A las 15:47, aún sin noticias de Yuri y tras una infame discusión sobre el contenido del almuerzo (una alita de pollo sin denominación de origen y una cabeza de 23 gramos de brócoli chino), localizo en el compartimento B-225 de la cabina #3 un arsenal de regalos sin abrir, entre los que destacan:
-25 muñecas inflables made in Taiwan
-35 botellas de Chianti
-18 botellitas de licor de Ginseng
-10 blísters de salmón ahumado escandinavo caducados + 10 botes de mostaza con eneldo a punto de caducar
-14 botellas de Beefeater
-15 botellas de Bourbon procedentes del mismísimo condado de Bourbon en Kentucky (USA)
-135 muñecas surtidas de porcelana y tejidos de alta calidad de toreros y flamencas
-1 mamushka dentro de la que, finalmente, había un dibujo de unos genitales masculinos
-10 botellas de Stolichnaya (¡PREMIO!)
Conclusiones:
1) Bien por los chinos, mal por Michel.
2) Me como el salmón, aunque hubiese caducado hacía 17 años.
3) Inquietante que los norteamericanos hubieran estado allí 15 veces, estando su estación espacial mucho mejor equipada que esta y quedando increíblemente más céntrica... Habría que estudiarlo.
4) Si Yuri no aparece, toco a 10 botellas de vodka para mí solo; después, 15 de bourbon y después 14 de ginebra.
5) Habría que preguntar a Michel por el satélite, ¿no?
lunes, 30 de diciembre de 2013
domingo, 29 de diciembre de 2013
Navidad en Tony2 (II)
Yuri no aparece por ningún lado.
Michel está recalentando pollo con verduras en el compartimento de gravedad artificial, mientras yo, con disimulo, floto en la cabina #2 buscando licor en cada hueco del cubículo.
Es la costumbre estelar que cada quien que llegue a la estación espacial traiga un presente y nada más apropiado en todas las fechas que una botellita de tal o cual cosa propia de la nación del astronauta visitante en cuestión. Así, como el plasta de Michel es abstemio y nadie en su sano juicio viene para quedarse más del tiempo de repostar o arreglar algún desperfecto o refugiarse de una lluvia de basura espacial que se acerca a toda leche y evitar que te joda vivo, la deducción lógica es que en algún sitio de la estación debe haber un mini bar enorme.
Me pregunto dónde estará Yuri.
viernes, 27 de diciembre de 2013
Navidad en Tony2 (I)
La Tony2 es la estación espacial de Luteranian, una de las naciones más ricas del planeta Tierra. El espíritu ahorrativo, trabajador y severo de los luterianos convirtió el diminuto Ducado en una de las principales potencias mundiales en todos los sentidos posibles... Son admirables, a la par que insoportables. Y, de todos, el que más, Michel: el comandante, tripulante y personal de abordo de la Tony2, el hombre que ahora yace a mis pies, sangrando a causa de una serie de golpes de los cuales solo me hago responsable de uno, pues el resto (se) los di en estado de enajenación mental.
Nosotros, Yuri y yo, íbamos en una misión rutinaria: la comprobación anual del funcionamiento de uno de nuestros satélites en activo. Era Navidad, pero el gobierno ruso ni en estos ni en tiempos mejores ha tenido muy en cuenta las necesidades familiares de los componentes de nuestras fuerzas armadas ni, por supuesto, ha dudado de nuestra lealtad, patriotismo y absoluta disponibilidad. Y la verdad es que a mí no me vino mal; ese año la celebración tocaba en casa de mi cuñado: la encarnación ucraniana del Mal.
Así pues, partimos y navegamos sin novedad. Dulces horas en piloto automático, mientras Yuri y yo acabábamos de pintar el techo de la nave en una (está feo que yo lo diga) magnífica réplica a escala de la Capilla Sixtina. Y, si bien confieso que la gravedad cero nos había sido de gran ayuda en este y otros menesteres, nuestro flamante fresco dejaría sin palabras al mismo Michelangelo. Todo iba bien, Yuri Kandinski y yo mismo, relajados, tomábamos cada tanto un poquín de vodka al son de la solemne obertura 1812 del maestro Tchaikovsky, mientras nuestros corazones gozaban de un modo que me es francamente imposible expresar aquí. A las 14:21, hora zulú, el piloto automático avisó a la tripulación de que estábamos en el destino. Yuri y yo, de modo algo apático, comenzamos el procedimiento como habíamos hecho ciento de veces, pero imagínense cuál no sería nuestra sorpresa al comprobar que el satélite no estaba. No estaba donde lo dejamos.
Dimos noticia por radio a la Base, que no daba crédito. Textualmente. No nos creyó. Se ve que en la voz de Yuri se notaba cierta afectación por el vodka: "Pero las coordenadas no mienten y la tecnología de nuestra nave es infalible". Mas, tras cierta discusión, Base repite: "No damos crédito. Busque el satélite y vuelva en el tiempo estipulado". Y colgaron.
Francamente, mi patriotismo en aquellos momentos estaba en horas bajas. No teníamos suficiente combustible ni asesoramiento de Base y el vodka se había terminado. Además, quedaba el problema del satélite... Miré a Yuri, trémulo, sabiendo qué tocaba a continuación. No nos hizo falta hablar. Pusimos rumbo al destino más cercano a la ubicación (es un decir) de nuestro satélite: la estación espacial Tony2.
Ya al ponernos en contacto con Michel, empezaron los problemas:
―Nave Stuxnet pidiendo permiso para...
―La contraseña.
―No jodas, Michel. Somos nosotros. Nos estás viendo.
―La contraseña.
―No pienso decir esa sandez.
―Bueno, allá usted.
―Michel, abre. ¿Qué ha pasado con nuestro satélite? Seguro que has visto algo...
―La contraseña.
―Hijodep...
En ese momento, Yuri, a pesar de ser yo mayor por unos meses, me relevó de forma expedita:
―Hola, Michel. Soy Yuri.
―La contraseña.
―¡Está bien! "La Tierra es plana".
―Adelante.
Tras unos veinticinco minutos discutiendo sobre el sinsentido de la contraseña viendo como veíamos la Tierra y su forma claramente desde allí y, con una inusitada paciencia por mi parte, tener que escuchar una salmodia pretenciosa al tiempo que llena de displicente desdén, cuyo argumento principal era la ridícula afirmación de que nuestros sentidos nos engañan, el que más la vista y, sobre todo, la mía después de que evidentemente había estado bebiendo y... Entonces, Yuri nos paró en seco y logró evitar que respondiese cuatro cosas al puritano, mojigato e hipócrita aquel. Pacientemente, le explicó la situación (como si aquel mamón no lo supiera todo) y le pidió de modo protocolario el auxilio acordado en casos como este, lo que incluía asilo, alimentos y suficiente combustible para volver a la Tierra.
Así llegamos a la Tony2, la nave peor decorada de todo el universo, sin nadie excepto Michel, el ser menos cooperativo de todas las galaxias, a quien poder recurrir. Sin satélite a la vista y con mi sangre hirviendo a cada despectivo comentario que el luteriano no paraba de lanzar contra toda costumbre humana que no fuese vestir de negro, comer frugalmente, dormir poco y cobrar por todo.
jueves, 21 de noviembre de 2013
domingo, 17 de noviembre de 2013
La lámpara
Comenzaba el día a una hora indefinida que agotaba de claridad; el sol, tan alto; los niños del vecindario, incendiarios; las ollas, pitando. Comenzaba el día, sin mirarse al espejo ni lavarse los dientes: orinar a oscuras, salir a la sala, colocarse los cascos: allí no hay nada: café recalentado y magdalenas.
En el cuarto, la cama espera deshecha su vuelta. En el pasillo, un largo banco cargado de ropa arrugada. En la cocina, pulcritud y soledad. Un altillo de la entrada rebosa de medicinas, justo al lado de atestadas perchas. Radiohead, 4 minutes. Just like everybody. Se tiende en el sofá. Cierra los ojos. Escucha atenta.
―Debo estar incubando algo, ―se dice, mientras ve manchas pululando tras los párpados cerrados―. No hay resaca que dure tanto.
Es cierto, los dientes apretados ya empiezan a doler. Se incorpora: asoma al ordenador y empieza a trabajar; hoy, extrañamente a desganas, con un sufrimiento agudo y brillante que va in crescendo hasta que no puede más. Las náuseas le vencen: vomita entre el escritorio y el sofá. Salpica ambos muebles y dios sabe qué más. Se limpia con la manga de la bata... Camina encogida hasta la cama, se tiende, alarga la mano y alcanza la botella de agua que vive allí abajo: un litro y medio azul con boca ancha. Bebe, se echa, se duele... Se duerme.
―Debería llamarla, ―parece pensar entre brumas.
*
La puerta cede tras varios intentos. El piso apesta. Nota cómo las rodillas no aguantan su propio peso y eso que ha debido perder al menos diez kilos durante estos días. Camina temblando. Y tiembla tanto que deja de caminar. Deja de moverse, se queda clavada bajo una lámpara oscura que cuelga como un murciélago. Es como un test de Rorschach, una piel de oso, un animal despellejado y abierto flotando en medio de la nada. Qué diseñador loco de mierda haría semejante lámpara. Y allí, bajo un sinfín de connotaciones, recuerdos e interpretaciones, se queda. Allí, se petrifica y se acostumbra al olor a putrefacción, a carne muerta, a fin del mundo. Allí, se olvida un instante de todo y de ella.
Al cabo, la idea de un amuleto indio, la sensación de ser miércoles, de tener hambre a pesar de todo la despiertan. No parece el mismo día, la luz ha menguado; también los ruidos de fuera. Recuerda quién es y dónde está y qué hace allí. Grita de impotencia. No se puede mover, lucha y lo intenta: pero solo consigue caer. Al menos ahora es capaz de gritar, aunque nadie viene. Consigue arrastrarse, cruzar varios umbrales polvorientos conforme el olor es más y más insoportable... Ella ya lo sabe, lo sabía incluso antes de entrar, antes de llegar hasta allí, antes de dejar que pasaran 4 días sin atreverse a ir a verla. Por fin, logra alzarse y moverse y anda encogida hasta la cama, se tiende a su lado, coloca la cara sobre su cabellera, alarga la mano y alcanza la botella. Bebe, se duele, se duerme.
Al cabo, la idea de un amuleto indio, la sensación de ser miércoles, de tener hambre a pesar de todo la despiertan. No parece el mismo día, la luz ha menguado; también los ruidos de fuera. Recuerda quién es y dónde está y qué hace allí. Grita de impotencia. No se puede mover, lucha y lo intenta: pero solo consigue caer. Al menos ahora es capaz de gritar, aunque nadie viene. Consigue arrastrarse, cruzar varios umbrales polvorientos conforme el olor es más y más insoportable... Ella ya lo sabe, lo sabía incluso antes de entrar, antes de llegar hasta allí, antes de dejar que pasaran 4 días sin atreverse a ir a verla. Por fin, logra alzarse y moverse y anda encogida hasta la cama, se tiende a su lado, coloca la cara sobre su cabellera, alarga la mano y alcanza la botella. Bebe, se duele, se duerme.
nadie reclamará mi presencia
Me gustan las mentiras, la guerra, las lágrimas, los principios, ... Y ojalá estuviésemos siempre empezando algo, o con la sensación de estar empezando. Nunca se estancaría nuestra sangre en ese instante sostenido de frustración y normalidad, de vulgaridad y mezquindad, nunca se agostaría nuestra sonrisa ni irían más lentos los latidos dentro del pecho escurrido.
¿No te lo avisé? Soy un peligro, un desastre, una adicta, un veneno. Solo amo con locura a la vida.
No soy buena para nada, para nadie. No soy ni quiero ser algo más: no escondo las respuestas, no ofrezco una salida, no soy lo que deseas.
Me saldré de una curva a 150 una madrugada cualquiera. Dejaré atrás a todos y todo. Ya nadie me dirá que experimente la calidad del expreso, que use cremas antiedad, que compre parches para dejar de fumar; que tenga estilo, calma, presencia; que me cure la impotencia, la frigidez, la inmadurez; que responda al teléfono, a los mensajes, a los emails; nadie reclamará más mi presencia para desgastarme a base de exigencias.
¿No te lo avisé? Soy un peligro, un desastre, una adicta, un veneno. Solo amo con locura a la vida.
No soy buena para nada, para nadie. No soy ni quiero ser algo más: no escondo las respuestas, no ofrezco una salida, no soy lo que deseas.
Me saldré de una curva a 150 una madrugada cualquiera. Dejaré atrás a todos y todo. Ya nadie me dirá que experimente la calidad del expreso, que use cremas antiedad, que compre parches para dejar de fumar; que tenga estilo, calma, presencia; que me cure la impotencia, la frigidez, la inmadurez; que responda al teléfono, a los mensajes, a los emails; nadie reclamará más mi presencia para desgastarme a base de exigencias.
sábado, 2 de noviembre de 2013
Es una bonita tumba para la memoria
A la Facultad de Filosofía y Letras, muchas lunas antes y muchas lunas después
Dunas y polvo espeso de color rojizo, rubicunda polvareda, donde piedras diminutas esconden la vida del que entra, donde, quizás, un día pusiste un poema dentro de una botella. Dunas y polvo y cráteres que no cesan de mutar, mientras el resto del mundo se desgañita en millones de voces y oídos que sangran. Gritos y dunas y polvo y cráteres se tornan una sola cosa, marcas de cuerpos que se borran con la primera racha de viento.
Huele a polvo y a caída de la tarde. Se intuyen los parlamentos inútiles en millones de idiomas a lo lejos, mientras la temperatura trata de aterir a las bichas sin saber que su sangre es fría y su piel, dura y su sensibilidad al calor y al frío, nula.
Como las mismas rocas, que nunca son las mismas, y como las mismas dunas, el mismo polvo y los mismos cráteres, que jamás encontrarás si buscas. El mismo paraje conocido, donde te pierdes porque ya no es el mismo; la misma arena, dunas, cráteres, que no están ya en su sitio; las mismas bichas que han mudado su pelaje; el mismo calor desolador a mediodía y el mismo frío insoportable en la noche; todo está ahí de algún modo para que lo recompongas; todo, menos aquella botella, aquel poema y aquellas huellas.
Y solo tú. Y tú, sola. Y piensas: "Es una bonita tumba para la memoria".
lunes, 21 de octubre de 2013
en 10 minutos
Me voy. En 10 minutos me voy. A sacarme de encima las palabras y bautizarme de nuevo a lo lejos; a olvidarme de todo de lo que sé, de todo lo que he leído, visto y oído. A sumergirme en el rugido del agua, que brota y grita, hasta el alma entera y salir de allí renacida, nueva, virgen para el mundo que se me pega. Me voy, tardo ya 5 minutos en salir por esa puerta y atravesar corredores, portales y miradas desventuradas, un día perdidas en madrugadas lejanas y nunca regresadas. Me voy. A resistir la locura no lúcida y la mansedad civilizada; me voy rápida, disparada, disparatada a lavarme de esta nata y del calor y de la humareda y del olor a cerveza descompuesta y de la mentira del espejo y de los sucios trapos sucios y de la desgana fabricada a mis expensas.
sábado, 12 de octubre de 2013
WELCOME TO SABANA'S VILLE
Hammer termina de limpiar la Sauer 38 y la coloca en la vitrina antes de salir de la cabaña, 1,90 m., vaqueros negros, camiseta de RaHoWa. Sube en su Mustang plateado del 68, un coche que sería perfecto si no fuera porque la perfección para Hammer es el 69 (sobre todo si la fuente es Georgia), pero que, de todas maneras, levanta el camino hasta la carretera, dejando una espesa nube de polvo amarillento cuyo sino es caer sobre un asfixiado seto que parece esculpido en granito, como una lápida borrosa que se fundiera con el paisaje reseco.
Unos 50 metros y se alcanza el camino asfaltado, carretera secundaria y estrecha donde acelerar. Hammer sube la música buscando acallar los latidos de la bomba que lleva en el estómago. Desde niño, la velocidad le ayuda a calmarse. De hecho, se pasó la infancia corriendo y dando saltos y destrozando objetos de todo tipo a cámara rápida. Su mamá decía a todos, en una especie de alegato de defensa, que era porque ella había tomado montones de ansiolíticos durante el último trimestre del embarazo, pero no era verdad.
A Hammer le molesta que los recuerdos se cuelen en su cabeza sin invitación, como si alguien entrase en su casa sin llamar y se sentase a su lado y no parase de hablar. Y el trayecto no ayuda. El trayecto hasta el pueblo no es nada estimulante: una poco sinuosa plancha negra cuyas márgenes son un páramo partido por la mitad, un desierto salpicado de esqueléticos arbustos, donde una gasolinera y, poco después, el embustero cartel de WELCOME TO SABANA'S VILLE anuncian la llegada a un lugar habitado por unas 1500 personas.
A Hammer le molesta que los recuerdos se cuelen en su cabeza sin invitación, como si alguien entrase en su casa sin llamar y se sentase a su lado y no parase de hablar. Y el trayecto no ayuda. El trayecto hasta el pueblo no es nada estimulante: una poco sinuosa plancha negra cuyas márgenes son un páramo partido por la mitad, un desierto salpicado de esqueléticos arbustos, donde una gasolinera y, poco después, el embustero cartel de WELCOME TO SABANA'S VILLE anuncian la llegada a un lugar habitado por unas 1500 personas.
Al pasar por delante del Drugstore, Hammer se asegura de que Sammy Junior sigue sentado en la banca de madera de la entrada. Está allí desde siempre y lo curioso es que no ha cambiado en absoluto, ni siquiera se ha convertido en Sam o en Sammy Senior. No: sigue estando ahí sentado mirando a ningún lado y siendo Sammy Jr., el negro flaco que se la pasa en la puerta del Drugstore; la única diferencia entre el Sammy Jr. de ahora y el de hace 40 años es una especie de capa de polvo de talco, una telaraña que se le ha puesto por encima y que le hace parecer gris de pies a cabeza. A Hammer le gusta imaginar que un día por fin sale la araña dueña de la tela que lo retiene allí y se lo zampa vivo justo en el momento en que él y su Mustang pasan.
Son las 12 y Hammer entra en el Bar, que acaba de abrir y está vacío excepto por Mou, al que todos llaman Gordo y del que no se sabe si es el propietario o solo un barman muy puteado que hace absolutamente de todo. Hammer se sienta en la barra y pide una cerveza de barril y un tequila. Lo toma rápido y pronto se encuentra mucho mejor. Mira el bar despacio. Es un sitio limpio y agradable, el sitio típico con lámparas de techo sobre cada mesa. Huele a beicon frito, whiskie y madera.
A las 4 y media parejas de jóvenes llenarán las mesas. También habrá grupos de amigos, familias (pocas) y gente de mediana edad, pero Hammer piensa en las parejas. Mira la mesa de enfrente de su lugar en la barra y visualiza a una pareja: la chica, una belleza delgada, piernas larguísimas, melena suave y rubia (aunque no demasiado: casi castaña) y cutis como la porcelana antes de golpearla, pero no tan blanca. Y la imagina levantándose después de zamparse una hamburguesa con queso regada con una cerveza y acompañada por patatas fritas con ketchup y seguida por una tarta strawberry cheese cake y un café aguado. Y la chica se marcha al baño y se arrodilla ante el retrete y se mete la mano en la boca hasta que no se le ve la muñeca y echa afuera toda la ingesta aún sin pagar. Entonces se dirige al espejo y se lava con cuidado las manos y saca del bolso unas toallitas odorfresh para erradicar el persistente olor del vómito y de nuevo saca del bolso un neceser con cepillo y pasta de dientes y elixir bucal 'tamaño viaje' y hace los honores al dios de los odontólogos y estomatólogos. Y, después, se echa colirio, se retoca el maquillaje, se repinta los ojos y los labios y sale del baño hecha una maravilla. El chico la ve al volver él también del baño, de mear de pie y sin haberse lavado las manos ni antes ni después, y la desea tanto que la besa sin saber que mete la lengua en el sitio por donde un montón de basura acaba de pasar y acaricia su rostro con las manos pringosas de ketchup y pis.
Hammer sonríe mientras pide la décima cerveza, esta vez con ginebra. Mou le sugiere algo de almorzar sin éxito: en ese momento a Hammer ya no le golpea el interior y piensa con claridad. Se levanta y se marcha del bar sin pagar. Conduce en piloto automático, haciendo eses hasta la cabaña y deja el Mustang arrancado y las puertas abiertas.
Están chillando lo que parecen miles de grillos y Hammer saca la H y mete el cañón en su boca pensando que está mucho más limpio que la lengua de la chica guapa del bar a la que algún gilipollas se estará tirando en un coche japonés recién comprado.
Están chillando lo que parecen miles de grillos y Hammer saca la H y mete el cañón en su boca pensando que está mucho más limpio que la lengua de la chica guapa del bar a la que algún gilipollas se estará tirando en un coche japonés recién comprado.
martes, 24 de septiembre de 2013
Acabo de darme cuenta
Igual que el papel pautado me ayuda a no escribir en espiral, el hueco dejado en el blíster me hace posible contar el tiempo. Y ya hace 5 días, los acabo de contar...
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