domingo, 8 de febrero de 2015

Sálvame, poeta, de mí y hazme inmortal

Se me congeló un pie, víctima de un inesperado invierno convencional y estúpido. Y ya me quedé coja y fui, como aquel poeta valiente, mas sin ser valiente ni, menos, poeta, como los piratas de los cuentos.
Una pata de palo unida a la miopía y a una falta de valores y una idiosincrática interpretación de la Moral y la Ética, me hizo pirata. La falsa pirata, la mejor de las embusteras, la tullida embebida en venganza de sí misma. Respondiendo a los otros piratas, los otros tullidos, los demás enfermos de mente y cuerpo, los aburridos y sedientos de sí mismos. En un mundo de desconexión burocrática y absurda, de fuentes de información que no brotan, de puertas sin llaves, de colocaciones y desencuentros. De fatídicas futuridades. De mentiras impertinentes. De redes antisociales. De distancias, de suciedad, de fantasmas de sociedad, de elegancias pret-a-porter, de absurdas afirmaciones y memes y memedades.
Así, coja y tuerta y medio sorda (sí, también), la edad me pilló desnuda de propiedades, sin tamaño ni partes, sin más que congojas arbitrarias y superficiales.
Solo el cuento de un amigo me convierte en cruel y despiadado pirata y me salva de mí misma y de mi inmunda normalidad. Así, improbable lector, seré por siempre personaje, seré por siempre la venganza, seré por siempre el pirata desafiante.
Ave.