictos con la UE pero nos la trae floja porque los tres (el ministro, el funcionario y la limpiadora) no estamos para mamonadas y no sabemos inglés.

Que igual la anarquía se ha apoderado un pelín del país pero en verdad no se nota nada de nada.

Y consecuentemente a lo anteriormente dicho,

 DECIDE

El cierre indefinido de este estamento con la única condición de que no desempleen a la limpiadora que tiene seis hijos y el polvo es lo único que vale la pena barrer.


Quedan, emocionadas y agradecidas, las miembras del Ministerio de Todo.
Y ya sin protocolo ni obligaciones del lenguaje jurídico nos despedimos.

Hasta más ver.

PD: Hala, a vivir de los ahorros.