sábado, 26 de junio de 2010

A la que es demasiado alegre (alusión intertextual al autor que ahora tengo en mente)

¿Qué tiempo he de perder?
¿Por qué me he de aburrir?
¿Para qué aparentar?
¿Cómo podría ser infeliz?
Y qué me dices de Ofelia.
Ahora tan cadáver
como antes doncella.


"No tiene que tener sentido", dijo él. Ella ya estaba convencida mucho antes. Las razones de su amante la halagaban, la excitaban por las fuerzas que él gastaba. Pero nunca las escuchaba. Distraída en las caricias, fingía escuchar. "Mi nombre es Martina", le había dicho un día. "Soy mentira pero a veces digo la verdad".

A veces soy tren; a veces, hoja en blanco.
A veces fingiré que te amo...

Tengo deudas que tendrás que pagar.


La verdad es que no miento siempre,
si es necesario, explico mis razones.
Soñé que era la Reina de corazones,
Alicia y, después, el Sombrerero.

Fingí tener enormes orejas
para salvar el cuello.
Fue mi peor momento
los dedos tamborileaban,
la frente me sudaba,
las piernas tembliqueaban,
y mi cabeza, nada del otro mundo,
no podía inventar excusas que me salvaran.

Odio recordar cómo estaba triste
cómo hasta en el juego era triste
cómo me oculté y mentí.
Y después lo conocí.

"Me llamo Martina", le dije.
Y recuperé de nuevo el cuento.

Debo un montón de dinero,
un montón de favores.
Un montón de montones.

Debo una disculpa
al cura que ofendí,
al rabino que estafé,
al poeta que vendí.
Trabé amistad con un usurero
que cobró, aunque no en dinero.
Fuera me esperan el casero
el taxista, el camarero.
Amigos, estoy sin blanca,
no tengo bienes ni hacienda,
ni una mísera moneda...
Paga tú, amor, por mí.
Prometo no reincidir.

Satisfice, diligente,
la deuda con mil besos,
Pague en caricias tiernas,
en suspiros sinceros
y falsas promesas.

"Porque llevas estrellas
escarlata en el pelo,
y tienes tacto de seda,
y tus ojos son como el cielo.
Por eso, cariño, te quiero".

Qué listo era mi amante.
Solo esas cosas sabía de mí,
en el resto le mentí.

miércoles, 23 de junio de 2010

Sentimientos de biblioteca

El libro infinito

Escribir un verso
en un libro en blanco.
Y ahí me estanco

Poseer el Libro,
un espacio inverso,
espacio infinito,
universo hacia dentro,
en el que todo está escrito.

El mundo será Tlön,
dijo y, como siempre,
acertó...
¿sólo razón?



Motivos

Asuntos que pasaron
que podrían haber pasado
que algún día pasarán
¿Todo es verdad?
Todo ha pasado,
está pasando
y, otra vez, pasará.


Asuntos

¿Casuales o trascendentes?

Deseo. Celos. Amor.
Venganza, odio y muerte.
Traición. Mentira. Dolor


Y, por otra parte, fugarse,
tomar el sol y bañarse
y darse un masaje
y bailar y besar,
y descalzarse y ducharse
y volver a empezar.


Y por otra parte...

Asentir con la cabeza
en incómodas reuniones
mientras bostezas.

E imaginar sin candor
cómo hará el amor
ese hombre de voz grave,
de aspecto admirable,
de porte distante,
y madurez indudable.
Que a una o algunas
una o dos mil veces
se entregará con creces.

Imaginar que el deseo lo enloquece,
que en las fiestas se desmadra
que amor prodiga a toda falda
que en la pasión no se contiene.
Que al oído de desconocidas
susurra verdades lascivas.
Y, aun con la mirada quieta,
con las manos afanosamente
abre suave y lentamente
las piernas de la mujer
que, rato ha, sobre una mesa,
rendida, se deja hacer.

Nadie, en reuniones
de burocrática urgencia,
en su camisa y corbata
y chaleco y maletín,
podría imaginar al fin
cómo en su acariciar
es certero,
cómo a la mujer desnuda
y cómo la hace esperar.
Y le dice que le pare,
que le pare, si quiere que pare,
sabiendo que es imposible parar.

-¿Votos a favor?
(Sí, por favor)
-Se aprueba por unanimidad.

viernes, 11 de junio de 2010

Blade runner blues

Replicantes, pues


Amor, destino y muerte

Las ocho.
Fuera llovía.
Una lluvia sucia, lenta
de dolorosa belleza.
Una lluvia cenicienta
que se conformaba con caer.
Sin perturbar la épica
decadencia
de la noche metálica.

Pensaba en sonrisas
En atardeceres,
En olor a flores
y suaves caricias.

Nada era como antes.
Ahora no había flores.
Solo existía la noche.
Y ese cielo asfixiante.
Y vigilar artificiales
peligros inteligentes
de cuerpos celestiales.

En la noche todos le temían,
le agasajaban y agradecían.
Cena, en los restaurantes;
whiskys, en los bazares;
y joyas, en los bares.

Si había que vivir,
mejor vivir así.

Eran las ocho.
A las nueve, ella saldría
Bajaría en el ascensor.
Cruzaría el vestíbulo,
ya casi desierto,
acompañada solo
por el resonar de sus tacones.
La mirada fija en la puerta,
los labios rojos y brillantes,
perfilados, impecables.

Todavía eran las ocho.
Ella no sabía que iba a morir a las nueve.

Aún las ocho.
Fumaba y recordaba caricias
Suaves y tibias verdades
Palabras ficticias.

Acabar esa vida intensa,
que desconocía su perversión.
Terminarla y acabar apenas.

Latidos que cesan.

Encendió otro cigarrillo
y dejó que el humo
fluyese suavemente.
La hora pasó lenta.
La lluvia cayó
monótona y caliente
durante sesenta minutos.
Oyó los latidos de su corazón.
Fumó veinte cigarrillos.
Pensó y paseó y fumó.

De la mano,
destino y hastío
guiaban sus pasos.

Se abrió la puerta.
Una improvisada niebla
perfiló su silueta.
Tan joven y perfecta
en su moverse,
en su mirar,
en su entornar los ojos
y girar la cabeza,
y encoger los hombros.

En su caminar por las calles en sombras.
En su verle a él y reconocerle.
En su sonreírle confiada.
En su caminar hacia él
con la boca entreabierta.

En su casi decir algo.
En su sorpresa al sentir
el dolor del golpe cortante.
En su no comprender
En su mirarle, interrogante,
incapaz ya de articular palabra.
En su tomarle de la mano
buscando consuelo
para no morir sola.

En su musitar “por qué”.
En su repentino comprender,
en ese último segundo.

En su perdonarle.
Tan perfecta.

Duele más su fin
que el fin del mundo entero.
Que el hambre y la sed
y el frío y el miedo.

Ojalá, -pensó,
bajo aquella lluvia tóxica,
de amargo olor metálico,
al azul de una farola maldita-,
ojalá mañana esté yo muerto.

martes, 8 de junio de 2010

Oda al psicópata, al vampiro, al alienígena

Recitar sórdidos cánticos,
caóticos poemas,
poesía antipoética,
de replicantes repleta.

"Solaris o El Cuervo".
"Ser o no ser".

Planear en Londres
una bruma de crímenes
en dodecasílabos asonantes,
sin usar la letra e.

Quizás cantar grandes gestas
desgarradas, polvorientas,
en un río bravo, de sicarios
sudorosos, obtusos, sucios,
aliento de whisky y sonoras espuelas.

En la calle, damas y acompañantes,
al aleteo de una mariposa,
ponen pies en polvorosa,
dejando al héroe agonizante.
Hacer que al fin del barullo
el sheriff corrupto y cobarde
por milagro en esa tarde
vuelva a lucir su orgullo.

Ser Nautilus en la Atlántida.
Castigar a Nemo por apátrida.
Maldecir su futuro,
condenarlo al ostracismo,
encerrarlo en un abismo.

Crear a un supervillano,
tan vil y depravado
que hasta su aspecto malsano
para el justo sea ofensa.
Un ser malvado, informe y demencial,
de desgarrada agonía existencial.
Lograr que al malvado comprendas,
contagiar su maldición,
y hacer que de su perversión
sigas la oscura senda.

Inventar demiurgos, oh, mis niños.
Crueles, atemporales, egoístas,
................................aburridos.

¿Qué prefieres la crueldad,
la pasión del replicante,
la posesión infernal?
¿Parir un rapto anhelante?
¿Asesinar mil mujeres?
¿El desierto y sus cascabeles?
¿O cabalgar hacia el atardecer
tras ajusticiar al crupier?

Cómo elegir.

Géneros venerables,
de gloriosa brevedad.
Imaginar una humanidad
olvidada, desterrada,
sumida en la oscuridad.

sábado, 5 de junio de 2010

Jugando con los géneros: ¿Literatura? infantil

El sapo Estanislao

Para Diego. Un niño de 5 añitos que adora los finales felices y cree a pies juntillas en la magia.

Érase una vez un sapo colorao, de nombre Estanislao. Además del color, rojo-chillón-perdido, llamaba la atención que un sapo estuviese tan gordo. Gordo, gordísimo; el sapo Estanislao era muy perezoso y se pasaba el día entero sobre una enorme hoja de nenúfar en una charca apestosa sobre la que volaban cientos de insectos a los que, con solo lanzar su lengua larga y pegajosa, atrapaba y se zampaba. Ñam, ñam. Uno detrás de otro, uno detrás de otro.
El color rojo no era habitual en un sapo por aquellos lares donde suelen ser verde mate, con la barriguilla amarillenta y patas delgadas verdes con vetas oscuras. Su tamaño tampoco pasaba desapercibido, que digamos.
Se decía que no era de allí, que había caído en aquella charca durante una tormenta y que venía de alguna recóndita selva americana y por eso era tan distinto a todos los sapos nativos, más bien canijos, muy nerviosos y saltarines.
Así nació la leyenda del sapo mágico. Algo así como un buda en el mundo de los anfibios sevillanos y Estanislao se hizo muy conocido.
Ser famoso satisfizo al sapo Estanislao, que, aun sin moverse de su hoja, se pavoneaba y entornaba los ojillos saltones y bizcos. Pero su felicidad duró poco.
Se corrió la voz entre los mosquitos, moscas y otros insectos voladores de la charca de que un rojo y enorme sapo estaba allí, atiborrándose de todos sus semejantes. Después de algunos conciliábulos, los jefes de cada especie dictaron unas leyes básicas y simples que buscaban la eficiencia y la supervivencia: prohibido volar alrededor del sapo rojo. Habían calculado, de modo aproximado, y traducido a medidas convencionales humanas, que el perímetro de máximo peligro era de unos 50 centímetros alrededor de la ranota. Una vez que todos lo supieron empezaron tiempos difíciles para el sapo Estanislao.
No podía atrapar con su larguísima lengua aquellos sabrosos mosquitos verdes que se quedaban mirando desde arriba burlones. Al principio, el sapo Estanilao no comprendía qué diantres ocurría. ¡Oh! Otro mosquito. Ahí viene... ¡zas!. Lanzaba la lengua con toda sus fuerzas y... ¡No! Por poco. ¡Otra vez! Nada. ¿Por qué vuelan hoy por encima de lo normal todos los insectos de la charca? Quizás si diese un salto... Estanislao trató de saltar pero no pudo. Tan gordo y falto de ejercicio estaba que ni apenas se movió. La hoja del nenúfar se tambaleo como si hubiera un terremoto y Estanislao se dio cuenta de que se había dejado un pelín.
Pasó un día; después, otro. Y el sapo se sentía desfallecer. Tenía hambre, ya no podía más. Pensó entonces que podía intentar escabullirse entre las hojas de la orilla para así cazar algún insecto porque allí, en medio de la charca, se le veía demasiado. Claro. Eso haría.
Le costó horas al pobre llegar a la orilla. Entre el hambre y la falta de costumbre, sufrió cada saltito que dio. Pero aunque torpemente, con dificultad, y desesperadamente, Estanislao llegó triunfal a su meta.
¡Sí!, gritó entusiasmado. Recuperó el aliento apenas y se escondió detrás de unas hojas enormes. Sin embargo, el rojo cuerpo de Estanislao se veía a los lados de las hojas como si de dos faros reflectantes se tratase. Los insectos se avisaron los unos a los otros y el pobre sapo fue de nuevo burlado. Cuando se percató de lo que estaba sucediendo, se sintió muy triste. Su orgullo estaba herido: ser rojo y grande lo había hecho famoso. Era único y especial. Todos sabían quien era, pero justo por eso se iba a morir de hambre.
Pensó en su desdicha y se apenó tanto que comenzó a sollozar. Le oyó una ranita muy delgadita que estaba casi al lado pero que él no había visto. Era verde y marrón, con una suerte de manchas oscuras por la espalda. Le habló suavemente:
-¿Por qué lloras?
-Tengo hambre pero no puedo alcanzar a ningún insecto, porque se mantienen lejos de mí. Como soy tan grande y tan rojo me ven todos mucho antes de acercarse y no consigo esconderme tras las hojas, no hay hojas tan grandes.
-Pues camúflate.
-Camu... ¿qué?
-Ca.mú.fla.te. Esconde ese color colorao. Cúbrete con barro y hojas, frota tu cuerpo con musgo, y serás tan invisible para los insectos como yo.
Siguiendo el consejo de la rana Rosaura, que así se llamaba la ranita flaca, Estanislao se frotó todo su cuerpo con barro y musgo fresco, e incluso tapó su cabeza con unas hojitas a modo de pasamontañas. La operación le llevó mucho: nada fácil untarse por todo el cuerpo con aquellas ancas de cuatro dedos que tenía por patas delanteras.
Ya estaba listo, se disponía satisfecho a esconderse en un sitio cercano a la orilla y esperar a que los insectos le pasaran cerca, cuando oyó algo como un crujido profundo y lejano. Otro sonido más fuerte y lo supo: una tormenta. Dos segundos después empezó a llover a cántaros y el camuflaje de Estanislao se fue derritiendo y bajó por su orondo cuerpo rápidamente hasta que quedó el sapo otra vez tan rojo y brillante como la nariz de un payaso.
Ahora sí que estaba Estanislao deprimido, triste y desesperado. Hambriento y cansado, no veía más allá de su mala suerte. Lloraba y lloraba y gritaba frenético:
-¡Quiero ser verde! ¡Quiero ser verde y flaco! Deseo ser como los otros sapos de la charca tan flacos, tan verdes, tan saltarines.
Y lloró tan fuerte que se oyó desde todos los lugares de la charca. Deseó tan fuerte no ser rojo que su deseo se sintió más allá de los límites de la charca.
Súbitamente cesó la lluvia, y un silencio extrañísimo rodeo al sapo Estanislao. Algo asustado miró al fondo, entre unas rocas, una especie de luz brillante que iba incrementando su intensidad hasta convertirse en un haz de luz cegadora en la que aparecía borrosa una forma que iba engrandeciendo hasta parecer una niña de pelo largo, la forma humana se acercó a la rana hasta que su visión fue clara a Estanislao: una muchacha rubia con un vestido plateado y una diadema, cuyos pies no tocaban el suelo y en una de las manos portaba una varita cuya punta acababa en una estrella que emitía luz propia. Era inconfundible. No lo podía creer porque siempre había oído que los sapos no tenían hada madrina, pero aquella aparición no dejaba dudas.
El hada habló:
-Hola, Estanislao, ¿sabes quién soy?
-¿Mi hada madrina?
-Sí, amigo sapito. Estabas tan triste que tuve que acudir en tu ayuda. ¿De verdad quieres ser como los demás? Tú que tan orgulloso estabas de tu ser rojo y tu ser gordo, como un rey de la charca.
-Ya. Pero prefiero poder comer, poder moverme y cazar insectos a ser rojo y guapo.
-¿Estás seguro?
-Sí. Segurísimo. Quiero ser verde y flaco.
-Pues así sea, -dijo el hada tocando al sapo con la varita y recitando una frase en latín, o algo así.
¡Puf! El sapo rojo y orondo era ahora un sapito verde oscuro, delgadito. Un sapo común. Indistinguible de los demás sapos de la charca.
Sintió una energía nueva. Se vio las patas delanteras que nunca había visto, que él recordase, y sintió unas ganas irrefrenables de saltar y saltar y saltar.
El hada sonrió y se despidió sin esperar que Estanislao le diese las gracias, porque las hadas actúan de modo altruísta y no esperan gratitud ni recompensa. Su premio fue ver la sonrisa del sorprendido anfibio.
Estanislao, mientras, saltaba y saltaba como nunca había saltado. Desde arriba se veían las flores de los lados más alejados de la charca y multitud de insectos alrededor de él se le mostraban como un menú degustación en un bufé libre. Después de comer hasta hartarse y saltar hasta quedar exhausto, volvió en sí. Se tranquilizó y, una vez tuvo el estómago lleno, pensó en todo lo que había sucedido esa semana.
Recordó lo triste que había estado y de todo lo malo que le había pasado solo una cosa se salvaba: había hecho una amiga.
Buscó a Rosaura por toda la charca y, por fin, la vio a lo lejos en una diminuta hoja de nenúfar, sonriente, mirando la puesta de sol. Al momento, Rosaura volvió la mirada hacia Estanislao al que en principio no reconoció. Un sapo como otro cualquiera, que la miraba. ¿Por qué la miraba?
Estanislao le sonrió y súbitamente algo en sus ojos saltones se le hizo familiar a Rosaura que no entendía cómo de la noche a la mañana el famosísimo sapo rojo que no hablaba con nadie, se había convertido en un apuesto sapo verde, ágil y joven, como ella.
A partir de aquel día, Rosaura y Estanislao se hicieron amigos inseparables, saltaban sin parar por la charca y los alrededores, cazaban los insectos imprescindibles para saciar su hambre, jugaban a salpicarse y cada tarde miraban con los ojazos entornados la preciosa puesta de sol.
FIN.

Post Scriptum
La historia descrita no es del todo veraz en algunas de sus partes. Basada en una leyenda sevillana del s. XIX, nuestra versión se ajusta a las características del cuento para niños que pretendíamos escribir. No obstante, dejamos a continuación testimonio de los resultados de nuestras pesquisas en busca de la verdad sobre el famosísimo sapo Estanislao.
Tras explorar cuidadosamente la documentación recopilada en archivos municipales y deducidas de los romances populares de la zona, hemos reconstruido los hechos acaecidos en una charca cercana a la localidad hispalense de Dos Hermanas (Sevilla, Spain) de cuyos resultados se deduce que no hay acuerdo absoluto acerca de lo ocurrido:

1. Según una antigua leyenda sevillana, el sapo nunca se movió de la hoja de nenúfar; jamás fue capaz de alcanzar la orilla. No tenía hada madrina alguna; y murio, en medio de la charca, de hambre sin pena ni gloria un día de San Valentín. La rana Rosaura, en realidad, se llamaba Rosana y era una rana célebre por ser ligera de cascos. Se sabe que no conoció al sapo Estanislao pues ni siquiera fueron contemporáneos.

2. La corriente realista de cuentistas locales mantiene la falsedad de los hechos, imposibles no ya tanto por la aparición del hada madrina, cuya veracidad no es irrefutable del todo. Si no por la endeble afirmación de que Estanislao llegase de repente a aquellas tierras desde América durante una tormenta, alimentando esa absurda y recurrente teoría de que a veces llueven ranas.

3. Otros aseguran que el sapo mágico rojo existió en realidad. Sin embargo, al parecer nunca hubo una alianza de los insectos contra él pues como es bien sabido los insectos son poco inteligentes e incapaces de organizarse. Según esas fuentes, el sapo Estanislao a lo largo de sus ciento cincuenta años de vida no pasó hambre ni un día.

miércoles, 2 de junio de 2010

Destrozando los géneros

Perder la cabeza

Todos los calcetines perdidos,
cientos de pendientitos sin pareja.
El sostén rosa anda desaparecido
desde Nochevieja.

Entender de repente el cosmos,
el infinito, las supernovas,
el vacío, que ha absorbido mis cosas.

Perder el tiempo, pero no tener tiempo que perder.
Nunca entenderé las cosas del planeta tierra...

Perder el Norte.

Perder la dignidad al tropezar ridícula,
al equivocarte de espalda
y abrazar a un hombre de figura deportiva
de puntillas, sobre una balda,
ante la espalda con la que firmaste esas prerrogativas.

Y ante un grupo de testigos
dar un beso en la nuca
del desconocido,
que, aun sabiendo,
calla divertido.


Perder las llaves, perder el Anillo.
Perder al póquer, a la ruleta, al cinquillo.

Perder el poder cósmico.
El saber milenario heredado genéticamente.
Olvidar las palabras, los nombres de la gente.

Olvidar el nombre de los lugares
y perderte en las ciudades
llenas de carteles, luces y locales.

Perder los poderes
 los saberes
  los haberes
  los deberes

Queda un pendiente rehén en el forro del bolso nuevo.
Y pierdo la calma buscando el diminuto agujero.

He perdido el coche en alguna de las siete plantas
de un parking subtérraneo oscuro e infinito.
Y buscando el coche, bajo al octavo sótano
donde existen inteligentes ratas parlanchinas.

Tras media hora hablando con las ratas
concluyo triste pero calmada
que ha ocurrido lo que esperaba
la cabeza se ha ido,
también la he perdido,
en pos de los calcetines, el sujetador, los pendientes,
las llaves, el coche, los apuntes,
la dignidad, el anillo, los alicientes.