martes, 31 de agosto de 2010

Hola, septiembre

El verano no ha terminado pero aquí está septiembre y ya no queda nadie en la piscina.

Llevaba dos días de un humor de perros pero ya he asimilado septiembre y empiezo a ver el lado bueno de la caravana, el calor de Teatinos, los exámenes con faltas ortográficas, los trabajos de 100 páginas de última hora y las prisas por terminar esa comunicación del demonio.
No he estado mejor en mi vida. Ni una vez enferma, solo dos insolaciones leves.
En parte ha sido porque, al final, cuando ya estaba al borde del suicidio, decidí no resolver lo de la acreditación: lo dejé para septiembre, para después. Opté por tener vacaciones. Me he liberado de todo. Apenas he llamado por teléfono y salvo algún mensajito y alguna sesión de tarde no he pensado en la Facultad y sus habitantes. Me he enamorado unas seis veces, he viajado, me he desengañado, he descubierto un par de poetas chilenos y un novelista argentino (demasiado tarde, acababa de morir), he escuchado música nueva, visto películas deliciosas, degustado sabores en tecnicolor y he cambiado (quizás no tanto como debiera, peeeero...).
He aprendido a borrar y me he hecho amiga de unos libreros sin rostro. He nadado mucho (el único ejercicio que tolero, pues jugar a las paletas me han dicho que no cuenta). He comprado un libro de esos de Bubok de un amigo de un ¿amigo? y así se ha ido agosto entre poesía y género epistolar y playa y piscina, inferencias e implicaturas.
De todo lo que he hecho lo único que no me gusta es no saber el significado de algunas cosas. Aunque incluso sin entender demasiado lo haría de nuevo. Todo. Igual. O peor (o mejor, según se mire).

miércoles, 4 de agosto de 2010

Hasta septiembre...

Difícil escribir con los ojos cerrados. Difícil estar entre dos respiraciones, entre dos modos de estar.
A mí sí me gusta el irse haciendo de la vida, de los libros, de los poemas, de las historias. Solo fijarse en el paso, cambiarlo de tanto en tanto.
El verano tiene ese algo voluptuoso y al mismo tiempo triste, un halo moribundo. El año muere en verano, después, ya muerto, se caen las hojas y solo queda el esqueleto. Durante el verano todo se precipita y hacemos con ansia lo que más deseamos; el calor nos anima a desnudarnos y reír medio intoxicados de sol; armonía de reuniones únicas, de reencuentros llenos de amor, de baños místicos y lluvias de estrellas. De caerse el primer diente, de dar el primer beso, de ver amanecer en agosto volviendo a casa como si el cielo ardiese; promesas y sueños encendidos.
En septiembre, todavía con calor, se cae la piel muerta y todo son despedidas. Acabar ese libro que te robaba la respiración y sentir esa pena que altera el ritmo de tu día. Ya nada es lo mismo y antes todo fue perfecto, de tranquilidad y plenitud inexplicable, de felicidad casi tangible.
Y, si algo ha sido verdad, lo echarás tanto de menos que desearás morirte unas horas y al despertar sufrir una amnesia profunda.
A veces, según personas, la felicidad se queda grabada en el alma, se recuerda nítidamente la sensación y se puede describir con palabras. Otras veces, la felicidad se olvida; no se consigue recuperar su esencia. Sabes que la sentiste pero no qué sentiste ni cómo te sentías y la frustración te asfixia porque odias no tener ni el recuerdo de aquel brillo del pecho y la sonrisa tan fácil, la noche dócil a tus pies, la expectación de madrugada.